Blogia

CubanosDeKilates

ESCRITORES ENTRE LOMAS

ESCRITORES ENTRE LOMAS

Por Luis Machado Ordetx

Jamás se podrá prescindir de las cruzadas literarias de la serranía. A pesar de los vientos y las mareas  económicas y también subjetivas que la rondan, son una realidad en la montaña villaclareña. Así lo recoge el Itinerario de un trepador de lomas, un libro que, como la memoria, aborda las peripecias asumidas por directivos y escritores dispuestos a llevar Cultura y sabiduría a las más intrincadas comunidades del Plan Turquino.

 Más de tres lustros se recrean en el texto elaborado por Blas Rodríguez Alemán —salido entre las novedades editoriales de Capiro—, incorporado ahora al festejo de las dos décadas de existencia el Festival del Libro y la Literatura en la región central del Escambray.

No importaron a los escritores y artistas los entuertos económicos del llamado Período Especial, allá en los primeros años de los años 90 del pasado siglo, para subir lomas,  y dialogar con los pobladores o visitar centros de la producción y los servicios, así lo recrea el escritor villaclareño.

Itinerario…, al decir del poeta Yamil Díaz Gómez, editor del libro, «abraza optimismo ante las trabas objetivas y las mentes humanas dadas a la inacción, y se vale del costumbrismo y el humor criollo en el empeño por hacer valer la voluntad de trasladar Cultura al más recóndito de los parajes cubanos

 Justo eso relata Rodríguez Alemán en su enjundioso repaso de la historia iniciada en 1992 por los escritores villaclareños. Es también parte de la tradición que luego, tres años después, acogieron los territorios aledaños de Sancti Spíritus y Cienfuegos que convergen por distinción geográfica en el Escambray. Fue una especie de intercambio de literatura, en la cual los serranos aprendieron a valorarla con mayor hondura, y a comulgar con esas piezas del ámbito universal imprescindibles en cualquier acervo cultural, ya sea el hogar, el centro de trabajo,  la escuela o las salas de reposo de un hospital rural.

En el libro de Rodríguez Alemán, son los escritores, y también los serranos, los verdaderos protagonistas de estas historias contadas de manera lineal y con un discurso cargado de sencillez expositiva.

 La escritura está cargada de anécdotas y de optimismo frente a los valladares que imponían las condiciones económicas del país. Representa el ánimo de demostrar que el Arte y la Cultura aglomeran fuentes espirituales en el salvamento de la nación y de nuestra idiosincrasia. Ahí reside uno de los méritos impostergables del Itinerario de un… en el hacer valer la voluntad histórica y continua de una literatura que se apega al pueblo.

De esos encuentros anuales entre escritores y los pobladores serranos salieron parte de esas historias recogidas por otros creadores y llevadas a la ficción o la investigación literaria o sociológica. De un modo u otro, en idéntica medida que todos hacían Cultura e intercambiaban con los hombres y mujeres del lomerío, se nutrían para contar otras historias.


Allí, en el Círculo Social de Jibacoa, escenario de una parte indispensable de cuanto recopila el Itinerario de un…, quedó presentado este jueves el libro de Rodríguez Alemán tras recontar anécdotas e historias personales o colectivas de las que son parte muchos escritores.

 El texto cierra su visión panorámica en 2006. Sin embargo, de allá a acá, transcurrieron otros cinco Festivales, y casi seguro vendrán otras visiones, como la antológica historia del narrador y poeta Daniel Alemán, residente en Santo Domingo, de comprar con su peculio libros infantiles para obsequiarlo a los niños con menores recursos monetarios. Eso es reiterado desde hace años, un gesto que demuestra cuánta validez tiene un niño para este escritor villaclareño.

No obstante, de quienes por años hemos subido cuestas, sabemos que los  hacedores de historias literarias siguen enfrentando entuertos, unas veces objetivos, otros subjetivos. No importan los desafíos de convivir una semana en condiciones anormales, alejados de la vida cotidiana, de las ciudades y de los bullicios cosmopolitas. Todos preferimos  ese contacto con el campo, con los más agrestes territorios o subir cuestas, como ocurrió este jueves cuando el ómnibus en que viajábamos, desde Santa Clara a Jibacoa, sufrió una impredecible rotura en la empinada loma del Sijú. Todos, despojados de cualquier reclamo, encaramos la sinuosa carretera con el ánimo de forjar Cultura en cualquier escenario cubano.



FEIJÓO TIENE OTRO ÉMULO; UN FOLKLORISTA TRASCENDENTE

FEIJÓO TIENE OTRO ÉMULO; UN FOLKLORISTA TRASCENDENTE

Por Luis Machado Ordetx


Decía Lezama Lima, al hablar de Mariano Rodríguez, el pintor del orgullo guajiro —los gallos—, que los «artistas de vida prolongada nos llenan de claridad y de pronta respuesta». Eso contra todo capricho luctuoso, transcurrió en Camajuaní, territorio al que escritores villaclareños acudieron para abordar, desde el recuerdo y la permanencia, una parte insustituible de la obra y la vida literaria de René Batista Moreno (1941-2010). Justo el día no pudo ser mejor: martes 22 de marzo, fecha en que el investigador y folklorista cumpliría sus siete décadas de existencia.    

La mesa redonda, organizada y coordinada por Alexis García Artíles, fue una suerte de prolongación de aquellas jornadas literarias que durante la Feria del Libro transcurrieron en Santa Clara. Era el antecedente de los intercambios de pareceres que, ahora, en torno al irreemplazable momento, definió a Batista Moreno en los ámbitos del choteo oral, la indagación histórica, folklórica y poética, el periodismo y la cultura.

 Constituyó una mirada a esa  actualidad y cubanía que condensa una vasta obra dedicada a enaltecer nuestra idiosincrasia. No se entendería jamás a René sin esa dimensión; desprovista de hondura imperecedera; de sospechas felinas en las búsquedas indagatorias.

Un émulo de Samuel Feijóo iba Componiendo un paisaje —título con el que Batista Moreno ganó el premio Julián del Casal, 1971—; eran andanzas por campos; símbolo de ruralidad orgánica, tal como dice el escritor Yamil Díaz Gómez a la hora de justipreciar la significación del folklorista en ese hacer último que detuvo al camajuanense René en la multiplicación investigativa y popular de los compendios magistrales que desplegados por la revista Signos; huella de una cultura y una cubanía reiterativa en el rastreo del alma nacional del Caribe.

En cambio, como apuntó Lorenzo Lunar Cardedo, el atributo de la oralidad de René rayaba en la captación de la gracia del choteo; un hecho ya de irreverencia y deleite de los elementos verosímiles. Había un colmo de elocuencia espléndida de la risa surgida entre los interlocutores. Ahí, apenas, percibían dónde se explayaba la verdad y dónde la fantasía. Era un suceso de la cotidianidad; suma por convertir a la palabra en oratoria digna de cualquier mítico muestrario de las canturías campesinas o urbanas.

A ese rastreo, el investigador camajuanense, armador de historias de los ancestros campesinos, dijo Yoel Sequeda, impuso la meticulosidad del detalle; de la búsqueda del documento probatorio; de la memoria y del archivo en un arte por componer un texto de preciosidad y de enjundia literaria. Incluso, tal vez ahí, a la par, residan los secretos del por qué, libro tras libro, desplegó anecdotarios, fotos, dibujos, historias, eficacia discursiva y datos probatorios perdidos entre lomas o sencillas callejuelas de la Cuba de nuestros días.

Cuando un libro no salía publicado, en medio de las más terribles penurias de editoriales, supo agenciarse un sello propio para divulgar los hallazgos investigativos acumulados en los archivos. De similar modo, auxilió a otros escritores en la divulgación de sus textos. Pocos, de un modo u otro, no bebieron, como manantiales desbordados, de los extraños misterios de Batista Moreno por Hacer Trascender la Cultura Cubana.

Coloco aquí, por encima de muchas otras formulaciones, ese sentimiento por Hacer Trascender; tal vez, engrandecer o ramificar el tiempo y la vida. Por décadas primó en esa exclusiva visión el concepto del «quebrantador de barreras que se interpone en el camino de la información: un practicante de la insistencia, un perseverante y pertinaz observador, un acumulador de experiencias propias y ajenas, un usuario de los métodos más diversos para documentar la realidad», precisión teórica que acuñaron al periodismo los estudiosos Vicente Leñero y Carlos Marín.

Son particularidades que, para este escribiente, tipifican ese modo de hacer y parangonar la tradición oral o escrita que consigue ribetes centuplicados; esa es la usanza que, por años, desde un anonimato investigativo, dejó inconclusa una huella trazada por el mejor de los émulos de Feijóo dentro de la Cultura Cubana; esencia única de cuánto fue y es, para nuestro tiempo de indagación histórica, el fraterno Batista Moreno.


MANOLO FERNÁNDEZ EN VARADERO, CUBA

MANOLO FERNÁNDEZ EN VARADERO, CUBA

Por Luis Machado Ordetx

Manolo Guillermo Fernández García, el artista de la plástica más longevo de Santa Clara, ciudad a la que tomó en adopción al tercer año de su nacimiento en 1925 en el poblado avileño de Majagua, anda de pláceme por el homenaje que hace pocos días tributó el Museo de Varadero, en Matanzas.

Allí, Ciudad Balneario donde reside el artista desde 1990, quedó inaugurada una exposición retrospectiva que el creador denominó «Motivos Abstractos», especie de transfiguraciones que desde la década de los años 80 del pasado siglo, ideó con el propósito de recrear alegorías fantamagóricas del folklore insular.

Paisajista consumado, y pedagogo por extensión, Fernández García saludó el aniversario 86 de su natalicio, con una muestra que recoge 15 piezas laboradas en técnica óleo/acrílico, y donde descuellan figuraciones imaginativas entre luces y sonidos; motivos que permiten fantasear el espacio de ensoñaciones que, por años, el creador deposita durante el acto de elucubraciones de los sueños.

Graduado a principios de 1950 en la Academia de San Alejandro, en La Habana, Manolo, como gusta que lo llamen en el locuaz desempeño de la palabra, intervino, primero como estudiante y luego como pedagogo en la creación de la Escuela de Artes Plásticas «Leopoldo Romañach», de quien fue discípulo, y privilegió el gusto por el paisaje cubano, las recreaciones insulares de nuestras costas y el retratismo.

Amigo personal de Wifredo Lam, a quien lo unieron labores de creación durante las visitas que el más universal de los pintores cubanos realizó antes de fallecer a su natal Sagua la Grande, Fernández García también incursionó en misiones pedagógicas junto Carmelo González, Ernesto González Puig, Apolinario Chávez y Mateo Torriente, y creó el Estudio Libre «Fidelio Ponce de León», en Camagüey, así como otro similar en la Villa del Undoso —territorio al norte de Villa Clara—, sitios a los que se trasladó de manera transitoria para impulsar el desarrollo de las artes visuales y formar un gusto por la creación artística.

En 1951 ganó dos reconocimientos en las universidades de Tampa y Ciudad de México con piezas que abordaron el paisaje insular de Cuba, y en 1991 la ciudad alemana de Hidesheim, acogió con beneplácito una amplia exposición pictórica que mostró sus principales hallazgos como recreador de las bellezas inigualables de la flora autóctona del ámbito rural y urbano de la Isla Caribeña.

Declarado Hijo Adoptivo e Ilustre de Sagua la Grande y Varadero, respectivamente, Santa Clara aún aguarda por un reconocimiento a Manolo Guillermo Fernández García, uno de los artistas de la plástica más prolíferos de este territorio, al cual entregó sus principales desvelos como creador y formador de generaciones de pintores en la antigua provincia de Las Villas, escenario de sus principales acciones paisajísticas.  


BATISTA MORENO, UN BESTIARIO

BATISTA MORENO, UN BESTIARIO

Por Yandrey Lay Fabregat (Periodista y Escritor villaclareño)
 
Por el 2003 o 2004 yo participé con un ensayo en el Taller Literario Provincial que se celebró en La Cañada, un motelito de Camajuaní. Hice el viaje hasta allá en el carro de un amigo, que también estaba invitado.


Al llegar a la portada nos encontramos a un viejito vestido con un pantalón carmelita y una gorra del mismo color. Nosotros le preguntamos que si allí era el lugar donde se iba a celebrar el taller y él nos respondió que sí. Incluso, con un gesto muy amable, se ofreció para abrirnos la reja.
 
Mi amigo y yo pensamos que era el vigilante de La Cañada. Poco a poco comenzó a llegar el resto de la gente. Y para nuestro asombro observamos cómo cada uno de los escritores allí presentes saludaba con respeto al presunto custodio.
 
Al fin venció la curiosidad y le preguntamos a alguien quién era el viejito aquel. «Es René Batista Moreno», explicó alguien y nos dejó con la boca abierta. Más tarde tuvimos la oportunidad de intercambiar con René. Le contamos esta historia. Pero el escritor nos pagó con una moneda que ninguno esperaba. Dijo: «A mí me pasó lo mismo con Samuel Feijóo. La primera vez que lo conocí yo pensé que era bodeguero.»
 
                                   LAS BESTIAS SAGRADAS
 
Mientras escribo esta página tengo a mi lado el último libro de René Batista Moreno. Se llama La fiesta del tocororo y ganó el Premio Memoria, que otorga el Centro Cultural Pablo de la Torriente Brau a los proyectos de investigación que intentan rescatar la historia de las comunidades.
 
René no pudo acariciar la portada de este volumen, pues murió hace un año ya. Sin embargo, nos dejó un buen regalo. Se trata de un bestiario, una recopilación de los monstruos fantásticos que pueblan los campos cubanos.
 
Al evento donde conocí a René yo llevé un ensayo sobre la influencia que había tenido la figura de Jorge Luis Borges en la escritura de El nombre de la rosa, quizás el libro más conocido del italiano Umberto Eco. En sus páginas, creo, observé la primera mención a los bestiarios. Recuerdo que fue en el pasaje donde Adso y Guillermo visitan la biblioteca para ver los libros que ilustraba Adelmo.


La historia de los bestiarios se remonta a la más lejana antigüedad. Primero se emplearon las bestias fantásticas con el objetivo de encarnar las fuerzas naturales. Es la idea que dio origen al panteón de dioses egipcios, con sus cabezas de animales sobre cuerpos humanos. Precisamente a ellos corresponde una de las primeras imágenes sobre monstruos mitológicos: la esfinge. Y esta figura luego sería utilizada por Esquilo en la tragedia Edipo Rey.
 
Los griegos siguieron la misma costumbre. En la memoria de los aqueos los mitos de Hércules, Teseo y Jasón, poblaron el mundo de hidras, centauros, arpías, sátiros, minotauros y dragones. Homero llenó la Odisea de monstruos fantásticos: Escila, Caribdis, las sirenas y los cíclopes.
 
Era usual para ellos decir que el volcán Etna entraba en erupción a causa de los cíclopes que Hefaistos tenía encerrados en su interior. También creían que el juego de los tritones encrespaba el mar, y hasta hubo quien tuvo la esperanza de cruzar el mundo a lomos de un caballo alado, que llamaban Pegaso.
 
Los romanos, con su característico sentido del orden, hicieron una recopilación de bestias fantásticas. Están incluidas en la Historia natural de Plinio y sirvió para escribir el Fisiólogo, quizás el primer bestiario reconocido.
 
El Fisiólogo también se cita en la novela de Umberto Eco. En la época medieval fue atribuido sucesivamente a Orígenes, San Ambrosio y San Jerónimo. Sin embargo, a la luz de las últimas investigaciones se supone que tuvo su fuente en algún estudioso copto o siríaco.
 
Los escolásticos cambiaron el sentido de las bestias sagradas. Les dieron, como bien se dice en El nombre de la rosa, la tarea de representar el mundo de los hombres, sus pecados y virtudes, la magia toda de la creación.
 
En esa época los bestiarios fueron, detrás de la Biblia, los libros más leídos y copiados. Destaca entre ellos el De bestiis et aliis rebus, escrito por Hugue de Saint Víctor, aunque también se pueden mencionar los de Metodio, San Isidoro y Jacques de Vitry.
 
Por ellos conocemos la existencia de la mantícora, los hombres velludos de la India, las hormigas áureas, los cinocéfalos, el dragón, los onocentauros, la anfisbena, los esquípodos, el grifo, los astómatas, el basilisco y los epístigos, que nacen sin cabeza y tienen la boca en el vientre.
 
                                       LAS BESTIAS AMERICANAS

Algún que otro detalle de bestias mitológicas se puede encontrar en las Crónicas de Indias que escribieron los conquistadores españoles. Sin embargo, no es hasta el siglo XX que la literatura fantástica se apodera de los monstruos fabulosos para convertirlos en un tema recurrente.


He escuchado hablar, por ejemplo, del volumen sobre este tema escrito por el mexicano Juan José Arreola, que primero se tituló Punta de plata. También existe un bestiario bajo la autoría de Julio Cortázar. Pero quizás ninguno haya tenido tanta fuerza como la colección que reunieron Jorge Luis Borges y Margarita Guerrero, y que fue publicaba en 1957 bajo el hermoso título de Manual de zoología fantástica.
 
En Cuba es poco conocido el bestiario que salió en 1922 y que fuera escrito por Alfonso Hernández Catá. Después de eso ha existido alguna que otra pincelada. Pero que yo conozca, este de René Batista es el más profundo intento de crear un bestiario nacional.
 
La fiesta del tocororo recrea las leyendas comunes a los campos cubanos: la madre de agua, el güije o jigüe, los aparecidos, el jinete sin cabeza, así como otras no tan conocidas: el perdizón, los hombres rabudos, el taguayo, los cabezudos, el catraco, la jua, el oriló, la pericota y el cotunto.
 
Poco pueden hacer mis frases para describir el placer que se siente al recorrer las páginas de este libro. A fin de cuentas el padre Félix Varela dijo que no hay idea más exacta que aquella que no se puede expresar con vocablos. Por todas estas razones prefiero cederle la palabra al amigo René Batista Moreno:
 
                                  EL TAGUAYO
 
El pirata Alexandre Olivier Squemeling se adentró con sus hombres en uno de los bosques de Isla de Pinos. Tenía el propósito de obtener algunas de las reses que, según le habían informado, los españoles tenían por esos lugares, y quedó asombrado al ver un rebaño tan grande.
 
Ordenó que sacrificaran veinte de ellas, que dejaran algunas para comer allí y comenzaran a salar el resto para utilizarlas como provisiones de mar. Y no dijo más, porque ciento de animales con cuerpos de monos y cabezas de caimán se les abalanzaron con mucha ferocidad y dieron muerte a varios de ellos.
 
Ripostaron la agresión con rapidez y se entabló un combate que duró cerca de una hora, porque debido a la superioridad numérica de los atacantes, los piratas se vieron en la necesidad de retirarse hacia la playa, tomar sus botes y dirigirse a la embarcación; pero las bestias los siguieron hasta allí, subieron a cubierta, se entabló un nuevo combate, y aunque los hijos del mar mataron a muchos de ellos, no pudieron recuperar ninguno de sus cuerpos, porque acudían de inmediato y se los llevaban.
 
Ya libres de esta amenaza, emprendieron rumbo a Jamaica donde a su llegada contaron lo sucedido. Pero un indio del Cabo de Gracias a Dios, que los había escuchado, les dijo que esos animales eran taguayos, y que los islotes y los cayos del sur de Cuba estaban infestados de ellos.



BATISTA MORENO; LA FIESTA DE LA RISA

BATISTA MORENO; LA FIESTA DE LA RISA

Por Ernesto Miguel Fleites (Escritor Cubano. Reside en Camajuaní, Villa Clara)

Palabras en el acto de homenaje a René Batista Moreno, en el marco de la Feria del Libro, en Santa Clara, sábado 26 de Febrero, 2011).

Cuando el Generalísimo Máximo Gómez fue informado de la injusta y extemporánea resolución que lo relevaba como jefe de todas las fuerzas mambisa, tomada por la Asamblea del Cerro, solo atinó a decir: “Ahora podrán destituirme, pero yo quiero saber cómo van a escribir la historia de Cuba sin mencionar mi nombre”…

De nuestro homenajeado puede escribirse algo parecido cuando lo ubicamos en su natal Camajuaní. En aquella ocasión el Generalísimo, al menos atinó a defenderse. Nuestro homenajeado no. Nuestro homenajeado ofreció su obra y su sonrisa, y maquilló en silencio las maledicencias que quisieron excluirlo. ¡Así triunfó!

Así triunfó y me niego a tildarlo de engreído porque casi nunca asistió a los homenajes; como también me niego a creer que se “acabó la jodedera”, porque la muerte arrancó de cuajo la jarana personificada a flor de labios, en un isleño testarudo que se aferró a dejarnos huérfanos cuando más nos hacía falta. Las razones tejen esta leyenda: hubo una vez un hombre cuya existencia se confundió con las fábulas de su pueblo; entonces quiso escribir libros y más libros donde todo fuera la sencillez de ser anónimo.

Allí se juntaron a festejar el músico Cheo Pandilla, que a decir del poeta Yamil Díaz Gómez, aspiraba a que sus coterráneos olieran a lirios y mariposas; el capitán mambí Toribio Garañón, quien se acostó con la yegua de Martínez Campo, en lo que resultó un triunfo sonado de las huestes mambisa; el hombre que vio y habló con Dios, y recibió a cambio una carta de Juan Pablo II donde le expresaba su envidia por el hecho; y otras tantas almas que hoy, de seguro, están riendo agradecidas de existir y perpetuarse por los siglos .

Con el tiempo muchos de los colegas del oficio entendieron que, quien así entretenía sus ocios, debía ser hombre de respeto y lo abrazaron. Era consabido; en este oficio la ambigüedad resulta la regla y nuestro homenajeado tenía la imaginación para aclarar la fantasía y la certidumbre para adornar la realidad. Una y otra andaban sueltas por su obra confundidas y confundiendo. Los que conocían de cerca al escritor de marras sabían que él sacaba sus historias del horizonte donde pastaban sus amores: la Fonda de Victorino, el Bayú de Mariana Sietefuego, la cola del pan o del picadillo de soya, la Parranda de Camajuaní… A ese horizonte dedicó, segundo a segundo, sus 69 años de existencia.

Amigos aquí presentes en esta prolongación de la Feria del libro, me enorgullezco asegurándole que la historia de Camajuaní, de Villa Clara, incluso, la historia de la literatura cubana, tampoco podrá escribirse sin mencionar su nombre, cuyo prestigio trasciende más allá de las fronteras del escriba, más allá de la vida o la muerte…

No son exageraciones mías estas metáforas cargadas de emoción. Son las emociones que nos produjeron placer en el pasado y que, gracias Dios mío, siguen vivas en la madurez de un autor que hizo suyo la identidad del pueblo que todos admiramos con el refinado aire del deleite.

Dediquemos entonces con un aplauso, un prolongado aplauso de cubanos agradecidos, para bien de la cultura y los villaclareños, este homenaje de “don” que le ofrecemos, porque, y se me antoja robarle una de sus frases más célebre, René Batista Moreno fue y seguirá siendo tremenda yaya.         

EL COLORIDO TOCORORO DE RENÉ BATISTA MORENO

EL COLORIDO TOCORORO DE RENÉ BATISTA MORENO

Por Alejandro Batista López

Palabras de agradecimiento de Alejandro Batista López, hijo de René, el folklorista, tras la publicación póstuma de La Fiesta del Tocororo, texto preparado por ediciones La Memoria, del Centro Cultural Pablo de la Torriente Brau, 2011.

No me sentí verdaderamente identificado con la esencia del nuevo libro hasta que descubrí la auténtica calidad que tenían unas viejas grabaciones, todavía en cintas magnetofónicas que mi padre sacó del cajón de sus memorias. Nos pasamos varios días escuchando las cintas, revisando las transcripciones descubrimos las letras escritas en aquel papel amarillento de los años 60. Muy bien ordenadas, mantenían el caudal de información para el que se concibieron.

Después de la cuidadosa revisión, comenzamos a trabajar. René decidió rescatar esos recuerdos de la vida campesina que él investigó desde muy joven. Tomé el material, me puse en marcha por el pueblo en busca de alguien que tuviese un equipo de cinta para empezar a pasar las grabaciones a casetes. En la actualidad, estas grabadoras prácticamente no existen, pero tuvimos la suerte de que tío Ricardo conservara una. A esto se agregó una nueva fuente de testimonio de personas conocidas de avanzada edad y se actualizó parte de la investigación.

Como las cintas estaban en bastante mal estado, logramos “limpiarlas”. Mi padre, cuando no se entendían bien las palabras las aclaraba con su voz. Con dicho material y la revisión de antiguas publicaciones y bibliografías el mundo de esta zoología fantástica cubana fue tomando cuerpo.

Cada relato es un legado del tema, pues aquellas voces rescatadas en sus protagonistas afirmaban haber visto las criaturas a las que hacían alusión o las habían conocido de seres cercanos por tradición oral.


René afirmaba, al comienzo de este trabajo, que conocía el bestiario de otras partes del mundo como el centauro, el minotauro, el unicornio, el dragón, la sirena Sin embargo, conocía pocas bestias de la mitología cubana.

El primer resultado de sus investigaciones por zonas rurales del país dieron lugar a su libro Cuentos de guajiros para pasar la noche, impreso por la Editorial Letras Cubanas en 2007. Luego, Batista Moreno tuvo conocimiento de nuevas criaturas y comprendió la necesidad de una labor paciente para salvar nuestro tico bestiario o gran parte de esta obra de la creencia popular cubana, desconocida e insospechada.

Primeramente, para lograr un vínculo histórico con la evolución y transformación que sufrieron estos animales en la imaginación popular, se hicieron referencias a primitivos monstruos autóctonos de la isla recogidos, muchos de ellos, en El Diario de navegación de Cristóbal Colón, en las obras de los frailes Bartolomé de Las Casas, Guadalupe de Santiesteban y Ramón Pané, y otras de “Una pelea cubana contra los demonios de Fernándo Ortiz”.

Fueron muy interesantes los testimonios recopilados en Remedios, la misteriosa y endemoniada villa cercana, donde historiadores y folcloristas, dejaron registros de un copioso bestiario en libros y en la prensa periódica local de finales del siglo XIX y las primeras décadas del XX, que aumentaron el número de criaturas de nuestra imaginería como las que se relatan en las crónicas de Facundo Ramos “Cosas de Remedios”.

Por otras regiones del país la imaginación popular creó también sus propios mitos. La mayoría de las que aquí aparecen se conocen gracias a las investigaciones y andanzas de René por múltiples lares del país en los años 60.

Esta obra orienta al lector hacia una comprensión amena y sencilla, de la perdurable existencia y del legado oral criollo de este mundo alucinante que el autor nos regala, en la propia voz y en la gracia de los testimoniantes.

René Batista Moreno no pudo ver impreso este libro, pues falleció el 2 de mayo de 2010: suponer que inició un viaje en busca de nuevos temas folclóricos me ayuda a que su muerte sea menos dolorosa para mí.
Agradezco, en mi nombre y en el de mi madre, al Centro Pablo de la Torriente Brau la publicación de esta obra, al igual que al editor Yoel Lugones y a la diseñadora Katia Hernández responsable de la belleza de este libro.

HECHICERÍAS Y ARCÁNGELES DE OSCUROS GUERREROS

HECHICERÍAS Y ARCÁNGELES DE OSCUROS GUERREROS

Por Luis Machado Ordetx.

 (Palabras de presentación: Oscuros Guerreros, poemario publicado por Ediciones Oriente, 2011. Vigésimo Feria Internacional del Libro, Villa Clara; Museo de Artes Decorativas, jueves 24 de Febrero.)


Dice San Pablo, «Cuando me siento más débil; es que soy más fuerte», y así percibo al poeta Pedro Llanes Delgado en la oración cantada de versos escritos por manos de orfebre, como en una monodia traducida en plegaria múltiple; dialogante de prelación entre el sentido de la palabra y la armonía que transmuta el discurso.

Todavía recuerdo, ocho años atrás, bajo el fugaz peso de los quebrantos espirituales, cómo leía los trazados de la conversación entre el Doctor Rostbach, el Rey de Roble y la Rata, en aquella angustia en la cual el primero se apresuraba en decantar la “letanía del gallo”, ocasión que el animal  “trashuma en el pantano y se afila como una espuela en lo oscuro”; abreviado acontecimiento del puctum contra puctum; nota contra nota; melodía contra melodía; palabra contra palabra; símbolo contextualizado contra símbolo metafórico.

Esencia del contrapunto textual; tal vez del concepto que opera en un discurso poético dotado de un paisaje narrativo; de descripciones recargadas de particularidades polifónicas; de lecturas simultáneas que confinan o imposibilitan, a veces, el entendimiento del sentido de lo escrito en ese replanteo entre los claroscuros y las ondulaciones expresivas.

Lezama Lima, de quien Llanes Delgado (Placetas, Villa Clara, 1962), saborea su sistema poético, sustentó que «[…] lo contrario de lo oscuro no es lo cenital o estelar, sino lo nacido sin placenta envolvente», premisa que al orquestar una idea, un segmento de un sueño, un derroche verbal alejado de lo espurio, preconiza un fundamento hermético; fuente de virtud inigualable, y de hidalguía barroca entre sus contemporáneos.

El genio poético del fraterno Llanes, al decir de Martí, «es como las golondrinas: posa donde hay calor», como un adelantado en Litera nascimur que defiende las purezas sustanciales del verso; sus riquezas tropológicas, de soberbia y de hallazgo espiritual prefigurado por el  resguardo de las palabras contenidas en medio de cualquier letanía existencial.

Las entregas poéticas, como summa literaria, anticipan, como admite de continuo, una defensa  a su coexistencia espiritual; de contar carencias y querencias; de embellecer la vida a partir de un alegato vigoroso y de costados sensibles; es ahí donde acuna su apreciación alucinante en torno a las cuestiones bellas, y también desgarradoras que, en un instante, tal vez otro, lo obligaron a meditaciones vivenciales, filosóficas, históricas, al margen de vacíos, sobre el inquietante ayer y la sucesión ética conformadora del presente dialogante.

Oscuros Guerreros (editorial Oriente, 2011), texto azaroso que escapó de las manos de Capiro por «Obra y Gracia del Espíritu Santo», como toda la obra literaria de Llanes Delgado, en el más minúsculo de los apuntes cabrilleados en letras de orfebre, tiene un asiento definitorio en la poesía; descubrimiento y núcleo de la noción de palabra escrita; de mensaje artístico; de diálogo abstracto; de vocación perpetua; de profusión estética.

Libro amargo; de tristeza, reencuentro y reflexión con ciertas pérdidas, y también de apetencias hacia zonas que escaparon, permite al poeta focalizar un movimiento, un tránsito discursivo; un período abigarrado dentro de la abrumada incomprensión; la fugaz y lacerante frustración amorosa; el acecho recurrente de la muerte; del tiempo que lo distingue y, también, lo confirma más que  cualquier irreverente olvido.

Es ese un soplo, un fragmento espiritual, que atrás quedó en el diálogo con las sombras; con las cenizas; con la vida y la muerte; con lo oscuro y el silencio de un instante dramático de la existencia humana que deambuló entre los claroscuros y las sinuosidades de un vergel que, casi siempre, estuvo distendido de lo placentero.

Víctor Fowler, en «Una inmensa lección (de poesía), prólogo enjundioso que revisa las piezas literarias precedentes a Poemas nocturnos para L (Premio de la Ciudad de Santa Clara, 2009), hace advertencias sobre Oscuros Guerreros, un texto que hasta entonces permaneció engavetado, como en olvido editorial, hasta nuestros días.

Roberto Manzano y Rigoberto (Coco) Rodríguez Entenza, desde sus puntos de vista y con las cercanías acumuladas por el conocimiento del discurso de Pedro Llanes Delgado, ofrecen sus respectivos criterios en relación a un libro que deambula en el movimiento de las cosas afectivas; esas que hieren la sensibilidad del creador y se desatan arrebatadas por la focalidad barroca, por el espoleo polifónico y el entusiasta contrapunto sujeto al sentido de la palabra y la armonía de una frase próspera en lecturas simultáneas; contextualizadas; sangrantes.    

Hay una herencia de negación discursiva, de ganancia, que va desde el imprescindible Diario del Ángel (1993), hasta la transmisión más inédita —la conservada en letra de orfebre; la que revolotea en la cabeza pensante—, que construye personajes, seducciones y situaciones únicas, dolorosas, cercanas a la insularidad familiar o existencial de todos los días; son tiempos dotados por una aparente posesión, ubicua, de imperecedero sobreviviente del pudor y la privacidad; ahí también cuenta Llanes Delgado, y lo hace con humildad, pulcritud y excelencia.

Dos secciones delimitan el discurso poético de Oscuros Guerreros; van a la derivación reflexiva  que abunda en lo precario de vanas e impostergables ilusiones humanas; el desgarramiento existencial y los entuertos que trenza toda realidad como patrimonio individual, social en última instancia, al que se somete el hombre en su constante deambular por zonas grises o placenteras del entorno de un relámpago fugado o en espera dialogante.

Tanto, la primera parte, versos y más versos, dispuestos en «Andando en la oscuridad» —27 poemas—; como también en la segunda, «Noche sin fin», integrada por 23 breves prosas, hay un recreo del universo de constelaciones fantasmagóricas; de paisajes negros; de desolación y amargura habitada en un mundo real; transformada en preexistencia y en anhelo por dejar atrás los fragmentos desgarradores; como borrón y cuenta nueva; todo queda en recuerdos que el poeta deseoso reclama desterrar; en cambio, están ahí, y los enaltece en medio de aquel acongojado instante del paso  breve por la vida. Es una anunciación; un pacto; una traslación hacia las excelencias que aún aguardan por resurgir; así parece decir.

Llanes en «Copa como un Aleph», de la primera parte de Oscuros Guerreros, en retozo metafórico y contextualizado del imperio de las anáforas, sustenta que: «En tu copa veo los abismos que se abren./ En tu copa veo los árboles contra el vacío. / En tu copa veo venir el abanico del fuego, / profuso y silencioso como la muerte.» Persiste una búsqueda de respuesta que, en lo aparente de la realidad, el poeta no desea encontrar, y bien sabe que está allí, a su acecho, en ese diálogo ubicuo entre la sombra, lo oscuro, la luz, la muerte y el silencio.

El cabrilleo barroco tiene sus comodines discursivos en torno a palabras claves, y en el cual el silencio suma una carga dramática del que escruta a taciturnos y nigromantes «confabulados en la indiferencia y muertos para siempre», dice el poeta, quien cree con firmeza que «Todo lo desgarra/ a su paso la hoguera», tal vez descifrando el tránsito por las encrucijadas; tiempo de la palabra oscura y sus constelaciones sinuosas.

Justo aquí ese hermetismo que en lo inefable se aprecia cuando el verso del poeta no está descontextualizado dentro del itinerario existencial al que convoca su escritura; visible a veces en transfiguraciones espirituales, en realidades tangibles, en reconstrucción de lo histórico y lo épico, de rastreo del pasado y de añoranza por lo placentero.

No se entenderían los Poemas nocturnos para L sin el necesario repaso a los Oscuros Guerreros; en el primero hay otras válvulas de registros metafóricos, temáticos, alegóricos, que explayan el deleite comunicativo y lo precario tiende a las fosforescencias de las realidades familiares, más cercanas a nuestro tiempo; ya despojadas de la sordidez de los recuerdos de aquellas cosas y hechos que laceraron al escritor y que, solo ahora, lo convierten en menos vulnerable ante el tránsito de lo permanente y visivo de otro de sus eternos e insoslayables amoríos; la pequeña Lidamalia, reina de las travesuras de un tiempo en que los recuerdos solo perduran en eso; simples memorias de lo que fue un soplo de angustia.  

Los Oscuros Guerreros tienen hechicerías y arcángeles en la ontología de las palabras; en el estilo entrecortado, de ráfagas; de remolino escabroso; de vigilia perfeccionista del orfebre que «pregona salvación», como apunta Rodríguez Entenza, y de plenitud y creencia del hombre en reverdecer  los lóbregos espacios que habitó en un pasado que ya es solo memoria inclaudicable.

Ya todo recuerdo triste está fugado del decurso de la historia individual; anda con solapa y anima a levantarse entre el misterio de la vida y la presunción de la futura muerte.

El puctum contra puctum barroquista; la polifonía recurrente del aletear de la poesía de Pedro Llanes Delgado, tiene un espacio de clasicismo  entre los coetáneos cubanos.

Nadie lo negaría, y en ese vibrar insistente, como “Cosido a su silencio” —otra de sus magistrales prosas—, jamás imprecaría sobre un  rostro que «da contra las aguas de la piedra y forma otros rostros, otras aguas» nutricias en el constante e inexplicable aire en que el gallo recreado en El Fundidor de Espada, “invade el vacío, se niega y escarba en el silencio torvo”, para convertir en belleza el susurro de una palabra escrita en medio de la agonía o de la fecundidad con que trenza las manos  como un arcángel literario de nuestros tiempos.

                                             Muchas Gracias Pedrito, tal como dijo Fowler, por regalar siempre a todos lecciones de magistral poesía.

TOCORORO O MAGIA DE LA FABULACIÓN

TOCORORO O MAGIA DE LA FABULACIÓN

La fiesta del tocororo, de René Batista Moreno, una recopilación de personajes de leyenda que conforman el bestiario cubano, fue presentado en el entorno de la Feria Internacional del Libro en La Habana. El proyecto que antecedió a este libro se alzó con el Premio Memoria 2009, del Centro Cultual Pablo de la Torriente Brau, y constituye la última obra del prolífico escritor,  quien falleció en mayo de 2010.

Por Dulcila Cañizares (Palabras de presentación de Escritora e investigadora cubana durante la Feria Internacional del Libro de La Habana). El título original de este texto es «René o la magia de la fabulación».

René Batista Moreno (Camajuaní, 1941-2010) fue un seguidor y fiel amigo de Samuel Feijóo, infatiglable investigador del folclor campesino. Pero René, con su olfato guajiro, sabía con certeza hacia dónde enrumbar sus pasos, ya que, además, conocía la zona de Camajuaní, Vueltas, Remedios y los alrededores desde pequeño.

Comenzó sus andanzas en octubre de 1963 hasta marzo de 2003, no sólo en la antigua provincia de Las Villas, sino también en alejadas provincias de las regiones occidentales y orientales. Iba, con una libreta escolar en el bolsillo trasero del pantalón, un bolígrafo o un lápiz y su inseparable gorrita en la cabeza, lomas arriba y abajo, por trillos y senderitos, sin que le importara que de pronto irrumpiera un insolente aguacero, pues él continuaba su ruta hasta donde sabía que iba a encontrar cuentos, fábulas, leyendas, refranes, acertijos y de cuanto puede inventar la imaginación humana.

Así fue escribiendo en innumerables libretas y, pasado el tiempo, comenzó su etapa de iniciarse como escritor. Pero no le bastaron a René sus oficios de investigador y escritor, sino que, años después del fallecimiento de Feijóo, asumió el cargo de editor de la revista Signos, fundada por Samuel, y le infundió el perfil feijoseano de sus inicios.

Desde pequeño, según confesaba, le encantaban y atemorizaban los cuentos que el abuelo contaba en las noches campesinas, a la luz de un quinqué, sentados en bancos y taburetes, mientras los cocuyos cruzaban con su luz cerca del portal y los mosquitos los atacaban con ferocidad. Entre manotazo y manotazo y el terror que sentía aquel niño, comenzaron sus inquietudes por conocer las fabulaciones campesinas. Años después, conversar con René era no saber qué eran la realidad y cuáles sus invenciones. Sus amigos tuvimos la oportunidad de disfrutar sus exageraciones y reír a carcajadas con su persistente e inagotable imaginación. Suponemos que en La fiesta del tocororo también haya incluido alguna de sus acostumbradas quimeras, siempre dislocadas y deliciosas...

Este bestiario cubano, cuyo origen, según su autor, fue Cuentos de guajiros para pasar la noche, es nuestra mitología, que la oralidad ha ido enriqueciendo y rescatando. Según sus palabras: «Tenemos un bestiario sano, humildísimo, creado por una imaginación igual. Y adquirido, casi en su totalidad, en entrevistas realizadas por zonas campesinas». Pero en la actualidad, por la emigración campesina hacia pueblos y ciudades, hay que buscar nuestro folclor campesino también en las zonas urbanas.

Para lograr esta obra, Batista Moreno utilizó, aparte de algunos mitos de Cuentos de guajiros..., seis leyendas aborígenes, treinta de Remedios, ochenta y nueve de diversas regiones del país y veintiséis obras de autores cubanos y extranjeros, para un total de ciento veinticinco bestias imaginarias, que dieron lugar a esta memoria folclórica rica, interesante y en su mayoría desconocida. Comenzó con El Diario de navegación, de Cristóbal Colón, y también encontró algunas de «...las primeras bestias autóctonas, [...] en las obras de los frailes Bartolomé de Las Casas, Guadalupe de Santiesteban, Ramón Pané. Pero de esas etapas del llamado descubrimiento y la colonización, hemos podido salvar pocas», según señaló el propio autor.

Si importancia tiene la recopilación del bestiario cubano, trascendental es la interesante evidencia de topónimos aborígenes, tal vez la más rica que hemos encontrado en obras no especializadas en el tema aborigen. Entre otros toponímicos aparecen Guanabacoa, Guainabo, Baracoa, Yuraguana, Guayarusa, Ocujal, Birán, Caonao, Barajagua, Bamburanao, Jibacoa, Guaracabulla, Taguayabón, Camajuaní, Guajabana, macaguana, Caibarién, Guanajay, Jurá, Guaisí, Guanabanabo, Cuyaguateje, Camaco, Manicaragua y Jinaguayabo. ¡Qué embriaguez de nombres de una musicalidad deliciosa, legada por aquellos indios nuestros!

Es lástima que Batista Moreno haya omitido los lugares donde están las fincas de sus entrevistados, porque tal vez, aparte de conocer su ubicación geográfica, aparecerían más topónimos aborígenes, que engrandecerían esta valiosa muestra de nombres de los primeros habitantes de nuestra isla, que dejaron sus huellas en disímiles sitios geográficos, árboles, alimentos, ríos, etcétera.

Aparecen criaturas fantásticas que, según la oralidad, existían desde la época de los conquistadores, como el babujal, acerca del cual manifestó Andrés Leiva, un anciano guantanamero de ciento seis años.

Siempre le oí decir a mi abuelo que cuando los españoles penetraban en los montes a buscar indios, se les metían los babujales en el cuerpo y los mataban. Los babujales durante muchos años protegieron a los indios. Al que se metía en terrenos de babujales, los babujales lo cogían.

Son muy simpáticos los testimonios, al parecer muy serios, pero en realidad inciertos, acerca de jigües, güijes, madres de agua... Por ejemplo, el cagüerio, según René, «Es el ser más transmutante de la zoología fantástica cubana. También es un mito dualista, como muchos otros que tenemos por acá. Se dice que es un ladrón que tiene la facultad de convertirse en el animal que desee (un chivo, un ratón, una gallina…) o en un objeto inanimado (una piedra, un yugo, un taburete…) para poder realizar sus fechorías o escapar de sus perseguidores». Y la historia de Marcelino Guerra, de ochenta y cinco años, pero que no sabemos donde reside, es la siguiente:

A Juan Ferreira, un vecino de esta zona, siempre le estaban robando los animales, y unos amigos míos y yo juramos que íbamos a coger a los ladrones. Nos emboscamos en el camino que iba a su casa, eso fue como a las cinco de la tarde, lo hicimos a esa hora para que la noche nos cogiera allí. Entonces, poco después, vimos tres hombres con sacos y unos machetes en las manos. Les dimos el alto, y desaparecieron delante de la vista de nosotros. Corrimos hacia el lugar donde habían desaparecido, miramos bien, buscamos, pero yo vi tres piedras y no les hice caso. Cuando caminé un poco, me dije: “Pero si son cagüeiros”, porque los cagüeiros tienen la facultad de convertirse en un animal, en un árbol, en una piedra… Regresamos al lugar donde estaban las piedras y ni rastro de cagüeiros. Entonces miramos para el monte y vimos a los tres hombres meterse en él.

El lector se enfrentará a seres mitológicos como los hombres peste, las bolas de carne, los sapos de las tinajas, las brujas, las sirenas, el grillo de Guajabana, el majadrilo, el júa, la mujer puerca, la ciguapa y muchos otros, simpáticos algunos, terribles o detestables otros.
Batista tuvo la gracia de incluir algunos poemas acerca de diversos animales mitológicos de la isla, como el que escribió Alexis Castañeda Pérez de Alejo dedicado al ave de la cueva La Boca, que cuenta, como narró René, que «...Iniciaba su concierto a las seis de la mañana, y los animales de la zona, incluyendo a agrestes como la jutía, los perros jíbaros, y los venados, acudían para oírla.[...]».

                               El canto en la caverna
                               Sitio que llama, canora
                               ave que clama su pena,
                               llanto cautivo, alacena
                               donde la voz enamora.
                               Burla la luz, edulcora
                               la manada en el paisaje
                               su suerte, como de encaje
                               es el trillo en la espesura;
                               miente la voz y factura
                               en lágrimas su plumaje.

Otra de las criaturas imaginarias se dice que surgió en los años cincuenta en las regiones de Carmita, Vega Alta y la Luz, y se comentaba que embestía sexualmente a las mujeres: era el catraco, un gato con cuatro pies de altura y cabeza de pulpo. La siguiente décima, simpática y descriptiva, es de un poeta anónimo, supuestamente de aquellas zonas.

                             Catraco: animal cinqueño,
                             con figura de felino
                             y pulpo, de olfato fino,
                             que viola durante el sueño.
                             A las damas, muy risueño,
                             embobece y acaricia.
                             Las viola con tal pericia
                             y con tanta sutileza
                             que a la que el bicho endereza,
                             se cura, pero se envicia.

Los testimoniantes tienen edades que oscilan entre los sesenta y ocho y los ciento seis años, residentes en diversos lugares de la isla.


Ha sido una tarea de inagotable paciencia y de largos años de trabajo, pero René era laborioso y perseverante. Si por cañadones, montes, ríos y sabanas no lo detuvieron los inconvenientes e inesperados aguaceros de los trópicos, menos se iba a dejar vencer por años más o menos de ardua investigación y lento proceso de creación en su vieja máquina de escribir, y continuó fiel a su inseparable Remington, pues para escribir sus textos en Word, enviar y recibir mensajes, siempre estuvo su hijo Alejandro —ahora su cuidadoso y severo albacea—; fue un hombre humilde, bondadoso, extraordinario amigo, chistoso —disfrutaba inventando graciosos apodos a los conocidos, colaboradores, seres muy queridos y algún que otro que no fuera de su agrado— y orgulloso de ser campesino hasta la médula, a quien le agradecemos obras de incalculable valor folclórico que legó para la cultura cubana, como Los bueyes del tiempo ocre, Ese palo tiene jutía, Éditos e inéditos, Fieras broncas entre chivos y sapos y Limendoux. Leyenda y realidad, entre otros.

La fiesta del tocororo no sólo la disfrutará nuestro pájaro nacional, sino que será más bien un guateque para las aves, los insectos y los animales de nuestras zonas rurales y urbanas, guateque campesino que también disfrutará cada lector que tenga la oportunidad y el regocijo de deleitarse con estas fabulaciones que nos ha regalado René Batista Moreno.