Facebook Twitter Google +1     Admin
El Caribe, por su inspiración, enaltece la Historia y la Cultura

BATISTA MORENO, UN BESTIARIO

20110316222107-pedro-oses-y-rene-batista.jpg

Por Yandrey Lay Fabregat (Periodista y Escritor villaclareño)
 
Por el 2003 o 2004 yo participé con un ensayo en el Taller Literario Provincial que se celebró en La Cañada, un motelito de Camajuaní. Hice el viaje hasta allá en el carro de un amigo, que también estaba invitado.


Al llegar a la portada nos encontramos a un viejito vestido con un pantalón carmelita y una gorra del mismo color. Nosotros le preguntamos que si allí era el lugar donde se iba a celebrar el taller y él nos respondió que sí. Incluso, con un gesto muy amable, se ofreció para abrirnos la reja.
 
Mi amigo y yo pensamos que era el vigilante de La Cañada. Poco a poco comenzó a llegar el resto de la gente. Y para nuestro asombro observamos cómo cada uno de los escritores allí presentes saludaba con respeto al presunto custodio.
 
Al fin venció la curiosidad y le preguntamos a alguien quién era el viejito aquel. «Es René Batista Moreno», explicó alguien y nos dejó con la boca abierta. Más tarde tuvimos la oportunidad de intercambiar con René. Le contamos esta historia. Pero el escritor nos pagó con una moneda que ninguno esperaba. Dijo: «A mí me pasó lo mismo con Samuel Feijóo. La primera vez que lo conocí yo pensé que era bodeguero.»
 
                                   LAS BESTIAS SAGRADAS
 
Mientras escribo esta página tengo a mi lado el último libro de René Batista Moreno. Se llama La fiesta del tocororo y ganó el Premio Memoria, que otorga el Centro Cultural Pablo de la Torriente Brau a los proyectos de investigación que intentan rescatar la historia de las comunidades.
 
René no pudo acariciar la portada de este volumen, pues murió hace un año ya. Sin embargo, nos dejó un buen regalo. Se trata de un bestiario, una recopilación de los monstruos fantásticos que pueblan los campos cubanos.
 
Al evento donde conocí a René yo llevé un ensayo sobre la influencia que había tenido la figura de Jorge Luis Borges en la escritura de El nombre de la rosa, quizás el libro más conocido del italiano Umberto Eco. En sus páginas, creo, observé la primera mención a los bestiarios. Recuerdo que fue en el pasaje donde Adso y Guillermo visitan la biblioteca para ver los libros que ilustraba Adelmo.


La historia de los bestiarios se remonta a la más lejana antigüedad. Primero se emplearon las bestias fantásticas con el objetivo de encarnar las fuerzas naturales. Es la idea que dio origen al panteón de dioses egipcios, con sus cabezas de animales sobre cuerpos humanos. Precisamente a ellos corresponde una de las primeras imágenes sobre monstruos mitológicos: la esfinge. Y esta figura luego sería utilizada por Esquilo en la tragedia Edipo Rey.
 
Los griegos siguieron la misma costumbre. En la memoria de los aqueos los mitos de Hércules, Teseo y Jasón, poblaron el mundo de hidras, centauros, arpías, sátiros, minotauros y dragones. Homero llenó la Odisea de monstruos fantásticos: Escila, Caribdis, las sirenas y los cíclopes.
 
Era usual para ellos decir que el volcán Etna entraba en erupción a causa de los cíclopes que Hefaistos tenía encerrados en su interior. También creían que el juego de los tritones encrespaba el mar, y hasta hubo quien tuvo la esperanza de cruzar el mundo a lomos de un caballo alado, que llamaban Pegaso.
 
Los romanos, con su característico sentido del orden, hicieron una recopilación de bestias fantásticas. Están incluidas en la Historia natural de Plinio y sirvió para escribir el Fisiólogo, quizás el primer bestiario reconocido.
 
El Fisiólogo también se cita en la novela de Umberto Eco. En la época medieval fue atribuido sucesivamente a Orígenes, San Ambrosio y San Jerónimo. Sin embargo, a la luz de las últimas investigaciones se supone que tuvo su fuente en algún estudioso copto o siríaco.
 
Los escolásticos cambiaron el sentido de las bestias sagradas. Les dieron, como bien se dice en El nombre de la rosa, la tarea de representar el mundo de los hombres, sus pecados y virtudes, la magia toda de la creación.
 
En esa época los bestiarios fueron, detrás de la Biblia, los libros más leídos y copiados. Destaca entre ellos el De bestiis et aliis rebus, escrito por Hugue de Saint Víctor, aunque también se pueden mencionar los de Metodio, San Isidoro y Jacques de Vitry.
 
Por ellos conocemos la existencia de la mantícora, los hombres velludos de la India, las hormigas áureas, los cinocéfalos, el dragón, los onocentauros, la anfisbena, los esquípodos, el grifo, los astómatas, el basilisco y los epístigos, que nacen sin cabeza y tienen la boca en el vientre.
 
                                       LAS BESTIAS AMERICANAS

Algún que otro detalle de bestias mitológicas se puede encontrar en las Crónicas de Indias que escribieron los conquistadores españoles. Sin embargo, no es hasta el siglo XX que la literatura fantástica se apodera de los monstruos fabulosos para convertirlos en un tema recurrente.


He escuchado hablar, por ejemplo, del volumen sobre este tema escrito por el mexicano Juan José Arreola, que primero se tituló Punta de plata. También existe un bestiario bajo la autoría de Julio Cortázar. Pero quizás ninguno haya tenido tanta fuerza como la colección que reunieron Jorge Luis Borges y Margarita Guerrero, y que fue publicaba en 1957 bajo el hermoso título de Manual de zoología fantástica.
 
En Cuba es poco conocido el bestiario que salió en 1922 y que fuera escrito por Alfonso Hernández Catá. Después de eso ha existido alguna que otra pincelada. Pero que yo conozca, este de René Batista es el más profundo intento de crear un bestiario nacional.
 
La fiesta del tocororo recrea las leyendas comunes a los campos cubanos: la madre de agua, el güije o jigüe, los aparecidos, el jinete sin cabeza, así como otras no tan conocidas: el perdizón, los hombres rabudos, el taguayo, los cabezudos, el catraco, la jua, el oriló, la pericota y el cotunto.
 
Poco pueden hacer mis frases para describir el placer que se siente al recorrer las páginas de este libro. A fin de cuentas el padre Félix Varela dijo que no hay idea más exacta que aquella que no se puede expresar con vocablos. Por todas estas razones prefiero cederle la palabra al amigo René Batista Moreno:
 
                                  EL TAGUAYO
 
El pirata Alexandre Olivier Squemeling se adentró con sus hombres en uno de los bosques de Isla de Pinos. Tenía el propósito de obtener algunas de las reses que, según le habían informado, los españoles tenían por esos lugares, y quedó asombrado al ver un rebaño tan grande.
 
Ordenó que sacrificaran veinte de ellas, que dejaran algunas para comer allí y comenzaran a salar el resto para utilizarlas como provisiones de mar. Y no dijo más, porque ciento de animales con cuerpos de monos y cabezas de caimán se les abalanzaron con mucha ferocidad y dieron muerte a varios de ellos.
 
Ripostaron la agresión con rapidez y se entabló un combate que duró cerca de una hora, porque debido a la superioridad numérica de los atacantes, los piratas se vieron en la necesidad de retirarse hacia la playa, tomar sus botes y dirigirse a la embarcación; pero las bestias los siguieron hasta allí, subieron a cubierta, se entabló un nuevo combate, y aunque los hijos del mar mataron a muchos de ellos, no pudieron recuperar ninguno de sus cuerpos, porque acudían de inmediato y se los llevaban.
 
Ya libres de esta amenaza, emprendieron rumbo a Jamaica donde a su llegada contaron lo sucedido. Pero un indio del Cabo de Gracias a Dios, que los había escuchado, les dijo que esos animales eran taguayos, y que los islotes y los cayos del sur de Cuba estaban infestados de ellos.



Comentarios > Ir a formulario

cubanosdekilates

No hay comentarios

Añadir un comentario



No será mostrado.



Ms

Blog creado con Blogia. Esta web utiliza cookies para adaptarse a tus preferencias y analítica web.
Blogia apoya a la Fundación Josep Carreras.

Contrato Coloriuris
Plantilla basada en el tema iDream de Templates Next