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CUENTO CUBANO; UNA NOTICIA DE REALIDAD

CUENTO CUBANO; UNA NOTICIA DE REALIDAD

Por Jesús Díaz Rojas. (Narrador, artista de la plástica e investigador literario cubano). Reside en San Juan de los Remedios, Octava Villa de Cuba fudada por el Adelantado Diego Velázquez. Entre sus libros publicados figuran: Ángeles en el umbral (Capiro, 2002), Jaime (Capiro, 2003), Sus labios escarlatas de púrpura maldita (Abra, 2008) y Un violín por las noches de luna nueva (Capiro, 2008). Los textos narrativos que siguen son inéditos y forman parte de un libro en preparación, y dispone de Registro de derecho de Autor.


EL OLOR DE LA MIERDA SECA

                                    Que se enteren las raíces
                                     y aquel niño que afila su navaja
                                     de que ya se pueden comer la vaca.

                                     … que ya se fue balando
                                     por el derribo de los cielos yertos
                                     donde meriendan muerte los borrachos.

                                                Federico García Lorca

 
                                                             Con su cadáver a cuestas anduve toda la noche, y a las afueras de la ciudad, así como se arroja de costado un papel viejo, así, éste, su hijo bastardo, lo arrojó sobre la línea del ferrocarril. Murió con la canción de Sandro escurriéndosele entre el vómito, el alcohol y la mierda que le hice tragar, para que no cantara en la otra muerte la única letra que parecía saberse. Me miró con sus ojos de muerto queriéndome fulminar, sin palabras; con la mente en el día y año de mi nacimiento, cuando intentó asfixiarme apagándome la incubadora y empecé a ódialo. Lo encontraron descuartizado, comido por las ratas y las auras, y nadie investigará nada. «Su esposo estaba borracho», informó la policía, y mi madre, luego de llorar –más bien aullar- abrazada a los restos pestilentes del ser que no amaba, se echó a sollozar en los brazos de su amante, el teniente Francés- que no es de Francia ni un carajo, si no de un campo lejano, por allá por donde el diablo dio las tres voces y no lo escucharon, como dice él mismo, cada vez que discutimos, lo mando al infierno, y con un pescozón ratifica que hacía allá no volverá jamás.

Nos montaron a todos en el jeep, y nos voltearon al frente de la Unidad de Policía.  Mi puta madre no tenía para cuando acabar -habla que te habla y llora que aúlla, y el instructor se dedicó a acribillarme con las preguntas que ya me sé de memoria y cuyas respuestas tengo elaboradas desde que a la edad de un año, vinieron a buscar a mi padre por lo del hurto y sacrificio de ganado, y escuché sus argumentos. Lo que bien se aprende no se olvida, y por esta mi boca, nadie se enterará cómo ocurrieron los hechos.
Era la segunda vez que lo mataba. Los pedazos de saco que me cubren amanecieron embarrados de sangre y orine, y desperté con el cuerpo cansado por el peso del maldito. El insoportable olor de los heliotropos llenaba el cuarto y el mechón de petróleo se había consumido. Desperté y la realidad me hizo mierda la satisfacción y maldije que todo fuera un sueño.

Miré por la ventana y la luna era un parcho desteñido en medio de la nada. Seguí en las mías, es decir, imaginando las posibles muertes del muerto, hasta que tocaron en la puerta y casi la derriban. El presidente de algo, explicó que; «a su esposo lo encontraron, comido por los peces y los cangrejos, en la orilla de la playa». Solté una carcajada y recibí una galleta de mi puta madre que me hizo reír aun más. No lo niego, sentí cierto placer, pues fue en ese lugar donde lo maté la primera vez, cuando intentaba escapar del país con los borrachos de su banda para alivio de la familia, entiéndase mi puta madre, mi hermana y este servidor a punto de estirar la pata-digo morir, partirme en dos, irme al reparto bocarriba.

«La felicidad es un trago de ron, que se bebe de un golpe, luego nos deja lo amargo, y para seguir siendo felices debemos bebernos la botella», afirma el mejor amigo de mi padre, su yunta, la mano derecha en eso de descuartizar las reses.

Desperté de nuevo. Soñar que sueño que sueño es el único sueño que tengo y valgan todas las redundancias para mi cáncer terminal. Mi felicidad es soñar, imaginar un mundo distinto a este de porquería donde una y otra vez lo elimino con la esperanza de no verlo nunca más masturbándose frente a la cama de mi hermana que duerme desnuda y a mi lado, para después templarse a mi madre puta con el resto de sus aberraciones.
-    Oye, oye levántate, no te rías más dormido.

Mi hermana me zarandeaba y la maldije a ella primero, después al sueño recurrente, y por último a este tumor en la cabeza que me vuelve la vida una alucinación dentro de otra.

Con un poco de agua tibia logré bajar la carga de pastillas de cada despertar. Sé que no debo desfallecer hasta logrado mi propósito. Por ello tuve la certeza de que a la tercera, y bien despierto, iría la vencida. Los sacos seguían con su orine y su sangre y el parcho de luna había dado paso a un sol de piedra. Muerto el perro se acabaron mis angustias, pensaba entonces y por ello salí al patio en busca de la paz de los inmensos arboles, entre cuyas ramas pienso suicidarme, terminada la misión en este plano.

Al mirarme, en el trozo de espejo que usa el muerto- tarde o temprano lo será y me gusta llamarlo así-  para afeitarse, descubrí que me brotaba una moquera sanguinolenta por la nariz, y mi rostro, lentamente se tornaba blanco ahumado. Tal vez el muerto era yo, y comenzaba a podrirme a la intemperie. Quise despertar del sueño que de seguro soñaba, y me tropecé con el cubo de limpiar y caí frente a un par de botas recién lustradas, olorosas a betún y sicote con Micocilén. Estaba despierto, con la nariz rota y el dolor de cabeza en su máximo. Me daba vueltas el patio y aproveché para dejar en la piel brillosa parte de la moquera. Estuve un rato quieto. Y lentamente fui trepando por el cuerpo hundido en las botas y, desde el suelo, vi al muerto, más vivo que nunca; « ¿qué?, pareces que viste un muerto»; me dijo; entonces mi madre- parada a su lado-  reparó en los mocos con sangre y me susurró al oído; « ¿Cómo coño quieres irte conmigo si eres un mariconcito de mierda que sangra por cualquier cosa?»

El mareo no me impidió ver como se alejaban,  la puta de mi madre y el muerto que no acababa de morirse, rumbo al Fort del cuarentipico. Perdí el conocimiento antes de que salieran del barrio. La sangre era incontenible y la cabeza se me partía.

No sé quién me llevó al hospital.  Estuve una semana ingresado, en la cama trece de la sala trece, hasta que alguien comentó; « ¡Mire usted!, la madre templando en la Capital, y el hijo  con un cáncer, muriéndose en este pueblo inmundo, y nadie viene a visitarlo, como no sea el viejo pájaro que le envía alguna comida y las flores de ese búcaro».
 
El viejo pájaro es Juanito. Los alimentos, pan con leche fría y una pechuga de pollo frita, que me ingiero a la hora que lleguen. La flores son gardenias que el muy pájaro cultiva en masetas.

Mi suerte, o mi menos mala suerte, es este amigo. Juanito, el químico, el mago, el ser humano que desde mis escapadas en tercer grado me cobijó en su casa, y con el cual fui aprendiendo, no solo las aberraciones- como piensa la gente- sino de historia del arte, derecho y literatura, y gracias al cual tengo esta facilidad de palabras que me ha sacado de mas de un enredo, aunque no aprobé las matemáticas del sexto grado y los maestros me dejaron por incorregible.   

«Pobre muchacho, lo peor que tiene su enfermedad es la soledad»; comentó la oncóloga a la limpia pisos, paradas frente a mi cama, yo, en este caso haciéndome el dormido. Cuando abrí los ojos la pobre doctora quería que se la tragara la tierra. « No hay caso – le dije- el cáncer es mi único amigo». La limpia pisos me miró con cara asombrada y a la doctora se le enredó el estetoscopio en el cuello y casi se ahoga. Me acordé de Charlot y las rematé. «Lo mejor que tiene mi situación es que nadie llorará y se ahorraran las lágrimas para futuros entierros más importantes». Se escurrieron como la nata caliente por los bordes del jarro y decidí escapar del hospital. Si me voy a morir, que sea en un sitio agradable- me dije- pero antes tengo que limpiar la costra familiar- concluí.

Para ser sincero, en el centro asistencial no la pasaba tan mal. Lo que nadie te ofrece saludable, te lo dan cuando tienes cáncer ¡como si fueras a curarte! ¡La lástima corroe las ganas de vivir! A pesar de la poca comida oficial, logré recuperarme bastante, gracias a las ayudas solidarias de los familiares de otros moribundos, a los sueros y a las radiaciones para extraterrestres. Pero el local se me volvió cada vez más opresivo con los rostros de aquella gente delatando que no me quedaba mucho tiempo en el convento- frase que le escuché a uno que murió antes que yo-. Cuando me sentí con las suficientes fuerzas para escapar. Aunque las tripas en la barriga, se bañaban en ácido y la cabeza se me había hinchado agrandándome los ojos y achicado el esqueleto, hasta parecer salido de un campo de concentración nazi; creí oportuno no dilatar más la fuga.

Esperé la noche, era imprescindible alejarme de tanta mierda de hospital, de sus paredes descascaradas, de la enfermera del uniforme remendado con hilo rojo y los ojos zurcidos  al rostro, inclinada toda la noche sobre la mesa del teléfono, y soportando: las quejas por las pastillas a deshora, por el suero a punto de acabarse o fuera de vena, y las amenazas del Testigo de Jehová –comemierda que se imagina uno de los cuarenta y cuatro mil no sé qué. Enfermera que al final de la jornada parecía más moribunda que yo. Y lo simpático era, que la muy cabrona, me hablaba solamente a mí de las carencias de medicamentos y lo malo de los alimentos y la grave situación de la salud, y eso, porque me pensaba más muerto que vivo e incapaz de acusarla ante las autoridades que, de vez en cuando, se aparecían a inspeccionar y nos preguntaban por el trato y otras imbecilidades. Al final, todo esta excelente y la basura sigue igual, refunfuñaba ella cuando salían los funcionarios. « ¿Por qué no les habla claro?» le pregunté una madrugada mientras me canalizaba una vena  « ¿Tú estás loco? Se ve que tienes cáncer y te importa poco el futuro». ¡Pobre enfermera condenada a ese oficio impagable en este hospital de cartón y yeso! Escenografía para los tontos que miran desde lejos.

Escapé sin problemas, frente a los ojos dormidos del custodio y el entusiasmo de una pareja de médicos- del mismo sexo- que templaban a un costado de la escalera. Atrás quedaba la comida insípida,-caldos sin color, sin una pisca de sal que echarle por arriba -como hacía en mi casa, con todas las pocas comidas que mi puta madre condimentaba de mala gana-; «Si quieres comer mejor, vete paun restaurante», me decía con desprecio, escupiendo todo el odio del mundo sobre mi cuerpo flaco, mientras besaba la boca desdentada del  marido de porras, el cornudo que la había traído a rastras desde la capital y que frente a nosotros le cayera a golpes hasta dejarla con un ojo morado, un brazo enyesado, dos dientes de menos; en fin, vuelta un negro esclavo, y total, luego vendría  el perdón de ambas esquinas y la muy hija de puta, continúa viéndose con el querido Teniente y al besarlo con desparpajo, le amasa los cojones con la misma mano que me fríe el único- tal vez el mismo- huevo que dice me toca. Huevo frito- comida de puta- afirmaba mi abuela también puta, mientras se rascaba el culo con la misma mano que comía el pan. Huevo, frito en manteca de corojo, que mezclo con el plato de arroz sin escoger y lo ingiero sin chistar, porque tengo hambre, un hambre enfermiza cada vez que regreso de la escuela; lugar absurdo donde me ha condenado el jefe del sector policial y sitio para darle un buen uso a mi poco tiempo, pues me paso el día ensayando- en la mente-  la forma de volverlo a matar. O matarlos a los dos. Tal vez a los tres. Al amante teniente, a la puta de mi madre y al cornudo de mi padre.

Reitero, ella regresó de sus puterías capitalinas, porque el borracho tarrú la trajo a rastras y no porque se enterara de mi ingreso y mi cáncer. No sé si sabe que lo tengo. Volvió, con el rabo entre las patas, como dice mi hermana-  porque ya es una vieja y su cuerpo gastado no es apetecible para los yumas. Mi cáncer está en un segundo o tercer plano, si es que vuelve su vista más allá de si misma y del amante.

Sería un alivio para ella que yo me muriera. « ¡Coño debiste morirte al nacer!», me ha gritado más de un millar de veces, y por lo tanto, si me muero ahora, será, con el paso del tiempo, como si no hubiera nacido. En caso de que me crea nacido y no una pesadilla. Eso cuando no ignore mi muerte, como hace con ese viejo al que llaman mi padre, siempre borracho y acostado en las cuatro esquinas, rodeado de otros seres tan apestosos como él, y que le tocan el culo a mi hermana cuando pasa- y me lo tocan. El también nos ha tocado el culo.

Insisto: debo matar al teniente Francés, a mi padre borracho y a ella también. Desnucarla junto al muerto, los dos juntos, muy juntos, como dos hijoeputas que son y mi padre enfrente. Los tres en la muerte como en la vida. Juntos y mirándose a los ojos sin respuestas a tanta mierda.

¡No!,  eso no, debo estar volviéndome un samaritano mariquita: al matar a mi puta madre estaría calmándole la angustia. Mejor será mutilarla, descuartizarla un poco, y dejarla viva frente al muerto bien muerto. Ella, con el arma homicida entre las manos, como si lo hubiera matado y después intentado suicidarse. Eso sí, con la lengua cercenada para que no pueda declarar en mi contra, y librarme, por otra parte, de sus cantaletas y sus frases ofensivas: malagradecidos que me chupan la existencia, ratas, serpientes, culebras sifilíticas;  y cuanta cosa sea capaz de vomitar su cerebro.

Dicen en la cuadra que mi madre tiene una fosa por boca. El otro día nos llamó alacranes que se comen a su madre. ¿Qué espera de nosotros? Desde que nací la única caricia que he recibido son las de Nerón, el perro del cojo de la casona de la calle Mercaderes. Un comemierda sin mujer que se pasa el tiempo oyendo a los Beatles, aunque el muy cabrón dice que Lennon le jodió la vida allá por los años sesenta. Viejo come candela que perdió una pierna en una de las tantas guerras a las que no quiso ir, y que espera emborracharse para contarme una y otra vez, la misma historia que intenta escribir y no hace porque no tiene cojones para decir las verdades que calla.  Ya me sé de memoria su inexistencia; y si lo soporto es porque las canciones de John Lennon me desconectan de su cháchara y con ellas practico el inglés que me enseña Juanito. La vida del cojo miserable es la suya, y si se la fastidió un drogadicto cantarín, a mi no me interesa; la mía, le digo,  no me la jodió Wisin y Yandel, ni don Omar - ningún cantante de porquería te jode la vida le estrujo en la cara- y cuando termino con el último trago de la botella le grito: busca de verdad quién te descojonó la vida y entiéndelo, no me cantes el mismo bolero que ese, es tuyo. Luego me voy a templarme al viejo pájaro.

Dicen que borracho sabe mejor.

Mi vida, la mía, la que venia viviendo me la jodió mi puta madre que me parió cuando tenía quince años, y que dos años antes había expulsado de su vientre maldito- según mi abuela- a mi hermana. Y no se lo digo a nadie porque, a quién le interesa mi vida;  y si el cojo me cuenta su bolero es porque se tiempla a mi hermana por unos euros de mierda que no suda- se los manda su hija médica, desde el restaurante noruego donde labora. El viejo Juanito tampoco suda los verdes, se los envía el primer marido que tuvo, un negro que ahora caza osos blancos en la nueva Rusia.

Mi vida puede parecer un tormento, una tragedia típica del cambio climático, las amenazas de guerras atómicas y enfermedades nuevas- tal vez creadas en laboratorios- Puede ser producto de esta crisis económica que ahoga al sistema capitalista y nos golpea de frente. No sé, es tan pendeja mi existencia que a veces me pregunto para qué pinga vine al mundo si el único momento de olvido y paz me lo proporciona mi hermana. Mi hermana del alma- otra desgraciada sin caricias en el bolso- y con la cual descubrí que hay cosas mas sabrosas que mirar a una muchacha por un hueco para rayarte una paja o templarte a un viejo profesor de tantas cosas, y es que te la mamen, y te la gasten, así como si tu rabo fuera un puñetero caramelo, hasta que te vacías y te quedas quietecito sobre la cama que ambos comparten; «Calladito mi hermano, y guarda el secreto, esto es entre nosotros, si mamá se entera que tienes la pinga tan rica quiere mamártela también, y esa pingona es mía solita».

En verdad soy un pingú, y lo sé porque mi madre tiempla en la cama junto a la columbina donde padezco mis desvelos, - le he visto el rabo a la mayoría de los que la montan, y puedo asegurar, sin autosuficiencia, que ninguno la tiene mas grande que yo. Dice mi hermana que debo ser hijo del mulato que dirige Deportes en la alcaldía, un baloncestista retirado que le enseñó la suya en el cine, y ella no pudo resistirse y se la mamó en el mismo asiento, y me asegura- la muy puta-  que tenía el mismo tamaño y sabor que la mía. Por sus frutos las conoceréis me dijo y se echó a reír como lo que es.
Mi hermana, lo bueno de mi vida, la razón de que- a veces- no quiera morirme. Mi bella y hermosa sangre que un día, para que no muriera, me trasfundieron. Todo lo que es, y lo que sea, yo lo sé, y nadie abusará de ella y menos el muerto. « Tu hermana es una desquiciá y está buena con cojones»; se lo escuché decir mientras se amasaba el rabo y mamá lo amenazó con arrancarle la cabeza si nomas lo veía acercársele, y él le gritó; «Métete el bollo de tu hija por el bollo»; y dio tremendo portazo, y mi puta madre le cayó detrás al muerto; «No michino mira que eso son celos míos, ¿cómo voy a pensar que tú?»… y es mejor que lo hubiera pensado porque a la semana mi hermana me dijo; « Tengo que irme de casa, nuestra puta madre está ciega con ese tipo que ya dos veces ha intentado violarme». « ¿Quieres que lo mate?» Le pregunté y aunque me dijo que no, y me hizo jurar por la virgen de la Caridad que no lo hiciera, yo reafirmé la decisión de matarlo, pues entre otras cosas, la virgen no me ha ayudado en nada, como no sea proporcionarme una madre más puta que las perras y una enorme fila de padrastros con fechas de vencimientos inminentes y rabos pequeños.

«Quieras o no, se la voy a pelar», le dije encendido por la rabia, cuando el teniente Francés la abofeteó porque se le perdieron doscientos cuc y ella se apareció- ese mismo día-  con una caja de tenis Converse para revender. Llena de furia me dijo en el escusao «Estos son de Paco, el que viaja a Ecuador cada tres meses y me los pasa para ayudarme, agradecido por las mamá que les doy». «Lo sé, le dije, él es cliente de Juanito». Nos reímos de lo chiquito del mundo y de la importancia de saber mamar con estilo y ella aprovechó y me la mamó.

Convenimos en que yo no me metería en sus asuntos y que ella, llegado el momento crucial, me serviría de cuartada. «No te impediré asesinarlo», me dijo; «ese tipo tiene que pagar lo que me hizo, pero tienes que hacer las cosas bien fino». Y me reconoció que él se la templó el día de su cumpleaños- el del muy cabrón-  luego de emborrachar a la puta madre y fumarse no sé cuantos pitos de marihuana.

Enseguida recordé la fecha exacta, ya que aquel día la sentí llorando, venia acabadita de bañarse, con olor a jabón; «Gasté la pastilla entera mi herma, tenía que arrancarme la peste de un hombre ahí». Nos abrasamos como dos huérfanos y se fueron calentando nuestros instintos y la sangre que nos unía comenzó a hervir y se desataron los pudores y dejamos de mamarnos como hasta entonces para templar hasta el amanecer. Fui tierno como no lo volveré a ser. La acaricié como debe acariciarse a una mujer y perdí la noción del espacio y el tiempo, y descubrí lo sabroso que es hacer el amor- una frase de ella- cuando se está enamorado. Y yo estuve enamorado de mi hermana hasta que mi puta madre y el degenerao del muerto, nos descubrieron templando- lo hacíamos como venganza contra la mala vida y el odio que nos asechaba; mi madre- en su histeria-  me dio con un palo: « engendro- escoria- maldito- enfermo mental»- y de tantos golpes me sangraron los ojos y el muerto golpeaba a mi hermana: «Degenerá de mierda que ese es un niño; ¿por qué no te atreviste conmigo? corruptora de menores debes morirte» y mi hermana le gritaba, «el bollo es mío y tu eres muy maricón pa gobernarme el culo». Y el tipo le pegaba con la mano abierta en plena cara: « Ese es tu hermano y ahora si les nace un muchacho les nace anormal».

Mi hermana cubría con su cuerpo, mi cuerpo, y recibía la mayoría de los golpes que venían de dos rabias. «Eres una alimaña. Eres una alimaña. Eres una alimaña». Reiteraba la amante del teniente Francés. Mi novia, mi amiga mi hermana la miró con tanto desprecio que me asusté; « ¿No sabes que ese me templó hace un tiempo?» Señaló al muerto lanzándole un escupitajo. Nuestra madre sonrió nerviosa y tras una andanada de improperios apuntó: « ¡Mentirosa, eso querías tú, pero te cogiste el culo con la puerta, no le gustas y de ahora en lo adelante, atrévete a mirarlo! ». Mi hermana le dijo bajito, irónica: «Te salvas que le tengo asco, pero te aconsejo vélalo, que bastante le toca el culo y se pajea mirando por el postigo del baño a la vecina». Salta el teniente: «¡Mentiras tuyas ¡Esa es una niña! ¡Tiene ocho años!» Mi hermana suelta una carcajada; «Para pajearte no vez la edad».

Yo también lo he visto en la masturbadera, pero el dolor de cabeza me impide el habla. El teniente toma a mi hermana por los pelos y la zarandea. Logro rescatar un mínimo de fuerzas y le doy una patá en los cojones. Se dobla, le falta el aire y mi puta madre se abraza a  sus entrepiernas, desesperada. «Michino, quieto, respira profundo, no hables deja a estas escorias».

Yo estoy a punto del desmayo. Mi hermana coge un palo y la emprende contra la pareja que pide auxilio. Llega la policía y se hace un silencio.

- ¿Qué carajo pasa?

- Nada capitán son cosas de familia.

- ¿Y por qué ese muchacho sangra tanto por la nariz y tiene esa cara verde?

- Capitán, eso son las adenoisdenosequé  nos dijo el médico del consultorio.

- Y esa, ¿por qué está casi desnuda? - Mi hermana ocultaba una de sus dulces tetas.

-    Nada capi, es que acabo de levantarme.

Es un capitán frente al teniente Francés. Se miran cómplices, y a mi hermana le agrada el recién llegado- y si no le gusta- lo hace por joder, y se le acerca seductora y lo toma de la mano; al principio éste se resiste, pero mi hermana tiene las nalgas duras y grandes y se vuelve y deja que el rabo del macho la rose. Con sus diecinueve años, está acostumbrada a seducir portañuelas y la muy puta huele a rosa, y sus labios son de natilla de fresas- rojos y pulposos- tibios y dulces, sus muslos blancos y con un cerquillo de pelos rubios para afeitar a mordidas, y lo más encantador, tiene el bollito estrecho y el culito virgen -no se lo deja tocar- y una voz de serpiente atrevida que te aprieta los testículos.

Es inevitable la caída y el oficial pierde el rumbo; «mi capitán, mi capitancillo querido vamos mi loco»; es miel la boca de mi hermana del alma y van para el único cuarto y ella me hace una señal y le tiro un beso. El carro patrulla con su luz giratoria espera frente a la casucha en que vivimos, en medio de un camino repleto de charcos cuajados de mosquitos. Rodeado de un centenar de casas parecidas. Y en el aire un olor a mierda tremendo que se mezcla a los cientos de malas palabras y quejidos y lamentos que hacen las parejas al templar.

Suena el despertador y termino el café. El teniente Francés y el capitán se marchan sin aceptarme la taza envenenada que les tiendo a la salida. Mi madre y mi hermana, se levantan y corren a orinar y el chorro me recuerda las vacas en los cuartones, antes de matarla. Se sienten las latas, el agua contra sus sexos maltratados. Se enjuagan la boca con agua y sal, escupen y terminan de peinarse frente al diminuto espejo del muerto. Arrojo por el escusao las tasas envenenadas, a ellas no le interesa beber en porcelana, y se sirven el resto del café en latas de compota. Están satisfechas y vuelven a la cama, duermen toda la mañana, soñando con una casa amplia y los maridos ejemplares que nunca tendrán.

Cada vez que sucede esto me escurro para la casa de Juanito-cuando las escucho templar se me pone la verga como un hierro- y la emprendo contra el culo del viejo, y después le cuento lo sucedido mientras me mama la pinga, no cómo lo hace mi hermana, sino mucho mejor, con miel de abeja que va tragando con mi semen, al tiempo que me ingiero  un bocadito de jamón de no sé que diablo. A él no le importa que yo piense en otra cosa, lo de él es que no se me caiga la pinga y sigue mamando hasta vaciarme- como en las matemáticas que no me entran- ene veces los testículos. Después se levanta, se asea y me sirve un vaso enorme de chocolate hirviente; «Para que cargues nuevamente esos cojoncitos mi ángel», me dice con la cara roja y los labios hinchados.

Cada vez que me vengo se me va un poco de la agonía y elimino un poco de neuronas enfermas. Con cada venida, muero un poco más. Es una forma de suicidio placentera y el muy maricón no sabe que me ayuda a morir- o no quiere saberlo.

Él es profesor de química, un viejo maricón que afirman se ha pasado a más de un millar de alumnos en sus veinte años de magisterio. Creo que se ha enamorado de mala manera. Lo cierto es que me ha pedido que venga a vivir con él y «esta es la gota que desbordó la copa de mi paciencia», dijo mi puta madre, y el teniente Francés se enfureció tanto que cuando ella se lo comentó, le dio un piñazo tan grande que estuvo tres horas inconsciente: «eso es por tu culpa, lo criaste maricón y primero lo mato». Nunca antes su rostro se había tornado tan rojo, ni el golpe había sonado tan contundente. Mi hermana, lloraba mientras le colocaba bolsas de hielo bajo la nuca; «La mataste degenerao la mataste», sollozaba. «Eso debí hacer hace años, pero descuida, esa tiene siete vidas», concluyó después de tomarle el pulso.

El teniente salió arrastrándome por los pelos, dándome patadas por las nalgas.

-    Si vas a ser maricón vete, lárgate, dale el culo a ese viejo, pero no olvides que lo voy a meter en la cárcel.

De una patada me lanzó contra la pared. Medio muerto logré gritarle:

- No tienes ningún derecho sobre mí.

- Tengo todo el derecho del mundo culicagao-  nueva patada, esta vez en las costillas.

-    ¡No soy nada tuyo!

Sacó la pistola.

- ¡Primero te mato!

-    Sí, dispárame a los cojones.

Me dolía la vida. Entonces mi puta madre se interpuso entre el muerto y yo:

-    ¡No! ¡No mates a tu hijo!

Pensé estar viendo una telenovela brasileña. Un culebrón para amas de casa, mujeres consentidoras y lloronas. Mi puta madre se tambaleaba, y con una mano pidió ayuda a mi hermana y con la otra se aferraba a un horcón del  inclinado y podrido portal. Salí corriendo ante semejante confesión. ¡Yo hijo del muerto! Y mi padre qué coño era mío.

Por mi mente pasaron las imágenes del infeliz borracho, descuartizando la res, dividiéndola por partes, clasificando los tipos de carne en paquetes sobre los que, con su letra de analfabeto ponía números que luego supe, tenían su lectura en la charada. Juego que comencé a aprender el día que entró el teniente Francés, que aun no se llamaba así, ni era teniente, ni lo quería muerto, sino que era jefe del Sector de la Policía y parqueó el jeep como a dos cuadras y vino a pie, bordeando los patios, esquivando la mierda, los charcos de orine, los animales muertos, y entró por la puerta del fondo sin saludar y cargó con su jaba marcada con el 51 y antes de salir le dijo a mi madre, que todavía no era tan puta o si ya lo era yo no tenía conciencia de ello: «Dile a tu marido que aguante por un tiempo que la cosa está en candela». Y se miraron y me miraron y si nunca lo había visto creí haber escuchado en algún lugar su voz. Tal vez en sueños, bajo el efecto de la tonga de pastillas que me daban para mi intranquilidad. Y antes de salir por el mismo lugar se encontró con mi abuela: «Cada día se parece más al padre»- dijo la vieja y el teniente le tomó la mano a mi madre y se la besó y volvieron a mirarme. Le comenté a mi padre lo sucedido y me dijo; «déjate de ver fantasmas que ese policía no está en na y es un hombre a to». Confiando en mi padre me quité el ruido de la cabeza.

Tal vez las visitas del teniente eran frecuentes, pero desde ese día comenzaron para mí. Sobre todo cuando el borracho no estaba. Me adapté a la presencia del maldito- qué remedio- y hasta comencé a saludarlo con tal de que a mi padre no le sucediera nada. Un día escuché como le comentaba a mí madre, los dos encerrados en el cuarto: «dile a tu marido que se lleve al chama con él para que aprenda bien el negocio». Y al otro día la orden era cumplida:

- Papi riqui, por qué no te llevas al niño contigo.

- ¿Tú estás loca? Si nos cogen me espantan por el güiro  una bola de años. Ella zalamera se le montó arriba.

-    Mira que eres bobo, con el niño puedes decir que estaban cazando tomeguines, llévate una jaula y que la carne la traigan los otros, así, si dan un chivatazo y los cogen te libras… - lo acariciaba- y agregó categórica-  y el que tú sabes te puede tirar un cabo más fácil.

El borracho la apartó con cuidado le dio un beso en la frente comencé a salir con la banda.

La razón era de peso aunque no tuviera razón y fueran otras las razones. La jaula me la regaló el propio teniente y desde ese día la cama era para ellos.

Mi hermana estaba becada en la secundaria y fue una jodienda cuando la cogieron robando en el comedor y nos la devolvieron embarazada, y hubo que hacerle un legrado de hoy para mañana. Mi abuela resolvió lo necesario para una menor de edad y se la llevó un tiempo para su casa, que no es en otro pueblo, ni otro barrio, si no a tres pasos de la nuestra, pero ella lo hizo para que nuestra puta madre se diera banquete con el apuesto policía.

Mis salidas con los matadores de reses fueron menos de una docena, el policía intervino para salvar a mis padres de una acusación por corrupción de menores y escuché cuando le decía a mi puta madre: «Si atrapo al hijoeputa que me jodió el estar contigomamitodoeldía lo parto por el eje, pero el deber es en deber. Dile a tu marido que aleje al chama de la tumbadera de reses».

Al muerto le agradezco lo que sé en torno al sacrificio de ganado- que no es ningún sacrificio- y al borracho el arte del camuflaje. Y lo aprendido me ha de facilitar el ajusticiamiento del teniente Francés y su amante, mi puta madre.

¡Cuánto empeño puso mi padre,- seguiré llamándolo así- para enseñarme el oficio. Apostado en la maleza, en espera de la oportunidad precisa me habló de la paciencia. Yo a su lado, quieto y sus palabras bajitas,  menos que en un susurro, no sé, tal vez hablándome dentro de la cabeza:

-    Escucha, lo primero que tienes que lograr es que los animales no lloren. Porque el llanto es sufrimiento y sufrir es crueldad-.

Al principio me pareció que era otro el que hablaba, y luego caí en cuenta de que en su trabajo era un doctor, y por eso hablaba con tanta propiedad y coherencia.

- Lo segundo – continuó calmado, sentenciosamente - es no mirarle a los ojos; hijo, todos los animales ponen la misma mirada de espanto y angustia cuando los estamos matando y se nos puede ablandar el impulso. Se persignó -él que no creía en dios- y mirándome a los ojos y apretándome por los hombros me dijo con fuerza:

-    El cuchillo no debe temblarte en la mano, como tampoco debes hundirlo hasta el cabo. Es un movimiento preciso, corto, como la caída de un rayo. Así, entre esta y esta costilla.- y me señaló el lado izquierdo de mi pecho, donde se marcaban mis huesos- sin apenas tocar al resto del animal. Es como si el dedo de dios te apagara la vida.

Parecía un poeta mi borracho padre. Y lección tras lección vi caer, doblarse de las patas delanteras, a toros de tres mil libras y mas, vacas preñadas, bueyes aun fatigados del arado, novillas, terneritas mamonas, y todos, sin chistar. Y un día sostuve el cuchillo por primera vez y quedó perplejo ante la rapidez de mis actos y la ternura- un gesto desconocido para él- pues yo acariciaba a la bestia mientras perdía las fuerzas y se desangrada a mis pies. Luego con unas palmaditas en el lomo le daba las gracias a dios.

Cuarenta y cinco minutos le bastaban a la banda para distribuir en jabas y sacos toda la carne. Las noches eran sin lunas, quietas, mudas y a la mañana ya todo el material estaba en sus destinos entre chiflidos, toques, señales y  contraseñas que llegué a identificar sin problemas y le decía para su regocijo: ese es fulano, este zutano, aquel esperancejo- no digo los nombres para no denunciarlos-. Ya en la casa, sosegados, vendrían los otros mandamientos: «Comerás huevo durante tres días y luego vendrá la recompensa». Deshacerse de la ropa y los instrumentos de trabajo colocándolos en lugar seguro. «No deben atraparte ni con media onza de carne». «Negarás con todas tus fuerzas cualquier relación con tráfico de carne». «No delatarás a nadie en caso de atraparte, toda la culpa es tuya». Los mandamientos brotaban espontáneos, sobre la marcha, delante de todos, como si quisiera grabarle en la mente a cada uno de los secuaces de su banda la importancia  de acatarlos como ordenes de dios. Nunca me habló de un décimo y concluí  que no todo tenía que ser como en La Biblia.

No sé a quien debo agradecer la destreza en el manejo del cuchillo, fueron muchas las manos que tomaron mi mano para encausar la punta del arma hacía el corazón del animal. Solo sé  que todo lo que se aprende  siempre tiene su utilidad; el crimen será perfecto.

Si soy hijo del muerto y no del tarrú, como afirma mi puta madre debo tomarme la justicia en las manos. Y salí de la casa. Las patadas del muerto me llevaron a pedir refugio en casa de mi abuela, -la puta madre de mi madre puta,-  no para desahogarme contándole lo que ella sabía sino porque no tenía adonde carajo ir.

Ella observó durante un rato, mi cabeza hinchada, los ojos rojos y fuera de sus orbitas, con unas manchas color tabaco diseminadas sobre mi esqueleto forrado en cuero mate y al final me dijo: «Tu madre pronto será una mujer feliz, te estás muriendo a ojos vista». Sentí que su pecho se desinflaba y vi como su labio inferior se torcía a la derecha. Tal vez la mueca de la muerte en su rostro o la misma muerte burlándose de mi.

El teniente- conocedor de mis intensiones-  entró como una tromba y casi no tengo tiempo de ocultarme. De un tirón se lo contó todo a la puta suegra y está le comentó.
- Déjate de güevadas  que maricón o no, a ti, al final te importa un pito el muchacho.
Sentía sus botas moviéndose inquietas, locas por aplastarme la cabeza.

- Si es mío, al menos tiene que ser macho.

- Mierda macho, vete pal carajo que él no está aquí, y te advierto,- se que lo miró con el dedo en alto y los ojos amarillos clavados en sus ojos de vidrio-  cuídate, que hecho talco como está, te la puede arrancar si lo acosas. Imagino que se aferró los testículos con las manos para gritarle:

-    Los cojones es lo que me va a matar y eso, sino lo pesco antes y le meto un tiro entre las cejas.

El portazo selló la última palabra y la abuela vino a buscarme.

-    Debes irte por donde entraste- me dijo- no quiero jodienda con la policía.

Dos noches estuve oculto, desandando las alcantarillas del pueblo, hasta que- cerciorado de que nadie vigilaba la casa- busqué a Juanito. «Ese loco de teniente vino a buscarte la otra noche y si no es por tu madre me mata a golpes». El pobre pájaro viejo tenía los ojos amoratados y los labios partidos. «Luego apareció tu padre borracho y entre los dos se lo llevaron». Mientras hablaba yo me engullía un plato de frijoles negros con arroz, papa fritas y sendos bistec de puerco con mucha cebolla blanca, conservado en el frío hasta mi aparición. Luego lo vomité y me quedé mas vacío que antes. Sin fuerzas me tiré en la cama y no sé cuantas horas dormí.
Juanito me preparó un baño tibio y cuando me secaba vino la pendejada del viejo pájaro.

- Yo quisiera que te quedaras pero debes marcharte.

- ¿A qué le temes?

- Tengo una acusación por sodomita y pederasta y si te cogen en casa no me salva nadie.
La luna sucia continuaba pegada al cielo y fue tomando forma en mi mente la solución a mi caso. A Juanito le sudaban las manos y al verme con el cuchillo grande en las manos se puso a llorar aferrado a mis piernas. Le entregué el arma para que no encontraran sus huellas en la evidencia y le dije: «si no es con este, es con otro, pero hoy nos libramos de este martirio».

Salí a la calle, tal vez una llovizna fina caía sobre el barrio. Mojando el parcho de la luna. La ropa húmeda se me pegaba al cuerpo y un perro salió corriendo asustado al ver el espectro que debí parecerle. El aire me faltaba, me repuse de un primer mareo y me dije: lo que has de hacer hazlo pronto.

Los sabía dormidos- a los tres- a mi puta madre y al teniente Francés en la cama grande, uno a cada lado, con las piernas abiertas y los sexos jadeantes; y a mi padre- que ya no lo era más- borracho, tendido frente a la puerta del cuarto y escurriéndosele entre el vomito y las lagrimas la única canción que parece saberse: mas hoy que estoy tan solo y tan cansado de llorar…

El teniente y su amante, sudaban a pesar del ventilador y las ventanas abiertas. El borracho matarife, vuelto un ovillo, sin quitarse las ropas ensangrentadas y con el cuchillo de sus andadas a un costado, como si hubiera tenido la idea de hacer lo que yo haría tenía la boca abierta y llena de espuma. Al contemplar el cuadro supe que al fin dios estaba conmigo. La escena estaba mejor preparada de lo que jamás supuse.

El teniente Francés no tuvo tiempo de abrir los ojos, no emitió el menor de los sonidos, tal vez un ligero temblor de sus labios y los ojos que se abrieron sin ver. El cuchillo penetró certero, conocedor del camino, fiel caminante hacia la muerte acostumbrada. Ella iba a moverse con intención de cruzar una pierna sobre el cuerpo del amante y pudo decir ¡ay hijo! o me maldijo, no sé, por un instante la luna se detuvo para dar luz al arma. Quedaron mirándose a los ojos muertos. Ambas sangres saturaron en un abrir y cerrar de ojos las mugrientas sábanas. El cuchillo volvió a su dueño y cuando una sirena le anunciaba el arribo de la policía, el borracho salió corriendo gritando que la carne no era de el. Lo atraparon con el saco a cuestas. Tendió las manos al capitán, y las esposas sellaron su garganta: no tenía nada que aclarar.

Mi hermana debió despertarse con la algarabía de los vecinos en la casa de algún vecino, llegó medio desnuda, con sus nalgas de luna y sus labios hinchados preguntando por mí. Nadie me había visto.

Y aunque quise salir a su encuentro permanecí sumergido en el escusao, con la mierda al cuello hasta que lentamente se fue calmando el barrio y el paisaje volvió a la cotidianidad.
En plena madrugada vine y me acosté en medio del prado verde, donde pastan las reses. Tirado bocarriba el sol del medio día seca la mierda sobre mi cuerpo desnudo.

Es un caso de fuerza mayor, - después de tantos CSI, Detectives médicos, Casos no resueltos. Tras las huellas y otros programas policiacos,-verdaderos posgrados para delincuentes- espero que la mierda y sus bacterias me borren el olor de la sangre, las posibles evidencias de un asesinato premeditado.

Y hasta puedo, con mierda, lavarme la conciencia, si es que el cáncer me ha dejado algo de ella.
 


DANZA DEL ALMA; MÁS ALLÁ DE UNA «JIRA» DESCOMUNAL

DANZA DEL ALMA; MÁS ALLÁ DE UNA «JIRA» DESCOMUNAL

Por Luis Machado Ordetx

Sé del impacto reflexivo que dejaron esta semana los bailarines de Danza del Alma entre los caraqueños. Al menos, así lo cuentan despachos de prensa y mensajes de amigos que apreciaron los aplausos del público que asistió a las seis funciones brindadas por la compañía villaclareña en áreas del Teatro Teresa Carreño, plazas y calles circundantes de la capital del país, centro que acogió la celebración del Primer Encuentro Cultural entre Cuba-Venezuela que concluye hoy por la tarde con un concierto la Orquesta Filarmónica Nacional, dirigida por el maestro Pedro Mauricio González.

Nada sorprende de la compañía dirigida por el maestro Ernesto Alejo Sosa; hay un arte en la apreciación por desdoblarse en medio del sentido comunitario; emancipatorio y estético. Ahí estriba uno de sus galardones; principio indagatorio que va más allá de los prejuicios, tabúes e irreverencias que, luego de una exhaustiva investigación,  muestran los discursos coreográficos tomados a partir de los propios conflictos existenciales que rondan al hombre en la modernidad.

El enfrentamiento entre el ser y el estar; el ir o el venir desde una óptica contemporánea de los que convivimos en o desde Cuba, por supuesto, marcan una diferencia raigal dentro de un territorio del interior del país. Nada  en esas coreografías está reñido con el sentido expresionista que capta los entuertos, los conflictos, las ansiedades y las pasiones espirituales que asumen el hombre como ente social o individual. Esa es la vivencia que recrea Danza del Alma; es un código para el disfrute y el instante del desmontaje de la realidad ; sublimizar; simbólica; tangencial.

Pensar siempre de acuerdo a presupuestos y conceptualizaciones teóricas propias, enriquecidas en el debate plural, forma parte del canón alegórico que inscribe desde hace tiempo los postulados teóricos de Alejo Sosa. También es una meta trazada por los coreógrafos que lo asedian desde predios villaclareños, quienes también devienen en hacedores de nuevos derroteros; en armadores de otros discursos análogos.

Ahí reside el éxito de muchos de los más recientes discursos escénicos, entre los que aparecen “Pelotón” y “Skape”, por solo citar dos. Habría que incluir en la lista a «La luna en el bolsillo», «El silencio de los parques», «Las cosas que se ocultan», «Juegos de Guerra» y «Machos», todas de Alejo Sosa, así como la incorporación al repertorio de «Tráfico de lunes para la estupidez cotidiana», de Nikolai Almeida,  y el vital asesoramiento coreográfico que brinda la maestra villaclareña Selene Rodríguez Matamoros.

Vino ahora la primera gira internacional por Sudamérica, y justo Caracas —luego de dos cortas temporadas por Francia el pasado año—, brindó la posibilidad que otros públicos foráneos tasaran el arte y el discurso danzario de los coterráneos.

 Otra prueba de asentimiento llegó con la reverencia del auditorio congregado en la Sala Juana Sujo (perteneciente a la Fundación Casa del Artista, radicada en el Bulevar Amador Bendayán, de Quebrada Honda, en la Parroquia El Recreo); allí se apareció la pieza coreográfica «Autodiscurso», de Alejo Sosa, cierre del espectáculo de las compañías que representaron a la Mayor de las Antillas el  Encuentro Cultural que durante una semana azotó plazas, calles y salas del Teatro Teresa Carreño, de la capital.

Varias fueron las compañías isleñas que estuvieron allí (Danza Unidos, Compañía Rosario Cárdenas, Teatro de la Danza del Caribe, Contemporánea de Cuba, Endedans, Retazos, y Talares, de Villa Clara),  y Danza del Alma; todas dieron un toque distintivo con sus diferentes discursos estéticos; sus fundamentos coreográficos.

 Sin dudas, ese encuentro cultural de las artes escénicas y musicales, fruto de la solidaridad y cooperación entre ambos países miembros del ALBA, abre más puertas a los villaclareños en ese necesario e imprescindible intercambio de conocimientos y saberes que reclama el hombre cuando indaga en el por qué los conflictos existenciales del ser individual o social; patrón conceptual y estético en la mirada inquisidora a la realidad.

No por gusto, los coreógrafos Eduardo Rivero Walter —Premio nacional de Danza—, Rosario Cárdenas (DC), y los profesores Luis Roblejo y Jorge Abril (DCC), y Selene Rodríguez Matamoros  (Danza del Alma), formaron parte de la comitiva cubana que brindó talleres y conferencias sobre técnica y entrenamiento de la danza moderna antillana a bailarines profesionales venezolanos dispuestos a intercambiar criterios; a sumar juicios artísticos.

Eso dejó las sesiones prácticas y teóricas recibidas por  quienes  concurrieron a los espacios de la Universidad Nacional Experimental de las Artes, Plaza Morelos; propósito que tiene su prolongación a partir del próximo domingo, y hasta el 30 de marzo, en otros 14  estados del país sudamericano.

Otra vez será ocasión, para que, Danza del Alma y los artistas cubanos que forman parte de esa Cooperación Cultural, compartan saberes y refuercen proyectos estéticos que observen y provean en el hombre reflexiones y discursos capaces de espolear en nuestras   propias realidades sociales.

LA FIESTA DEL TOCORORO; UN REENCUENTRO CON RENÉ

LA FIESTA DEL TOCORORO; UN REENCUENTRO CON RENÉ

Por Arístides Vega Chapú (Escritor Cubano, Reside en Villa Clara).

                                                                                 a María.
                                                                              

          Nadie escapa al fascinante mundo que René Batista (Camajuaní, 1941-2010), desde ese don de sapiencia popular, pudo visualizar con marcada meticulosidad para en diferentes libros publicados en editoriales disímiles mostrárselos a todos.

          La fiesta del tocororo, Ediciones Memoria, del Centro Pablo de la Torriente Brau, ganador del Premio Memoria del 2009, meses antes de su fallecimiento, nos permite volvernos a encontrar con quien tanto hizo por la identidad nuestra a través de títulos fundamentales como  Aquí está Felo García (1982), Chivos y Sapos (2006), Cuentos de guajiros para pasar la noche (2007), entre muchos otros.

          Conocí a René Batista en los años ochenta, siendo cajero de la pizzería de Camajuaní, un oficio que parecía estar muy alejado de su vocación pero donde encontró muchos de los personajes e historias que él jerarquizó en su obra, siempre respetuosa de la sabiduría popular, de la oralidad que él quiso resguardar sabiendo que esta es un valioso patrimonio que posibilita entender la vida, el desenvolvimiento, los sucesos de un país.

          Para René Batista todo era importante; dejar constancia de un instante a través de la fotografía, la conservación de documentos que él llevaba a escala de todo, absolutamente todo; la invitación a una actividad, un programa literario, un texto manuscrito.   

          También daba lugar a la conversación de cualquiera que tuviera algo que contar, fuese bodeguero, campesino o profesor universitario. Su amplio archivo confirma el valor que siempre tuvo para el folclorista la conservación del material que le posibilitó una obra literaria tan amplia y abarcadora.

          Este nuevo libro publicado por el Centro Pablo es un bestiario cubano que se mueve entre la fabulación y la realidad. Dejar este muestrario, que junta más de cien monstruos que han convido en el imaginario de muchos cubanos, desde los aborígenes hasta el cubano actual, fue uno de sus últimos placeres.

          Bichos, insectos, animales raros, en zonas rurales y urbanas, se dejan ver en estas páginas que jerarquizan ante todo el imaginario de un pueblo que siempre ha sabido llevar sus sueños y fantasmas, sus fabulaciones a escala de realidad. Porque estas siempre serán tierras para convivir no solo con lo real sino también con lo maravilloso.

          Campesinos, hombres y mujeres de diversas edades y oficios, poetas como Nicolás Guillén, Florentino Morales, Edelmis Anoceto, Jesús Díaz, Alexis Castañeda, Eduardo González Bonachea y Geovanys Manso, junto al periodista José Antonio Fulgueiras, van dejando en estas páginas una creíble descripción de la  rica zoología fantástica que nos propone La fiesta del tocororo.

          Edición que engalana en su cubierta un dibujo de Samuel Feijoo, este título merecedor del Premio Memoria, incluye un prólogo de la conocida escritora e investigadora Dulcida Cañizares, amiga personal de René Batista,  junto a una nota  de la Editorial que rinde con este libro, merecido tributo  a su autor.

          A este proyecto dedicó sus últimas fuerzas el folclorista más fiel al magisterio feijociano. Merecedor de la Distinción por la Cultura Nacional y de la Medalla Félix Elmuza, entre otras condecoraciones y reconocimientos.

          Años le llevó acumular las historias que conforman este bestiario. Pera nada, ni siquiera la enfermedad,  podía detener al poeta, periodista, editor, promotor cultural e investigador de temas históricos y etnológicos, cuando se proponía un nuevo proyecto. René Batista fue un hombre acucioso y abnegado, trabajador como para siempre sentirse en posibilidad de sumar nuevos proyectos a su enjundiosa obra. Fue fundador del Comité Provincial de la Uneac en Villa Clara y miembro activo de la UPEC. Fidelísimo amigo, que no cesaba de  jaranear, con una capacidad envidiable de crear fantásticas historias que  él contaba con la seriedad de estar testificando una verdad.

          La lectura de la Fiesta del Tocororo nos devolverá la posibilidad de sonreír con sus ocurrencias. Esta fue su última obra concluida, aunque dejó mucho material acumulado para nuevos proyectos de los que de seguro se ocupará su hijo Alejandro Batista. Lo veo como una señal, como un último mensaje de René Batista a todos sus lectores: No hay nada más cierto que lo imaginado por el Hombre.



POETAS DE IMPRESCINDIBLE CONVITE

POETAS DE IMPRESCINDIBLE CONVITE

Por Arístides Vega Chapú (Escritor cubano, reside en Villa Clara)

Faz de tierra conocida, antología de la poesía villaclareña, publicada por Letras Cubanas. Otro motivo para regocijarnos.

          En la Capilla de La Cabaña convertida por la XX Feria Internacional del Libro de la Habana en la Sala José Lezama Lima,  fue presentada, ayer jueves 17 de febrero, la antología de la poesía villaclareña Faz de tierra conocida, Editorial  Letras Cubanas, 2010.

          Extensa compilación de la poesía producida en esta región que incluye noventa y siete poetas realizada por el escritor Yamil Díaz quien además tuvo la responsabilidad de la presentación y notas de esta antología.

          Por orden alfabético se expone aquí la huella dejada por nacidos o radicados en esta región que valida, y esta monumental antología de más de trescientas cincuenta cuartillas lo demuestra, como una de las geografías líricas más notables del país.

          La edición de esta antología estuvo a cargo de Mayléen Domínguez Mondeja, a quien debemos agradecerle halla asumido con profesionalidad un proyecto tan extenso y abarcador, lo que se traduce, en términos de edición, a una dura y encomiable labor que hubiera atemorizado a cualquier inexperto.

          Su impecable factura y su atrayente visualidad, engalanada con una obra del fotógrafo villaclareño Juan José Fernández Gómez, aportan atractivo y suman valor a este engorroso y laborioso proyecto.

          Desde los más jóvenes poetas como Sergio García Zamora (1986) hasta los más consagrados y tutelares como Samuel Feijoo y Carlos Galindo, a los que el título escogido rinde homenaje: Faz y Hablo de tierra conocida, dos de las obras de estos reconocidos poetas, la antología de poesía villaclareña acoge a poetas fallecidos y activos, algunos que en su momento abandonaron la escritura o decidieron seguirla haciendo solo para sí, a poetas que nacidos en cualquier sitio se radicaron en esta porción de tierra al centro del país, o nacidos aquí decidieron marcharse a otros puntos con que se dibuja el mundo.

          Este proyecto tuvo a bien un aportador epílogo con los Rasgos recurrentes en la poesía villaclareña, a cargo de la competente investigadora Carmen Sotolongo, que hace un cierre necesario a una recopilación amplia, diversa y exponente de cuanta tendencia, estilos y  variedad, la conforman.

           El rencuentro con líricas imprescindibles para esta región como la de Félix Luis Viera, Heriberto Hernández. Poetas no olvidados como Williams Calero, Evelio Luis Capote, Antonio Hernández Pérez, Yamila Rodríguez Eduarte, junto a los que ya alcanzaron una sólida madurez como Sigfredo Ariell, Pedro Llanes, Bertha Caluff, entre muchos otros, inscriben este proyecto en imprescindible para todo aquel que quiera acercarse, disfrutar, conocer o estudiar la poesía producida y sostenida en esta región.

          Jóvenes y maduros, reconocidos y desconocidos poetas se juntan en este importante proyecto para mostrar la pujanza de un movimiento lírico que ha testimoniado con autenticidad la vida de un sitio de provincia que algunos han caracterizado, pese a todo,  como esplendoroso y  que este nuevo título de la Editorial Letras Cubanas, en su colección Poesía, lo demuestran.

         Agradezcamos la labor de Yamil Díaz, que una vez más capitanea un proyecto trascendental para la cultura y la literatura. Un proyecto que armoniza y junta diversas voces, logrando llevar a efecto un libro que desde la necesidad de testificar lo ocurrido en este territorio es ya una prueba irrebatible de la vitalidad lírica que ha alcanzado una región que apenas era reconocida en el mapa lírico del país hace apenas unos treinta años atrás.

EL ÚLTIMO E ¿IRREPETIBLE? GRANMMY DE CHUCHO VALDÉS

EL ÚLTIMO E ¿IRREPETIBLE? GRANMMY DE CHUCHO VALDÉS

Por Mercedes Rodríguez García

Grabado con su flamante agrupación, Afrocuban Messengers, Chucho steps se
impuso en la categoría de mejor álbum latino de jazz. Se trata de un disco de rupturas de las combinaciones típicas del jazz y la música afrocubana, calificado por él mismo como «su proyecto más ambicioso, un trabajo arduo, recorrido por un espíritu innovador y el afán de crear algo nuevo».
 
Contiene piezas memorables entre las que destaca un danzón iniciado con ritmo de chachachá. Hay también homenajes a otros grandes del jazz como el New Orleáns dedicado a Wynton Marsalis y un Zawinul mambo, que funde a la perfección tradición y vanguardia y delata la admiración e influencia que el tecladista Joe Zawinul ejerció sobre él. Por supuesto, no falta Misa negra, un guiño de complicidad a su antigua agrupación, Irakere.
 
El cuarteto que lo acompaña  es una compleja maquinaria exquisitamente afilada. Yaroldy Abreu Robles, baterista, conoce que sólo constituye el apoyo de un gigante; el bajista, Lázaro Rivero Alarcón, ¿cómo hace para sostener tanta polirritmia?, y el Ramsés Rodríguez Bazalt, un «volcán que entra en erupción para incendiarlo todo cuando Chucho pide fuego a la percusión» y sus manos riegan combustible de alto octanaje al teclado.
 
 
              Virtudes ancestrales y estudiadas
 
Sería lugar común o frase echa escribir que a Chucho Valdés la música le corre por las venas o que yace en sus genes proveniente de los ancestros africanos, porque desde los tres años se sentaba al piano a tocar de oído. Entonces los vecinos más próximos de su Quivicán natal se acercaban al padre para decirle que Jesusito era un niño prodigio.
 
En realidad Chucho es sincero y reconoce que «si tocaba el piano a esa edad,  él no lo recuerda. «Mi padre dice que cuando él trabajaba en Tropicana como subdirector y arreglista de la orquesta, alguna vez que él había salido, quedaron sobre el piano dos partituras. Cuando regresó a recogerlas, sintió que alguien estaba tocando. Pero no estaba aporreando, estaba tocando melodías en el piano. Entonces corrió a ver quién era, y me encontró a mí, según él.

Le pregunta a mi madre "¿Y esto cómo es?, ¿tú le enseñaste?" y mi madre dijo: "No, yo nunca. Lo único que veo es que siempre que tú tocas él está atrás viendo". Cachao es testigo de esto porque ellos son contemporáneos y él visitaba mucho mi casa».
            
Pero Chucho sí ha estudiado muy bien el piano, y piensa que «en principio es así, pues hay que dominar el instrumento para sacarle lo que uno quiere y hacer la música que uno quiere, ya que la música es un lenguaje, un lenguaje diferente, el único lenguaje universal realmente ¿no? y es una forma como de hablar o de decir las cosas. Así como se habla un poco turbio y así se toca, se puede hablar claro, que las cosas lleguen más fácil».
 
Sin embargo no fue hasta los años 60 del pasado siglo, cuando un «breve calentamiento» en la agrupación Sabor de Cuba, dirigida por «papaíto» Bebo, unido a la fundación en 1967 de la Orquesta Cubana de Música Moderna, revelaron al creador. Un creador lo suficientemente extraordinario para declararlo con —solo 29 años— un gran compositor y uno de los cinco mejores pianistas de jazz en todo el mundo.


En realidad Chucho Valdés es de esos músicos que estudia y ejercita a toda hora, de los que él mismo se «aprieta la tuerca». Para él un compromiso, una manera de superar lo hecho con anterioridad; una  exigencia que «te va elevando a sí mismo, a tus músicos y el público te respeta».
 
 
               Crear con espíritu innovador
 
Un ejemplo fehaciente de lo anterior es el álbum premiado, identificado por el propio Chucho como «su proyecto más ambicioso, un trabajo arduo recorrido por un espíritu innovador, el afán de crear algo nuevo». En fin, una secuencia de 50 compases que no se repiten, con lo cual se propuso transportar «la música folclórica a un estado de ingravidez». ¿Logrará superar esta maravilla?
 
Muchos sienten el piano de Chucho «como si sus manos estuvieran sobre una tumbadora», lo que no es más que una especialísima manera de su pianística con sentido rítmico de la percusión. Como él mismo ha dicho, «su fuerte», denominado Afrocuban jazz o Latin jazz.            
 
En declaraciones difundidas por Twitter y su página de Facebook, Chucho aseguró sentirse feliz con este nuevo gramófono y rubricó la afirmación con una frase resoluta: «¡Viva la música!».
 
Por su trayectoria en el arte --incluye la docencia--, ha recibido en Cuba las medallas por la Cultura Nacional, Alejo Carpentier y Félix Varela, y los grados de Doctor Honoris Causa en las universidades de Canadá y La Habana.
 
 
 

CARACAS RECIBE A «DANZA DEL ALMA»

CARACAS RECIBE A «DANZA DEL ALMA»

Por Luis Machado Ordetx

La compañía villaclareña Danza del Alma arribó este sábado a Caracas para intervenir a partir de la semana entrante en el Festival Internacional de Solos y Duetos, un encuentro anual que organiza Venezuela en virtud de  los convenios artísticos con la Mayor de las Antillas y en el cual participan agrupaciones de ese país Bolivariano y del área del Caribe.

Por vez primera, Danza del Alma, con 15 años de fundada y dirigida por el coreógrafo Ernesto Alejo Sosa, hace un periplo artístico por Venezuela, invitada de ocasión por el Ministerio del Poder Popular para la Cultura, la Fundación Compañía Nacional de Danza (FCND) y el Instituto de las Artes Escénicas y Musicales (IAEM) de ese país andino, patrocinadores del certamen competitivo.

El pasado año el Ballet Contemporáneo Endedans, de Camagüey, figuró entre los contrincantes, y ahora tocó a la compañía villaclareña representar a Cuba en un festival al que asisten reconocidos bailarines y coreógrafos de la región dispuestos a conquistar los máximos premios en acciones artísticas que expresen la gestualidad corporal a partir de un diálogo unipersonal o en formato de duetos.

A parte de las sesiones competitivas en el Teatro Teresa Carreño, de Caracas, las agrupaciones artísticas que concurren a la cita, mostrarán al público capitalino espectáculos danzarios en plazas, calles, casas de cultura y museos de la capital venezolana.

Esta intervención en suelo Bolivariano constituye la tercera gira internacional de Danza del Alma, tras dos periplos anteriores por regiones francesas, y según declaraciones exclusivas de Alejo Sosa, llevan a la competencia las coreografías «La luna en el bolsillo», «El silencio de los parques», «Las cosas que se ocultan», «Tráfico de lunes para la estupidez cotidiana», «Juegos de Guerra» y «Machos», todas de su autoría.

Danza del Alma, desde hace años constituye una institución artística formada solo por hombres, y en esta ocasión llevan en roles de solista  o de duetos a Greice Díaz, Jorge Pausant, Nikolai Almeida, Greicer López y Jean Michel González, quienes a partir de los montajes coreográficos ofrecen al espectador la lucha del individuo frente a su destino, las angustias existenciales y espirituales y el discurso plural que trasciende ante los vericuetos sociales de la contemporaneidad.

También la Compañía Puropie!, del estado venezolano de Táchira compite en el certamen con la pieza «En busca del tiempo perdido», idea y composición original de la coreógrafa villaclareña Selene Rodríguez Matamoros —integrante del colectivo de dirección de Danza del Alma—, quien a finales de 2010 impartió junto al pedagogo y bailarín  Yasim Herrera Guerra, otro coterráneo del territorio central cubano, cursos y talleres de técnica de la danza moderna en esa región andina.

Rodríguez Matamoros y Herrera Guerra —director de la agrupación Talares—, luego de regresar en diciembre último a Santa Clara después de concluido el Encuentro Coreográfico Cuba-Venezuela 2010, retornaron a ese país  por lo que resta de este mes y parte del entrante para asistir al certamen de Solos y Duetos que transcurre por estos días, y ofrecer, simultáneo a las sesiones del certamen, clases y talleres de técnica de la danza moderna cubana y composición a bailarines integrantes de compañías profesionales del país Bolivariano.


RUSOS SINFÓNICOS EN VILLA CLARA

RUSOS SINFÓNICOS EN VILLA CLARA

Por Luis Machado Ordetx

La música de Jachaturian y Prokofiev, dos de los más grandes compositores  rusos del pasado siglo, y también textos inconclusos del notable Borodin, un decimonónico que hurgó en el folklore y la historia popular de esa región europea, constituyen parte de los altos vuelos artísticos que tributa en los últimos tiempos la Orquesta Sinfónica de Villa Clara.

De la mano de los directores —incluyendo a invitados—, persiste un empeño de renovación y firmeza instrumental en los prominentes espectáculos que prodiga el teatro «La Caridad», el principal coliseo de la ciudad.

El viernes en la noche hay un programa de lujo; reposición que irá al siguiente día a Sancti Spíritus, oportunidad casi única para que los yayaberos disfruten de una institución musical que, tras las efímeras salidas a Cienfuegos y Ciudad de La Habana —invitada al recién finalizado Festival Internacional de Ballet—, representa una exclusividad del centro del país. La cartelera del teatro anuncia a Iván Valiente, maestro invitado, y a la violinista Ivón Rubio, como instrumentista de similar condición.

En el repertorio aparece la marcha «El amor por tres naranjas», un texto musical escrito en 1918 por Serguei Prokófiev (1891-1953), con basamento literario tomado de un cuento oriental adaptado por Cario Gozzi; pieza que, luego de olvidada por décadas posteriores, retomó la avidez del público por el sentido alegórico, originalidad, y versatilidad de conocimientos que despierta  en el receptor.

De Alexander Boridín  (1834-1887), uno de los miembros del grupo de los Cinco, traen a la escena las «Danzas Povlotsianas», de la ópera «El Príncipe Igor», completada e instrumentada por Rimsky Korsakoff y Alejandro Glazunoff tres años después para su estreno en San Petersburgo luego de la muerte de ese músico, químico de profesión.

Aunque el programa de «La Caridad» no lo dice; al menos no se esclarece en la cartelera, constituye un texto musical fruto de tres autores (Rimsky-Korsakoff instrumentó el prólogo y los actos primero, segundo y cuarto, así como  la marcha polovtsiana, y  Glazunoff terminó los restantes números del tercer acto y reconstruyó la obertura legada por Borodin), hecho que ofrece mayor valor histórico a esa pieza teatral.

De la ópera «El Príncipe Igor», tal vez una de las más bellas de la historia musical, afirman algunos críticos, no solo por su estructura dramática y artística; sino, además, por los valores patrióticos que encarnan los personajes en los que se desenvuelve la trama, se pasará a la paleta orquestal de Aram Ilich Jachaturian (1903-1978), considerado uno de los músicos prolíferos en la escritura orquestal para cine y teatro.

El texto musical viene en esta ocasión de plato fuerte de la OSVC: invitó a la joven violinista Ivón Rubio a interpretar uno de los textos más sensuales y líricos que compositor armenio ideó a comienzos de la década del 40, fecha en que abrió la plenitud de su carrera artística: es el «Concierto para Violín y Orquesta»; una escritura  clave en cualquier repertorio sinfónico.

Si bien la música del ballet «Espartaco» se instituye en la composición más conocida de Jachaturian;  el «Concierto…», junto a otro homólogo que dedicó al «piano y orquesta», son de esas partituras que le dieron crédito internacional, pues evidenció  que el músico o el bailarín, debían transmitir al público, al receptor,  emociones frenéticas que enaltecieran el sentido espiritual y extrovertido de la  sensualidad del sonido.

Esos encarnan conceptos notorios en la triología de esas partituras que escribió y definió un el lenguaje para piano, violín y violonchelo, hechos que por vez primera en Villa Clara, y mañana en Sancti Spíritus, la joven instrumentista Ivón Rubio y la OSVC, fundamentarán el porqué retomar la gracia del «Concierto para Violín y Orquesta» junto a una institución cultural que, dirigida ahora por el maestro Iván Valiente, tiene agallas para sostener los valores artísticos y estéticos que la erigen entre las más descollantes del país.

PINTORA; UNA NIÑA DE HISTORIAS Y FANTASÍAS

PINTORA; UNA NIÑA DE HISTORIAS Y FANTASÍAS

Niña cubana que, desde muy pequeña, hace de la pintura una pasión más allá de los límites de su inocencia. Por segunda ocasión escenarios expositivos de la ciudad de Santa Clara muestran al público parte de sus últimos montajes artísticos.

Por Leydi Torres Arias

«Yo quiero tener un pelo tan largo como el de las princesas, por eso un día, cuando tenía cinco años, me comí todo lo que me sirvieron en el plato». Realmente tiene el pelo largo, casi hasta la cintura; pero  cuando se dibuja, alarga con color negro sus cabellos.

A Hermaiony de la Caridad Villa Machado le gusta su pelo, tanto como las historias de hadas. Disfruta hacer muchas cosas, como toda niña de seis años, pero sobre todo, le encanta pintar.

Cursa el primer grado en la escuela primaria «René Fraga», y mantiene desde el 27 de diciembre y durante este mes de enero, una exposición de artes plásticas en la Casa de Cultura «Juan Marinello», en Santa Clara.

Para la presentación de esta muestra, Hermaiony hizo un autorretrato, lo recortó cuidadosamente, lo pegó en cartulina y le pidió a su papá que escribiera, con letra bonita, los datos correspondientes.

Sin embargo, esta exhibición, «Sueños en papel», no es su primer acercamiento al público. Antes, en octubre de 2010, mantuvo una muestra titulada «Mis 6 añitos de artista», en la Casa de Cultura «Chichí Padrón» de la comunidad Los Sirios, donde vive. En aquella primera ocasión Hermaiony, al ver varios de sus dibujos colgados, se sentó en el piso del local y comenzó a pintar.

Como desde temprana edad desarrolló habilidades para las artes plásticas, la han incorporado, recientemente, a talleres de creación. Y cuando llega a su escuela, cuanto sabe, se dispone a enseñarlo a sus amiguitos.

El ingenio e imaginación de esta niña es sorprendente. Utiliza lápices de colores, crayones, plumones, acuarela, y además, guarda los envoltorios de dulces que se come, para luego crear figuras. Le encanta manejar las tijeras para cortar las hojas de papel y hacer lo que ella llama copos de nieve.

Cuando tenía menos edad, y sus padres la llevaban a un restaurante, Hermaiony tomaba las servilletas, y ahí mismo, entre platos, se dedicaba a pintar. En una ocasión, cuando el camarero fue hasta su mesa para anotar el pedido, ella le solicitó el lapicero y terminó por plasmar la figura del hombre en el momento en que le llevaba una copa de helado. Porque además le encanta el helado, «y el que más me gusta es el de chocolate».

Cuando iban a la playa, agarraba varios caracoles, y sobre la arena ponía forma a las ideas que tenía en mente.

Sus colores preferidos son el rosado, el violeta y el rojo, «pero de todos, mi favorito es el rosado». Elige pintar sirenas, princesas, caballos y unicornios. Entre los dibujos animados disfruta de la serie Winx y las películas infantiles, «pero no Blancanieves ni Pocahontas».

Cada trazo que deja en el papel constituye una historia. Así, luego de culminar una sucesión de dibujos, hilvana cuentos que le dicta a su mamá con tal rapidez que la madre debe apurarse para poder escribirlo todo.

El día que conocí a Hermaiony, ella estaba un poco acatarrada y había tenido fiebre la noche anterior. Sin embargo, de buena gana dibujó para mí, escribió su nombre, para que yo no cambiara las letras de lugar, y cuando terminó comenzó a zapatear como si perteneciera a la compañía Riverdance. Entonces me confesó que disfruta también el baile, y más si es ballet o baile español. Para ella, la justificación es sencilla: «cuando mi mamá me pone zapatos de tacones, me gusta hacer cosas con los pies».

Hermaiony tiene un mascota; un perro blanco y peludo al que ella nombró, de forma muy original, Dálmata Suky Flopy. ¿Tres nombres?, le pregunté. «No, es que, imagínate, todo el mundo tiene un nombre y dos apellidos, ¿no?»