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El Caribe, por su inspiración, enaltece la Historia y la Cultura

BOFILL ROJAS DESDE LA CALLE DEL SOL

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Por Jesús Díaz Rojas.

 

Palabras introductorias a la exposición “Guapeando”, de Noel Guzmán Bofill Rojas, en galería Carlos Enríquez, en San Juan de los Remedios, Villa Clara, Cuba.

 

 

Intuitiva, la mano que pinta no obedece al cerebro que intenta ordenar sobre el lienzo una idea coherente. La mano que pinta se escapa, esquiva cualquier razón y traza lo que ella como mano que sueña cree pertinente. La mano que pinta no tiene dueño. Una vez un poeta la utilizó para trasmitir al papel lo que las musas le dictaban, pero ella no se dejaría someter por mucho tiempo y comenzó a describir mediante la forma lo que deseaba expresar.

 

No es que exista un divorcio entre el cerebro y la mano, entre la razón y la sinrazón. Es que la mano que pinta es quien dicta los signos, quien busca el motivo y encuentra el camino. ¡Nunca una mano ha sido más independiente! La mano pinta y el cerebro interpreta.

 

El consiente descubre a medida que el cuadro va completándose en su cosmogonía insólita, que el Universo está más allá de las fórmulas matemáticas, los preceptos filosóficos y hasta las reglas del arte; que más que infinito, es insaciable.

 

La mano que pinta desde que dejó de obedecer descubrió que en un mismo espacio y tiempo pueden confluir todas las eras, todas las formas. El vacío es la mayor mentira que se inventaron los hombres para imaginarse solos. Las reglas verdaderas son las que la mano se impone para en la próxima sesión romperlas.

 

Sin embargo la mano que pinta resulta una paradoja, pues pinta a partir de la vida vivida por el ser que la posee para demostrar que ese hombre existe y es diferente.  Por eso la mano que pinta intenta la infinitud de las formas. No es horror vacui, es que el vacío es un mito y le es dado a ella el repletar cada intersticio del soporte con la satisfacción del misterio develado.

 

Entonces… a quién pertenecen las imágenes y rostros que solo pueden engendrase en una mente creadora y fabuladora si ella es la mano del que era poeta. La mano pinta, los rostros que el hombre admira, los dioses que lo animan y que ella no copia, no calca, no reproduce sino que descifra, para escamotearle a la razón la posibilidad de dejar un testimonio Otro. 

 

No es de extrañar que en estos espacios poblados de misterios las épocas no existan, que todo trascurra en la consecución de los signos, en un desfile aleatorio de grandes hombres y enormes acontecimientos. La mano que pinta sabe que juega con la iconografía más apreciada por el hombre que la posee y, satisfecha y atrevida, gusta de conjugar todos los tiempos posibles sobre el soporte idóneo para fusionar arte con eternidad. 

 

Unas veces Hemingway es el viejo pescador que no se dejó vencer por la aguja y sí por el cañón de su fusil de cazador. Cazador que se cazó. Otras tantas un guerrillero con cara de Cristo Redentor porta un brazalete de 26-7 y es Camilo y a la vez todos los Camilos que hay en el pueblo cubano. Otras el mismísimo Cristo de las estampas, cansado de tantos altares y opulencias, descendió a la tierra como guerrillero y puede que le resulte un ser cercano. 

 

Rasputín, Furulo, Wayacón pintor, Jesús pintor, personajes populares en sus mundos paralelos se dan la mano. Yemayá, Chango, Santa Bárbara, palma con ceiba del monte y potente rayo deshaciendo el azul añil de una melena hirsuta. Mar encrespado sobre el que flotan girasoles y donde una diminuta balsa lucha contra torvo huracán. Puerta que se abre una y otra vez hacia el futuro de la América y la llave es el Ché. Camisas militares como la piel de los que la portaron durante las batallas necesarias exhiben su coraza verde olivo e invicta, con nombres que de solo enumerarlos honran al que los lee. 

 

La mano que pinta es fiel al que una vez la guiara por los caminos de la poesía. Tal vez no se haya podido desprender del todo de sus primeros pasos. Puede que todo resulte un rejuego de la existencia y la fábula, de lo aleatorio y lo genésico. Pero lo verdaderamente cierto es que es arte con poesía. 

 

Pero, ¿cómo esa mano puede pintar lo que pinta y soñar lo que sueña? Todo tiene su génesis.

 

El pintor dice que «Nací en la calle del sol, para iluminar el mundo», sin embargo, en  esa calle no nace ni se pone el astro rey. Es del sol, por algún sortilegio  surgido entre los bares, los cafetines, las casas de juegos donde se apostaba a un número esquivo la exigua riqueza de los concurrentes. Es del sol, por el rostro de sus mujeres alegres y dispuestas, maquilladas de luz para ocultar la sombra, la tristeza y  el tedio que las ahogaba en sus interminables noches de lujuria.

 

Del sol, por el proxeneta de gruesas cadenas al cuello y plateado reloj de bolsillo, que enfoca sus ojos de buitre a la quinceañera perdida. Del Sol,  por la dentadura de oro en la sonrisa del guapo del barrio. Del sol, por los infantes que a golpes de cepillo y paño le lustran los zapatos a los que, a hurtadillas, entran a la Ronda. Del sol, por los toques de santo a la luz de las velas que hacen resplandecer los torsos sudados de los negros, mulatos y blancos en el Todo mezclado que nos define. Del sol, por el fulgor de la espada y la copa de Santa Bárbara bendita trasmutada en Changó.

 

Por el San Lázaro de los tabacos inapagables y humeantes, por su botella de aguardiente de caña, sus perros del desvelo y su mechero de aceite eternamente prendido. Por los girasoles de Ochún y la tiara de la Caridad del Cobre iluminada por la fe de los marginados. Del sol, por los faroles de hojalata y espejitos policromados que construye el negro sansarí para las fiestas de la Navidad. Por las tijeras del barbero orador que ha de morir un día cualquiera atravesado por un puñal. Del sol, por las banderitas en colores y los farolitos encendidos en la noche de San Juan. Por el judas que ardía en las cuatro esquinas. Del sol, porque una tarde de diciembre se repletaron los cocteles molotov para la batalla definitiva y se llenó la callejuela de las estrellas que provenientes de la Sierra, auguraban una nueva luminiscencia.

 

En fin del sol, porque en ella habitan seres sin ocasos. 

 

En esta infinita calle que nace en el norte remediano y es cortada por la Plaza del Mercado desaparecida en este San Juan del 500 envuelto en un celofán de brillo que se llevó la captura del güije a otro plano terrenal y dejó al pueblo sin sus juegos tradicionales, nació el 4 de agosto de 1954, Noel G. Bofill Rojas, poeta y pintor.

 

Poeta que anduvo con su jolongo de versos improvisados por toda la isla, cantándoles a los campesinos, los trabajadores, los estudiantes, a los héroes y mártires de cada uno de los rinconcitos que visitaba. Poeta de incansable andar inalcanzable que anduvo por África en busca de la fuente primigenia de sus ancestros;  repartiendo versos como balas, como pétalos, con una mano tendida para el encuentro y la otra firme en su fusil de internacionalista. Poeta que en su bregar de Quijote cubano entendió que tanta belleza natural, tanta Humanidad como Patria debía de ser llevada al lienzo como la manera de compartir lo que veía. Y se le juntaron ceiba y baobab y despertó en un amanecer definitorio con un pincel en la mano y su eterno canto en los labios.

 

El poeta entendió que mediante la pintura otros podían ver lo que él había observado o mucho mejor, lo que él había experimentado cuando se llenó de tantos horizontes. Y se dispuso a trasmitir, no el paisaje real, sino la impresión que causó ese paisaje en sus ojos de niño. Y la humanidad toda se le fue ahondando hacia el centro de lo trascendental y los lienzos se llenaron de güijes, de palomas, de orishas, de santos, de deidades orientales, de fantasmas, pintores, escritores, poetas de todos los rincones del universo y hasta los  espíritus malignos quisieron torcerle el rumbo, poseerlo en cruentas batallas que le encontraron y le encontraran siempre vencedor.

 

Y fue un duende como él, ¡tremendo duende!: El Sensible sarapico Samuel Feijóo quien al abrirle el pecho y tenderle la mano, le ordenó ¡Empínate y anda!

 

Y la mano que escribía versos comenzó a pintarlos sobre el lienzo. 

Se hizo al mundo y de su San Juan se fue una tarde tras el amor eterno a concebir un hijo y e intentar descansar en un Santo Domingo que lo acogió como uno de los suyos.

 

Maestro de sí mismo, el niño que pinta sus cuadros, no dejará de serlo. Bofill Rojas tiene la capacidad de renovarse, de encontrar en cada obra un camino otro hacia la expresión de su genialidad sin dejar de ser él. Un Bofill, es y será siempre un Bofill. La mano que pinta lo sabe y por eso lo secunda en todo. 

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