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VÍCTOR MESA, EL GALLO TAPADO

VÍCTOR MESA, EL GALLO TAPADO

Por Luis Machado Ordetx


A tontas y a locas Víctor Mesa, el 32 de Cuba, habla de historia, de amistades y de béisbol. Nada reconoce en el equipo de Villa Clara. Para qué... Qué hilarante la entrevista de Ángel Miguel Fernández, un periodista que a penas ejerce la opinión y hace preguntas tan "bobas", o inofensivas, que, hasta un niño, el más iletrado, puede responder.


Víctor desmanteló a Villa Clara luego del incidente del Victoria de Girón: de un tirón mutiló a Ramón Lunar, y a Freddy Asiel Álvarez. Eso todo el mundo lo sabe, pero el equipo central supo imponerse en excelente lid a los aguerridos holguineros. Cuántas cosas "oscuras" hay en ese capítulo. Un día se sabrán...

 

Después, sin querer, habrá que averiguar, por qué una mala estrategia de Ramón Moré, puso a dormir, a favor del "otro", la inofensiva lesión a Yolexis La Rosa, el máscara titular del Cuba. Antes se fue Pestano, a pesar de aquel gran y kilométrico jonrón de 2013. También anguatiado partió el árbitro internacional Luis César Vladés, y de ¿quién? fue la "culpa"...


Víctor, en la entrevista, sin ton ni son bajo la tarde-noche del pasado martes en el Sandino, en Santa Clara, hasta habla de otro Víctor, el Comandante del Ejército Rebelde, para referirse a Borbón Machado —recientemente fallecido y quien cumplió misiones militares en Matanzas—, como para demostrar el por qué el pelotero-estratega-mediático estaba en la otrora Atenas de Cuba. Bordón Machado fue un ejemplo; un guía. Mesa, en cambio, fue un excelente pelotero, devenido ahora en un "fanático" que impulsa hasta las más insospechas observaciones con ímpetu de trebejista inmaculado. Veremos ¿hasta cuándo?...  


Incluso, afirmó Victor Mesa, eufórico tras el triunfo de Matanzas Vs. Villa Clara (4 juegos a 1), que otras tierras llamarán a su ejemplo de estratega “consagrado”. Por supuesto, no es las Grandes Ligas, si acaso las menores, a no ser que quiera sustituir a Lázaro Vargas como timonel de Industriales.


Después, cuando perdió —el único partido contra Villa Clara—, un periodista “matancero”, habló sin fundamentos de agresión al fotógrafo Pacheco —persona humildísima, sencilla, honesta, y ranchuelero hasta el tuétano—, y en cambio, Arestuche, su batería de redacción, elogió al Villa Clara en su porfía.

 

Ambos periodistas escriben para el diario-semanario de Matanzas. Son mis colegas, y a pie de pluma, más allá de los malos entendidos, defienden una ética, la del periodismo de opinión, o de contraste de fuentes, sea interpretativo o explicativo. Cosa que otros no ven.

 

El lunes en la redacción de Vanguardia compartimos espacios. Nadie habló de "golpes" a Pacheco. Todo era sinceridad y diálogo entre colegas.  No le observé a Pacheco, el fotorreportero, la "cabeza rota", y de mutuo acuerdo, Arestuche, quería una foto de  "público", y por supuesto, eran más de matanceros que villaclareños. Cada cual elige sus imágenes, de acuerdo a un punto de vista, pero ambos sabían reconocer, como magníficos entendidos, dónde estaba el punto álgido de la porfía deportiva.

 

Los colegas eran, y fueron, en sus expresiones, diáfanos, transparentes, sinceros, muy cubanos, y amantes de la verdad. Por tanto, de dónde viene tanta algazara. Seguro que Pacheco, lo esclarecerá, más allá de lo que otros, con subjetivismos rayanos en la palabra, y hasta en la sintaxis, de "apretar el culo y darle a los pedales", testimoniará la más absoluta de las verdades: "a buena hora y con sol", como debe ser entre cubanos.


Por último, a la salida de Santa Clara, donde resido, un ómnibus se proyectó contra un camión. Aquello fue el acabose El camión cumplió las reglas del tránsito. La guagua matancera burló el ceda al paso, y hubo más de once lesionados. Los del ómnibus matancero la emprendieron contra el chofer del camión, quien si no huye, lo linchan como si fueran “hordas” enardecidas.

Los lesionados, de inmediato, recibieron asistencia médica. Efectivos de Tránsito, y hasta el público villaclareño, acudieron a prestar ayuda de inmediato: a resolver las dificultades. Ahora, a eso ¿impulsan las miserias extraterrenos” y el espectáculo cultural-deportivo? ¿Hasta cuándo?...


Ojalá que Víctor Mesa y el “equipo”, que a golpe de “saqueos” a otros territorios logró conformar, sea campeón del béisbol en 2014, y Matanzas tenga la gloria que acaricia cualquier territorio cubano. Lo merecen: han batallado durante tres años continuos.

 

Yo, a pesar, de ser un campesino, habré apostado siempre con humildad por los Industriales de Ciudad de La Habana. No obstante, Ramón Lunar Armenteros, el número 66 de Villa Clara — ese que Demis Valdés quiso liquidar y atrofió la masticación—, celebró su cumpleaños ¿…?  Con un jonrón, cosa que Víctor Mesa y sus “enmarañadas” estrategias no pudieron liquidar. Jajajaja.

 

Esa, aunque no fue una noche de triunfo para Villa Clara, representó un desacierto para el “enigmático” DT del Cuba, muy desaprobado para quienes      —con o sin pasión—, siguen el béisbol más allá de los erráticos comentarios de (constructivistas) de los narradores deportivos que profesan apologías y...

 

 Algún “gallo” tapado tiene Víctor Mesa para tantos elogios. Será ¿acaso su designación por cinco años de director del equipo Cuba?... "Ojalá que Matanzas gane el campeonato”, y lo merece después de pelear, pero le vaticino aspiraciones, y otros dirán que pocas posibilidades con un director que, por lo más mínimo, ofende a sus parciales, los increpa, y ataca sin mesura.    

 

Seamos cubanos, como llamaron los nacionalistas de principios del pasado siglo, y más allá de las pugnas y rivalidades deportivas o culturales, mantengamos siempre la unidad por encima de los "disloques" campestres que se "afirman" en las gradas beisboleras. 

FEIJÓO POR DENTRO

FEIJÓO POR DENTRO

Por Luis Machado Ordetx y Laura Rodríguez Fuentes


                              «La mente es como las ruedas de los carros, y como la                                 palabra: se enciende con el ejercicio».1                                                                                                José Martí


Inabarcable. Prolífero. Imprescindible. Ríspido. Tenaz, Innombrable e insobornable. Ecuménico. Son sintéticas definiciones para observar por dentro a un intelectual que trasladó al mundo la insularidad campestre, y miró hacia el interior o el exterior del hombre con la franqueza del que  contempla lo cotidiano en las más nítidas de nuestras historias.


Del campo a la ciudad, y a la inversa, los pasos siempre llevaron a Samuel Feijóo Rodríguez (San Juan de los Yeras, 1914-La Habana, 1992), hasta un rumbo inalterable. El propósito lo acercó al sentido alegórico del Zapapico,  atributo del hombre propenso a “posarse” en el fango, pero siempre erguido, y coherente  ante los contrastes de la vida y los hechos sorprendentes.


Las peripecias del diminuto pajarito, ese animalito recreado en la anónima décima que escuchó por boca del padre durante su breve estancia en La Jorobada, lo marcaron por siempre. Fue su aldabón: ser perceptivo a la naturaleza a partir de una febril y apropiada prontitud. Ahí está la médula del poeta, el narrador, el periodista, el  editor, o corrector de pruebas, el pintor, y hasta del diseñador. También se suman a esas cualidades,  el traductor o el “capturador” de imágenes fotográficas del folklore campesino y urbano en las más antológicas y multifacéticos formas creativas.  


La Universidad Central “Marta Abreu” de Las Villas lo tuvo primero en la revista Islas (1958-1968), y los proyectos culturales que emprendió lo situaron en apariencias como personalidad “controvertida”, actitud muy alejada de la verdadera dimensión cultural que acarició. Signos lo situó en  1969 den otro rango; otra valía perpetua.


Fue entonces cuando arrancó, y consagró un espíritu de continuidad laboriosa: “en la expresión de los pueblos”, rótulo que llevó hasta el último número (35 de  julio-diciembre de 1985) de la publicación que preparó Feijóo en Santa Clara, espacio de precisión en su residencia artística. Aquí pernoctó, como antes durmió al amparo de la luna, la lluvia y la fronda de los árboles en «el afán de buscar, analizar y fijar por escrito la cultura nacional como parte del patrimonio imprescindible del que deben nutrirse, para crecer vigorosas, las nuevas generaciones».2


El artista Ramón Rodríguez Limonte, el “mejor guerrero de su tribu”, como lo bautizó en entusiasmo Feijóo, tiene a cuesta ese anhelo  de perpetuar al amigo de San Juan de los Yeras en su centenario de natalicio, y proseguir en la contemplación de que «Mis vacaciones son de trabajo… Ese es el verdadero triunfo: trabajar, crear, descubrir»,3 como dijo el “Caballero de folklor” en una entrevista que concediera en 1978 a Rosa Elvira Peláez.


Ese representó el ánimo perdurable de Samuel, el Sensible Zapapico, como se autodenominó. Pero… ¿Cómo era realmente el hombre? Rodríguez Limonte mira en la fijeza del tiempo sin detenerse en una reflexión: «era una personalidad muy difícil, primero porque lo atípico, y las contradicciones con la mediocridad y sobre todo por su sinceridad, cosa a la cual no estamos acostumbrados. Decía cosas que parecían ofensa, y no tenían ese rasgo, sino verdades, sin ningún tipo de doble intención o trasfondos irónicos. Fue siempre consecuente con lo que pensaba y decía. Tenía hechos que se correspondían con su pensamiento o palabras, como un cuerpo orgánico bastante inusual entre los seres humanos.


«El día que lo conocí, yo estaba junto a Aldo Menéndez; era cuando Feijóo dirigía Islas, y me dijo “tienes un rostro agradable, noble y una sonrisa limpia, pero vamos a ver, el tiempo dirá”. Era su expresión casi común. Lo comprobé después de 19 años, cuando al dedicarme uno de sus libros, escribió: “a mi hermano Ramón”, y lo afirmo, no era un hombre de la media humana, sino salido del “papel”, y por eso lo tildaron de loco. En cambio representó al ser social consecuente con todos los hechos culturales o espirituales que asumió, llámese sucesos íntimos, sociales, crítica de arte, la poesía, la Historia de Cuba o Universal. Es la coherencia que encuentro en Martí casi similar a Feijóo, por su fidelidad a una idea, o un acontecimiento».


En muchos de sus escritos, en la autobiografía presentada en los 35 libros-monumentos de la revista Signos, el escritor, el artista, el hombre natural, se define. ¿Dónde lo encuentras con mayor claridad?, preguntamos. Rápido Rodríguez Limonte confiesa: «en Carta de otoño (1957), aunque lo elaboró en 1946, un texto-rareza, publicado por única ocasión. Es corto, pero recoge cual manifiesto de la cotidianidad, su más sincera visión del mundo, ese entorno que lo rodeaba y afectaba en aquellos años de madurez. Allí dice: “Hago letras. Son para mí, para mí mismo, delirios, risas, penas hondas (…), para mí mismo, y malamente”.  Resulta curioso que en un libro de tal brevedad, realizara el poeta una disertación minuciosa sobre las relaciones humanas con tamaña exactitud.


«Era este hombre tan humilde, perceptivo y tierno, que en muchos de los pasajes descritos pueden apreciarse sus cualidades abarcadoras. Cuando enmudece, “herido por grandes obras de tristeza”, o cuando se estremece con los sencillos versos de una niña campesina. Se declara insobornable. Pregunta sobre la eternidad, y la define. En pocas líneas deja establecida una jocosa explicación sobre el funeral que deseaba. En las disposiciones finales exige que no escandalizaran alrededor de su cuerpo, ni lo velaran como a otro cualquiera. Ordena a su madre que contratara cantores populares con guitarras, claves y maracas, y que estos interpretaran “el famoso documento filosófico del pueblo”, el cual no era más que una conocida conga. 


«Habla, incluso, de sexo, de amor, de acto de espíritu, no de la primitiva exacerbación de instintos. Le entristecían las decepciones amorosas. Amaba a la mujer, apreciaba su belleza como un ser puro. No le gustaban las mujeres vulgares o artificiosas. Tampoco creía en términos medios. Prefería la sencillez, y se inclinaba y besaba la mano a las que se ganaban su admiración. Nunca actuaba de manera irracional».


                                           LA AMISTAD


Dicen que Samuel era poco amistoso, mientras otros que lo conocieron en vida creen muy diferente. El escultor Rodríguez Limonte es de los que piensa de una manera precisa, porque «Feijóo concibe la amistad como una religión y era consecuente con su palabra. Tenía una fidelidad absoluta hacia los amigos. Era exigente y forjaba su opinión con el paso del tiempo, rasgos de su personalidad que bien pueden leerse entre las líneas de de Carta de otoño y otros textos.  Ahí están sus amigos comunistas, su antiimperialismo militante, su cubanía integral. La critica a la impasibilidad, el conformismo y el olvido del hombre, “en su batalla bruta, en sus hastíos bestiales”, y la manera en la cual realza la imagen del guajiro, mal mirado en aquellos años de rezagos pequeño-burgueses. 


«Tenía un sentido de hombre amoroso, y lo demostró en la conservación de los amigos de la infancia, catalogados como un tesoro. Decía que moría en cada amigo que fallecía. Las tres grandes crisis emocionales de Feijóo fueron por amor, no por problemas económicos, ni siquiera sintió rencor cuando lo expulsaron de la Universidad. No, no se deprimió o lamentó. Sabía que era una consecuencia lógica de su actitud ante la vida cultural y la sociedad. Tuvo tres momentos de desequilibrio emocional: cuando mataron a su hermano Nano, en 1933; cuando muere la novia Eloina, y después que falleció su esposa Isabel. Las andanzas con el tío Tomás por el Escambray lo ayudaron a superar las dos primeras angustias, y la última, la mujer fiel, lo impulsó al trabajo. Fueron, a su vez, etapas sufridas, lindas y de poesía. Desde entonces representó al hombre excepcional, integrador, así lo veo yo. 


«En Feijóo hay una coherencia en todo. Amaba las artes y la virtud humana. El poeta que haga los mejores versos, indicó, si no tiene una actitud cívica y limpia ante la sociedad, no habrá hecho literatura; es decir, no separa nada y contempla la vida integral, en armonía, como un paradigma. En Santa Clara y Cienfuegos hicimos juntos muchas caminatas. Un día quiso mostrarme a algunos de sus amigos; eran gente humilde; tres poetas, muy sencillos: uno Frankestein (Francisco Echazabal); otro Luis Gómez, quien tenía más connotación, y el último Julio Jiménez, un simple albañil, negro, y que decía, a pesar de sus 84 años, ser el más feliz del mundo porque nunca había tenido nada material, porque nunca lo había ambicionado. Los aprecié gracias a Samuel. Cuando murió Julio hay en Signos, una nota hermosa que escribió Feijóo reconociendo los valores intrínsecos a un hombre humilde».


El espíritu del hombre que mira hacia lo rural, lo urbano, la ciudad, y su preferencia por lo campesino, tienen en Feijóo una dimensión diferente. El campo es lo primario, como afirma en pasajes de su Autobiografía del Sensible Zapapico; eso de que mis “ojos se llenaron de montañas, arboledas, arroyos… «¡Si, gracias a su precioso sello original puede resistir todo! Fue como un escudo en su vida. Vivió casi diez años en La Habana, recorrió la ciudad, y la disfrutó a plenitud. Cultivó allí amistades grandes, como el Chino limpiabotas. También en San Juan tuvo grandes amigos hasta los últimos instantes de la vida. 


«La naturaleza lo regocijó, y lo curaba de quebrantos. También se recreó en Santa Clara, donde residió unos meses cuando tenía unos 19 años, y reconoció sus valores. En la biblioteca Martí, sede entonces del Gobierno Provincial, descubrió a Bernard Shaw, José Ingenieros, y a Carlos Marx… esos también fueron sus camaradas de sabidurías y de filosofías, porque les daban fuerzas para oponerse a la fealdad de la vida. Es un signo de agradecimiento, como un lugar o una página que le aportó momentos  grandes, inmensos, para su existencia y crecimiento como ser humano. Así que no era solo San Juan y los campos.«Como punto geográfico es La Jorobada el espacio que más lo marco, el de su preferencia, el de amistad. En el portal de la botica del padre, siendo niño, cuando lo barre en una mañana, descubre la luz blanca que se proyecta con los rayos del sol.


 Allí hace andanzas campestres, y  aprecia las flores silvestres de la campilla, y también va al río, y sube lomas para sentirse libre de ataduras. Es como un “hechizo” de amistad. Queda seducido con el circo, porque era una cosa de maravillas, y a sus artistas los considera entre los más brillantes de un espectáculo cultural. Sintió emoción con una mujer trapecista, bella, y perdió la inocencia cuando la contempló en sus peripecias. Conoció del vuelo del papalote, y aprendió a comer caña, que era un delirio, un vicio, como también lo constituyó el gusto por las frutas. Todo lo inculcó el padre, también el tío Tomás. La predilección por la amistad jamás cambió en toda su vida, y cuando tuvo posibilidades no hizo.  Desde La Jorobada apreció por vez primera al tren; fue a Cienfuegos y se deslumbró con el mar, y aprendió a recorrer el Escambray cienfueguero por la zona de La Siguanea…»    

                                   PERIODISMO Y…


Hablemos de dos cosas puntuales, el periodismo de Samuel, y sus defectos personales. Siempre la poesía trasciende como lo descollante en su obra, y la monumentalidad de Islas o Signos, resplandece al rastrear en lo ignorado, incluso comulgar en idénticas páginas, sin distinciones y con  aprecios entre aquellos intelectuales consagrados y los artistas en ciernes. 


«Mira, en el periodismo, el poeta, el creador inconfundible, está en todo su quehacer intelectual. Todo lo hacía desde una perspectiva poética, porque no “era un armador de palabras”, sino un hombre que rastreaba en la belleza para demostrar una actitud ante la vida. Así se manifestaba. Su Azar de Lecturas (1961) es majestuoso. Aparece la clásica entrevista de preguntas y respuesta, pero el periodista se muestra equidistante. Tiene una “iluminación punzante” en sus reportajes, como en “El hombre de los muertos”, una historia sobre un enterrador del cementerio "Tomás Acea", de Cienfuegos. Está gozoso con todo lo que escribe, y fustiga o enaltece al hombre. Es también la clásica imagen del gran promotor cultural que fue.


«De los defectos, ¿qué decirte?...  A veces era ríspido, pero justificado. Alguien me decía, y eso no se habla mucho. Todo está en su esencia cristiana, muy fuerte, por su formación. Se formó estudiando los Evangelio, la Biblia. Su pieza poética, Beth-el (1949), está entre lo más culminante de su obra. Es la época en que hace sus Jiras guajiras, y también escribe en periódicos de Cienfuegos.  Cuando alguien asumía poses intelectuales, muy estiradas, era como si lo pincharan, y se colocaba en la posición del toro embravecido. Casi siempre terminaba proyectándose agresivamente contra el otro dejando ver claramente cada cosa en su lugar y su posición. Eso no lo veo como un defecto, sino un sentido ecuménico ante la vida. Él tenía el don profético de mejorar al ser humano, de hacerlo crecer en lo positivo, en lo limpio; por eso era enemigo de todos los vicios. 


Creo que fue consecuente para juzgar los hechos de la vida. Es consecuente con esa filosofía, y si se molestaba era por eso. Constituía una convicción muy personal. Bien claro lo establece en “Trabajadores fieles”, donde expone que “mi bolsa de valores siempre anda bien/ ahí tengo la mente llena de pájaros/ ahí tengo el monte lleno de arroyos/ ahí tengo los mares, islas, distancias/ ahí tengo las noche de estrellas misteriosas/ cómo puedo quebrar”, y ese es Feijóo; no otro, un hombre de Cuba y por Cuba».


En el mundo mágico, y de señoríos inabarcables del Sensible Zapapico, por supuesto, quedan otras facetas que abordar, pero más allá de todos sus sueños, fue eso: un hombre-editor-poeta-folklorista, de inmaculado sentido de laboriosidad.


NOTAS


1- José Martí (1975) «Maestros Ambulantes», en Obras Completas, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, tomo 8, p. 287.

2- Miguel Cossío Woodward (1982): «Los 68 años del zarapico Feijóo», en periódico Granma, Letra Viva, 18(94): 4, La Habana, 26 de abril.

3- Rosa Elvira Peláez (1978): «Samuel Feijóo o el Caballero del Folclor», Granma, Culturales, 14 (189): 5, La Habana, 8 de agosto.

FEIJÓO-BATISTA: EL GUAJIRO CUBANO POR DENTRO

FEIJÓO-BATISTA: EL GUAJIRO CUBANO POR DENTRO

Por Luis Machado Ordetx


Una vista dirigida hacia el interior de dos hombres, y sus actitudes intelectuales en defensa de un propósito único e insustituible en la cultura cubana, constituyó el reconocimiento a Feijóo-Signos-René, observados  dentro de un arsenal teórico presentado este sábado en Santa Clara durante el penúltimo día de la 23 edición de la Feria Internacional del Libro en las provincias centrales.


El quehacer investigativo y folklórico de Samuel Feijóo Rodríguez, quien al cierre de marzo cumplirá el primer centenario de natalicio, y del camajuanense René Batista Moreno, un hacedor imprescindible en los años fecundos de Signos, quedaron  expuestos con claridad meridiana por escritores villaclareños que abordaron aspectos intrínsecos en torno a la publicación surgida en 1969, fecha en la cual Santa Clara irradió cultura y universalidad a partir de un amplio movimiento artístico-literario gestado por el Sensible Zapapico cubano.


Ricardo Riverón Rojas, el moderador, y los panelistas Silvia Padrón Jomet, Alexis García Artíles y  Arnaldo Toledo Chuchundegui, destacaron particularidades de las misiones folkloristas, de investigación de campo en la ruralidad cubana y las cualidades que impregnaron Feijóo y Batista Moreno a Signos, una expresión cultural en nuestros pueblos, una revista que insertó a escritores, antropólogos y pintores —sin conocimientos académicos en las artes plásticas— para enaltecer la cultura nacional.


Diferentes facetas, desde los métodos empíricos de investigación, hasta las cercanías y diferencias entre Feijóo Rodríguez (1914-1992) y Batista Moreno (1941-2010), esbozaron los panelista en aras de presentar a los creadores en un camino de fidelidad a la cultura.


El «alma de Signos hasta su fallecimiento fue René, quien se vinculó a la publicación a partir de 1972, como hombre propuesta en la composición de ejemplares anuales o semestrales», dijo Riverón Rojas, escritor que tuvo la posibilidad de colaborar con Batista Moreno, y hablo de aquellos aspectos que acercaron o divergieron al camajuanense de las metas investigativas o folklóricas de Feijóo Rodríguez.


Padrón Jomet, una investigadora que hace años presentó sus libros La dimensión cultural de Samuel Feijóo (2005), y luego Signos, la verdadera historia (2012), recabó en la necesaria presencia de un espacio artístico-literario que enaltezca la intención comunicativa del Sensible Zapapico, «no como antigüedad y recordación, sino desde el prisma de hombre moderno y de sentido antropológico» en las letras o las artes plásticas y la promoción y difusión cultural.


La fijeza hacia un «Feijóo plural, y las disputas con sus seguidores, y hasta los conflictos con José Seoane Gallo, autor del Folklore Médico de Cuba, o Las palmas del Sena, tienen que verse en toda amplitud», dijo Riverón Rojas.


Por su parte Toledo Chuchundegui, Doctor en Ciencias Filológicas y actual director de Signos, afirmó que Camajuaní, terruño natal de Batista Moreno y sitio de encuentro permanente con Feijóo, «constituyó un territorio insólito, de diálogo con la realidad maravillosa que rompe con la medida recreada por René en sus Fieras broncas entre Chivos y Sapos, así como en El Vuelo de Andrés Lavatúa, y los Cuentos de guajiros para pasar la noche, textos que realzan la capacidad de fabulación, y la pericia investigativa y hasta folklórica, garantizan el enriquecimiento del imaginario literario-popular», aseguró.


Ahí está el «Camajuaní celeste de René, y la fidelidad  de invención mítico-popular de un escritor distante de la extrañeza que causa todo relato», afirmó Toledo Chuchundegui, mientras Alexis García Artíles abundó en la capacidad de cronista, o de hacedor de palabras y de oralidad.


García Artíles declaró que el aporte fundamental de Batista Moreno estuvo en la prolongación del pensamiento de Feijóo Rodríguez, y en su manera de aglutinar a creadores, insuflarle dimensión humana, y versatilidad y proyectos de identidad cultural, hubo un encuentro inestimable. René «actuaba con el espíritu de Signos, y su mayor miedo era que se perdiera el insuperable sentido artístico-literario», significó. 


Un reparo tendría que hacerle al panel: el distanciamiento y también las cercanías de Feijóo Rodríguez y Batista Moreno en el intento y la validación de reconstruir otras realidades inmediatas a partir de la óptica que lega el periodismo, aspectos no tocados por los disertantes.


Ambos creadores, vistos en la distancia, en idéntico modo que desarrollaron un espíritu de búsqueda folklórica en la ruralidad, tuvieron al hombre en el centro de sus disquisiciones periodísticas, de aprehensión  del reportaje, la entrevista o la crónica escritas para diferentes publicaciones cubanas.


Otro de los alejamientos, no apreciados en las formulaciones, están dados por la capacidad de cuentista de Batista Moreno, un hombre que hasta los últimos instantes de vida halló en la risa, la ironía filosa y hasta el humor contrastante, las lanzas o dardos de un discurso oral inigualable, propio de quien, como indicó Toledo Chuchundegui, «se inventó un mundo circundante», un centro de gravitación, que se prolongó en otras preocupaciones:  no perder el paisaje rural o urbano del cubano en una traslúcida visión o esencia folklórica.

SAMUEL FEIJÓO PERIODISTA

SAMUEL FEIJÓO PERIODISTA

Por Luis Machado Ordetx


El periodismo disperso del antropólogo y publicista Samuel Feijóo Rodríguez, es sorpresivo, contextual, antológico y de advertencias. Algunos críticos lo aprecian alejado en el tiempo por las fechas o los medios de prensa en que aparecieron, y a veces se desentienden de sus estudios críticos, incluso hasta de valoraciones.


Una mirada hacia el editor, el animador cultural, o el fundador de revistas antológicas —Islas y Signos—, y del poeta y el folklorista, aplasta cierta distinción de aquellos primeros textos que escribió para los rotativos El Mundo, La Correspondencia, Ateje,  Billi­ken, Juventud Nacionalista, Revista CubanaBohemia, Carteles, Orígenes, y Rumbos, el periódico dirigido por Lafont en su natal San Juan de los Yeras, allá en el último lustro de los años 30 del pasado siglo.


Presuroso, el escritor dejó una huella en el periodismo cubano, sea para aquellos lectores de ayer, y también de ahora, con elegantes textos, como aquel que tituló «Una añeja entrevista inédita a Emilio Ballagas», aparecido en Azar de Lecturas (1961), cuando preguntó en 1938 al poeta y pedagogo camagüeyano sobre lo «humano y lo divino» en el panorama literario cubano y universal.


Es la clásica entrevista de preguntas y respuesta, con rasgos de tipología de “personalidad”, pero el periodista, en la medida que muestra equidistante tasación hacia su interlocutor, vierte reacciones. También se afirma en el conocimiento mutuo, y hasta tiende al respeto, a la «iluminación punzante» que transita por los caminos más insospechados en los cuales ofrece las angustias existenciales y los deleites literarios en los que se des(entiende) del otro.

 

Tal resulta el caso de aquel reportaje publicado en Bohemia, y con el cual estremeció a los lectores cubanos: «El hombre de los muertos», una historia de confidencias que presenta a un enterrador del cementerio "Tomás Acea", de Cienfuegos. La pieza constituye un deleite discursivo: aparece la crónica, la entrevista que discurre hacia la imagen del sepulturero, el comentario gozozo, la descripción del entorno, la "mininota" informativa, y el detalle descriptivo que carga una  narración dirigida al entorno y la comunicación directa, inmediata, y fundente de una inusual historia de vida.


En Ballagas, al igual que en el anterior reportaje, aparece el Feijóo periodista dotado de cierta “irreverencia” estilística, o reporteril. En la entrevista, con sinceridad, ¿Cuál interrogador contemporáneo lanzaría de sopetón, sin más allá o acá, una pregunta de insolencia a un poeta o pedagogo de reconocimiento intelectual, como lo tenía Ballagas en esa fecha? Nadie, es una absoluta realidad. Con una breve transición, para otorgarle aire a la escritura, le dice: «Usted que ha sido literariamente combatido ¿qué puede decirnos respecto a esa guerra absurda?». Esa representa la misión del periodista: provocar desde la responsabilidad y la ética, y sobre todo, conocer hasta el "dedillo" a quien tiene enfrente sin que el distanciamiento o la cercanía le cercenen un punto de vista propio y de precisión inobjetable.


Fue un acto de sorpresa para el otro. Sin embargo, no solo en esa entrevista, sino también en otras, hay un estilo peculiar, diferente en la manera de acercarse al interlocutor, sacar sus puntos de vista: va el periodista de lo general a lo particular, y de lo interno a lo externo, de lo propio y ajeno, y logra la coherencia a partir de la manera en que expone las preguntas, y la relación inherente a lo que desea saber y transmitir al otro.


Feijóo inquiere, y piensa que con el aparente “irrespeto” anhela trasladar al lector estados de ánimo, comunicar, y sacar  puntos de vista diferentes. Por desgracia, en los estudios filológicos contemporáneos no existe un reporte sobre esa manera, casi inusual, de hacer periodismo, de impregnar la oralidad, de sabiduría a partir de las contribuciones de un interlocutor en particular. No por gusto, en medio de una era de competitividad periodística, impuso un estilo, una manera de decir entre los más exigentes e históricos rotativos cubanos de la primera mitad del siglo pasado.


No sólo en la entrevista «añeja», como dice, en relación al interrogatorio a Ballagas, encontramos esa distinción. También en otras hay un encuentro con personalidades, la historia y la cultura cubana o universal. Los comentarios, artículos, reportajes, a la vez que ofrecen un distanciamiento, tienen la emotividad de la crónica, la sincronía de la memoria, y el rescate del ambiente natural, de ruralidad y de vivencia con la naturaleza.


Periodismo disperso, inconcluso, pero del bueno, aparece en toda la obra de Samuel Feijóo Rodríguez, incluso en sus memorias recogidas como Sensible Zapapico en los voluminosos 34 números que preparó en la revista Signos, y abogo por esa cifra, porque el siguiente, por desgracia, se perdió en la apresurada enfermedad que sufrió el escritor antes del advenimiento de julio de1992, fecha del fallecimiento.


El mayor interés de Feijóo era crear, y disfrutar del olor de letra fresca, de tinta de imprenta, en un autodidactismo propio, exclusivo, para que todo quedara al gusto y la perfección de la exactitud meridiana de su náutica: la de hombre por y desde la cultura cubana en contra de tabúes o de tradiciones.


Nada más tendría un estudioso, o el sencillo lector, que acercarse a su antológica Libreta de Pasajero (1964), y disfrutar del pasaje “Estilos”,  desde el cual defiende su escritura a partir del goce comparativo con los animales o plantas, y hasta se recrimina en las menciones, como prefiere decir cuando apunta que «me templo en esas varias aguas, guardo los tesoros que naturalmente amo: amo, veo y defiendo lo que amo; sigo lo mío que veo, y crezco y perezco entre todos. Esto se aplica a todo hombre que puede ver…», y más allá de la confesión, se explaya como individuo, como ciudadano abierto a las disquisiciones individuales.


Dice que «Insistiendo sobre el tema viejo: mucho del estilo actual del mundo humano me daña. Mi persona se duele y oscurece del vasto, incesante crimen, de la fea ignorancia dominante, de la prensa impura, de los traidores, los serviles, los feos fanáticos, los crueles, de la mujer que se vende por hambre y del hombre que la compra, por hambre también, de los niños que mendigan, etc. Todo eso desalienta, hiere al hombre en su centro, le descarna el alma. La sabiduría es lenta y vaga cura del sentimiento herido en el cuello».  Nada más tendría que apuntar, para ahora y después, dentro de un conglomerado social particular. 


De lo contrario rebusquemos en ese antológico cuento que, bien funciona como crónica social o periodismo de opinión, y que tituló «Asamblea mundial de pájaros», en una manera muy desacostumbrada, privada, diáfana de escrutar en la realidad social a partir de la inferencia y la analogía que prodiga la fauna o la flora inmersa en nuestra naturaleza.

Al Feijóo etnólogo, al folklorista, o el publicista, y las inabarcables anchuras artísticas o culturales que abrazó, de un modo u otro, habrá que volver. Sin embargo, en el periodismo encontramos muchas claves que descubrir, porque, más allá del centenario de natalicio que celebremos ahora, porque fue un hombre que escapó de todas las ataduras académicas y dejó con ese hacer de letra impresa una típica contribución no apreciada aún dentro de las letras cubanas o universales. 
   

FEIJÓO POR FEIJÓO

FEIJÓO POR FEIJÓO

Por Luis Machado Ordetx


Una mirada escrutadora, de repaso excelente al conocimiento humanista de Samuel Feijóo Rodríguez (San Juan de los Yeras, 1914- La Habana, 1992), contiene el número 67 de la revista Signos, en la expresión de los pueblos, publicación monográfica dedicada ahora a recordar el centenario de natalicio del Sensible Zapapico, caracterizada en detallar  particularidades inéditas o no de un prolifero escritor que amó sin límites a la naturaleza y al hombre de campo.


En la Sala René Batista Moreno, en la céntrica calle Lorda en Santa Clara, el poeta, narrador e investigador Ricardo Riverón Rojas, quien años atrás cuando dirigió Signos reabrió aquel  espíritu de Feijóo en la búsqueda por lo insólito, declaró que la nueva entrega de la revista constituye una «carta de navegación» en la comprensión del hombre más insospechado y escrutador de la ruralidad nacional.


Riverón Rojas precisó en la imagen del Feijóo humanista, visto más «allá del hombre hiperbolizado», y hasta mal conocido e interpretado en sus apreciaciones, muy cercanas, como dijo el presentador, de «amar y contar como pocos» el paisaje cubano. De ahí «las esencias del escritor-hombre» visto a un siglo de su nacimiento y en todas sus facetas literarias o artísticas.


Esas palabras, condujeron a las notas que dejó Samuel Feijóo en Libreta de Pasajero (1964), un texto en el cual afirmó que «Cada quien que escribe se ve muchas veces pedido por los otros, los que escriben también y los que no escriben», como cuando hace su «noble parte», sentencia que punza en la huella de un «humanista profundo, amoroso, y alejado de facetas menos interesantes», según la advertencia que sintetizó Riverón Rojas.


Al abordar el Signos 67, una edición antológica que aparece justo en la 23 edición de la Feria Internacional del Libro y en el año del centenario del poeta, narrador, antropólogo y publicista nacido en San Juan de los Yeras, hay un regalo a la Cultura cubana y a su historia singular.    Los «editores de Signos estuvieron atentos a toda la obra del autor, y cuidaron la imagen del humanista, muy distanciado de la caricatura que a veces aparece recreada en muchos otros estudios», apuntó.Afirmó que la «idea de un número monográfico es una fiesta literaria en Cuba», al mostrar a un «hombre que quiso ver en todos eternidad y ternura», detalló.


Arnaldo Toledo Chuchundegui, Doctor en Ciencias Filológicas, actual director de Signos, Premio Internacional Fernando Ortiz (2012), indicó  que tienen en proceso de diseño otro número descriptivo sobre las parrandas en la región central cubana, y en preparación disponen de materiales investigativos sobre el ron y la cultura popular, así como otro relacionado con la historia de las ciudades de Camagüey, Trinidad y Sancti Spíritus en los cinco siglos de existencias, y próximo a aparecer en las librerías nacionales. 


Otros tópicos referidos al Sensible Zapapico fueron abordados el pasado miércoles por investigadores villaclareños que asistieron al programa literario preparado por la Sala “René Batista Moreno”, quien figurara como el mejor discípulo cubano de Samuel Feijóo.


También abordaron las cualidades periodísticas, de editor, publicista, poeta y del editor apasionado de textos del alcance crítico de Azar de lecturas (1961), o de la revista Islas, y del Departamento de Estudios Hispánicos o la Dirección de Publicaciones de la Universidad Central Marta Abreu de Las Villas (1958-1968), y aquellos tesoros investigativos y folklóricos que acopió en los  34 números de Signos, ordenados y preparados por Feijóo a partir de 1969 y convertidos durante décadas en un símbolo irrebatible de pasión por la cultura cubana.

LA AVELLANEDA EN VILLA-CLARA DECIMONÓNICA

LA AVELLANEDA EN VILLA-CLARA DECIMONÓNICA

Por Luis Machado Ordetx


Gertrudis Gómez de Avellaneda, Tula, transitó en espíritu por la Villa-Clara decimonónica. Ocurrió a mediados de 1860, cuando la poetisa residió por un tiempo en Cienfuegos, en compañía de su esposo, el coronel Domingo Verdugo, teniente-gobernador de esa jurisdicción del sur. También recorrió las cercanías de la ciudad logocéntrica y mediterránea de Santa Clara en su paso hacia Sagua la Grande, y en su estero abordó un vapor rumbo a Cárdenas.


En el bicentenario del natalicio de la escritora camagüeyana (23 de marzo de 1814-1ro de febrero de 1873), al parecer, nadie repara en el curioso acontecimiento histórico. A José Jacinto Milanés, el matancero, tampoco se le tiene en cuenta en sus dos siglos de existencia, celebración que ocurrirá el próximo 16 de agosto de este año. Un suceso análogo en la Feria Internacional del Libro sufre el calabaceño Onelio Jorge Cardoso, el Cuentero Mayor, ignorado en el centenario de nacimiento. Son ingratitudes, también ¿desconciertos? en quienes, de un modo u otro, percibimos el sentido último de las letras, de la palabra escrita, y de la historia.


¿Por qué afirmo que la Avellaneda, al menos en espiritualidad, estuvo en Santa Clara? Nada más hay que repasar la Historia Física, Económica-Política, Intelectual y Moral de la Isla de Cuba, de Ramón de la Sagra, publicado en 1861 en Paris. Ahí el estadista español cuenta a la poetisa camagüeyana de su paso por la ciudad de Santa Clara entre el 24 de marzo y el 25 de abril de 1860, y de los acontecimientos culturales, sociales, económicos y literarios que caracterizaron a la jurisdicción central cubana.


Quien revise las páginas 144-230 de ese libro impreso por Librería L. Hachette y Ca., se percatará del recuento que hizo De la Sagra a la Avellaneda, y de la apreciación minuciosa del movimiento literario y periodístico surgido al calor de Antonio Lorda o de Miguel Jerónimo Gutiérrez y Eduardo Machado, o incluso, del valor inestimable de la Memoria Histórica de la Villa de Santa Clara y su Jurisdicción (1858), de Manuel Dionisio González, un libro que el viajero manoseó para precisar detalles a la poetisa. El descriptivismo, casi de retratista, de la Historia Física, Económico-Política, Intelectual y Moral de la Isla de Cuba, expuesto por Ramón de la Sagra, detalló precisiones a la Avellaneda para mostrar una ciudad, Santa Clara, con pretensiones ¿letradas?” dentro del contexto decimonónico.


 El texto desprende un ángulo de perplejidades, y afirma: «[…] Villa-Clara, lo decía  yo, fue siempre un vergel, que los ha producido en abundancia y vanidad. En medio de sus zozobras y agitaciones antiguas, lo mismo que en el largo período de monótona paz que los ha sucedido, numerosos vates cantaron sus tiernas pasiones y no pocos jóvenes se elevaron con sus escritos a regiones más altas, tal vez buscando en los dominios de la imaginación, lo que no hallaron en el de la realidad. Recorriendo los periódicos que aquí se han publicado, es como puede formarse una idea aproximada a la verdad de las inspiraciones y de las aspiraciones […] Si V. los recorriese sabría formar con la cosecha que hicieron en los nectarios de esas flores, poco conocidas, un panal sabroso y educado…» (pp. 161-162).


El documento, primero, hace un reconocimiento al periodismo. Constituye una “fuerza intelectual” y de despliegue cultural para cualquier época. En segundo plano, ¿a qué zozobras se refiere? ¿Acaso serán los instantes de tensiones políticas y sociales surgidas indistintamente en las disputas con Cienfuegos, y luego con Sagua la Grande? En lo económico (a pesar del maltrecho estado del patrimonio villaclareño, el ferrocarril —de vías ancha o estrecha—, según  admitió De la Sagra, poseyó un respiro el trasiego de mercancías entre el norte y el sur de su  territorio. Mayores incertidumbres se desprenden al asegurar que la “realidad” negaba un camino a la “imaginación” de los jóvenes escritores.


 El «[…] Capiro, gracioso montecillo, cuyo verde contrasta en medio de la aridez de estos terrenos magnesianos…», es fuente constante de inspiración poética. Citó la existencia de periódicos, unos de larga vida editorial, otros rayanos en lo efímero e inexistente. De las publicaciones preponderó aquella surgida con El Eco de Villa-Clara (1831), y hasta incorporó en voz de una humilde adolescente de campo adentro algún que otro verso de la “Flor de Manicaragua”, pertenecientes a Plácido, Gabriel de la Concepción Valdés. No mencionó el nombre de ese poeta


También incluyó en su nómina de periódicos a La Alborada (1856), y otras dos expresiones públicas fugaces: El Progreso (1858), Los Pensamientos (1858), especie de revista sobre educación, literatura y psicología, y El Guateque (1858), de muy corta duración y dudosa aceptación cultural.


De la Sagra enjuició los poemarios Villa-Clara Romántica, de Emilio Pichardo, y Flores Villaclareñas  —cinco guirnaldas poéticas—, preparados por Fernando Reyes, Salvador A Domínguez, Félix Martínez, Salvador V. Álvarez y Fernando Sánchez. Sustentó que La Pucha Silvestre (1858), era una  «[…] colección de inspiraciones poéticas de Agustín Baldomero Rodríguez, pardo de número natural, que recuerda al desgraciado Plácido, pero que es lástima descuide y casi abandone el bello don que ha recibido del cielo». (p.164).


A la Avellaneda comenta Ramón de la Sagra: 


«[…] Mientras que La Alborada continuaba su curso, y que los literatos aspiraban a dotar a la Villa de Sta Clara, de una publicación menos fugaz que las hojas semanales, se hacía sentir  la necesidad de un papel Diario; y este vacío se propuso llenarlo El Central, periódico, científico, literario, artístico y económico, que ha comenzado a salir a la luz, con muy buenos auspicios, con el presente año.  Ha introducido la gran mejora de publicar despachos telegráficos, que recibe directamente de la capital, y si continúa la senda de La Alborada, tratando con buen criterio de intereses locales, prestará un gran servicio a la civilización de Villa-Clara.


«Al recorrer algunas publicaciones periódicas que dejo citadas, no pueden menos de notarse las tendencias hacia la elevación de ideas, en sus jóvenes redactores […]  Esa tendencia traía consigo el defecto de la inoportunidad de sus discursos, para una sociedad y para un público, que no podía salir de repente del redil de las ideas prácticas, para lanzarse a los espacios, más bien vagos que definidos, de la poesía sentimental o de la filosofía moralizadora. Cuando se leen los artículos a los que aludo, no puede uno menos de conocer que la mente de sus jóvenes autores no vivía en Villa-Clara». (Pp.164-165). 


El testimonio, a pesar del tiempo, es concluyente, afirmó Ramón de la Sagra: «[…] la mente de sus jóvenes  autores no vivía en Villa-Clara». (p.165). Las evidencias: El Central, periódico que aplaudió el gallego De la Sagra, apenas feneció dos años después. José de Jesús Vélis, su director, pasó a residir a Cienfuegos y se integró a la nómina del rotativo El Fomento (1861-1868),  órgano de ideas liberales fundado por Antonio Hurtado del Valle. Muchos de esos jóvenes, en febrero de 1869, fueron a la manigua insurrecta a batallar por Cuba independiente y soberana.


Por tanto, es obvio, lo reconozcan o no los biógrafos, incluso los historiadores, de un modo u otro, Gertrudis Gómez de Avellaneda, Tula, la camagüeyana, respiró el ambiente cultural e intelectual de Santa Clara a partir de hechos circunstanciales relacionados con una visión ¿fantástica y hasta misteriosa? en nuestra historia. 



BOLÍVAR EN SANTA CLARA

BOLÍVAR EN SANTA CLARA


Por Luis Machado Ordetx


        «Abrirse, labrar juntos, llamar a la tierra, amarse, he aquí   la faena».      

 

                                                      José Martí


El sábado 19 de abril de 1919 La Habana palpitó por la unidad latinoamericana: una Avenida de la capital cubana llevaría en lo adelante el nombre de Simón Bolívar. Fue un día histórico: fecha del natalicio de Carlos Manuel de Céspedes, el Padre de la Patria, y ocasión en que Venezuela inició en 1810 la ruta emancipadora contra España.

 

Eran las cuatro y media de la tarde. Dos banderas nacionales, la de Cuba y Venezuela, cubrían una placa de bronce con las incrustaciones del nombre del Libertador, un cíclope de la fraternidad entre los pueblos.


El acto constituyó la humilde propuesta de un ensayista nacido en Santa Clara, centro del país. Tres años antes, por el Acuerdo número 392 de la presidencia de los Estados Unidos de Venezuela, según legalizó el general Ignacio Andrade, ministro de Relaciones Exteriores de ese país, recibió la Condecoración de la Orden del Libertador en la Tercera Clase, el mayor reconocimiento entregado a nacionales, o no naturales de ese país sudamericano.

 

El premio fue conferido al coterráneo por sus servicios desinteresados y prestados a la humanidad. ¿Quién es?... Un cubano de tuétanos y de almas, antiimperialista en extremo. Un periodista martiano y de radical de pensamiento latinoamericano.  También un exclusivo nacionalista que difundió la defensa de lo propio, lo autóctono, como blasón inequívoco de nuestra cultura. De Santa Clara tuvo siempre el recuerdo permanente. Fue alumno de Mariano Clemente Prado y Pérez en el Colegio Santa Ana, y en julio de 1915, el Ayuntamiento local lo avaló como “Hijo Ilustre” de la ciudad. Hoy su nombre y legado, apenas se difunde.


Puede, incluso, que fuera el primero de su tiempo en ostentar esa distinción. Al menos no existen otras referencias históricas que precisen un reconocimiento enaltecedor, con la efigie de Bolívar,  el «[…] más alto honor que puede recibir y ostentar con orgullo un americano devoto de aquel maravilloso genio político y militar cuya obra inmensa llena las más gloriosas páginas de la historia de la épica lucha, cruenta y larga, por la libertad de América; de aquel cuyo nombre cien veces ilustre viene a los labios cuando se dice: El Libertador»(1) de cinco Repúblicas de América del Sur.


Carlos de Velasco y Pérez (1884-1923), hijo de mambí, un anónimo hombre de Santa Clara radicado en La Habana en su adolescencia, fue el director-fundador de Cuba Contemporánea (1913-1913), publicación que dirigió hasta enero de 1921, fecha en que se desempeñó por breve tiempo en el servicio consular en países europeos. Durante 8 años dirigió la revista nacionalista, y preparó, con su peculio y de otros amigos, 96 números, de los 176 registrados: un 54% del total de todas las ediciones mensuales. 


La característica primordial del carácter de la publicación estuvo orientada a los actos de fraternidad latinoamericana, de discusión de temas contemporáneos sobre la vida económico y social de nuestro  país y a la historia nacional en sus más insospechadas aristas culturales. Fue la revista antiimperialista de su tiempo, y un abrigo permanente de observación contra las pretensiones de los Estados Unidos de expandirse por el mundo. El pensamiento de Bolívar, y su prolongación en Martí, estuvo entre los asideros más inconfundibles.  


Ahí surgió en Cuba el primer gran reconocimiento público al Libertador de América. También la reciprocidad de Venezuela de perpetuar el paso efímero de Martí por Caracas, capital a la que arribó el 21 de enero de 1881, y partió el 1 de julio de ese mes. Allí el Apóstol cubano dejó su huella periodística con la fundación de laRevista Venezolana, y colaboró con La Opinión Nacional. Del país sudamericano dijo en su despedida: «[…] Deme Venezuela en que servirla: ella tiene en mi un hijo». Idéntica devoción mostraría antes con México, Costa Rica, República Dominicana y…


¿Cuándo Carlos de Velasco sacó al ruedo público la permanencia del recuerdo de Bolívar en La Habana? Ocurrió en noviembre de 1917, con la aparición de «Bolívar y la independencia de Cuba»(2) del erudito colombiano Gabriel Porras Trononis, ensayo al cual insertó una nota a pie de página, interrogante y de devolución: 


«¿Por qué nuestra patria no ha cumplido aún con el deber de honrar la memoria insigne del primer guerrero americano que pensó en libertarla? En deuda, ciertamente, estamos los cubanos con muchos ilustres compatriotas cuyos nombres semiolvidados […] Bolívar, el primer hombre de América nuestra, el más grande de los caudillos y el más glorioso de los libertadores de pueblos, merece que aquí se le tribute, sin más demora, algún homenaje digno de su fama y demostrativo de que Cuba sabe agradecer el empeño generoso que quiso intentar el brazo incansable de aquel genio cuya figura, reproducida en bronce o mármol, quisiéramos ver honrado y decorado alguno de nuestros  principales sitios públicos. Más, ya que esto no es posible por ahora, al menos pudiera el Ayuntamiento de La Habana dar el nombre de Bolívar a una calle principal de la capital de esta tierra que él ansiaba libertar; y al efecto Cuba Contemporánea excita a los ediles habaneros para que cumplan este deber. Bolívar podría llamarse, en lo adelante, la calle todavía denominada de la Reina, o la de San Rafael, u otra cualquiera importante. Y el día que fuera puesta la primera tablilla en la calle que lleve el nombre del ínclito hijo de Venezuela, rendir a su memoria, al Inmortal, el tributo de respeto y de amor que toda América le debe, y que especialmente le debemos los cubanos por haber sido él quien primero soñó en darnos lo que hoy tenemos por el esfuerzo impagable de nuestros libertadores: la República».(3


                                     LA AVENIDA HABANERA


Un total de 20 ensayos, unos cortos, otros medulares por sus aportaciones, abordan en las páginas de Cuba Contemporánea  el pensamiento y la proyección americanista de Bolívar. También Martí, el Apóstol cubano, tiene marcada relevancia durante el período que Carlos de Velasco tuteló una publicación plural, de intercambio inquebrantable entre intelectuales cubanos y latinoamericanos, integrantes de 20 repúblicas definidas en el contexto de la congregación cultural.


Los textos comienzan en mayo de 1913 —tres meses después de fundada Cuba Contemporánea—, y son los venezolanos Rufino Blanco-Fombona y Diego Carbonell, quienes, respectivamente, remiten los ensayos «Simón Bolívar, la revolución Hispanoamericana y la política española en 1821», y «La grandeza y las ambiciones del Libertador», análisis último divulgado con exactitud con un año de diferencia en relación al primero. En septiembre de 1914 el colombiano Porras Troconis ve impreso su ensayo «Las ideas políticas de Bolívar», y el legado histórico del Libertador, entra en punto de debate, de permanencia latinoamericanista, de unidad y confraternidad de nuestros países. 


Razón tuvo el chileno Ernesto de la Cruz, cuando en Cuba Contemporánea propagó en 1915 «El genio político de Bolívar», y recordó las palabras del uruguayo José Enrique Rodó, al sustentar que, cuando «[…] veinte siglos hayan pasado; cuando una pátina de antigüedad  se extienda desde el Anahuac hasta la Plata, allí donde hoy campea la naturaleza o cría sus raíces la civilización; cuando cien generaciones humanas hayan mezclado, en la masa de la tierra, el polvo de sus huesos con el polvo de los bosques […], verán, como nosotros también, que en la extensión de sus recuerdos de gloria nada hay más grande que Bolívar».(4)


El Libertador, Simón de Bolívar y Palacios (1783-1830), aquel que murió como había nacido, desnudo, tendría en adelante el primer reconocimiento público en Cuba. La propuesta de Carlos de Velasco, aparecida en Cuba Contemporánea, la acogió el periódico habanero La Discusión, y El Nuevo Diario, de Caracas, en sus ediciones respectivas del sábado 5 de enero de 1918.

 

El consejal capitalino Lorenzo Fernández Hermo presentó antes de esa fecha una moción al Ayuntamiento de la provincia. Era la sugerencia de Carlos de Velasco, y así lo reconoció. En lo sucesivo «[…] las calles de Reina y de la Marina, en toda su extensión (que, en no lejano tiempo, ha de ser una de las más importantes de la Ciudad, con la prolongación de las obras del Malecón), se denominen respectivamente Avenida “Simón Bolívar” y Avenida “George Washington”, celebrándose dichos actos, al ejecutarse oportunamente esos acuerdos, con la mayor solemnidad posible, invitándose al efecto al ilustre Cuerpo Diplomático en nuestra Nación…»(5)


El periódico caraqueño dirigido por Santiago Key Ayala, admitió, según el despacho de Carlos de Velasco, que Venezuela correspondería a similar acto patriótico y latinoamericano, «[…] poniendo el nombre de Martí a una de las principales calles de la ciudad capital, Caracas, como podemos afirmarlo no solo por los informes privados que obran en nuestro poder, sino por los que revelan los conceptos finales del párrafo en que El Nuevo Diario recoge nuestra nota al artículo del Dr. Porras Troconis (titulado Bolívar y la independencia de Cuba), donde este prueba, con documentos irrefutables, que Bolívar quiso libertar nuestra tierra».(6


La fecha tentativa del cambio de nombre a las vías ocurriría el jueves 10 de Octubre de 1918, medio siglo del Grito de Yara, gloria de los cubanos que se lanzaron a la lucha por la independencia nacional. Un día antes, dice La Discusión, de La Habana, el Ayuntamiento refrendo el acuerdo.  Carlos de Velasco sugirió otro calendario para los vínculos indisolubles entre Cuba y Venezuela: el sábado 19 de abril de 1919. 


Lo dice en carta al erudito cubano José Manuel Carbonell, uno de los oradores escogidos para el acto patriótico y de hermandad latinoamericana, al cual asistirían el cuerpo diplomático y los residentes extranjeros radicados en la capital.Ya para entonces, en días previos, Caracas exhibía en una de sus calles el nombre de José Martí, lo atestigua Carlos de Velasco, y también lo refrenda Armando Rivas Vázquez, representante de esa colonia extranjera en la capital cubana, y otro de los oradores del acto escenificado en la esquina de las calles Aldama y Reina, ya daría nombre a la Avenida Simón Bolívar, en La Habana, según insinuó el periódico El Mundo, de La Habana.7 La Banda Municipal interpretó los himnos nacionales de ambos países.  Carbonell pronunció un discurso efusivo:


«[…] Se dice Bolívar, y hasta la tierra siente los escalofríos de la epopeya; se iluminan los montes al resplandor de los incendios libertadores; flotan al mástil los ensueños de tiempos legendarios, se ven pasar los héroes, llaneros y cholos, y rotos y gauchos, haciendo trepitar la pampa salvaje bajo los cascos redentores de sus corceles en desenfrenado galope; un soplo de victoria refresca los corazones, y parece que vibran en homérica diana los alegres clarines de Pichincha y Carabobo, de Ayacucho y de Junín…»(8)


La Avenida Simón Bolívar, según el imaginario popular todavía sigue llamándose Reina, y la Plaza Martí, en Caracas, lo expuso El Universal, de esa capital, en la edición del miércoles 26 de febrero de 1919,9 eran una realidad en el «[…] propósito de laborar sin tregua por la humana idea de congregar los países latinoamericanos en una confederación de estados, consagrando así los previsores evangelios políticos del Libertador», dijo Carbonell.  


Después de concluido el acto, ante el monumento a Martí en el Parque Central de La Habana, el Cuerpo Diplomático, el pueblo aglomerado, y otros insignes personalidades nacionales, depositó una ofrenda floral al Apóstol cubano. Ricardo Gutiérrez, ministro de Colombia, expresó la gratitud de las cinco repúblicas, hijas del esfuerzo de Bolívar: Colombia, Venezuela, Perú, Ecuador y Bolivia. El sueño de Cuba Contemporánea, y del nacionalista Carlos de Velasco y Pérez, el hijo natural de Santa Clara, era una realidad para propagar aún más el genio profético del Libertador de América. 

 NOTAS


1- Cfr. Notas Editoriales: «Un gran honor al director de Cuba Contemporánea», en revista Cuba Contemporánea, 4(1):95-96, tomo XI, La Habana, mayo de 1916.


2- Gabriel Porras Troconis: «Bolívar y la independencia de Cuba», en revista Cuba Contemporánea, 5 (3): 191-209, tomo XV, La Habana, noviembre de 1917.


3- Cfr. N. de la D. de C.C: Idem., p. 191. Texto redactado por Carlos de Velasco.

4- Ernesto de la Cruz: «El genio político de Bolívar», en revista Cuba Contemporánea, 3(2): 321, tomo X, La Habana, octubre de 1915.


5-  Cfr. Notas Editoriales: « Bolívar, Washington y Cuba», en revista Cuba Contemporánea, 6 (2): 259-260, tomo XVIII, La Habana, octubre de 1918. 


6- Idem., p. 260.


7-Cfr.  Notas Editoriales: «Las Avenidas Bolívar y Washington», en revista Cuba Contemporánea, 6(3):372-373, tomo XVIII, La Habana, noviembre de 1918.


8- Cfr. Notas Editoriales: «Bolívar y Cuba. Venezuela y Martí», en revista Cuba Contemporánea, 7(77): 150-160, tomo XX, La Habana, mayo de 1919.


9- Idem., p. 160.



CAIBARIÉN, EL ESPÍRITU RABIOSO

CAIBARIÉN, EL ESPÍRITU RABIOSO

Por Luis Machado Ordetx  


                             «Mientras, se dejan ver a cualquier hora».                                              Don Luis de Góngora

La frase no me pertenece. Tampoco en exactitud es puntual. Quedó acuñada como “la lucha rabiosa” de todos los cubanos por privilegiar lo  nacional desprovisto de “varitas mágicas” y de excesivas erogaciones monetarias en defensa del entorno patrimonial.

Fue el mensaje de Eusebio Leal Spengler a la ciudad portuaria de Caibarién. Lo tomo tácitamente de lo expuesto el lunes pasado desde la “Tribuna del Historiador”, programa de Habana Radio, con audiciones en muchas partes de Cuba.Un ideal de querencia, expuesto otras ocasiones en el periodismo de Emilio Roig de Leuchsenring, el mentor de Leal, cala en el sentido y el deber de pelear, incluso, por nuestras pertenencias menos insignificantes. 

No existen distingos entre lo tangible, o lo inmaterial. Mucho menos diferenciación del pasado que “respira” y explica el presente a partir del papel antiguo —libros, revistas y periódicos—, y la piedra fundacional que asienta la arquitectura.Allí existe la  representatividad, y el sentido exclusivo del pueblo y su manera de ser o sentir la historia pasada y reciente. No es súplica, y muchos menos como la música, un arte que ni se ve, y tampoco se toca. Simplemente, percibimos y contamos la historia en espíritu ardiente. Tal ocurre con el Parque  Temático de Locomotoras de Vapor, un museo a cielo abierto, radicado en Caibarién. 

En 1999 el ingenio “Marcelo Salado” paró sus operaciones fabriles, y muchos hombres y mujeres pasaron a diferentes sectores privilegiados por el turismo en aquel fomento incipiente que abrazó la cayería norte. Otros se quedaron estáticos en el lugar, pero sin manos cruzadas, dispuestos a la reconstrucción fiel del proceso del azúcar, y añoraron concluir una galería, similar a aquellas ideadas en Ciego de Ávila, Santiago de Cuba y Camagüey.

El Historiador de La Habana se llenó los ojos de la cultura del lugar. También fui de aquellos anónimos visitantes que un año atrás se sumó al aplauso estruendoso. Contemplar algunas de las locomotoras, inglesas o norteamericanas, de principios de 1920 en sus estacionamientos, y apreciar el potente silbato de otras, y el ronroneo de sus equipamientos en perfectos estados técnicos, demostró cuánto puede hacer un hombre por salvaguardar el tiempo y trasladarlo a generaciones futuras.

Ya no se hacen los Festivales del Vapor. Una década tiene el Museo. Localizo la máquina La Centenaria, y con satisfacción los mecánicos-reparadores comentan de su participación en las labores de cimentación del Canal de Panamá, en 1904. Gustavo La Fe Pascual y Roberto León Arteaga, son de los hombres y mujeres que intervienen en devolverles la “vida” a los equipos terrestres, y tienen todos los aplausos en las pericias técnicas e ingenieras de sus maniobras reconstructivas.

Allí hay cultura material, y se respira un aire de espiritualidad.   Eso impresionó a Eusebio Leal, el Historiador, por la voluntad de Tecnoazúcar de Villa Clara empeñada en que el patrimonio no muera. ¿Cuánta inferencia queda en sus palabras?: muchas…

En su habitual programa radial dijo que capitalistas foráneos se acercan a diario para comprar esas reliquias. Las propuestas siempre son idénticas: a cambio financiamos cualquier proyecto de ustedes. Por respuesta una: «a Cuba no se le arrebata el patrimonio material o inmaterial». Nos pertenece… 

La oferta está inferida en todos los cubanos: buscar recursos locales para recuperar los patrimonios arquitectónicos, los tesoros bibliográficos, y que los recursos materiales no se dilapiden y protegen la historia. En un metro de quince sílabas y combinaciones de un verso de seis y otro de nueve en “Soledad del alma” expuso Gertrudis Gómez de Avellaneda: «Huyeron veloces —cual nubes que el viento arrebata, los breves momentos— de dicha que el cielo me dio», y eso sucede en muchos lugares de Villa Clara y también en Cuba.

Ahí está la casa vivienda del antiguo ingenio Santa María, actual Ifraín Alfonso, sitio de depredadores. Otras muchas instalaciones arquitectónicas de Caibarién, lugar de atracción del turismo. También en Sagua la Grande, Placetas, Santa Clara y… De igual modo en las papelerías que guarda la Sala de Fondos Raros y Valiosos de la Biblioteca Martí, indefensa de una consola refrigerada que, apenas, funcionó, mientras en oficinas institucionales prevalece el refrescamiento de los ambientes cerrados para dirimir asuntos de índoles burocráticas. 

El llamado de Leal Spengler, y su elogio a los ferroviarios de Caibarién, está claro: defender con espíritu rabioso lo nuestro aunque, a veces, carezcamos de los más significativos recursos materiales y monetarios al cual obliga la carestía de la vida económica del país.