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CUBA; EL CORAZÓN EN HAITÍ

CUBA; EL CORAZÓN EN HAITÍ

Por Luis Machado Ordetx

Martí, el más universal de los cubanos, escribía en 1880, una de las «Proclamas» de todos los tiempos, al decir que «[…] hay siempre tras de cada idea, un ejército modesto que los hombres sinceros deben encontrar y dar a la luz», como ahora sucede, desde hace tres meses, en las inhóspitas calles de Haití luego del holocausto que dejó el devastador terremoto que azotó ese territorio antillano.

Los cubanos, somos, por idiosincrasia, dados a la solidaridad, a la camaradería, tal como definió el polígrafo Fernando Ortiz cuando en 1939 abordó el tema en «Los factores humanos de la cubanidad», y el hecho se repite en múltiples ocasiones, allí en aquellos recónditos territorios que exigen, por diminuto que sea, un gesto de hermandad.
Haití constituye, desde el infausto 12 de enero pasado, cuando sobrevino la pesadilla del terremoto en ese país, un escenario en que se vislumbra un pacto a favor de la vida con el aporte material y especializado que cientos de galenos de la Brigada Médica, incluida la “Henry Reeve” de la Escuela Latinoamericana de Medicina, y hombres de cultura espiritual, brindan a cada instante.

Ese es otro de los ejemplos que sorprende la valía de los cubanos, sea un sitio u otro, en que fundidos a pueblos autóctonos, dejan una huella del por qué defienden la razón independiente de existir como pueblo; como sistema social sin muchos parangones en la historia de la humanidad.

Allí vibró, días atrás, el «Concierto por la Patria», junto al bregar por reconstruir  Haití de las aterradoras secuelas del terremoto; y al igual que trascendió en Santiago de Cuba y La Habana —similar a lo ocurrido en las principales cabeceras de provincias del país—, hubo un gesto de paz; un reclamo a nuestra soberanía.

Los artistas de la brigada «Marta Machado», encabezada por el pintor Alexis Leyva Machado (Kcho), quienes desde hace un tiempo recorren comunidades haitianas, igual que antes hicieron por la Isla de la Juventud u otras localidades dañadas por los estragos de los ciclones que en 2008 dejaron penurias materiales en Cuba, ofrecieron argumentos en esas sinceras ideas de Martí en que «La patria necesita sacrificios. Es ara y no pedestal. Se la sirve, pero no se la toma para servirse de ella.»

No solo en el Hospital La Renassanse, de Puerto Príncipe, trascurrió tal acontecimiento apreciado no solo por el pueblo haitiano, sino también por cientos de colaboradores internacionales que dejan una estela de solidaridad internacional. Sean Penn, el afamado actor estadounidense, dejó su campamento del Club de Golf Petiovillen, y va hasta los albergues de Corail, y hasta el sitio donde laboran los cubanos, empeñado en intercambiar aspectos de la valiosa acción humanitaria que se desarrolla allí.

Penn, ganador de dos Oscar (”Milk”, “Mystic River”),  es un ejemplo de la solidaridad internacional, y un creído de que un mundo mejor es posible, como expusieron hace unos días las estrellas musicales que acompañaron al merenguero Juan Luis Guerra —Alejandro Sanz, Enrique Iglesias, Luis Fonsi, Milly Quezada, Juanes, Johnny Ventura,  Maridania Hernández, y Miguel Bosé— durante el concierto «Un canto de esperanza por Haití», celebrado en el estadio olímpico “Félix Sánchez”, de República Dominicana, gesto que recauda fondos para donar un hospital infantil a la pequeña nación caribeña dañada por el terremoto de enero último.

Bien decía Bosé: “Hay gente que está atenta a escuchar palabras de esperanza”,  justo allí donde se lucha por la vida, y la identidad de nuestras naciones se funden desde el concepto martiano en que «[…] Haber servido mucho obliga a continuar sirviendo…» en el bienestar, la soberanía y la grandeza de los pueblos que se desentienden de egoísmos y de guerras mediáticas.

FEIJÓO Y SUS REVISTAS

FEIJÓO Y SUS REVISTAS

Por Luis Machado Ordetx

Marzo se escapa con el gozo de un «silencioso testigo», sentencia acuñada por Lezama Lima, y los cubanos disfrutamos el acontecimiento con un doble propósito.

 Uno preludia el surgimiento de la Imprenta Nacional, allá en 1959, y la designación del narrador Alejo Carpentier en la dirección de esa institución cultural dedicada a afianzar los caminos de la sabiduría colectiva; otro constituye el nacimiento de Samuel Feijóo Rodríguez, allá  en 1914, en San Juan de los Yeras, mítico territorio villaclareño que contribuyó a la forja de una visión particular de entender la filosofía del folklore campesino y rural dentro del ámbito de lo popular.

La imprenta cubana desde entonces está en constante renovación insular en la óptica de aquellos perfiles temáticos definidos; momento en los que también se insertan las surgidas hace dos décadas en las 14 provincias    —llamadas territoriales—. El empeño acentúa la divulgación de las hornadas de escritores nacionales y el insustituible impulso de lo más trascendente de la cultura universal.

Todo tiene un destinatario común: el público lector que, con una avidez notable, colma librerías y se apropia de una sabiduría que enriquece la cultura espiritual, sea propia o colectiva, a la cual, de un modo u otro se sumó Feijóo Rodríguez en ese deambular por las zonas centrales de la Isla.

Su ánimo creció en el rastreo de un acervo virgen en la divulgación e investigación empírica de los hechos literarios y orales plasmados de manera pictórica en los más variados papeles y formas de impresión artística.

Precisó Feijóo en sus libretas de “Apuntes” que «Trabajo, como una oscura raíz, para que arriba haya una flor», suceso intelectual, de orden personal o colectivo, que lo identificó hasta el 14 de julio de 1992, fecha en que falleció tras dejar un profusa obra literaria que abarcó la poesía, la investigación antropológica, sociológica, de animación cultural y pictórica, y también narrativa y de edición de revistas y textos del panorama literario cubano.

A principios de 1958, desde la Universidad Central de Las Villas, el folklorista Feijóo, considerado por los investigadores literarios cubanos como «un hombre-montaña», asumió la dirección de  la editorial y de la revista Islas, perteneciente a los departamentos de Estudios Folklóricos y Publicaciones de ese centro docente, y desde ahí arraigó su dimensión de propagador de culturas.

Islas tiene una salida ininterrumpida por trimestre hasta que fenece en 1966; y unos 500 libros —teóricos, de poesía y de narrativa— de autores cubanos o extranjeros aparecieron en las colecciones  folklóricas y de estudios Hispánicos, entre los que destacan ciertas rarezas que al paso del medio siglo de existencia no tuvieron reediciones preliminares.

Allí, por vez primera, salió Tratados en La Habana, de Lezama Lima; Kant, iniciación de su filosofía, de Medardo Vitier; Lo cubano en la poesía, de Cintio Vitier; El pan de los muertos, de Enrique Labrador Ruiz; Biografía del tabaco habano, de Gaspar Jorge García Galló; Historia de una pelea cubana contra los demonios, y Contrapunteo cubano del tabaco y del azúcar, ambos de Fernando Ortiz; José A. Saco, Estudio y Bibliografía, de Manuel Moreno Fraginals; Papelería, de Roberto Fernández Retamar; Maguaraya Arriba, de José Lorenzo Fuentes; Retorno a la Alborada, Raúl Roa García, y…

Esa es una etapa que, desde el hacer feijoseano, y del propósito editorial de la Universidad Central de Las Villas, todavía precisa de un estudio teórico que redunde desde el punto de vista científico en cuánto aportó el escritor a la difusión y el engrandecimiento de la cultura cubana.

La revista Islas, desde otras aristas editoriales y temáticas, sigue la vigencia del fundador Feijóo, quien en 1968 inauguró un estadío sin precedentes, como de continuidad, al preparar de manera ininterrumpida hasta unos meses antes del fallecimiento en 1992, aquellos 34 números que cada trimestre caracterizaron la búsqueda investigativa, teórica, pictórica y de dimensión inigualable que atesora Signos, publicación todavía activa desde su gaveta postal radicada en la biblioteca Martí, en Santa Clara.

Marzo, en su último día del calendario, si bien tiene una deuda impagable por aquel surgimiento de la Imprenta Nacional de Cuba, dada su representatividad en los tesoros literarios que propaga un libro y la sabiduría que impregna; también rinde tributo a Samuel Feijóo Rodríguez, un escritor nacido en similar fecha, pero de 1914, y conductor de una impronta difusora sin muchos precedentes en nuestro panorama creativo insular.
 

NARANJA DE VILLA CLARA; UN ROSTRO DE IRREFRENABLE PREDICCIÓN

NARANJA DE VILLA CLARA; UN ROSTRO DE IRREFRENABLE PREDICCIÓN

Por Luis Machado Ordetx

Prefieren la polémica, la defensa de sus puntos de vista, y esgrimen desacuerdos; saben lo que exponen cuando el tono dulce de la voz se viste de gestos bruscos, de golpes fuertes en el cemento, y trasladan expresividad en el aleteo de los brazos; y de la risa que escapa, desborda una pasión.

El llanto y hasta el abucheo las conmueve en el andar detenido o presuroso de estos días por la ciudad o los campos. No quieren perder un detalle de cuánto dicen en una esquina y los rostros tienen otros encantos proporcionados por los tintes de los efímeros coloridos que simbolizan un número, una abreviatura, un recuerdo del instante de multitudes que jamás desearán que se apague.

Bien conocen que la congregación a la cual asisten, reafirma otros senderos en los que la ternura femenina tiende a confundirse con la sabiduría popular que encarna el acento varonil. Son en ese instante, sabias; y las distingue la elocuencia del que opina y sabe sobre aquello que expone. Hay una seguridad en los parlamentos que ofrece en los diálogos. Tal es así que no creen en soliloquios, en susurros y murmuraciones adversas.

Ellas, a veces tiran agua fresca a la calle; hacen prerrogativas; invocan a las “luces” protectoras; sueñan despiertas; rompen vasijas de vidrio; sueñan y hacen sonar hasta el delirio los calderos del hogar; no quieren despertar; colman los estadios o están pendientes en medio del bullicio de las últimas noticias sin que les importe el “rumor” o el vaticinio del momento. Sencillamente, ahuyentan a los agoreros que tienden a aproximarse a sus entornos, y deciden fundirse en un abrazo con el partidario que apoya sus irrefrenables predicciones.

 Un color secundario, el naranja, viene de maravilla a sus atuendos, y cuando en las vestimentas exhiben otras, prefieren abrigarla en el silencio como un latido del corazón y la sensata calidez que acentúa el estímulo. Andan por allí, por las gradas, por las plazas de la ciudad, siempre pendiente de todo lo que sucede en entusiasmo y exaltación.

 Por eso animan; saltan; y el optimismo las incentiva, en derroche de iniciativas, de hidalguías y a la espera de la fiesta que desde hace años no disfrutan: esa que jamás querrán olvidar en el transcurso del tiempo.

Cuando en las tardes, también en las noches, se precipitan a las calles, persisten sin distinción de edades en ese magnetismo y la grandeza que favorece al naranja, un color que las delata en medio del asombro o la parquedad que impone el “placer” que se comparte luego de muchos años.

A veces, sin que asome el conocimiento o la intimidad mutua con la persona aquende o allende a los mares, baten olas; perduran como suspendidas en el aire, en el estímulo de la luz del día o de la noche que no quieren apagar  en medio de la tranquilidad del azul, el inconfundible rival de turno.

La placidez las conmina a la conspiración, al susurro, al mensaje que llega a la cercanía o lo distante; eso propende hacia lo naranja, y les insufla la pasión, mientras favorece la algarabía.
Sin temer al paso de un minuto, persisten en la confianza; en la incandescencia del tiempo; en la seguridad del triunfo; en el ánimo que se traslada al juego; en el brillo del terruño y la distinción del color del uniforme, y en la ponderación a su gente.

El béisbol arrastra multitudes; inculca en los incautos o pocos conocedores una pasión sin límites; y congrega y fortalece con un nuevo rostro que recurre a los estadios con el propósito de adueñarse de aquellos escenarios que antes no conocía; jugada a jugada, implica un acuerdo o un disgusto, y las voces de mujeres ribetean tintes autorizados en el elogio y la aprobación de todo lo que ocurre sobre un terreno deportivo que las reencuentra de espectadoras propagadas como un relámpago.

Distinguen, y lo hacen con fuertes pisadas sobre el cemento, el asfalto o el césped, que ellas, desde el diálogo, la alegría y el estruendo que vino prendido del aplauso, fueron inconfundibles en medio de todo lo que enaltece al color del año; sea bien, el tinte del azul, y mejor aún, la pasión radiante del añorado naranja.


BÉISBOL EN CARICATURAS

BÉISBOL EN CARICATURAS

Por Luis Machado Ordetx

¡Pedro se la comió!, así dijo un apasionado del béisbol cuando apreció las innumerables caricaturas que ese artista de la plástica hizo a partir del pasado martes 23 de marzo cuando en el estadio Sandino, en Santa Clara, comenzó la play off final por el título del Campeonato Nacional 2010 entre las huestes de Industriales y Villa Clara.

Sólo atiné a comentarle: El amigo Méndez Suárez, fundador y director del mensuario humorístico Melaíto, es de esos colegas  que lleva en la sangre, como todo excelente cubano, una pasión que convierte al béisbol en delirio de multitudes, en idiosincrasia  y cubanía.

Tal vez el artista, rememorara sus atrevimientos como jugador en tiempos de infancia durante la seudorepública, cuando con un bate de majagua y una pelota confeccionada con trapos inservibles, se debatía en medio de un potrero campestre allá en las cercanías de La Ceja, en el poblado de Placetas, donde nació.

Ahora los años lo llevan a la fogosidad del espectáculo, ora en un estadio, ora frente a la televisión, ora ante las emisiones radiales; pero lo cierto es que por estos días, la esencia beisbolera corre por sus ágiles manos en la elaboración estética del detalle y de las cualidades del rostro humano que disputa la parcialidad  industrialista —con el león  por condición—, y la naranja que identifica a los villaclareños.

Esa interminable captación del detalle por medio del humor gráfico de cuánto trascurre actualmente por las calles o plazas de esta central provincia cubana, y hasta de las prolongaciones en otras partes del país o del mundo, de un modo u otro tuvo sus inicios a finales de la octava década del siglo XIX en tres importantes periódicos surgidos en San Juan de los Remedios.

Los rotativos demostraron la estimación y la afición por el juego de béisbol entre los iniciales pobladores cubanos, y sus continuadores prolongan una estimación. Aquellos periódicos de la denominada Octava Villa de Cuba fundada por el Adelantado Diego Velásquez, duraron muy poco tiempo en sus ininterrumpidas salidas mensuales: El Catcher (1886-1887), El Pitcher (1887) y El Umpire (1887), así lo refiere el historiador Fortín y Foyo en La Prensa en Remedios y su Jurisdicción, un antológico libro publicado en 1925.

Ninguna localidad de Cuba describe anales de publicaciones periódicas con similares características destinadas a resaltar los hechos deportivos que desde entonces acontecían con un ímpetu  desbordable entre parciales de uno u otro bando en la puja por un partido.

Ahí, en algunas de esas páginas, todavía conservadas en el Archivo Histórico de Remedios, están contenidas caricaturas concebidas por “humoristas” gráficos y también literatos que glosaban, por medio del grabado, la línea o la palabra escrita, cuánto hecho inusitado trascurría en el terreno deportivo.


Loable idea de Méndez Suárez la de impregnar el rostro humano, desde la perspectiva de la jocosidad y el humor chispeante; esa es la pugna que ahora desde el estadio Sandino debaten el “León” azul, de Industriales, caracterizados desde una aparente serenidad e infinita frialdad, frente a las huestes “Naranjas”, de Villa Clara, prodigadas por un efectivo y alegre movimiento dentro del terreno de juego.

Puede, creo intuirlo, que la idea del caricaturista villaclareño por crear una galería “propia” con las jocosidades que impone el béisbol y hacerla expresiva a través del ciberespacio, surgió en julio pasado cuando en la Casa de la Ciudad, y en ocasión del aniversario 320 de la fundación de Santa Clara, inauguró, junto a su hijo Janler Méndez Castillo —también artista de la plástica—, la tradicional exposición A-Tendiendo a Personalidades.   

En esa ocasión, entre los 25 intelectuales, profesionales y personalidades cubanas vinculadas de una manera u otra con Santa Clara, apareció un rostro fácilmente inidentificable por estos días: Eduardo Martín Saura, actual director del equipo de béisbol de Villa Clara, un hombre que por su inteligencia y sagacidad deportiva, consiguió desde la óptica de los humoristas un “ajuste” de cuentas para ser caricaturizado.

De hecho, y por derecho, el estelar torpedero cubano Germán Mesa, director técnico de los Industriales, y también Roger Machado, mentor de Ciego de Ávila, así como Antonio Pacheco, de las “Avispas” de Santiago de Cuba —dos de los equipos que quedaron al campo en la justa por la finalísima del béisbol cubano—, cuentan ya con bocetos perfilados desde el punto de vista artístico para integrar una nueva “galería” en la sui géneris exposición de caricaturas.  

Los Méndez —Pedro y Janler—, lo saben y de seguro no perderán la ocasión de atrapar el mayor pasatiempo nacional, el béisbol, desde el ángulo que derrocha  jocosidad y chispa dentro de una desbordante del humorismo nacional.  

BIBLE OF HELL: «LA BIBLIA PERDIDA», INCITACIONES (III)

BIBLE OF HELL: «LA BIBLIA PERDIDA», INCITACIONES (III)

Una polémica que abre otras aristas en torno a la investigación y la ficción histórica contenida en «La Biblia Perdida», del poeta, narrador, editor y crítico literario Ernesto Peña, autor de ese texto inédito aún, y merecedor en 2009 del Premio Alejo Carpentier. Tomado íntegramente de http://verbiclara.nireblog.com/


El señor Juan Antonio Hernández, embajador de Venezuela ante el Estado de Qatar, me ha enviado un mensaje, que aparece al final, donde acusa de plagio al escritor villaclareño Ernesto Peña, uno de los más destacados jóvenes literatos de la provincia de Villa Clara y que obtuvo recientemente el Premio Alejo Carpentier 2010, en novela, otorgado por la Fundación que lleva el nombre del ilustre intelectual cubano y la Editorial Letras Cubanas, con su obra “Una biblia perdida”. Vea además la entrevista que le hicieron José Ernesto Nováez Guerrero y Jenny Pérez, estudiantes de Periodismo: Ernesto Peña: "Me importa el público que me lee".


Respuesta de Juan Antonio Hernández a la carta de Ernesto Peña


«Señor Peña,

Obviamente usted ha leído con descuido mi denuncia. Lo he señalado por cometer plagio en sus declaraciones. Ahora, en su respuesta, usted me dice que hay pasajes enteros de la novela inspirados en mi trabajo. La cosa, entonces, es más grave de lo que previamente imaginaba.


Me parece, usted dirá, que la forma de solucionar todo esto es que reconozca las fuentes historiográficas con una nota que acompañe la publicación de su novela.

En dicha nota pudiera colocarse algo como: “Diversos pasajes de esta novela se basan en lo escrito por Juan Antonio Hernández sobre el libro de pinturas de José Antonio Aponte”. Me parece, además, que una aclaratoria sobre esa fuente debería aparecer, lo más pronto posible, en La Jiribilla y en los otros medios en los que dio sus declaraciones.


Señor Peña, por supuesto que mi problema es que no me haya mencionado en sus declaraciones. ¿Le parece poca cosa? Cuando uno escribe un libro y lo firma con su nombre, obviamente busca reconocimiento público por su trabajo. Me parece insólito que usted, que envió su texto a un concurso literario, da entrevistas, etc. me reclame que yo busque reconocimiento por lo que he escrito.

Por supuesto que tengo enormes deudas en mi texto sobre Aponte. Como cualquiera puede comprobarlo, a través de internet, las reconozco, una y otra vez.


De todas esas deudas las más importantes, desde todo punto de vista, son las que tengo con Franco y con Palmié. Mi verdadero debate teórico es con este último. De hecho no valoro mi trabajo sino como una defensa, quizá no muy buena pero defensa al fin, de la obra de José Luciano Franco. Dicha obra, como usted seguramente sabe, ha sido fuertemente atacada, con argumentos esteticistas, por Palmié. Por otro lado, aprecio mucho el libro de Matt Childs pero en éste no se dice nada del “libro de pinturas”.

Su tema es el contexto general de lo que él caracteriza como la “rebelión de 1812”.

A Jorge Pávez, mencionado por usted, no le debo nada. La investigación que él estaba haciendo, como lo sabe el propio Pávez, me era

absolutamente desconocida cuando terminé mi libro. Esto puedo comprobarlo, fácilmente, con copias de varios correos electrónicos que él me dirigió, hace unos cinco años.

Por último, la aproximación de Sibylle Fischer al “libro de pinturas” no me merece ningún respeto, como probablemente ya lo habrá advertido usted en mi libro. Inventa cosas y oculta otras, algo lamentable como ya lo he demostrado, ampliamente, en mi trabajo.

Por último, nunca lo he insultado a usted. Yo sí, obviamente, me sentí insultado cuando un amigo me mandó, por email, sus entrevistas y pude leerlas.


Reitero que todo esto pudo haberse evitado con un mínimo de cortesía de su parte, reconociendo, en su momento, el origen de esas ideas.


Más allá de todo lo anterior, ojala sea la suya una excelente novela.

Aponte se lo merece, luego del bodrio de Calcagno. De hecho me gustaría leerla. En estos días voy a sacar un ensayito, en la prensa cultural de Venezuela, sobre Aponte y el Barón de Vastey. Prometo, si se dan las condiciones, dedicárselo a “Argos”.

El apretón de manos se lo daré, no hay problema. Pero, para poder dar ese paso, le exhorto a que inicie usted la rectificación necesaria, tanto en La jiribilla como en la nota añadida a la edición de su libro. »

Juan Antonio Hernández

BIBLE OF HELL: «LA BIBLIA PERDIDA», INCITACIONES (II)

BIBLE OF HELL: «LA BIBLIA PERDIDA», INCITACIONES (II)

«La Biblia Perdida», según el escritor villaclareño Ernesto Peña, otros brotes de la polémica con el ensayista y diplomático venezolano Juan Antonio Hernández. Una polémica que abre otras aristas en torno a la investigación y la ficción histórica contenida en «La Biblia Perdida», del poeta, narrador, editor y crítico literario Ernesto Peña, autor de ese  texto inédito aún, y merecedor en 2009 del Premio Alejo Carpentier. Tomado íntegramente de http://verbiclara.nireblog.com/

Luego de que Ernesto Peña, premio Alejo Carpentier en narrativa 2010 por su novela Una Biblia perdida (aún sin publicar), hiciera pública su respuesta a Juan Antonio Hernández —quien lo acusaba de plagio—, a la que llamó Eliminemos un malentendido (a quienes prefieren el diálogo). El señor embajador Hernández me ha enviado otra respuesta —que parece al final—, y por supuesto, Ernesto también le contesta:

Seguimos siguiendo (a quienes prefieren la bibliografía)

Texto de Ernesto Peña


«No voy a dejarme dominar por la ira, como tal vez desean algunos. Voy a responder, paso a paso (como me sugieren amigos de buena fe), la carta del señor embajador Juan Antonio Hernández.

Excusando los innecesarios insultos que me lanza, pasaré a analizar los contenidos que este señor asegura que yo le robé.

1.  Ante todo diré que la descripción del desaparecido Libro de Pinturas de José Antonio Aponte aparece como apéndice del clásico La conspiración de Aponte, del maestro José Luciano Franco. Y más. Una trascripción actualizada de dicho libro se encuentra en Anales de Desclasificación / Vol. 1: La derrota del área cultural n° 2 / 2006. Trascripción y edición de Jorge Pavez O. La Habana, marzo 2004 / Valparaíso, agosto 2005.


Pavez anota al pie lo siguiente:

«Expediente sobre declarar. José Antonio Aponte el sentido de las pinturas que se hayan en el L. Que se le aprehendió en su casa. Conspiración de José Antonio Aponte, 24 de marzo de 1812», en Archivo Nacional de Cuba. Fondo Asuntos Políticos. Legajo 12. Número 17. Esta trascripción ha sido realizada basándose en la versión publicada por José Luciano Franco (La conspiración de Aponte, La Habana: Consejo Nacional de Cultura, Col. Publicaciones del Archivo Nacional, n° LVIII, 1963, pp. 60–101), revisada y corregida con arreglo al manuscrito original. Además, esta versión incorpora declaraciones que forman parte del mismo Legajo 12, n°17, y que no fueron publicadas por J. L. Franco en op.cit., ni en su reedición aumentada de 1977: Las conspiraciones de 1810 y 1812, La Habana: Ciencias Sociales. Nuestra trascripción se hizo con criterios paleográficos, salvo en el caso de las múltiples abreviaciones, que han sido desplegadas para una mayor agilidad en la lectura. [Trascripción y edición de Jorge Pavez O. La Habana, marzo 2004 / Valparaíso, agosto 2005]”.

De modo que le pregunto al señor Hernández. ¿Es usted el único que pudo darse cuenta que el Libro descrito y explicado por el propio Aponte durante los interrogatorios empezaba en el Génesis y en lugar de continuar con la historia del pueblo hebreo continuaba con la del pueblo etíope y escenas del Batallón de Morenos Leales de La Habana? ¿Le robé yo lo que aparece en un documento de archivo? Yo no niego que consulté su tesis, pero reitero aun con temor a ser enfático y aburrido: ¿Le robé yo lo que aparece en un documento del archivo nacional de Cuba? ¿No es evidente que Aponte quiso hacer una suerte de Kebra Nagast afrocubano?

2. Nada del movimiento rastafari aparece en mi novela, como es obvio porque se trata de un fenómeno posterior a la época que describo. Tampoco el barón de Vastey fue desarrollado como personaje. Solo introduzco al espía Argos, supuesto agente del barón que contacta con Aponte. Y esto es lo único “original” que reconozco haber desarrollado a partir de las sugerencias de su texto, señor Hernández.

En cuanto a las leyendas de los reyes etíopes que usted menciona, todas aparecen en el Kebra Nagast o Libro de la Gloria de los Reyes de Etiopía, un texto de 1225 d.c. Cómo el Arca de la Alianza llegó a Etiopía está relatado en dicho libro en los capítulos 19-94. ¿Acaso ha saqueado usted, o plagiado descaradamente al Kebra Nagast, o simplemente realizó una de las tantas consultas bibliográficas que los historiadores y escritores de novelas históricas hacemos para mejor desarrollo de nuestra labor?

3. Referente a las Vírgenes negras que aparecen en santuarios de los tres continentes, usted y Pavez me dieron la pista, pero la mayor información la obtuve (tal vez igual que usted) del texto El enigma de las vírgenes negras  de Jacques Huynen. Plaza & Janes SA Editores, Barcelona, 1977.

Lamento una vez más, señor Hernández, su virulento ataque. Lamento haber tenido que leer en más de una ocasión su inconsistente regaño.
Estimado embajador, le reitero mis respetos y le deseo muchos éxitos en su vida personal y profesional. Sin dudas soy deudor (que no plagiario) de su obra y lo reconozco públicamente. En cuanto se publique por la editorial Letras Cubanas, le envío la novela.

Con gratitud,

Ernesto. »

BIBLE OF HELL: «LA BIBLIA PERDIDA», INCITACIONES

BIBLE OF HELL: «LA BIBLIA PERDIDA», INCITACIONES

Una polémica que abre otras aristas en torno a la investigación y la ficción histórica contenida en «La Biblia Perdida», del poeta, narrador, editor y crítico literario Ernesto Peña, autor de ese texto inédito aún, y merecedor en 2009 del Premio Alejo Carpentier. Tomado íntegramente de http://verbiclara.nireblog.com/

Por José Ernesto Nováez Guerrero y Jenny Pérez (estudiantes de periodismo en la UCLV)

El escritor villaclareño Ernesto Peña obtuvo recientemente el prestigioso Premio Alejo Carpentier 2010, en novela, otorgado por la Fundación que lleva el nombre del ilustre intelectual cubano y la editorial Letras Cubanas, con su obra “Una biblia perdida”.Peña es uno de los más destacados jóvenes literatos de la provincia, quien reafirma su talento con este notorio galardón.


—Háblame de “Una biblia perdida”

—Es una novela histórica cuya trama se desarrolla en la Cuba de los años 1763 a 1812. Narra, fundamentalmente, la vida de José Antonio Aponte, uno de los mártires de nuestras luchas de emancipación, organizador de la organizador de la conspiración que lleva su apellido. Siempre hubo varios aspectos sobre esta figura que me llamaron la atención. Era un negro libre, nacido de negros libres.

«Pertenecía a la milicia de morenos de La Habana, con el grado de cabo primero. Tenía un libro de pinturas, al que hago referencia en la novela, que era una especie de biblia, cuyas obras se relacionaban unas con otras, como los vía crucis de las iglesias. En los interrogatorios que le hacen a Aponte cuando lo capturan, se ve obligado a describir el libro y reconoce que su mayor influencia desde el punto de vista ideológico proviene de lo africano, específicamente del imperio etíope. Parte de la relación bíblica de Salomón con la Reina de Saba y su descendiente, Menelik I, la dinastía salomónica de los etíopes. Traté también de rescatar un poco esa historia que no aparece en la biblia tradicional.»

—¿Cómo surge la idea del libro?

—De manera casual. Siempre me han gustado mucho las novelas de espionaje. Busqué en la historia de Cuba algo semejante a lo que uno encuentra en las novelas de John Le Carré, por ejemplo. Me topé con esta conspiración que siempre me pareció un período poco estudiado o, al menos, poco referido en la literatura.

«En el libro La conspiración de Aponte, de José Luciano Franco, conozco los personajes fundamentales involucrados en esta y percibo su verdadero alcance. Como mi interés era recrear las relaciones interpersonales basadas en la simulación, en el encubrimiento, esta conspiración vino muy a propósito para ese objetivo. Este tipo de relaciones genera un dramatismo muy interesante para cualquier novela, además de todas las cosas que le dan cierta textura novedosa, como la influencia etíope.»


—Para la realización de esta novela debiste emprender un gran trabajo investigativo, ¿cuánto tiempo te llevó la elaboración del texto?

—La escribí en un año aproximadamente. La investigación sí llevó más tiempo. Tuve la suerte de que el escritor de nuestra provincia, Yamil Díaz, me facilitó buena parte de la información, y me ahorró muchas horas de búsqueda. Encontré bastante bibliografía en internet, sobre todo porque en estos momentos se está digitalizando el Archivo de Indias, en España, lo que me dio acceso a muchos datos importantes, como las cartas de Salvador de Muro y Salazar, Marqués de Someruelos, Capitán General de la isla en esa época. También consulté el libro Los apellidos ilustres, de María del Carmen Barcia, entre otros.

—¿Hasta qué punto fue un reto enfrentarte a la figura de José Antonio Aponte?

—Sobre Aponte hay poca información. De los interrogatorios que le fueron realizados se conservan unos pocos; no existe ningún retrato suyo. Su libro de pinturas desapareció, solo poseemos la descripción hecha por él en los interrogatorios. Todo esto convierte en un desafío reconstruir esa figura. De hecho, su infancia, su relación con sus padres, con sus abuelos, todo es ficticio. Incluso, la conspiración, en gran parte, es inventada, por el secreto que rodea a esta serie de actividades.

—¿Qué compromiso representa para ti este premio?

—Nunca he escrito pensando en un premio. Lo hago buscando el placer estético, sobre todo. Busco que ese placer que yo siento al recrear los personajes, al verlos interactuar entre sí, se pueda comunicar a quien me lee. Siempre me ha importado más tener un público lector que un premio. Considero mi mayor compromiso seguir trabajando para las personas que quieran leerme.

BIBLE OF HELL O «LA BIBLIA PERDIDA»

BIBLE OF HELL O «LA BIBLIA PERDIDA»



Una polémica que abre otras aristas en torno a la investigación y la ficción histórica contenida en «La Biblia Perdida», del poeta, narrador, editor y crítico literario Ernesto Peña, autor de ese  texto inédito aún, y merecedor en 2009 del Premio Alejo Carpentier.

Tomado íntegramente de http://verbiclara.nireblog.com/


El señor Juan Antonio Hernández, embajador de Venezuela ante el Estado de Qatar, me ha enviado un mensaje, que aparece al final, donde acusa de plagio al escritor villaclareño Ernesto Peña, uno de los más destacados jóvenes literatos de la provincia de Villa Clara y que obtuvo recientemente el Premio Alejo Carpentier 2010, en novela, otorgado por la Fundación que lleva el nombre del ilustre intelectual cubano y la Editorial Letras Cubanas, con su obra “Una biblia perdida”. Vea además la entrevista que le hicieron José Ernesto Nováez Guerrero y Jenny Pérez, estudiantes de Periodismo: Ernesto Peña: "Me importa el público que me lee".

La respuesta de Ernesto no se ha hecho esperar y la publico con mucho gusto:


Un amigo me enseñó que es lúcido conceder segundas oportunidades a los desconocidos. Pero como el señor Juan Antonio Hernández no es un desconocido para mí, aprovecharé esta lamentable ocasión para enviarle un abrazo de amigo, y de paso, halarle las orejas. Digo que no es desconocido porque, aunque no le he tratado personalmente, su excelente obra Hacia una historia de lo imposible: la revolución haitiana y el “libro de pinturas” de José Antonio Aponte, inspiró algunos diálogos de mi novela y alumbró varias cuestiones relativas a la creación de personajes (como el memorioso Argos, ficticio espía del barón de Vastey).

Para usted, señor Hernández, mi gratitud y cariño. Gratitud que debo también a los historiadores cubanos, los doctores María del Carmen Barcia, Gloria García, Félix Julio Alfonso y al poeta e investigador Yamil Díaz; a los ibéricos, Sigfrido Vázquez Cienfuegos, Juan Bosco Amores Carredano, Felipe Abad León, etc. cuyos artículos e investigaciones también resultaron muy útiles en la configuración del ambiente de mi novela y la psicología social de la época en que se mueven mis personajes.

Después del tributo merecido, señor Hernández, quisiera pasar a la parte fea de su carta. Ante todo, es importante recordarle que soy escritor de ficción (o pretendo serlo) y no investigador e historiador del arte, como usted. Usted me acusa de plagio, olvidando que yo me apoyé en su investigación pero HICE una novela, no emití juicios de índole científica. Trabajé con escenas particulares (creadas por mi imaginación) donde inventé situaciones dramáticas, no llegué a conclusiones o resultados de examen. La ficción literaria —y esto lo sabe usted muy bien— tienen un fin diverso de la investigación histórica. Porque si usted me acusa de plagio por usar elementos de su investigación, entonces debemos acusar de plagiarios a todos los escritores de novelas históricas que realizan consultas de diversas fuentes para hacer verosímil la época que recrean.

Usted habla de “la apropiación indebida que hace de mi trabajo intelectual el señor Peña”, sin haber leído mi novela y basándose exclusivamente en entrevistas que concedí. Reitero: ¿He publicado yo una tesis doctoral y robado sus ideas, o hice una novela donde predomina la ficción y en la que aparecen sus ideas de manera indirecta? Y una vez más, ¿es razonable comparar una novela y un libro de historia?

Quienes me conocen saben que nunca he quitado crédito a quien lo merece. Dígame en qué parte de las entrevistas concedidas a La Jiribilla y a Vanguardia afirmo que todo lo que expongo fue el fruto de una tesis mía o algo semejante. Que fui yo el descubridor de esos contenidos que usted desarrolló y defendió con éxito? Por temor a equivocarme, releo en La Jiribilla y me cito: “la mayor parte de la información que compilé…”. Compilé, señor Hernández. Es decir, las fuentes (su tesis doctoral, entre otras) existían previamente. ¿Acaso no consultó usted también a Palmié y a José Luciano Franco, al igual que yo? ¿No se apoyó en el excelente trabajo de trascripción hecho por Jorge Pavez? ¿Quién parte de la nada hoy día?

En otra parte digo:

“En la novela, juego con la posibilidad de que el influjo más significativo sobre Aponte partiera del barón De Vastey, erudito pensador de la corte de Henri Christophe”.

Lo anterior, lo sugirió usted en su libro y yo lo ficcioné inventando un enlace entre Aponte y el barón: el espía Argos.

Tal vez mi error, lo que ha creado el malentendido, es no haber mencionado su nombre. ¿Se trata de eso, señor José Antonio Hernández? ¿No dije que lo “curioso” de mi novela histórica, en cuanto a ideología, se lo debía a su obra? ¿Por esa omisión en una entrevista merezco sus insultos? ¿Por esa causa pretende usted aplastarme con su evidente erudición? Porque si yo debo contestarle (como si fuera un escolar) una pregunta de carácter histórico, a usted que es especialista en el tema, entonces yo tendría derecho a preguntarle: ¿Qué sabe usted de la infancia y la adolescencia de Aponte, que yo INVENTÉ en mi novela? ¿Qué sabe del carácter del pulpero Chacón y de las reflexiones del marqués de Someruelos? ¿Cuánto conoce usted la psicología del interrogador José María Nerey, uno de los protagonistas de mi obra?

Yo como escritor aprendo rápido (y quizás debido a ello se me escapen pormenores históricos) porque mi propósito no es el conocimiento científico sino la creación de situaciones dramáticas.

En cambio, usted me acusa de plagiario, saqueador y descarado. Es penoso que un embajador y un intelectual de su calidad se exprese públicamente en tales términos sin haber solicitado explicaciones, o al menos un pequeño encuentro privado con el blanco de sus agravios.
Esto que lamentablemente hago público (porque usted no me concedió otra alternativa), pudiera habérselo comunicado mediante un mensaje privado. Pero usted quiso de antemano que la bola de nieve echara a rodar. Espero que en beneficio de ambos. Pero en caso inverso, sepa que yo no le guardo rencor. Todo lo contrario, anhelo que mis palabras disuelvan este malentendido y si algún día tengo el placer de encontrarle personalmente, no me niegue usted un estrechón de manos.
Con afecto, Ernesto.

PD: Le digo de antemano que no continuaré esta plática sin sentido.
Santa Clara, marzo de 2010.


Mensaje de Juan Antonio Hernández:

ACUSO DE PLAGIO AL SEÑOR ERNESTO PEÑA, GANADOR DEL PREMIO “ALEJO CARPENTIER” POR LA NOVELA “UNA BIBLIA PERDIDA”.

Me he apartado, brevemente, de mis obligaciones como embajador de Venezuela ante el Estado de Qatar, para escribir esta carta. La indignación de diversos amigos, conocedores de mi trabajo académico sobre la figura histórica de José Antonio Aponte, hizo que llamaran mi atención sobre ciertas declaraciones formuladas por el señor Ernesto Peña a propósito de una novela suya, “Biblia perdida”, la cual obtuvo, recientemente, el Premio “Alejo Carpentier”. Respondo, por tanto, con esta nota, a esa inquietud de amigos muy queridos, manifestada a través de correos electrónicos y llamadas telefónicas. Casi todos ellos pertenecen al ámbito académico y de la cultura en general.

En lo que sigue voy a sustanciar, con diversos ejemplos, la apropiación indebida que hace de mi trabajo intelectual el señor Peña. No lo hago con el propósito de exponerlo a la vergüenza pública o de exigirle compensación alguna por derechos de autor. Lo hago por amor a la verdad, un tipo de amor que alguien dedicado a escribir novelas históricas debería comprender.

Mi trabajo sobre la revolución haitiana y el “libro de pinturas” de José Antonio Aponte se encuentra disponible, desde el 2005, en internet. Dicha publicación electrónica es parte de las políticas de la Universidad de Pittsburgh en torno a la divulgación de las tesis doctorales producidas en esa casa de estudios. Dicha versión puede consultarse en:

http://etd.library.pitt.edu/ETD/available/etd-04172006-152726/unrestricted/VersionFinal1.pdf

Dos miembros de mi jurado de tesis, John Beverley y Gerald Martin, ampliamente conocidos en Cuba y América Latina, fueron testigos del arduo trabajo que culminó en ese texto con el que obtuve mi Ph.D en el 2005. Tengo conmigo, incluso, diversos correos electrónicos que atestiguan que, al menos, desde el 2000, he estado trabajando en torno a la llamada “conspiración de Aponte”. Por si no bastase lo anterior mi ex colega y amiga, Susan Buck Morss, seguramente recuerda las conversaciones que tuvimos sobre el “libro de pinturas” cuando fui profesor en la Universidad de Cornell, entre el 2005 y el 2007.

 Desde el 2006 parte de mi tesis doctoral forma parte del prólogo de una reedición de “Las conspiraciones de 1810 y 1812” de José Luciano Franco, la cual está por aparecer en la prestigiosa Biblioteca Ayacucho de Venezuela. Por último, en el 2008, el Premio Casa de las Américas me honró con una mención especial, en la categoría de ensayo histórico social, con “Hacia una historia de lo imposible: la revolución haitiana y el libro de pinturas de José Antonio Aponte”.

Dicho lo anterior pasemos a las declaraciones, verdaderamente insólitas, del señor Peña.

Lo declarado por este señor puede leerse, hasta donde conozco, en tres lugares en internet. La magnífica página “La Jiribilla” y en dos blogs, “AloCubano” y “VerbiClara”. Veamos lo que dice al principio de una de las entrevistas, publicada por “La Jiribilla”, en su edición del 11 al 21 de febrero de este 2010:

“José Antonio Aponte concibió su Libro de pinturas como una suerte de Biblia. Empezaba con imágenes ilustrativas de los versículos del Génesis, la creación del mundo y el hombre, al igual que el Antiguo Testamento. Pero más adelante, en vez de relatar las experiencias del pueblo hebreo, Aponte pinta algunas vicisitudes y personajes del imperio etíope y del llamado Batallón de Morenos Leales de La Habana. O sea, hace una versión de la historia sagrada y militar de la raza negra en África y en Cuba. O al menos intentó hacerla. Él fue ejecutado en 1812 y su Libro de pinturas desapareció”.

http://lajiribilla-habana.cuba.cu/2010/n458_02/458_61.html (énfasis nuestro).

Diversas secciones de mi tesis doctoral están dedicadas a describir la presencia del Génesis y de elementos del Antiguo Testamento en el libro de pinturas de Aponte. Cualquiera que revise la página 183 o la 192, para tan sólo citar dos entre decenas de ejemplos, encontrará, palabras más, palabras menos, exactamente lo que Peña dice que es fruto de su investigación histórica. Con respecto a la presencia de lo que llamo, a falta de un mejor término, el “etiopecentrismo” del libro de pinturas de Aponte y las representaciones del batallón de Morenos Leales de La Habana, sólo voy a citar, por ahora, el encabezado de una de las secciones de mi trabajo:

“3.3 EL PRESTE JUAN ETÍOPE. REPRESENTACIÓN DE LA DEFENSA DE LA HABANA EN 1762. HOMENAJE DE CARLOS III A LOS MILICIANOS NEGROS. UN ROSTRO “DEMASIADO TRIGUEÑO”DE FELIPE V. UN CARDENAL Y UN BIBLIOTECARIO NEGROS ACOMPAÑAN AL PAPA. ELEMENTOS ETÍOPES DEL “LIBRO DE PINTURAS”

El anterior subtítulo de mi tesis encabeza los contenidos que van desde la página 181 hasta la 208. Invito a los que me leen a que se paseen por esas páginas siguiendo el link de la Universidad de Pittsburgh que ya he referido. Si alguno de ustedes tuviera la paciencia para hacerlo y emprender el respectivo contraste con lo que dice Peña, a lo largo de su curiosa entrevista, advertiría, de inmediato, el saqueo que hace este señor de mi trabajo.

Más adelante, en sus declaraciones a “La Jiribilla”, prosigue Peña:
“La mayor parte de la información que compilé sobre Etiopía o Abisinia no la usé en la novela. Los discursos y libros sobre Egipto y Abisinia dejaron mayor huella en las colonias francesas e inglesas —al menos en la época en que transcurre mi relato—, y crearon lo que con el tiempo se convirtió en el movimiento rastafari.

En la novela juego con la posibilidad de que el influjo más significativo sobre Aponte partiera del barón De Vastey, erudito pensador de la corte de Henri Christophe. De Vastey se afanó en refutar los argumentos que justificaban la inferioridad de la raza negra. Asimismo, intento resaltar dos aspectos de la ideología del barón: El pueblo etíope, y por extensión todos los descendientes de africanos, tuvieron un pasado glorioso, representado en el Kebra Nagast (o Libro de la Gloria de los reyes).

Los etíopes son una rama del pueblo elegido, pues Menilek I era hijo de Salomón, según se cuenta, y llevó el Arca o Tabernáculo de la Alianza desde Jerusalén hasta Etiopía, tras lo cual convirtió a su nación a la fe judía, muchos años antes del nacimiento de Jesús. A estos dos elementos añadí las conjeturas sobre el origen y significación de las vírgenes negras (como la Virgen de Regla) diseminadas en diversos santuarios europeos y africanos”.

Invito al lector de esta carta a retornar a la cita anterior cada vez que se encuentre con fragmentos de mi trabajo en lo que sigue. En todo caso y para enfatizar el descaro de lo dicho por Peña, en el pasaje arriba citado, voy a recoger, en extenso, algunos fragmentos publicados en mi tesis del 2005. El primero relacionado con el tema del lugar del libro de pinturas de Aponte dentro de una genealogía del movimiento rastafari:

“Ciertas evidencias hacen posible pensar el libro de Aponte como integrado a un vasto proceso de resistencia cultural el cual conducirá, después de muy diversos avatares, a la muy posterior conformación de la gran corriente Pan-africanista de Marcus Garvey e, incluso más tarde, a la creación del movimiento Rastafari a escasas millas de Cuba. Esto, por supuesto, nos remite a un sistema afrocaribeño de resistencia político- cultural cuyas ideas e imágenes- propias de un “abolicionismo desde abajo”- circulaban, durante la época de Aponte, a través de los diversos puertos de la región” (pág. 247).

El segundo fragmento recoge mi planteamiento sobre la importancia de hacer un estudio comparado entre la figura de Aponte y la del Barón de Vastey. En mi tesis propongo esta comparación para cuestionar la analogía que establece Stephan Palmié (uno de los estudiosos más serios del libro de pinturas) entre Aponte y William Blake:

“Particularmente atractivas resultan las afinidades, trazadas por Palmié, entre la “Bible of Hell” de Blake y lo que sabemos del “libro de pinturas” de Aponte. Pero las pinturas del libro de Aponte pudieran tener una conexión mucho más inmediata, desde el punto de vista de la proximidad geográfica. Estoy pensando no sólo en las escenas de la mitología griega, pintadas por Francisco Velásquez, en el palacio del Rey Christophe, en las que los personajes eran representados como negros. Además de este dato - altamente significativo para nuestra comprensión del clima cultural propiciado por el reinado de Henri- está la obra del más importante de los intelectuales de Christophe: Barón de Vastey “(pág. 221).

Cualquiera puede encontrar, en las páginas de mi tesis, unas 19 referencias explícitas al Barón de Vastey. Reproduciré, abajo, otras dos:

“Dos temas dominan la obra de De Vastey: la defensa de la revolución haitiana y la apología de África (y de los descendientes de africanos) dentro del contexto de la historia universal. Coetáneo de Aponte, De Vastey fue un formidable polemista cuyas ideas merecen ser comparadas con lo que conocemos del afrocubano. Consideremos, rápidamente, las observaciones que, dentro de su polémica con Mazères (un apologista de la esclavitud) hace en relación con la representaciones visuales de tipo religioso en el Haití de Christophe: “Nuestros pintores haitianos representan a Dios y a los ángeles como negros, mientras representan a los demonios como blancos” (Vastey, 1818, 26). ¿No se trata, acaso, de representaciones cuyo desafío al orden simbólico de la esclavitud y el racismo pudo haber llegado a los ojos u oídos de Aponte a través de los canales de comunicación que Julius Scott denominó como ‘the common wind’?” (pág.221).

O esta otra, absolutamente pertinente para compararla con lo declarado por el señor Peña:

“Citando el Génesis (a favor del monogenismo), Esopo y Virgilio, Abisinia y Egipto, la destrucción de la Biblioteca de Alejandría, las crónicas del Inca Garcilaso de La Vega, los aztecas, Cartago, Tebas, Memphis y Babilonia, Sócrates y Séneca, junto con imágenes de “Lost Paradise” de Milton, De Vastey sostiene que el lugar del origen del hombre es africano y que África ha sido el punto de partida de todas las civilizaciones. Paralelamente –y utilizando un argumento similar al del Walter Rodney, siglo y medio antes- el Barón De Vastey plantea que el tráfico esclavista ha “subdesarrollado” a África. Cierto tipo de historicismo, fundado en el relato del auge y caída de los imperios, de las guerras y conquistas de la antigüedad, es usado por Vastey como arma antirracista, mostrando que, durante la época de las grandes civilizaciones africanas del pasado, los europeos se encontraban en un estado de abyecta “barbarie”. Dicho historicismo antirracista –en este caso ligado a la ideología del Estado de Christophe- adquiere gran potencialidad política, dentro del contexto de finales del XVIII y principios del XIX” (pág.222).

A la luz de lo anterior, me permito una pregunta al autor de “Biblia perdida”: ¿En qué lugar, señor Peña, de la obra del Barón de Vastey, se encuentra la referencia al Kebra Nagast? ¿En Le Système Colonial Dévoilé de 1814 o en Cri de la conscience, de 1815? ¿En Essai sur les causes de la révolution et des guerres civiles d’Hayti, de 1819 o en Le cri de la patrie, de 1807? ¿O acaso será en Réflexions politiques, de 1817 o en Réflexions sur une lettre de Mazères, de 1816? Conozco, perfectamente, la respuesta a esta pregunta, dado que, desde hace bastante tiempo, estoy trabajando, con Luis Duno Gottberg, en una traducción de las obras completas del Barón de Vastey al español.

Pero quisiera brindar a Peña la oportunidad de deslumbrarnos con el erudito conocimiento que debe tener de la obra de este intelectual de la corte de Christophe, se trata de un conocimiento indispensable para poder vincularlo con Aponte: ¿en cuál de estos textos, señor Peña?
Quisiera enfatizar que hay, al menos, ocho menciones distintas en mi trabajo a la Reina de Saba y unas 30, aproximadamente a Etiopía o Abisinia. Unas ocho a Menilek I y unas 10 referencias a la Virgen de Regla, relacionándola con los imaginarios de las vírgenes negras y el “etiopecentrismo” de Aponte. Otros ejemplos que resaltan la apropiación indebida de Peña:

“…al final de la descripción de la pintura 14 aparece Menilek (“Miguelet” es, sin duda, un error del escribano) el mítico fundador de la “dinastía salomónica” etíope. Se trata de una referencia fundamental que expresa, además, la cuestión de la antigüedad y continuidad del Estado etíope y su relación con la cultura judeo-cristiana: Menilek, de acuerdo con una leyenda que persiste hasta hoy, habría traído consigo, desde Israel, el Arca de la alianza para resguardarla en Etiopía. Esto aparece, claramente, al final del último pasaje que hemos citado de las declaraciones de Aponte” (pág. 189).

O esta otra referencia a los emperadores etíopes:

“Recordemos, ante la cita anterior, la apropiación hecha, por la llamada “dinastía salomónica”, del legendario encuentro entre la reina de Saba y el rey Salomón, padres, de acuerdo con la leyenda, de Menilek. Este último, como hemos visto, sería el iniciador, siguiendo con el relato fundacional etíope, de una monarquía que persistiría, a lo largo de los siglos, hasta llegar a Haile Selassie. El puente, cruzado por la reina de Saba, formado “...con maderos qe. havían de servir a la redención...”, es un elemento que sirve para enfatizar la continuidad (y, por tanto, la legitimidad) entre la tradición salomónica y la cristiana a partir del nacimiento del primer “Preste Juan”, Menilek” (pág. 199).

Para finalizar, también quisiera resaltar el robo descarado, por parte de Peña, de lo que sostengo en mi tesis sobre la Virgen de Regla. Cito tan sólo un ejemplo:

“…ya hemos destacado la vinculación, establecida por Aponte, entre la imagen del Preste y la de la Virgen de Regla. Ambos aparecen asociados por intermedio de una misma representación de la “Justicia” que aparece acompañando, en dos momentos distintos del libro, a ambas imágenes. Se trata de una compleja constelación en la cual el descendiente etíope de Salomón y una virgen negra, (celebrada por Aponte a través de un conocido pasaje del Cantar de los cantares) parecieran formar parte de un ordenamiento teológico-político africano tan legítimo, por lo menos, como el de las monarquías europeas”(pág. 250).

Las otras declaraciones de Peña, tanto en “AloCubano” como en “VerbiClara”, no hacen sino reiterar, con ligeras variantes lo que ya hemos visto. Acaso, me permito especular, tales declaraciones no fueron otra cosa que un torpe intento por resaltar la “originalidad” de su novela. ¿No era mucho más sencillo y honesto hacer lo que practica la vasta mayoría de los que escriben novelas históricas y reconocer la investigación en la que se basa “Biblia perdida”? Salvando todas las distancias del caso, alguien como Vargas Llosa no tuvo problema alguno en reconocer el trabajo de Norman Cohn como parte de la preparación para “La guerra del fin del mundo”. García Márquez hizo lo mismo con la obra de diversos historiadores que le sirvieron de sustento a “El general en su laberinto” y pare usted de contar.

Todo lo que he documentado, en esta larga carta, da vergüenza ajena. Sin embargo, por una cuestión de principios, he dirigido esta carta no solamente a usted, Ernesto Peña, sino también a diversas figuras intelectuales y del mundo de la cultura para que lo ocurrido pueda ser objeto del más amplio debate público. A usted no le reclamo tan sólo que haga un mínimo reconocimiento de mi trabajo investigativo. Me parece, además que, dándole la cara a los diversos destinatarios de esta comunicación (John Beverley, Gerald Martin, Fernández Retamar, el Presidente de Biblioteca Ayacucho, la gente de la UNEAC y muchos otros), usted debería aclarar toda esta situación tan deplorable, particularmente a la luz de la hermosa tradición, de lealtad y amor, que une a la República Bolivariana de Venezuela con Cuba.

Juan Antonio Hernández
Doha, febrero del 2010