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BALLAGAS ENTRE DOS AGUAS

BALLAGAS ENTRE DOS AGUAS

Por Luis Machado Ordetx


Fragmento de un capítulo de «Ballagas en sombra», Premio Fundación de la Ciudad de Santa Clara, 2009, en el género de ensayo. Cartas a Severo Bernal Ruiz testimonian aspectos relacionados con la impronta de Emilio Ballagas Cubeñas [Camagüey, 1908-La Habana, 1954], considerado un relevante escritor cubano del pasado siglo.



 «[…] el instinto de la muerte y el sentido de culpa llega a ser aparente…» 

   H. Marcuse

Desde el más extraño de los territorios cubanos o extranjeros, en disímiles momentos, surgió una extensa, aclaratoria y sugerente mensajería, dirigida a Santa Clara por amigos, admiradores o conocidos de Severo Bernal Ruiz; y escritos contenían en reclamos por acentuar una referencia, tal vez sencilla, sobre la obra poética y literaria de Ballagas; así los comentarios al margen de lo sensato e informal tienden a ilustrar argumentos, como archivos de noticias.

Esas valoraciones convidan a una explicación despojada de cualquier otra duda o confusión, y deslindan aspectos relacionados con el contexto espiritual, individual y creativo en que se desenvolvió el poeta camagüeyano.

El viernes 21 de junio de 1946 Gilberto Hernández Santana, antes de viajar a México, territorio en el que pretende organizar la revista y el Grupo Uliysses, escribe desde La Habana,1 y precisa: «[…] Ayer anduve con Emilio. Prometió darme unas cartas para allá. Gozamos muchísimo. Él piensa ir el día 27 a Villaclara y luego se va para los EE.UU. ¿Qué te paíce  (1)

De la aparente sugerencia hay un traslado a la literatura, el recuerdo y la promoción cultural; así se distingue en otra carta que remite Carilda Oliver Labra; es viernes 4 de febrero de 1955, y desde Matanzas solicita apoyo para la realización de las tertulias que programará el Ateneo Cultural y otras instituciones de esa ciudad dispuesta a honrar a Ballagas, quien recién acaba de fallecer.

En mayo de 2007, Oliver Labra era más enfática al recordar al poeta: «Sobre Emilio Ballagas, ya que lo preguntas, siempre hay mucho que hablar […] Era un hombre sin envidia, sin rémoras de ningún tipo; amaba mucho la poesía, era un credo que tenía, y su poesía ha dejado una estela. Yo recuerdo que Dulce María Loynaz, a quien no conocía entonces, pero conocí después, tenía un especial sentimiento, una admiración. Me decía de los nuevos, entonces, él era nuevo respecto a ella, por supuesto, me decía ella que de los nuevos, era el más estimable, el más sincero, un verdadero poeta, quien no tenía influencias; que esto y que lo otro […] el último que me habló mucho de Ballagas fue Mario Benedetti, fecha en que tuve el gusto de que viniera a mi casa y también el placer de presentarlo en el Teatro Sauto, en la Atenas de Cuba, durante la visita que hizo a Matanzas y el recital que ofreció allí. O sea, que Ballagas disfrutaba del favor y de la preferencia de muchos grandes poetas. No puedo decir nada de su vida, ni de su obra en sí, y es una fatalidad; porque, puedo decir con la humildad que ofrece mi testimonio, que ese poeta es uno de los más grandes de Cuba.»

Otro documento inédito: Dulce María Loynaz cursó una carta a Bernal Ruiz en la que responde a los afirmativos criterios que vertió Ballagas en reciprocidad a la calidad de Juegos de Agua; la poetisa no tardó en acusar recibo tras el regreso de la finca Nuestra Señora de las Mercedes, en las cercanías de La Habana. La remitente indica: «Entonando la voz de Ballagas», martes 23 de octubre de septiembre de 1956:

«Mi memoria es mala y como realmente recibo más correspondencia de la que puedo atender, como merecen los que me hacen la merced de escribirme, me sucede a veces que no recuerdo si determinada carta fue atendida por mí en su oportunidad.

«En la duda prefiero hacerlo ahora, pues es mejor repetir la gratitud que callarla; y a UD. le estoy agradecida por la atención que ha tenido enviándome ese juicio privado de nuestro Emilio Ballagas, que como bien dice, tiene aún más interés por haber sido formulado, no al imperativo de las circunstancias, sino espontáneamente en carta a un amigo que yo no habría de leer, gracias de nuevo por su gentileza; estrecha su mano y guardaré su carta […]»

Más decantadas son las respuestas de Sergio Pérez Pérez, residente en Caracas. El lunes 15 de febrero de 1971, detalla reflexiones de La poesía de Emilio Ballagas, de Rosa Pallas (1973). Ese texto, de apenas en 60 páginas, provocó refutaciones de Antolín González del Valle, en testimonio que desde Carolina del Norte, en Estados Unidos, “desmiente” los puntos de vista tocados por la investigadora en validaciones teóricas asesoradas por el también cubano José Olivio Jiménez.

Dice Pallas:

 «[…] el 25 de septiembre de 1935 lo detiene la policía y lo acusa de comunista por haber recibido un cablegrama de Máximo Gorki. Al preguntarle el fiscal si es comunista, Ballagas responde con voz temerosa; —No, señor; me dedico a la poesía […] El poeta empieza a tener miedo. Su vida se ve encerrada en un círculo sórdido. Su poesía empieza a recoger acentos amargos […]» (Pallas, 1973: 44).

No hay constancia documental, al menos ahí, del cablegrama de Gorki, y mucho menos de la comparecencia ante los Tribunales por contactos profesionales o públicos con comunistas. En la búsqueda de los principales periódicos villareños que circularon por entonces, y en los expedientes de Urgencia, toda referencia es nula. Eso da a entender, como conclusión, que ¿el cablegrama y la detención constituyen subjetividades aportadas por las fuentes consultadas por la autora? Cierto es que: La sección «De la Hora de Ahora» (Carteles, 1935), publica una fotografía de Ballagas, tomada por Funcasta, al estilo closep-up, que explica en pie de grabado: «DETENIDO: Emilio Ballagas, uno de nuestros poetas más notables, que fue detenido la semana pasada bajo la acusación de haber recibido un cablegrama del genial novelista Máximo Gorki.»

Por esa época, después de la toma de posesión de la Cátedra de Literatura Española y Gramática en la Escuela Normal para Maestros, Ballagas aprecia ver si no cabe mejor valora al país tras la abrupta caída de Machado. Son tiempos en que el pedagogo interviene en los conflictos que ocurren en el plantel donde ejerce como docente, y donde estudiantes del Ala Izquierda exigen la presencia de un profesorado honesto. Es un corto período que, por su juventud y ningún vínculo con la política corrupta, el escritor es nombrado director interino; eso dura poco tiempo: algunos estudiosos creen que asumió la dirección del plantel; así afirma, por ejemplo, Daer Pozo Ramírez en una breve cronología adicionada a Memorias de Blancolvido —publicado por ediciones Holguín en 2004—; cosa no cierta, pues tal nombramiento de la Secretaría de Educación y Cultura jamás fue aprobado, y después de unas semanas en el cargo, el poeta retomó sus clases de Gramática y Literatura Española.

Blanca Colina Paz, y también Antonio Florit García, corroboran que, el viernes 12 de marzo de 1937 durante la reunión constitutiva del Partido Unión Revolucionaria en Las Villas, efectuada en el Teatro Martí, en Santa Clara, Ballagas figuró entre los dirigentes electos para ese encuentro; pero el miércoles 25 de agosto de 1937, ocasión de designarse por votación directa el comité provincial del Bloque Revolucionario Popular —integrado por los Partidos Asociación Unión Revolucionaria y Organización Auténtica—, no se insertó en las boletas el nombre del camagüeyano. Las causales son desconocidas. A partir de esa fecha Ballagas viajó a Francia.

De similar modo, González del Valle no duda de los afectos de Ballagas y otros intelectuales cubanos hacia Juan Ramón Jiménez, y mucho menos que el español acogiera al camagüeyano en las reiteradas visitas; sin embargo, en conclusión no desatinada, tras revisar correspondencias redactadas a máquina o en cursiva por el autor de “Elegía sin nombre”, el pedagogo villaclareño detecta la improvisación en las firmas. Nadie duda del tono burlesco, casi irónico, con que Ballagas transfirió en reiterados momentos los envíos de documentos dirigidos a los amigos; tal vez eso pierda un poco la observancia de críticos: cambia identidades del remitente, deforma o altera caligrafías en trazados del tipo «Palmer»; mientras otras logran perfección y acabado de escrituras.

Acota González del Valle, y es una especulación que permite seguir rebuscando, que la epístola de Juan Ramón Jiménez jamás existió, y en el peor de los casos fue redactada por Ballagas, cosa última muy probable.

Nadie pone en tela de juicio que en toda carta persiste un sistema de signos; especie de código lingüístico, hecho que atribuye la existencia de otro documento de ese tipo facilitado por Bernal Ruiz; aquí la trascendencia va hacia aspectos no divulgados de la inusual polémica Ballagas-Buesa; todavía no esclarecida del todo por los investigadores de uno y otro autor. Todo tiene relación con el “Poema del renunciamiento”, el más reconocido de y por José Ángel Buesa [Cruces, Las Villas, 1910-República Dominicana, 1982], en el espacio de “penetración en la metáfora” de cómoda lectura en sus significados y significantes. Desde el momento en que apareció por primera vez ese texto recogido en Babel (1936), y luego en la versión definitiva de Oasis (1943), tras ligeros cambios que incluye el escritor en el discurso y la puntuación incorporadas a los versos referidos a un amor secreto, persiste cierto cotilleo inconcluso en parte de la crítica y en los aplausos de los lectores o los oyentes de la recitación.

Todo guarda vínculo con el poema “Mon âme a son secret…”, soneto que está en Mes hueres perdures (1833), del romántico Arvers, de quien Ballagas hace un recordatorio, en el Diario de La Marina, justo en el año del centenario del natalicio de ese poeta, y aprovecha el instante para presentar una traducción al castellano a partir del texto original, y mostrar de ese modo una intencionalidad tendente al plagio.

Los críticos advierten que las semejanzas entre los dos poemas no son del todo insignificantes, y por tanto alejadas de desestimación: resulta que Buesa, quien siempre mostró serias preocupaciones por la impugnación —nada desacertada— de Ballagas en Año Bisiesto (1981), persiste en mencionar el ardid “malintencionado” del camagüeyano deseoso de apuntarse popularidad entre sus lectores al comentar la obra literaria de Arvers y significar particularidades de su antológico y perfectivo soneto.

El misterio nadie lo sabe; los dos involucrados fallecieron: Ballagas fue categórico en el Diario de La Marina, y Buesa, desde el silencio, siguió replicante y reiterativo hasta un año antes de morir; así lo refiere en su Autobiografía. La prensa villaclareña recogió en sus páginas el surgimiento de la disputa teórica entre Buesa y Ballagas en un período previo a la celebración del centenario de Arvers ((1806-1950), y luego las referencias se apagaron de inmediato; todo ocurrió cuando el primero de los contendientes formuló en 1936 sus apreciaciones conceptuales en “Decadencia de la poesía: responso al vanguardismo” y “Renacimiento de la poesía”, conferencias impartidas en las sesiones del Club Umbrales; y el segundo ripostó de manera oral hasta que, después en 1943, esgrimió los fundamentos de “Castillo Interior de Poesía”, asidero de los posteriores cauces estéticos. Por tanto, es de inferir que, desde los tiempos de estancia en Santa Clara, eran creadores que transitaron por sendas opuestas en la literatura, y también en la amistad.

Tendría que apuntar, tal como sustentan algunos coetáneos, un destierro de toda ínfula “malintencionada” de Ballagas, propenso, sobre todo, a escaparse de los dimes y diretes propios de la polémica. Su personalidad, incluso, no era propicia al enfrentamiento de la palabra oral o escrita ¿Qué interés lo impulsaría a gozar de una efímera popularidad como crítico sancionador?: ninguno; ¿Qué ganaría con eso?: nada. Sin embargo, queda claro, Buesa no cejó en justificar la calidad del poema; su originalidad, y decía que estaba alejado de todo signo comparativo y de resonancias plagiadoras; como el que desea esgrimir un escudo protector ante posibles detractores.

El jueves 28 de enero de 1971 Buesa escribe a Hernández López, y es categórico desde su punto de vista:

«[…] En cuanto a Ballagas, y a su renombre internacional —que lo tuvo— fue por su adherencia a la moda de la poesía negra, poesía que fue liquidada entre nosotros por completo, pero no así en otros países […] Te repito que, al menos que yo sepa, Ballagas nunca publicó lo de Rega Molina,20 sino lo de Arvers. Lo mismo pudo haber aludido a docenas de poemas y sonetos, a escoger, en los que se desenvuelve el mismo tema, tanto de poetas hispanoamericanos y españoles, como de otros idiomas.

Pero sucede que los temas poéticos no pertenecen a nadie, y menos si son de amor. La cuestión es el enfoque, el tratamiento poético […] Por suerte, aunque el Poema del Renunciamiento, ya no es el más popular de los míos, sino El Poema de la Culpa, (9) que, por otra parte, es el mejor en muchísimos aspectos. Y hasta ahora —hasta ahora—, nadie ha salido a disputarme su paternidad. Lo que sí ha sucedido con frecuencia, (10)verificar esta coma es que lo firmen otras personas, dándolo por suyo. O que lo impriman en disco, atribuyéndoselo a quién sabe quién. «Pero nada de eso me quita el sueño, como podrás comprender […]»6

Los comentarios y suposiciones huelgan en medio de esa singular diatriba y de las bifurcaciones zigzagueantes en las que se movió el escritor camagüeyano en el curso de su creación literaria, periodística y pedagógica, incluida, además, la existencial y de reposo hogareño y eterno. Otras cartas de amigos, y hasta de enemigos de Ballagas, dirigidas y conservadas durante años en el archivo de Bernal Ruiz, tienen una obligada referencia al autor de Sabor eterno (1936-1939), el primero de los más grandes libros polémicos en los que se inserta un poeta tentado por los quebrantos espirituales y sociales; sin embargo, tienden a la intrascendencia aun cuando resaltan los logros estéticos que consagró a la perpetuidad.

A pesar de todo lo que pueda decirse, incluso añadirse en interpretaciones teóricas de todo tipo, en testimonios y documentaciones, quizás Ballagas esté sentado, como una perpetua sombra, en algún cruce de caminos estelares en espera de otra epístola de un amigo jamás ingrato.

    NOTAS

1 Carta mecanografiada, enviada a Bernal Ruiz desde Marianao, en La Habana, el viernes 21 de junio de 1946.
2 En agosto de 1946 Ballagas embarcó hacia los Estados Unidos, pero antes estuvo en Santa Clara para ultimar detalles del viaje, así como la permanencia del declamador en el apartamento que tenía rentado en esta ciudad.
3 Declaraciones de Carilda Oliver Labra sobre la personalidad y la obra de Emilio Ballagas Cubeñas ofrecidas, a solicitud del investigador, el viernes 11 de mayo de 2007, (inéditas).
4 Testimonios de la Doctora en Pedagogía Blanca Colina Paz, y del profesor de Historia Antonio Florit García, residentes en Santa Clara, y graduados en la Escuela Normal; cursos 1946 y 1953, respectivamente (Archivo del autor, martes 11 de junio de 2008).
5 EMILIO BALLAGAS (1950): «Del traducir y enajenar», en Diario de La Marina, La Habana, 8(279): 4, viernes 24 de noviembre; EMILIO BALLAGAS (1951): «Del trocar y el contrastar III», en Diario de La Marina,  La Habana, 119(35): 4, sábado, 10 de febrero.
6 Conservado el original en el Archivo del declamador Bernal Ruiz a partir de la donación del Scrap Book que dejó en 1975 Hernández López. El autor dispone de fotocopia con la firma contrastada de José Ángel Buesa.







POESÍA DE DUALIDADES

POESÍA DE DUALIDADES

Palabras de presentación del poemario Concluso para sentencia, de Iliana Aguila Castillo; Museo de Artes Decorativas, 19na Feria Internacional del Libro, Santa Clara viernes 26 de Febrero de 2009

Por Luis Machado Ordetx


El poema resume una invitación, un viaje, un retorno a la tierra natal, como presagió Octavio Paz, y esa recurrencia, es soplo de afinidad, de percepción exaltada en los versos contenidos en Concluso para sentencia, un libro que, por su estructura y totalidad latiente, brinda una acumulación testimonial que transita desde la figurada imaginación hasta el instante que se recrea o capta el desenvolvimiento del hombre inserto en un fragmento de la realidad.

Tal vez los Seres de Luces que custodian a Iliana Aguila Castillo, la autora del poemario, dejaron una impronta desde aquella iniciación en que decidió gestar y amontonar historias dotadas de segmentos insustituibles de la realidad histórica que describe a partir de la confesión y la intimidad.

Brotó entonces un dictado, una oración, presagiada por el conjuro de la mañana, por el murmullo de la gente, el hallazgo de lo extraño y el latido de las tonalidades que ciñen sus sensaciones. De ese modo, y no de otro, la poetisa concibe el trazado como experiencia documentológica de supuestos delitos o infatigables querencias en medio de una fe particular que acecha al hombre durante un segundo de revelación espiritual.    
  
Ahí plasmó la pasión por “Las Evidencias”; los “Presuntos Culpables”, y “Las Pruebas” finales exhibidas en torno a aquellos hechos devenidos en reflexión y argumento ceñidos al contraste y la historia testimonial que recuenta desde la óptica de la poesía.

Una mirada al instante que escapó; también ese que está por venir y aquel que humildemente imagina por transcurrir, sustentan un destello, una declaración insustituible. En la apertura del poemario, expone que las mujeres “están bendecidas por el agua”, y al final del texto, rebusca en la avidez inalterable de la existencia humana y su derecho a imaginar y procurar la esperanza sin límites de fronteras y tiempos.

Con sencillez expresiva, sin dejar de regodearse en el contoneo de los símbolos, los 40 poemas que integran Concluso para sentencia ofrecen un detenimiento contrastante que va desde el recreo al nada nostálgico universo familiar, el entorno citadino de una “Ciudad que regala a sus hijos/ lo que le ha sido negado”, hasta adentrarse en los desafíos que entraña el aplatanamiento del emigrante en otras tierras sin que por eso abjure de la liturgia intrínseca por lo propio.

Hay una posibilidad, y se logra, de reconstruir escenarios despojados de la invención de un gesto falso. También descubre en lo observado la imagen precisa que denota un símbolo que destierra el doblez de la palabra, y con esa particularidad, el poemario tiende a edificar un apego a la  servidumbre de la memoria mágica que se enfrenta a la soledad del hombre. En la búsqueda por los valores que la sustentan, resurge el sustento y la comprensión de cuántas diferenciaciones y similitudes persisten en unos u otros semejantes.

Esa unidad de contrarios, del pasado que también es futuro, gravita en persistencia cuestionadora por el recuerdo, y en signo de querencia latiente, resucita un desahogo: “Alas tengo, / puedo volar sobre el olor a tierra/ cuando cae la llovizna”, como el anunciante que luego del tropiezo retoña en otra vida.

 Tal vez,  en palabras precisas, como gusta decir a la poetisa en ámbitos de opuestos: “Esta rueca que he llevado conmigo desde otrora/ siendo vana me ha creado cicatrices”, y luego recalca en otros versos que “Esta muchacha seduce con su apariencia a la luna”. Hay un legado de inconfundibles apetitos hacia lo real y también a lo soñado, fundamento en que “He guardado mi cuaderno/ para sacar a la luz los pasos que se me perdieron/ y comenzar otra vez con un arma diferente”.

La poesía es creación, es equivalencia; acto de trasladar  sensaciones, y de involucrar la palabra con el ser que escribe; de ahí las revelaciones que logra Iliana Aguila Castillo sin que impere el menor recato  por esconder las más o menos experiencias conmovedoras dibujadas en una “Oportunidad para obsequiar un ramillete de malvas”, y en instantes en que “el diablo se acariciaba su glande,/ [mientras] la noche y la niebla eran sus cómplices”.

Otros libros tiene la escritora en preparación; son versos negando a otros en cualidades, recursos expresivos y presunciones temáticas. Un revoloteo incesante cabalga en un fragmento, aunque sea diminuto, de la dialogante realidad en que se desenvuelve; por eso, ella desea en permanencia apresar un entorno  dispuesto “a sacar los demonios de tu cuerpo.”

Concluso para sentencia, primer poemario que entrega al lector, ostenta la ironía erguida; y la reflexión recuenta la memoria. Esas dos cualidades  subyacen en la reconstrucción de los escenarios que inundan los perímetros familiares, y las distancias geográficas y el apego filial se estrechan. Justo en el centro de su óptica lírica descansa una realidad latiente y nuestra que, al breve paso de la lectura, anda despojada de un andamiaje plano y horizontal para alentarnos al disfrute y la comunión de sus sinceras palabras.

LABRADOR RUIZ, PERIODISTA

LABRADOR RUIZ, PERIODISTA

Por Luis Machado Ordetx
 

Los fundamentos teóricos que asientan la técnica periodística de Enrique Labrador Ruiz [Sagua la Grande, 1902-Miami, 1991], al igual que la practicada por colegas cubanos de la primera mitad del siglo pasado, está por redescubrir, principalmente, porque sus textos se desperdigaron por las más variadas publicaciones, en lo esencial habaneras.
 
Variadas, como un volcán, son las recurrentes desviaciones que acontecieron en la estética de esos escritores hacia otros géneros literarios, entre los que destaca la narrativa y la ensayística.
 
Todavía recuerdo el elogio que, recién fallecido Labrador Ruiz, hizo Humberto Arenal para las páginas de La Gaceta de Cuba,[1] al rastrear en los valores innegables y las aportaciones de su periodismo y narrativa en la Historia de la Literatura Cubana e Hispanoamericana.
 
Otros estudios aparecieron después, tanto en la isla como en el extranjero, con una mención obligada sobre las cualidades de la obra del sagüero. Sin embargo, nada en lo absoluto se relacionó con el desempeño del periodismo, principalmente ese que tiene un fundamento literario por tipología genérica: la crónica, el reportaje y la entrevista de personalidad, sitios en los que hay una búsqueda y explicación de los hechos, la realidad y los valores humanos que los circundan.
 
Ahora acaba de publicarse un libro de Labrador Ruiz con el rubro de «periodismo», y obedece a una selección, prólogo y notas al pie de página, preparado por Reberca Murga y Lorenzo Lunar: Un hombre de vasos capitares, perteneciente a la editorial Capiro, Villa Clara, Cuba, 2005.
 
El texto tiene 63 páginas, y abunda en otras 20 con caricaturas que durante las décadas del 30 al 50 hicieron en La Habana, y también en otros sitios cubanos, los artistas Conrado W. Massaguer, Wall, Carmelo González, Arce y Valladares, así como Juan David.
 
El libro se perfila más hacia la recreación ambiental de lo historiográfico que dio origen a la existencia de una respuesta o un acontecimiento periodístico puntual, que, por así decirlo, al análisis teórico de un modo específico y una forma de reconstruir la realidad nacional y sus hombres.
 
A partir de la segunda mitad del pasado siglo Labrador Ruiz se vinculó al periodismo desde el diario El Sol, en Cienfuegos, y luego marchó a La Habana, donde escribió para diversas publicaciones (El Mundo, Bohemia, Social, Mundial, Chic, Información, Diario de la Marina y...), al tiempo que figuró, desde la capital, como corresponsal de otros redacciones cubanas.
 
En 1938 el diario La Publicidad, de Santa Clara, incertó una nota con el titular: «Nuestro nuevo colaborador: Enrique Labrador Ruiz»,[2] quien después envió algunos materiales que, por hecho y por derecho, determinó  «especiales» para ese medio de prensa.
 
Aunque todos los herramentales del periodismo están contendidos en su abundante narrartiva, a la que ascendió en un principio «[...] de algún modo no solo en el fondo, sino en la forma», tal como sustentó en una nota introductoria en su novela Cresival (1936), los experimientos con la palabra, la mirada cinematográfica, las entradas elocuentes y el calado por lo humano y la realidad, jamás quedaron detendidos.
 
El libro preparado por Murga y Lunar nada explica —aun cuando está referido al periodismo—, sobre la concepción teórica que animó siempre a Labrador Ruiz   —novelista y ensayista, además—, para jamás abandonar las redacciones de los diarios, y por supuesto a no contentarse como un perfecto profesional de «gabinete», porque como hombre se su tiempo estuvo dispuesto a «olfatear y laborar en caliente» en un gusto por la inmediatez de la comunicación y los ambientes de la cubanidad cosmopolita.
 
Dicen los autores en la introducción: «Queremos hacer un retrato, reconstruir una imagen...», p.7. ¿Acaso lo logran? Ahí nunca  abordan los mecanismos entre periodismo y la literatura, y tampoco brota el análisis de contenido de la información, y su relación con la fuente documental llamada prensa impresa. Mucho menos está la referencia teórica dedicada a tipologías genéricas, el estilo y la visión original y aguda de la realidad objetiva de su época.
 
Julio del Río Reynaga —y concuerda con otros especialistas—, incica que en periodismo «[..] la indagación histórica, la documentación, la lectura, el conocimiento de la época y sus momentos [...], son fundamentales [para que el autor se proponga] un desentrañamiento de la realidad...»,[3] y eso precisamente no contiene el libro Un hombre de vasos capilares, preparado por Murga y Lunar.
 
La selección planteada, y sobre todo el apuntalamiento teórico y científico en torno al periodismo que hizo Labrador Ruiz, de hecho, resulta deficiente en un primer acercamiento, incluso sus libros capitales de esa temática, y que reúnen textos antológicos [Papel de fumar —Cenizas Conversación—, 1950, El pan de los muertos, 1958 y Cartas a la Carte, 1991 y...], no son mencionados.
 En el muestrario se apela a «algunos» comentarios, artículos, crónicas y hasta reportajes, poco conocidos —¿serán los mejores o tenemos que acatarlos como tales por la época en que se publicaron, su distanciamiento y el desconocimiento del periodismo de Labrador Ruiz?—, para ofrecer «[...] El mejor testimoniante, la historia...», p.7, relacionada con el hacer profesional y el diarismo de este autor.
¿Cuántos excelentes reportajes, crónicas y entrevistas, ejemplares, sí, estarán diseminados por publicaciones cubanas de las décadas de los años 20 al 50 del pasado siglo?
 
Incontables. Esa prosa literaria publida y maestra, valió a Labrador Ruiz, que en 1951 el Colegio Nacional de Periodistas le confiriera el Premio Juan Gualberto Gómez, y pasara, de hecho y por derecho, a engrosar las filas de los mejores profesionales del país.
 
Agudeza, cubanismo y visión original y humana de un hacer artístico sobraron para otros merecimientos, principalmente por el sentido profesional en que acometió su misión de periodista.
 
Hacedores literatrios como Chejov, Poe, Martí, Horacio Quiroga, Hemingway, Bosch, García Márquez y.., también periodistas formados en las redacciones de diarios, sustentan que el cuento, como género, se caracteriza por fuerza, claridad, condensación, tensión y novedad. Esos son valores que ofrece Labrador Ruiz para reconstruir la realidad y los circunstancias de sus hombres.
 
No obstante, Murga y Lunar jamás puntualizan en este tipo de acontecer. Entonces, ¿qué ven estos autores dentro del periodismo de Labrador Ruiz? Nada, en teoría, y mucho menos restructuración y contraste histórico y profesional de un tiempo en que, lo competitivo y el enjuiciamiento de la realidad, marcó una pauta del hacer profesional más allá de la pureza informativa que penetra en lo opinativo.
 
Creo que el libro sobre el periodismo de Labrador Ruiz, el cubano, está todavía por hacerse en una búsqueda que de cabida a lo antológico y el pormenor teórico.
 

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[1] Humberto Arenal: «Labrador Ruiz en mi memoria», en La Gaceta de Cuba, La Habana, pp. 32-35, marzo-abril de 1992 [2] La Publicidad «Nuestro nuevo colaborador: Enrique Labrador Ruiz», Santa Clara, Las Villas, xxxv (12012):1;octubre 8 de 1938.[3] Cfr. Juan Gargurevich (1989): Género periodísticos, La Habana, p. 83, Editorial Pablo de la Torriente Brau.

LEZAMA LIMA A LA VISTA

LEZAMA LIMA A LA VISTA

Por Arístides Vega Chapú

          Aunque a estas alturas del nuevo siglo parezca exagerado o insólito, en los años ochenta aún existían demasiadas dudas en cuanto al valor, aportado a la cultura y en específico a la literatura cubana,  del grupo Orígenes.


          “Poetas oscuros”, decían los improvisados asesores literarios de entonces, mientras en las aulas de la Universidad Central de Las Villas se nombraba el grupo con cierto recato, especificando siempre que se trataba de poetas con una fidelísima militancia religiosa y evadida de la realidad por su pertenencia a la clase pequeño burguesa.


         Contra tanto prejuicio comenzó mi generación a adentrarse en ese gran misterio de la poética origenista, a disfrutar de su cuidadosos textos en que el sonido de la palabra adquiría sitio privilegiado, a conocer y disfrutar de la grandeza de una obra que desde entonces sabíamos fundamental.


          Descubrir las obras del padre Gaztelu, la de Virgilio, Eliseo, Cintio y Fina, la de Gastón Baquero y sobre todo la de  José Lezama Lima, nos pareció la mejor adquisición que, intelectualmente, podíamos hacer.


          Desde entonces sus obras, algunas más que otras, algunos con mayor o menor presencia, han sido leídas y estudiadas, disfrutadas y asumidas como lecciones imprescindibles para escribir la poesía, al menos desde donde decidimos escribir la nuestra.


          Sin dudas Lezama Lima (La Habana 1910-1976) que dentro de todo el grupo Orígenes ha logrado la presencia más considerable en el difícil mundo editorial internacional, es el más sólido pensador de la poesía de nuestro idioma.


          Eso no lo supieron sus contemporáneos, o fingieron –sabe Dios por cuántas causas– no saberlo.


Lo cierto es que a pesar de la  imponente obra lezamiana, hoy reconocida por estudiosos y críticos, universidades de cualquier punto geográfico, lectores de latitudes muy diferentes, Lezama no consiguió con su muerte ninguna reverencia especial más allá de  unas líneas escuetas de pésame en el periódico Gramma.


          Tampoco había conseguido esa reverencia en vida. Se sabe que poco hicieron por él las instituciones supuestamente encargadas de apoyar, estimular, salvar la cultura, que se generaba entonces.


          Sobre todo si comparamos las escasas o nulas posibilidades que estas instituciones le brindaron a Lezama para que su obra fuera conocida en ese otro mundo que existe más allá de nuestras costas y que sí se le brindó a  otros autores,  entonces privilegiados por un poder que decidía la suerte de todos.


          Como tantas otras “joyas” que “descubren” y “muestran luego con pose de descubridores”, el             Lezama que hoy conocemos fue un redescubrimiento desde otros puntos –lejanos o no– a la geografía de su archipiélago, donde editoriales y críticos reconocidos  comenzaron a valorar una obra que fue haciéndose imponente y colosal a la medida en que era desempolvada, es decir comercializada universalmente.


          Sin dudas, Lezama lidiaba con un grupo generacional cuya poesía y obra en general tenía todos los atributos posibles para trascender. Pero algo, que a mi manera de ver, hizo intelectualmente poderoso a este grupo, es que no esperó por nadie, para que desde lo emocional, lo filológico, lo académico, fuera interpretada y valorada su  obra literaria. Ellos mismos se autoestudiaron, quizás como manera de autodefenderse de una hostilidad que tuvo sus altas y bajas, pero que nunca cedió.


          Algo que definitivamente los caracterizó como grupo fue esa vocación de entender y hacer entender la poesía y con ello su propia poética; Fina García Marruz, quizás la menos escuchada hasta que en los últimos tiempos toda su obra, ese impresionante conjunto de reflexiones teóricas, humanas y éticas sobre probados argumentos y un legítimo academicismo la han ido ubicando en su justo lugar. Eliseo Diego, en este sentido quizás el más parco, Cintio Vitier, el más profuso y dedicado tanto a la teoría como a la crítica poética desde su ya antológico Lo cubano en la poesía.


          Pero ninguno a la escala en que Lezama situó y compartió su experiencia con la poesía, su dominio a la palabra y con ello de la poesía como prueba de la verdad de su pensamiento a través de una responsabilidad frente a su lengua, que en su dicción poemática se patentiza.


          El reconocimiento de sus fuentes a través de una universalización del conocimiento en que la cultura adquiere una jerarquía suprema le permitió abrir las puertas del entendimiento a ese entretejido profundo y complejo del imaginativo con que se sustenta su poesía.


          En Lezama tanto el dolor como la alegría, la angustia, el esplendor de un paisaje, el simple paso –elegante o torpe– de un animal, adquieren revelaciones supremas de lo que para él es la historia y verdad de una nación.


          Cosmo que dibuja con meticulosidad quizás por esa necesidad de testimoniar cuanto le sucede o ocurre a su alrededor, o sueña, o necesita ocurra, como verdad única que reverencia y asume –desde el conocimiento– para hacernos parte de esos mundos tan complicados en que habita.


          Lo incorporativo es el sedimento  principal de la visión crítica que sostiene la poética lezamiana y que tiene sus más evidentes concreciones  en las eras imaginarias y en la búsqueda de lo que él consideraba el origen de todo: la cultura, ese sostén de toda historia posible, pasado y futuro de cualquier nación.


          Pero para él esa nación no fue cualquier geografía. Para Lezama, Patria era un concepto cercano a ese país de sonoridades tan especiales que constantemente aparecía en su poética. O que más bien fue siempre la geografía sobre la que deslizó sus historias.


         También Lezama, a estas alturas, en que su obra ha conquistado a todos, o a casi todos, se convirtió en esa Patria que no solo reverenciamos, sino que estamos dispuestos a defender como deber sagrado.

MEMORIA (IN) CONCLUSA

MEMORIA (IN) CONCLUSA

Palabras de presentación del poemario Concluso para Sentencia, de Iliana Aguila Castillo.-(In)concluso para festejo punitivo.- Las duplicidades del acto poético frente al escamoteo de la existencia.- Anotaciones.
 
 
Por José Luis Santos Muñoz, escritor cubano residente en Cifuentes, Villa Clara
.
 
 
 
Nuestra suerte, turbia,
ha corrido
como las aguas del Sena.
Sólo el ansia de verlas,
de tanta sordidez puede salvarnos.
Creciendo en la obsesión de poseerlas,
de ser arrastrados nos libramos.

 
B. Caluff
 
 
 
1-     En Critica Postcolonial, Xerach Smeding elabora una suerte de impronta analítica: «los historiadores de los siglos XIX y XX han desarrollado un discurso histórico muy concreto, caracterizado básicamente por un sesgo excluyente cuya principal función era(es) la de arrojar hacia los límites mismos de lo moralmente aceptable a todos aquellos que personificaban, en sí mismos, los atributos contrarios al orden político-discursivo del momento. Afro-comunidades, asiáticos, chicanos, mujeres, homosexuales, intersexuales, transexuales, paganos y un sin fín de grupos diferenciados(...) constituyen lo que los teóricos postcoloniales denominan los subalternos.»
 
 
 
2-     Todo lo que anteriormente se infiere conlleva a reutilizar el complejo sistema binario: patriarcado/sujeto femenino como ente que sobrevive a las identidades estáticas o predeterminadas por la Cultura, la Historia o la Política; cultura de lo falogocéntrico/el otro de la hegemonía falocentrista. Expresado de un modo más nítido y explícito, la mujer, con independencia de su status social-operacional, obrera textil, artista, escritora, reclusa, etcétera, sólo desde posiciones de alteridad y allanamiento de lo instaurado por la tradición, pudiese emplazar a «ese otro silenciado venido de la memoria cultural»1, léase herencia hispánica, forjadora de un imaginario colectivo de fábula y se estratifica en el cuerpo masculino, sus símbolos eréctiles, fortaleza física o psicosomática, derecho de conquista y otras tantas legitimaciones que ya cimentadas (y sedimentadas) en ese mismo discurso corporal, relegan a su contraparte a planos de absoluta obediencia estamentaria: matrimonio, concubinato, roles domésticos y demás constructos del poder.
 
 
 
3-     Transcurre, amén de las digresiones sociológicas, el mes de febrero; estamos en el año 2006. Iliana A. Castillo y el que esto redacta, abordan un omnibús ex soviético o ex marxista si es que el medioevo automovilístico admite dichas exégesis. Viajamos a las antípodas del mundo, es decir, a la periférica Manicaragua, por aquel entonces, subsede, de la entrecomillas, Feria Internacional del Libro. Iliana toma y retoma el tópico del viaje, como se sabe, añoranza, postergación y trauma insular desde el acontecer escritural decimonónico hasta el presente, regido, dicho sea de paso, por la infiltración casi tautológica del planteamiento piñeriaño «La maldita circunstancia del agua por todas partes». Sólo que esta vez el asunto transita por la ruta de la experiencia propia y sus hierros lacerantes, por un trasiego que rehúye cualquier vestigio de cosmos preciosista: la hija que opta por la condición exílica, el ser amado que protagoniza un desgarrador episodio de abandono, un viaje a Holanda en el que peligraran soportes culturales eurocéntricos y dicotómicos mitos centros/periferia. Lejos estaba de imaginar (lejos estábamos de imaginar) que este corpus anecdótico de aparente transitoriedad catártica, sería como el acto de preñez de lo que más tarde brotaría parte de la imago, pero que hoy conforma el poemario Concluso para sentencia, Editorial Capiro, 2009.
 
 
 
4-     Desde los paratextos bíblicos que secciona el cuaderno a manera de exordios (Lucas, 11.33, 11.34 y 11.36) hasta su estructuración heterodoxa y mesuradamente tropológica, se advierte el manejo de recursos estilísticos signados por la elipsis, la brevedad que se desentiende de la herencia Haiku, el poder de síntesis, las connotaciones filosóficas, el rejuego desacralizante con el mito griego de la heroína por subyacencia, la clásica Penélope imantada al quietismo de un te status imposible de revertir o reconceptualizar. Lo percibimos a manera de interdicto en «Los labios de la Sibila»:
 
 
 
Pienso: aún no he podido interpretar los jeroglíficos
y el tiempo se acorta,
ya el agua no me parece tan oscura
si el gigante y roba quedando atrás.
No encuentro artilugios para desenvolver esta
madeja...

 
 
 
Y ya con mayor explícitud, desenfado y ansias de socavar la estereotípica estructura de pasividad genérica venida de la Odisea alcanza su momento estético más logrado en «Rueca»:
 
 
 
Esta rueca que he llevado conmigo desde otrora
siendo vana me ha creado cicatrices.
(...) Esta rueca me hizo olvidar al náufrago
que dejó de pensar en mi existencia
durante el ovillo de ultramar,
pudo haber sido deshecha por mortales
cuando desviada fue la barca
pero el oportuno Hermes salvó mi vida.

 
 
 
5-     Es de resaltar la irónica compartimentación textológica, mediante el uso de un tríptico que recaba apoyatura semántica y desplazamientos lexicales por terminologías pre-punitivas o indicaciones a la vieja usanza judicial: Las Evidencias, Presuntos Culpables y Las Pruebas.
 
 
 
6-     La hablante se sitúa a la par de la Avellaneda, la Condesa de Merlín, Lourdes Casal o Magali Alabáu, al revisitar desde la escritura espacios exaltados por la memoria y al mismo tiempo temidos, topográficamente desconocidos. Alarmante leitmotiv que en su momento Damaris Calderón se encargó de desentrañar o desjerarquizar: «El mito de la insularidad, estimulado desde el diario de Cristóbal Colón, la poesía de Silvestre de Balboa, Manuel de Zequeira y buena parte de la poesía del siglo XIX; la ineludible condición insular, sinónimos durante mucho tiempo en la poesía cubana de Paradisiaco, se encarga ahora de un valor semántico negativo. La criatura de isla, la alada criatura de Dulce M. Loynaz que siempre trasciende el mar que la rodea comienza a manifestarse de otro modo»2. En tal sentido del poema «Legítima», resulta un claro exponente de la indagación en el paradigma de la extraterritorialidad:
 
 
 
No estuvo acostumbrada al desamparo
ni a su rostro dibujado en la bruma.
(...) La perturbarle ciñe las alianzas del desenfreno
cuando Europa se percibe como símbolo,
se adentra en la espesura de un dédalo incierto,
no teme a sus pasadizos.
 

 
 
7-     La tesis exilar ovidiana, matizada, al decir de Luisa Campuzano, por un rechazo del espacio de acogida, una nostalgia incurable y una obsesión por el regreso es desplazada por el exilio como postura trasnacional, el exilio de Plutarco, para quien los límites del Universo, patria común del género humano, son los mismos para todos(...) y nadie dentro de ellos es un desterrado, ni un extranjero, ni un forastero: donde hay el mismo fuego, aire, agua3. En uno u otro caso, las coordenadas diaspóricas parecen imponer una vez más el giro mitológico de la bonanza fuera de los límites geográficos. En una mezcla de evidencia/ambivalencia lo postula «Inmersión», a mi juicio uno de los textos más breves y concisos, cuestionador de antiguas y trilladas visiones teleológicas:
 
 
 
Teje su red un muchacho,
no se detiene,
apuesta sumergirse en esas aguas
explorar cierta vida que imagina.
No desiste el empeño ese muchacho
aunque el mar le arrebate sus antojos
y vuelva a deshacerle las redes
en sus ansias está ganar Marbella.

 
 
 
8-     Con un debut en los predios de la letra de imprenta, y una apuesta sobria por «la metáfora de esencia, la noción de metaforicidad»4, y Iliana Águila deviene en hermeneuta de lo que pudiéramos nombrar: tópicos marginales: el in crescendo de la violencia en las calles del país, detalle que la homogeneidad del discurso oficial soslaya o patrimonio casi exclusivo del cuento y la novela. Hagan los presuntos lectores una parada en «Los cuernos del diablo», y experimenten la sobrecogedora sensación que obtube de su lectura no lineal:
 
 
 
La bruma envolvía aquella noche
cuando sentí los cuernos del diablo rosar mi boca.
Le mordí, como si mi vida dependiera
de lastimar su cuerno hasta quebrarlo;
el diablo acariciaba su glande,
la noche y la niebla eran sus cómplices.
Él se sentía dueño de todos los adoquines,
de mi angustia dependiendo de cuatro cardinales...

 
 
 
9-     Poemario transgresor, dialógico respecto a las otredades que exoneran al sujeto femenino de ancestrales marcas y constructos desvalorizantes. En fin, sincero hasta el denuesto, algo que «no se instaura desde la expresión de lo excluido si no que ha creado zonas alternas de generación de sentido, que dan lugar a un sujeto que no se afilia a las condicionantes heredadas sino que crea zonas de desplazamiento donde aboga por su subjetividad y se instaura por sí misma»5.
 
 
 
10- Transcurre el mes de febrero y estamos en el año 2006. Como pasajero de un omnibús fabricado en la unión de repúblicas y demás siglas en fermentación, atisbo paisajes vapuleados por la sequía, casas y rostros ferozmente tristes, más que un poema de C. Vallejo diría yo. Es de suponer: son casas y rostros que el país no incluye en el guión cinematográfico del día. En el asiento contiguo, una mujer de inenarrable belleza me fulmina con su carcaj repleto de flechas vivenciales. Sin que ella lo sospeche, comienzo ha urdir lo que luego sería el segundo poema de Los apagados muchachos del verano: «Iliana Águila dice muchacha en Ámsterdam y surge el poema».
 
 
Referencias:
 
1-     Helga Montalván, El sujeto femenino y la anarquía en el arte contemporáneo, La Gaceta de Cuba, No.2, 2006,p.33.
 
 
 
2-     Damaris Calderón, La poesía es una pistola caliente, El Caimán Barbudo, Edición 276, año XXX, p.30.
 
 
 
3-     Luisa Campuzano, Tristes tropicales exilio y mitos clásicos en poetas cubanas de la diáspora, La Gaceta de Cuba, No.6, 2008, p.28.
 
 
 
4-     Carmen Sotolongo, Canción del bosque de Nemí: enigma y símbolo, dimensiones regionales de la literatura cubana contemporánea, Ediciones Capiro, 1994, p.28.
 
 
 
5-     Helga Montalván, El sujeto femenino...ob.cit. p.34.

MANICARAGUA, JUNTO AL LAGO

MANICARAGUA, JUNTO AL LAGO

Por Luis A. Pérez de Castro (escritor residente en Santa Clara)
 

 
Con el ancla tirada sobre la tierra Alfredo Delgado Pérez escribió El cuento y otros cuentos (editorial Capiro, 2008), libro en que dejó sus sueños de marinero y amores en puentes lejanos y con el cual logra atraparnos con otro galeón de historias llenas de musicalidad; invitación que incita a meditar y a disfrutar todo lo bello que, lejos de lo contradictorio, facilita la vida.
 
El texto, dirigido a los lectores más exigentes -niños y jóvenes-, está estructurado en catorce historias breves, y transita por la modernidad sin dejarse arrastrar por los excesos de la fabulación.
 
Un sutil y elaborado pensamiento filosófico -preñado de enseñanzas; de ahí lo didáctico-, habita en estas páginas, al tiempo que imbrica asombros producidos en medio de una cotidianeidad sujeta al espíritu burlesco de los personajes-héroes que coexisten en las narraciones recreadas.
 
Las historias están escritas con elegancia, y estremecen por el amor que entregan los personajes, quienes hacen palpitan al compás de sus rebeldías; de esa manera El cuento y otros cuentos conmueve por la sencillez y sabiduría que trasmite, por la añoranza de un pueblo, un zoológico, un anciano cascarrabias, un perro callejero y una hermosa  madre en una comarca aferrada al pasado.
 
Con un lenguaje locuaz y ameno el escritor ofrece una batalla contra el tedio, la desesperación, y la ansiedad de la edad de sus protagonistas; y esa sensación extraña estremece el cuerpo ante las tentativas de cualquier traición, a la vez que hilvana un puente entre realidad y fantasía, y también entre los problemas concretos de la vida y la capacidad innata de los niños en superarlos.
 
Allí reside un niño que dialoga con un león y llora sin importarle que los monos imiten su sollozo; de igual modo recoge anécdotas de un duende azul disfrazado; de un anciano llamado Guancho guaguancho, quien es  capaz de mentir para hacerle agradable el tiempo a los semejantes.
 
 Aparece en esas páginas un perro con hambre de cariño; una madre que ignora a su pequeño escritor; otro niño al que le dicen Mayito y cabalga bajo la lluvia sobre su yegua paloma; un abuelo cultivador de sueños; Ares, feliz por su juguete nuevo, y Pica pica, otro anciano, de origen andaluz y muy mal hablado, pero poseedor de noble como nadie podría imaginarlo.
 
En la narración habita un caimán capaz de vencer a un ciclón; también hay un pescador y su perro Pancho, los cuales deambulan detrás de una ranita albina; incluye a un pintor de siete años que apenas ha mudado la mitad de sus dientes, y Nelia, una niña que, con solo una mirada, es capaz se ridiculizar  al héroe del aula.
 
El libro tiene una escritura precisa y, con imágenes salpicadas por la ingenuidad, muestra esos detalles que pasan furtivamente por nuestras vidas y se convierten en secretas evoluciones que hacen crecer y recordar escenas pasadas en nuestro entorno familiar.
 
Todos los cuentos entablan relaciones con ese mundo de sutilezas y connotaciones de una literatura que logra ir más allá de las fronteras genéricas para descubrir, a la par, un maravilloso arsenal de vivencias que solo pueden ser trasmitidas por un hombre anclado en la tierra después de tanto y tanto navegar por lagunas, pantanos y estanques de ciudad natal: Manicaragua.
 
Entonces, queda en pie la invitación a subir a un galeón para que aprendamos a soñar.

LIBROS AL POR MAYOR

LIBROS AL POR MAYOR

Por Luis Machado Ordetx
 
Empaparse, aunque sea por un relámpago de despojo de la presunción o de las sapiencias contenidas en esa mezcla de periodismo y literatura que cimentó  José Lezama Lima, por supuesto obliga a retomar aquellos comentarios sujetos a las columnas de excelencia que publicó hace once lustros en las páginas del Diario de la Marina; ocasión en que declaró una irrebatible realidad para nuestro tiempo en las «Torpezas contra la letra», y así de sencillo decía que «Vivimos ya en un momento en que la cultura es también una segunda naturaleza; tan naturans como la primera; el conocimiento tan operante como un dato primario...»
 
La raíz martiana caló con ampulosa hondura en todo el sistema poético y filosófico que dispuso ese creador en torno a la conceptualización de lo cubano; la entereza de la lectura y el firmamento del conocimiento humano trasladado ahora al empeño con que escritores y jóvenes se juntan nuevamente para dar cierre momentáneo al fuerte verano de 2009.
 
Digo momentáneo, por no estampillar lo efímero, en aras de remarcar que el disfrute de la lectura, y también el encontronazo entre quienes recrean historias reales o imaginadas, en verso o en prosa, se convierte por estos tiempos en una opción tentadora al ocupar parte del tiempo libre y, además, erigir una fuente inmejorable en el crecimiento humano.
 
 Ya es una tradición: así ocurrió durante «La Noche de los Libros», suceso que recordó el pasado viernes 3  de julio el aniversario 107 del natalicio de Nicolás Guillén, el Poeta Nacional Cubano. También, en situaciones precedentes, la palabra oral y la escrita convergieron en situaciones análogas ante públicos diversos.
 
Ayer en el apremio de la redacción, nuestra calle Lorda, aquí en el nacimiento del Parque Vidal,  absorbía el gentío con el susurro de las honorables metáforas del verso, en lo que se denominó Festival Juvenil de la Lectura; en otros lugares del país, incluso en Caibarién, llevó el atributo de Lecturas frente al Mar. Sea una cosa o la otra, el asidero es único: afincar al cubano en su cultura.
 
Nada más deleitable entonces que acudir a la «Sucesiva o Coordenadas Habaneras», ingenio de periodismo cultural y filosófico de Lezama Lima; precisamente la número 27 divierte con los senderos de la Feria del Libro del Invierno de 1949, soplo literario en que  comenta sobre los diferentes tipos de lectores, calados unos en las evocaciones; otros en el recuento del conocimiento, la analogía o la historia, y embebidos todos en la cultura nacional.
 
Eso se aprecia ahora; pues como apuntó: «[...] Son los días en que el libro sale de sus vitrinas y recovecos, donde, únicamente recibe las caricias y el trato de los curiosos y de sus amantes decididos...» Habló el poeta de las sorpresas del librero; de las casetas situadas en la frondosidad de los alrededores de un parque habanero; del hallazgo de los lectores; de la fortuna construida en papel y letras impresas.
 
Pero, las rarezas vinieron atesoradas en esta ocasión en el Diccionario de Términos de Escritura Dudosa, texto preparado para la editorial de Ciencias Sociales por los estudiosos Fernando Carr Parúas y Moralinda del Valle Fonseca. Ese libro, al igual que ¿Cómo estás...? Ortografía, de Luz Marina Hernández (Editorial Ciencia y Técnica) y Cervantes. Diccionario Manual de Lengua Española (Ediciones Pueblo y Educación), son de esas singularidades, por necesarias e imprescindibles, incluidas, entre otras ofertas, en las ventas que dejó la magia de la Feria.
 
Si Jorge Luis Borges denominó a la lectura «acto de felicidad»; Martí le atribuyó el sustento de «alimento perdurable», mientras Lezama Lima la consideró como misión de «sumergidos desfiles de los recuerdos»; justo eso constituye un libro -venga en un formato impreso o de la era digital-, un soberano arsenal de sabidurías.

CHE; (DES) MITIFICADA HISTORIA

CHE;  (DES) MITIFICADA HISTORIA

Por Luis Machado Ordetx
 

Dice Jorge Luis Borges que «[...] De los diversos instrumentos del hombre, el más asombroso es, sin duda el libro [...], entendido como extensión de la memoria y la imaginación, (sitio en el cual) la palabra [...] oral tiene algo de alado, de liviano; alado y sagrado, como dijo Platón», y no se equivocó cuando cualquier lector se sumerge en las páginas de Cerca del Che, escrito por José Antonio Fulgueiras Domínguez [Sagua la Grande, 1952], perteneciente al sello Editora Política, 2008.

De ahí que sea de esos libros concebidos para encontrar felicidad y sabiduría, en la voz de los testimoniantes;  25 opiniones excelentemente estructuradas, sin que ninguna reitere puntos de vista coincidentes, a las cuales se  llega a nosotros por medio de Fulgueiras, quien desde la confesión voluntaria de combatientes anónimos sumados a la columna número 8 Ciro Redondo, reconstruye e hilvana instantes significativos, trascendentes e intrascendentes, del Che; hombre tomado aquí, al tamaño natural, sin desproporción, y ese hecho singular otorga veracidad a la radiografía que hacen los subordinados.

El escritor sabe que en todo trabajo periodístico hay investigación, y Marta Rojas en el prólogo, confesó que se  «[...] logra amar una imagen del Che si no inédita, sí verdaderamente atractiva del héroe y del ser humano natural», desprovisto de tautologías y superficialidades que, en esencia, de agregarse, desvirtuarían la estatura del hombre, del amigo, del guerrillero.

El tejido franco, ameno, desenvuelto, sentencioso y de recreo de la naturaleza, y también del paisaje, alcanzado por el estilo discursivo de Fulgueiras, penetra en la lección ética de lo narrado; de la historia en que se desenvuelven unos protagonistas dispuestos a ofrecer una dimensión diferente del Che, un esclarecimiento, un dato y una precisión.

Los testimonios pertenecen a hombres humildes, muchos semianalfabetos en los instantes en que se incorporaron a la guerrilla en la Sierra Maestra o en el tránsito hasta el macizo montañoso de Guamuhaya. Muchos de esos sencillos hombres, algunos entre los 140 fundadores de la Columna número 8 Ciro Redondo, quedaron marcados por una anécdota, un gesto, una solidaridad, un estímulo o una crítica formulada por el Che durante  el transcurso de la guerra; otros, por la negrura de la piel, estuvieron entre los 250 combatientes que integraron el contingente de internacionalistas que lo acompañó en la gesta africana del Congo.

Nada desperdicia el autor en defensa de la veracidad y la historia de lo que narran sus testigos; y las anécdotas relacionadas con el filoso tono humorístico, el humanismo, el aliento combativo y el ejemplo del Che, manan de continuo en cada una de las páginas del libro; sucesos que detallan en originalidad y extensión sobre la estatura justa y legendaria del jefe guerrillero. 

Son los testimoniantes quienes retratan al Che, esclarecen lo conocido o no, polemizan y corrigen aspectos tergiversados más allá de la realidad histórica; punto este que ajusta precisiones ceñidas a la verdad, según la narración de los actores protagónicos o anónimos en aquellos sucesos violentos de antes y después de concluir 1958.

 Cerca del Che, con su carga narrativa y dramática en la composición de los testimonios, obliga, por supuesto, a fijar el reencuentro entre el periodismo y la literatura, a prestar atención a la explicación inmediata del detalle, de la metáfora, para conmovernos, desde la perspectiva del lector, con la historia del pasado y el presente; instante en que se forja el progreso de la humanidad.