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El Caribe, por su inspiración, enaltece la Historia y la Cultura

ESE ANIMAL CÓMPLICE

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Por Luis Machado Ordetx

 

Conozco, porque está ahí en nuestros predios, a unos de los mejores ilustradores cubanos, sólo que no se cree poseedor de esa soberana razón artística, pictórica y de escrutador de la realidad en instantes en que traza las líneas, el dibujo y la captación de las esencias e imaginerías que deambulan por su cerebro. Lo más triste de todo, es que es un «tremendo haragán», y tuvo la posibilidad de entrar en conspiración literaria con otro «triste» hombre dispuesto a la euforia en labores de cuatro manos.

 

Eso duele, porque el ilustrador Félix Adalberto Linares Díaz encararía el binomio perfecto con el reciente libro que entrega el colega José Antonio Fulgueiras Domínguez, ahora en presentaciones en la Feria Internacional que comenzó el jueves en Ciudad de La Habana.

 

Linares se perdió ese momento, y aunque Fulgueiras lo reconoce, está plácido por la salida de Tal vez pura coincidencia, otro hijo salido como texto de la editorial Gente Nueva. El escritor vuelve a sus andadas de decimista, de reencuentro con el verso, la mirada hacia el mundo animal y la coincidencia con arquetipos sociales que deambulan por allí, por las calles, a su lado y también junto a usted.

 

El autor es un cronista; olfatea la realidad, la viste de fantasía; opina y detalla con precisión en una estructura poética determinada por la rigidez de la medida interior o exterior, y también de la rima expresada en las 55 décimas que conforman un libro ilustrado, con ingenuidad y sencillez, por Yusell Marín Gutiérrez, quien se encarga de atrapar el espíritu aleccionador que ronda por los versos.

 

Un donaire raro, sea en el retoque de la historia o el periodismo, atrae en cuanto escribe Fulgueiras: su observación y el empleo de un estilo literario calzado por una rica tropología, y como el andarín, lo matiza todo con la jocosidad popular, la ironía filosa, el humor y las tonalidades que adquiere la palabra revestida por metasemas y metalogismos.

 

En la página 28 dice: «La cotorra tiene un nombre /de bastante extravagancia, /pero su mayor constancia /está en imitar al hombre. /Para que el vulgo se asombre /grita, repite, maldice;/ aunque jamás contradice,/ pues sabe a la perfección /que es ritual del cotorrón /decir lo que el jefe dice».

 

Los ejemplos son elocuentes, en ataque contra todo doblez ética; las miserias humanas, y los estados comparativos entre la fauna animal y los entes sociales son reiterativos; de ahí uno de los aciertos de la reconstrucción de la realidad que propone Fulgueiras a cualquier lector sin discriminación de edades.

 

Gente Nueva, trae un libro que, en la medida en que provoca la reflexión, convierte la sonrisa en «cómplice» de lo escudriñado desde la precisión estilística y la enjundia de la metáfora, hechos que uno agradece, sobre todo por la limpieza perfeccionista del editora y la sencillez y sobriedad alcanzadas por el ilustrador, y como un regalo de excelente talante se ofrece ahora a la lectura.

 

De las escrituras de Fulgueiras, los desgarros en los momentos en que compone las oraciones, la vida que cobran sus analogías, la recurrencia al humor alejado de lo chabacano e insidioso, y el gusto por la ironía, componen un ambiente noticioso en el cual todo paisaje literario, principalmente, a contraluz, brota en esa metáfora que atrapa.

 

Desde un titular, hasta la más llana y escondida de sus expresiones, el  animal se hace cómplice en la auscultación de la realidad; ahí reside su estilo y manera de contar sabias historias para cualquier tiempo.

 

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