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El Caribe, por su inspiración, enaltece la Historia y la Cultura

SANTA CLARA DESEMPOLVA ARCHIVOS (13)

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Por Luis Machado Ordetx


La prensa de San Juan de los Remedios levantó inusitadas polvaredas a principios de la sexta década del siglo XIX. Dimes y diretes entre integristas y liberales dejó las relaciones contractuales de culíes que se incorporaban a las haciendas azucareras. La  rebeldía de los  asiáticos, aunque jamás se apagó, no era observada  como un problema. Los asuntos gravitaron hacia las enfermedades que afectaban a la población.


La fiebre amarilla, la  viruela —causante en 1861 de más de cuatro mil muertes en la región central—, y el cólera o morbo asiático, constituyeron temas recurrentes. También la inversión de capitales de hacendados matanceros, y ciertos estados de “intrusismo” profesional en tratamientos de padecimientos humanos, apresuraron una vieja  polémica fundamentada once años atrás cuando el cura, vicario y juez eclesiástico Eusebio Bejarano, bautizó a “El Cao”, un popular médico chino de Remedios. 


Ahora el periodismo la emprendía contra Pablo Sanz, nombrado “El Cao”. El hombre, vestido con elegancia, apareció de buenas a primera en la localidad y «era solicitado con afán por el vecindario (…),  había curado a muchas personas, teniendo constancia algunos regidores


Afirma José A. Martínez-Fortún y Foyo en Anales y Efemérides de San Juan de los Remedios y su Jurisdicción (1930), que desde El Boletín, el boticario Alejandro del Río, publicó en agosto de 1861 un extenso artículo referido a la homeopatía y los intrusos en el campo de la medicina, curanderos y yerberos. Aludía a  un médico chino, llamado «Pablo Chau-Chau, quien hace furor en el vecindario. A muchos de los enfermos les dice que tienen una ¡jicorea! hambrienta en la garganta


El asiático, en perfecto español, incorporó una réplica en el rotativo. El bisemanario La Razón —órgano alejado de asuntos políticos—, retoma los supuestos teóricos y prácticos de ese “galeno”, y aplaude las propiedades curativas inmersas en la flora y la fauna cubanas.


 El Dr. Cataldo, desde El Boletín, arremete contra las tisanas y jarabes  caseros. También ataca a un «chino tabaquero que se dedica al curanderismo.» José Antonio León Albernas desde esas páginas  aplaude «al médico chino, por demostrar efectividad en sus tratamientos», dice Martínez-Fortún.


Pablo Sanz (“El Cao”) y Chau-Chau ¿serán acaso el quinto y sexto de los médicos botánicos de nuestra historia? Al menos,  hasta ahora, hay cuatro identificados. Todos ejercieron en diferentes ciudades cubanas: Kan Shi Kom, en La Habana. Domingo Morales, en Santiago de Cuba, En Manzanillo estuvo Liborio Wong. En Camagüey Juan de Dios Siam Zaldívar. El más reconocido de todos es Juan Cham-Bom-Biá (Chang Pon Piang), según Emilio Roig de Leuchsenring.


Martínez-Fortún en La Medicina en Remedios y su Jurisdicción (1930), no advierte una estadía de esos galenos. Sin embargo, entre 1850-1862 habla con sistematicidad de Pablo Sanz, “El Cao”, y Chau-Chau. Las posibles respuestas al ¿por qué?, habrá que localizarlas en archivos documentales existentes en la Octava Villa de Cuba.


Otra de las polémicas toca de soslayo el trabajo esclavo y el sometimiento de los chinos; también a la diferenciación entre lo cubano y lo español y al desarrollo ferroviario. La disputa acontece en julio de 1864 entre José León Albernas y el agrimensor Teodosio Montalbán: los “ricos” son tema de debate.
Albernas, desde El Porvenir dice: «…los hombres que felizmente se hallan colocados  por (…)  una propicia fortuna (…) nunca por infinitas razones deben permanecer como mudos e indiferentes testigos ante el interesante espectáculo de un pueblo (…) en medio del camino de su progreso…


El Montalván responde en La Atalaya: «…son muchos los ricos que quieren aparecer como buenos patriotas, desinteresados que se ocupan con empeño del progreso material e intelectual, procurando (…) con las galas de una falsa política; pero llegado a asuntos de interés, entonces se resisten; yo creo sería más fácil el numerar las estrellas en una clara noche, que sacarles una peseta para bien de la humanidad…»


Sazona la polémica la muerte de culíes por causas naturales o  maltratos: eran sepultados en fincas. Cuatro años después los enterramientos ocupan un lugar apartado en  cementerios locales.   Transcurrió una década las disputas tomaron otros aires: desde Remedios El León Español (1873-1882), un diario integrista, elogió el proyecto de “reactivar” la emigración de colonos asiáticos no sujetos a una contrata determinada. Francisco de Abella Ralderis detallaba una vía de servidumbre encubierta.


La edición número 59, del  17 de mayo de 1874, expone: «… Con estos coolíes sino se hace de ellos buenos colonos es porque no se quiere (…); cesen las compañías que se enriquecen especulando con estos infelices y habrá colonos, las faltas de los chinos no son tan grandes


 La propaganda respondió a un “humanitarismo” capitalista en defensa de las Sociedades “Ibáñez y Cia”, “Alianza” y de Julián de Zulueta, principales comerciantes de asiáticos en Cuba. Ese proyecto fracasó. En 1883 el sistema culí terminó. Los chinos comenzaron a acercarse a las ciudades.


¿Ironías de la historia?: el 10 de febrero de 1887 el poblado de Las Coloradas, en San Juan de los Remedios, comenzó a nombrarse Zulueta, según acuerdo del Ayuntamiento, en “honor” a Don Julián, el negrero; el chinero. 


Con el propósito de subsanar ese “error”, y restituirle a la calle habanera el nombre de Agramante —popularmente conocida desde 1874 como “Zulueta”—, el investigador camajuanense Juan Manuel García Espinosa promocionó su estudio Julián Zulueta y Amondo, negrero, traficante de culíes y enemigo de la independencia de Cuba (1985). Hasta el presente la queja histórica no logró sus objetivos.
A partir de la octava década del siglo antepasado surgieron los primeros casinos (centros de Beneficencia, círculo de Artesanos, sociedad de Socorro Mutuo…) en Placetas, Remedios, Caibarién, Sagua la Grande, Camajuaní, Santa Clara y Santo Domingo, considerados  los principales territorio poblados de asiáticos. Desde entonces celebraron con mayor libertad el Año Nuevo, según sus tradiciones, con ceremonias religiosas,  pero sin cohetes; repartían lechón y jan-jeón (sádalo), y colocaban banderitas y luces de colores.


En 1906 Tomás Estrada Palma firmó  la Ley de Inmigración y Colonización que autorizó la entrada de agricultores y trabajadores chinos. La Secretaria de Hacienda es explícita: entre 1902 y 1931 viajaron 12 mil 926 asiáticos. Las oleadas migratorias decrecieron en las décadas siguientes. No obstante, el aporte chino —junto al hispano y el africano, desde las más variadas aristas—, estableció otra impronta dentro de ese “ajiaco” de valores inalterables que ofrece al mundo la nación y la cultura cubanas.  

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