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ISLAS EN TIERRA FIRME

ISLAS EN TIERRA FIRME

Por Luis Machado Ordetx

 

Feijóo transfirió a la cubanidad un Templo, mejor una Catedral o un Dragón, al estilo de las concepciones de Jorge Luis Borges y José Lezama Lima, empeñados ambos  en la dimensión inagotable de una Biblioteca provista de fuentes de consultas y de amplia cualidad del conocimiento: la revista Islas que, desde tierra firme, surca mares e impregna a la universalidad con lo nuestro.

 

Esa publicación, catalogada por Cintio Vitier como la «(...) mejor revista cultural de su tiempo», arriba por estos días al medio siglo de existencia tras crearse en la Universidad Central de Las Villas antes de concluir el primer semestre de 1958, fecha en que apareció el número inicial correspondiente a septiembre-diciembre de ese año.

 

Desde entonces, los estudios humanísticos constituyen una constante hasta el presente, según recogen los 155 números preparados durante las últimas cinco décadas; ocasión en que el arte, la literatura, la filosofía, la lingüística, la historia y la sociología -considerados tópicos recurrentes-, afianzan el conocimiento especializado de los lectores-estudiosos de un panorama cultural sin precedentes, tal como se gesta en el país.

 

En Islas, jamás concebida por el prolífero Feijóo como una revista exclusivamente universitaria, se probaron las armas literarias para el rescate de la cosmogonía popular (mitos, leyendas, folklore guajiro, dicharachos, canturías, picardías y dibujos), extraídos del anonimato y la oralidad rural o urbana; a la par, comulgaron concepciones teóricas referidas a las Ciencias Filológicas, Sociales e Históricas, capaces de dejar una estela de continuidad en la actual revista y su prolongación Signos, creada luego de 1968, período en que el poeta, narrador y ensayista de San Juan de los Yeras, abandonó el recinto docente para desenvolverse en otros menesteres literarios.

 

Ahora está por salir el número 155 dedicado a la media centuria de Islas y al hacer editorial de Feijóo  -no olvidemos aquella decena de libros que publicó desde el Departamento de Relaciones Culturales de la Universidad, entre los que descuellan las primeras impresiones de Contrapunteo Cubano del Tabaco y el Azúcar, de Fernando Ortiz, así como Lo Cubano en la Poesía, de Cintio Vitier, y Tratados en La Habana, de Lezama Lima, por citar algunos ejemplos-, para reverdecer una impronta histórica sin precedentes.

 

Hace 42 años, en el número 4, volumen VIII, Feijóo, responsable de la edición de Islas, recogió el discurso de Sidroc Ramos Palacios, poeta y rector de la Universidad en instantes en que se formó el Círculo Literario Estudiantil «Rubén Martínez Villena» del centro docente, y sus palabras parecen de un acertijo de continuidad y presencia de la obra magna de la Revolución: «(...) la literatura no puede transformar la economía, pero la literatura y el arte en general, sí puede ayudar a transformar al hombre, a mejorar al hombre. Pueden contribuir a darle perspectivas más amplias, a hacerlo más hombre, más sensible y avizor, un ser humano mejor...», y aquí estriba un axioma esencial de la revista en el patrimonio de su tránsito por nuestra Cultura.

 

Hoy, como también ayer en que los estudiantes universitarios iban al fondo de la Biblioteca -almacén de la revista-, dispuestos a solicitar un ejemplar a Roberto Mazón, a Blasito Pérez Pérez, y a otros que como ellos custodiaban las ediciones, Islas jamás dejó de ser una rareza; de ahí que todavía comulgue en la urgencia y hambre del conocimiento humanístico universal que insuflan sus insustituibles páginas literarias.

 

TEATRO ESCAMBRAY: LOMAS Vs. CIUDAD

TEATRO ESCAMBRAY: LOMAS Vs. CIUDAD

Por Luis Machado Ordetx

Teatro Escambray, desde la primera hornada, ancló raíces entre la serranía y los pobladores villaclareños, allá en los días fundadores de noviembre de 1968 cuando un grupo de actores habaneros, encabezados por Gilda Hernández y su hijo Sergio Corrieri, se despojaron de los aíres de ciudad y penetraron en un lomerío que no percibió el susto de la arribada de hombres y mujeres empeñados en convivir con el bullicio transformador del entorno social y económico de entonces.


De allá para acá, contra viento y marea, algunos padres fundaciones partieron hacia otras misiones, y aparecieron jóvenes y menos jóvenes encaprichados en seguir las idénticas sendas relacionadas con la interacción del arte y la comunidad campesina, el centro obrero y los ambientes pueblerinos; renovaron la estética teatral, y también  insuflaron universalidad en los códigos artísticos, hasta repoblar los tópicos llevados a escena en un discurso alejado del teque, la sensiblería y el dejo poco aportador de conocimiento.


Ahí subyace la mirada crítica de la realidad nacional en espectáculos concebidos dentro de una arquitectura dramática abierta, en interacción con el público, en la exigencia de la participación comunitaria, y en la sugerencia de la creación colectiva, tal como ocurrió en aquellos montajes de «La Vitrina», y «El Paraíso recobrado» (1971 y 1972, ambas de Albio Paz), «El Juicio» (Gilda Hernández, 1973), así como «Ramona» y «La Emboscada» (Roberto Orihuela, ambas de 1977-1978), hasta tocar aquellos escenarios relacionados con el universo juvenil, las contradicciones sociales, éticas y de enfrentamiento generacional: «Molinos de viento» y «Calle Cuba 80 bajo la lluvia» (Rafael González, de 1984-1988), lo cual y generó una adecuación de los códigos artísticos hasta entonces.


Tal vez, fue esa una etapa de enriquecimiento, de confrontación; de surtidor del encuentro con otros públicos, de escenarios cerrados, alejado de aquel concepto del teatro-foro del mundo greco-latino, hecho que,  según afirmación del  dramaturgo Rafael González, refrendara transformaciones teatrales que expresaran la búsqueda de lo conflictual del ser nacional en estos tiempos, así aparecieron los montajes de las piezas «Fabriles», de Reinaldo Montero (1991), «La paloma negra» 1993), y «Curso general teórico-práctico de animación turística por el metodólogo Liborio Hurtado», del propio González (2000), así como « Como caña al viento», de Eliseo Diego  (2002) o «Voz en Martí», de Jorge Mañach (2003), ambas con dramaturgia de Carlos Pérez Peña. 

Indetenible, en escenarios cubanos o extranjeros, Teatro Escambray, cada año sorprende al público, en esa rara capacidad de forja de actores y actrices jóvenes, junto a los viejos pilares que, desde La Macagua -en el suroeste villaclareño, casi en la frontera con Cienfuegos-, piensan y repiensan, adecuan y vigilan el porqué de la renovación de repertorios lúcidos en contextos de salas abiertas o cerradas en las cuales se desenvuelven unipersonales o expresiones grupales distinguidas por códigos estéticos desprovistos de ese clásico enfrentamiento entre lo que trasciende en la ciudad o en el campo.


Puede que ahí estribe el privilegio de un colectivo que, en renovación constante, anda empinado en el hacer propio lo que la Nación reclama, injertando, como proclamó Martí, aquellos valores novedosos de otros ambientes teatrales, pero el tronco, siempre erguido en la fronda de los árboles que crecieron con el venida de la primera hornada artística que asomó el rostro al Escambray para imponer sin atisbos de provincianismos  un reclamo de universalidad fundida a lo contemporáneo del gesto y la expresión oral.


 

!GEOVANNI!

!GEOVANNI!

Por Luis Machado Ordetx

Geovanni está como los relámpagos en tiempos de turbonadas. Tiene 80 años y cuando acude a las viejas máquinas del tipo Underwood, Remington y Hammond, y hasta la Robotron, jamás se resiste a prodigarle las acostumbradas caricias que sobre el añejo teclado imprimió por años en la página cultural de Vanguardia.


Todavía se cree un hombre de periodismo, al que se respeta y quiere, y como el refranero popular se sumerge en la jocosidad, «De casta viene el galgo» a Guido Emilio de Armas Bermúdez, quien desde joven se prendido de los pasos del padre Rafael, y del hermano primogénito, apodado Tite, para apegarse a los vericuetos y el olfateo de la búsqueda de la información, el excelente comentario y la reconstrucción de la realidad en tiempos del periodismo republicano.

Un día, Guido atrapó su sitio, primero en la Universidad Central de Las Villas, luego Vanguardia, y por último en la Agencia de Información Nacional, y según dice Nelson García Santos, «colocó  el nombre de la noticia» en cuanta indagación se inmiscuía, sobre todo en el conocimiento de la bohemia, la vida farandulera, los espectáculos nocturnos y el acontecer de los festivales de Varadero, principalmente el correspondiente a 1970, lugar donde acudió en calidad de enviado especial.


Pilongo por derecho propio tras el nacimiento el primero de noviembre de 1928 en Santa Clara, Geovanni autenticó la sección  «Lo Último», antecesora del «Collage», y no quedó hecho artístico-literario que ocurriera en la antigua región villareña y la actual provincia, en los que  su mirada ingeniosa  estuviera ausente por un instante. Todavía mira en redondo, como los excelentes periodistas amparados  en el sentido del acucioso husmeador de historias de vida de personalidades musicales o de reseñador de sucesos culturales.


De Armitas, como todavía los contertulios lo nombran cuando transita a diario por las calles de la ciudad, en paso raudo y hablar vertiginoso, desde la Casa de la Prensa hasta el recinto hogareño, a un costado de la Iglesia de la Divina Pastora, se  extrae enseñanzas de la vida cultural de la localidad, y vienen a la mente anécdotas, comentarios y referencias a  lecturas habituales de pasajes de la literatura y la historia clásica.


El hombre es como un manantial inagotable en enseñanza; por eso, justo hoy en las ocho décadas, como una campanada de existencia, gritémosle ¡Geovanni!, y aseguro que distinguirá las voces, en perfecto eco, dentro del rango y la sinonimia de la franca camaradería.    



 

BALLAGAS, LAS INICIALES (IV)

BALLAGAS, LAS INICIALES (IV)

-  Instantes del recuerdo, precisiones del pintor cubano Manolo Guillermo de la Caridad Fernández García, ofrecidas en Varadero, el domingo 21 de octubre de 2007.-

 

Por Luis Machado Ordetx


«Emilio Ballagas había nacido poeta, ya lo era allá por el año 1934 cuando tomó posición de la cátedra de Literatura Española en la Escuela Normal para Maestros de Santa Clara. Por entonces ignoraba la valía de aquel hombre que irradiaba lozanía aun cuando era algo gordito, muy blanco de piel, cabellos negros, de fino bigotillo, y a la usanza de una pajarita de cuello y trajes de colores claros.


Cada vez que le recuerdo, lo veo con un libro debajo del brazo, como entretenido. A menudo visitaba mi casa. Estimaba mucho a mis padres, mis hermanos,  y fue para mi más que un amigo; era un hombre que me liberó en definitiva de aquel complejo que sentía por mi mala ortografía.


«En varias ocasiones llegó a la casa en compañía de Nicolás Guillén, poeta y camagüeyano como él, y amigos íntimos desde la infancia.

Ballagas fue también un visionario, murió relativamente joven, apenas tendría 50 años, y constituyó el primero del que oí hablar de la televisión, cuando ese medio estaba en pañales y no existía aún en muchos países del mundo. Recuerdo cuando una vez me dijo:


«Si logras algún día estudiar pintura a través de la televisión, podrás enseñar a otros que al igual que tú presentan dificultades para trasladarse a la capital en el afán de superarse».Tampoco olvido aquella ocasión en que aprovechando un viaje que dieron mis padres a La Habana me llevó a la Dirección de Cultura adjunta por entonces al Ministerio de Educación; allí nos presentó al Dr. José María Chacón y Calvo, y le solicitó que me proporcionara una beca para estudiar en la Escuela de Artes Plásticas «San Alejandro», en la capital.


«El titular de Cultura, mirando hacia el piso, sin dar el frente a mis padres y tampoco a Ballagas, se excusó de no poder satisfacer su solicitud y mi interés, al tener todos los créditos agotados. Comprendimos que Ballagas también había salido decepcionado de aquella visita, y no sabía como dar cauce a cualquiera de las conversaciones del momento.


«Sin embargo, el mejor consejo que me dio el pedagogo y poeta amigo, fue precisamente, cuando un día, al ver a mi mamá  regañándome por mi mala ortografía, aparte, me llamó y dijo:


«No hagas mucho caso a tú mamá, aunque ella sea maestra, pues, aunque son los seres que más nos quieren, suelen equivocarse; no te preocupes por la ortografía y sigue pintando, pinta mucho, exprésate con la línea y el color que, si llegas un día a ser un buen pintor, tu ortografía y todos tus pecados te serán perdonados, y no olvides que Francisco de Goya, el famoso pintor español, pasó a la literatura con sus cartas plagadas de faltas de ortografía, y ¿tú crees que hoy exista alguien capaz de criticar por ello al más grande genio de España?»


«La última vez que lo vi en vida fue cuando una tarde conversaba conmigo en su apartamento de la calle Marta Abreu y Carretera Central. De pie, en el balcón, con un brazo extendido, trataba de comprobar si llovía, mientras unas ligeras gotas de agua ya le caían encima. Así era de entretenido este modesto y gran poeta amigo de la familia.»            

 

BALLAGAS, LAS INICIALES (III)

BALLAGAS, LAS INICIALES (III)

Profesor-alumno, dice la Doctora en Pedagogía Orbelia Palomeque Ríos, en declaraciones dadas en Santa Clara, lunes 13 de agosto de 2007.-

 

Por Luis Machado Ordetx

 

«Sin darme realmente cuenta, me sentía muy dichosa de tener un poeta-profesor: Emilio Ballagas, el de los versos de Sabor Eterno. Cursaba mi segundo año en la Normal de Maestros de Santa Clara. Estudiaba intensamente, casi sin tiempo de pensar en mis deseos de leer sus versos, y yo también de hacer algunos míos, porque al terminar el bachillerato el año anterior, tuve la osadía de matricular Derecho en la Universidad de La Habana, yendo solo los días de exámenes, mientras aquí recibía otra carrera.


«Así una tarde nos reunimos los dos grupos en el Aula Magna de la Escuela, mientras el Dr. Ballagas se disponía a impartir su clase. Hubo de salir del recinto por un momento, y al quedarnos solos y sin el profesor al frente, empezó la gran algarabía, olvidando clase y profesor, y también la disciplina. A su regreso al aula, el Dr. Ballagas al ver que nadie se dio cuenta de ello, y él esperó hasta que su paciencia se hiciera tangible, entonces cayó el silencio poco a poco, hasta hacerse general. Con su mirada triste de siempre, con su voz pausada, erguido en su pequeña-gran estatura, nos dijo: «Ustedes no son realmente culpables de haber olvidado que están en una clase. El único culpable soy yo, por no haber sabido, con mis palabras y mis clases, llegar a interesarlos a ustedes, y así solo tengo un camino, abandonar el aula.»


«Empezó a recoger sus papeles lentamente. Aquellas palabras me llegaron muy hondo, y sin pensarlo estaba de pie y le dije: «No, Dr. Ballagas. No es usted el culpable, somos todos nosotros, por no haber podido apreciar y comprender la grandeza y profundidad de sus clases, por no poder estar a la altura del profesor que tenemos. Le ruego, en nombre de todos mis compañeros que nos perdone, que olvide, si es posible, este momento de inconsciencia de los que aquí estamos.


« Así, yo tuve el gran privilegio, de que luego me escribiera no sé donde, "A mi alumna, Orbelia Palomeque, ya en el anecdotario de mis clases".»

 

BALLAGAS, LAS INICIALES (II)

BALLAGAS, LAS INICIALES (II)

Palabras de Poeta, según Carilda Oliver Labra, en diálogo concedido en Matanzas, viernes 11 de mayo de 2007.-

 

Por Luis Machado Ordetx

 

«Sobre Emilio Ballagas, ya que lo preguntas, siempre hay mucho que hablar. Pues quien lee su poesía, quien sabe interpretar ese yo profundo que hay y persiste en sus versos, ese climax que envuelve toda su obra, esa originalidad dentro de lo que pudiéramos llamar un neorromanticismo, muy depurado, muy original, muy puro, alejándose, ya lejos de algunas deficiencias, pudiéramos decir, cosas que nos perturban un poco y no acaban de gustar.

«Ese neorromanticismo, que ya empezaba a estar en derrota, ya estaba siendo vencido por nuevas corrientes, no retóricas, como algunos plantearon cambios y empezaban muy lejanamente una poesía menos retórica, una poesía de ideas en la que el ritmo era menos importante, cuando en realidad eso siempre fue importante.

«No podemos adentraros en esas deficiencias, porque esta breve conversación a solas que hago, este monótono, sería interminable; además, estudiar a Emilio Ballagas, es, pudiéramos decir, un deber de todo crítico literario cubano, y ni una cosa ni otra me considero.

«Soy simplemente una poetisa que tuvo el honor, no de conocerlo, porque realmente no tuve el honor de conocerlo, pero sí de que él fuera el miembro del jurado que otorgó el Premio Nacional de Poesía de 1951. El libro que obedeció fue Al Sur de mi Garganta, que había sido publicado en noviembre de 1949, pero el concurso abarcaba 5 años, certamen que marcó los años anteriores hasta el 50.

«En julio del 51 yo tuve el honor, el gusto y el placer, la emoción, diría, de recibir ese Premio, uno de cuyos jurados, el más importante, era él. Le escribí, me acuerdo, dándole las gracias y contestó, y tuvimos una breve correspondencia también. Él siempre era un maestro. Yo empezaba, y él era un gran maestro ya de la poesía, pues siempre, tan modesto, por no decir delicado,  me hizo algunas observaciones. Por ejemplo, recuerdo que me dijo muy bien que no usara demasiado la primera persona, que tampoco empleara algunas variantes, como el mi y el me, y vaya, eran cosas que yo, bisoña, empezaba, no conocía.

 «Eso me sirvió de mucho, mucho, esa ayuda que parecía ligera, pero que ya en ella, había un baluarte, un apoyo, una cosa en que ampararme. Era un hombre sin envidia, sin rémoras de ningún tipo; amaba mucho la poesía, era un credo que tenía, y su poesía ha dejado una estela. Yo recuerdo que Dulce María Loynaz, a quien no conocía entonces, pero conocí después, tenía un especial sentimiento, una admiración. Me decía de los nuevos, entonces, él era nuevo respecto a ella, por supuesto, era el más estimable, el más sincero, un verdadero poeta, quien no tenía influencias; que esto y que lo otro...

«El último que me habló mucho de Ballagas fue Mario Benedetti, fecha en que tuve el gusto de que viniera a mi casa y también el placer de presentarlo en el Teatro Sauto, en la Atenas de Cuba, durante la visita que hizo a Matanzas y el recital que ofreció allí.»

 

BALLAGAS, LAS INICIALES (I)

BALLAGAS, LAS INICIALES (I)

-Uno de los más grandes líricos en la Historia de la Literatura Cubana arribó el viernes 7 de noviembre al primer centenario de vida, y aún persisten capítulos inéditos por redescubrir en su vasta producción artística y pedagógica.- Santa Clara tiene deudas impagables   en todo el reconocimiento que merece ese creador.

Por Luis Machado Ordetx

               «¡Líbranos Dios del invierno de la memoria! ¡Líbranos Dios del

                           invierno del alma!».1

                                                                    José Martí

 

El sexto día de la semana encarnó un sutil des(encuentro) para el poeta Emilio Ballagas Cubeñas, considerado, tal vez, un agónico escritor en medios de quebrantos espirituales y económicos en tiempos de la seudorepública: nació y falleció un sábado, primero el 7  de noviembre de 1908 en Camagüey, luego el 11 de septiembre de 1954 muere en La Habana tras descubrirle en Santa Clara una enfermedad incurable en los sistemas renal y hepático.

Sin embargo, el demiurgo Ballagas, cincelador hasta el acabado perfecto de la palabra oral y escrita, dada a conocer en esta ciudad y en otras del país o el extranjero durante las cuatro primeras décadas del siglo pasado, vino a nuestra Escuela Normal de Maestros en 1933, recién graduado en La Habana de Doctor en Pedagogía, empeñado en ocupar la Cátedra de Gramática y Literatura, y aquí permaneció casi tres lustros en el contagio de las aulas, las tertulias culturales, las redacciones de periódicos y el encanto por desbordar las emociones personales por medio del verso, las disertaciones teóricas o la ensayística.

A Santa Clara, vine acompañando a Pepilla Vidaurreta, quien asume la dirección del plantel educacional, y entabla relaciones con intelectuales de la localidad, y junto a los pintores Domingo Ravenet Escuerdo y Ernesto González Puig, publica en 1934 el Cuaderno de Poesía Negra, versos impresos en la casa editorial La Nueva, ubicada en la calle Independencia esquina Villuendas. La tirada de 500 ejemplares, con los dibujos de los dos amigos pedagogos, se agota de inmediato después de las ventas en la Librería Casa Orizondo.

Interviene como un escritor anhelado en la conformación de las páginas de la revista Umbrales, dirigida por María Dámasa Jova Baró; intercambia impresiones y confecciona artículos para el periódico La Publicidad;  anima el surgimiento del Club Umbrales y las programaciones radiales Audiciones Umbrales y la Hora Hontanar  -transmitidas por la emisora CMHW-; va a las tertulias de la Academia Luz y Caballero, patrocinada por Onelio Jorge Cardoso; al Ateneo de Villaclara, y también a  reuniones informales con comunistas del calibre de Gaspar Jorge García Galló.

Severo Bernal Ruiz [Santa Clara, 1918-Id, 1990], figura como albacea y guardapapeles de Ballagas en períodos en que reside en la ciudad o en Nueva York, y gracias a la correspondencia entre ambos, incluso a las documentaciones conservadas, se reconstruye el paso por la localidad; los instantes significativos de las conferencias y las intervenciones en tertulias y ambientes intelectuales: da a conocer sus poemas «sociales y de servicio» en favor de la causa de los oprimidos; imparte las conferencia «La condición martiana» a reclusos políticos y comunes de las cárceles de Santa Clara y Remedios, así como el texto teórico  «Castillo interior de poesía», dictados jueves 28 de enero y el viernes 14 de mayo de 1943, respectivamente, a instancias de la Sociedad Artístico-Cultural Ateneo de Villa Clara, radicada en la Biblioteca Martí.

En medio de la mojigatería y el provincianismo, define esencialidades de la poesía moderna; su alejamiento de modas, y hurga en la unidad histórica, universal, que pre-existe en la composición de versos ceñidos al acontecer diario del hombre; del presente o el pasado histórico y social.

En la segunda dice: «No copiar, no imitar, crear una obra de arte por ella misma -o, de otra manera: una obra de arte es una realidad cósmica que el artista agrega a la naturaleza...»; pero en febrero de ese año, Ballagas está urgido de labores pedagógicas, a la par que prepara otra disertación confirmada el domingo 11 de abril: el sitio es el Aula Magna del Instituto de Segunda Enseñanza, y por tema «El aporte vivo de Heredia a las Letras Cubanas», texto panorámico que inició el curso de Extensión Universitaria de ese centro docente.

Tal vez como en ningún otro lugar de Cuba, en esta ciudad Ballagas se impregnó de la gracia de las conversaciones y el conocimiento para «adentrarse» en costumbres, mitos y la cultura religiosa de los afrocubanos.

Toda se poesía transita en un conocimiento singular y religioso; del río, y la miel de abeja; del amor y la feminidad; de la simpatía y la fiesta, y su lírica suscribe atributos inherentes a la concha,  los corales marinos; los collares de cuentas y los colores amarilla o ámbar; rojo, verde esmeralda; las yerbas esenciales de asiento; las flores de las deidad, así como del desgarramiento intimista y los quebrantos espirituales.

En Ballagas, como en ningún otro poeta cubano, hay que persistir en la investigación, para situarlo, tal como se debe, en el preciso y justo reconocimiento que requiere. Tres testimonios, de un modo ejemplar, lo circunscriben, en el breve tránsito de su existencia, en el instante lírico, del pedagogo, y también del velador de las esencias humanas, para dejarnos, justo, la inicial que reclama.   

 

 

MEMORIA DEL SOÑADOR

MEMORIA DEL SOÑADOR

«[...] De ese verso, simiente, sale todo el poema, y lo más frecuente [...] es que ese verso inicial me dice el argumento...»


                                     Gastón Baquero

(Prólogo al libro, Como un manzo animal, Ed. Capiro, 2008, escrutador desde la óptica del poeta, de la vida del Che Guevara).

Por Luis Machado Ordetx


El Che, y su historia, siempre aguijonean en muchos tipos de composiciones artísticas, y en el campo de la poesía es muy frecuente la presencia en las más disímiles anécdotas que forjó el guerrillero durante el transcurso de su vida.


Ahora, el escritor pinareño-villaclareño Luis Alberto Pérez de Castro (San Luis, Pinar del Río, Cuba, 1966), acude, como una obsesión, a la trascendencia de aquellas acciones guerrilleras acontecidas hace casi cinco décadas en zonas de las sierras y los llanos cubanos, y su prolongación a otros confines africanos o latinoamericanos, para ofrecer por medio de versos la estatura de su legendario personaje; desacralizado ahora dentro de un magnetismo que brota de la estirpe del médico, el combatiente, el ministro, el articulista, el poeta, el padre y el esposo.


 Nada resulta extraño y tampoco baladí en la composición de las metáforas insertadas en un contexto fabuloso, pues el escritor es de los que no concibe su verso como el que sube ladrillo a ladrillo una pared y goza con verla concluida; y ante tal causal, da testimonio de una época, signo de reconstrucción de un tiempo,  y de memorias y relecturas que asaltan inesperadamente las ideas y los acontecimientos en la mirada escrutadora que se dirige hacia una de las figuras históricas más polémicas de la Revolución Cubana.


El hombre que asalta el poeta a través de la composición de las palabras, su principal herramental discursivo, está lleno de contrastes, próximo a las herejías de su tiempo; probo en la dureza y en la dulzura, la firmeza y la ternura, y también en las defensas íntegras en decisiones de conceptos ante la mimesis y la mente fría del calco foráneo. De ahí que su acercamiento lo prolongara al héroe dentro del goce por los vericuetos martianos, como quien asiste al convite de una osadía que rompe los cánones de cualquier placidez, incluido el acecho de la muerte, para coronar un propósito libertario.


Pérez de Castro en «el Manso Animal», desacraliza al héroe; lo otea con sangre en las venas, con huesos y carne, y contempla al Che como polémica personalidad en todas sus facetas; alejado de la concepción mítica del Dios, de la máscara del comercialismo, del hombre y el paradigma estoico, en aras de apegarlo a la tradición del amigo insobornable; despojado del uniforme verde-olivo y de cualquier atributo militar o político.


Desde   Santa Clara, ciudad en la cual reside el poeta, y donde el Che es una leyenda sin precedentes para la historia universal, y desde el sitio en que más late en los confines terrestres de nuestra Isla, surgió la primicia de este libro, capaz de desmontar a través de los versos, hilvanados con sentido de orfebre, al hombre desprovisto de tapujos, lealísimo al socialismo como proyecto de renovación y cambios de ideas; de humanismo práctico y de roturación de idas y venidas de ciertas verdades sin medias tintas.


Los 32 poemas que forman el texto poético, así lo confirman, al hurgar en las cualidades humanas, filiales y de constructor social que atesora el Che; aspectos tomados por el escritor a partir de aquellas lecturas y testimonios que más impresionaron al escribiente desde los tiempos de la niñez y la juventud, hasta abarcar al hombre, al padre, al ser humano constructor social, y al individuo de carne y hueso alejado de mitificaciones.

 

 Recuerdo cuando en una ocasión Pérez de Castro habló sobre un testimonio del pequeño Camilo Guevara March, y relató la emoción que percibió el muchacho cuando se perpetuaba el legado del progenitor.

 

Decía que eran las horas que el padre permanecía contemplando el sueño de todos los hermanos ¿Quién sabe cuántas cosas pasaban por la cabeza del Che en esos instantes, inmortalizando a otros niños del mundo despojados de la tierna mirada de un padre deseoso de las caricias infantiles? 


Tal vez ese deseo trunco de la permanencia de un padre junto a la estancia del hijo, la ausencia que sufrió el poeta en los años infantiles, sean atributos que más hondo calaran en el sentimiento y la comprensión de una escritura fuerte, directa, sin cargas altisonantes, de eliminación de las fronteras hirvientes entre el verso y la prosa.


Al Che lo percibe como un creyente ferviente de todas las posibles utopías, y retoma todas sus facetas históricas; por supuesto, siempre lo lleva a presenciar ese sitial vertical de la historia de generaciones de pueblos de todo el mundo; por lo que flota el soñador prevenido a vencer los quebrantos, los obstáculos, la mirada pérfida, y ser por encima de todas las cosas, un ser responsable, amigo y solidario a la vez, sin que la exigencia personal y colectiva faltara en el momento de la crítica o la autocrítica. Ese es el Che que recrea Pérez de Castro.

 

El poeta se aferra al contexto del hombre como portador de historias, al sentido de la testimonialidad del verso atado a todo carácter informador-relatador de la dimensión humana; de confiabilidad del discurso y de búsqueda de una actualidad en la cual se insiste en el significado dramático-conceptual de todo lo que se narra por medio de metáforas.


Este es un libro sufrido, no por su hechura terminológica, sino por el desgarramiento del estado dormido y repensado en que por largo tiempo permaneció a la sombra de la meditación, y donde el testimonio, como confesión, refulge como un recurso en que se detiene el poeta para descarnar a su héroe; y el silencio, en ocasiones, se torna liberación interior, conocimiento de los sucesos y experiencias en que se detuvo el otro; es por tanto un  sentido de auscultación y reconstrucción de la realidad, de la historia y de la apropiación de una información interpretativa que fundamenta todo relato cronológico y psicológico de los acontecimientos suscritos a la palabra.


A veces, los versos están provistos de extrañeza, de contradicción contemplativa, del ser de la palabra, de originalidad singular, para testar a favor de lo histórico en un intento por descarnar al hombre; de ahí que establezca un forcejeo a favor de la libertad del ritmo, de ausencia de signos de puntuación, como si «[...] el mundo se presentara [...] como un libro escrito por el dedo de Dios», al decir de Umberto Eco, para validar la inteligencia sensorial y conceptual asentada en los vericuetos del lenguaje objetivo y del tránsito a la subjetividad.


El libro de Pérez de Castro Como un manso animal, reentronca en ese artificio mágico que proclamó Shelley cuando abogó por un quejoso santiamén en que «Necesitamos la facultad creativa de imaginar lo que conocemos» de todo cuanto transcurre desde el acto de la explicación hasta la descomposición de sucesos sujetos a las pugnas de los contrarios.


Aquí subyace la memoria, como reconstrucción de la historia, para precisar el tránsito de un soñador que explora la trascendencia de un hombre y lo hace partícipe, por medio de las palabras y el discurso, de una indagación sin precedentes testimoniales en el sentido ilímite de toda desacralización contenida en supuestas herejías concebidas como puntales del irrepetible humanismo guevariano, implícito, al decir de Lezama Lima, en una «Poesía diseñada en el ámbito del arma epistemológica» que subyace en el firmamento de las raíces del propio ser fundado en su realidad.