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AFANES DEL LIENZO

AFANES DEL LIENZO

ENTREVISTA CON EL PINTOR Y PEDAGOGO MANOLO G: FERNÁNDEZ GARCÍA, AMIGO PERSONAL DE WIFREDO LAM.

 

(PERTENECIENTE AL LIBRO DE PERIODISMO «FERVIENTES CORCELES», Ed. Capiro, 2008).

 

Por Luis Machado Ordetx

 

  «Solamente Dios saca historias

                                                de otro lado que no sea la  realidad[1]

                                                                                          Juan Carlos Onetti


            

El regusto por lo flamenco, las corridas de toros, y también por las raíces andaluzas, no sé porqué rara razón, traen siempre a la imaginación el semblante y las historias, orales o escritas, que divulga en toda conversación el pintor Manolo Guillermo de la Caridad Fernández García, un hombre diáfano a la divulgación del conocimiento de las tendencias que se mueven en torno al paisajismo y el abstraccionismo y abierto en narrar fragmentos culturales de sus ciudades adoptivas: Sagua la Grande y Santa Clara, centros alejados del natal Majagua, en Ciego de Ávila.

 

Regordete, de tez blanca, sonrosada, y de baja estatura, con una cabellera que, no por los años, pulula en baño de nevisca -a pesar que remonta las ocho décadas de existencia física-, lo sitúan ahora en la prestancia apreciativa y el distingo por contar acontecimientos referidos a amigos de infancia; esos que encontró en muchas partes de Cuba y al recuerdo de los tiempos en que se aventuró en los estudios de Artes Plásticas.

 

Sin la menor duda, su diálogo tiene un disfrute, una excursión, jamás escudado en perspectivas   incisivas  que puedan esbozarse con la palabra hablada; no obstante, sí hay otras huellas de ese tipo que siempre se encuentran en los toques y acabados dados con sus pinceles: el lienzo o la cartulina en los cuales plasma todos los conceptos que toma de la realidad y de la imaginación; de la fantasía y por supuesto del sueño.

 

Puede, incluso, que en Fernández García todo esté envuelto por ese hálito mágico por referir cómo se formó en la pintura académica, el paisajismo y sus ulteriores manejos artísticos; las peripecias escolares; el recreo de los ambientes insulares; la composición de marinas, y el recubrimiento surrealista de las últimas piezas concebidas en el adoptivo recinto de Varadero, sitio donde actualmente reside.

Allí, alguna que otra vez, en medio de la fatiga respiratoria y con una lucidez asombrosa, cuenta con desenfado sobre sus maestros; las sabidurías de la vida; la amistad con Wifredo Lam; los incidentes de la pedagogía; la significación de Romañach o Clotilde Rodríguez Mesa en la hechura de los primeros grabados en madera y recreos marinos  que concluyó, y la soledad que lo acoge cuando retoca una idea que luego convierte en hecho artístico.

 

También, quién sabe si todo radique en el gusto por las cercanías del mar; el regocijo por  las montañas; el aislamiento de los contextos urbanos y el susurro permanente del viento que asalta el ramaje de los árboles, el trinar de las aves y las remembranzas por los nítidos escenarios de Jerez de la Frontera o Sanlúcar de Barrameda, convertidos por asaltos del delirio individual en encantos de la imaginación.

 

De Mateo Torriente, el maestro cienfueguero, y del universal Lam, el infatigable Manolo hablaría hasta el cansancio; como guardador de mil anécdotas; todas ciertas, sacadas de ese volcán de desencuentros entre creadores; del aire artístico, del poderío de los estilos, técnicas y tópicos trazados  sobre una cartulina, un lienzo o el más disímil de los soportes materiales.

 

Lam Castilla lo lleva en el recuerdo desde 1951, cuando lo tuvo delante en una exposición del Parque Central de La Habana, a raíz de recibir el sagüero el primer premio del Salón Nacional de Cuba Allí, Manolo, parado frente al cuadro «Trenzas al agua», escrutaba en la referencia y la historia recreada por el coetáneo, y también en el vínculo del contenido artístico con el título de la pieza que se exhibía. ¡Nada tenía que ver lo uno con lo otro!, se dijo en una apreciación inicial preñada de total ignorancia.

 

Entonces, el universal mulato-chino-cubano, autor de «La Jungla», sentado en un banco del Parque, con traje gris y camisa de cuello de playa; medias color chatré y cabello brillante y ensortijado, contemplaba a un hombre joven, en pose de curioso, que disfrutaba de su cuadro de arriba abajo, como el que quiere apresarlo todo en una sencilla mirada.

 

 De pronto entablaron un diálogo espontáneo que devino en amistad y aprecio mutuo por el gusto de la pintura, por los ambientes de Sagua la Grande y por las ventiscas frecuentes que ocurren en las cercanías de la costa.

 

Un día, sin embargo, esa narración sobre Lam, derivó en conversación pródiga relacionada al cabo de las seis décadas con un capítulo casi olvidado y también distorsionado en la historia de la cultura villareña: la Academia de Artes Plásticas «Leopoldo Romañach Guillén», institución en la que Fernández García figuró como uno de los alumnos-gestores del proyecto, primero de su tipo organizado en territorios alejados de la capital cubana.

 

En la calle Pasaje número 15, entre 42 y 43, en Varadero, en la vivienda al estilo campestre, y en la cual abundan plantas ornamentales, con flores de diferentes rostros y colores, principalmente de las bunganvillas rojas y amarillas; de clemátides y de jazmines, localicé a Manolo para propiciar un razonamiento sujeto a los tiempos iniciales de la antigua Escuela de Artes Plásticas de Las Villas.

 

- ¿Cómo surge ese proyecto alejado de los propósitos de la capitalina «San Alejandro»?

- En junio de 1946 hubo una reunión informal en la casa de los Doctores Rigoberto Gómez Cortes y Esther Batomeu. El propósito era crear un comité pro fundación, y en agosto, en los salones del Consejo Provincial de Gobierno, más  de 400 alumnos y algunos profesores interesados en el nacimiento de la institución, dejábamos "oficializada" la primera Escuela de Artes Plásticas de Las Villas, surgida a  iniciativa y empeño del profesor Rafael de Aranzoza (Márquez de Aguado). Digo "oficializada" porque la selección de los estudiantes fue rápida y el centro carecía de decretos estatales que lo ampararan. Meses después la escuela llevaría el nombre de Leopoldo Romañach Guillén, figura prominente del academicismo en Cuba y nacido en Sierra Morena, Corralillo.


«Las clases comenzaron el lunes 19 de agosto. Por escenario tuvimos los locales que ocupaba la Escuela de Artes y Oficios «San Pedro Nolasco», ubicada en Máximo Gómez esquina a Independencia, a un costado del Teatro La Caridad. El primer claustro lo integraron Tomás Pedrosa Raymundo (profesor de dibujo y, además, director); Boadbill Ross Rodríguez (secretario y maestro de dibujo de línea y perspectiva); Dolores González Carrillo (dibujo y modelado elemental); Lydia Berdayes Ayora (dibujo y modelado); Digna Bacallao (Historia del Arte); Rosa María Norte Auyomat (repujado en cueros y metales); Rafael de Aranzoza y Aguado (colorido y arte decorativo); Juan Niké Forchen (escultura y vaciado) y Juan Orlando Martínez Torres (naturaleza muerta y anatomía artística); situación que ofrecía seguridad a los educandos para asumir proyectos de envergadura artística lejos de la capital cubana.


«Pedrosa Raymundo, pintor y periodista, al igual que Aranzoza, tenían experiencias pedagógica y artísticas, mientras los otros eran recién graduados o impartían docencia en niveles elementales y de formación general. Sin embargo, todos estaban dispuestos a enrolar a antiguos condiscípulos de San Alejandro para que vinieran por un tiempo a Santa Clara.


«Miembros del claustro, recorrieron con anterioridad la ciudad; veían sus escenarios naturales; localizaban áreas donde existieran pinturas y pintores, y también hicieron muestreos de la sensibilidad artística de la población. Con asombro, Aranzoza se detuvo ante los murales de la Normal para Maestros, y apreció el gesto altruista y artístico que dejaron allí Ravenet, Abela, Portocarrero, Mariano Rodríguez, Amelia Peláez, González Puig y Jorge Arche.

 

«Aquí había maderamen para la pintura, bien lo sabían algunos de los profesores y parte del alumnado. Yo en 1939 había matriculado en San Alejandro, centro que abandoné por la penuria económica de la familia; pero seguí de pintor autodidacta y aficionado, al igual que otros en la ciudad. Cierto es que nadie estaba interesado en estudiar pintura, ni había comercios que vendieran útiles para profesionales y aficionados del arte. Todo se reducía a la venta de lápices de colores, temperas, acuarelas y pinceles redondos de pésima calidad que eran adquiridos por los alumnos de las escuelas primarias superiores y normalistas.


«Nadie pensaba entonces con seriedad en San Alejandro, y tampoco a los jóvenes les interesaba estudiar pintura, ya que la situación económica de esa época, caótica, implicaba la búsqueda de un futuro promisorio   por medio del bachillerato, el ingreso en el Instituto de Segunda Enseñanza o en la Normal para Maestros, escuelas que propiciaban plaza para trabajar al cabo del tiempo y ganar algún dinero después de  graduado.


- ¿Dicen que algunos pedagogos procedían de centros villareños?

 

- Sí, pero Santa Clara no tenía suficientes graduados de San Alejandro como para fundar una escuela, y tampoco personal aventajado para la enseñanza especializada en este tipo de arte. En el reglamento de instrucción primaria las plazas estaban ocupadas; tal es el caso de María Teresa Pascual que desempeñaba la cátedra de dibujo en la Escuela Normal de Kindergarten, y también de la profesora Dolores (Lolita) Vidal Macías, con similar distinción, pero en la Normal para Maestros. Hubo quien se adjudicó la enseñanza del dibujo con tan solo la matrícula del primer año en San Alejandro. Ya te puedes dar cuenta de la situación; muchos deseos, pero escasa preparación para salir adelante.


- ¿No hubo un cursillo?

 

- Exacto. Después de crearse un Patronato, con donativos materiales y efectivos en dinero, los cuatrocientos alumnos de ambos sexos, recibimos un cursillo de 45 días a partir de aquel lunes 19 de agosto, y la mayoría de los matriculados; interesados en obtener el certificado, querían mejorar su escalafón de ubicación profesional. Hubo una información general que estipuló, al concluir esa preparación, la entrega de un certificado equivalente al primer año de la carrera académica de seis que sesionaba en La Habana.


«Todos los profesores, ya mencionados, laboraban intensamente en la preparación y decantación de los estudiantes. Hubo el ejemplo del notable paisajista Roberto Vázquez, presente en la noche inaugural, quien no regresó más a Santa Clara porque pensó que todo sería un fracaso. Sin embargo, el tiempo doy razón a su equivocación.


«Tomás Pedrosa asumió la asignatura de paisaje; impartida al inicio en el Campo Sport, perteneciente al Instituto de Segunda Enseñanza, y posteriormente en la Granja Agrícola, a la vez que se escogían otros lugares de la ciudad al aire libre y en contacto con aspectos de la naturaleza relacionados con la geografía económica y social de la ciudad.


«De los que asistimos a aquel cursillo, recuerdo a Edelmira Ávalos Gómez; Aída Babot Andino; Rosalía Bartomeu; Georgina Uriarte; Nena Lorenzo Lena; Lydia Ángel Fleites; Angela de Armas; Angelita Ruiz; Felicita Calero; las hermanas Vidal Macías; Gladis Hernández; Olimpia Ramos; Ada Borrell Reinoso; Rafael Jiménez; Arnulfo Valencia y Erasmo Pedraza, entre otros.


«El libro de matrícula oficial, por desgracia, al principio se extravió, y luego se completó al prorrogarse  el cursillo a 60 días con la finalidad de cubrir las necesidades de aprendizaje y orientación elemental, aun cuando algunos teníamos conocimientos elementales de pintura y dibujo. La matrícula fue nutrida, como es natural, y creó contratiempos administrativos y técnicos; a la vez que imposibilitaba las actividades y la eficiencia de la docencia, ya que, como es obvio, existían vocaciones, habilidades e intereses distintos entre los estudiantes, y los recursos de trabajo eran escasos.


«Cuando aún no había transcurrido la tercera semana de clases, debido a intrigas mal fundadas e imperativos del local, alumnos y profesores, así como el Patronato, tuvieron que buscar un nuevo sitio para la docencia. Apareció la escuela de la Iglesia Bautista, en la calle Tristá esquina Zayas. Ese templo destinaba el ala izquierda a los cultos religiosos, mientras en la derecha tenía aulas con amplios portales en los que antes radicó un centro de instrucción primaria.


«Esta escuela se encontraba prácticamente abandonada, y profesores, alumnos y amigos, la deshollinaron y pintando, situación que alegró a Moisés González, el pastor bautista encargado del templo, y solucionó un grave problema momentáneo y que tendió a afectar la estabilidad del cursillo y la permanencia de pedagogos. Al cumplirse el término de las sesiones docentes, se efectuó una  exposición en la Biblioteca Martí, lugar que exhibió de manera permanente una selección de los trabajos más decorosos que aportaron los estudiantes.


- Esos son los años en que la escultora Rita Longa se establece en la ciudad; es huésped del hotel Santa Clara,  y se hacen, además, campañas Pro Orquesta Sinfónica de Las Villas y en defensa de la Universidad Central Marta Abreu, acontecimientos que marcan una apertura y estabilidad de la cultura villaclareña; pero ¿había reconocimiento legal para la escuela en instancias del Ministerio de Educación?

 

-Vamos por pasos. Sí, Longa, al poco tiempo de estar aquí en labores artísticas, se le otorgó su ingreso en la Academia Nacional de Artes y Letras, pero no formó parte de la nómina de los pedagogos de la institución. El reconocimiento del Ministerio  no tuvo respuestas rápidas, inminentes,  y algunos profesores de San Alejandro se opusieron a la oficialización, pues  sustentaron que los docentes de aquí carecían de aval profesional para la enseñanza.


«Para mayor desgracia Juan Niké Forchen, quien impartía modelado, se radicó en Estados Unidos; María Luisa Izquierdo, de dibujo elemental,  y Boabdill Ross, de dibujo lineal y secretario,  no regresaron más de La Habana. Eso provocó cierto caos. Nadie quería venir a Santa Clara.


«Cierto es que Martínez Torres siguió infatigable en sus gestiones por La Habana, a costa de sus ingresos personales, en aras de conseguir el declaración del claustro y del centro. Ya hablo de 1947, y por medio de periódicos; equipos de amplificación Franco S.A., ubicados en el Parque Vidal y del noticiero inalámbrico de la Organización Insular de Radio, dirigido por Domínguez Arbelo, se lanzó al aire el siguiente texto: "Por la superación cultural de Las Villas,  pedimos la oficialización y dotación de la Escuela de Artes Pláticas Leopoldo Romañach Guillén, matricúlate en pintura y escultura".


«Dependientes de comercios, choferes, policías, transeúntes y personas de la ciudad, repetían el discurso. En ese curso se convocó a una reunificación del alumnado, y se amplió la matricula, y a mediados del otro año regresó de Estados Unidos Boabdill Ross Rodríguez, quien otra vez se sumó a la secretaría de la escuela y a la docencia de dibujo lineal y perspectiva.


- Tengo que acudir al paisajista Romañach, pues creo que por este tiempo estaba por Caibarién, sitio del que un día partió en un vapor rumbo a La Habana, tras ganar con su cuadro «Niña pobre con mantón», de 1888, una beca de pintura para estudiar en Italia. ¿Es verídico que el ejemplar artista, maestro de generaciones de cubanos, contribuyó sustentar espiritualmente la Escuela?

 

- Es cierto. En septiembre de 1948, y aprovechamos la oportunidad de hacerle un homenaje en Santa Clara a Romañach. Era ya un anciano, y vino acompañado de la profesora Dolores González. En la biblioteca Martí se develó una tarja en su honor, y no se por qué posteriormente, ya después del Triunfo de la Revolución, fue retirada y creo que hasta desapareció. Hubo un banquete de congratulación en el hotel Santa Clara, de Luis Estévez y Santa Rosa, y declaró que con su modestia y ejemplo hablaría ante las autoridades académicas y estatales. Por desgracia, el lunes 11 de septiembre de 1950 ocurre su fallecimiento.


- ¿Eso favoreció a que ustedes ganaran prestigio ante las potestades docentes?

 

- Claro, el viernes 2 de julio de 1948 se firmó el decreto ley 2158, concediendo nombramientos y convocando a profesores. Meses antes ingresó al claustro Mario Cordoves Sigler, quien conquistó la cátedra de artes decorativas, y unos meses después lo hizo Carmelo González Iglesias en la enseñanza del grabado, así como Antonio Alejo, en Historia del Arte; Israel Córdova Berroa, en modelado; Armando Fernández, en dibujo estatuario; Orlando Gutiérrez, en dibujo natural, y Joaquín Lanza Pujarea, en anatomía artística. La nómina estaba completa, y los alumnos en espera de mayores aprendizajes.


«También se designaron algunos cargos administrativos y subalternos: Alfredo Ballina, bibliotecario, y Aida Babot Andino, jefa de almacén; el Pastor Bautista Moisés González, de ayudante, y a mí de escribiente de mecanografía, actividad que compartía con Evelio Ríos Reyes, mientras Mercedes Hurtado se desempeñaba en la limpieza y Daniel Godoy, de ujier.


«El 1949 reinó la organización, tanto en lo docente como en lo administrativo. La matrícula aumentó, y en el mes de noviembre apareció el primer número de la revista mensual "Pinceladas", órgano oficial de la Escuela "Leopoldo Romañach" de Artes Plásticas en Las Villas, y las ediciones posteriores surgieron como publicación de arte y literatura, pero sin perder el carácter estudiantil.


«La novel propaganda tuvo un año de vida, y allí colaboraron profesores y alumnos, quienes recogían en las páginas todas las inquietudes de una Escuela de Arte en formación. La impresión de los textos era en mimeógrafo y de manera manual, y se repartía entre los alumnos y la población de la ciudad. Las portadas eran hechas por mí, al desempeñarme como director, y los primeros números se ilustraron con dibujos realizados sobre stencil, y las restantes con xilografías, lo que mejoró la calidad de las ediciones con fotograbados y colaboraciones de Carmelo González.


«Entre los participantes estuvieron Guillermo Worringer; Rolando Pérez Gómez; Juan Domínguez Arbelo; Pierre de Ramos; Pablo Pérez Fernández; José O.  Barrero del Valle; Gilberto Tejera Rojas; Carmen Cruceiro; Serafín W. Jiménez; Teresita Fernández; Fray Casto de Villavicencio; Silvio Payrol Arencibia; Jesús López Silvero; Constancio C. Vigil, y en las páginas hubo grabados ejecutados por los alumnos Reemberto Gómez; Lesbia Vent Dumois; Felicita Calero Negrín; Edelmira Ávalos Gómez; Ada Morrell Reinoso; Angela de Armas; Layda Anael Fleites; Rosalina Bartomeu; Graciela Lorenzo Lena y Evelio Ríos Reyes, principalmente. Las tiradas de la publicación no rebasaban los 500 ejemplares, y el último número salió en mayo de 1950.


-Pero, en realidad, no todo quedó ahí. Creo que surgieron otros tropiezos; sin embargo, requiero que precise ¿cuándo toman el estatus de escuela oficial?

 

- «Eso fue el lunes 16 de enero de 1950, y apareció refrendada en La Gaceta Oficial de la República de Cuba como decreto-ley número 316, disponiendo las bases para la reglamentación de la provisión de Cátedras por Concurso de Oposición en las Escuelas de Artes Plásticas; situación que reafirmó los decretos-leyes números 461, del 31 de agosto de 1934, y 74, del 9 de julio de 1935, respectivamente.


«Muchos profesores vieron aquello con excelentes ojos, y decidieron presentarse Exámenes de Oposición sin que existieran opositores. Mostraron sus avales artísticos bien documentados, y se aseguraron de plazas en convocatoria; y surgieron algunos tropiezos, tal como dices, pues casi a mediados de 1950, por motivos falsos, conceptos morales, mojigatería e hipocresía, se decía que la Escuela utilizaban modelos vivos para la realización de bocetos de desnudo artístico, y por tanto no podía compartir espacios en el local de la Iglesia Bautista. Otra vez estuvimos a la deriva, como si la mala suerte pisara nuestros juveniles talones, pero por fortuna apareció un espacio más grande en la calle Juan Bruno Zayas, entre Eduardo Machado y Candelaria.


«Aquí se abonó un alquiler extraído del cobro de la matrícula de ingreso, y luego surgió un presupuesto para gastos, y hasta se construyó un aula de modelado y escultura. En 1951 se estabilizó la Escuela, y Carmelo González, Mario Cordoves y Rolando Gutiérrez, galardonados en la Exposición de Arte celebrada en la Universidad de Tampa, recibieron un homenaje de los alumnos y de la ciudad. Ya comenzábamos a ganar mayoría de edad en el universo de las Artes Plásticas.


- Manolo, necesito una aclaración: ¿los directivos de San Alejandro se cruzaron de brazo ante la oficialización del centro?

 

- No hubo presiones de todo tipo. Solo tres alumnos, en aquel curso iniciado en 1946, concluimos en La Habana: Edelmira Ávalos Gómez, Lidia A. Fleites y yo. Por esa época, Rafael Blanco Estrena, Enrique Caravia y yo, recibimos un homenaje en el Hotel Inglaterra, en La Habana, organizado por la Asociación Nacional de Caricaturistas de Cuba, tras los éxitos en la Exposición Panamericana celebrada en la Universidad de Tampa, Florida. Allí obtengo la medalla de plata por el grabado "Marinero en tierra", y algunos xilograbados míos comienzan a publicarse en la prensa nacional.


- ¿Cuáles?

 

- Bueno, ahí recordaría el "San Francisco de Asis"; "La Virgen de la Caridad del Cobre"; "La Glorificación del Doce de Octubre" y otros que ahora no vienen a la memoria. También está el premio del iv  Salón Nacional de Pintura, Escultura y Grabado de La Habana, conseguido en Julio de 1950.

- Pero, ¿Cómo dice que se gradúan solo tres alumnos en San Alejandro?

 

- Sí, esa es otra historia. Después de muchas batallas en 1952 alcancé el título en San Alejandro, y luego fui a Trinidad a dar clases. Eso es como escribir muchos pliegos de papel, y realmente no quiero ni recordarlos, pero te diré algunos: en la realización de nuestra tesis final, llena de represalias de profesores habaneros, y en particular de Esteban Valderrama, necesitábamos altas calificaciones para conseguir la certificación final; con 8 días en la realización de un paisaje, similar cantidad en el ejercicio de una academia -desnudo del natural de cuerpo entero y al óleo-,  y cuatro horas para esbozar un panel decorativo -con determinado estilo y período histórico-. Era lo exigido también para alumnos de las escuelas de Santiago de Cuba y Pinar del Río, las que por esa fecha ya funcionaban, así como a algunos extranjeros radicados en Cuba.


«En realidad existía una diferencia notable, entre la formación especializada de los estudiantes que asistíamos a la tesis, y con la acumulada por aquellos adiestrados en curso estables de San Alejandro. En Santa Clara fuimos discípulos de una institución en embrión, y habíamos vencido, en un mínimo de tiempo, las asignaturas de colorido con Dolores González Carrillo,  a quien jamás se le conoció ni siquiera una obra; mientras los internados en la institución habanera recibieron lecciones hasta ese año de Romañach, y luego de Valderrama. Igualmente sucedía con paisaje y arte decorativo: en Santa Clara terminamos los cursos de paisaje con Tomas Pedrosa Raymundo, quien, aunque tenía una obra hecha, apenas transmitió un conocimiento total; de ahí cierto empirismo. Fue Domingo Ramos, el Paisajista de Viñales, el encargado del visto bueno a esta especialidad.

 

«Valderrama, y la dirección de San Alejandro, pusieron sus zancadillas, y exigieron la certificación de las asignaturas aprobadas en Santa Clara, y todo debía estar en regla de acuerdo a las contempladas en el plan oficial de enseñanza del centro docente habanero. Así, incluimos dibujos comerciales y de propaganda, y de talla industrial, examinados en la provincia y no incluidos en la Academia. El título se obtenía por revalida, en nuestro caso, al igual que a los extranjeros, ya que no se concebía como hecho oficial nuestra matrícula. Éramos como oyentes que sólo tienen derecho al examen reglamentado.


«Si no aprobábamos los ejercicios de grado que se verificarían en diciembre de 1952, nos ubicarían en el año considerado por el tribunal calificador, y en caso de resultar sobresaliente, no tendríamos derecho a presentarnos a oposiciones para bolsas de viaje y becas al extranjero. Eso, a pesar de todo lo discriminatorio que pudiera parecer, lejos del desaliento, figuró como estímulo. Así, Edelmira Ávalos Gómez, Lidia A. Fleites, y Manolo G. Fernández García fuimos los  tres primeros graduados de aquel curso gestor de la Escuela "Leopoldo Romañach"  de Artes Plásticas de Las Villas.


- ¿Por qué no se graduaron en Santa Clara?

 

- No era permitido según el plan de estudios vigente, ya que el tribunal examinador no podía viajar, el tiempo de clases, aun cuando se venció un plan de estudios, no concordaba entre uno y otro centro y aquí no existían profesores con suficientes avales para otorgar las calificaciones. Eso fue lo que alegaron,  pero, en definitiva,  salimos airosos con nuestros títulos, y en lo adelante todos, en la medida que figuramos como pedagogos, realizamos nuestra labor de pintores y reconstructores de la realidad. Después, si ocurrieron diferentes promociones de graduados en Las Villas, pero te juro que, en aquellos primeros, costó lágrimas, por no decir sangre.»


Manolo, seis décadas después de aquellos primeros balbuceos en la formación de la enseñanza de las Artes Plásticas en predios villareños, se fue al recuerdo. Era necesario ese instante. Ya hace tiempo que no emprende la xilografía, y mucho menos el paisajismo; ahora, tras el esclarecimiento de los hechos contenidos en la historia de la cultura de la localidad, muestra sus últimos trabajos relacionados con el abstraccionismo, la experimentación con el color y la luz, la textura  y la composición.

 

Tal mirada se contiene en lo anecdótico, a diferencia de los primeros surrealistas; en la universalidad desde lo íntimo; en la perspectiva figurativa de las leyes cromáticas y naturales; en la evocación de sensaciones, y también  de los sentimientos y la emoción.

 

Manolo Fernández García, puede que piense en el orfismo, aquella tendencia colorista que cautivó a Guillaume Apollinaire, allá a principios del siglo pasado, cuando intentó la recreación de la realidad y la poesía a partir de la observancia de la exaltación de los cambios de la luz y el color; pero ahí en Varadero, y en toda Cuba, está el pintor dispuesto, a pesar de la edad biológica, a mostrar, con su lucidez inusitada,  muchos sucesos artísticos que, en apariencias, se incluyen como borrascas  contenidas en capítulos inconclusos de esa historia urgida siempre de contar.

 










[1] Juan Carlos Onetti (1997): «Entrevista a María Esther Gilio», p. 14, en Periodismo asedio al  oficio, de Astrid Pikielny, Librería-Editorial El Ateneo, Argentina. 

 

EL «NEGRO» URRIBARRES

EL «NEGRO» URRIBARRES

-Por sus méritos profesionales, modestia como director de Orquestas con el imperativo del pensamiento sinfónico durante más de medio siglo, ostenta la Distinción por la Cultura Cubana, y también la Llave de la Ciudad de Santa Clara, entre otros reconocimientos.

 

 Por Luis Machado Ordetx   

 

              «[...] Gasto en salvas de amor mis últimos cartuchos...»[1]

                                                                            Martí

 

Las alas del interlocutor están en el espíritu. No se contiene en hablar y gesticular, y se cree siempre inmerso en un auditorio. De nada importa que las adversidades físicas impidan deambular con las dos piernas, como antes hacía o parado frente a un escenario, despeñando reconocimientos, exigiendo un acorde preciso o el elogio a un instrumentista.

 

Ahora sus piernas están cercenadas, en una ausencia terrible después de varios accidentes vasculares, pero jamás usted encuentra a este hombre con un rostro amilanado. Todo el tesonero empeño que lo anima, rebota en el sentido de la placidez por el arte, la responsabilidad y esa constancia que por más de diez lustros inspiran desde una vasta carrera musical por escenarios cubanos y extranjeros, y aquí en Santa Clara ancló las profundas raíces en defensa de la Cultura Nacional.

 

Frente a frente, en el esplendor lluvioso de los días, pacté diálogo en la vivienda número 111 de la calle San Pablo esquina Unión, en esta ciudad, actual residencia del músico Rubén Guillermo Urribarres Pérez [Camajuaní, 20 de octubre de 1939], y un interrogatorio ausente de protocolo apriorístico, aguardó el acecho de preguntas incisivas, las cuales salieron raudas debido al conocimiento previo de los avatares un artista que en predios de la ciudad no requiere de muchas presentaciones.

 

El «Negro», llamado así desde que vino al mundo tras un alumbramiento a término de su madre, dio los primeros pasos culturales en el contexto del hogar. Igual ocurrió a sus hermanos Rafael (Tite) y Rebeca -músicos profesionales con años de ejercicio en la percusión o la dirección coral, respectivamente-, al respirar lecciones literarias por vía materna, y de bailes por cercanías paternas, así como del solfeo o la teoría que insuflaban los tíos, integrantes de una reconocida Banda de Música en el terruño camajuanenese.

 

No faltaron en esos tiempos las confrontaciones de piquetes de changüí en tiempos de lides parranderiles entre Chivos y Sapos. Sin embargo, fue en la Academia de Música de Camajuaní, de la mano de Conrado Montel Peñasco, director de la Banda, y luego de Emilio Vizcaíno y de Benigno Seijó, donde surgió la decisión de adentrarse en el estudio de la trompeta, primero, y después de la percusión, para, a los 12 años, en 1952, debutar con nombramiento como instrumentista en las retretas que efectuaba la institución artística en plazas y lugares públicos de su ciudad natal.

 

-           ¿Fue ahí donde comprendiste que tu futuro estaría ligado a la música?

 

-           «!Sí! De la casa, aledaña a la Academia ubicada en la antigua calle Sánchez Portal, salía vestido con un elegante traje y gorra de plato para ensayar o hacer presentaciones; junto a músicos mayores, muchos bastante adultos, aquello constituía una lección pedagógica y de superación. Después, en 1959, ingresé a la Banda Militar de la Fortaleza de La Cabaña, comandancia que dirigía el Che, a quien contemplé en varias ocasiones durante los almuerzos en el comedor de los soldados. Allí también aprecié a Camilo, y comprendí la hermandad que unía a ambos guerrilleros.  

De ahí pasé a otra Banda, perteneciente a las Fuerzas Tácticas del Centro, agrupación militar radicada en Santa Clara

-           ¿Es cuando surge el vínculo con Jiménez Crespo?

 

-           «Mira, Agustín tenía en 1960 la encomienda de organizar la Sinfónica de Las Villas. En Camajuaní escuché pormenores de su labor musical, pero el contacto surgió cuando él acudió a un concierto que ofreció la Banda de La Habana, a la que yo pertenecía entonces, y al concluir la presentación artística ofrecida en la sede de la actual Biblioteca Martí en Santa Clara, el hombre se me acercó para elogiarme, y con tremenda humildad digo:

 

 

                         -¡Maestro, soy de Camajuaní!

 

                         - ¡¿Cómo!?, estoy formando una orquesta y desearía que la integraras, pues tienes condiciones como timpanista, en la percusión. 

 

                      -  ¡Bueno!, si usted lo cree, gracias.

 

«Eso fue todo el diálogo. No sabía dónde meterme con tantas miradas encima.  Surge el licenciamiento de la vida militar, y entonces se estructura la Orquesta Sinfónica de Las Villas. Aparecen ensayos y contratos con la Banda de Santa Clara. Agustín decía que ahora pasarían al olvido las historias de agrupaciones musicales que antes dirigió, pues contaríamos con un presupuesto económico, incluso locales de ensayos y teatros, para funcionar con armonía

 

-           ¿Nace el período de superación profesional?

 

-           «Claro. Todavía estaba verde, como alegan. Aprendí cualidades de Jiménez Crespo en el terreno de la docencia, la dirección y la responsabilidad profesional. Agradezco que me enviara a La Habana para recibir lecciones de Domingo Arajú, timpanista de la Sinfónica Nacional, y de dirección de orquesta en el Conservatorio García Lorca, en Marianao. Al unísono, recibí un curso similar en el Conservatorio Provincial de Santa Clara, ubicado en el antiguo Liceo, y asisto a clases de solfeo, teoría y armonía. Ahora que soy un viejo recuerdo aquella lección del ruso Slonimsky, quien plantaba que un músico estaba formado a los 25 años de ejercicio profesional. Tenía un hambre enorme por crecer ante las habilidades que exige la partitura que colocas en el atril»

 

 

-   No obstante, ¿hay una etapa intermedia que no mencionas mucho, referida a la vida en centros nocturnos?

 

-   «Siempre hice ese tipo de espectáculos, porque creo que un músico que disfrute el arte tiene que pasar por diferentes tipos de agrupaciones y estilos. En 1965, tras concluir una oposición, dirigí la Orquesta del Cabaret del Hotel Jagua, en Cienfuegos, y recuerdo que esa jazz-band acompañó en el show inaugural a Elena Burke, Miguel Ángel Ortiz, una excelente media voz, a Los Papines, y a los bailarines Ana Gloria y Rolando. Después se abrió similar proyecto en el Cabaret Venecia, el Cubanacán y el Ochoa Club, todos en Santa Clara, hasta que surgió...»

 

 

  ¿Qué?, la orquesta de Música Moderna de Las Villas.

 

-   «Sí, fui uno de sus organizadores y director. El pasado año cumplió cuatro décadas de fundada, y estuve en su conducción hasta 1972, disponiendo de un formato propio de jazz-band, era considerada como una de las mejores del país. De buenas a primera se desbarató a finales del pasado siglo. Su resurgimiento no sería ahora de gran utilidad, aunque podían hacerse intentos por instituir «piquetes» para encuentros específicos en espectáculos de magnitud

 

 

-   ¿Y el Ballet?

-   «A la Orquesta del Ballet Nacional de Cuba, con sede en el teatro García Lorca, voy accidentalmente por la propuesta del amigo Fabio Alonso, y las exigencias de José Ramón Urbay -director titular allí-, para que asumiera los exámenes de oposición. Gané la plaza, era una de las dos batutas de esa agrupación, y en 1972 asumí todo el repertorio de acompañamiento musical a las coreografías, hasta que aparecieron las giras por más de 20 países europeos y sudamericanos, en los cuales conduje las Sinfónicas del Bolshoi, en Moscú, de Madrid, y también de Praga y...

 

«El director viajaba antes del resto de la compañía danzaria, y preparaba los ensayos musicales según los programas de repertorio; aquí surgió el disfrute de los estilos románticos y clásico, incluyendo el barroco de Bach, Handel, la inspiración de Tchaikovsky, Mussorgsky, Mozart, Beethoven, Wagner. Podría citar a otros importantes compositores.

 

«Fue una etapa fructífera; de consagración de la carrera; de disciplina, de aprendizaje. No todo músico alcanza tal estatura ante instrumentistas foráneos, con barreras idiomáticas, pero anclados todos en un idéntico lenguaje: la música.

 

«El Ballet es la institución más prestigiosa de la Cultura Cubana, y sus méritos se basan en la fidelidad, la calidad artística, la disciplina de trabajo impuestas por Alicia y Fernando Alonso y los métodos pedagógicos que utilizan sus maestros. Aprendí que era necesaria la constancia y la responsabilidad, sin desdeñar la humildad, para lograr altos peldaños, sobre todo en la música. No tengo dudas de la validez en esa afirmación.» 

 

-                           ¿Porqué si todo iba con excelencias, de inmediato regresas a Santa Clara?

 

-   «A solicitud de las instituciones de aquí, para dirigir la Sinfónica. Era 1977, y de veras fue un compromiso del cual no me arrepiento, pero en realidad jamás quise venir. Ya vez aquí estoy como director titular de la orquesta y acudo a ella cada vez que me llaman. Son casi 30 años en su conducción. Hace unos meses, desde mi silla de ruedas, dirigí un concierto en que se tocó la Obertura de la Sinfonía «Del Nuevo Mundo», de Antonini Dvórak, uno de mis músicos preferidos

  ¿Cuáles son las cualidades que distinguen a un director?

 

«Me introduces en un quebradero de cabeza. Aparte del talento, el estudio, es una profesión difícil en la que actúas de líder, de ejemplo y responsabilidad; de conocedor de psicologías; de pedagogo. Eres algo así como un Jefe de Estado, y perdona la comparación, porque claro, te eriges en artífice de cuanto ocurre dentro y fuera del escenario. Cuando en el Ballet los danzantes, incluyendo primeras figuras, se quejaban del agotamiento físico, Alicia Alonso mostraba disciplina en los tabloncillos y era la primera en llegar y la última en irse. Ahí radica la constancia, el ejemplo. En una orquesta te enfrentas a 50 músicos; son personas diferentes, con problemas diferentes, y un solo hombre agriado puede estropear la calidad de un ensayo o un concierto. No obstante, el director tiene que mostrar talento y prestigio para ser respetado. Tampoco puede ser grosero; recuérdate que es un pedagogo más

 

-                                   ¿Cómo surge la Orquesta de Cámara?

 

-   «No es un engendro, sino la reunión de 14 músicos, instrumentistas de cuerdas, y percusión cubana, con un amplio repertorio de selección nacional y extranjera, sin discriminación de estilos. Surgió en 1992 ante las dificultades de presentaciones de la Sinfónica. Jamás constituyó un proyecto presupuestado. Fueron muchos los conciertos iniciales y las aceptaciones del público.

 

 

«Es una orquesta con perfiles docentes. Jamás hubo una de su tipo en Villa Clara. Recesó por un tiempo sus presentaciones debido a mi enfermedad, pero en el último año y medio tiene acumulados 46 conciertos, con actuaciones de 52 unidades artísticas: solistas, agrupaciones de pequeño formato y estudiantes de los niveles elemental y medio que cursan estudios en la provincia

 

-   ¿Y el público?

 

-   «Primero déjame decirte una cosa: la música sinfónica no tiene una política de difusión y de conocimiento público, sobre todo en provincias. Sin embargo, la escuela Cubana de Música es prestigiosa, con una sólida formación de instrumentistas, y al estructurar un repertorio, el público lo es todo, y merece el mayor respeto. El arte es para la gente y jamás se colocará en urnas de cristal. Carecería de sentido, y eso derriba conceptos de dificultad, de entendimiento. Hay públicos desconocedores de tal estilo o artista; no obstante cuando la música está bien hecha, es aceptada y los aplausos  demuestran devoción. ¿Cuántos recorridos se hicieron por serranías cubanas, donde hombres y mujeres jamás vieron en la vida un Ballet, un Teatro Lírico o una Sinfónica? Cientos, respondería. El disfrute del arte no tiene fronteras, sexos, razas y tampoco edades ».

 

La lluvia de la tarde tiende a cesar, y al despedirme de Urribarres me voy convencido de que el músico jamás termina, aun cuando todo lo que hace en materia de arreglos y orquestación o copia sea a la «antigua» con un papel y un lápiz.

 

No importa que sus dos piernas, ausentes ahora, no permitan caminar como antes lo hacía, recorrer de punta a cabo, entre atriles, los confines de un escenario. Hoy con tanto tiempo entre la música, sin los artificios que tienden a envanecer a otros, este hombre, conocedor de las circunstancias en que se compuso una pieza, por remota que sea la autoría, vive pendiente de los estados de ánimo del artista, de la historia, la psicología y la respiración de una época. Solo así se entiende el sentido de la música que vibra en toda su inspiración.

 


[1] José Martí (1963): Obras Completas, tomo 20; p. 283. La Habana, Editora Nacional de Cuba.

 

VIBRAFONISTA DE JOYA

VIBRAFONISTA DE JOYA

Por Francisnet Díaz Rondón

 

«¿Qué hará esa blanquita metida en percusión? ¡Está loca!», expresaron de manera prejuiciosa escépticos del Conservatorio de Música Amadeo Roldán, de la capital cubana, al observar a una delgada y tímida muchacha de piel caucásica, pelo rubio y ojos azules en el instante en que matriculó esa especialidad, reservada principalmente a los hombres durante épocas pasadas.

 

Pero, una vez más las apariencias engañaron a más de uno, cuando aquella «extraña» estudiante demostró con creces que a la música se le entra con el corazón, y no con razas ni sexos.

 

Al final muchos tuvieron que inclinarse ante Tamara Castañeda Rodríguez, quien, a base de puro talento y dedicación, demostró que en cuestiones de ritmos y armonías estaba echa de un material de tanta calidad como la del mismo vibráfono, instrumento,  devenido ahora en sentido de su vida.

 

Graduada en 1999 en las especialidades de percusión y piano, la corta carrera de esta joven tiene éxitos: primeros premios en concursos -entre ellos, uno Especial por la autoría del tema «A mi manera», propuesto luego por los académicos para formar parte del programa nacional de Enseñanza Artística-; participante en varios festivales Jazz Plaza junto a estrellas como Bob Chilson y Roy Hargrove; ganadora del Gran Prix del Concurso JOJAZZ 2001; invitada por Chucho Valdés al Festival de Jazz de Isla St. Marteen, y actuaciones en escenarios con grandes de la talla de Hernán López Nussa, Mayra Caridad Valdés, Sexto Sentido, Changuito, Julio Barreto, Carlos Emilio, Jorge Reyes, Jorge Luis Chicoy y el estadounidense Steve Colleman, entre otros, avalan su sorprendente trayectoria.

 

Por tercera ocasión visitó Santa Clara, «una ciudad con un público increíble», para actuar de manera especial, junto al trío villaclareño Sonus Jazz, en el espacio JAZZ' TA, con sede en el Centro Cultural El Bosque, de ARTEX.

 

-Tamara ¿cómo llegas al vibráfono y por qué esa preferencia ante los demás instrumentos?

 

-Para graduarme del Amadeo Roldán necesité comprarme un vibráfono. Este estudio, casualmente, solo se imparte en el Instituto Superior de Arte (ISA) donde, por cuestiones personales, no pude continuar la docencia. No obstante, decidí continuarlo en casa por mi cuenta y me enamoré de él de inmediato.

«Yo primero recibí clases de piano básico, luego percusión, y las cualidades armónicas y percutidas del vibráfono reúnen perfectamente ambas especialidades. En él hallé el camino del jazz dentro de mi carrera.»

 

-     Desde niña recibiste una formación musical en varias etapas. ¿Cómo han influido en ti esos conocimientos?

 

-Todo lo que hecho musicalmente me ha servido para lo que soy. Empecé a los seis años a estudiar  piano con una profesora del vecindario, quien me introdujo en el Conservatorio Manuel Saumel. El tiempo vivido allí es irrepetible, por la preparación obtenida. Recuerdo a la profesora Elisa Escribá, y sus influencias. Cada etapa ha sido de grandes experiencias muy provechosas. En pocas palabras: hoy no fuera vibrafonista si no hubiese tenido esa preparación previa y tan buenos profesores».

 

-¿Qué ha representado actuar junto a Chucho  Valdés?

 

-Ese es el regalo de mi vida, ¡qué puedo decir! Cuando me presenté en el concurso JOJAZZ -que por cierto, confieso aquí, por primera vez, que no fui por mi voluntad, pues mi amigo Carlos Alberto Rosel, me inscribió por su cuenta- al ganar el premio del jurado, presidido por Chucho, él me invitó a tocar juntos en un concierto. Aquello me pareció un sueño.

«Trabajar con él permitió una visión mucho más amplia de la carrera, no solo musicalmente, sino también desde el punto de vista ético, de cómo uno asume la profesión. Chucho es un gran maestro y para cualquier músico es un privilegio estar a su lado».

 

 -Háblanos de tu disco Saboreando...

 

-Lo considero un gran disco. Está compuesto por doce temas, de la autoría de Chucho Valdés, Michel Camilo, Virgilio (Yiyo) López y algunos textos míos. Tuve la suerte de contar con Alexis Boch (piano), Julito Padrón (trompeta), Oliver Valdés (batería) y Jorge Luis Chicoy en la guitarra. Es de jazz latino, fundamentalmente, aunque incluí también  joropo venezolano, conga y bossa nova. La producción musical corrió a cargo de Joaquín Betancourt.

 

-¿Qué representa Villa Clara para ti?

 

-Un lugar maravilloso lleno de amigos y de un público increíble. Me enamoré de esta provincia desde la primera vez, se lo digo de todo corazón. Y Santa Clara es una de ciudades más culturales que conozco. Siempre estoy dispuesta a acudir aquí cada vez que quieran. Para mí es un regalo tocar en Santa Clara.

TROMBONÍSIMO

TROMBONÍSIMO

«Toda nuestra dignidad consiste en el pensamiento»

                                                                                  B. Pascal

 

Por Byron Machado Matamoros

Graduación del Nivel Medio de Música, especialidad de Trombón, Escuela Profesional de Arte «Samuel Feijóo», de Villa Clara, situada a 260 kilómetros al este de Ciudad de La Habana.

Justamente, tal vez sea el primer instante para el disfrute de ustedes, como la  contemplación de Sísifo en la soledad misteriosa del ascenso a la colina, ese impulso que ahora anima a amasar las  «estrellas y ¡crecer, crecer, hasta lo inmensurable!» de todo espíritu.

 

Indetenible por la constancia; las dedicaciones de otros -los pedagogos legionarios-; el bregar y la visión  propia; el rocío entre las sienes en horas alejado del perenne jugueteo de la infancia, y  también del beneplácito de la inocencia que queda atrás, esa propulsión para coronar a quienes creyeron como cíclopes en la persistencia del colibrí libador de las esperanzas que refulgen en los atributos del arte y, que por supuesto, habitan en este soplo de acompañamiento.

 

Aquí estoy, inmerso en un «Trombonísimo-Concierto» luego del vencimiento de todo lo que agota en medio de un oleaje vertiginoso que tiende, en lo adelante, a remontarse hacia otras necesarias energías dentro del recubrimiento de luces o los sueños dispersos por cualquier hálito de inspiración.

 

Sí, emerjo aquí, es por ustedes, maestros todos; también por el esfuerzo legado a la nobleza del tiempo; por el temple de la historia; por el coloquio amistoso y caprichoso con los sonidos; y de similar modo con el timbre y el goce de la belleza encarnada en el sentido del soberano, perpetuo e insuperable instrumento: mi trombón.

 

Gracias a ustedes por la estancia en el concierto; tributo al auditorio que  insufla aires a esta vocación que ahora los acompaña: la esencialidad del músico.

                                                   PROGRAMA                                              

  • Sonata en Fa menor, George Frideric Händel [1685-1789]
  • Cavatina, Charles Camile Saint-Saëns [1835-1921]
  • Concierto para trombón y piano, Nikolai Rimsky-Korsakof [1844-1908]

                                                   INTERMEDIO

  • A Portrait, George Gershwin [1898-1937]
  • Summertime, Edwin Du Bose Hayward [1845-1940] & George Gershwin

 

 

 

ESCRITORES Y PERIODISTAS

ESCRITORES Y PERIODISTAS

Por Luis Machado Ordetx

Doce meses no representa tanto tiempo transcurrido, de acuerdo al punto de vista de cada cual. Sin embargo, cuando se trata del balance establecido en el intercambio profesional entre periodistas y escritores      -según los convenios entre los respectivos Congresos de la UNEAC y de la UPEC-, en aras de la promoción, la superación, la defensa de nuestra cultura e identidad nacionales y, por supuesto, el diálogo y la confrontación de ideas referidas al contexto artístico-literario, el saldo definitivo adquiere ribetes superlativos.

Eso reafirma la distinción de la locución latina «Mutatis mutandis»   -cambiando lo que deba cambiarse-, signo que marcó el inicio, el 20 de octubre pasado -Día de la Cultura Cubana-, de «La Voz del Otro», proyecto patrocinado por el Centro Provincial del Libro y la Literatura y coordinado por la UPEC en Villa Clara, empeñados ambos en afianzar la promoción y la divulgación de la obra última de nuestros creadores y sistematizar los espíritu de superación profesional.

Junto a las actividades que acontecen en el Proyecto Ateneo que suscribe la librería Pepe Medina, así como las tertulias «El Viajero» -Terminal de Ómnibus-, «Las Tardes de Eva» y «La linterna mágica», en la sede institucional del Libro, así como «No son todos los que están» -Unidad Militar 1656-, «Posesión de la espera» -Centro de Desarrollo para la Salud-, y «Otro espacio para la Literatura» -Escuela de Trabajadores Sociales-,  las sesiones efectuadas en la Casa de la Prensa, en la calle Céspedes número 22, esquina Maceo, abren horizontes amplios a los vínculos comunitarios y el discernimiento y defensa de la cultura regional y nacional.

Es un espacio, al igual que los restantes, donde impera un criterio caracterizado; de entrada libre de públicos, y en el cual se prioriza un tema. En el caso de «La Voz...», aspectos de superación profesional referidos a los géneros periodísticos, interioridades y relaciones entre la historia, la literatura y también la cultura, así como las expresiones artísticas en soporte digital o las teorías expuestas por Lezama Lima sobre «La expresión americana» y de «Los contextos», de Carpentier, representaron tópicos analizados en el período precedente.

Sin duda, tanto periodistas como escritores, con similares herramentales, reconstruyen desde sus apariencias individuales las realidades pasadas o cotidianas, y allí el hombre, con sus aspiraciones, itinerarios o asideros, compone el centro de los escritos, de la palabra oral, del gesto y la imagen televisiva. De eso se trata en el diálogo sistemático que enfoca «La Voz...», con atributos que tienden a insuflarse en lo perspectivo por la presencia mensual de una parte distinguida de casi un centenar de escritores villaclareños en intercambio con periodistas.

En lo adelante, tal como ahora sustentan los derroteros de «La Voz...», y también los acuerdos entre el CPLL y la UPEC, hay programas definidos en los que prima la defensa, promoción y difusión de los valores que enriquecen el conocimiento de la cultura cubana y de todos los puntales surgidos desde tiempos en que apareció el brote indoblegable de nuestra nacionalidad.

«La Voz del Otro», en esa reciprocidad entre periodistas y escritores, a la par que insiste en la sensatez permanente, estableció, como todos los espacios institucionales, un pacto de compromiso con la realidad, con el pueblo y las esencias que reconstruyen los creadores desde una perspectiva en que sitúa al hombre como centro de las miradas diarias. 

 

MÚSICOS ENTRE CANARIOS

MÚSICOS ENTRE CANARIOS

Por Luis Machado Ordetx

Por instalaciones de Santa Cruz de la Palma, Isla Canarias, anda el  Quinteto Criollo en constantes exposiciones del festival «Sabor a Cuba», promocionado por el proyecto Son y Salsa Agroturs Canarias S. L, y de acuerdo a puntualizaciones del sitio digital www.agroturs.com, el delirio de los habitantes y turistas de allí corre al unísono de las canciones que interpretan Ernestina Trimiño y Juan Campos, acompañados de los acordes instrumentales de Pedro Pérez Quintero (bongóes), Alberto Arteaga Gutiérrez (laúd) y Mario Manuel Gutiérrez Díaz (contrabajo), quines hoy actúan en la Sociedad Atlántida de San Pedro, en Breña Alta, sitio al que concurrirán, como un «arrastre de mar», muchos admiradores de nuestra música tradicional campesina y trovadoresca.


El empresario Herbert Eppelsheimer es el patrocinador del encuentro, dice un email de Mario (Mayito) Gutiérrez, recién llegado a la redacción Cultural de Vanguardia, el cual subraya: «Siento el orgullo de integrar un colectivo de músicos que se fortalece y se une cuando sale a cumplir cualquier misión cultural fuera de nuestras fronteras y actuamos aquí con el mismo amor y calidad con que lo hacemos en Caracas, Cifuentes, Maracaibo, Guaracabulla, Tobago, Placetas, San Juan de los Morros, Calabazar de Sagua, Santa Cruz de la Palma o La Habana. Para nosotros todos los públicos son iguales y merecen respeto».


Hasta el presente, el Quinteto Criollo, después de cumplir en abril 12 años de existencia, hace su primera salida a España luego de cumplir los primeros compromisos internacionales en Venezuela y Trinidad y Tobago, y de acuerdo a partes informativos, tuvieron presentaciones recientes en una emisora de radio de La Palma, con transmisiones en FM, así como en la Casa de Casa de Cultura El Paso; ofrecieron un concierto en San Andrés y Sauces -junto a los poetas espirituanos Raúl Herrera y Roberto Pérez-, y anteayer acudieron de invitados al Teatro Chico, en Santa Cruz,  mientras el viernes intervinieron  en la Villa de Teror, en Gran Canaria.


Una vez más, nuestra música, esa que late del folklore guajiro, y también de la vital tradición trovadoresca de principios del pasado siglo, hace justa gala de ensoñaciones entre el público hispano; incluso, capaz de barrar fronteras idiomáticas, deja un contagio sonoro del cual nadie escapa en el despeje jerarquizante del tímbre, la melodía y la metáfora engalanadora.

A eso, por supuesto, siempre tiene acostumbrado cada actuación sencilla y embrujadora del Quinteto Criollo villaclareño.

 

Réquiem por H.S.

Réquiem por H.S.

Por Luis Machado Ordetx

Humberto Solás, el mítico realizador del cine cubano con una obra enraizada en la historia y la recreación literaria nacionales, acaba de fallecer, y desde Santa Clara rendirán en noviembre un cálido homenaje que promete la presencia de una gran parte de la más descollante de sus filmografías, así como la asistencia de Adela Legrá y Eslinda Núñez, dos de las inseparables actrices que lo acompañaron en la legendaria cinta «Lucía» (1968), filme que hizo declarar a críticos de la revista canadiense Take One que «Cuba había encontrado su Einssenstein».


El pasado año la dirección del Cine Club Cubanacán afirmó que el vigésimoquinto Festival de Invierno estaría dedicado a las cuatro décadas de existencia de «Lucía» y al reconocimiento de Solás, pero la muerte de este creador sorprendió casi en la víspera a las sesiones teóricas y exhibición competitiva de un certamen nacional que surgió al calor de las iniciativas del villaclareño Miguel Secades.


No obstante, dijo Rolando Rodríguez Esperanza, los cines e instalaciones culturales de la provincia mostrarán una parte significativa de la obra de Humberto Solás, entre las que cuentan: «Manuela» (1966), «Lucía», «Un día de Noviembre» (1972), «Cecilia» (1982), «El Siglo de las Luces» (1992), así como otras piezas de merecido valor estético e histórico: «Amada», «Un hombre de éxito» y «Miel para Oshum».


De ese modo, indicó Rodríguez Esperanza, uno de los más representativos artífices de la filmografía cubana de la segunda mitad del siglo pasado y lo que corre del presente, y el inspirador de las jornadas de Cine Pobre de Gibara, estará en noviembre el recuerdo permanente de los cinéfilos villaclareños.

«IKE» TRAJO MAYORES SOPLOS ESPIRITUALES DEL ARTE

«IKE» TRAJO MAYORES SOPLOS ESPIRITUALES DEL ARTE

Por Luis Machado Ordetx


Guitarra en mano, en zonas urbanas y periféricas de Baracoa, la Ciudad Primada de Cuba, llegaron este miércoles los trovadores villaclareños Diego Gutiérrez, Alaín Garrido y Leonardo García, acompañados de jóvenes integrantes del Grupo de Teatro Escambray, dispuestos a realizar aquí presentaciones artísticas en las más apartadas comunidades de este territorio afectadas por los estragos que provocó el huracán Ike a principios del pasado mes cuando inició su trayectoria de azote a los territorios de la costa nordeste de la isla, muy afectada por los fuertes vientos y las constantes precipitaciones.


Los trovadores y actores de Villa Clara formaron la primera de las brigadas artísticas organizadas por la Dirección del MINCULT en esta  provincia central, y tras el periplo de unos 760 kilómetros por carretera, se afanarán durante varias jornadas culturales, de presentaciones ante colectivos obreros, estudiantiles y hospitales, de mitigar el cansancio físico que provoca restañar los daños materiales causados «Ike» con el montaje de puestas en escena y canciones de la más joven generación de intérpretes cubanos.


No importa el lugar al que arriben: Punta de Duaba, Sabanilla, Jamal, Boma, Guaso, Cabacú, el Yunque de Baracoa, Nibujón o la Sierra de Curial, pues allí, como ocurrió en hornadas anteriores y otras que vendrán de artistas cubanos, trasciende el tono de la espiritualidad, el humanismo y la confianza por rebasar las adversidades que dejó el devastador ciclón «Ike» por todo el territorio nacional.


Allí, a la provincia de Guantánamo, en Baracoa, sitio  de una riqueza musical sin precedentes en la Cultura Cubana, de fuerte asentamiento aborigen de tendencia agroalfarera, cuna del son y el changüí, así como de la estancia de La Cruz de la Parra, traída por Colón en 1492, los trovadores Gutiérrez, Garrido y García, ofrecerán sus originales composiciones, recordarán las sesiones de «A Guitarra Limpia», del Centro Pablo de la Torriente Brau, de la «Trovuntivitis» de El Mejunje radicado en Santa Clara, y hablarán de cómo los villaclareños, al igual que todos los habitantes de esta Isla, recuperan a cada instante las afectaciones materiales sufridas por el sinistro ciclón.  


En tanto, los más jóvenes del GTE, próximo a cumplir cuatro décadas de fundado por Sergio Corriri y Gilda Hernández, llevarán un mensaje de optimismo con piezas tan emblemáticas como «El retablillo de Don Cristóbal», de García Lorca, y formularán un compromiso de retornar nuevamente para presentaciones en zonas montañosas de la Sierra de Purial, tal como acostumbran a hacer en el macizo central de Guamuhaya.


Después del regreso de esta primera brigada artística de Villa Clara que recorre comunidades de Baracoa, se alistarán otras con idénticos pareceres, integradas por Los Colines, Javier y Raquel y su Magic Show, así como por trovadores y escritores, insufladores de la espiritualidad y hermandad que reclaman los coetáneos de esta Isla inmersa en un mar de gigantes dispuestos a derrotar las adversidades naturales de una temporada ciclónica con pronósticos de fuerte actividad sobre el territorio nacional.