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MARTÍ; UN BOSQUE DE IDEAS

MARTÍ; UN BOSQUE DE IDEAS

Por Luis Machado Ordetx

Desde hace más de una década un caficultor, Genaro Rafael González Bealtrón, y su familia reviven la epopeya de cultivar idénticos árboles a los apreciados por el Apóstol cubano a su arribo a Playitas de Cajobabo, en los primeros días de abril de 1895, luego de años de ausencia de la Patria.

Tras el desembarco en Playitas, al pie de Cajobabo, aquel 11 de abril, hasta la caída en combate en Dos Ríos, el 19 de mayo, Martí relata en su Diario de Campaña aspectos de la flora y la fauna de esa región serrana.

En 39 días --faltan las hojas correspondientes al 6 de mayo--, el paso por los montes detalla la presencia de 76 plantas; unas maderables, otras de frutales, algunas de raíces y tubérculos; medicinales, aromáticas y de hortalizas.

González Bealtrón, aplatanado en estas tierras villaclareñas desde pequeño, cuando vino de lares cienfuegueros, es un martiano al «natural», y decidió que sus plantaciones de cafeto --entregadas en usufructo para la explotación de ese cultivo--, tuvieran el rostro y el alma de Martí, el cubano venerable que lo impulsa ante los entuertos productivos, familiares; espirituales, de quebrantos físicos; de patriotismo singular.

Un 27, 6% de esa flora aludida por Martí, no aparece en su finca; son tan exóticas que el cosechero anda deseoso de obtener posturas de  pomarrosa; claro no tiene ríos cercanos; por eso la dificultad es sublime. Mayores aprietos encuentra en el  cultivo de la pajuá, la liria del lechugo, la sabina, el guisaso de tres puyas, y la boruca, según escribe el Apóstol para referirse a la brusca, de cuyas semillas tostadas surge una infusión de olor agradable.

De igual modo la finca del villaclareño no dispone de jigüera, árbol del caracolillo, el dagame, la jatía, el ateje, la jagua, la güira, el jigüe, el jubabán, la papa, el quiebrahacha, el almácigo y el higo. Aunque de vez en cuando también disfruta de siembras de ajo y cebolla, y dentro de poco incluirá el cajueirán (escrito así por Martí en su referencia al caguairán); el palo más fuerte de Cuba; cree que debían ser permanentes a cualquier hora del día; aunque sean ornamentales.

Tiempo atrás contemplé a este hombre; intimé con la familia, y recorrí sus plantaciones fecundadas de flores de cafeto; hoy concluyó su cosecha y no muestra la contentura de otros tiempos en que se situó en su Cooperativa de Crédito y Servicios Ignacio Pérez Ríos entre los abanderados de Cuba. Eso no importa; le digo, siempre y cuando busqué las respuestas del por qué del bajón de los rendimientos cercanos a los 120 quintales/caballería; antes logró rebasar los 400.

                     NADA; UN HOMBRE ACTIVO

 «Una enfermedad congénita en la juventud me dejó imposibilitado de caminar como un bípedo normal; desde entonces dicen ahí viene el «cojote Veguitas»; no lo veo como un eufemismo; más bien es una «caricia»  que tipifica el hecho de no estar tranquilo, sino oportuno en cada acontecimiento productivo o social», expone el cosechero.

Cuando apareció la Resolución 419 del MINAG para entregas de tierra en usufructo, González Bealtrón no lo pensó dos veces; creyó en la «aventura» del hombre, y hasta en Martí. Fomentó una plantación de cafetos; incluyó a toda la familia; eran como las hormigas; las abejas, y decidió plantar aquellos árboles que después de años asombraron la vista del Apóstol cuando apareció como un «soldado» más en la serranía oriental para desencadenar la Guerra Necesaria de la que tanto habló.
Algunos decía que «era un loco», y respondió «Loco de qué; de trabajar; eso siempre ha sido lo que he hecho en los 57 años que tengo de vida; es como un asombro de la naturaleza; de este tiempo que necesita revitalizarse entre todos los cubanos; así lo discutí», sentencia el cosechero.

En la plantación, ahora aumentada por disposiciones que protegen a los cosecheros de cafetos, hallo plátanos silvestres, como dice Martí en el Diario de Campaña --unas 27 cuartillas, con paginación del autor del uno al cincuenta y siete--, y gozo en el  recorrido que González Bealtrón hace por toda su finca; aquí saca un cangre de yucas; allá corta un racimo de plátanos criollo o de fruta; listos unos para freír en aceite hirviente, ora cocerlos en agua y sal caliente.

A pesar de su impedimentas físicas, confiesa que «ha dormido en el suelo; sobre la tierra fresca en un vara en tierra»; por eso González Bealtrón creó el Jardín Martiano; un Bosque; el Sitio de las Reflexiones, en le cual no pueden faltar las palmas reales, con sus penachos frenéticos, floridos; deseoso de empinar una cuesta que bordea la finca, allá ando; y aparecen la majagua; los curujeyes; el canto del tomeguín; alguna cotorra; y la belleza de la piña.

Allí hay caña para el alimento de los animales; de vez en cuando el cosechero de café extrae sus jugos; el rico y dulce guarapo que entrega a niños y jóvenes de las escuelas cercanas que acuden con sistematicidad a su Bosque Martiano; enseña su cultivo de boniato; de yuca; de malangas; de naranja dulce; agria, de China; y allá en lo intrincado de las cuestas que van hacia las alturas de Boquerones, aparece la yaya, la majagua de Cuba; las palmas reales y también el platanal, el cocal, el caimito, la yagruma; la yamagua, el cedro,  el pino, el jobo  y el mango florido en la primavera.

La respiración se entrecorta; el hombre anda ágil, pero sus acompañantes sienten el cansancio en la subida de la cuesta; los pies pesan  y se resisten a avanzar mientras los ojos avistan el camino que resta, las cercas colmadas de cupey de piña estrellada; de tunas; de piña rastrera, de cupey, así como del curujey o la jata que pende de las ramas altas de los árboles.

Hay olor a yerba verde; las zarzas dejan las huellas en la ropa; en la piel; igual hace el pica-pica; y al fondo se percibe una frondosa ceiba; un árbol que ronda los misterios de los vivos y los muertos según la ancestral herencia dejada por los negros africanos que, ante las alucinaciones por esa planta, dejaron abiertos todos los caminos que conducen a obsesiones superiores.  

No hay ríos en las cercanías; mas las frondas de los árboles dejan un frescor inefable; húmedo; de pasto bueno, en tanto los cafetos tienden a preñarse de flores; de azahares, y se percibe el rocío de las hojas que aún no tienen los efectos solares del día.

Allá, en las laderas de piedra negra está el sitial de la meditación; la reflexión de ideas; de idas y venidas de pensamientos; de oración y voluntad; y González Bealtrón sonríe por los vivos y los muertos; por la producción agrícola y la familia; ora en silencio por sus cafetales y piensa en la cosecha del año entrante; o sea, este 2011, cuando en septiembre vuelva a la recolección de las cerezas maduras.

Cuesta abajo todos «los santos ayudan», dice; allí en las cercanías de la vivienda, aledaña al camino que va a Boquerones, está la casa familiar; recinto modesto; guajiro, que recibe a cualquier visitante, y veo la plantación algodonera. Los olores del romerillo fresco; del culantro de Castilla, hacen presencia; allí está el ítamo real, el símbolo del cacao, y el pino que bate ramas al aire; todos dejan un silbido en los oídos; mientras la higuereta con sus hojas anchas, el gusto ácido, cremoso y familiar de una taza de café, hacen acto de presencia.

Allí, solo pregunto, ¿cuándo regresarán otros a disfrutar del Bosque Martiano?, y la respuesta resulta rápida, limpia; alegre: «Siempre; Martí es un soplo de luz para los cubanos»; ahí comprendí que los esfuerzos diarios del hombre; en ideas y hechos, comulgan en voluntades de presente y de futuro en el más completo bosque que recrea en Villa Clara el alma y el rostro de los últimos días del Apóstol entre nuestros mortales.

FLORA CITADA POR MARTÍ EN EL DIARIO DE CAMPAÑA. (En negritas, aquellas no incorporadas por el campesino González Bealtrón en su finca agroecológica de la serranía villaclareña).

1)- cañas; 2)-buniatos; 3)yaya; 4)- majagua de Cuba; 5)- cupey de piña estrellada; 6)- naranja agria; 7)- palmas viejas, 8)- mangos, 9)-naranjas, 10)- cocos, 11)- plátanos, 12)- malanga, 13)- pomarrosas, 14)- caimitos, 15)- tomates, 16)- culantro, 17)- orégano, 18)- algodón, 19)- tabaco, 20)- naranja de china, 21)- café cimarrón 22)- cupey, 23)- pajuá, 24)- culantro de Castilla, 25)- limón, 26)- flores de muerto, 27)- romerillo, 28)- liria del lechugo, 29)-  ítamo, 30)- yamagua, 31)- sabina, 32)- cedro, 33)- yagruma, 34)- pasto bueno, 35)- guisaso de tres puyas, 36)- tunas, 37)- platanillo, 38)- boruca (brusca, semillas tostadas que exhalan un olor agradable), 39)- majagua, 40)- jigüeras, 41)- yareyes, 42)- árbol del caracolillo, 43)- cacao, 44)- cupeyes, 45)- curujey, 46)- jobo, 47)- yuca, 48)- cacao, 49)- café, 50)- piña rastrera, 51)- guanábana, 52)- tomate, 53)- pino, 54)- yerba verde, 55)- ajengibre, 56)- ceiba, 57)- guásima, 58)- dagame, 59)- jatía, 60)- ateje, 61)- cajueirán (caguairán), 62)- júcaro, 63)- almácigo, 64)- jagua, 65)- güira, 66)- jigüe, 67)- jubabán, 68)- caoba, 69)- quiebrahacha, 70)- pica-pica, 71)- zarza, 72)- higuereta, 73)- ajo, 74)- cebolla, 75)- papa, 76)- higo.


CUBANO SIEMPRE

CUBANO SIEMPRE

Por Jorge Luis Rodríguez Reyes (Escritor Cubano; Reside en Villa Clara).

 

«También soy cubano»; Título original que remitió el autor para sustentar sus puntos de vista sobre la apreciación de la Literatura Cubana.

 

Porque sí, aclaro, soy cubano y resido en un pueblito nombrado Manicaragua, perdido casi en las montañas del macizo Guamuhaya, alejado de la urbe; alejado de donde sé que con asistir a alguna(s) que otra(s) tertulia(s), sea o no habitual como las del piquete de el Caimán, se abre ya un buen trecho en el (re)conocimiento dentro de la ciudad letrada1; aquella que tan certeramente conceptualizó Ángel Rama, alguien que quizás tampoco se conozca mucho y por ello ubico en una nota lo dicho por el medular crítico uruguayo.

 

Por un momento rehusé contestar: no me gustan esas polémicas surgidas en nuestra tierra. Polémicas que acaban generalmente en un vulgar galimatías, en el conocido ciberchancleteo, y aclaro, no tolero participar en esas andanzas, en esos parloteos, porque entre otras razones no dispongo de mucho tiempo para ello.

 

Aunque no puedo contestar las interrogantes y aclaraciones hechas a Roberto González Echevarría, por el simple hecho de no ser él, intentaré responder alguna de las dudas que me surgieron al leer el texto publicado en http://cubanosdekilates.blogia.com; y además todo aquello referido en algún grado a mí. Creo así poder satisfacer las aclaraciones solicitadas.

 

Parte el texto Roberto González Echevarría: una visión escéptica sobre la literatura cubana desde lo anecdótico de andazas y piquetes faranduleros, algo que en buen periodismo el redactor más inepto segaría de la primera mirada, pero otorgaré un voto a lo espontáneo y por ello pasaré al segundo párrafo, donde se pretende arribar desde lo particular —lo dicho “por el redactor más antiguo del Caimán Barbudo: Bladimir Zamora2 a lo general.

 

No dudo que Bladimir Zamora ha escrito o escribirá lo que le ha venido en gana, pero dudo mucho que pueda publicar lo que le venga en gana —como en cualquier parte que se viva en sociedad, con cualquiera de las legislaciones que administren la polis y sostengo que existen, por demás, muchas, pero muchas ganas que no son las escritas por Bladimir y estoy convencido que no fueron publicadas por diversos motivos, por disímiles pretextos, por disímiles voluntades, en fin por quiméricas ganas, y eso es algo que se debe inferir, porque —sin ofender— no tengo ganas de nombrar.

 

Conozco también que no suelen acercarse personajes temibles a los periodistas y escritores cubanos para dictar en sus oídos el contenido de un texto”, a mí por lo menos no me ha pasado, ni creo permitirlo, pero sé (cualquiera sabe, estoy seguro), respiro, como diría Eliseo Diego, qué es lo publicable: no  podemos ser tan ingenuos. No hay que hacer anécdotas, las ahorro, mucho se ha escrito ya de censura. Pero será incierto que la literatura ha fungido como prensa, que ha llevado el papel de reflejar —por años— la realidad cubana (el cine, salvo excepciones, no ha sido más que una caricatura, gozosa en muchos casos; aciaga en otros, de nuestra realidad). ¿Por qué será esa situación?

 

Suerte la de muchos que escribimos y radicamos en la isla el hecho de que escribir sea un karma, además de una tabla de salvación que implosiona muchas escalas de valores que coexisten en nuestra realidad. Para mí lo es, y así asumo la literatura, y tampoco poseo internet en casa: si un  periodista, uno de los únicos oficios del sector intelectual a quienes les permiten esos servicios en casa no lo tiene, qué deja para un simple lector del interior, que es lo que soy. Aunque aclaro que acá, sí existen sitios, desde la cultura, donde brindan ese servicio a los escritores y demás artistas, algo vital y que se agradece.

 

Es imposible conocer a todo el mundo: uno va dando tropiezos y (des)conociendo gente, rostros que se dibujan y desdibujan. No creo que sea necesario el conocimiento mutuo, pero es algo inevitable desde el escrito Roberto González: Una vi…al menos en cierta dimensión. Ahora, leerme o no, tampoco redundará quizás algo beneficioso. Mucha relectura aconseja el sabio Borges en vez de leer, idea que he intentado seguir desde hace años y es algo difícil porque en este mundo nuestro a cada tropiezo aparece algo interesante en qué ocupar el tiempo y no hablo solo de lectura, pero como asumo que un  graduado de periodismo en Cuba debió estudiar en profundidad la Literatura Cubana, confieso que el no conocer a González Echevarría —aunque sea por referencia—, es algo que deja mucho que desear para tales planes de estudios, porque él es desde hace años, independientemente de cualquier postura extraliteraria,  alguien ineludible al recontar la historiografía literaria cubana de la última mitad del siglo xx.

 

Mucha equivocación conlleva decir que ese sagüero ilustre ha sido publicado una sola vez, lo ha sido varias veces: las últimas ocasiones fueron en el número 36 de Umbral, revista cultural del terruño villaclareño; allí aparece un ensayo sobre la novela Francisco del escritor Anselmo Suárez y Romero, texto que es parte de su último libro titulado Cuban fiestas, y la otra publicación fue la misma entrevista que  se cita, y esta apareció en el boletín digital Hacerse el cuerdo, órgano literario de la UNEAC de Villa Clara. Por cierto, hice gestiones para publicar esa entrevista en la Gaceta de Cuba por el valioso aporte teórico de González Echevarría para la Cultura Cubana y alguna gana —gana no contemplada en las del redactor del Caimán Barbudo— sin ver siquiera la entrevista, después de decir que sí, se negó de un día para otro. Pero asumo que debió ser alguna gana antojadiza y lo entendí: algunas de esas revistas nacionales se hacen muchas veces con ganas muy frívolas y reducidas. ¿Me equivoco? Quizás sí, no quiero ser injusto, pero hoy lo veo así.

 

Como dije al comenzar este texto, no puedo contestar por Roberto González Echevarría, pero es indudable que la literatura cubana tuvo etapas que se pobló de burócratas, o qué son esa banda de desvirtuados que florecieron al son de la ejecución de políticas extraliterarias y parametraron condenando al ostracismo a muchos creadores. Recordemos que es una entrevista y no me corresponde —o no tuve ganas de— validar todo el cúmulo de opiniones vertidas por el entrevistado. Afortunadamente, el mundo literario cubano ha sabido limpiar sus filas y al menos desde donde me desempeño, no atisbo ninguna de las alimañas nombradas, pero recordemos que uno nunca sabe el todo.

 

Sostengo desde hace mucho que lo producido fuera de la isla es un cúmulo a rescatar, es un pie que ya lleva muchos años inmóvil y es necesario echarlo a andar, eso intento con esa entrevista: dar a conocer a un autor importante de esa masa creadora con la cual comparto, por sobre todas las cosas, lo más importante para mí: la Cultura Cubana y a esa, nos debemos todos, los de adentro, los de afuera y los por venir.

 

No  es una pregunta ingenua, al menos lo pretendo así, parto del presupuesto que el entrevistado no conoce la totalidad de la literatura cubana contemporánea publicada, ¿alguien la conoce? Porque es casi seguro que se atrevan a bosquejar los nombres más conocidos, quizás las obras más sobresalientes y algún que otro autor con obra exquisita, pero ¿podrá alguien hacer un canon cubano imperecedero de esas creaciones que se mencionan, alguien podrá a excepción de Cronos y este auxiliado por el valor de uso que brindarán los lectores actuales y futuros a ese corpus en el transcurso de décadas?

 

Creo que muchas veces se publican obras con una visión clonada de Cuba: tópicos que se ponen de moda y se desarrollan en obras que dentro de Cuba no serán publicadas por diversos motivos —o para estar a tono: por diversas ganas— y entonces se buscan otros horizontes editoriales con las diversas condiciones económicas y publicitarias que ello reporta. Horizontes prestos a eso, a publicar esa literatura: muchas veces (no la totalidad de tales obras),  sabiendo que es mala literatura, que —diría un amigo— es una literatura pedestre,  candonguera. Acaso existen hoy en nuestra isla escritores de la talla de Carpentier, de Lezama o de Virgilio, etc., o por ejemplo acaso existen autores que la masa crítica y autoral reverencie tal como se reverencia internacionalmente a Roberto Bolaño o a Ricardo Piglia, para mencionar dos de nuestro continente, aunque Bolaño estuvo repartido entre Chile, México y España, aclaro ante tanto desconocimiento reinante. ¿Se entenderá ahora mi visión?

 

Amparado posiblemente en el dialogismo bajtiano,  cuando leo lo de un Kafka en Camajuaní3 interpreto que los mecanismos de la cultura oficial,4 al ser ejecutados por personas, es muy posible que cometan errores, entre otros, a la hora de jerarquizar. Si permiten un ejemplo, pasé meses buscando la novela El polvo y el oro, de Julio Travieso, novela que es paradigmática en lo que a calidad se refiere para las últimas décadas y no la encuentro en ninguna librería y ha sido robada de varias bibliotecas públicas que he visitado, y  pregunto ¿se acercará el número de ejemplares publicados de esa novela a las reimpresiones sucesivas de otras obras amontonadas casi eternamente en almacenes ante la indiferencia de los lectores? Lo dudo, y asumo que es mi experiencia: por ello no puede ser toda la verdad del asunto.

 

De cierta forma se pide que lea a los escritores cubanos actuales. Lo informo: leo con deleite una masa significativa de estos e incluso aspiro algún día a ser parte de ese movimiento autoral que tiene fuerza y empuje, pero leerlos a todos sería casi imposible: recuerden que sigo a Borges en lo referente a (re)lectura.

 

Ahora quisiera hacer la misma pregunta que me hace el autor del texto referido —supongo, en bien de aclarar a los lectores allende las fronteras, al ser estos textos colgados en un blog en internet—, y yo pregunto a ese autor acerca de las condiciones que imposibilitan el conocimiento de los autores valiosos que pujan en Cuba por un reconocimiento, porque “Una aclaración al respecto me parece indispensable, so riesgo de que un por ciento estimable de lectores no consiga descifrar la incógnita. Muchos lectores desconocen esa realidad y sería interesante ver su punto de vista”.

 

No entiendo porqué al emitir un criterio Roberto González Echevarría se denigra, es su opinión, errada o no, completa o parcial. Es la visión suya de una realidad y supongo que no sea su voz la única al validar una literatura aún en formación, supongo que vendrán muchos críticos a mirar y tasar ese corpus que añoramos e intuimos saldrá de las creaciones que menciona. Ya se sabe mi criterio: solo Cronos y el valor de uso que le den a esa literatura, desde una ama de casa, hasta un académico como González Echevarría: quien sin conocerme, siendo como soy un total desconocido en ese maremágnum autoral mencionado, accedió a intercambiar sus opiniones conmigo y por ello le agradezco infinitamente; también me pidió que distribuyera textos teóricos de su autoría en formato digital, lo cual hice en la comunidad autoral villaclareña —si me dicen cómo—, igual lo haría con quien desee y con ello no  resultará tan desconocido tal teórico. Aunque advierto, la suya es ya una vasta obra que muchos desconocemos en Cuba, y ojalá podamos calibrar en algún momento, no esta simple entrevista, sino la totalidad de lo escrito por él sobre Carpentier, Severo Sarduy o el Siglo de Oro. Eso es una deuda que tenemos con él y la Cultura Cubana algún día tendrá que echar a andar en ese sentido para que podamos palpar ese lado desconocido, para recuperar esas voces que nuestras jóvenes promociones no deben obviar, porque para que ande sólida y sin tropiezo nuestra cultura tendrá que levantar también ese pie que no hemos incorporado como debíamos a nuestros pasos culturales.

 

Ese Libro Total se está haciendo ahora mismo: ya se sabe quiénes serán los parametradores a mi criterio, y por último, esa generación que se anuncia,  sabrá deslindar la hojarasca de lo imperecedero, pero esa perspectiva sincrónica yo no la tengo aún, incluso,  ni la diacrónica. ¿Alguien sí?

 

Martes 18 de enero de 2011

 

NOTAS

[1] - “(...) el anillo protector del poder y el ejecutor de sus órdenes: Una pléyade de religiosos, administradores, educadores, profesionales, escritores y múltiples servidores intelectuales, todos esos que manejaban la pluma, estaban estrechamente asociados a las funciones del poder (…)”. (Resumo, la esencia,  en esta breve nota).

 

2 - Nombro a Bladimir Zamora porque usted lo toma como referente. Me disculpo de antemano con él y asumo que entenderá la necesidad de citarlo.

 

3 - Lo cual es probabilísticamente posible, porque allí existe un movimiento autoral autóctono [recuerde que las ciudades letradas de las urbes se componen por un gran por ciento de autores inmigrantes] que ya quisieran tener esas grandes ciudades, por demás en ese municipio  se gestan procesos culturales de singular atractivo.

 

4 - Entiendo por Cultura Oficial el accionar del conglomerado de instituciones presupuestadas por el estado cubano o al menos las  consensuadas por este.

 

 

BALLAGAS; POEMAS PERDURABLES

BALLAGAS; POEMAS PERDURABLES

Por Leopoldo Luis García (Periodista y Escritor. Reside en Ciudad de La Habana)

Tributo en el centenario del poeta cubano Emilio Ballagas Cubeñas (1908-1954). Una de las voces más fecundas de la Literatura Cubana del pasado siglo.

El muchacho tendría unos doce años. Al libro le faltaba la cubierta, aunque no era una edición antigua. Debió llegar a la casa en uno de los baúles de la madre, mezclado entre discos de música americana de los 50 y libretas de teléfono, con los números de amistades que nunca volvería a llamar. A poco se olvidaron de regar la planta que fenecía en el tiesto, sin importar a nadie, hasta quedar la tierra desnuda y libre como en el camposanto. El hermano menor solía dejar el libro sobre la superficie seca, extraña a la fertilidad de unos versos que no lograban florecerla. Nunca ocurrió el milagro.

El viento mecía con lentitud las tardes, mientras la madre se arriesgaba a mirar por la ventana de la cocina y el hermano menor acomodaba el Chevrolet en el patio, en honor del padre muerto. Sólo el muchacho de doce años revolvía las gavetas, descubriendo poesías que su madre escribió con letra áspera en el cuaderno de juventud. Un adolescente con un título inmenso entre las manos; Cincuenta años de poesía cubana abandonados sobre el bocal en desuso, a punto de perderse o salvarse definitivamente en la lectura: “Si pregunta por mí, traza en el suelo/ una cruz de silencio y de ceniza…”.

Siempre me ha parecido que la poesía envejece. Se trata de una sensación peculiar, sin probable sostén más allá de mis propias percepciones. Una suerte de solipsismo literario, tal vez. Me ocurre con frecuencia: repaso poemarios que alguna vez exaltaron el espíritu de generaciones anteriores, sin que pueda remontar el abismo infranqueable de sus versos, hoy lejanos. Llegado a ese punto, no consigo avanzar en otra dirección que no sea la del interés profesional, la del sentido de búsqueda en aquellos poetas considerados “de escuela”, imprescindibles a los programas de estudio.

Algunos poemas perduran, sin embargo. Sin importar cuándo fueron escritos, conservan intacta la frescura, como si la aspereza del tiempo no alcanzara a marchitarlos; al margen de giros estéticos, corrientes o tendencias. Un texto de vanguardia se disfruta entonces a la par que una elegía romántica; un soneto clásico del mismo modo que un poema en prosa. La explicación escapa a la simple perspectiva humana, fuera de todo contexto racional. No basta con la reflexión exegética, hay que aprehender el misterio.

Emilio Ballagas es uno de esos poetas misteriosos, cuyo tono intimista le sobrepasa, para horadar en ámbitos ajenos. Tuvo una vida breve, en la que, por supuesto, no pasó de publicar escasos libros. Cielo en rehenes, que mereciera el Premio Nacional de Poesía en 1951, sólo fue editado tras su muerte. Apenas veinte años atrás había irrumpido en la poesía cubana con un tomo de versos formidable: Júbilo y fuga, en el que asoma el vanguardismo elemental de sus primeros textos, aparecidos desde la década anterior en la revista Antenas, de su natal Camagüey.

Ballagas representó, como ningún otro, el poeta sensorial de esta primera etapa de estallido vanguardista en Cuba, cuya indagación no acaba en la sonoridad misma, en tanto su poesía toda pareciera hecha por y para los sentidos: la vista, el oído, el olfato, el gusto. En Júbilo y fuga —y en Blancolvido luego, que recoge versos escritos entre 1932 y 1935—, hace de la palabra, del regodeo jitanjafórico, el asidero clave de su construcción escritural. La pauta mallarmeana de hacer girar el poema en torno a la palabra, lo acercan entonces a la llamada “poesía pura”, integrando —junto a Mariano Brull y Eugenio Florit— una cara trilogía de líricos cubanos, de impronta insoslayable en los ulteriores rumbos de la literatura nacional.

En 1934 ha visto la luz su Cuaderno de poesía negra, especie de rara avis que no adquirió después continuidad en su obra, pero que marca un momento esencial en su devenir artístico, seducido por una temática negrista que viene como anillo al dedo a sus obsesiones sensitivas. Ballagas vuelve sobre la musicalidad del verso, aunque sin desdeñar esta vez un leve soplo anecdótico-narrativo: “Ni fue ladrido ni uña,/ ni fue uña ni fue daño./ ¡La plancha, de madrugada, fue quien te quemó el pulmón!”.

Pero Ballagas es, ante todo, un poeta de complicada taxonomía. El que parece querer enfrentar el mundo con una mezcla de aprensión y gozo, el que pretende desasirse y escapar en medio de una paradoja introspectiva, es al mismo tiempo cantor de la incipiente transición vanguardista que tiene lugar en la Isla a inicios de la década del 30. Es cierto que no se da en Ballagas —como en prácticamente ninguno de sus contemporáneos— el vuelco definitivo hacia la vanguardia poética, por lo menos en el sentido en que se produce en otras naciones del subcontinente.

Los años 30 han sido testigos de la edición española de Trilce, con su cardinal ruptura. Han aparecido los versos incendiarios de Altazor. Neruda escribe su Residencia en la tierra. En lo formal, Ballagas no renuncia a las estructuras tradicionales de la lengua. Pero el rejuego metafórico lo distancia ya de la flamante hornada neorromántica que atraviesa la época, a la que ha sido confinado por numerosos  críticos.

En 1939 todo está listo para Sabor eterno, probablemente uno de los libros más notables en la historia de la poesía insular. Conservando intacto su diseño estructural —tal como fue concebido— Sabor eterno alcanza un vuelo casi antológico: ninguno de los poemas que lo integran merece ser desechado, y al menos cinco de ellos pertenecen a lo mejor de la lírica cubana de todos los tiempos, convirtiendo a Ballagas en el maestro que han reconocido —cada vez con mayor fuerza— subsiguientes generaciones de poetas.

Sabor eterno representa, al mismo tiempo, acaso un libro-puente en la obra de Ballagas, con el que se desmarca tanto de la poesía purista como del vanguardismo creativo. Hay en él un desasosiego espiritual que no afloró hasta entonces en su poesía; y que ya no tornará a manifestarse con la intensidad que acusa en “Elegía sin nombre” o en “Nocturno y elegía”, los dos textos que concentran el carácter pinacular del poemario. Es también el instante de la emotividad, cuando el temperamento —apacible antes— se desborda, ciego, incapaz de contenerse: “¡Ya es mucho parecerme a mis pálidas manos/ y a mi frente clavada por un amor inmenso!”.

“Elegía sin nombre” es —no puede negarse— un poema de amor dramático, en torno a cuya vocación homoerótica se ha especulado y dicho, sin que promotores y detractores de la tesis acierten a menguar o acentuar el goce estético de un texto que agradece a sí mismo su valía poética. El drama del sujeto lírico adquiere una connotación intrínsecamente democrática: “Sé que ya la paz no es mía:/ te trajeron las olas/ que venían ¿de dónde? que son inquietas siempre…”; a lo que se suma un voluntario alejamiento de la imagen tradicional: “Yo andaba por la arena demasiado ligero,/ demasiado dios trémulo para mis soledades,/ hijo del esperanto de todas las gargantas,/ pródigo de miradas blancas, sin vuelo fijo”. La concomitancia de estos dos sucesos convierte la “Elegía…” en un poema narrativo absolutamente magistral.

La siguiente composición estremecedora de Sabor eterno será “Nocturno y elegía”, donde Ballagas renuncia al versolibrismo del poema anterior para dar a luz un texto que mucho debe en lo formal al modernismo decimonónico, agrupando sus endecasílabos blancos en estrofas de siete versos, pero dejando espacio otra vez a una imagen por momentos rara, de ruptura, y que no parece ligada a la poética neorromántico-conceptual que signa buena parte de su producción de estos años.

El búho del “Nocturno…” pertenece a la más rancia ortodoxia romanticista; más el poeta da un giro metafórico inesperado, al describir su “aceitado vuelo”. Se trata de la misma “verde voz desamparada” que reniega de su estirpe con frases desoladas, en sombrío diálogo con un espectador que permanece oculto, y sin embargo al tanto de sus tribulaciones eróticas.

“Nocturno y elegía” es un poema mayor, dentro de la rica saga inspirada por el fracaso amoroso, la entrega inútil o la caída del ángel, en el más puro territorio de la lírica popular cubana, encubriendo el lacerante sentimiento de pérdida con la resignación y el silencio: “La carne es un laurel que canta y sufre/ y yo en vano esperé bajo su sombra./ Ya es tarde. Soy un mudo pececillo”. Brota en estos versos una emocionalidad pletórica del imperativo romántico, y se aparta Ballagas de la naciente órbita origenista que ha comenzado a producir por esta fecha sus primeros textos. Apenas distanciados desde el punto de vista generacional, los poetas de Orígenes rechazan de plano la estética ballaguiana, asimilando estilos que sellarían más tarde el destino de lo mejor y más importante de la poesía cubana en la segunda mitad del siglo XX.

En “Poema impaciente” se traslada Ballagas hasta una zona poblada de indeterminaciones, estableciendo un nuevo diálogo cuyo interlocutor no es dable reconocer. El poeta parece hablarle al amor, al amante ausente, pero eventualmente —y también— a su naturaleza vital, a la creación poética, al instante del arte que se sabe incapaz de prolongar. Y, al hablar, trasluce un aliento místico que va más allá de lo religioso, dado que Ballagas fue toda su vida un hombre de inconmovible fe: “¿Y si llegaras cuando/ la tierra removida y oscura (ciega, muerta)/ llueva sobre mis ojos,/ y desterrado de la luz del mundo/ te busque en la luz mía,/ en la luz interior que yo creyera/ tener fluyendo en mí?”. “Poema impaciente” no deja de ser un texto inusitadamente breve, entre cuantos componen el poemario, sobrecogiendo la carga expresiva que su autor dispone en versos, a primera vista irregulares, pero que mueve con oficio alrededor del pie de siete, para rematar con una estrofa cuya sonoridad y metro se instalan con ventura entre los clásicos de la lengua: “¿Y si llegaras tarde,/ y encontraras (tan sólo)/ las cenizas heladas de la espera?”.

La “Elegía tercera” y el segundo “Nocturno” consuman el pentateuco lírico que convierte a Ballagas en una voz ineludible dentro de la cultura patria. No muchos creadores —antes o después— entrarían a nuestra poesía con igual número de textos magníficos, aupados en el mismo volumen.

Se puede presentir la muerte. Se nos revelan signos inequívocos, a veces, en la gente que se ama. En las cosas que se añoran. Un cristal se quiebra, sin justificación plausible. Un amigo se aleja sin dar explicaciones. Y se escribe un poema, previniendo el final.

 En la “Elegía tercera” se apela a la muerte (lugar común), recurso concluyente: “Me veo morir en muertes sucesivas,/ en espiral de muerte inacabable/ por espejos de muerte presidida”. Otra vez el poema breve, conmovedor, traspasado por el estoicismo del sujeto en la caída. Sujeto que ha amado —aún ama— asediado por el recuerdo: “…inútil tu memoria de luceros/ busca en mi mar suicidio, pide olvido”.

En el “Nocturno” resume su condición Ballagas, cierra un ciclo. El sujeto se ha quedado solo, abandonado en el páramo inhóspito de su recogimiento, distante de cuanto le rodea. El fantasma que transita por los momentos claves de Sabor eterno, parece desvanecido. “De pronto me he quedado como una rama sola/ en espera del fruto y de la dulce hoja,/ como un desierto, como un libro/ olvidado en el polvo…”. Y no ceja la tentación que estima impura: “Han venido murciélagos, turbios niños de cieno,/ oscilantes recuerdos como un suelo que cede/ a la presión del pie… Fosforescencias mudas,/ paraguas, esqueletos y no sé qué otras cosas…”.

 En lo estructural, Ballagas retoma el alejandrino, en estrofas de cuatro versos que no malgastan en disimular su imperfección, intercalando versos métricamente apócrifos.


La poesía de Emilio Ballagas explora, en los años que siguen a Sabor eterno, nuevas y variadas dimensiones, sin que acierte —hasta Cielo en rehenes— a igualar la estatura poética de aquel libro.

Nuestra Señora del Mar —aparecido en 1943— está dedicado por completo a la Virgen de la Caridad del Cobre, en un período de cabal entrega del poeta al catolicismo, al que se mantuvo fiel a lo largo de toda su existencia. Suelen recordarse las exaltadas espinelas inspiradas por la patrona de Cuba; pero el cuaderno, en sí, no constituye propiamente un decimario, precedido como está por el “Soneto de los nombres de María” y rematado por las “Liras de la imagen”, con estructuras estróficas a las que el poeta invierte su fórmula tradicional, combinando tres endecasílabos y dos heptasílabos, al contrario de la clásica lira de Garcilaso o de Fray Luis.

El decimario puro tardaría en aparecer otros diez años, al merecer sus Décimas por el júbilo martiano en el centenario del apóstol José Martí, el Premio del Centenario en concurso convocado al efecto, en 1953. Las espinelas premiadas no rebasan su carácter de ocasión, es indudable, pero están labradas en el espíritu de la ruda oralidad campesina, confiriéndoles un dejo improvisativo que las rescata de la indiferencia.

Ballagas ya no volvió a publicar en vida. Cielo en rehenes —de póstuma aparición— constituyó su último libro, y tal vez el de mayor resonancia formal, por la exquisita y casi aristocrática perfección de los veintinueve sonetos que lo integran, prorrateados en secciones: Cielo gozoso, Cielo sombrío y Cielo invocado.

El catolicismo raigal de Emilio, su experiencia de vida, la aparente redención del torbellino emocional que agita Sabor eterno, son las determinantes de este libro de madurez, con el que abandona finalmente la poesía informe para entregarse con absoluta convicción al cultivo de las formas clásicas, de ningún modo extrañas a nuestro canon lírico. Más no hay disolución en Cielo…, sino culminación y consecuencia. Su neoclasicismo empirista explaya la grandeza espiritual de un hombre que ha cantado a la sensualidad y la belleza; entregado al deleite del amor carnal y sucumbido a la angustia de la irredención, a la luz de sus convicciones religiosas.

Un hombre que retorna del camino luengo, a salvo en la fe, con valor todavía para aferrar su mejor herramienta y concebir una poesía de plenitud y equilibrio, universalidad y cubanía, misticismo y entrega. Cielo en rehenes, más allá de posiciones y discernimientos estéticos, es el libro total de Ballagas, cuyos versos “ni juegan ni suenan”, sino que “sufren en la propia carne”, andando con “pies de corcho sin excluir los pies de plomo”.
 
Cielo sombrío incluye, con algunas variaciones, el soneto “Invitación a la muerte”, utilizado antes para introducir un extenso poema no recogido en libro, publicado en México en 1943 por la revista Cuadernos americanos. Se trata de “Declara qué cosa sea amor”, el sexto y último de los poemas antológicos de Emilio Ballagas.

El texto, no siempre justipreciado, es una pieza espléndida en la que el sujeto lírico contrasta dos extremos que le acechan: el amor y el deseo. Entre ambos se ha movido el poeta, en perpetuo conflicto consigo y con el entorno. No consigue librarse de las ataduras de la fe, como tampoco ha domeñado los desgarradores impulsos homoeróticos que lo arrojan al calvario de la carne, fuente de pecado infinito. Descontando el soneto inicial, el poema incluye cuatro partes, mezclando entre los de metro irregular, los habituales versos de siete y once sílabas, que fluyen en Ballagas con espontaneidad pasmosa.

 “Declara qué cosa sea amor” pretende una reconciliación a ultranza, en que el amor —despojado de su carga sensual— emergerá victorioso. El amor lo redime del suplicio del sexo, lo preserva virgen. Por amor renuncia a la vida terrenal, para reencontrar el Amor de Salvación y Liberación definitiva en Dios.

Porque el amor no es cosa triste/ sino la luz, la luz hasta cegarnos…”, declara jubiloso. “Porque el amor no es cosa triste,/ ese escuálido aullido/ de famélicos lobos extraviados…”, se duele. “Porque el amor no es esa cosa inmunda/ de carne opaca y afilados dientes…”, con acritud reniega, procurando consuelo: “Que el Amor eras Tú, yo lo sabía…/ Es entregarse y encontrarse todo,/ todo el amor en ti y en ti perderse/ para encontrarse un día Contigo en tu Morada”.

Todos se han ido. El paisaje grave de los árboles. La roca, inmensa, junto al caserón solariego. Las aves del traspatio. El adolescente del libro, el hermano, la madre; los versos copiados a mano en las páginas finales del cuaderno.

El hombre tendrá cuarenta y siete años (Ballagas iba a cumplir cuarenta y seis cuando lo desposó la muerte). Noviembre se adentra en la llovizna del tiempo, un siglo atrás, un siglo por venir. Los libros se amontonan en el estante de cedro, esperando el milagro. Doscientos años de poesía cubana abandonados en su ir y venir; viajeros eternos de una Isla sin viajes, que envejece y retoña sobre sí misma, para dejar que los poetas inventen su Historia.

Las palabras mudan su esencia, sobreviven. Las circunstancias, los hombres, sublimados en muerte cronológica, donde el hoy es ayer, mañana el sueño. Al final, sólo el recuerdo permanece. Señales, memorias, poemas perdurables. De lo que fue, de cuanto pudo ser.

Emilio Ballagas ha cumplido cien años de salvación en la poesía, en el amor y en la muerte: “Si pregunta por mí, dile que habito/ en la hoja del acanto y en la acacia./ O dile, si prefieres, que me he muerto./ Dale el suspiro mío, mi pañuelo;/ mi fantasma en la nave del espejo./ Tal vez me llore en el laurel o busque/ mi recuerdo en la forma de una estrella.


GONZÁLEZ ECHEVARRÍA; UNA VISIÓN ESCÉPTICA SOBRE LA LITERATURA CUBANA

GONZÁLEZ ECHEVARRÍA; UNA VISIÓN ESCÉPTICA SOBRE LA LITERATURA CUBANA

Por Leopoldo Luis García (Periodista y Escritor Cubano; Reside en Ciudad de La Habana)

Hace poco, en una de las tardes habituales de Trovando, la peña consagrada a la canción de autor que el piquete de El Caimán Barbudo, encabezado por Fidelito, protagoniza —en colaboración con la Empresa de Grabaciones y Ediciones Musicales (EGREM)— cada miércoles desde las cinco de la tarde en el patio-bar de los añejos estudios que la disquera mantiene en el corazón de Centro Habana (San Miguel entre Lealtad y Campanario), escuché decir a Bladimir Zamora, nuestro redactor más antiguo en rol de anfitrión, que durante toda su vida había escrito simple y llanamente “lo que le había dado la gana”. Al respecto me quedé pensando.

Puede que sea cierto lo expresado por Bladimir (no solo en cuanto a él atañe). Ocurre que, efectivamente, no suelen acercarse personajes temibles a los periodistas y escritores cubanos para dictar en sus oídos el contenido de un texto. Aunque algunos se empeñen en ocultarlo: escribir con dignidad es para muchos un karma. En cambio, de la misma manera es cierto que a la hora de construir un artículo de opinión, un ensayo, no se tiene a mano siempre toda la información requerida (en extensión y actualidad) como para darse el lujo de discutir y apreciar el asunto sobre la base de un conocimiento inobjetable. Yo, por ejemplo, escribo en mi propio ordenador en la sala de mi casa, a la que no llega Internet y desde la que no accedo a otro saber que no esté en los libros (en ediciones no necesariamente recientes) y en las revistas y artículos (en formato digital o impreso) que me facilitan amigos o que rastreo en la red desde lugares con conexión disponible. Esa circunstancia no me impide el trabajo, aunque lo obstaculiza, lo retrasa, colocándome —como a cualquier autor— en una posición desventajosa frente a quienes en otras partes del mundo (y dentro de la propia Isla) cuentan con el mencionado beneficio.

Exactamente eso me está ocurriendo justo ahora, cuando acabo de regresar de Sagua la Grande, ciudad del norte villaclareño en la que no nací, pero donde viví durante veinte años. Ciudad en la que crecí, me formé, amé y tuve amigos, ¿cómo no sentirla mía? Ciudad injustamente olvidada, pienso (y por tal pensamiento, en tanto subjetivo, me responsabilizo hasta sus últimas consecuencias) y en la que (otra vez un amigo) me facilitó la entrevista que realizó el escritor cubano Jorge Luis Rodríguez Reyes (a quien no he tenido el honor de leer) a otro cubano —sagüero además— cuyo nombre me resultaba hasta hoy desconocido: el doctor Roberto González Echevarría.

¿Cómo es qué no conozco a este paisano?, me pregunté azorado y con la mayor diligencia establecí contacto con otro sagüero (¡que todavía reside en Sagua!) y que atesora toda la memoria cultural de que se pueda tener noción, si de la Villa del Undoso se trata: Jorge Sansón.

Jorgito, que ha vivido durante siete décadas en su modesta casa de madera de la calle Céspedes, le recuerda perfectamente: La madre de Roberto, la doctora Zenaida Echevarría, fue profesora de filosofía en el Instituto de Sagua (donde estudió Sansón y donde más tarde estudié yo mismo, transformado ya en Preuniversitario Miguel Diosdado Pérez). Por los motivos que fueran, Roberto González Echevarría partió de su ciudad natal rumbo a los Estados Unidos, al parecer siendo todavía un adolescente, sin que a mi fuente le resulte posible precisar el año. En aquel país completó su educación, se doctoró e hizo su vida, atesorando tanto mérito como puede verificarse en el currículum que por sí mismo nos ofrece en la entrevista concedida a Jorge Luis Rodríguez.

No me avergüenza mi ignorancia. González Echevarría ha sido publicado en Cuba muy escasamente. Para puntualizar: en una sola ocasión, que yo sepa, cuando la revista Temas que dirige el prestigioso intelectual Rafael Hernández incluyó en sus páginas un fragmento del libro sobre el béisbol cubano, el cual, según cuenta su autor a Rodríguez Reyes en la mencionada entrevista, le “censuraron”, omitiendo pasajes relativos a la presencia de apostadores en lo que llama “Stadium de La Habana”, que cualquier cubano del lado de acá reconocería como el Latinoamericano.

“Desde luego que me gustaría publicar toda mi obra en Cuba”, aduce Roberto en otro momento de la entrevista; y añado: desde luego que nos gustaría a nosotros que se publicara. A estas alturas, ¿quién podría calcular a cuánto ascienden las pérdidas que, en concepto de riqueza intelectual, hemos sufrido las generaciones que crecimos y aprendimos al margen de la actividad de este cubano que se reconoce como tal en cuanto afirma: “Yo no soy cubano-americano, yo soy cubano, y con lo que he contado arriba no quiero dar a entender que soy bicultural. Soy cubano pero me manejo en otras culturas con soltura, sobre todo la inglesa, pero en mi fuero interno no dudo de quién o qué soy”.

No solo el béisbol, también la literatura insular inquieta a González Echevarría, habiéndole inspirado cuando menos un ensayo “sobre el canon cubano” que escribió para ser sincero consigo mismo, según confiesa, “y para sacudir un poco la mata, porque la política, los amiguismos, y las ambiciones organizadas de burócratas aspirantes a escritores (que controlan viajes de los del patio y visitas de personalidades del exterior), han creado una serie de valores falsos”. A simple vista, el acercamiento de González Echevarría a los ambientes literarios de la Isla debe haber sido muy íntimo (al menos en alguna etapa), atreviéndome incluso a asegurar que debió sostener contactos sistemáticos a determinado nivel con las autoridades culturales cubanas, entre quienes tal vez tuvo oportunidad de atisbar las veladas aspiraciones literarias de ciertos burócratas consumados. Solo así se justifica una declaración tan rotunda. ¿Tenemos en verdad tantos escritores-burócratas en Cuba? No huelga que González Echevarría encontrara ocasión de refrescarnos nombres.

No se trata de ironizar gratuitamente, porque las actitudes sustentadas en sentimientos mezquinos jamás aclaran el entendimiento y mucho menos ayudan al establecimiento de verdades. Pero se me escapa (en buen cubano: tengo en la punta de la lengua) una interrogante que no puedo atajar por más tiempo: Cuando González Echevarría afirma sin tapujos de ninguna clase que “la calidad de la literatura cubana en la isla en la actualidad es muy baja por lo que se puede observar”, ¿a qué tipo de observación alude? ¿Al seguimiento minucioso de cuanto se ha escrito y publicado en Cuba durante las últimas dos o tres décadas? ¿Se refiere al menos a la lectura inteligente y desprejuiciada de buena parte de ese cúmulo escritural, que por razones espacio-temporales bien merece ser considerado como “la literatura cubana contemporánea”? Aclaro: un escritor cubano es un escritor cubano, no importa donde viva. Augusto de Armas, poeta decimonónico que vivió en París y concibió la mayor parte de su producción poética en francés, no deja de ser por esa razón un escritor isleño. Sobre tal presupuesto, no resulta ocioso catalogar como “literatura cubana contemporánea” a todo lo que se escribe actualmente por autores cubanos, dentro y fuera de la Isla. En mi modesta opinión.

Entonces véase la pregunta del entrevistador, que puede parecer ingenua: “¿Y a la literatura cubana de dentro de la isla cómo la ve? Porque se publican en el exterior obras con una visión muchas veces clonada. Enfoque que corresponde, casi siempre, a intereses extraliterarios, etc.…”. ¿A qué zonas de la literatura cubana de dentro de la isla apunta Jorge Luis Rodríguez Reyes cuando hace mención de las obras que “se publican en el exterior”? ¿No suena paradójico? Es decir, la literatura cubana de “dentro de la isla” se publica esencialmente “dentro de la isla”. Por otra parte, ¿en qué consiste la “visión clonada” presente en dichas obras? Una aclaración al respecto me parece indispensable, so riesgo de que un por ciento estimable de lectores no consiga descifrar la incógnita.

En un alarde de extravagancia González Echevarría le responde: “tal vez haya grandes obras que se están haciendo al margen de la cultura oficial… nadie quita que haya un Kafka cubano en Camajuaní, que está escribiendo una obra monumental”.

¿Al margen de qué cultura oficial puede que se esté escribiendo esta obra monumental en Cuba? ¿Podría Roberto González Echevarría o alguien definir con absoluta certeza dónde comienza y dónde termina la llamada “cultura oficial”? ¿Es “cultura oficial” todo lo que se publica en la Isla, sin importar el tono panfletario o lo abiertamente crítico del texto para con la situación reinante? Cuidado: los matices son diversos. Pero las posibles “grandes obras” de la literatura cubana contemporánea no dependen precisamente de la oficialidad (tampoco de la marginalidad, por cierto). Las “grandes obras” de la literatura han estado siempre y estarán en manos del tiempo. Lo conoce con toda seguridad un entendido en el Siglo de Oro español.

Puede que no exista en este momento un narrador de la estatura de Kafka en Camajuaní (y en ninguna otra región de Cuba). Pero no nos faltan excelentes escritores a quienes acompaña el talento, la formación y el esfuerzo, si bien no la promoción, la posibilidad de ser editados y leídos dentro y fuera de la Isla (por las razones que se quiera y que no voy ni siquiera a intentar dilucidar aquí). ¿Hasta cuándo van a permanecer en ese anonimato? Es difícil predecirlo. Pero es seguro que mantendrán dicho status —entre otros fatalismos— mientras nuestros académicos prestigiosos y mejor ubicados (de nuevo: sin importar las razones que determinan esa “mejor ubicación”) se limiten a ignorarlos y a afirmar festinadamente que la calidad de la literatura que hacen es muy baja. Menuda demostración de solidaridad nacional. Lo apropiado sería que les leyeran (no olvidar que el autor de la entrevista es también un escritor cubano que muy probablemente vive también en Cuba).

Tal vez me equivoque. Tal vez el entrevistado es todo un estudioso de la pésima literatura que engendran sus coterráneos de hoy. Sin embargo, no me lo parece. Y si estuviera yo en lo cierto, me gustaría recordar que el desconocimiento no es pecado. Concretamente: mi impresión es que Roberto González Echevarría no tiene noción exacta de lo que está ocurriendo con la literatura cubana en este preciso instante. Su pecado estriba en no reconocerlo. En valorar desde el prejuicio, desde la falta de elementos. La respuesta de González Echeverría a la pregunta de su entrevistador pudo ser bien escueta: “No me atrevo a emitir un juicio definitivo sobre la calidad de la literatura cubana que se hace dentro de la isla, no he leído lo suficiente”. Pero no lo hizo. Optó por denigrarla.

No consigo entender por qué. Un intelectual como Roberto González Echevarría no necesita reafirmarse: su trabajo le respalda, sus libros, sus artículos, su labor profesoral, su prestigio como conferencista. Conocedor profundo de la literatura española y latinoamericana, no está de ninguna manera obligado a vender una imagen de especialista en todas y cada una de sus periodizaciones. Lezama, Carpentier y Cabrera Infante no son la literatura cubana, representan el canon para algunos, mas no definitivamente “el canon”.

El “libro total de la literatura cubana” que reclama Jorge Luis Rodríguez en la introducción a su entrevista, tendría que escribirse con todas y cada una de las “luciérnagas”, falsas o no, y con todas y cada una de las “sombras”, hermoseadas o no. Porque ¿a quién se concederá el privilegio de asignar las etiquetas? ¿A nuevas hornadas de “parametradores”? ¿En nuevos quinquenios grises?

Es que no puede haber historia total con exclusiones, para bien o para mal. En su momento, Roberto González Echavarría entrará a formar parte de ese “libro total” junto con muchos de los escritores e intelectuales cubanos (sus contemporáneos de dentro de la Isla) que ahora menosprecia. Ya lo verán.

En espera de ese momento, me encantaría proporcionarle a este sagüero ilustre algunos nombres, incluso algunos libros, si la maldita circunstancia del agua por todas partes no me lo impidiera.

No tendría en ese caso necesidad de encontrar argumentos para objetar su opinión, aspirando simplemente a ofrecerle la oportunidad de cambiarla.

SANTA CLARA; CIUDAD DE EXTRAÑEZAS

SANTA CLARA; CIUDAD DE EXTRAÑEZAS

Por Luis Machado Ordetx

El sonido no puede propagarse en el vacío; así lo demostró Otto Von Guericke en 1654 cuando abordó los experimentos con los hemisferios de Magdeburgo. Los rumores en torno a  trasformaciones ambientales o arquitectónicas que acontecen en la ciudad, obligan, por supuesto, a recapitulaciones. Ojala, no quede solo en alerta.

En las remodelaciones de edificaciones hay dos fuerzas; una inmersa en ciertos empecinamientos y voluntarismos —al margen, incluso de disposiciones legales—, y otra que demuele sin, al menos, sacar provecho a duraderos recursos materiales que extirpa. Los ejemplos sobran.

Los especialistas del Centro de Patrimonio Cultural devienen en  atajadores de las “transformaciones” mal concebidas en una ciudad interior, como Santa Clara, con 321 años de fundada tras la diáspora remediana de julio de 1689.

Llegan quejas públicas, y en ese propósito, las “manos” están atadas; entre la espada y la pared. Ahí se notan las irregularidades reconstructivas del bulevar, ubicado en el entorno del Parque Vidal,  Monumento Nacional.

En Las Arcadas se rompió el hormigón fundido y se colocaron tuberías galvanizadas todavía por soterrar; hubo pinturas de fachadas no acordes con lo reglamentado; abundan cablerías exteriores, situadas en franca chapucería, y el “Guije de la Ciudad”, hecho de piedras de mármol verde, aparece constreñido. Las  vallas colocadas en forma de pretil en una TRD- Caribe —en Máximo Gómez e Independencia—, le restan hidalguía.

Lejos de embellecer, esas empalizadas de los altos, desentonan y deforman la originalidad arquitectónica del lugar. No sé cómo eso se permitió y algunos lo aplauden.

El “Guije de la Ciudad”, idea y ejecución del artista de la plástica Ramón Rodríguez Limonte, es un emblema sociológico considerado una exclusividad entre los villaclareños seguidores de los presupuestos míticos de Samuel Feijóo. Al menos, si la concepción originaria quedó detenida en el tiempo, debió buscarse una “solución” acorde a los fundamentos estéticos y arquitectónicos del boulevard.

Dicen, y al menos la chapucería es evidente, que el enchapado de  la desencoladura de la calle Padre Chao —entre el Hotel Santa Clara Libre y la Casa de Cultura Juan Marinello—, se ejecutó sin tener en cuenta las regulaciones urbanas y, además, careció de licencia constructiva. Fuentes confiables aseguran que está detenido y se requieren corregir sus fallas técnicas.

¿Cómo es posible remediar nuestra economía con esos despilfarros? De un globo hecho de azufre, Von Guericke hizo brotar una chispa; en este caso informativa: las oficinas del Banco de Crédito y Comercio, en Luis Estévez y Cépedes, se remodelan y amplían hacia el interior.

 En la primera mitad del siglo pasado allí estuvo el “Hotel Santa Clara”; antes tuvo códigos arquitectónicos de fachada ecléctica. Las remodelaciones posteriores que lo acercaron al movimiento moderno; incluyeron alteraciones relevantes en la edificación: adición de marquesina, enchapes, rejerías y…

A principios de semana muchos transeúntes permanecieron intrigados por las eliminaciones de la marquesina. Así lo sugirió  Patrimonio Cultural. La institución dejó otras especificaciones al proyectista y ejecutores, incluidas las eliminaciones de los enchapes de fachadas que disponían de losas de mármol rosado y cerámicas de color marrón. Las primeras fueron quitadas a barreta y mandarrias; las segundas, de escaso valor, fueron retiradas con una perfección inaudita.

Aquellas de mármol, fueron hechas añicos; casi seguro ya no podrán utilizarse como propusieron los conservadores del Patrimonio: incorporarlas al nuevo estudio de las fachadas e interiores de la instalación. Hasta la señalética, obra artística  de  Juan Orlando Torres —con la imagen de Céspedes—, se deshizo en pedazos por la impericia de los constructores.

Allá, en la salida de la ciudad, hallo los locales de la Empresa Mayorista de Productos Alimenticios y Otros Bienes de Consumo. Transforman los exteriores de la entidad para ganar terreno en las descargas de mercancías, y también seguridad al inmueble; cosa lógica. Pero, a qué precio: delimitan el espacio público y deterioran la imagen paisajística y arquitectónica del sitio.

¿De qué manera? ¡Ah, pues…! La antigua pista de combustible de la Shell, con su placa volada, es fracturada en dos por una cerca perimetral que nada tiene que ver en belleza con el entono urbano. Y me preguntó, ¿qué barbaridad? A pesar de los esfuerzos de los expertos en Patrimonio Cultural, eso ocurre en una ciudad de extraños estancamientos en la protección y conservación de aquellas edificaciones que todavía está ahí, como garantía insoslayable del paso del tiempo y la historia de nuestra cotidianidad.

DANZA DEL ALMA; MUESTRARIO DEL CAOS MODERNO

DANZA DEL ALMA; MUESTRARIO DEL CAOS MODERNO

Por Luis Machado Ordetx
                            
Un juicio de gusto desde los postulados de Kant, hace referencia al  sentimiento que despabila la sensibilidad del sujeto ante una representación artística a la cual se acerca por complacencia. El filósofo abordaba el concepto del sensus communis; o sea, el sentido comunitario y emancipatorio del acto estético en que se difunde un pensamiento libre de prejuicios; de tabúes; de irreverencias.

Eso trajo la compañía Danza del Alma el fin de semana anterior con la puesta en escena de las dos últimas coreografías de Ernesto Alejo Sosa: “Pelotón” y “Skape”, concebidas para pensar por sí mismo; pensar en lugar del otro, y por supuesto, pensar siempre de acuerdo a postulados y concepciones propias.

Ambas piezas constituyeron estrenos de lujo para el teatro “La Caridad”. Fueron el cierre de la VI temporada Para Bailar en Casa del Trompo, y como lo bello,  “objeto de un placer desinteresado”, no tiene explicación; representa una particularidad indefinible que surge  cuando el hecho artístico es percibido por un sujeto, saco algunas conclusiones.

En tres lustros de creada, Danza del Alma, confirma otra vez su espíritu vanguardista en el discurso; se desboca hacia la libertad gestual y los confines imperantes en la métrica y el ritmo del cuerpo; es ir, incluso, hacia la provocación del espectador con el manejo de aquellos conflictos espirituales que rondan al individuo en sus desafueros sociales.

“Skape” es precisamente eso; una muestra danzaria que desata las represiones interiores del cubano contemporáneo; es un combate existencial en el cual se abordan los trances de la emigración a partir de una poética del movimiento. Persiste en ese intercambio cultural un  enfrentamiento entre el ser y el estar; el ir o el venir desde una óptica en que la isla, como dimensión geográfica y espiritual, refrenda una historia contextualizada desde posiciones existenciales.

Música y movimiento; incorporación de una dramaturgia calzada por la estridencia de una melodía concebida especialmente para la puesta en escena por un DJ del “Proyecto Revolution, y otra de añoranza, de Ignacio Cervantes, cargada de pleitesía a la tierra, y de espíritu romántico, las cuales van hacia los hallazgos cuestionadores de la realidad del emigrado; el asalto a una sociedad que lo desdeña; la agonía ante un enfrentamiento con aquello que no le pertenece.

En ese discurso, hay un deslumbramiento metafórico; simbólico, a partir del empleo de bicicletas, patinetas y un barco de papel, recursos expresivos que acentúan el trauma existencial en medio de un aparente o latiente desarraigo que tiende a acechar al individuo.   

Desde el escenario, seis bailarines en solitario, por más de 40 minutos, se desanudan en polémicas inherentes al hombre moderno, y aunque el referente inmediato lo acerca a nuestra contextualidad, el conflicto y el discurso, adquieren sentido universal desde la óptica interpretativa de “ese pensar de acuerdo con postulados y conceptos” propios. Esa es la suprema lección que dejó el coreógrafo, los “actores” desplegaron un drama que trascendió a ávido espectador.

Ese canon artístico no constituye una novedad en el firmamento de las conceptualizaciones de la metáfora, el símbolo y una estética cuestionadota en la razón de ser de un discurso que obliga, sobre todo, a recapacitar en los problemas más cercanos a todos.

Tampoco la estética de Alejo Sosa, tal fundamento no representa una invención reciente; sólo que, esas dos últimas puestas sin los altisonantes rótulos de “estrenos mundiales” —cosa muy alejada del pensamiento y la modestia del artista—, tienen sus gotas purificadoras, de aportación y del detalle interpretativo ante la avidez de conflictos que rondan en nuestras esencias culturales.

MELAÍTO; CUBA

MELAÍTO; CUBA

Por Luis Machado Ordetx

Caricaturistas de trece países, incluido Cuba, intervienen en el X Salón de Internacional de Humorismo Santa Clara 2010, encuentro que con carácter anual festejará el aniversario 42 de la fundación de  Melaíto, suplemento del periódico Vanguardia, perteneciente a Villa Clara.

Al certamen competitivo se presentaron más de 150 obras de artistas plásticos de varias provincias cubanas, así como de artistas de Israel, Irán, Ucrania, Serbia, Rumanía, Grecia, Turquía, Indonesia, China, Estados Unidos, Costa Rica, Argentina, y en la apertura del Salón, previsto para el lunes 20 de diciembre en la Galería “Arche”, de la UNEAC, se darán a conocer los ganadores en las temáticas de humor libre y erótico.

Como en otros años la reunión de los humoristas nacionales, a la par que celebrará los 42 años de Melaíto, servirá de foro de debate de las líneas generales que asume la caricatura como forma expresiva que recrea la realidad mundial desde la óptica de las más variadas tendencias formales o de contenido que existen en la contemporaneidad, y se rendirá homenaje a Gerardo Hernández Nordelo, uno de los Cinco Héroes cubanos preso injustamente en cárceles norteamericanas por combatir el terrorismo internacional.

El encuentro de carácter anual aglutina desde hace dos años a los más importantes creadores del humorismo gráfico del mundo, y en esta ocasión también insertará piezas tridimensionales realizadas en cerámica, metal y papier maché.

SAGUA LA GRANDE, TIERRA DE URGENCIAS

SAGUA LA GRANDE, TIERRA DE URGENCIAS

8 de Diciembre de 2010; Día de La Inmaculada Concepción de la Virgen María; Sagua la Grande, en Villa Clara, Cuba, arriba al aniversario 198 de fundada en el esplendor económico y en la soberbia cultural por trascender en cualquier época.

Aunque muchas de sus otroras edificaciones todavía embellecen el entorno urbano, la arquitectura de la ciudad se lastima por la falta de una conservación sistemática.
 
Por Luis Machado Ordetx

Sagua la Grande está en el ruedo público. Es miércoles 8 de diciembre, y festeja el aniversario 198 de la fundación de la Villa, un momento definitorio para el despliegue de acciones de conservación y rehabilitación arquitectónica de las principales edificaciones del centro histórico de esa localidad asentada en las márgenes del río Undoso, en la costa norte de Villa Clara.

Meses atrás fue presentado el expediente para la declaratoria de Monumento Nacional, de acuerdo a las exigencias documentales y de rehabilitación que rigen instancias cubanas encargada de evaluar la preservación de conjuntos arquitectónicos o sitios históricos relacionados con el devenir cultural de nuestros pueblos.

Sagua la Grande y su historia tienen peculiaridades especificas que la hacen merecedora de ese reconocimiento: dispone de   importantes muestras del eclecticismo cubano surgido durante la primera mitad del siglo XIX; esa concepción estilística se prolongó en las siguientes décadas de la pasada centuria y aún conservan sus estados originarios de bienestar social, cultural, espiritual o individual.

Son edificaciones surgidas, según la Historia de la Villa de Sagua la Grande y su Jurisdicción —escrita por Antonio Miguel Alcocer y Beltrán en 1905—, por el devenir de un pueblo que comenzó a tener esplendor social y económico a partir de la construcción y bendición de una ermita levantada en terrenos de la actual plaza “Independencia”, sitio en que el 8 de diciembre de 1812 se efectuó la primera misa y desde la cual Juan Caballero dividió sus tierras en solares y los repartió entre algunos colonos de bananas.

Atestigua esa investigación que cinco años después, el desarrollo azucarero consiguió notoriedad; se creó el primer ingenio, y ya en 1830 existían allí cerca de 30 industrias de ese tipo.

El acontecimiento obligó al fomento portuario a través del fondeadero de Isabela de Sagua, abierto al comercio internacional en 1843 y casi una década después comienza el auge ferroviario que enlazó a la Villa con las principales regiones del país. Luego se crearon  instalaciones de operaciones bancarias, de fomento cultural y de amor a la ciudad naciente y surgió el primer Escudo de Armas que identificó a la ciudad.

Ahora,  Arelys Fernández Alonso, directora de la Oficina de Monumentos y Sitios Históricos de Sagua la Grande, junto al equipo de trabajo de esa institución, revisa otra vez el expediente que presentó en septiembre último a la Comisión Nacional encargada de valorar el estado de protección, conservación y rehabilitación posibles a la arquitectura urbana de la localidad. Ahí abundan  valores propios de las construcciones en madera, y el engalanamiento de los estilos  neoclásicos y eclécticos en interiores o exteriores de muchas edificaciones.

El centro urbano, entorno que ocupa la atención de la declaratoria y sugerencia al otorgamiento de Monumento Nacional, está demarcado por  32, 7 hectáreas, mientras otras 12 son clasificadas como zona de protección.

 Ahí sobresalen unos mil 053 inmuebles (5.8% con valor patrimonial) radicados en 66 manzanas al  este la actual calle Colón desde General Lee a Clara Barton,  la cual también incluye el norte de la ribera del río.

De las edificaciones de valor histórico, ambiental y arquitectónico, destaca la Iglesia Parroquial Mayor, de características neoclásicas, y construida en 1860. Aún se conservan los altares originales y las naves separadas por una arcada de medio punto. También incluye el Puente “El Triunfo” y su entorno natural y arquitectónico, terinado en 1905, y formado por una estructura metálica de dos cerchas principales unidas por vigas transversales y otras longitudinales que sostienen la malla Irving que conforma la calzada.

La Terminal Ferroviaria, fundada en 1882, de características neoclásicas con frontón en la fachada principal, se incluye entre los sitios de  repercusión histórica y arquitectónicas, a la cual se unen la antigua vivienda del Conde de Casa Moré —edificada en 1873—,  y Palacio Arenas (1918), así como el Casino Español, el Gran Hotel Sagua y otras edificaciones de la trama urbana.

Tras completarse en septiembre el expediente para el otorgamiento del título de Monumento Nacional al centro histórico-urbano de Sagua la Grande, urge ahora acometer trascendentes acciones de conservación y rehabilitación a áreas arquitectónicas incluidas en la protección de los inmuebles, dijo Arelys Fernández Alonso.

Eso demanda del concurso de las instituciones, del Gobierno local y también de los habitantes permanentes o flotantes, considerados  componentes definitorios, para que, tal vez, dentro de dos años, en 2012, fecha del bicentenario del nacimiento de Sagua la Grande, el otorgamiento de Monumento Nacional, se erija en realidad de la historia y del pueblo.