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OSÉS, EL MISIONERO

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Recién hace una semana falleció uno de los más significativos pintores populares cubanos. - Continuador natural, desde su autodidactismo, de las enseñanzas feijoseanas.- Perdurabilidad artística. 

 

 

Por Luis Machado Ordetx

 

 

 

 

«Trabajo, como una oscura raíz, para que arriba haya una flor

Libreta de Pasajero, Samuel Feijóo

 

 

Irradió lo cubano con un inconfundible espanto a todo miedo escénico; tal vez porque se percibía en su timidez como sabedor del universo guajiro, poblado hasta con limitaciones físicas.

 

En última instancia creyó convertirse en dueño de una plenitud respiradora del oxígeno campestre, del gorjeo de las aves, de todas las tonalidades de la floresta; del cotorreo de los coterráneos y de la lira de actos salpicados por un lento hablar, casi imperceptible en medio de un típico portalón de Guaracabulla, en diálogo silente con un anónimo taburete.

 

A Pedro Alberto Osés Díaz [Guacarcabulla, 1954-Id, 2009], no lo borran tan urgente de la memoria; y aunque se apagó de un tirón el pasado sábado, el recuerdo lo ofrece como un sencillo gladiador del tiempo frente a los avatares de la existencia, de la incomprensión y hasta de la envidia por ser quién era en esas altitudes conquistadas a fuerza de constancia en el andar.

 

Feijóo, allá en 1975, lo «descubrió» hacia la plenitud artística y la universalidad, entre las polvorientas calles de la céntrica localidad cubana -sitio en el cual confluye una mítica ceiba que marca idéntica distancia entre el este y el oeste de la Isla-, y le regaló a aquel muchacho los primeros pinceles, temperas, óleos, cartulinas y consejos sabios, muy sabios, para que pintara sin que importara a los demás, «despojado de influencias perniciosas de otros», decía.

 

                                                                        SIGNOS SOBRE LA MARCHA

 

Así, se convirtió en el benjamín del movimiento plástico de Las Villas; del denominado Grupo Signos;  hurgador, según el criterio feijoseano de «la naturaleza cubana, sus mitos y sus regocijos; del goce creador criollo y su abundancia ornamental, formativa, esencial»; como aquel que expresa la belleza en atributo a lo auténtico, a lo humilde o de alejamiento hacia lo fingido o poco auténtico.

 

Fue el único de ese movimiento que, desde el instante de abrir los ojos hasta apagarlos, permaneció incólume -pero jamás tullido- en el natal Guaracabulla; de ahí el murmullo perpetuo por lo fantástico desde sus primeras piezas y la plenitud de la perfección estilística conseguida dentro de las conceptualizaciones de la pintura popular; sea el encontronazo con el art brut, el surrealismo o el primitivismo espontáneo.

 

En esas «guardarrayas», el pintor villaclareño subyugó la espiritualidad; ensanchó su lirismo campesino; hizo versos, animó guateques;  halló los causes de la flora y la fauna -por extensión rural, cubana- y penetró en el universo de la fertilidad, los misterios de los alados, el colorido despampanante de las florestas; los diabólicos seres que anidan en estancias asombrosas y cotidianas; y el recreo de la muerte, y también la pleitesía inagotable por la vida.

 

Son algunos de los misterios del soberano pintor popular de Guaracabulla; un creador que con su arte ofreció un sentido misionero por  contribuir en los impulsos espirituales de mejoramiento humano; dicha que recogió en técnicas y materiales que van desde el empleo del óleo, el acrílico, la tempera o la tinta, hasta la cartulina, el lienzo, la tela o sencillas hojas de papel virgen; a veces obsequios como las que entregaron Feijóo, Aida Ida Morales u otros artistas, y algunas adquiridas después con el humilde peculio familiar o sacadas de  cuantías monetarias conseguidas por su insobornable intelecto.

 

                                                                                ¡NO IGNORES!

 

Una parte de la antropología rural, principalmente de Placetas, subyace en la magia espontánea que legó a la posteridad; divino aquel que conserve algunos cuadros obsequiados por el artista.  Tengo parte de sus regalos, y pertenecen a momentos en que lo entrevisté para Vanguardia, publicación que no distinguió espacios ni páginas para reconocer al versátil y talentoso hombre. Por fortuna tres protejo con beneplácito: Oruga silvestre (tempera/cartulina),  Felicidad No 41 (acrílico/tela) y Pariendo No 650 (acrílico/tela), rarezas en el colorido de las flores y los animales; del "placentero" acto fisiológico del hombre o del desgarramiento fértil y misterioso que brota con la fertilidad femenina.

 

Contó muchas veces en aquellos diálogos interminables que sostuvimos décadas atrás, cómo, al iniciarse en los consejos y adoctrinamientos de Feijóo, se regocijó de la pintura con crayolas, del negro deslumbrar con el carbón vegetal que procesaban los campesinos de la zona, y en simples cartulinas o hojas de papel escolar, ubicó en el espacio los más inconfundibles animales de la fauna silvestre; todo lo guardaba con absoluto celo; incluso los amplios reconocimientos recibidos en exposiciones y certámenes nacionales o extranjeros que atestiguaban la  policromía polisémica  surgida a partir de la espontaneidad nativa de los humanos.

 

Su discapacidad física al caminar; también evidente en el hablar pausado a causa de dificultades respiratorias, no melló la originalidad; justiprecio la   carencia de símbolos de frivolidad en el trato familiar y en la recreación del ambiente campesino; por eso rastreó en los mitos, las supersticiones y la fantasía de los velorios -actos maniqueos de sufrimiento e intercambio amistoso-, y recreó con peculiaridad los comadreos inusuales captados en la mirada a las esencias del  rostro de perfil.

 

                                                                     INUSUALES VIRTUDES

 

Osés Díaz perteneció a una legión sin precedentes; émulo en el trato y en el arte de Alberto Anido Pacheco y del nada irreverente  Noel Guzmán Bofill Rojas;  todos, representantes de la pintura popular cubana contemporánea. Cada uno, lógico, con su peculiar aforo en afirmar el color, los tópicos, el estilo y las particularidades de una estética espontánea.

 

En sus cuadros subyace una característica peculiar en parte de la obra artística posterior a los años de la década de los 80: la descripción escrita, en décima muy propia, del sentido pictórico de todo lo que plasmó; no importa que la caligrafía y ortografía fueran pésimas, ya que lo trascendente y valedero se emparienta con  el firmamento telúrico del alma popular.

 

Con la pérdida irreparable de Pedro Osés Díaz, la plástica se sumerge en luto, principalmente aquella referida a la vertiente popular, y también la promoción  cultural en Guaracabulla -territorio de su notoriedad-, siente un lastre con la despida del escritor, del animador de guateques y canturías; del músico ingenuo, y del artista versátil de siempre; ese a quien muchos sin equivocaciones de ningún tipo denominaron «Pintor del Pueblo», así en gracia divina.


En la Exposición Art Inventif a Cuba, de Lausana, Suiza, -colección de 38 piezas que Feijóo llevó en 1986 a esa ciudad europea-, Osés Díaz encontró una inmensa realización artística; y desde entonces el entusiasmo por pintar no se apagó; como Jacques Moratain, hizo un «Totum bene vivere» (Vivirlo todo bien) en defensa de derroteros que convergieron en torno a la ruralidad percibida por el sentido de palabras y líneas.

 

Múltiples fueron los galardones que consiguió, desde la más absoluta naturalidad del que nada pide y exige mientras se aferra a la tierra, el aire y a la gente desprovista de cotilleos; por eso jamás abandonó el terruño, y aunque Europa e Hispanoamérica lo conoció sin que asomara el rostro del artista, en cada catálogo o juicio de otros, surgió la pleitesía del guajiro villaclareño escondido en esa ceiba centenaria -centro de calenturas y mitologías campestres o urbanas-, territorio en el cual comulgó con sencillez disparatada de asombroso misionero.

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