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ANTONIO MUÑOZ, EL MÁGICO PELOTERO CUBANO

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Por Luis Machado Ordetx

 

Palabras de presentación de El Gigante del Escambray, biografía de Antonio Muñoz escrita por Osvaldo Rojas Garay. Serán expresadas el domingo 29 de marzo de 2015, Sala Caturla, Biblioteca Martí, 24 Feria Internacional del Libro en Villa Clara.

 

Siempre creo que la memoria, o el más sencillo de los recuerdos, pertenecen a un sitio extraño. Forman un territorio que se resiste al olvido cuando trato de retomar lo que escapó a todos. De un modo u otro, en caso de no recrearlo, se esfumaría el instante al no plasmarse justo en el tiempo. Esa, y no otra, constituye la razón del porqué el número 5 de la pelota cubana anda goloso por reconciliarse nuevamente con las mangas de su camisa villareña.

 

Lo vemos frente al cajón de bateo cuando toma el pañuelo y seca el sudor de su cara. El hecho fue irrepetible,  y ahora,  lo confiesa, desea otro swing completo. Incluso, con seguridad, resta importancia a la lomita, lugar en el cual está el zurdo Leopoldo Márquez, el habanero temible, quien lo dominaba con facilidad cuando tiraba los acostumbrados lanzamientos lentos, casi bombos,  que impedían al contrario entrar en contacto con la esférica mágica.

 

Casi cinco lustros después, Antonio Muñoz Hernández, el mítico primera base, está dispuesto a disparar su cuadrangular número 371, o uno, tal vez dos o tres más que los oficiales logrados hasta el 17 de enero de 1991, fecha del último recogido por  los anales de las 24 series nacionales en las que intervino como deportista activo.

 

Tiene Cuso Muñoz por estos días motivos suficientes para la contentura. Pronto, porque aún no ha leído el libro, el humilde hombre de Algaba, en Condado, tendrá en sus manos El Gigante del Escambray, biografía que entregó a Ediciones Mecenas, Cienfuegos, 2014, el escritor y periodista   Osvaldo Rojas Garay.

 

¿Quién sabe?, no lo dudo, puede que alguna lágrima ronde por las mejillas del pelotero y también el escritor luego del disfrute de las letras impresas. Ambos son susceptibles, y hombres humildes. De ahí la confluencia, y hasta la conspiración por presentar a los lectores una magnífica compilación de aquellos acontecimientos en los que intervino el más grande de los bateadores zurdos de la pelota revolucionaria.

 

Recordará Muñoz, según las estadísticas de Rojas Garay, cuando logró durante un campeonato, y en espacio de 38 días, tres jonrones en similar número de ocasiones al bate y desafíos, hazaña registrada en la V Selectiva de 1979. También comprenderá otra vez, y eso no lo olvida por sus méritos personales, de hombre sensible, que junto a Martí, «toda la gloria del mundo cabe en un grano de maíz», raíz y esencia del espíritu cubano.

 

De Muñoz, por supuesto, no voy a hablar mucho. Por algo está Rojas Garay, el biógrafo, quien un año atrás, en viaje a Cienfuegos, quería regresar a Santa Clara, su ciudad en adopción.

 

Un impulso, tal vez mágico, como la papelería que atesora, lo obligó a no dejar trunco el compromiso con la editorial sureña. Entonces, el milagro que asumió en 2005, allá en Algaba, de concluir el  valioso compendio estadístico y el complemento de testimonios de los más representativos peloteros que estrecharon amistad con el Gigante del Escambray en torneos nacionales o foráneos, estaba a las puertas de una realidad.

 

Por fin el libro está aquí, más allá de muchos entuertos. No obstante, cuatro hechos no se contemplan el magistral texto, y que de una manera u otra, fueron salvados con el tiempo. Ustedes se sorprenderán, y hasta dirán, ¿cuáles son las omisiones? que, con   marcada parsimonia, admito.

 

Una está relacionada con las imágenes que tomó Modesto Gutiérrez, allá en Algaba, cuando el pueblo de Condado, en fiesta inusual, obsequió un soberbio reconocimiento a su ídolo beisbolero, Cuso Muñoz Hernández, como nombran con cariño a Antonio.

 

Otra de las exclusiones reside en el prólogo que, con entusiasmo, haría Félix Julio Alfonso, y que por urgencias editoriales se suplió a última hora. La tercera se vincula con la invitación y visita del pelotero a los Estados Unidos, así como las declaraciones que ofreció a la prensa y el manifiesto de fe en la Revolución y en Fidel. También de los diálogos que sostuvo allí con Agustín Marquetti, el legendario primera base capitalino-industrialista, o Antonio Pacheco, el mítico santiaguero, entre otras leyendas del béisbol nacional radicados en ese país.

 

Por último, el ingreso de Cuso Muñoz al Salón de la Fama del Béisbol Cubano.

La forja de un estilo personal en el juego de pelota, y la capacidad de acrisolar una estatura deportiva, innata, tuvieron a Muñoz al más temible de los bateadores nacionales. Todos recuerdan su inusual posición ante el jon, o la manera de certificar cuando un lanzamiento no preferido entraba en zona de strike y el árbitro, según su aprobación, lo declaraba bueno o malo. Esa fueron  cualidades, o los talantes más recordados por los aficionados.

 

En tiempos que una ética, una disciplina, se requiere en la pelota nacional, Muñoz recordó en un inquisidor cuestionario de Rojas Garay que, solamente discutió con los árbitros en tres ocasiones diferentes: una con Alfredo Paz, allá en Santiago de Cuba, en momentos en que peleaba por el champion bate, y el hombre de negro, imparcial, cantó out.

 

Otra correspondió al careo con el Chino Hernández en defensa del cargabate Roberto (Misifú) Jiménez, quien gritaba a los lanzadores contrarios para sacarlos de paso, y la última, en 1985 enroló otra vez a Misifú que dejaba siempre la pez rubia en el círculo de espera para el bateo. Esa bronca fue con el ampaya Mario Cossío en un partido que estuvo detenido durante 15 minutos.

 

Al repaso de aquellos desagradables momentos, Muñoz se sintió avergonzado, y a reglón seguido después de repasar aquellos 71 lideratos  que acumuló en certámenes beisboleros, confesó  que los hombres vestidos de negro «eran personas honestas, muy capacitadas, obligados a pensar rápidamente bajo una tensión tremenda, y aprendió siempre a respetarlos. Muñoz optó por cantarse, según sus apreciaciones, cuando los lanzamientos que le disparaban eran bolas o strikes. ¡Qué lección de humildad y ética deportiva!

 

Ya acabo la imaginaria tanda de bateo y disertación beisbolera de Muñoz, y luego pasaré la palabra al biógrafo Rojas Garay, a quien someto a la inquisición crítica. Es una especie de valoración de su periodismo-escritura-investigación, muy vital en esa montaña documental que atesora a la antigua, en papeles manoseados, como el artesano que busca el dato, lo analiza y contrasta de una manera peculiar.

 

La pesquisa lo convierte en un peculiar slugger en las conexiones de hechos-atletas, escenarios y apreciaciones personales, expresada antes en Casos y cosas del béisbol (Capiro, 2011), libro que lo catapultó al mundo de las estadísticas, anécdotas y curiosidades.

 

Rojas Garay, lo he dicho otras veces, tiene un sentido polifónico del hallazgo, de contraste, entre el claro-oscuro, del rastreador de historias carentes de los ornamentos de los adjetivos. Nada en sus discursos escritos y también los orales, llevan signos del rebuscamiento. Va a lo llano de la oración para examinar, explicar, entender e interpretar los acontecimientos o las ocurrencias deportivas y culturales contenidos en la observación directa.

 

 Las fuentes nutricias son las montañas de papeles, y la pericia del cotejo de historias, o el fundamento de esos múltiples amigos-colaboradores que lo animan a seguir siempre adelante, con la vista fija en el tiempo y el recuerdo.

 

Del slugger de Báez, Osvaldo Rojas Garay, veremos en cualquier momento otro arsenal de historias, ya sean “Casos y cosas del Deporte”, o “Fidel nunca se poncha”, libros ya concluidos y en espera de una editorial que haga realidad en lo inmediato la elocuente expresión que ahora está aquí entre todos nosotros: El Gigante del Escambray, la asombrosa biografía que escribió sobre Antonio Muñoz Hernández.

                                                Muchas Gracias

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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