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LOS BOSQUES Y EL LITORAL: LA LEY FORESTAL CUBANA (PARTE 2)

LOS BOSQUES Y EL LITORAL: LA LEY FORESTAL CUBANA (PARTE 2)

Por Noel Pousa Sañudo e Ysabel María Machado Ordetx

 (Jutristas) 

 

En la tutela jurídica de los ecosistemas de manglares, creemos necesario el análisis de los marcos legales en la región latinoamericana con algunos ejemplos del tratamiento de los bosques protectores del litoral.

 

En la actualidad en la República de Panamá no existe un instrumento legal actualizado, fundamentado en estudios científicos que regularice, controle o guié el uso, manejo y aprovechamiento especifico de los recursos del bosque de manglar.   Sin embargo si existen una serie de leyes, decretos, normas y acuerdos que tienen una relación indirecta con la conservación de los mismos, aunque vale pena mencionar que en muchos casos estas leyes, normas o decretos, son contradictorias unas con otras[1].

 

La Ley No.2 del 7 de enero de 2006, menciona en su artículo número 33 lo  siguiente  “Quedan prohibidos la tala, el uso y la comercialización de los bosques de manglar, de sus productos, partes y derivados; se exceptúan los proyectos de  desarrollo turístico, previa aprobación del estudio de impacto ambiental y cumplimiento de la legislación vigente”. Mientras que la Ley No. 44 del 23 de noviembre de 2006, menciona en su artículo 67 que, los recursos marino-costeros constituyen patrimonio nacional, y su aprovechamiento, manejo y conservación estará sujeto a las disposiciones que,  para tal efecto, emita la Autoridad de los Recursos Acuáticos de Panamá. Estas contradicciones dejan muy claro que cada Institución en Panamá, genera sus propias leyes sin pasar por un proceso de consulta con cada uno de los sectores involucrados, siendo la misma una medida insostenible.

 

La Legislación Costarricense presenta una amplia gama de situaciones relacionadas con la administración, conservación y uso racional de los Humedales. Por largo tiempo ha existido poca claridad en cuando a competencias administrativas y, la abundancia de legislación dispersa en diferentes cuerpos normativos, ha dado como resultado el traslape de normas y la confusión entre los usuarios. Sin embargo, Costa Rica es un país que se distingue por su tradición conservacionista y los Humedales no son la excepción, es por ello que se espera en poco tiempo contar con un nuevo instrumento jurídico como lo es la Ley de Humedales de Costa Rica y el seguimiento de la Estrategia Nacional para la Conservación de Humedales en donde se desarrollen nuevos programas dirigidos a educar, capacitar, informar y participar a comunidades, organizaciones no gubernamentales, empresa privada y administración pública en legislación y políticas ambientales encaminadas a conservar y utilizar racionalmente un recurso de tanta importancia económica, social y ambiental como lo son los Humedales[2].

 

La principal normativa jurídica aplicable al tema forestal en el Ecuador es la Ley Forestal y de Conservación de Áreas Naturales y Vida Silvestre, el Reglamento de Aplicación de la Ley Forestal y de Conservación de Áreas Naturales y Vida Silvestre, la Ley de Creación del INEFÁN y su Reglamento de Aplicación. Además, en cumplimiento de las normas jurídicas citadas, se contemplan las normas de declaratoria y regulación del manglar en particular y sobre las áreas protegidas en general. La reforma de 1990 del Art. 1° de la Ley Forestal es una de las dos normas legales que mencionan expresamente al manglar. La otra referencia expresa de una ley sobre el manglar se encuentra en Ley de Pesca y Desarrollo Pesquero reformada. Ninguna de ellas define al manglar. En la actualidad el sistema de la protección jurídica del manglar adolece de inconsistencias y errores en su procedimiento, especialmente en el tema de la delimitación[3]. Posteriormente se dictó la Ley de Conservación del Ecosistema de Manglar cuyo objeto es proteger, manejar, regular, restaurar y conservar el ecosistema manglar, su zona de transición y amortiguamiento y la biodiversidad que en él se desarrolla a través de mecanismos técnicos y administrativos en los cuales, junto con el Estado participarán las comunidades y organizaciones locales ancestrales del ecosistema de manglar.

 

ANÁLISIS DE LOS RESULTADOS.


La revisión bibliográfica realizada hasta ahora resulta necesaria para comprender los efectos de las políticas forestales sobre Cuba, así como la legislación que le sirvió de sustento. Este trabajo se realizó tomando como referencia la interrelación entre la aplicación de la legislación forestal y el tratamiento a los bosques protectores del litoral en la Empresa Forestal Integral Villa Clara. Para este análisis se realizó un muestreo probalístico con el objetivo de generalizar los resultados obtenidos al resto de la provincia de Villa Clara y el país.

 

A partir del análisis de la norma jurídica y su aplicación en la provincia de Villa Clara se encontraron los resultados siguientes: 


Provincia de Villa Clara


La Provincia de Villa Clara tiene una extensión territorial de 841240.66 ha, en ella se incluye el patrimonio forestal el cual asciende a 216291.17 ha distribuidas entre diferentes entidades, mayoritariamente del Ministerio de la Agricultura, con un índice de boscosidad del 22.3 %.

 

Al amparo del Artículo 15 del Capítulo IV de la Ley Forestal, los bosques “se clasifican sobre la base de un conjunto de elementos de orden físico, biológico, ecológico y económico”[4]. Con este fundamento de derecho, el MINAGRI en Villa Clara ha clasificado los bosques del patrimonio forestal en:

 

  • Bosques de producción.
  • Bosques de protección (de aguas, suelos y litoral).
  • Bosques de conservación (protectores de flora y fauna y de recreación).

El análisis de los datos obtenidos de la revisión de los documentos y las respuestas de los expertos demuestran que las áreas cubiertas de bosques de producción superan en un 14.70 % a las áreas cubiertas de bosques de conservación, respecto al total del patrimonio forestal.

 

El Capitulo V de la Resolución No.330 “Reglamento de la Ley Forestal” de fecha 7 de septiembre de 1999, dictada por el Ministro de la Agricultura, establece la elaboración de los Proyectos de Ordenación Forestal, los cuales se rigen por la Metodología para la Ejecución de la Ordenación del Patrimonio Forestal de Cuba, aprobada por la Dirección Forestal. Fundamentado en lo anterior la Empresa Forestal Integral Villa Clara, elaboró su Proyecto de Organización y Desarrollo de la Economía Forestal para el período 2006 – 2015[5].

 

La Empresa Forestal Integral de Villa Clara se encuentra ubicada en la región central de Cuba, provincia Villa Clara y posee áreas en los 13 municipios que conforman la provincia. Limita al norte con el Canal de San Nicolás, Océano Atlántico, al sur con la provincia de Cienfuegos y la EMA Jibacoa, al este con la provincia de Sancti Spiritus y al oeste con la provincia de Matanzas. Con el razonamiento de este proyecto y la evaluación de las respuestas ofrecidas por el Especialista en Ordenación de la Empresa Forestal Integral Villa Clara, se obtuvo que el patrimonio de la entidad es de 53 790.0 ha, con un área cubierta de bosques de 37 862.7 ha para un índice de boscosidad 66.0 % respecto a su propio patrimonio y un 4.5 % respecto al total del territorio de la provincia.

 

En cuanto a la clasificación de los bosques ha resultado, que la división por categorías se realizó teniendo en cuenta el desarrollo perspectivo y la importancia económica, tanto social como medioambiental del patrimonio forestal, garantizando un correcto funcionamiento integral.

 

La categoría de Bosque Productor se extiende por las áreas de tierra firme, exceptuando las fajas hidrorreguladoras, teniendo en cuenta que es la categoría más flexible en cuanto a intervenciones en los bosques, esta categoría ocupa el 52% del patrimonio con 28 377.4 ha.  Dentro de ella los bosques naturales representan el 4%, y las plantaciones el 43.7% del área cubierta.

 

La categoría de Bosques Protectores de las Aguas y los Suelos, ocupa el 5.1% de la superficie con 2 728.9 ha, se manifiesta en las fajas hidrorreguladoras de presas, ríos y arroyos, cumpliendo su función protectora. Los bosques naturales ocupan el 35.5%, y las plantaciones el 35.8% del área cubierta.

 

De igual forma la categoría de Bosques de Recreación se extiende en el patrimonio en las áreas aledañas a la autopista nacional, representando solamente el 0.25% con 136.1 ha, y está en función de preservar la belleza natural para el desarrollo turístico, ambiental, etc. En esta categoría solo se presentan plantaciones.

 

Por último la categoría de Bosques Protectores de Litoral, se presenta como  la segunda categoría en importancia en cuanto a representatividad ocupando el 41% del total del patrimonio con 22 661.2 ha, y se extiende por la zona norte de la provincia, cumplimentando la preservación de los 30 metros, establecidos en la Ley Forestal. Los bosques naturales tienen la mayor representatividad en esta categoría, pues ocupan el 99.2 % del total del área cubierta.[6]. El 45.06% del patrimonio forestal son bosques naturales, en las diferentes categorías de bosques.

 

Villa Clara durante la colonización y la neocolonia.


Antes de adentrarnos en el análisis de los bosques protectores del litoral de la Empresa Forestal Integral Villa Clara, resulta necesario describir como fueron tratadas estas áreas desde la llegada a la Isla de los conquistadores españoles. El estado de la vegetación original de Cuba ha sido escenario de amplios debates por botánicos, geógrafos e historiadores. “Así lo refleja el mapa de la vegetación existente a inicios del siglo XVI, confeccionado para el Nuevo atlas por Enrique del Risco Rodríguez”[7]. En él se refleja que en el litoral de la actual provincia de Villa Clara, existían abundantes bosques semicaducifolio de humedad fluctuante y bosques clasificados como subperennifolio, los cuales predominaba sobre muchos de los mejores suelos y territorios llanos y además de ser los mejores dotados de maderas preciosas y de construcción, lo que explica su destrucción total en aras de satisfacer la creciente demanda de tierras para la agricultura[8].

 

Ya a finales de 1510 se inició la colonización de Cuba y, para el año 1578 se funda la villa de San Juan de los Remedios de la Sabana del Cayo. Pero no fue hasta 1815 que comienza, con la llegada del ferrocarril hacia el este, la expansión del azúcar hacia las llanuras de la entonces Las Villas. Esta expansión se produce por las fértiles llanuras Corralillo-Yaguajay donde fue establecida desde mediados del siglo XIX la jurisdicción de Sagua La Grande que coincidió con la era de los inicios del ingenio mecanizado, lo cual produjo grandes impactos a la zona litoral norte.

 

Se refiere, por los propios cronistas que acompañaban a los colonizadores en esa época que, la expedición dirigida por Francisco de Narváez, quedaron maravillados por la abundancia de sus bosques semicaducifolios en su variante de humedal fluctuante y otros bosques subperennifolios. Se relata que, en quince días se comieron diez mil papagayos. Desde el río Sierra Morena hasta el estero de Caunao, se estableció a partir de 1845 la jurisdicción de Sagua La Grande. Con la mencionada Real Cédula del 30 de agosto de 1815 en los Fundamentos Referenciales se produjo la gran devastación de los ricos bosques litorales de la jurisdicción en la región oeste del río de Sagua la Chica. La llegada del azúcar necesitó de grandes cantidades de tierras para el cultivo de la caña y enorme volúmenes de madera para la construcción y las máquinas de vapor de los ingenios[9]. Una estadística de 1860 indicaba la existencia de 156 ingenios.

 

Posteriormente, esa expansión alcanzó el este de la antigua provincia de Las Villas con el centro administrativo de San Juan de los Remedios. A pesar de la explotación forestal desde los inicios de la colonización, ambas jurisdicciones aparecían en el censo de 1862 entre las más abundantes de bosques. En la jurisdicción de Remedios los bosques se redujeron en más del 55%, casi el doble de la reducción de la jurisdicción de Sagua la Grande. La franja costera al ser la menos antropizada hasta esos momentos, fue la más afectada, al ser invadida por pequeños y grandes asentamientos, caminos, vías de ferrocarril para la extracción de maderas duras para los ingenios y la transportación marítima por Isabela de Sagua, así como los embarcaderos pesqueros en Carahatas, la propia Isabela y Caibarién.

 

La provincia de Villa Clara corrió igual suerte por los desmanes de los gobiernos entreguista durante la seudorepública. La antigua provincia de Las Villa se convirtió en la región más importante para el desarrollo de la industria azucarera en el país hasta, incluso, los finales de la década de 1980, cuando se produce el derrumbe del campo socialista.

 

Impactos de la deforestación en bosques protectores del litoral en Villa Clara.


El litoral villaclareño se encuentra fundamentalmente en administración por la Empresa Forestal Integral Villa Clara, donde se ubican dentro de la clasificación de bosques protectores del litoral. Actualmente estos bosques se forma en los municipios de Corralillo con 1 080.2 ha, compuestos de 1 065.5 ha de manglares y 14.7 ha de semicaducifolio sobre suelos de mal drenaje.

 

Quemado de Güines con 1 276.3 ha, compuestos de 1 106.5 de manglares, 6.5 ha de semicaducifolio sobre suelo calizo y 175.8 ha  de semicaducifolio sobre suelos de mal drenaje. Sagua la Grande con 8 345.6 ha, compuesto por  6 005.6 ha de manglar y 2 340.0 de semicaducifolio sobre suelos de mal drenaje. Encrucijada con 7 352.5 ha, compuestos de 5 513.7 de manglares y 1 838.8 ha de manigua costera. Camajuaní con 1 165.0 ha de manglares y Caibarién con 3 441.6 ha también de manglares.

 

De forma total el patrimonio forestal de la Empresa Forestal Integral Villa Clara está compuesto por 22 661.2 ha de bosques protectores del litoral, compuesto por 17 232.4 de manglares, 6.5 ha de semicaducifolio sobre suelo calizo, 2 515.8 ha de semicaducifolio sobre suelos de mal drenaje y 1 838.8 ha de manigua costera.

 

Para ilustrar de mejor manera la degradación de los manglares en Villa Clara, se retoma el trabajo presentado por un equipo de investigadores de la Estación Experimental de Placetas, perteneciente al actual Instituto de Investigaciones Agroforestales sobre la degradación de las áreas de manglares en la costa norte del municipio Quemado de Güines, provincia Villa Clara[10]. Esta investigación mostró que, “el área no degradada decreció de un 86 % (886.59 ha) que tenía en el año 1981 a 63 % (652.10 ha) en el año 1997, lo cual equivale a una pérdida de área de un 23 % (234.49 ha)”[11].

 

“Las degradaciones leves, moderadas y severas se incrementaron de un 4 % (38.77 ha), 3 % (29.86 ha) y 6 % (60.84 ha) que tenían en el año 1981 respectivamente a un 11 % (114.27 ha), a un 11 % (117.48 ha) y a un 13 % (131.75 ha) en el año 1997 respectivamente, lo que equivale a un aumento en la degradación de un 7 % (75.50 ha), 9 % (87.62 ha) y 7 % (70.91 ha) respectivamente. En el caso de la cobertura de agua, el área incrementada fue de un 1 % (0.46 ha). Por lo tanto, la degradación en el área de manglar estudiada aumentó de 13 % (129.47 ha) en 1981 a 35 % (363.50 ha)  en 1997”[12]. “Las estadísticas obtenidas de la combinación de los mapas de degradación de áreas de 1981 y 1997 fueron representadas en una matriz de transición donde se puede observar que la clase no degradada cambió a degradada leve, moderada y severa, lo cual demuestra el grado de degradación a que ha sido sometida el área de manglar en estudiada en Quemado de Güines”.

 

“El análisis realizado es muy simple pero está muy claro en el Mapa de Degradación de la Zona Costera de Quemado 1981-1997, que existen cambios en el área del manglar principalmente por causa del corte ilegal de madera por algunas entidades estatales y particulares para múltiples propósitos como: elaboración de carbón vegetal, cujes para tabaco, horcones, leña, construcciones rurales, construcción de diques de arroz, etc, así como el uso no sostenible por la Empresa Forestal Integral Villa Clara como consecuencia de una deficiente ordenación y dinámica forestal de los bosques protectores del litoral y, específicamente, de los bosques naturales”[13].

 

Otro ejemplo, es la introducción de la cría de Búfalos en la Zona de Jumagua, perteneciente al municipio de Sagua la Grande. Esta cría ha sido fomentada por la Empresa Pecuaria MACUN en un área donde se ubica la tercera formación de suelos de Cuba, los Mogotes de Jumagua. Este ecosistema ha sido muy afectado por la crianza de los búfalos, toda vez que los mismos fueron ubicados en un humedal, el cual se ha degradado totalmente, tanto por la acción del ganado como por la intensa deforestación que se ha producido en la franja entre la costa y los mogotes. Estos elementos antropogénicos han provocado una alta salinidad de los suelos, afectaciones al equilibrio de los mogotes, los cuales representan un área de inmenso valor biótico, donde habitan especies endémicas de Cuba y únicas en el mundo en peligro de extinción.

 

Hasta ahora hemos presentado algunos ejemplos de afectaciones directas a los manglares realizadas por el hombre, pero resulta tanto interesante los impactos sobre estos bosques que puede producir el cambio climático. Las sequias que se vienen presentando en nuestra geografía, el aumento de la intensidad de los ciclones tropicales y el incremento del nivel del mar unido a los siglos de deforestación relatados en este trabajo, son algunos de los factores que hoy están perjudicando a los bosques protectores del litoral villaclareño.

 

Partiendo de otra investigación realizada por el ya citado equipo de investigadores de la Estación Experimental Forestal de Placetas en Villa Clara[14], se obtuvo  información sobre la consecuencia  del  impacto  del  aumento  del  nivel  del  mar en la referida provincia, como la distribución  de  las  especies  puede  modificarse  sustancialmente  de  acuerdo a las condiciones específicas de cada lugar, principalmente en lo que se refiere a “A. germinans, que se adapta muy bien a lugares  de  elevada  salinidad  y  a  L.  racemosa,  que  es  menos  exigente  en  la  competencia  por  la  luz”[15].

 

“La elevación del nivel del mar en 15 cm  prevista para el 2030 traerá los mayores impactos negativos para Avicennia germinans (L.) L. con una afectación de 4 373.96 ha (18.31%) está especie se afectará en mayor cuantía debido a que los neumatóforos imprescindibles para su respiración quedarán bajo el agua del mar y le será imposible continuar su supervivencia. También puede verse afectada si la marea alta se prolonga por mucho tiempo pues esta especie tolera alta salinidad” [16].

 

“Se perturbarán la Laguncularia racemosa R.G y Rhizophora mangle L. de las cuales se verán afectadas 1246.88 ha (5.22%) y 1028.08 ha (4.30%) respectivamente sin embargo Conocarpus erecta L. y Bursera simaruba también se afectarán pero en menor cuantía con una afectación de 60.72 ha (0.25%) y 33.88 ha (0.14%) respectivamente. Hay que tener en cuenta que los impactos negativos se agudizarán si los tensores de salinidad aumentan siendo afectadas las 4 especies de mangle”[17].

 

 “Para el 2050 y 2075 se pronostica un aumento del nivel del mar de 27 y 64 cm respectivamente, por lo que los impactos negativos se incrementarán en ambos escenarios para las especies Avicennia germinans (L.)L.; Laguncularia racemosa R.G  y Bursera  simaruba con penetración del mar desde 1760.72 ha (7.37%) en 2050 hasta 2207.96 ha (9.24%) en 2075;  desde 920.84 ha (3.85%) en 2050 hasta 1088.96 ha (4.56%)  en  2075  y desde 119.56 ha (0.50%) en 2050 hasta 902.44   ha   (3.78%) en  2075 respectivamente”[18].

 

“Resumiendo el impacto esperable, de las 22 661.2 ha de áreas costeras hoy existentes en la EFI Villa Clara, en el 2075 se verán afectadas por el aumento del nivel del mar 14 412.92 ha que representan el 60.32%  de  la  superficie  total.  Además  el  impacto  que  se  producirá  en  los  manglares  traerá a  su  vez  impactos  secundarios  sobre  la pesca  y  la  biodiversidad  marina            los  cuales  deberán  ser  analizados por personal competente y recomendadas las estrategias de adaptación correspondientes”[19].

 

En la provincia de Villa Clara, estas deficiencias han traído como resultado la homogenización y desarrollo potencial insostenible de la región del litoral norte de la provincia, lo cual, “en condiciones naturales cercanas al mismo uso y las mismas tecnologías agrícolas han conducido a un proceso de uniformización y eliminación de las diferencias naturales de origen y se han formado espacios similares”[20]. En la referida región, existe un patrón de dominación, “caracterizado por un uso intensivo, una artificialización de los sistemas, cambios significativos y efectos generalmente de fuerte degradación” [21].

 

La falta de eficacia de las normas legales vigentes en nuestro país, durante cientos de años, han modificado las regiones naturales por la acción humana, debido a las condiciones de una larga y compleja ocupación de los sistemas naturales[22].

 

Discusión de los resultados.


Como se ha venido analizando, es necesario dejar sentado que es factible realizar las tareas de conservación de forma sectorializada, precisamente porque este principio se puede combinar con otro que es la transectorialización. La combinación adecuada de ambos principios favorece a un marco institucional adecuado[23]. “La tutela jurídica de un ecosistema, es muy difícil se logre mediante una norma legal exclusiva de forma total y absoluta, teniendo en cuenta que en cada uno de ellos se manifiestan estrechas relaciones de interdependencia entre especies de la flora y la fauna que conforman un mismo hábitat”[24].

 

A pesar de lo expuesto en el párrafo anterior, resulta inquietante que la dispersión normativa existente en cuanto a la protección de los bosques de litoral atendiendo, precisamente, a la función protectora que estos tienen. Es cierto que la adecuada combinación de los principios expuestos, presupone un marco institucional ambiental idóneo, no obstante para el ecosistema de manglares se aprecia la poca posibilidad, desde la base legal existente y expuesta, de un manejo integrado de esa biota. De forma mayoritaria se le ha dado la misión al Ministerio de la Agricultura, y esta ejecuta directamente la tarea a través de las Empresas Forestales Integrales y las Empresas de Conservación de la Flora y la Fauna Silvestre. Solo que las primeras administran mayor cantidad de bosques protectores del litoral que las segundas.

 

Las Empresa Forestales Integrales, para su gestión económica, se rigen por la Ley Forestal, la cual poco regula sobre estos bosques. Por demás, los objetos sociales de estas empresas tienen en su actividad fundamental, la comercialización mayorista de productos forestales, principalmente madera aserrada. Es contraproducente la confluencia en una misma empresa de las funciones de silvicultura y fomento de bosques con la industria forestal. Para este autor, esa oblicuidad resulta perjudicial a la conservación y protección de los bosques de todo tipo.

 

Es complejo conciliar, en una misma gestión empresarial, los intereses y planes de madera aserrada, con el fomento de bosque a partir de su función de protección del medio ambiente y, teniendo como base legal una legislación forestal que no resulta del todo integral para el desarrollo sostenible de la actividad forestal en armonía con la conservación de la biodiversidad forestal. “La legislación es eficaz cuando regula con acierto las conductas, esto es cuando su diseño es suficiente para alcanzar los objetivos que se proponen. La legislación es eficiente cuando es capaz de lograr un efectivo acatamiento social”[25]. “Por otra parte acertadamente se plantea que, la eficacia en la legislación supone no sólo un nivel técnico-jurídico adecuado, sino una voluntad política real, estructuras institucionales adecuadas y un nivel de educación, divulgación y participación ciudadana acorde con los objetivos trazados, pues esta es consecuencia de la voluntad legislativa expresada en la norma aunque en su análisis se integran otros presupuestos ajenos al proceso normativo, y otros que en mayor o menor medida se relacionan con este. La ineficacia de las normas jurídicas es la consecuencia de la ineficiencia de las mismas, es decir, de la falta de idoneidad de las normas jurídicas para satisfacer las necesidades que se tuvieron en cuenta al momento de establecerse”[26].

 

Tomando como referencia las citas enunciadas, es plausible señalar que en el caso que nos ocupa, el marco institucional establecido en la Ley Forestal no resulta certero en la conservación de los bosques de manglares. Existe en el Ministerio de la Agricultura la responsabilidad de dirigir, ejecutar en lo que le compete y  controlar  la  política  del  Estado  y  del  Gobierno  en  cuanto  a  la  protección, incremento y desarrollo sostenible de los recursos del patrimonio forestal y las actividades de acopio, beneficio e industria forestal. Respectivamente el Servicio Estatal Forestal, subordinado al mencionado ministerio es la autoridad encargada de ejercer el control estatal sobre el cumplimiento de las regulaciones del patrimonio forestal y demás medidas adoptadas para su conservación, manejo y desarrollo sostenible, por parte de las personas naturales y jurídicas obligadas a ello.

 

“Estamos ante la clásica fórmula de organismos convertidos en jueces y partes en la administración de los recursos, particular este que desde el punto de vista de la estructura institucional concebida para velar por el cumplimiento de las regulaciones vigentes constituye un presupuesto de análisis de la eficacia de las leyes ambientales pero que indiscutiblemente es el resultado de la ineficiencia de las mismas, es decir de la concepción que se tuvo en cuenta en el proceso de elaboración de las normas, que en definitiva determinan las autoridades y sus competencias de actuación así como niveles de subordinación”[27].

 

La eficacia y la eficiencia de las norma jurídicas son elementos que han jugado un papel trascendental en la deforestación de nuestros bosques protectores del litoral desde el año 1492 hasta nuestros días. Estas normas han sido la legitimación de las políticas económicas y sociales existentes en cada período de nuestra historia.

 

CONSIDERACIONES FINALES


Y, como expresara el Doctor Reinaldo Funes Monzote, destacado historiador y ambientalista cubano, en una de sus magistrales obras: “Mientras más se avance en la construcción de la historia ambiental cubana y caribeña, serán más visibles las voces que denunciaron desde temprano un modo de explotación de la naturaleza con profundas implicaciones a largo plazo en los órdenes social y ambiental”[28]. Seguidamente continuaba sentenciando el historiador: “En todos ellos se repetía la idea de que la posteridad tendría derecho a exigir cuentas por el daño infringido a quienes destruían los bosques sin contemplación”[29].

 

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[1] Centro del Agua del Trópico Húmedo para América Latina y el Caribe. Diagnostico del estado actual de los manglares, su manejo y su relación con la pesquería en panamá (primera etapa). Enero, 2007.

[2] Aguilar, Grethel. Aspectos legales de la Conservación y Uso Racional de los Humedales en Costa Rica. Comisión de Derecho Ambiental/UICN.

[3] Proyecto PATRA. Estudio jurídico e institucional sobre la problemática del ecosistema del manglar. Enero, 1999.

 

[4] Dirección Forestal. Ley Forestal, su reglamento y contravenciones. Servicio Estatal Forestal. La Habana, 1999. pág 11.

[5] Este proyecto ha sido aprobado por la Resolución No.59 de fecha 15 de febrero de 2008, dictada por la Ministra de la Agricultura, para el patrimonio de la Empresa Forestal Integral Villa Clara bajo su administración.

 

[6] Los por cientos presentados sobre plantaciones y bosques naturales por categorías,  representan la relación entre las áreas cubiertas por estos bosques,  respectos al total del patrimonio de la propia categoría.

[7] Dr. Funes Monzote, Reinaldo. De los bosques a los cañaverales. Una historia ambiental de Cuba. 1492-1926. Editorial de Ciencias Sociales. La Habana, 2010, pp.40-41.

[8] Ibidem, pp.44.

[9] Vivanco Idelfonso. Agua la Grande. 1839, tomo 3, pp.45.

[10] MSc. María Magdalena Martínez Flores,  MSc. Andrés Hernández Riquene y MSc. Liliana Caballero Landín. Análisis espacial de la degradación de manglares usando técnicas de sistemas de información geográfica y sensores remotos. DEFOR, La Habana, 2002.

[11] Ídem.

[12] Ídem.

[13] Ídem.

[14] Ms. Caballero Landín, Liliana; MSc. Hernández Riquene, Andrés; Álvarez Brito, A; Mercadet Portillo, A. Evaluación de los impactos esperables del cambio climático en la efi villa clara y estrategia de adaptación. CD Memorias del V Congreso Forestal de Cuba. La Habana, 2011, pp. 1109.

[15] Ibídem, pp.1110.

[16] Ibídem, pp.1112

[17] Ibídem, pp.1115.

[18] Ms. Caballero Landín, Liliana; MSc. Hernández Riquene, Andrés; Álvarez Brito, A; Mercadet Portillo, A. Evaluación de los impactos esperables del cambio climático en la efi villa clara y estrategia de adaptación. CD Memorias del V Congreso Forestal de Cuba. La Habana, 2011, pp. 1117.

[19] Ibídem, pp.1118.

[20] Mateo Rodríguez, José M. La dimensión espacial del desarrollo sostenible: una visión desde América Latina. Editorial UH-Editorial Científico Técnica. La Habana, 2012, pp.74.

[21] Ver en Mateo Rodríguez, José M. La dimensión espacial del desarrollo sostenible: una visión desde América Latina. Editorial UH-Editorial Científico Técnica. La Habana, 2012, pp.270, “Anexo 2. Grado de sostenibilidad de las regiones geoecológicas de Cuba”.

[22] Mateo Rodríguez, José M. La dimensión espacial del desarrollo sostenible: una visión desde América Latina. Editorial UH-Editorial Científico Técnica. La Habana, 2012, pp.73-79.

[23] Colectivo de Autores. Derecho Ambiental Cubano. Editorial Félix Varela. La Habana, 2007, pp.160-163.

[24] Caraballo Díaz, Yamilka. Tutela jurídica del ecosistema del manglar en cuba. Centro de Información, Gestión y Educación Ambiental CITMA.

[25] Estrategia Ambiental Nacional.

[26] Caraballo Díaz, Yamilka. Tutela jurídica del ecosistema del manglar en cuba. Centro de Información, Gestión y Educación Ambiental CITMA.

[27] Caraballo Díaz, Yamilka. Tutela jurídica del ecosistema del manglar en cuba. Centro de Información, Gestión y Educación Ambiental CITMA.

[28] Dr. Funes Monzote, Reinaldo. De los bosques a los cañaverales. Una historia ambiental de Cuba. 1492-1926. Editorial de Ciencias Sociales. La Habana, 2010, pp.426.

[29] Idem.

LOS BOSQUES Y EL LITORAL: LA LEY FORESTAL CUBANA (PARTE 1)

LOS BOSQUES Y EL LITORAL: LA LEY FORESTAL CUBANA (PARTE 1)

Por Noel Pousa Sañudo e Ysabel María Machado Ordetx


 (Jutristas)


Las zonas costeras son consideradas un ecosistema natural de incalculable valor al albergar ambientes únicos y altamente vulnerables. Por la complejidad de este recurso, se hace necesaria la implementación de un enfoque integrador de manejo, capaz de minimizar los efectos a los cuales es sometido este ecosistema.

 

El enfoque demanda la necesidad de una dimensión jurídica mediante la cual se obtenga un adecuado ordenamiento de las pautas legales, siendo la perspectiva legislativa y reglamentaria uno de los grandes retos asumidos por los legisladores. Los bosques son parte integrante y fundamental de estos ecosistemas, compuestos por manglares, maniguas costeras y otras formaciones características.

 

En tal sentido la presente investigación analiza la eficacia legal de la legislación forestal cubana en el manejo integrado de los bosques protectores del litoral y la incidencia de los mismos en la conservación y protección de la biodiversidad forestal asociada a estos sistemas bióticos. Se tomó como referencia el litoral norte villaclareño, así como la ordenación y dinámica forestal del patrimonio de la provincia y, específicamente, la situación de los bosques protectores que forman parte del patrimonio de la Empresa Forestal Integral Villa Clara.

 

Los bosques ocupan más de la cuarta parte de las tierras emergidas, excluyendo la Antártida y Groenlandia. La mitad de los bosques están en los trópicos y el resto, en las zonas templadas y boreales. Según datos de la FAO, los bosques mundiales abarcan cerca de 4 000 millones de ha, y cubren casi el 30 % del área mundial. Siete países albergan más de 60 % de la superficie forestal mundial. La mitad de los bosques que una vez cubrieron la tierra, 29 millones de km2, desaparecieron, cerca de 78% de los bosques primarios se encuentran destruidos y el resto, amenazados por la extracción de madera, la conversión a otros usos, la especulación, la minería, los grandes embalses, las carreteras y caminos forestales, el crecimiento demográficos, el cambio climático y la pérdida de diversidad biológica[1].


La deforestación y la degradación forestal es uno de los problemas medioambientales y socioeconómicos más serios llevados a cabo en el mundo de hoy. Debido al proceso de deforestación existen aproximadamente más de 20 millones de hectáreas de pérdidas forestales todos los años, pero tales estadísticas ignoran que en adición a esto, áreas considerables son degradadas cada año[2].La degradación forestal implica el deterioro de los ecosistemas y la destrucción del potencial biológico de la tierra. Uno de los ecosistemas que han sufrido degradación en las últimas décadas han sido los ecosistemas costeros fundamentalmente los manglares.


Los manglares juegan un papel fundamental en la protección y estabilización de las áreas costeras, así como en el funcionamiento general de sus ecosistemas. Asimismo, constituyen importantes zonas de reproducción y cría de especies marinas. Los manglares aportan energía al ecosistema acuático, mediante sus hojas, ramas y raíces, las cuales pasan a formar parte del detrito acumulado en los sedimentos. Las raíces de los mangles sirven de refugio a las etapas juveniles de langostas y peces. Protegen las costas de la erosión provocada por el oleaje, el viento y las corrientes costeras y filtran los contaminantes evitando que lleguen a los arrecifes coralinos y otro hábitat.

 

En Cuba, los manglares forman parte de los bosques protectores del litoral. “Estos ocupan una superficie de 5,321 km2 (el 4.8% de la superficie terrestre total de la Isla de Cuba y 26% de la superficie total de bosques) a lo largo de un perímetro costero de cerca de 5,476 Km. Estas importantes formaciones están presentes en casi el 70% de las costas cubanas representados  por 4 especies de mangle, por lo que se consideran la primera formación forestal natural”[3].

 

En el presente trabajo, nos hemos dado a la tarea de determinar la eficacia de la Ley Forestal vigente en Cuba, así como su legislación complementaria, en el manejo integral de los bosques protectores del litoral. Así mismo se interrelaciona la supramencionada norma con las disposiciones legales específicas para el Manejo Integral de Zonas Costeras destinadas todas, entre otros fines, a la conservación de los manglares con toda su biodiversidad asociada.

En tal sentido, estructuraremos nuestro trabajo en valorar, desde el punto de vista definitorio, aquellos términos que conceptualizan los manglares, su relación con el litoral para, posteriormente, hacer un análisis de los preceptos que están presentes en nuestra legislación y determinar si son suficientes y eficaces en la sostenibilidad de los referidos ecosistemas.

 

El análisis de la norma se realizará, tomando como muestra, los impactos que hoy existen en la provincia de Villa Clara y, específicamente, sobre el Patrimonio de la Empresa Forestal Integral Villa Clara, para lo cual, será de gran importancia los capítulos de la Ley Forestal dedicados al Marco Constitucional, la Clasificación de los Bosques, la Conservación y otros que son necesario discutir. Se revisará aquellos temas que tiene que ver con los Principios del Marco Institucional Ambiental, específicamente, el principio de la Sectorialización y la Transectorialización.

 

Los manglares. Generalidades.

 

No fue hasta la segunda mitad del siglo XX que se empieza a reconocer el valor de los humedales para la humanidad; un proceso que se inicia por la acción internacional de Organizaciones No Gubernamentales que, manifiestan la necesidad urgente de una convención sobre humedales y la elaboración de una lista de estos sitios internacional. Todos los esfuerzos culminan el 2 de febrero de 1971, con la adopción de la Convención de Ramsar, por 18 países, la cual entró en vigor el 21 de diciembre de 1975[4].


En la mencionada norma se reconoce en el artículo 1 inciso 1 que, “Los humedales son extensiones de marismas, pantanos y turberas o superficies cubiertas de agua, sean éstas de régimen natural o artificial, permanentes o temporales, estancadas o corrientes, dulces, salobres o saladas, incluidas las extensiones de agua marina cuya profundidad en marea baja no exceda de seis metros. Los humedales podrán comprender sus zonas ribereñas o costeras adyacentes, así como las islas o extensiones de agua marina de una profundidad superior a los seis metros en marea baja, cuando se encuentren dentro del humedal”[5].

 

Se parte de la idea que el concepto jurídico humedal, engloba ya de por sí el términos manglar, bajo la premisa: “Todo manglar es un humedal, pero no todo humedal es un  manglar”, pues el concepto humedal es muy amplio e incluye entre otros ecosistemas a los lagos de origen glacial, lagunas y turberas,  bosques anegados, pantanos, corales y pastos marinos. De lo dicho anteriormente se  deduce claramente que la relación entre humedal y manglar es de tipo “género – especie”, donde el concepto genérico es humedal y la especial sería: manglar.

 

Los bosques de mangle son considerados como uno de los ecosistemas más importantes de la Biosfera, debido a su gran biodiversidad, por los servicios ambientales que presta y las funciones ecosistémicas que en él se generan. Se sugieren que los humedales tropicales de los países  en  desarrollo pueden  jugar  un  papel  crucial en  el desarrollo económico de las regiones. Asimismo, se enfatiza el valor que encierran  estos  importantes  ecosistemas  en  todo  el  mundo,  en  un  primer  término para las comunidades aledañas a ellos, pero sus beneficios se extienden hacia otros niveles de las sociedades en formas que no son perceptibles en primer término.

 

Los bosques del litoral en el ordenamiento jurídico cubano (1492-1926).


En  el primer viaje que realizara el Almirante Cristóbal Colón al arribar a las costas cubana en 1492, describió valles y montañas “llenos de árboles altos y frescos que era gloria mirarlos”[6]. Se dice que el país estaba cubierto aproximadamente con el 90% de bosques. Entre los bosques semicaducifolios aparecen los costeros y subcosteros. Entre las especies se apreciaba el júcaro, almácigo, roble de olor, abey, baria y guayacán. También estaban conformados por ateje de costa, júcaro espinoso, aceitunillo, carbonero de costa, aguacate cimarrón y guano Campeche. Bartolomé de Las Casa relata sobre lo maravillado que quedaron todos por la abundancia de frutos, casabe, pescado, jutías y aves.

 

La Real Cédula del 30 de agosto de 1815 permitió a la industria azucarera invadir las zonas boscosas de Cuba como consecuencia de la Revolución Haitiana, la cual dejó el camino libre a la expansión azucarera cubana. Anteriormente, para el año 1574, las Ordenanzas de Cáceres establecieron el marco legal idóneo para el reparto de grandes extensiones de tierras a los adelantados españoles para la crianza de animales y los cultivos[7]. Durante esta etapa la prevalencia de la Marina Real obstaculizó en gran medida el uso irracional de los bosques para la industria azucarera, unido a la supremacía de esa industria en Haití, abastecedora de de cerca del 50% del mercado mundial del azúcar.

 

Las primera deforestaciones se iniciaron en la región de La Habana, donde grandes extensiones de bosques del litoral fueron derribados para el fomento azucarero y para la construcción de la incipiente urbe. El resto del país se mantuvo a salvo por muchos años como consecuencia del poco desarrollo del comercio en esas regiones y la oposición de la Marina Real que necesitaba esos bosques para la construcción de la flota naval de conquista de las Américas y cortes del Rey. El astillero de La Habana se convirtió en uno de los más importantes proveedores de la Armada Española. Se necesitaba mucha madera para lograr estos suministros, por lo que en 1717 la metrópolis inició el aprovechamiento de los montes cubanos para construcción naval, trayendo como consecuencia que en 1748 se promulgaran las Ordenanzas de Montes para la conservación y el aumento de los montes de la Marina, a la que se le entregaba el control de las áreas boscosas a 25 leguas de las costas y ríos navegables[8].

 

“Toda la costa de ambos mares hasta cuarenta leguas a barlovento y sotavento de este puerto, y seis de fondo en la del norte, y hasta veinte en la del sur desde el surgidero de Batabanó, sin fondo señalado, porque en la distancia importa conservar toda la madera que hubiere en el poco ancho de la Isla”[9]. Así se regula en el recién cuerpo legal aprobado, todo lo cual preservaba los bosques del litoral Habanero desde un altitud a la otra para las talas para los astilleros y realizar los envíos de madera a la metrópolis.

 

Las Ordenanzas delimitaba los aprovechamientos forestales en la zona marítimo terrestre. La Real Orden prohibía el corte de árboles sin licencia, incluidos el sabicú, el chicharrón, la yaba, el ocuje, el guayacán y el roble. También se restringía a la obtención de licencias para abrir sitios para los ingenios o los cultivos. Se obligaba además, a los que cortasen árboles a plantar en su lugar “cuatro estacas de los renuevos del mismo árbol arrimado en su tronco y se prohibía cortar cedros que no pudieran dar la toza limpia de tres cuartos y el derribo de palmas por ser sus frutales convenientes para alimentar cerdos, y sus ramos para diversos usos”[10].

 

Los intereses azucareros prevalecerían sobre la hegemonía de la Marina. Como se habíamos adelantado. Se produce para 1815 un momento propicio con la Revolución Haitiana y la consecuente expansión del azúcar en Cuba. Los inicios de la mecanización, el liberalismo económico y el empleo de la esclavitud producen una acelerado industrialización y, por tanto, una necesidad de expandir los territorios para la producción azucarera. Grandes extensiones de bosques son derribados y utilizados en las nacientes carderas de vapor, empleándose maderas de todo tipo, incluidas las existentes en las costas por su dureza en la construcción de los ingenios y para leña para combustibles.

 

En esos momentos, el derecho de propiedad fue sancionado con la Real Cédula del 16 de julio de 1816 que reconoció las mercedes de tierras concedidas por los cabildos hasta 1729 como títulos legítimos de dominio, disminuyendo la superficie boscosa de 409 825 caballerías en 1846 a 250 845 caballerías en 1862. Como consecuencia se inicia en Cuba los primeros intentos para la implantación de una administración forestal. Se formaron los primeros ingenieros forestales y en 1876 se promulgaron las Ordenanzas de Montes para Cuba y Puerto Rico.

 

En tal sentido, el naturalista Rodríguez Ferrer publicaba en Madrid la obra “Naturaleza y civilización de la grandiosa Isla de Cuba”[11], donde expresaba que “los aprovechamientos forestales habían quedado al capricho de las necesidades pasajeras, o convertidos en un objeto de permanente lucro y de vandálica especulación”, que “sobre el interés conservador de los montes está el interés más inmediato del azúcar…”

 

La sistemática sobre los montes cubanos a partir de la implantación de la República Neocolonial.


Se cree que, para el año 1900, solo existía en Cuba el 50% de los extensos bosques de los que se admiraban el Almirante y Bartolomé de Las Casas. Esta fue una etapa en que, como consecuencia de los grandes impactos de la Primera Guerra Mundial sobre la deforestación de nuestro país se produjo la reactivación en la legislación forestal, aunque todavía continuaría por muchos años la Ordenanza de Montes de 1876 como la ley fundamental. Sucesivos decretos y leyes complementarias intentaron modernizarla y dar respuesta a los serios problemas ocasionados por la intensa deforestación desde los inicios de la República.

 

Para el 23 de diciembre de 1922, se dictó el Decreto No.1887 “Ordenación de los montes bajos del Estado”, el cual regulaba las bases a las que debían quedar sujetos los proyectos de ordenación forestal en los Montes del Estado. En tal sentido, dispuso la extracción de mangle prieto, patabán y yana  en veinte años para los Cuarteles de corta, “siendo de cuarenta años dicho turno en los Cuarteles donde la especie dominante sea el mangle colorado”[12]. El 1 de marzo de 1923 se promulgó el Decreto Ley No.318 que regulaba los cortes en yanales públicos y, en la propia fecha se dictó el Decreto No.323 “Montes protectores al sur de Batabanó, el cual prohibía terminantemente “todo aprovechamiento forestal”[13].

 

Interesante resulta el Decreto Ley No.753 del 24 de mayo de 1923 el cual reglamenta el régimen de los montes protectores y reservas forestales al cual, se le imprimió fuerza y carácter de Ley, quedando las sanciones por infracción del mismo, reguladas en el artículo 578 del vigente Código de Defensa Social en esa época. En este decreto ley se da una avanzada definición al conceptualizarse el término de Montes Protectores, estableciéndose en su artículo 4 que son los que se encuentran en la cuenca de recepción de los torrentes y los que por su situación evitan las influencias climatológicas perjudiciales, aludes, los arrastres de piedras, los desprendimientos de tierras o las alteraciones considerables en el régimen de las aguas”[14].

 

En la propia supramencionada norma, es impresionantes como ya en esa etapa, donde los avances de la ciencia y la inexistencia aún del Derecho Ambiental, como rama autónoma del derecho, se consideraba a los montes propiedad del Estado como de interés general y de utilización pública y la obligatoriedad de la repoblación forestal de esos montes y de los particulares, “cualquiera que sea el dueño siempre que por su situación se hallen en uno de los casos siguientes: (...)formación de dunas, los que sanean los parajes pantanosos, los manglares y patabanes situados en el litoral de la Isla en donde se reproducen la ostras”[15].

 

El importante decreto ley al que venimos haciendo referencia en los párrafos anteriores, sorprende a cada momento y continua regulando cuestiones tan importantes como la explotación, por parte de los particulares, de los montes pero sujetos a un plan aprobado y controlado por el Ministerio de la Agricultura. Se implementa la expropiación forzosa por utilidad pública al propietario que no quisiera repoblar, por su cuenta, un monte enclavado en la zona protectora. Se establecieron reservas forestales. La obligatoriedad de las repoblaciones por parte del Gobierno, Corporaciones y particulares de los montes protectores del litoral y diversas disposiciones penales para los infractores de este reglamento, estableciéndose multas y decomisos y el destino de estas.

 

Otras normas legales se dictaron en la década de 1920 para la conservación de los montes protectores del litoral como el refugio de la pesca y la caza de la Ciénaga de Zapata, la protección del este de la Isla de Pinos, etc. Los decretos de la citada época cumplían con las aspiraciones de todas las “naciones progresistas” que habían puesto limitaciones al antiguo derecho de los dueños de montes para talarlos y arrasarlos completamente[16]. El Decreto 318 del año 1923 prohibió la tala del Cornocarpus erectus (yana). El citado Decreto 1434 del año 1923 dictó los requerimientos para el establecimiento de fronteras entre las zonas marítimas y terrestres en áreas de mangle rojo. El Decreto 1358 del año 1924 declaró las islas de origen coralino y los arrecifes coralinos como áreas protegidas en las que está prohibida la explotación de la vegetación.

 

Importantes normas legales de esta época son las que introducen la figura jurídica de los “Montes Protectores” conferida a áreas de características ecológicas cuya perturbación o desequilibrio podía desencadenar la evolución catastrófica de los ecosistemas locales, por ejemplo el referido Decreto 1358, de fecha 2 de octubre de 1924, que reguló como “Montes Protegidos” los que existían en los cayos: Aguas Mulatas, Rabihorcado, Matías y Ratón, pertenecientes a la cayería del Este de la Isla de Pinos (actual Isla de la Juventud), frente al guayabo, en los cuales quedaba prohibido todo aprovechamiento forestal[17].

 

En Cuba se hacía necesaria una protección urgente para sus montes por la intensa deforestación que se había producido desde la reivindicación de los derechos de dominio de los propietarios y elevada de forma despiadada en los años de 1915 a 1920, lo cual disminuyó en os primeros años de la década de 1920, pero que volvía a resurgir por el alza de los precios en el mercado del azúcar. Se criticaba intensamente las facultades omnímodas otorgadas a los terratenientes en la Ordenanzas de Montes de 1876.

 

Las normativas posteriores a 1920 significaron que después de un siglo de libertad para las talas se comenzaba a poner límites a la propiedad particular, aunque ninguna de esas normas se opuso definitivamente al auge de la industria azucarera, lo cual ha sido la causa histórica de la deforestación en Cuba. El 13 de abril de 1926 se emitía el Decreto No.495 que dispuso la prohibición absoluta de hacer talas en los montes altos del Estado o de particulares, pero esta norma no favorecía a los montes bajos, los cuales continuaba depredados para carboneras para la Armada Norteamericana establecido en el apéndice constitucional Enmienda Platt. La pobreza en las zonas costeras, las cuales no eran aptas para cultivos, tenían que dedicarse a otras actividades que destruían los manglares y dunas y se drenaban los humedales para mejorar los cultivos[18].

 

Solo se recuerda en momentos posteriores, al Decreto-Ley 1597 de fecha 4 de agosto de 1954, el cual prohibió autorizar o realizar todo aprovechamiento, explotación o extracción de arena marina de depósitos en el fondo del mar en la zona que detalla y declara “Montes Protectores”, los que existían en los cayos nombrados: Piedra, Chalupa, Diana, Romero, Macho y Blanco, en la Bahía de Cárdenas, provincia de Matanzas, quedando prohibido los aprovechamientos forestales[19].

 

Como consecuencia, se producía una avanzada salinización de los suelos, lo cual viajaba hacia tierra adentro y afectaba la agricultura y a la propia producción del azúcar. La avifauna se vio muy afectada y se condujo a una sensible disminución de biodiversidad, desapareciendo especies de forma definitiva de nuestro catálogo[20]. La ordenación jurídica de la década de 1920 fue importante y esperanzadora, pero la reacción había llegado un poco tarde. En los años posteriores hasta el triunfo de la Revolución Cubana en 1959, se hizo muy poco por revertir el daño causado por la industria azucarera y otras actividades agrícolas e industriales durante siglos de dominio colonial y neocolonial.

 

Tratamiento de los bosques de litoral después del año 1959.


En Cuba, dada su condición de insularidad, el ecosistema de manglar tiene una gran importancia económica, ecológica y estratégica, ocupando el 4,8% de la superficie del país. El archipiélago cubano, con una extensión de 110922 km2, está formado por la Isla de Cuba, la Isla de la Juventud y un sinnúmero de cayos e isletas, lo que aumenta sensiblemente la extensión de las costas y la importancia de los manglares[21]. Los manglares cubanos ocupan de manera general las costas biogénicas, acumulativas, cenagosas y con esteros, donde el efecto de las mareas y los escurrimientos de agua dulce determinan su presencia; y constituyen una reserva forestal muy valiosa, representando el 26% de la superficie boscosa del país y conformando extensas masas boscosas; ocupando por su extensión, el noveno lugar en el mundo, están entre los de mayor representación en el continente  americano  y  ocupan  el  primer  lugar  entre  los  países  del  Caribe.

 

Los  bosques  de  mangles  constituyen  una  parte  importante  de  los  humedales costeros,  con  importantes  funciones  ecológicas  dada  la configuración  larga  y  estrecha  de  la  isla  de  Cuba  y  la  gran  representatividad de  las formaciones cálcicas, así como el resto del Archipiélago Cubano.

 

“En fecha tan temprana como febrero de 1959 y tras el triunfo revolucionario, se crea el Departamento de Repoblación Forestal del Ejército Rebelde, adscrito al Ministerio de Defensa, mediante la Ley No 100, comenzaba a desarrollarse así la política de protección y desarrollo del deteriorado patrimonio forestal cubano”[22].  La Ley de Reforma Agraria del 17 de Mayo del año 1959, dispuso en su artículo 55, que el Estado reservará, en las tierras de su propiedad, áreas de bosques y montes necesarios para parques nacionales, con el objetivo de mantener y desarrollar la riqueza forestal y cuidarán la conservación de los suelos al realizar sus cultivos, así como que las violaciones de la Ley implicarían la pérdida de la propiedad otorgada gratuitamente por el Estado.

 

En 1976 se crea el Ministerio de la Agricultura (MINAGRI) como continuador en el marco institucional del INRA, el cual realiza sus actividades en 22 ramas de la economía nacional, dirigidas esencialmente al incremento de la producción agropecuaria y forestal. Al amparo del marco constitucional desde el 24 de febrero de 1976 se preceptúa la obligación derivada de la existencia del Estado soberano para la protección del medio como el ejercicio del deber ciudadano de la protección de los recursos naturales.

 

Las Leyes y el precepto enunciado, dieron vida jurídica a lo señalado por Fidel cuando al proyectar el programa agrario de la Revolución en el poder expresaba: “plantando enormes viveros y reservando zonas para la repoblación forestal” [23].

 

En 1981 se dicta la Ley No.33 “De Protección del Medio Ambiente y del Uso Racional de los Recursos Naturales”. Esta norma estableció principios y preceptos básicos para la protección del medio ambiente, sentando las bases para el desarrollo del ordenamiento jurídico nacional en esta materia. A pesar de esta profusa normativa, no se aprecia un tratamiento específico a los bosques protectores del litoral y a los sistemas de manglares que se incluyen en esos ecosistemas. No es hasta la celebración en 1992 de la Cubre de Río de Janeiro que en Cuba comienza una preocupación por el desarrollo sostenible y la elaboración de la bases legales necesaria para la implementación de los instrumentos jurídicos internacionales aprobados en la citada cumbre.

 

Como consecuencia de la magna cita, se dictan en Cuba una serie de disposiciones legales que, si bien no están dirigidas exactamente a la regulación de los bosques protectores del litoral, este término se veía preceptuado en muchas de ellas formando parte de las esferas específicas que en ellas se sistematizaban. En primer lugar, la Ley No.81 de 1997 “Ley del Medio Ambiente”, estableció el marco institucional apropiado, donde en su artículo 105 se refiere que, el Ministerio de la Agricultura, en coordinación con el Ministerio de Ciencia, Tecnología y Medio Ambiente, regulará la gestión de los manglares u otra vegetación en los cayos, canalizos, ensenadas, caletas y zonas costeras, a orillas del mar, en la desembocadura de los ríos y otros lugares que puedan servir de refugio a recursos pesqueros y demás recursos marinos y de protección a otros recursos naturales.

 

Con esta declaración, quedó claro que el Ministerio de la Agricultura tendría la misión de regular la protección de los bosques del litoral con sus manglares. En tal sentido, el 21 de julio del año 1998 se dictó la Ley No.85 “Ley Foresta” en la cual se establece en el Capítulo IV la clasificación de los bosques[24], disponiéndose en su artículo 15, inciso b) que, los bosques de protección son aquellos cuya superficie debe          ser conservada permanentemente  para  proteger  los  recursos  renovables  a  los  que  estén  asociados,  pero que,  sin  perjuicio  de  ello,  pueden  ser  objeto  de  actividades  productivas  prevaleciendo siempre su función reproductora. En el artículo 18 se expresa que los  bosques  protectores, de acuerdo  con  sus  funciones  esenciales,  se categorizan en: Bosques Protectores de las Aguas y los Suelos y Bosques Protectores del Litoral.

 

Así mismo, el artículo 20 establece que los Bosques Protectores del Litoral son los situados a lo largo de las costas de la Isla de Cuba, la Isla de la Juventud y en los cayos adyacentes en toda su extensión[25]; su función principal es la protección contra el viento, inundaciones costeras por penetraciones del  mar,  intrusión  salina,  para  la  defensa  del  país  y  los  que  contribuyen  en  general  a  la conservación de los ecosistemas costeros.

 

También tienen gran importancia como refugio y reservorio de especies de la fauna terrestre marina. Por su parte, el artículo 21 preceptúa que, en las zonas declaradas bosques protectores no se podrán efectuar actividades que ocasionen la eliminación permanente de la vegetación. En estos bosques no se permiten talas de explotación. Los manejos silvícolas se realizarán con el objetivo de mejorar el hábitat de la fauna silvestre, de acuerdo con el plan aprobado para cada área.

 

En cuanto al manejo forestal, en la propia ley se obliga a la forestación y reforestación en los terrenos que forman la faja forestal del litoral. En el Capítulo IV de la Resolución No.330 de 1999 “Reglamento de la Ley Forestal” del Ministro de la Agricultura se regula que l ancho de las fajas forestales costeras será de no menos de 30 metros a partir del punto máximo del flujo y reflujo normal de las mareas, cuando no exista un estudio técnico específico para las condiciones de cada lugar.

 

En las fajas se podrán realizar talas de aprovechamiento, cuando se trate de árboles que han alcanzado su fase de maduración, en que la tala selectiva  individual será autorizada por el Servicio Estatal Forestal Municipal. También se podrán efectuar cortas sanitarias debidamente autorizadas. La  forestación  y  reforestación  de  las  fajas  forestales  es  responsabilidad  de  los administradores o tenentes de las áreas en que están ubicadas, para lo cual elaborarán el programa correspondiente el cual será aprobado y controlada su ejecución por el Servicio Estatal Forestal Municipal.

 

Como se observa, no se presenta en la legislación forestal un manejo integrado de los bosques protectores del litoral. Preceptiva solo se dedica a manejos forestales muy simples que no incluyen los bosques naturales. No se brinda una reglamentación adecuada para el manejo de la biodiversidad conexa a los bosques del litoral, dígase, además de la flora, el resto de los valores genéticos, fitogenéticos, animales, hongos, así como la interrelación con los elementos abióticos que configuran las costas y sus manglares como un ecosistema interrelacionado, como una unidad sistémica.

 

En relación a lo planteado, el Reglamento de la Ley Forestal[26], presenta en su Artículo 120 que, el Instituto de Investigaciones Forestales elaborará en un término de 180 días a partir de la vigencia del presente Reglamento, el Proyecto de Regulaciones para la reproducción, manejo y conservación  de  las  especies,  procedencias,  individuos  o  genes  comprendidos  en  los  recursos genéticos forestales del país, el cual presentará a la Dirección Forestal, la que una vez revisado lo someterá a la consideración y aprobación del Ministerio de Ciencia, Tecnología y Medio Ambiente.

 

En tal sentido, este precepto quedó como una propuesta formal, toda vez que, nunca se ha emitido en nuestro país alguna regulación que contemple, de manera integral, la biodiversidad forestal. La Ley Forestal fue promulgada, posterior a la existencia del Decreto Ley No.136 de 1993 “Del patrimonio forestal y fauna silvestre y sus contravenciones”, el cual tiene entre sus objetivos principales establecer las regulaciones generales para la protección, la conservación, el desarrollo sostenible, el incremento y el uso racional de los bosques y la fauna silvestre, así como de los árboles de especies forestales que se localicen fuera de las áreas del patrimonio forestal; y controlar los recursos del patrimonio forestal y faunísticos a través de las regulaciones establecidas.

 

Con la puesta en vigor de la Ley Forestal, el Decreto Ley No.136 solo quedó para regular la fauna silvestre, por lo que se produjo una mayor desintegración de la protección sistémica de los bosques como un todo único. Esta situación afectó al manejo integral de los bosques del litoral al quedar divida la regulación legal en dos cuerpos normativos.

 

Otro norma legal que incide de forma indirecta sobre los bosques protectores del litoral resulta el Decreto Ley No.201 “Del Sistema Nacional de Áreas Protegidas” de fecha 23 de diciembre de 1999, donde el objeto del presente Decreto Ley, es el de establecer el régimen legal relativo al Sistema Nacional de Áreas Protegidas, lo cual incluye las regulaciones del ejercicio de su rectoría, control y administración, las categorías de las áreas protegidas, su propuesta y declaración, el régimen de protección y el otorgamiento de las autorizaciones para la realización de actividades en dichas áreas.

 

En su artículo 2 se define que, las áreas protegidas son partes determinadas del territorio nacional, declaradas con arreglo a la legislación vigente, e incorporadas al ordenamiento territorial, de relevancia ecológica, social e histórico -cultural para la nación y en algunos casos de relevancia internacional, especialmente consagradas, mediante un manejo eficaz, a la protección y mantenimiento de la diversidad biológica y los recursos naturales, históricos y culturales asociados, a fin de alcanzar objetivos específicos de conservación y uso sostenible.

 

Como se observa, esta norma requiere de un manejo integrado del área, donde se presenta un desarrollo sostenible en armonía con todos los elementos que forman parte del medio ambiente. Solo que esto sistemas se aprueban en sitios de relevancia ecológica, social y cultural. Con este concepto, entonces todas las áreas que forman el medio ambiente no tienen igual importancia, es decir, resulta que en 200 km de litoral puede existir, según este decreto ley, bosques de importancia ecológica y el resto pueden tener menos importancia. Esta es, por supuesto, una definición antropológica. No es posible proteger algunos espacios y otros no en virtud de conceptos éticos y estéticos de la humanidad. Pareciere que el principio del Derecho Ambiental del deber de conservar la biodiversidad por su valor per se careciera de vigencia para esta actividad. Lo correcto sería que existiera un desarrollo sostenible en todo el territorio bajo los principios de las áreas protegidas.

 

Finalmente, el 8 de agosto del año 2000 se aprobó el Decreto Ley No.212[27] “Gestión de la zona costera” cuyo objetivo es establecer las disposiciones para la delimitación, la protección y el uso sostenible de la zona costera y su zona de protección, conforme a los principios del manejo integrado de la zona costera. En este cuerpo legal se define en su artículo 4, inciso b) que la costa baja de manglar es el área que comprende las extensiones de manglar asociadas con las ciénagas, esteros, lagunas costeras, y en general, los terrenos bajos que reciben la influencia del flujo y reflujo de las mareas, de las olas o de la filtración del agua de mar. Su límite hacia tierra está dado por la penetración máxima del bosque de mangle: Si apareciere vegetación de  ciénaga, el límite será fijado por el borde externo hacia tierra de dicho bosque. Por su parte el Artículo 6.1, inciso c) estable que, entre los componentes que integran la zona costera, se encuentran los recursos naturales vivos y no vivos contenidos en esta zona, incluyendo los bosques protectores.

 

El Decreto Ley 212 es una importante norma que resulta integradora en cuanto a los límites de la zona, sus usos y las prohibiciones que existen sobre esas áreas, así como las autoridades responsables y aquellas que inciden en las costas. No obstante no se refiere a las facultades otorgadas por la Ley del Medio Ambiente al Ministerio de la Agricultura en cuanto a salvaguardia de los manglares que forman parte de los bosques protectores del litoral ni se encuentra entre las citadas autoridades responsables refrendadas en el Capítulo II.



[1] Colectivo de Autores. Bosques de Cuba. Editorial Científico Técnica, La Habana, 2011, pp.4-5.

[2] PM. Martínez Flores, María Magdalena,  MSc. Hernández Riquene, Andrés, MSc. Caballero Landín, Liliana. Análisis espacial de la degradación de manglares usando técnicas de sistemas de información geográfica y sensores remotos. Memorias del DEFOR 2002.

[3] PM. Martínez Flores, María Magdalena,  MSc. Hernández Riquene, Andrés, MSc. Caballero Landín, Liliana. Análisis espacial de la degradación de manglares usando técnicas de sistemas de información geográfica y sensores remotos. Memorias del DEFOR 2002.

[4] Eds. Aguilar, Grethel; Iza, Alejandro. Manual de derecho ambiental en Centroamérica. Editorial UICN - ORMA / Centro de Derecho Ambiental, 2005, pp.282.

[5] CCAD. Política centroamericana para la conservación y uso racional de los humedales. Editorial CCAD, UICN. Área Temática de Humedales, Agua y Zonas Costeras para Mesoamérica, Programa de Derecho Ambiental, 2002, pp.18.

 [6] Dr. Funes Monzote, Reinaldo. De los bosques a los cañaverales. Una historia ambiental de Cuba. 1492-1926. Editorial de Ciencias Sociales. La Habana, 2010, pp.35.

[7] Ibídem, pp.47-48.

[8] Ibídem, pp.57.

[9] AGI, Cuba, 1964. Real Orden de octubre 8 de 1748.

[10] Dr. Funes Monzote, Reinaldo. De los bosques a los cañaverales. Una historia ambiental de Cuba. 1492-1926. Editorial de Ciencias Sociales. La Habana, 2010, pp.58-59.

[11] Ibidem, pp.281

[12] Sánchez Roca, M. Leyes administrativas de la República de Cuba y su jurisprudencia. Ed. Lex. La Habana, 1942, Materia Sexta “Legislación de Montes y Caza”, pp.47. 

[13] Ibidem, pp.55.

[14] Ibidem, pp.57.

[15] Idem, pp.57.

[16] Sánchez Roca, M. Leyes administrativas de la República de Cuba y su jurisprudencia. Ed. Lex. La Habana, 1942, Materia Sexta “Legislación de Montes y Caza”, pp.395-396. 

[17]Caraballo Díaz, Yamilka. Tutela jurídica del ecosistema del manglar en cuba. Centro de Información, Gestión y Educación Ambiental CITMA.

[18] Cosculluelas. J. A .4 Años en la Ciénaga de Zapatas. Comisión Nacional Cubana de la UNESCO. 1965.

[19] Caraballo Díaz, Yamilka. Tutela jurídica del ecosistema del manglar en cuba. Centro de Información, Gestión y Educación Ambiental CITMA.

[20] Álvarez Conde, José. Historia de la Zoología en Cuba. Junta Nacional de Arqueología y Etnología. La Habana, 1976

[21] Colectivos de Autores. Ecosistemas de manglar en el archipiélago cubano. Editorial Academia de Cuba, pp.3.

[22] MSc. Pousa Sañudo, Noel. Desarrollo forestal Sostenible. Tratamiento en el ordenamiento jurídico cubano. Editorial Academia Española. Saarbrucken, 2012, pp.119-125.

[23] Dr. Castro Ruz, Fidel, La Historia Me Absolverá, Autodefensa por los Sucesos de Moncada (1953)

[24] Dirección Forestal. Ley Forestal, su reglamento y contravenciones. Servicio Estatal Forestal. La Habana, 1999.

[25] Dirección Forestal. Ley Forestal, su reglamento y contravenciones. Servicio Estatal Forestal. La Habana, 1999.

[26] Dirección Forestal. Ley Forestal, su reglamento y contravenciones. Servicio Estatal Forestal. La Habana, 1999.

[27] Borrero Campos, Onellys. Derecho y medio ambiente. Ecosistemas costeros: su importancia y tutela jurídica. Editorial Pablo de la Torriente. La Habana, 2012, pp.75-90.

SANTA CLARA, CÁNTICOS AL PADRE Y LA MADRE

SANTA CLARA, CÁNTICOS AL PADRE Y LA MADRE

Por José Osvaldo Saavedra Olivera


Desde Madrid escribe mi amigo, hermano, también un fabuloso cibernético, documentalista y buscador de las bellezas naturales.

 

Quiero compartir, aunque pasó dos días, el encuentro de ese hurgador de historias íntimas, con los lectores.

 

Tal vez, y estoy seguro, luego de terminar mi libro de ensayo Ciudades en pugnas (Premio Fundación de la Ciudad de Santa Clara, 2014), no concordar en sus puntos de vistas. Ya escribiré los míos, y casi seguro, hablaremos sobre idénticas nostalgias y misterios proporcionados por el tiempo y la corrosión impuesta por otros en la desatención al patrimonio histórico de una localidad: la nuestra. 

 

Tal vez denomine con mayores aciertos a Santa Clara, en el centro de Cuba, una ciudad de Telarañas, desde que surgió como pueblo el 15 de julio de 1689 luego del desprendimiento “despótico” de San Juan de los Remedios, pero prometo mayores respuestas. No obstante, vale la apreciación nostálgica de Saavedra.


 

Hoy cumple trescientos veinticinco años mi amada ciudad, donde hace unas décadas me dejó una cigüeña en brazos de mi madre. Al menos eso fue lo que me contaron en mi niñez. Y yo que me lo quise creer.

 

Ahora lejos de allí, desde Madrid, la ciudad que por leyenda urbana, todos dicen está muy cerca del cielo, siento el deseo de dedicarle unas letras a mi Santa Clara añorada.

 

Hace ya unos años, cuando creo cumplía sus trescientos, en una tarde muy linda, desde la loma del Capiro, quise yo dedicarme una encomienda para con mi ciudad. Desde allí aun con mis sueños de niño, - aun mi niño vive en mí -, deseaba empeñarme en dedicar algo de mi vida, simple y ligera, a la ciudad que me vio crecer, no mucho de tamaño, algo más de espíritu.

 

Siento desde la distancia que aún le debo algo, pues todo lo digna y sencilla que puede ser mi vida, se la debo a mi familia y amigos, que allí tuve, que algunos también aún lejos piensan siempre en Santa Clara. Y a otros tantos, los más, que viven allí.

 

No sé si será mucho, contar y hablar de mi ciudad, cuando viajo y ando por otras tierras.

 

Sólo sé y puedo decir, o más bien repetir una frase que leí en una carta reciente, que recibí de mi madre y citó mi padre.

 

Decía mi padre cuando se le convidaba a viajar que pare él la capital del mundo es el Parque Vidal de Santa Clara.

 

Quiero hoy que todos los que reciban este correo, sientan esa pasión, amor y admiración, que siente un anciano como mi viejo, por esa ciudad tan mágica que es Santa Clara.

 

Gracias Papi, tú me enseñaste la aventura, tú me llevaste de la mano por toda Cuba. Y si el deseo de conocer el mundo prendió en mí, creo en gran medida te lo debo a ti y a la libertad y motivaciones que enseñó también mi madre para que “la maldita circunstancia del agua por todas partes” no frenara mi vida.

 

Pero más que todo, por la suerte de saber que la felicidad se busca y se encuentra en el camino. Pero nace en tu ciudad, en tu lugar en el mundo, y nos acompaña donde quiera que estemos, sólo hay que sentirla y vivirla.

 

Hoy quiero sentir que mi padre es feliz, allí en su Parque Vidal, en su Santa Clara querida.

 

Sientan hoy también ustedes eso mismo.

 

Saavedra desde Madrid

 

15 de julio de 2014

CUBA, LA PARRANDA EN SIGNOS

CUBA, LA PARRANDA EN SIGNOS

Por: Ernesto Miguel Fleites


El hombre de la calle es, sin dudas, la persona que más nos inquieta a quienes investigamos y escribimos sobre el folclor y la cultura de los pueblos y Manuel Martínez Casanova lo deja claro en su artículo La confrontación divertida y mucho más cuando dice que Las fiestas populares tradicionales resultan siempre una de las formas más significativas de la expresión del alma de los pueblos.

 

La Parranda de la región central del país no escapa a esta definición. El alma del parrandero, ese ente del populacho cubano que vive y se desvive por ella, es divertida y mucho más.

 

En el centro del país, ese hombre de la calle, parrandero y divertido, es uno, múltiple y contradictorio, que no solo está de acuerdo y en desacuerdo, simultáneamente, acerca de una misma cosa, sino que discute rabiosamente consigo mismo sin llegar nunca a una conclusión definitiva, pero es además,quien sostiene en sus hombros el fenómeno cultural que abordamos en el número 66 de Signos y que puede aplaudirme o refutarme a la vez las palabras que estoy dejando escritas en la presentación de la revista.

 

Puede que por mi propia acera aparezca hoy ese hombre de la calle y me dé palmaditas en los hombros, porque la satisfacción se apoderó de él al escucharme decir “menos mal que ya escribieron sobre parrandas ya que es injustificable que un fenómeno cultural de tal envergadura haya tenido que esperar 66 números y más de 40 años para ser reflejado en las páginas de Signos” o puede que con la misma se cambie para la acera contraria y transitando a la inversa de mis pasos me endose unas palabrotas en la cara luego de enumerarme que la parranda es mucho más que once trabajos, casi todos de Remedios, y una serie de fotos también de Remedios y Chambas, sin siquiera detenerse en el estudio del fenómeno, en plazas de suma valía como Camajuaní, Zulueta, Vueltas, Zaza del Medio y Guayo, por solo citar unas pocas.

 

Lo cierto es que ya el número de Signos anda suelto por las librerías de la región, y lo hace teorizando en un fenómeno que merece ser plasmado desde todas las vertientes socioculturales, y que, de igual forma, merece mucho más que 150 páginas de un número de esta revista porque a decir de René Batista Moreno, la Parranda es folklore de espectáculo y como espectáculo al fin, ha llegado a minimizar el folklore auténtico de nuestro pueblo.

 

Sin embargo, con lapesadumbre de no respirar como otras veces el vaho feijosiano que esperaba y hombre de la calle de por medio caminando a mi inversa por la acera contraria, considero incuestionable el valor antropológico del número. Manolito propone en el inicio un trabajo donde va armando, a modode un rompecabezas, la historia misma de la parranda desde el surgimiento. Son piezas que van encajando en el paisaje que recrea, como auténticas carrozas que lucirán sus mejores galas en una medianoche de delirios y pasiones.Quizá con el mismo esquema Rafael Farto Muniz la saca un poco del claustro sanjuanero para adornar con ciertas bambalinas las que se desarrollan en Caibarién y Camajuaní, pero que no van más allá de la visión parcial de un remediano de pura cepa.

 

Méritos aparte merecen los trabajos de Giley Durán Castellón: La parranda remediana. Ciudad Vs arquitectura efímera,Isnel Pérez Álvarez: La música en las parrandas. Distinción musical de las parrandas remedianas y Manuel López Martínez: Una suite sobre las Parrandas de Remedios. Son tres propuestas muy bien diseñadas que reafirman los estudios sociológicos de Jorge Ángel Hernández Pérez cuando asegura que De este folclore forman parte las artes plásticas, la música, el teatro, la literatura, la danza,la arquitectura y la pirotecnia como elementos competitivos fundamentales, con artes de imitación y pedrería miméticas desde el momento mismo de seleccionar el tema que se quiera representar, hasta que se lanza a la calle como mercancía de gran consumo.

 

Jesús Díaz Rojas y María Aleyda Hernández Suárez: Gallo o Gavilán; que no acabe el dilema y René Batista Moreno: Los funerales de un parrandero mayor ponenesa dosis del sabor feijosiano que las páginas de Signos ha venido regalándole a sus lectores en estos últimos tiempos. Lo folclórico es mucho más que las anécdotas que regalan estos dos trabajos. Es ese sabor que desde la lectura misma uno puede degustar sobre el hecho que se representa y en ellos se puede apreciar en toda su magnitud.

 

Sulma Rojas Molina ofrece un artículo necesario. Es la bondadosa labor de hacer que perdure una pasión, de poner a nuestros pies la quimera del recuerdo, la historia en carne viva de lo que seguirá siendo, de mantener en vilo la tradición, de encubar el calor con que siempre fue acogida…El Museo de las Parrandas Remedianases la permanencia misma. Inaugurado en 1984 para la promoción y conservación del Patrimonio de la Cultura Popular Tradicional, y situado muy cerca de la plaza central de la ciudad, cuenta con siete salas de exposición permanente. La síntesis y las fotos que Sulma propone al lector son de excelentes facturas.

 

Chambas y su Parranda llegan en las plumas de Dunia Eduvijes Jara Solenzar y Jaime Sarusky. La parranda chambera: símbolo y vida de un pueblo transita por un formato similar, en síntesis ymuy bien logrado, al que Miky Martín Farto plantea en su libro de parrandas. Es casi el mismo rompecabezas usado por el doctor remediano. El trabajo de Sarusky: Secreto y pasión de las parrandas, aborda el desarrollo del fenómeno en los poblados de Chambas y Punta Alegre con el único argumento de describirlos y compararlos. Cada una de estas propuestas nos posibilita conocer las similitudes y diferencias que se presentan en losdistintos asentamientos poblacionales y nos da también una visión más abierta del hecho cultural.

 

Las fotos de Adalberto Roque en Oficio de parranderos recrean la secuencia de todos los momentos del desarrollo parranderil, aunque considero que pudieron ser ubicadas de otra manera. La buena resolución y el manejo adecuado de la luz y el lugar, le permite exponernos con sumo balance un dossier logrado.

 

Dejo para último la cubierta. Es un logro total. Marbelis Marrero Fleites supo darle, con rasgos sencillos y precisos, el toque popular y feijosiano que la revista ha venido exponiendo.

 

Así concluyo, pero qué nadie imagine el fracaso dela actividad. Sé que se desarrolla en unahora atravesada, quizá sobre una rebanada de vida sin ton ni son, sin otra justificación que la de obligarnos a perder un tiempo de los cuartos de final del mundial de fútbol, (puede quesea el partido completo), donde se desangran dos países latinoamericanos en busca de la gloria.

 

El vía crucis de Brasil y Colombia es también el mío. A muchos kilómetros de distancia crucificado estoy con el hombre de la calle a cuestas, pero, eso sí, ese vía crucis mío en la mitad de la tarde, transita sobre una revista Signos que puede tener mejor fortuna hacia la gloria, pues nos ha alegradocon la temática parrandera, nos ha propuesto seguir escudriñando, nos ha incitado a ser más serios y heterodoxos, más responsables y profundos para mantener intacto y en ascenso el prestigio bien ganado por la publicación. Ahora invito a ese hombre de la calle a bajarse de las aceras por las que ha caminado. Lo invito a tomar el medio mismo de la calle y viajar hacia el futuro. El tema de la parranda aún comienza a transitar por las páginas de Signos.

5 de julio de 2014

REMEDIOS, MANANTIAL DE PARADOJAS

REMEDIOS, MANANTIAL DE PARADOJAS

Por Luis Machado Ordetx


El misterio y la claridad inaudita descorren hacia el interior de la vetusta San Juan de los Remedios del Cayo, la mítica Octava Villa de Cuba, segundo asentamiento eminentemente español  —después de Baracoa—, surgida en la isla como hecho irrebatible.

Un nacimiento fermentado entre el odio y el clamor. No importa, incluso, el signo de cálculo que la ubicó en ¿1513, ó 1514 y 1515? El «origen y fundación es tan oscuro y nebuloso», aclaró José A. Martínez-Fortún y Foyo. Los historiadores ahora, más allá de dimes y diretes, irán, irremediablemente, a pesquisas  documentadas. Por el momento la última fecha es la legítima, pero quedan otros caminos...

Fue el «feudo de aquel colono tan acaudalado como imperioso», nombrado Vasco Porcallo de Figueroa.  Diría más: constituyó, como todos saben, la «Villa escondida», del intrépido capitán español que acompañó a Diego Velázquez hacia algunos sitios de la conquista, y optó por el pillaje o el delirio de cotos particulares.   

Aquellos Anales y Efemérides de San Juan de los Remedios y su Jurisdicción (1930), de Fortún y Foyo, son prolijos en datos que, incluso, amplían los pliegos de historias o leyendas. Es una poética singular de luces y sombras que se reproducen en los territorios más cercanos y propagados con el desgajamiento poblacional que llegó, por último, en 1689 al Pueblo Nuevo, Santa Clara.

Allí, en la Octava Villa, desde la primera hasta la última piedra, tienen un rostro profundo. Un legado inaudito  recuenta, cómo sus fundadores originarios se dividieron en “tres partidos”: unos pretendían establecerse en el Hato del Cupey, propiedad del párroco “exorcista” José González de la Cruz. Otro fue partidario del religioso Beneficiado Cristóbal Bejarano, interesado en el camino al oeste, a tierra firme. Los más, querían permanecer allí, sin “ningún cambio”, apegados a San Juan de los Remedios del Cayo.

En la “conjura”, los que quedaron en el sitio original, sufrieron mucho, y hasta murieron en el empeño por “salvar” lo propio, lo auténtico, lo natural. Era un “signo” de virtud, de desafío a los designios de otros “indianos”, o pillos, y de las embestidas de piratas, como aquel Jean David Nau, L’Olonnais, quien, con sus homólogos, asedió con frecuencia la comarca.

Los pobladores que decidieron sostener la unidad inquebrantable, aunque tuvieran que escabullirse a los montes próximos para evadir a los adversarios, prefirieron la tozudez como signo del triunfo. Sean aquellos o estos los  tiempos de la Santa Cruz de la Sabana de Vasco Porcallo, hasta San Juan de los Remedios de la Sabana del Cayo, o San Juan de los Remedios, y por último Remedios, hay lecciones históricas.

Lo recoge Martínez-Fortún y Foyo en toda explicitud. También  investigadores, de un modo u otro, apuntalan en ese ideal “de patria chica”, de identidad, letra irrevocable, como códice del medio milenio de existencia de un pueblo irrenunciable.

Las Memorias de la Sociedad Patriótica de La Habana (1840), recogen 104 fojas de un expediente que «siguieron los vecinos de S. Juan de los Remedios del Cayo, con morito de la pretendida traslación de aquel pueblo a la villa de Santa Clara» dirigido en 1691 a Diego Evelino de Compostela, Obispo de Santiago de Cuba, Jamaica y la Florida, y del Consejo del Rey de España. El suplicatorio también fue enviado a Antonio de Viana Hinojosa, Capitán General. Martínez-Fortún y Foyo se detiene en algunos de esos datos. Los reseña en magnitud. Configura en la transcripción los descalabros de la travesía de González de la Cruz hacia el Hato del Cupey, así como similar “pericia” económica del párroco Bejerano en su tránsito hasta Santa Fé, y luego a Santa Clara. Por último, resalta la voluntad de un pueblo por mantener su terruño de origen. 

El documento de las Memorias… es más rotundo, a pesar de significar que «está taladrado por la polilla y de tan mala y anticuada escritura que, […] será un manantial para nuestros sucesores que emprendan la grandiosa obra de coordinar la Historia del país». Elocuente. 

Allí, el 9 de octubre de 1690, a escaso un año de fundada Santa Clara, nueve mujeres, en su reclamo,  estampan sus firmas:  Maria Leal de Acosta, Encreciana de Rojas, Manuela de Rojas, Sebastiana Rodriguez, Maria de Castro, Isabel de Castro, Catalina Marques, Paula Diaz, Ana de Reynoso, «y otras, muchas que por no cansar a V.S. no ponemos», y ratifican que  en «la  presente ocacion nos hallamos en este lugar, patria nuestra, tan desoladas con tantos disgustos, penalidades y calamidades que aseguramos a V.S. Illma., que según el desconsuelo y penas que nos asisten, que no sabemos si estamos en este mundo o en el otro...»

El concepto «patria nuestra» martillea. Es la defensa a lo propio, lo inclaudicable. Hay voluntad de no cejar. Exponen que «nosotros que tenemos acá y dejamos el recurso que nos dejaron nuestros pasados, no tendremos allá de que valernos por quedar tan distante un parage del otro, y asi solo habremos de ir aperecer y pasar muchas necesidades, porque en aquellos contornos no se halla lo que en estos, y hoy vemos que los mudados están pasando la vida desdichadamente, porque aunque comen carne, la comen sin pan, que todos los días lo envían aquí a buscar […]  suplicamos a V.S.Illma., muy encarecidamente, y por el amor de Dios N.S. se sirva de tener piedad y caridad de estos pobres, dejándonos en nuestra quietud hasta que el tiempo y la providencia divina nos remedie en mejor forma en esta antigua población…» 

Ahí está Remedios: esencia que, de la desidia, tal vez el odio, brotó  en la virtud de pueblo forjado por aquellas piedras cimentadas por los padres fundadores de sucesos irrepetibles, como manantial de historias y paradojas. 

CARBONELL, EL ÚLTIMO DECLAMADOR CUBANO

CARBONELL, EL ÚLTIMO DECLAMADOR CUBANO

Por Luis Machado Ordetx

 

Acaba de fallecer Luis Mariano Carbonell Puyés (Santiago de Cuba, 26 de julio de 1923-Ciudad de La Habana, 24 de mayo de 2014), y una vieja entrevista periodística, tributa el recordatorio al Acuarelista de la Poesía Antillana, el Premio Nacional de Música y de Humor en Cuba. 


El texto es inédito, y sirvió para concluir el libro Ballagas en Sombra (Editorial Capiro, 2010). Aborda sus visitas a Santa Clara y los vínculos con Severo Bernal Ruiz, el Declamador Dilecto de Las Villas.



              «Ven, léeme un poema, una balada simple y cordial que   calme                 la intranquila sensación y disipe los febriles   pensamientos del día». 

 

                                                                            W. Lonfellow 

 

Colocar en la raya a un periodista es fácil: frecuentemente surge ese tipo de procedencias sin  establecimientos de jerarquías. Nadie escapa al buche amargo en una profesión que, a veces, los rapapolvos constituyen la hora exacta del mediodía. Similar actitud, no por petulancia,  tiene el «Acuarelista de la Poesía Antillana», el santiaguero Luis Mariano Carbonell Puyés, cuando evade a entrevistadores, diletantes y las cámaras fotográficas o de televisión en instantes en que aparecen colocadas fuera de estudios de filmación, en la calle o cuanto recinto familiar lo acoja.

 

Esa es su manera de ser, y requiere respeto. Afirmó que tal talante de “aparente” indiferencia obedece al poco gusto por las confesiones, sean o no nimias. La personal “distinción” la achaca a una rotunda timidez acompañada desde la infancia. Cree, incluso, que las revelaciones tienden a “malinterpretaciones”, y hasta chismes de poca monta. 



Por meses lo asedié. No lo niego. La vía telefónica, con decenas de llamadas al número 8306113, resultó la más afectiva. Hubo momentos de retrocesos, otros de esquivas, y siempre una expectación por tenerlo delante para una respuesta sosegada y diáfana sobre un tema particular. El interés periodístico-literario, lo determinó su vínculo fraterno y artístico  con Severo Bernal Ruiz, el declamador Dilecto de Las Villas. También abordaría, por supuesto, particularidades de las múltiples ocasiones  en la cual visitó esa ciudad, y el tropiezo con amistades, o presentaciones en los espectáculos artísticos programados en disímiles escenarios del centro de Cuba.

 

En uno de los intercambios, despojado de preocupaciones pedagógicas, tratamientos médicos, actuaciones y descanso hogareño, sabe Dios por qué, ofreció el contacto personal para el sábado 9 de junio de 2007, en horario puntual de la media mañana, en su vivienda de la calle 8, número 307, entre 13 y 15, del capitalino reparto Vedado, sitio donde reside desde que se estableció en La Habana a finales de la década de los años 40  del pasado siglo.Días antes cerró el compromiso y adujo el quebrantamiento de la salud: la entrevista quedó en el aire, colgada de un alfiletero; pero proseguí con el interés de tomarle confidencias. Insistí, mencioné lugares conocidos de Santa Clara; los teatros en los cuales antes intervino en la ciudad, y recordé  nombres de personas que lo atarían en la memoria.

 

Vino otra vez la historia de Bernal Ruiz, su amigo por más de cuatro décadas, y el pacto de silencio quedó roto.Era demasiado no tener en cuenta a aquel artista, y también la vida compartida en recados, cartas, citas telefónicas y búsqueda de repertorios comunes. Al final la  perseverancia periodística se impuso, y a pesar de los 280 kilómetros de distancia que separaban al declarante, todo resultó un momento provechoso.


El sábado 24 de julio, dos días antes de su onomástico, Carbonell, el mayor declamador cubano vivo, accedió a la entrevista. Gracias a los artilugios de una vieja grabadora estática y el auxilio del teléfono, dada la imposibilidad de una imprevista estadía en Ciudad de La Habana, la cinta magnetofónica registró su voz, y la esencia de un pedazo de media tarde singular en la cual los ademanes y gestos marcaron la inflexión de sus pronunciamientos amparados siempre por una  perfecta dicción. Tenía un modo rápido de hablar y pronunciar y las palabras tenían una cadencia definida. Todo fluyó como si la música viniera de adentro del artista, en una perfecta armonía expresiva, y ante cada pregunta obtenía una provechosa respuesta.

 

Antes, sólo en una ocasión tuve a Carbonell delante, frente a frente, tras la intervención artística en el teatro «La Caridad», de Santa Clara; instante en que el declamador  Bernal Ruiz lo presentó. Después leí referencias que desde Caracas hizo Sergio Pérez Pérez, y por supuesto, lo disfruto cuando participa en emisiones televisivas, en los cuales la audiencia y los cubanos lo reconocen como una Catedral en el arte de componer la oralidad de un poema, de una estampa popular, como denomina la síntesis de la poesía negra, afrocubana, mulata o antillana.Era fácil, obviando las contingencias, percibir la proyección, la gesticulación, y hasta la memorización de la respiración y la entonación de la voz de Carbonell, quien desinteresado se colocó a la espera de las preguntas y al aliento del espíritu.

 

El artista desengranó historias referidas a un amigo que por un tiempo largo, desde la soledad de una provincia del centro del país, compartió escenarios, intercambió puntos de vista del arte de la declamación y apuntaló los repertorios mutuos con textos que, en reiteradas fechas, cedieron con carácter especial algunos creadores empeñados en que ellos los divulgaran por teatros y auditorios radiales o íntimos.Domingo tras domingo, antes de agosto de 1989, fecha en que falleció Bernal Ruiz (1918), noche por noche  —solo interrumpidas por compromisos personales, presentaciones artísticas en Cuba o el extranjero—, desde la vivienda del jurista José A. Barrero del Valle —en Céspedes número 53, entre Maceo y Unión, en Santa Clara—, se escogía un momento de la visita para el diálogo telefónico entre los declamadores amigos: el santiaguero Carbonell Puyés y el villaclareño Bernal Ruiz.

 

Al residente en Santa Clara no le preocupaba caminar calles y calles; desoladas, a veces, y desafiar la lluvia o el frío para la puntualidad telefónica. Así lo testimonió Barrero del Valle, y también lo supe por conversaciones con Bernal Ruiz. Eran acontecimientos que, en este caso, posibilitaron el enfrentamiento amistoso —a pesar de cualquier impedimenta—, con el artista radicado en La Habana. Ahora, ¡claro!,  a partir de las declaraciones de Carbonell, estoy dispuesto a bosquejar una historia poco difundida en el intercambio de pormenores y la destilación del aprecio que primó entre ambos.


a partir de las declaraciones de Carbonell, delineó una historia poco difundida en el intercambio de pormenores y la destilación del aprecio que primó entre ambos.Como un torbellino llegaron las preguntas, y el otro apuntó algunas notas: ¿Cuándo se iniciaron sus relaciones afectuosas con Severo Bernal y qué recuerdos tiene de su persona?


— Fue en el año de 1945, estando yo todavía en Santiago de Cuba, y nos presentó, a través de carta primero, y después personalmente, Cuca Monteagudo, una villaclareña que era en aquel tiempo una especie de  maestra de ceremonias, de espectáculos, y también locutora, muy buena locutora, esposa de Mario Montes.

 

«Desde que nos conocimos, Severo y yo hicimos una gran empatía, y él me proporcionó muchos poemas. Yo le agradezco tantas cosas, y llegó a convertirse en una de las mejores personas en mi vida; y además era muy artista, muy buen recitador.«Después que yo debuté, y me hice profesional, iba muy frecuentemente a Santa Clara y me pasaba el día con él, y era uno de los mejores regocijos que podía disfrutar».


Dicen que usted en repetidas oportunidades insistió, al percatarse de las cualidades de Severo como recitador, para que él abandonara  Santa Clara. ¿Es verdad? 

 

 — Sí, muchas veces le aconsejé que viniera para La Habana. También lo hizo Onelio Jorge Cardoso. Aquí, por sus condiciones vocales y artísticas, tenía cabida, cosa que nunca pude conseguir, ni yo, ni tampoco muchos de sus amigos, incluido el poeta este ¿…?, ahora hablando seguido no me viene el nombre a la cabeza.¿Cuál de los poetas amigos: Raúl Ferrer, Enrique Martínez, Agustín Acosta, Gilberto Hernández Santana, José Ángel Buesa, y tal vez queden otros nombres…?


—No, fue Agustín Acosta, quien le escribió varias cartas a principios de los años 50, aunque en realidad todos se lo decían de una manera reiterada e insistente.«Le dije que saliera para La Habana, pero él nunca quiso desatender a su mamá, y a su casa. Era muy provinciano, aunque muy culto, muy preparado. Recitaba muy bonito, y él me nutrió de una gran cantidad de repertorio desde mucho antes que fuera profesional. O sea, desde que lo conocí en 1945. A veces, los poemas eran de recorterías de periódicos, como para hacer un álbum. Otras eran copias de textos de autores conocidos, sacados de libros, y en algunas ocasiones originales.

 

 «Después de eso me fui a Nueva York, y en los dos años que estuve allá, él fue también  a Nueva York, y la pasamos bien por allá. Él era una persona bondadosa, cariñosa, muy familiar, apegado a sus amistades. Por lo tanto, ahí tienes uno de sus grandes valores. Son virtudes, mejor dicho, que aprecio en el ser humano.

 

«Tal es así que lo nombraron Declamador Dilecto de Las Villas. Creo que fue allá por diciembre de 1942. Imagínese, todavía yo no había comenzado a recitar, y ya él, por su calidad, instrucción y cultura, tenía un soberbio reconocimiento. Esa labor hizo hasta los últimos momentos de su vida, porque fue de ciudad en ciudad, por todo Santa Clara, y por Estados Unidos y México. Era un maestro impresor, y jamás quiso deshacerse de su profesión, cosa que alternó con la recitación y ganó aplausos de respeto y admiración.

 

«Yo de Severo tengo el mejor de los conceptos, y puedo decirlo, casi uno de los mejores amigos de siempre. Cuando murió lo sentí muchísimo, por lo que ruego constantemente. Él también me presentó a Enrique Martínez Pérez,  un poeta con quien tenía muy buena amistad, autor de la “Carta Negra”, uno de los primeros poemas, estampas, que yo recité en La Habana cuando debuté aquí.

 

«¡Tengo tantas cosas que contar de Severo! Cuando íbamos al Parque por la noche, al Parque Vidal, en Santa Clara, y se molestaba porque me metía en el círculo donde no debía ir, por el racismo imperante, cosa desaparecida ya, pero que existió en 1948 y…«Me divertía muchísimo con él, porque además, me llevaba a las peleas de gallos…»


¿Cómo…? Usted piensa igual que Lezama Lima, en la sensualidad, el deleite varonil, el dominio del ambiente; el desafío de los gestos; el despertador del gallinero, la cubanía, y el incitador del cromatismo, de la violencia y la evocación que siempre ostenta el gallo. Tal vez, como totalidad, aparezca en el espíritu del gallo la violencia propia del artista que entabla una pelea con su lenguaje.



— ¡Sí!, todo eso junto. ¡Parece mentira! No lo digo a otros, pero me gustan mucho las peleas de gallos. No por la “carnicería animal”, sino por los cromatismos del plumaje, algo así ocurre con la voz humana cuando está educada para el arte. Yo sentía diversión cuando iba con Severo a esos lugares de lidia en que las personas se ponen a vociferar garganta en cuello, como dicen por ahí, legitimando la bravura de los animales en sus porfías. El declamador es eso, y el artista también, un gallo en puro desafío con la técnica y las exigencias que se imponen en la vida y los escenarios.

 

— ¡Volvamos a Severo! Seguramente usted tendrá muchas otras cosas que decir.

 

¡Está bien!... ¿Hablamos del plano humano, cariñoso, personal…? Era una de las personas finas, más buenas, atentas y oportunas que he conocido, y lo recuerdo y lo recordaré mientras viva. Jamás pasó ignorado como declamador, uno de los mejores que he conocido en mi vida, con un estilo particular, asentado en nuestras raíces afrocubanas, y también en la poesía romántica. Sin dudas, era un hombre excepcional, lleno de optimismo, pero con cierta timidez y provincianismo que lo limitó a trascender hacia otros sitios en los que la conquista profesional lo colocaría en el plano en que realmente debía estar.

 

«De Severo Bernal, el amigo villaclareño, lo conservaré mientras viva. Tengo el mejor de los conceptos de la fraternidad y el apego del artista a su tierra, a su gente, sin miramientos ni envidias por lo que otros hacen o no. Él supo empinarse y batallar, tal vez como esos gallos, a los que hice referencia antes, al dominio de la palabra, del gesto, la sonoridad y la invitación a lo que realmente somos todos: artistas, en quienes encuentras siempre a un infinito decidor».

 

Ahí quedó sellado el diálogo con el declamador Luis Mariano Carbonell Puyés, y al oído, atado en la resonancia de las últimas palabras que expresó, trascendió su memoria por reconstruir el pasado que lo incitó a la historia de una amistad. Allí también estaban los vericuetos difíciles de la recitación, la puntualidad valorativa hacia el ser humano y la respiración calculada en ese propósito en que la vida se prende de una consideración artística y la estimación del otro.
                                




¿JOSÉ MARTÍ SIRVE PARA TODOS?

¿JOSÉ MARTÍ SIRVE PARA TODOS?

Ni relativismos sin riberas, ni abandono del ejercicio del criterio, ni renuncia al ideal de justicia


 

Por Luis Toledo Sande


Cuando en un coloquio sobre José Martí un ponente sostuvo que el discurso conocido comoCon todos, y para el bien de todos es acaso el más excluyente de los pronunciados por el héroe, hubo quien puso el grito en el cielo. ¡Cómo decir semejante cosa de un texto signado por la voluntad unitaria que le da conclusión y título!

 

La reacción que suscitó aquel ponente se explica, en gran medida, por la tendencia que, no ajena a su grandeza –volcada en su pensamiento y en sus textos–, ha generado frases como esa según la cual “Martí sirve para todo”. Pero no, no sirve para todo, sino para lo que sirve, para lo que está inconfundiblemente plasmado, ideas mediante y calzado con actos, en su palabra.

 

De modo consciente o inconsciente, la refutación aludida se emparienta con gestos de personas y tendencias no solo variopintas, sino diametralmente opuestas. Lo son muchas de las que han afirmado sentirse representadas en el autor para quien parece destinado el neologismo con que él mismo tituló uno de sus poemas: “Homagno”, hombre magno.

 

Nada sugiere que fuera dolosa la intención de Marco Pitchon en José Martí y la comprensión humana (La Habana, 1957), curioso libro que el sabio Fernando Ortiz prologó con un texto ahondador: “La fama póstuma de José Martí”. Por las páginas del volumen desfilan lo humano y lo divino. En una muestra amplia y diversa, escritores y pensadores, políticos –no faltarán algunos innombrables– y dignidades religiosas declaran coincidentes las ideas de Martí y las suyas.

 

Motivos y evidencias sobran para saber que, a menudo, en la falsa identificación con Martí ha funcionado el oportunismo, incluso desfachatado. Desde otros ángulos, también se debe contar el deseo, hasta sano, de evadir reprobaciones como las que él lanzó contra determinadas conductas. Entre estas no escasean las de instituciones y representantes de religiones, señaladamente la católica, la más connotada o dominante en nuestra América.

 

Sobre todo en los Estados Unidos señaló otras que contribuían igualmente a profanar el cristianismo, los ideales del Jesús con quien se identificó por ética, espiritualidad y sentido de justicia, aunque sin verlo como el hijo encarnado de Dios. La posición martiana –que para la unión de religiosos y no religiosos anticipó líneas del pensamiento revolucionario del siglo XX (y del XXI)– supo apreciarla un eminente estudioso de su obra, Cintio Vitier, patriota y católico honrado.

 

El costado religioso del tema se menciona aquí no para reavivar contiendas doctrinarias, sino porque trae a la memoria un hecho asociado a buenos propósitos. Se ubica en el afán de impugnar estrecheces de posiciones ateocráticas –a veces solo diferenciadas de las opuestas por una diminuta a–, y refutar modos equivocados de apreciar el matizado anticlericalismo de Martí, quien también tuvo una personal religiosidad.

 

Un sacerdote católico –amigo, sabio y cubano legítimo, cuyo nombre se omite porque, al no estar ya en este mundo, no podría ocupar su lugar en el diálogo– negó que Martí fuera anticlerical, pues no era un ser anti-, sino un ser pro-. Ciertamente el autor de “Hombre de campo” no se define como negador, sino como creador en busca de caminos –recordemos el pórtico de Ismaelillo– para el mejoramiento humano y la utilidad de la virtud. Pero que negó, negó. Quien nada niega, ¿no es sospechoso?

 

Todos sus actos revelan un fundador: desde la lucha política, patriótica, hasta la poesía, pasando por un legado abarcador como pocos. “Verso, o nos condenan juntos, / O nos salvamos los dos”, afirmó como conclusión de sus Versos sencillos. Siempre que lo entendió necesario fue anti-: anticolonialista, antiesclavista, antimperialista, antirracista, antinjusticia, antidogmático… En su contexto fue lo que hoy algunos llamarían antisistema: estuvo esencialmente contra la realidad sociopolítica de los entornos por donde transcurrió su largo peregrinar.


No es nueva, pero se ha puesto de moda, y tiene poderosos propulsores, la llamada desideologización, que no es ni más ni menos que la demolición de una ideología, la revolucionaria y emancipadora, para suplantarla por otra, la conservadora o contrarrevolucionaria, enmascarada a veces con una especie de elegante asepsia, o abulia. Esa moda conviene especialmente a los continuadores del imperio contra el cual, el día antes de caer en combate, Martí expresó que estaba dirigido todo cuanto él había hecho, y haría.

 

El imperio y sus compinches verían con especial agrado que el héroe de Dos Ríos acabara visto como el productor de un discurso –su obra toda, no solo una de sus piezas oratorias– con mucha belleza verbal, mucha melodía y ningún contenido. Eso significaría un relativismo sin riberas, que llegaría al absurdo, o, para decirlo de otro modo, pararía en la castración del mensaje que conscientemente plasmó él en sus textos.

 

En un artículo se encargó de sostener: “A la raíz va el hombre verdadero. Radical no es más que eso: el que va a las raíces. No se llame radical quien no vea las cosas en su fondo. Ni hombre, quien no ayude a la seguridad y dicha de los demás hombres”. Contra esa brújula se lanza en la actualidad una maniobra que a veces causa estragos hasta en la prensa cubana: convertir radical en sinónimo no ya de revoltoso, sino de violento irracional, criminal, terrorista.

 

Este último vocablo equivale a otros con los cuales los opresores en tiempos de Martí procuraban satanizarlo a él, y a los revolucionarios en general: facineroso, insurrecto, filibustero. Todo eso, y más, era para los colonialistas e imperialistas el organizador de una guerra de liberación nacional en la que dio la vida por la patria, por la independencia de nuestra América, por el equilibrio del mundo y aun por el honor de “la Roma americana”. Esta –denunció él lo que ya era crimen en marcha–, “en el desarrollo de su territorio –por desdicha, feudal ya, y repartido en secciones hostiles– hallará más segura grandeza que en la innoble conquista de sus vecinos menores, y en la pelea inhumana que con la posesión de ellas abriría contra las potencias del orbe por el predominio del mundo”.

 

La vigencia de sus ideas sigue en pie para las relaciones internacionales y para la marcha interna de cada pueblo, empezando por el suyo: el natal, y se sabe que respondió igualmente a otro mayor, la humanidad. En esos ámbitos su legado sirve para defender la justicia, no para negarla o soslayarla. Solo traicionando a su héroe podría Cuba desertar de la voluntad justiciera, centro de la lucha política encabezada por el más universal de sus hijos, cuyas ansias de equidad social son aún más significativas porque no eran cuestión de doctrina, sino profunda convicción humana.

 

Organizó un movimiento de liberación nacional que debía encarar las fuerzas del colonialismo español para sacarlo de Cuba, y las del naciente imperialismo estadounidense para impedir que se apoderara de las Antillas y se le facilitaran con ello sus planes de hegemonía continental y mundial. Tales urgencias –aunque no le correspondiera acometer planes socialistas– contribuyeron a que su proyecto político se fortaleciera con la decisión nacida ante monstruosidades de la esclavitud de viejo sello, y alimentada por su conocimiento del mundo de los trabajadores desde su familia hasta su propia experiencia personal.

 

Versos sencillos encarna esa decisión, que abrazó sin vacilar y explícita o implícitamente se aprecia en otros textos, como algunos de Patria, el periódico de la revolución: echar su suerte con los pobres de la tierra. En su entorno sobresalieron el abandono de la causa patriótica por los más ricos, el carácter oligárquico de la potencia que se aprestaba a ensayar un nuevo “sistema de colonización”, y el apoyo de los más humildes –a quienes llamó incluso “héroes de la miseria”– a su labor revolucionaria.

 

Sus ideas políticas no fueron ajenas ni indiferentes a la cuestión social. En el artículo de Patria aludido –que se publicó el 24 de octubre de 1894, cuatro meses antes de estallar la guerra– sostuvo: “En un día no se hacen repúblicas; ni ha de lograr Cuba, con las simples batallas de la independencia, la victoria a que, en sus continuas renovaciones, y lucha perpetua entre el desinterés y la codicia y entre la libertad y la soberbia, no ha llegado aún, en la faz toda del mundo, el género humano”. Se bregaba por “una república invisible y tal vez ingrata”, “por la patria, ingrata acaso, que abandonan al sacrificio de los humildes los que mañana querrán, astutos, sentarse sobre ellos”.

 

Sabía que “un pueblo está hecho de hombres que resisten, y hombres que empujan: del acomodo, que acapara, y de la justicia, que se rebela: de la soberbia, que sujeta y deprime, y del decoro, que no priva al soberbio de su puesto, ni cede el suyo”.

Aprensiones y claras advertencias abundan en sus escritos. En las Bases del Partido Revolucionario Cubano fijó el propósito de “fundar […] un pueblo nuevo y de sincera democracia […] en una sociedad compuesta para la esclavitud”.

 

En tránsito de Montecristi a Cabo Haitiano para llegar a Cuba y ocupar su lugar en la guerra, la lectura de un libro lo mueve a estampar en su diario su satisfacción con “la igualdad única duradera”, y con “la paz solo asequible cuando la suma de desigualdades llegue al límite mínimo en que las impone y retiene necesariamente la misma naturaleza humana”, que él veía idéntica en esencia a nivel universal.

 

Asiduamente refutó falacias racistas dirigidas a legitimar la desigualdad entre los seres humanos, y al hacerlo en un apunte del cuaderno identificado con el número 18 en sus Obras completas, trazó una generalización que desborda el tema: “así se va, por la ciencia verdadera, a la equidad humana: mientras que lo otro es ir, por la ciencia superficial, a la justificación de la desigualdad, que en el gobierno de los hombres es la de la tiranía”.

 

Portador de ese pensamiento, pronunció el discurso citado al inicio. En él expresó la aspiración de que Cuba alcanzara “un bien fundamental que de todos los del país fuera base y principio, y sin el que los demás bienes serían falaces e inseguros”, y añadió: “ese sería el bien que yo prefiriera: yo quiero que la ley primera de nuestra república sea el culto de los cubanos a la dignidad plena del hombre”. Pero a ese bien se oponían fuerzas varias, foráneas y nativas, autoexcluidas del proyecto revolucionario que él fraguaba, y eso conducía a las exclusiones registradas en el discurso.

 

No era que él, honrado artífice de la unidad indispensable, asumiera posiciones sectarias y cerrara puertas que debían mantenerse abiertas. Adalid en el reclamo de que cada ser humano ejerciera el deber de pensar por sí, tampoco se proponía ahogar opiniones, pues –lo afirmó de distintos modos– de todas las de sus hijos estaba hecha Cuba. Pero no todas las opiniones merecían la misma aceptación.

 

En lo interno cubano debía tenerse en cuenta, y enfrentarlos, a los cómplices de las calamidades coloniales, de “la gangrena que empieza a roer el corazón”; y también a “los petimetres de la política”, que se pondrían “a refunfuñar el patriotismo de polvos de arroz, so pretexto de que los pueblos, en el sudor de la creación, no dan siempre olor de clavellina”. Frente a tales rémoras pide dar “paso a los que no tienen miedo a la luz”, y aunque solicita “caridad para los que tiemblan de sus rayos”, no vacila en condenar a quienes se oponen a la revolución, o la dañan.

 

De los demagogos dice: “¡Clávese la lengua del adulador popular, y cuélguese al viento como banderola de ignominia, donde sea castigo de los que adelantan sus ambiciones azuzando en vano la pena de los que padecen, u ocultándoles verdades esenciales de su problema, o levantándoles la ira […]!”. No repudia solo a los demagogos: “¡[…] al lado de la lengua de los aduladores, clávese la de los que se niegan a la justicia!”. Como “la mano de la colonia […] no dejará a su hora de venírsenos encima, disfrazada con el guante de la república”, avisa: “¡Y cuidado, cubanos, que hay guantes tan bien imitados que no se diferencian de la mano natural!”.

 

Contra quienes propalan miedos –ya fuese “a las tribulaciones de la guerra”, “al que más ha sufrido en Cuba por la privación de la libertad” (el “negro generoso”, el “hermano negro”), o al español honrado–, lanza un “¡Mienten!” tras otro. La acusación se concentra en aquellos a quienes llama lindoros, olimpos de pisapel y alzacolas. Ellos hacen pensar en los señores –anexionistas o autonomistas– que el día antes de caer en combate califica de celestinos, porque prefieren “un amo, yanqui o español”, que les asegure sus privilegios, y desprecian a “la masa inteligente y creadora de blancos y negros”.

 

No por gusto, casi al inicio del discurso citado, menciona al “dueño codicioso” frente al cual han fundado un pueblo de amor sus compatriotas que lo recibieron y lo escuchaban en Tampa, y en el mismo texto exclama: “¡Esta es la turba obrera, el arca de nuestra alianza, el tahalí, bordado de mano de mujer, donde se ha guardado la espada de Cuba, el arenal redentor donde se edifica, y se perdona, y se prevé y se ama!”.

 

Las desigualdades injustas eran un hecho objetivo, y podían ser inevitables entonces, como podrán serlo quién sabe hasta cuándo. Pero el revolucionario fundador que echaba su suerte con los pobres de la tierra tenía clara su opción. En carta de mayo de 1894 le habla a su amigo Fermín Valdés Domínguez de peligros que, como el oportunismo y las lecturas mal entendidas –y, pudiéramos añadir, la falta de caminos visibles–, asediaban, “como a tantas otras”, a “la idea socialista”. Pero es terminante al decir: “siempre con la justicia, tú y yo, porque los errores de su forma no autorizan a las almas de buena cuna a desertar de su defensa”.

 

Su identificación con “la fuerza moderadora del alma popular” –cuya ausencia lo inquietaba aunque se diera en el más ostensible de sus inspiradores, Simón Bolívar– no significaba apatía, resignación, pasividad. Su preferencia por métodos no violentos no implicaba renunciar a la más alta expresión de violencia, la guerra, si esta era necesaria, y previó que la lucha contra la injusticia social podría necesitarse también en la república.

 

La ternura y la delicadeza, que le permitían dialogar con niñas y niños, y maravillarse, en campaña, con el espectáculo de la naturaleza, con la noche bella, con la música de la selva, fueron también cimientos de su actitud, junto a la firmeza. Nada tuvieron de flojeras culpables. Y la imposibilidad de erradicar en su tiempo la injusticia social no lo llevó a desentenderse de los ideales de la equidad. En todo mostró una voluntad que no cedió ante obstáculos ni ante consejos inmorales dictados por conveniencias oportunistas.

 

Resueltamente expuso en su alabanza póstuma a Federico Proaño, publicada en Patria el 8 de septiembre de 1894: “Cuando se va a un oficio útil, como el de poner a los hombres amistosos en el goce de la tierra trabajada –y de su idea libre, que ahorra sangre al mundo,– si sale un leño al camino, y no deja pasar, se echa el leño a un lado, o se le abre en dos, y se pasa: y así se entra, por sobre el hombre roto en dos, si el hombre es quien nos sale al camino”. Lo tenía claro: “El hombre no tiene derecho a oponerse al bien del hombre. Esto es lo mismo en Lima que en Quito, y en Guatemala que en San José: quien ve al hombre mermado, pelea por volverlo a sí, como Proaño peleó”.

 

Con los topónimos citados puntea la trayectoria del periodista ecuatoriano elogiado, pero para hablar de sí mismo pudo haber añadido La Habana, Madrid, Nueva York, la Sierra Maestra, nuestra América toda. Quien se expresa en aquellos términos poco tiempo antes de estallar la guerra cuyos preparativos él encabezaba, es el orador que dice: “¡Basta de meras palabras!”, y convoca a la acción, guiada por “un amor inextinguible”, para liberar la patria.

 

Aquel discurso lo pronunció en Tampa el 26 de noviembre de 1891, como parte de la movilización para fundar el Partido Revolucionario Cubano. Y gran parte del texto señala actitudes y fuerzas que difícilmente en unos casos, y de ninguna manera en otros, integrarían la totalidad con que él contaba para librar la guerra revolucionaria y fundar la república.

 

Hechas las precisiones que hace, concluye: “¡Pues alcémonos de una vez, de una arremetida última de los corazones, alcémonos de manera que no corra peligro la libertad en el triunfo, por el desorden o por la torpeza o por la impaciencia en prepararla; alcémonos, para la república verdadera, los que por nuestra pasión por el derecho y por nuestro hábito del trabajo sabremos mantenerla; alcémonos para darles tumba a los héroes cuyo espíritu vaga por el mundo avergonzado y solitario; alcémonos para que algún día tengan tumba nuestros hijos! Y pongamos alrededor de la estrella, en la bandera nueva, esta fórmula del amor triunfante: ‘Con todos, y para el bien de todos’”.

ONELIO, EL CUENTERO MAYOR

ONELIO, EL CUENTERO MAYOR

Por Luis Machado Ordetx


Canónicos de la crítica literaria trazan una dicotomía en la narrativa de Onelio Jorge Cardoso, el calabaceño universal. Precisan un antes y el después en la manera de recrear la realidad social, y al hombre inserto en todas sus historias. A pesar de los cambios advertidos, y hasta obvios, hay una sujeción en la progresión artística.

 

La ¿particularidad?: el ascenso de un estilo depurado, de precisos recursos, de miradas latientes hacia todo lo que rodea al hombre, y también al compromiso intelectual con el pueblo.


La imaginación reveladora que ofrece, por supuesto, afianza la vitalidad material-espiritual de la historia, y deja siempre una moraleja subyacente, de espíritu positivo. La propuesta, desde los inicios literario-periodístico, tuvo un sentido de originalidad poética, de diferencia. Tal parangón lo afirman dentro de la literatura y la creación hispanoamericana, como caso particular de un ¿insólito autodidactismo? Pero, hasta dónde resulta cierta esa aparente afirmación con rasgos interrogativos. 


No cabe otra explicación que rebuscar en papelerías que guardan archivos de Santa Clara, y a los que siempre hizo alusión el escritor. La ¿clave?, aunque está ubicada en 1944 con la aparición simultánea de “Mi hermana Visia”, “El Cuentero”, “Nino”, y “Camino a las lomas”, catalogados de ejemplarizantes en una fabulación popular que lo aleja de la reproducción y el discurso, casi mimético de la realidad.


Desde mucho antes, sin advertencias mayores o de contrastes en los estudios literarios contemporáneos,  se percibe un despegue en las estructuras temáticas —de preocupación social, reivindicativa— y hasta formal del discurso narrativo-periodístico que separan a Jorge Cardoso de la manera, hasta entonces, de escrutar la circunstancias cubana. 


                       SANTA CLARA, EL ASCENSO  

 El lunes 11 de mayo de 1914 nació Onelio Jorge Cardoso en Calabazar de Sagua. El centenario tuvo un “aparente silencio”, dado según algunos por la imposibilidad de reeditar sus libros por decisión de los herederos, y por la disquisición, o el prejuicio de «absolutizar las preferencias y negar al supuesto contrario», como especificó la investigadora Denia García Ronda.


Hay intentos, y no vagos, por corregir los tiros de la celebración, pero no bastan para reconocer a un escritor de inconfundible legitimidad cubana, de afianzador de pasos «con todos y para el bien de todos», como solicitó Martí. Eso siempre hizo Jorge Cardoso, contestar, a partir de la palabra escrita, su repulsa contra la realidad social amparada en la discriminación, por sexo, edades o color de la piel, y redefinir el panorama nacional desde una óptica que favoreciera al pueblo en cualidades económicas y espirituales.


A Santa Clara llegó el calabaceño con apenas 13 años, en 1927, y con el hambre “a cuestas galopantes” radicó con su familia en una humilde vivienda de la calle Síndico, esquina a Villuendas, en el barrio de La Pastora, hasta que, ya casado con Cuca Viera, después de 1940, residió en Camacho, allá en las intersecciones de las calles 4ta y 5ta, de ese reparto periférico de la ciudad. Después se trasladaría a Matanzas, en 1944, y luego en La Habana.


Aquí hizo sus estudios de primaria-superior en la escuela número 1, dirigida por el pedagogo Atilano Díaz Rojo, y a partir de 1934 se enroló en la gestación de la revista Umbrales, una publicación de renovación literaria-cultural, todavía insuficientemente valorada y administrada o tutelada por la poetisa-maestra María Dámasa Jova Baró.


El después Cuentero Mayor aparece registrado en el primer número de Umbrales (1934-1938), y lo hace como director literario, misión que compartió con Carlos Hernández López (abogado, cuentista, poeta y periodista), en la sección artística. Onelio está escasillado como crítico, y no como narrador, como algunos estudiosos apuntan al buscar lo poético solo en sus cuentos.

El único texto crítico, de análisis, que escribió salió en el número 1 de Umbrales, correspondiente al 15 de septiembre de 1934. Por entonces, aparte de sus “valoraciones teóricas”, impresionistas y aún insuficientes en los análisis críticos, hace también versos de corte social y amoroso.


De inmediato, por discrepancias editoriales, rompió relaciones literarias con Dámasa Jova, y  se relacionó con la organización del denominado Club Juvenil Artístico-Literario Umbrales, oficializado en el tercer sábado de agosto de 1935 en la vivienda de Corina Lazo, en las calles Eduardo Machado y Unión, al cual concurren intelectuales en ciernes, y otros consagrados, de la estirpe de Juan Domínguez Arbelo y Emilio Ballagas.

 

De ahí el cuestionamiento a un aparente autodidactismo más allá del donaire natural para componer sus historias de ficción o de realización periodística, cinematográfica y literarias. Por qué?... Con independencia del don para la escritura, de recreador de fabulaciones populares, tuvo una iniciación guiada por los consejos y valoraciones de otros escritores, en lo que tal vez pueda considerarse el punto primario para "pulir" los cuentos, o componer un artículo para la prensa plana local.


Los jóvenes son sabáticos, y abogan por el compromiso intelectual, la superación espiritual, la renovación literaria, y contra las “capillas aldeanas” que dictan decálogos de la creación o el disfrute cultural y artístico en el pueblo o el ciudadano común. Allí, de un modo u otro, hasta 1941 todos comulgan  en espacios públicos o sociales: discuten sobre aspectos teóricos del arte o la literatura, hacen conciertos de guitarra, de declamación y particularizan en cuestiones formales de la hechura del cuento, necesidad volcada a un cambio en el discurso y la comunicación con el lector.


Surgen “Las Tardes del Cuento”, dirigidas por Domínguez Arbelo, quien alentó a escribir las vivencias del hombre común, y a encontrar fábulas o motivos populares en los ambientes rurales.  Jorge Cardoso, junto a otros, deambuló por las cercanías de Santa Clara, y allá en los montes de Pelo Malo, dialogó con cortadores de maderas, y con mujeres que habitaban depauperadas casas, un vital retrato de la discriminación social y de las diferencias entre el campo y la ciudad.

Escribe entonces los primeros relatos cortos: «Negra Vieja», «Tú y usted», el «Velorio» y «El Milagro», todos de índoles costumbristas, muy próximos al discurso narrativo criollista. Sin embargo, el último, «El Milagro», ganó en 1936 el certamen que auspició la revista Social, y en el cual intervinieron más de 50 cuentistas, unos consagrados y otros noveles, dentro del panorama nacional. Otro villaclareño, Hernández López, consiguió con «La Traición» y «Bertelot», el segundo y tercer lugar del certamen.


El jurado —Merdardo Vitier, Luis A. Balart y Elías Entralgo—, no eran benévolos en miradas críticas, y apostaron por los jóvenes de Santa Clara, no solo por la calidad de los discursos literarios, sino, además, porque «estremecen el ambiente de sombras que hizo posible, paradójicamente, la luz del sueño, porque el sueño es luz del espíritu, ineclipsable para la opaca ineficacia de la indiferencia», dijo Domínguez Arbelo.


Tal vez por esa razón, o contar las historias del «guajiro de siempre, con el arique en el tobillo», como dijo Jorge Cardoso a este escribiente  antes de morir el 29 de mayo de 1986, fue que aceptó en 1937 la propuesta de Raúl Ferrer Pérez —el poeta comunista—, empeñado en que acogiera un aula de primer grado en la escuela 273 del antiguo ingenio “Narcisa”, y figurara en calidad de maestro Cívico-Rural, misión muy poco valorada en el ámbito personal de ambos creadores. 


En el contacto de los niños, casi analfabetos y a quienes enseñó las primeras letras, conoció las historias fabulosas de Herminio Bello, el enfermero; el gallego Pelayo, el operario de la cachaza, de Panchito Muñiz, el hojalarero, o de Chano Medina; el arrendatario que, en parte insustituible, encarnó a Nino, el hombre recio que se describe en su antológico cuento.

 

Al menos, esas apreciaciones las corroboraron Ferrer Pérez y el declamador Dilecto de Las Villas, Severo Bernal Ruiz, cuando precisaron en la cualidad de Onelio Jorge Cardoso al retratar, como “fotógrafo” especial, la psicología y el decir de muchos hombres y aunarla en uno, el ente colectivo.


                     EL PERIODISMO, OTRO HAMBRE


Casi simultáneo, Jorge Cardoso está relacionado con el periodismo radial e impreso de Santa Clara. Interviene en Audiciones Umbrales y la Hora Hontanar, espacios que animan los jóvenes escritores en las emisoras CMHW y CMHI, respectivamente. También se enroló como redactor-colaborador de La Publicidad (1941-1944), donde atendió la sección «El Cuento de Hoy», y dio a conocer a los lectores las piezas narrativas de Gorki, Gervaise, Gaynor, Mainichi, Regis, Benavente, Maurois, Vargas Vila, Quiroga, Eustacio Rivera y Rulfo…


Durante ese período asumió las tertulias literarias de la Academia Luz y Caballero, en los altos del Correo Viejo, de Villuendas y Marta Abreu, en el edificio del Billarista. Al encuentro mensual acudieron el poeta Enrique Martínez Pérez —un lírico olvidado—, Gilberto Hernández Santana, José Ángel Buesa, Manuel Navarro Luna y… Todos tenían una necesidad: mostrar sus creaciones en medio de la penuria editorial y confraternizar en ambientes literarios. 

El 13 de julio de 1943, en La Publicidad, Jorge Cardoso dejó constancia del fuste periodístico, de la manera interpretativa de escrutar la realidad social-económica, política o social de Cuba.En su comentario «En nombre de Perico», dice: «(…) Voy a contarles: aunque algunos sustenten lo contrario, tenemos en Villaclara un gran personaje olvidado, como la mayoría de los que hay que olvidar a fuerza de recordarlos, a fuerza de temor. Me estoy refiriendo, no a un Presidente de cualquier institución piadosa, sino el burro “Perico” (…), símbolo y protesta de la disciplina (…), cuando le colocaron la V de la Victoria, lo vimos con simpatía porque representaba que los mismos burros odian al nacismo con máximo mérito, cuando en realidad el nacismo está impulsado por burros de raza…»1


La observaciones folklóricas, criollas, que recogen al hombre, sus costumbres, trabajos y estilos, referidas por Samuel Feijóo en la presentación de Gente de Pueblo (1962), el libro-compilación de algunos reportajes que Onelio Jorge Cardoso publicó en Bohemia o Carteles, allá a finales de los años 50, recrean parte de las miserias, soledades, ánimos espirituales, y apego a la familia retratadas antes o después en muchas de las piezas narrativas del calabaceño universal.


El escritor cualifica su discurso: son reportajes, muy cercanos a la manera de abordar el cuento, y de idéntico modo que toman al  fresco a todo hombre del campo, de las sierras, las ciudades, o en la soledad agreste del mar, dejan una denuncia que pinta la existencia «tal como la vimos, con sus escasas alegrías y sus días miserables», dijo, en esa insaciable sed de justicia de convertir, desde la óptica de Cuentero Mayor,  al cubano en tributo universal de dignidad y vitalidad humana.


NOTA:


 Onelio Jorge Cardoso (1943): «En Nombre de Perico», en La Publicidad, 69(135782):1;3, Santa Clara, martes 13 de julio.