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BALLAGAS EN SOMBRA; EL VISIONARIO Y LOS RESORTES DEL YO

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Por Luis A. Pérez de Castro (poeta y narrador cubano)



El ensayo, según definición del Manual de la Lengua Española, no es más que la acción y efecto de ensayar. Escrito, generalmente breve, sin el aparato ni la extensión que requiere un tratado completo sobre la misma materia. Representación de una obra dramática ante de presentarla al público. Prueba preparatoria. El libro que comento se inserta en ese mismo género. Sus páginas reúnen ocho trabajos que, en un inicio, obliga a preguntarnos: ¿Son o no ensayos? ¿Son o no ficciones?

Al descifrar tales afirmaciones es preciso recurrir, con ojo crítico y sapiencia, a sus interioridades, y navegar en todo lo que allí se dice. Hago referencia a Ballagas en sombra, del periodista e investigador Luis Machado Ordetx (premio Fundación de la Ciudad de Santa Clara,  2009), publicado por la Editorial Capiro al siguiente año.

Ya en el 1996, con Coterráneos (premio Fundación de la Ciudad de Santa Clara y divulgado por igual editorial), Machado Ordetx entrega no solo el quehacer de esta ciudad central de Cuba durante los años 30, 40, y 50, sino que, además, da los primeros vestigios de en la observación y sagacidad como  investigador enfrascado en descorrer “velos” culturales de la Historia Literaria.

Trece años después incluye otro título en su hacer de rastreador de la memoria cultural: Ballagas en sombra, compilación de innumerables documentos  —díganse cartas, poemas, testimonios y opiniones— inéditos que arrojan otras luces sobre el poeta cubano Emilio Ballagas Cubeñas (Camaguey 1909–La Habana 1954).

 Este libro, escudriñado y construido con oficio de orfebre durante veinte años, salió, no por azar, del testimonio y del archivo personal del declamador villaclareño Severo de la Caridad Bernal Ruiz, con quien Ballagas mantuviera una larga amistad e intercambio de correspondencia entre los años 1939 y 1948.

«Nada más indebido que profanar ciertos documentos, “concebidos” previamente –en soledad y urgencia- como goce íntimo, plácido, polémico o tendencioso; pero en el fondo no quedan otras alternativas», dice el ensayista en Códices del silencio, pórtico, a modo de prólogo, para su ensayo, y un poco más abajo, recalca que «Los asuntos que aborda Ballagas con Bernal pudieran dar lugar a múltiples lecturas porque muestran las claves (incógnitas) y respuestas que pocos comparten. Prevalecen confidencias, reclamos, el monólogo testimonial del instante que ayer, tal vez hoy, quizás mañana. Conviene sierre volver los ojos al pasado y hurgar en la memoria documental con el propósito de que nada desaparezca en una parte esencial de la identidad individual».

Y he aquí lo novedoso del ensayo; Machado Ordetx viaja al pasado de la vida del poeta cubano, y lo hace  libre de tabúes y desprejuiciado de todo el decir insidioso de cuántos —críticos o no— han abordado la obra de Ballagas; en ese tránsito muestra un estilo “sacerdoticio” al apoyarse en las premisas que ofreció Gastón Baquero, cuando dijo en 1954, a pocos días del fallecimiento del escritor camagüeyano: «Pertenece a la historia de la poesía cubana (…) y son muchas las páginas de esta que se escribirán bajo su nombre, si se quiere escribirla con justicia y verdad

Apegado a esa justicia y verdad, es que el ensayista logra recopilar, gracias, como señalé con anterioridad, a su sed investigativa y al archivo del declamador Bernal Ruiz, un grupo de cartas donde Ballagas, a través una prosa clara y, en ocasiones incisiva, aborda sus intimidades, los fundamentos estéticos, las creencias religiosas, y el compromiso con la sociedad en la cual, durante en muchas ocasiones, sintió el rechazo a su existencia.

 Hay en esas misivas una  fidelidad a los amigos y un amor sin límites para proteger la cultura cubana en toda su extensión. Cartas con un desgarramiento solo experimentado por un poeta que afirmara: «(quien sea) capaz de impresionarse ante la fina arquitectura de la rosa ha de serlo de sufrir con más intensidad que otro hombre alguno la injusticia humana o la barbarie de la guerra egoísta.». Cartas que desmienten la barbarie de esa propia guerra egoísta lanzada por Rosa Pallas, Argyll Prior, Virgilio Piñera, y otros que en sus escritos solo juzgaron en la parte más oscura del poeta; es decir, en sus desajustes personales —que en nada lo diferenciaban del resto de los artistas de su época— e ignoraron el lugar que ya ocupaba su poesía, lo que representaba su peculiar entonación libre de todo egocentrismo, decantado de nimiedades y cualquier debilidad lírica y humana como quisieron hacer ver otros en los versos o textos teóricos que escribió.

Ballagas en sombra es un libro con un logrado intento no de ensayar “hacia”, sino de ensayar “desde” cualquier hermenéutica del discurso. Interviene en la confección del texto la inestimable “colaboración” del propio Ballagas con sus cartas, y también el  sabio azar de Machado Ordetx, el investigador villaclareño, al contar con la amistad de Severo Bernal y descorrer las “puertas” de  su archivo personal. Cada carta de Ballagas, entre todas las enviadas desde Santo Suárez, La Habana, otras ciudades de Cuba, y Nueva York, en Estados Unidos, pone de manifiesto una larga conversación donde predomina el “entre” nosotros —llámese Ballagas-Severo Bernal o viceversa—. Más que una conversación o un diálogo, parecen dos monólogos alucinados y desarrollados con una coherencia digna de envidiar.

 Pese a que Ballagas permanece bien distante allende o aquende de los mares, afirma: «Trágico el destino de las provincias donde no hay público para crear un teatro, donde no hay oídos para una coral popular ni sensibilidades finas para el verso. En toda Cuba pero más aún en el interior, hay que ir contra el aplauso;  torcerle el pescuezo, buscar otros estímulos más positivos o más ideales… porque nuestro vinagre no se compadece con su aceite burgués y digestivo.» El poeta parece perpetuarse, como aislado del declamador, y da la sensación de ignorar su presencia. Sin embargo, es todo lo contrario: ya  desde su primera carta, dirigida al amigo el 22 de septiembre de 1939 desde  la barriada de Santo Suárez, La Habana, Cuba, nos parece asistir a la discusión de dos locos encandilados con sus dilemas individuales.

 Ballagas se queja del costo de la vida, de las miserias humanas: «Ahora mi problema es de abrigo. Aún espero el envío del dinero argentino de mi antología y parece que “cero”. ¿No será que la presencia de Nicolás (Guillén) y de Virgilio (Piñera) por Sudamérica me está torpedeando la edición? Conozco el paño…», dice en una carta enviada el 25 de noviembre de 1946. Se lamenta de la brevedad de la vida, de la lejanía y de todo cuánto acecha  su destino; tal parece rendirse ante la incertidumbre. Severo Bernal, en cambio, se manifiesta con sorprendente optimismo y se dispone a dar cumplimiento a lo solicitado por el amigo.

El ensayista Machado Ordetx en todo el contexto escritural, ofrece al lector un libro ameno en cuyas páginas otea la ebriedad de Ballagas, un hombre que supo forjar su propio mito dentro de la poesía cubana; un hombre que no solo sufrió a causa de la angustiosa creación literaria, sino también bajo la égida de la incomprensión y el (no) reconocimiento de su existencia amorosa, hecho que lo llevara a expresar: «La vida de todo artista está hecha de huidas a sí mismo y de escapadas a la vida. Este limpio juego de balanza –justo equilibrio- es lo que mantiene el ímpetu creador, que a la vez es ansia comunicativa y no puede permanecer encarcelado dentro del individuo por muy vastos que sean los dominios del “yo”

Este libro, sin dudas, abrirá (otras) nuevas sendas a la “triste”  polémica sobre el homoerotismo en Ballagas; y el escritor se pregunta ¿qué importa?, a partir de las contundentes pruebas testifícales que muestra y que ayudan a reconstruir y develar la verdad dialogante de un hombre y su época; es la verdad de un hombre que podemos ser todos, pues «la originalidad estilística y temática de su obra estará siempre delante del misterio individual; ocurrirá, en fin, el traspaso dialogante de la pugna entre la norma impuesta por el tiempo», como asegura el ensayista; tal vez en ese asombro persista la nitidez del visionario en una forma de superar y sortear los finísimos resorte del yo impuestos por el tiempo y la existencia humana.

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