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OTILIO CARVAJAL TIENE UNA MIRADA CRÍTICA

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Por Luis Machado Ordetx

 

A veces las angustiosas historias consuelan, o dejan una apoyatura crítica para el mejoramiento espiritual. Más allá de la incertidumbre anímica o física hay una manera esperanzadora en el enfrentamiento de los avatares cotidianos que describen disfuncionales familias.

 

Al menos así lo aprecié años atrás cuando Otilio Carvajal Marrero (Chambas, 1968), obsequió El libro más triste del mundo (Capiro, 2006), con el cual aborda desde la óptica de un discurso peculiar los problemas inherentes a la comunicación social.

 

Todo se resume en un fotograma continuo. Luquita, un  niño de cuatro años, sufrió un accidente, y entre maltratos, o abandonos, sueña con los milagros. También imagina su mágico universo ante el agotamiento de la madre, el dilema del padre, y hasta el egoísmo de los hermanos.

 

Aparece en su imaginación la santa palabra de un abuelo que emprenderá un largo viaje para hallar la cura a los quebrantos del pequeño olvidado por una familia que, en contradicción, lo sufre y lo ama en idéntica medida. En síntesis, el argumento.

 

Con El libro más… el escritor logró una estela de reconocimientos a partir del Premio de la Ciudad de Santa Clara, 2005, así como ediciones continúas en El Perro y la Rana (Venezuela), y por último la colección Veintiuno, de la editorial Gente Nueva, de Cuba.

 

Con la nueva reedición ganó  este año el Premio la Rosa Blanca, galardón que entregó la sección de Literatura Infantil de la Uneac. Dos residentes en Santa Clara, Luis Cabrera Delgado y Pablo René Estévez Rodríguez,  se agenciaron en 2004 y 2007, respectivamente, similar galardón, pero en el apartado «por la obra de la vida»,  mientras ahora Carjaval Marrero alzó sus palmas en un lauro compartido con el espirituano Maikel José Rodríguez Calviño  —Los enigmas de la Rosa de Marfil—, una novela de aventuras, hecho que reafirma una valía creativa. 

 

El tema expuesto en El libro más triste del mundo, desde el punto de vista del narrador omnisciente (que ve, sabe y toca todo), es poco usual en la narrativa destinada a los jóvenes, y entre sus fabulosos aciertos hay una crítica demoledora al “valor” de los objetos materiales, o los intereses banales que circundan los ambientes familiares contemporáneos.

 

Por encima de esos desajustes florece el humanismo, y la compenetración entre el abuelo-niño que actúan a partir de la sabia palabra, o el aliento cotidiano por un futuro optimista y solidario.

 

La historia atrapa, conmueve, y también educa en la medida que se explaya la narración-descripción, y dispone de un lenguaje diáfano que entremezcla contrastes de ironía y humor para dejar un soplo consolador en la vida del ser humano. 

 

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