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PUCHO LÓPEZ, EL RINCÓN DE LOS HEREJES

PUCHO LÓPEZ, EL RINCÓN DE LOS HEREJES

 

Por Yusnel Fleites Martínez

yfleites@yahoo.es

Sección semanal que aparece en las páginas impresas de Vanguardia, Villa Clara, Cuba

 

A Pucho López -alias Víctor López Jorrín- poco le faltó para nacer genio. Se dice que a los tres años ya tocaba piano, y que a los cuatro estudiaba formalmente el instrumento. Y que conste, si a los cinco no compuso una ópera fue porque el padre -su maestro de entonces-, no le permitió acercarse a una partitura hasta cumplidos los 11, momento en que, además de iniciarse en los misterios de la orquestación y la composición, debía completar su aprendizaje del clarinete y el contrabajo.

 

Por cuestiones de espacio no podría referirse aquí una cronología completa de su precocidad profesional. Pero basta un solo ejemplo a modo de síntesis: a los 15 años  ya era el arreglista de Los Fakires, fecha en que también hacía sus primeras incursiones en el no tan nuevo género Fusión. En sus propuestas de entonces se apreciaba el hermanamiento sonoro del jazz, el rock, y los ritmos tradicionales cubanos. (Sí, porque ese Pucho que ustedes ven ahora ahí perteneció a una banda de heavy metal en su natal  Placetas).

 

Nada, que el personaje melenudo de la telenovela cubana bien pudiera estar inspirado en la vida de nuestro hereje de hoy.

 

Ya un poco más grandecito se la agenció para figurar en todo tipo de proyectos: ha compuesto música para ballet, cine, televisión, y ha participado en la producción de nada más y nada menos que 50 discos. Guarda, además, varios premios en concursos nacionales e internacionales. (Su más reciente éxito fue en el último Guzmán, por el arreglo musical del tema Detrás del tilo, del coterráneo Leonardo García, y defendido por otra del patio, Vionaika Martínez).

 

En lo personal Pucho se distingue por ser un afamado explorador (aburrido de visitar América, Europa, Asia, y África, planea llegarse un día de estos hasta Oceanía); por ser un gran conversador, por sentir una casi enfermiza predilección por helados y refrescos, y por pertenecer a una familia en la que hasta el gato toca algún instrumento.

 

«Ya usted ve» -como él mismo diría-, de todo uno se entera.

CAROLINA VISTE LA CALLE

CAROLINA VISTE LA CALLE

 

Por Luis Machado Ordetx

 

El «Autoretrato», pieza digital compuesta por la fotógrafa y diseñadora Carolina Vilches Monzón, fulgura como ensueño de locura, tal vez acentuado dentro del cubano que se mueve en una cotidianidad y pugna por la búsqueda de lo «eterno» imposible albergado en una imaginación  determinada por la idiosincrasia y el ser nacional.

 

Así lo atestiguó Lezama Lima en sus arranques de la Teleología insular, y un tiempo atrás confirmé la perspectiva en ocasión de la primera exposición fotográfica que organizó la artista, fecha en que mostró peripecias y juegos con lentes y software. Fue un acontecimiento que aprecié en el discurrir de esos instantes perfeccionistas del detalle y la inmediatez del discurso, propios del modo de hacer en que equilibra el tiempo libre, alejada de compromisos hogareños.

 

Vinieron premios, válidos para reconocer la paciencia familiar,  y ahora la localizo inserta en un proyecto artístico -amén del sentido que ampara al colega y su eticidad-, auspiciado por la Casa de la Ciudad: «Imagen Arte», sitio en que comulgan estudiantes de pintura y asiduos visitantes a la TRD «Siglo XX», en Boulevard y Máximo Gómez, en Santa Clara.

 

Allí, como uno más, choqué por azar del destino con dos de sus piezas de arte digital; incluso, indagué por el modo y la forma en se acercan a la comunidad, y por sorpresa aduje que existía tal proceder en otros lugares, pero no a la altura y significación del precedente.

 

De tal yerro sacó Walfrido Ravilla, animador del proyecto, quien testificó que, desde un año atrás, unos diez artistas villaclareños confraternizaron con la colectividad asidua a la entidad comercial.  Luego esos hacedores, al paso de unos instantes, dialogan sobre técnicas creativas con estudiantes vinculados a la galería «Encuentro» de la Casa de la Ciudad.

 

Aquí se atesoran valiosas piezas de coterráneos, residentes o no en este terruño, mientras por los vestíbulos del recinto comercial circularon con anterioridad, tal como comprobé, nombres tan significativos como Róger Echevarría, Amílkar Chacón, Juan Ramón (Yiki) Valdés, Raúl Santos Serpa y Tomás Rodríguez Toledo, entre otros.

 

En octubre se espera que asista la insustituible Aída Ida Morales, fecha que saludará el Día de la Cultura Cubana, y será ocasión para otro topetón artístico.

 

Ahora, Carolina Vilches Monzón, con sus fotografía, no requiere -tanto en la recreación periodística o artística-, de mucha presentación, dadas las pericias y juegos que logra en la reconstrucción fotográfica de la realidad, del fragmento que escapó a la pupila o del minuto que late en el recuerdo.

En arte digital, gracias a la paciencia de composición, y a la minuciosidad del orfebre que espera la búsqueda del detalle, persiste una nota de acentuación, de respeto y sinceridad ante la imagen y la expresividad del discurso.

 

Sin embargo, en ese ambiente de «locura» creativa, de voracidad «selvática» en que los fragmentos quedan apresados en la verosimilitud de una realidad, aparece moteada por una contraposición entre lo que se exhibe: «Autorretrato» -pieza legendaria y con galardones en certámenes internacionales- y «Sueños rotos», vertiente que juega ab libintum con la carga onírica y la fusión sensual del cuerpo.

 

Hay una ruptura, es lógico, no ex profeso, sino (re)pensada para que el otro ofrezca una valoración; y ahí precisamente Vilches Monzón aprisiona el talle y corona mayores pretensiones en el gusto por la naturaleza sensual que envuelve toda realidad.

  

ESCRITORES REMEMORAN HISTORIAS DEL CHE GUEVARA

ESCRITORES REMEMORAN HISTORIAS DEL CHE GUEVARA

Por Luis Machado Ordetx

En ocasión de las cuatro décadas de la caída del Guerrillero Heroico, Che Guevara, en tierras de Bolivia, mañana se hará una feria del Libro en áreas del parque Vidal, a unos 270 kilómetros al este de la capital cubana, se expenderán textos relacionados con la vida y el ideario revolucionario del inmortal combatiente de las epopeyas históricas de América Latina.

Santa Clara toma mayor connotación en las actividades programadas en la recordación de la efeméride, al perpetuarse aquí la batalla que dirigió el Che para dar al traste con la hegemonía del gobierno de facto de Fulgencio Batista, y disponer de entidades socio-económicas que inauguró Guevara, entonces ministro de Industrias y guardar en la Plaza de la Revolución sus restos y los del Destacamento de Refuerzo que lo acompañó durante la travesía por suelo boliviano.

La librería Ateneo, desde horas tempranas ofertará la historieta, Che nada más, así como La conquista de la esperanza, y por la tarde escritores villaclareños que estudian la obra del Che y sus compañeros de lucha, expondrán las experiencias personales en las realizaciones de entrevistas, investigaciones y discursos poéticos o narrativos.

Allí se espera la presencia de los periodistas Alicia Elizundia Ramírez y José Antonio Fulgueiras Domínguez, así como de Alexis García Artiles y Mayra Mendoza, mientras en el Café Literario habrá un encuentro con Luis Pérez Castro, Maylén Domínguez Mondeja, Pedro Llanes Delgado, Caridad González Sánchez y Jorge Luis Mederos Betancourt, poetas ganadores de ediciones del  concurso Ciudad del Che que auspicia la UNEAC en Villa Clara.

Luego, la Librería Pepe Medina, acogerá a un grupo de combatientes villaclareños que integraron de la guerrilla cubana que comandó el Che en el Congo en los inicios de la década de los 60 del pasado siglo.

TAN (DE ARMAS)

TAN (DE ARMAS)

 

Por Luis Machado Ordetx

 

(Testimonio del declamador villaclareño Severo Bernal Ruiz, integrado al dossier del investigador).

 

 

                                                             

 

El olor a madera podrida, esa que recala en la orilla, siempre rociada del salitre y el vaivén y el frescor que traen las olas, extasió a Ramiro de Armas, un poeta que desde Caibarién desafió con los versos las desdichas humanas, tal como acarreó un seudónimo que lo trasladó, junto al enflaquecimiento físico, el alargado cuello y la aquilina nariz, a las plazas menos agrestes que fomentaban ánimos literarios.

 

No sé por qué de la existencia del mote, aunque decía: «Soy de Armas tomar». Su auténtico calificativo: Ramón Arenas Hernández,[1]  sencillamente Tan, apelativo llano que circuló con revelada insistencia por Santa Clara, La Habana o Manzanillo y otros territorios, donde procreó historias, propagó escritos y difundió a los cuatro vientos metáforas endiabladas que, en idéntica medida, penetraban en la idiosincrasia y enfilaban hacia el goce de la espiritualidad rastreadora e hipercrítica.

 

Fue un creador espontáneo y natural por el conocimiento de la perceptiva literaria. La avidez particular empeñada en instruirse en los más disímiles instantes, lo cautivó a  andar por círculos literarios en los que persistentemente siempre encontró a amigos leales. Todavía aquí tengo escritos de aquel tiempo, donde, sin importar la virginidad de las hojas, estampó versos con una caligrafía impecable, mientras en otros  mecanografiados se testimonian similares sellos de originalidad.

 

Afanoso perseguidor de las sesiones teóricas y las tertulias del Club Umbrales, y también de las existentes en el Central Merceditas y del encuentro con Navarro Luna, en Manzanillo; recibió, además, una hospitalaria acogida de Ody Breijo en Artemisa o el topetón con Raúl Ferrer y Onelio Jorge Cardoso, en Yaguajay, al tiempo que recorrió  las peñas personales y disfrutó de la poesía que animó Arturo Doreste, allá en Santiago de las Vegas.

 

Tipo humilde el amigo Tan, forjador de un verso insólito que marcaba desgarramiento alejado de cualquier soledad, aunque fuera un parto angustioso con un fragmento de la realidad. Encontrarlo en Caibarién o Santa Clara, constituía un disfrute, un estado de silencio, de reflexión introvertida y de ocurrencias sinceras y nobles.

 

Así lo percibí en la Imprenta «Muñiz», en los afanes tipográficos, rodeado de cajas, grabados, máquinas y papelerías que ordenar, y lo aprecié como vendedor ambulante de huevos o como bodeguero en momentos en que el hambre familiar aprentó de una manera desmedida. Cuando arribaba cualquier amigo poeta, de pronto, saltaba de euforia, y no lo «desclavaba» hasta que por último leía sus versos más recientes.

 

 Bien que lo traigo a la memoria cuando acudía a los recitales diarios de poesía negra que yo difundía por la emisora CMHX, en Tristá y Virtudes, aquí en esta ciudad. Luego íbamos juntos al diálogo diáfano con otros escritores. Siempre traía nuevos textos, para mostrarlos con un aire campechano y auténtico, en la lectura sincera.

 

Gozoso, arrancaba a las necesidades familiares, algún que otro centavo, reunido en el afán de financiar la publicación de los libros de versos -casi todos impresos en Tipografía Americana, Rumbos Nuevos, en Caibarién-, y en el propósito venía obsequioso hacia los amigos para mostrar la prenda lírica.

 

El Luchador, un periódico de Uruapan, Mich, República Mexicana, sacó un comentario de Pedro Escobedo, tras la impresión de Cromos en Arte Menor,[2] texto que fue reproducido a los pocos días en La Publicidad, en Santa Clara, donde el crítico precisa determinadas características intrínsecas a los valores poéticos que, por un tiempo, persiguieron a Ramiro de Armas en el hacer literario.

 

Dice: «[...] es un pequeño volumen de poemas que cantan, que revelan, que consumen en su esencia, la vida, las costumbres y el sentimentalismo de los negros.

 

«Ramón Arenas Hernández, llama a sus poemas "versos negros" y modestamente subtitula su obra calificándola de "Arte Menor". Nada de eso: en la obra de Ramiro de Armas no hay "Arte Menor", sencillamente porque el Arte, en cualquiera de sus múltiples y policromas manifestaciones, siempre es Arte: sublimidad, belleza estética, perfección y precisamente en el difícil estilo que aborda el magnífico poeta, hay todo eso.

 

«Profundo observador, penetrante auscultador de las costumbres e idiosoncrasia de los negros, Arenas Hernández, poeta-psicólogo, describe con singular atino, con vívidos tintes y con melódico y armonioso estilo, los mitos, las gracejerías, las penalidades y el estoicismo de esa noble raza de bronce.

 

«[...] Arenas Hernández plasma la rumba; ese baile afrocubano, frenético, sicalíptico, ardoroso, pero salvajamente bello que cultivan en su tierra con frenética devoción los negros, y que pasando mares y fronteras, ha invadido los más aristocráticos salones del orbe entero[3]

 

Un año después Ramiro de Armas afincó otro parto poético, con la singularidad y la estridencia que el anterior: Cartones de la zafra; pero en 1941, con Yo canto a La Habana, tocó el punto de cristalización literaria. Diferentes elogios, y también críticas, recibió por todas partes. Esos instantes los asimiló con humildad, propio de su temperamento.

 

Todavía con el frescor de la tinta de la editorial Rumbos Nuevos, de Caibarién, La Publicidad, en Santa Clara, fue escenario del aplauso. Onelio Jorge Cardoso, el amigo cuentista, reseña y expone:

 

«Yo no sé hasta donde es posible la legitimidad del verso y hasta del poeta mismo. No podré hablar precisamente de lo que no sé; sin embargo todo camino que sirva para conducir a una gran verdad colectiva e individual me parece bello, y justo esto me sucede con el nuevo libro de Ramiro, intitulado Yo canto a La Habana. Si tuviera poderes para hacer reparos sobre técnica de poesía -valga el atrevimiento- confieso que lo guardaría para otra ocasión, cuando se tratara de otro libro, no de éste, pleno de injusticias irreparadas y de punzantes angustias, libro que acusa a una Ciudad. A la Ciudad que vuelve su espalda a los hombres sin pan y sin techo. A mi me gana la tremenda sinceridad de Ramiro de Armas, que entre el cenáculo de angustias humanas da a cada ente su apretada ficha de animal herido hasta la entraña.

                                          «Todas las voces callaron...

                                            La capital surgió entonces,

                                            como una entraña doliente.

                                           ¡Callaron todas las voces,

                                           y sobre el grave silencio,

                                           -propiciación de la noche-

                                           rompí mi angustioso pecho,

                                            sellé mis labios salobres...»

 

«Ahora, me pregunto: ¿Hasta dónde estamos en deber de agradecimiento al poeta que se indigna ante el crimen del hombre? Piénsese que Ramiro es padre, económicamente desposeído, y sin embargo ha hecho el sacrificio enorme de su libro. Este es nuestro buen Ramiro de Armas, un hombre largo, quijotesco, que vive y espera en Caibarién[4]

 

En esa edición suscribí: «[...] esa Habana de puestos y fondas de chinos en escandalosa profusión, de prostitutas enclaustradas tras la tupida malla de un postigo demasiado pequeño para asomar su gran tragedia. La Habana de emisoras atestadas de artistas pedantes y pepillería vacía que corre tras las mariposas del autógrafo anhelado , -esa Habana de estrechas calles-, demasiados ruidos; ¡tanto maraquero, tantos vendedores, tantos cines incubando desvergüenzas, tantos policías de tránsito    -detectores de esquinas-, tanto ir y venir hacia miles de rumbos, tanta miseria buscando una reja pequeña por donde asomar la garra para atrapar el mendrugo-, fieras agazapadas en jaulas de oros, tanta HAMBRE que la cámara fiel de tu libro ha llevado al lienzo del mundo, hábil cameraman de tanta podredumbre, Ramiro de Armas!..[5]

 

Fíjate, pasaron los años, y aquí tengo detenidos algunos versos inéditos que, desde Caibarién o La Habana, remitió Ramiro de Armas. No me cansaría en resaltar aquella acuñación: «cámara fiel de tu libro», y destacar su percepción cinematográfica para enfocar el desgarramiento interior que el amigo Tan siempre exhibió en los poemas o las más elementales estrofas que compuso.

 

Luego, por cuatro años seguidos, se sumó a otro empeño: la revista Archipiélago, una voz de tierra adentro para el Continente, proyecto que, con el ánimo de Quirino H. Hernández, Antonio Bucheiro Ciaffi o Clotildo Rodríguez Mesa, erstremeció desde la Villa Blanca a otras partes del mundo.[6]

 

Con Ramón Arenas Hernández, para algunos Tan, y para otros, simplemente Ramiro de Armas, siempre habrá una impagable deuda para tributarle un justo reconocimiento por las contribuciones que traspasó al campo de la poesía; por los sacrificios financieros que se adjudicó con la publicación de sus libros y por la animación cultural que encarnó, no solo en Caibarién, su ciudad natal, sino también en otros sitios.

 

Revivirlo es imposible, pero recordarlo constituye un mérito, por los temas y recursos que emprendió en poesía y periodismo. Nada se fugó de la pupila, y en los instantes de meditación profunda, siempre dispuso de un tiempo para reconstruir la realidad a partir de las enseñanzas impartidas o acumuladas por una memoria a prueba de perfección.

 

Nada le pertenecía: aquí amontono cartas, saludos, poemas y fotografías transferidas con la virginidad del primer día. En papelerías los tópicos dibujan el paisaje costero, las angustias del hombre común, el grito silencioso del amor, la perfidia de la vida, la discriminación racial, el canto al futuro y la rebeldía perenne ante las injusticias sociales.

 

Permite que, entre esos documentos, resalte uno, confeccionado en una servilleta del Hotel Comercio, de Justa 28 esquina a María Escobar, Caibarién, y fechado en La Habana, octubre de 1938:

                      

«Yo soy un poble niño»

 

Yo soy un pobre niño de mirada perdida,

                que se extasía en la noche, contemplando la luna,

     y en el fondo del alma llevo escondida una,

      nostalgia incomparable que me legó la vida.

                      En lo más hondo sangra -como una fresca herida-,

                                       el dolor de una sombra importuna,

         por la torva miseria que, imprevista se acuna,

            en la senda inconforme , a mis plantas tendida.

                                        Llevo mis sueños rotos,

                                        en la mano me brotan cuatro palabras,

                                        sordas, de los labios,

                          y azotan mis pupilas veladas, aires de noche en calma.

        El tormento me anima a cantar las tristezas,

           y la existencia cruzo, por las turbias malezas,

               como un enorme buitre, arrancándome el alma.[7]

 

En algunas prosas poéticas que escribí, sobre diferentes temas, a mediados de la década de los años 40, hay una dedicada a Tan, y allí especifico determinadas características que lo acompañaron como persona. Ahora, como lo solicitas, la refiero:

 

«Tus manos tiernas siempre en restañar heridas, esparcen a los vientos hermanos de la tierra, el semillero prodigioso de tus palabras tibias, y el licor ardiente que anda por tus arterias sería festín precioso al útil trajín de las abejas...

 

«Siempre sobre el rencor y el ultraje alevoso, al volar de la rama tranquila de tus labios, la mariposa alegre de tus palabras buenas, dirías como el bondadoso educador Fray Luis, al iniciar parábolas y enaltecer virtudes: "Como decíamos ayer..., ser bueno cuesta poco y el fango no se ha hecho para lanzarlo al viento, al rostro, a la conciencia..."»[8]

 

Todos, unos y otros, vinculados al Club Umbrales, y frecuentes a reuniones en diferentes territorios cubanos, asumimos la costumbre de intercambiar nuestros últimos escritos, y hacer críticas respectivas. Ramiro de Armas, cuajado ya en un estilo propio, siempre llegó con el oído presto y un inconfundible rostro de fidelidad a la lectura de sus textos.

 

Tal vez, con una voz pausada, nítida del que apenas quiere hacerse notar, aun cuando la camaradería lo impulsara a precisiones, este lírico de Caibarién, probó por siempre que, desde el conjuro de los maderámenes  sucios y olorosos por el contagio del salitre, sencillamente era, para todos, un hombre Tan (de Armas) en su existencia perpetua.  

 

 

 



[1] Ramón Arenas Hernández: [Caibarién 1904-Id, 1986]. Poeta, periodista y animador cultural.

[2] Ramiro de Armas (1937): Cromos en Arte Menor, Tipografía Americana, Ediciones Rumbos Nuevos, Caibarién.

[3] Cfr. Pedro Escobedo: «Vanguardia cubana», en La Publicidad, 34(12094):2, Santa Clara, Las Villas, lunes 15 de agosto de 1938.

[4] Onelio Jorge Cardoso: «Un libro y un carácter: Ramiro de Armas», en La Publicidad, 38: (13053):1-2; Santa Clara, Las Villas, miércoles 29 de octubre de 1941.

[5] Severo Bernal Ruiz: «Un rincón literario: palabras a Ramiro de Armas: Yo canto a la Habana», en La Publicidad, 38: (13053): 4, Santa Clara, Las Villas, miércoles 29 de octubre de 1941.

[6] V. Diccionario de Literatura Cubana (1980): t. i, pp. 65-66, Editorial Letras Cubanas, La Habana.

[7] En Manuscrito, en Archivo del declamador. El autor conserva una fotocopia.

[8] Severo Bernal Ruiz: «Tan», prosa poética. [Inédito, en archivo del autor.]

UN TEATRO QUE AUSPICIA HISTORIAS

UN TEATRO QUE AUSPICIA HISTORIAS

 

Por Luis Machado Ordetx

 

La Caridad, uno de los más vetustos escenarios de Cuba, fija este sábado el aniversario 122 de la apertura de sus puertas a trascendentes espectáculos culturales que, de paso o radicados en  el país, dejaron siempre una estela de espiritualidad en la región.

 

Nadie lo dudaría. Sin embargo, lleva más de un año cerrado, y todavía aguardará algún tiempo para que su rehabilitación concluya con la calidad y la originalidad que precisa una instalación de ese tipo.

 

Más de una historia y un acontecimiento de renombre, desde aquel inicio del 8 de septiembre de 1885, albergan sus paredes en la memoria latiente de los villaclareños: compañías cómico-dramáticas, variedades, zarzuelas, bufos, óperas, ballet, danza, conciertos, recitales de poesía, sesiones políticas, funciones de cinematógrafo y...

 

La edificación no se ha muerto, y aunque con puertas cerradas en el espacio principal, mantiene la vida pública en una de las salas, en la cual se honra, como en todo el recinto, a la Benefactora Marta Abreu de Estévez. También en el vestíbulo-portal, tal anuncian en estos días, ofrecen actividades artísticas que, de por sí, acentúan la permanencia y validez.

 

Recientemente hubo una reunión, y tanto inversionistas como especialistas del Centro Provincial de Patrimonio Cultural, precisaron cuánto está hecho y de igual modo lo que falta por ejecutar, sobre todo el en techo a dos aguas que protegen las pinturas al fresco, alegóricas al Gemo, la Historia y la Fama -ocho medallones que bordean el polígono con retratos de Moratín, Alarcón, Echegaray, Calderón, Tirso de Molina, Ayala, Hartzenbuzch y Gertrudis Gómez de Avellaneda, además de las alusiones a la comedia y la tragedia-, concebidas de manera única por el filipino Camilo Salaya.

 

A la par se comprobó que el mobiliario interior comenzó a repararse, mientras la platea sufrirá un mantenimiento intensivo, hecho que corrobora el interés por el rescate de la instalación y la seriedad de  labores que atenúan posibles estragos en el interior de una edificación sujeta todavía a mayor deterioro de no contenerse los efectos persistentes de las lluvias y las plantas parásitas.

 

Los recursos materiales y humanos, en lo fundamental, están asignados con el propósito de  reestablecer de manera inmediata los valores patrimoniales, culturales y arquitectónicos de «La Caridad», pero se esperará a que concluya la temporada ciclónica, en noviembre, para levantar el techo a dos aguas, el que mayor área ocupa en el inmueble, y sustituir las partes deterioradas, mientras a las restantes se le prometen los debidos retoques especializados.

 

Bien está el recuerdo de la visita de Enrico Caruso, el más famoso tenor italiano, cuando, el jueves 17 de junio de 1920, vino contratado con exclusividad a Santa Clara, y presentó L'elisir d'amore, de Donizetti (en el aria «Una furtiva lágrima» tercer acto), y la ópera I pagliacci, de Leoncavallo.

 

También ahí nació la puesta en la escena cubana de la pieza «Mariana Pineda», de García Lorca, en 1939, a cargo de la compañía de Francisco (Paco) Alfonso, y el Ballet de Alicia Alonso hizo sus primeras presentaciones durante la temporada de 1950, mientras años después, Eusebia Cosme Almanza, la más recia de las declamadoras cubanas, plantó los recitales de poesía negra, y luego vinieron...

 

Tantas cosas excelentes para la cultura universal sobrevinieron allí, que, sin dudas, sería una herejía sostener tal pérdida irreparable, porque en el auspicio de las historias, «La Caridad», como reliquia arquitectónica tiene que perdurar.   

      

LAM, UN GUAJIRO QUE ASUSTÓ AL MUNDO

LAM, UN GUAJIRO QUE ASUSTÓ AL MUNDO

 

Por Luis Machado Ordetx

 

En estado de meditación del artista, en pleno Parque Central de La Habana, sin ningún temor a equivocarse, Manolo Guillermo de la Caridad Fernández García, encontró y trabó trato solidario con Wifredo Lam, un sagüero que conmovió al mundo como artífice del surrealismo pictórico dentro de la efervescencia de la vanguardia europea, el legado de las raíces paternas chinas y la estirpe afrocubana que brotó del seno de la madre.

 

Un cuarto de siglo hará que este 11 de septiembre murió Lam, allá en Paris, y una solicitud imaginaria llevó hasta Varadero, donde actualmente reside el pedagogo y pintor Fernández García, hombre clave en desentrañar historias y misterios y anécdotas relacionadas con el esplendor cultural de Villa Clara, la Escuela de Artes Plásticas y Diseño «Leopoldo Romañach» y la gente que transitó por estas tierras.

 

«A Lam lo tuve, por vez primera, al frente, allá en 1951, cuando recibió el Primer Premio del Salón Nacional de Cuba, tras la exposición efectuada en el Parque Central. Estaba sentado en un banco, con traje gris y camisa de cuello de playa, y llevaba unas medias de color verde chatré brillante y el cabello brillante y ensortijado. Aquello llamó mi atención avispada. No lo conocía personalmente, aunque tenía sus referencias artísticas.

 

«Allí tenía su cuadro "Trenzas al agua", y miré al hombre y su obra  con absoluto detenimiento, como el que quiere adentrarse en la historia, en la búsqueda de una referencia que delatara el por qué del título. Nada se me ocurría, y no había trenzas y tampoco agua por ninguna parte. Dije, aquí hay algo jodedor en la anécdota.

 

«Hice formalmente mi presentación, y el mulato-chino se puso de pie, de modo correcto, y con una sonrisa, estrechó la mano, al tiempo que dijo: De las pocas personas que han entrado aquí desde que llegué, me pareces el más curioso. ¿Qué te parece mi cuadro?

 

«No tuve respuesta de inmediato que ofrecer. Estaba como mudo, paralizado, y solo atiné a comentarle que estudiaba pintura en una Academia recién abierta en Santa Clara, y con prontitud contestó: ¡Chico, yo soy de Sagua la Grande, un puerto de mar y un escenario familiar que jamás olvido!

 

«Desde entonces se entabló la amistad, y habló sobre "Trenzas al agua", del surrealismo, las corrientes de vanguardia, las historias del pueblo y la riqueza cultural existentes en nuestros ancestros.»    

 

Esa no fue la última vez para un encuentro solidario, apunta  Fernández García. Luego aparecieron otros dos, cara a cara, como aquel que aconteció años después, casi en el nacimiento de la mañana, entre calles y el susurro musical de Sagua la Grande. Ahí conversaron con mayor detenimiento.

 

«Durante sus visitas a Cuba siempre hubo un instante para el terruño, y sobre todo el empeño de saludar al condiscípulo de infancia Humberto Domínguez, violinista de la Orquesta Sinfónica de Las Villas. Un día no halló al amigo, ya fallecido, y tras un diálogo con las hermanas Domínguez, fue al albergue de la Escuela de Artes Plásticas Fidelio Ponce de León, sitio donde impartía clases, y me sustrajo de la cama para desandar el pueblo.

 

«Casi hasta las tres de la madrugada, rendidos de tanto caminar, incluso por la calle Carmen Ribalta, allí donde nació, y por el barrio de crianza donde jugó a la pelota, su deporte favorito. Hablamos de todo, y particularizamos en las cualidades de la enseñanza de las Artes en Cuba, hecho que propició reeditar viejas andanzas habaneras, españolas o parisinas.

 

«Hizo referencias al tránsito de su vida de artista, de combatiente antifascista, del gusto por el sincretismo religioso y étnico, las jugosidades de lo mestizo, de las líneas y del color, y de la pertenencia siempre a sentirse sagüero y cubano.

 

«En otro momento lo aprecié en 1967. Wifredo Oscar de la Concepción Lam Castillo (1902-1982), promocionó el Salón de Mayo francés de pintura en La Habana, y traía invitando a poetas, críticos y escritores. En aquel instante, incluso, llamó poderosamente la atención la cantidad de nombres que se adicionaban a sus generales, costumbre que en mi caso guardaba cierto parecido. Entonces ambos al abordar esa vieja hidalguía de nuestros ancestros, atinamos a reír.

 

«La última vez que lo abordé, fue de manera indirecta: Humberto Solás vino a Sagua la Grande a filmar un documental sobre Lam. Allí, en el parque Albarrán, distinguí la estatura inmensa del pintor y animador cultural que pugnó siempre en defensa de todo lo nuestro. Ese fue el justo instante en que comprendí que Lam constituyó un guajiro que enalteció y conmovió al mundo.»

LARGA VIDA A LA BIBLIOTECA «MARTÍ»

LARGA VIDA A LA BIBLIOTECA «MARTÍ»

  

Por Luis Machado Ordetx

 

La Biblioteca Provincial «Martí», en Santa Clara, tal como apuntan las especialistas María Elena Fundora Pérez y Grisel Rodríguez Pardo, constituye un «colosal edificio lleno de historias», por su arquitectura ecléctica, los sucesos que, desde su fundación hasta la actualidad, se suceden allí, así como por la memoria documental y el fluir cultural que transpiran sus paredes.

 

El edificio, terminado en 1912, nadie duda que instituye un patrimonio de la colectividad, y se erige con las reminiscencias del neoclacisismo entre los más válidos existentes en Villa Clara, pero desde un tiempo atrás sufre la ausencia de un mantenimiento estable que daña algunas de sus salas, principalmente las ubicadas en la primera planta del inmueble.

 

Los estudios y dictámenes técnicos del Centro Provincial de Patrimonio Cultural, y las huellas de las filtraciones por falta de atención a los bajantes pluviales y el mal funcionamiento de las instalaciones sanitarias, afectaron parte del techo de la Sala de Lectura e Información (General) y obligó al  corrimiento momentáneo del almacén de colecciones, limitando el espacio para la concurrencia de público.

 

Los servicios ahí, además de los establecidos en Hemeroteca, continúan, pero con el nacimiento del curso escolar, casi seguro, quienes acudan al lugar verán constreñidas las labores de estudio, dada el área habilitada en la actualidad para esos menesteres.

 

El mural «Los Dones de la Ciudad» -de los artistas de la plástica Zaida del Río, Cristhian G. Téllez del Río, Humberto Ulloa García y Rafael Díaz de Villegas-, ubicado desde 2000 en la pared del fondo del Buró de Inscripciones, está sujeto al deterioro de las aguas que filtran desde el techo por posibles averías en las conexiones sanitarias de los baños superiores dispuestos en la revista Signos, Sala de Literatura y la dirección de la institución.

 

De inmediato fueron clausurados los suministros de agua al baño. Procedimiento inmediato, pero se aguarda por servicios de plomería para una revisión minuciosa y la localización y reparación de las averías.

Hasta ahora, tienen contratos firmados con una brigada de mantenimiento de la INPUD, mientras se detallan deficiencias de carpintería. Sin embargo,  urge adentrarse en el problema mayor surgido con las filtraciones, así como en la escalera de caracol -madera- que da acceso al mirador y a la Sala Juvenil de la edificación.

 

No detenerse, en período en que un mal comienza a agravarse, dará por mayor tiempo una larga vida a la Biblioteca «Martí», joya arquitectónica y cultural de la comunidad.

        

«PALABRAS»

«PALABRAS»

 

Por Luis Machado Ordetx

El jueves en la noche, un grupo de amigos músicos se juntaron en la sala «Caturla», de la Biblioteca Martí, para disfrutar del nacimiento de un trío, que de no malograrse, desde su primera promoción dejó un precedente en el caudal vocal que reúnen los villaclareños: el trío «Palabras», integrado por Vania Martínez Soto, Lianet Pérez Machado e Ivet Tristar Gómez.

 

En un tránsito por la canción trovadoresca cubana -esa que se impregna del ideal romántico para escucharse en el arrullo de las personas-, las ejecuciones vocales de Martínez Soto y Pérez Machado, en los registros de voz prima y segunda, respectivamente, y el acompañamiento de la guitarra de Tristar Gómez, lograron inconfundibles timbres de originalidad.

 

De no arruinarse por el cansancio de tantas presentaciones indiscriminadas, en lo adelante, afianzarán lauros con los disfrutes del público, siempre ávido, como se apreció allí mientras las muchachas y sus seguidores se apoderaron de las excelencias de la música.

 

En el recinto, entre otros, junto al trío, se articularon el tresero Maikel Elizarde, el bajista César Bacaró, el percusionista Alexis Arce y Vionaika Martínez, todos empeñados en que la noche trascendiera al amparo de lo inolvidable, tal como sucedió en diferentes momentos del concierto.

 

Uno de los textos interpretados, en el cual hicieron derroche inusual en la excelsitud vocal, y también en la originalidad interpretativa, fue «Drume negrita», canción de cuna que, a principios de la década de los años 40 del pasado siglo, compuso Ernesto Granet Sánchez.

 

Tal vez, esa pieza constituya una letra y música cubanas con mayores versiones desde que fue creada y trasladada al contexto internacional por Ignacio Villa (Bola de Nieve), porque, más allá de los folklorismos, insufla una insularidad y modo de ser a una idiosincrasia criolla.

 

En tiempo de canción, son o bolero, incluso en versiones para guitarra (Leo Brouwer), percusión y piano (Guillermo Barreto y Frank Emilio Flynn), y piano y saxofón con Jesús (Chucho) Valdés y Germán Velazco, los aires inigualables que mueven el texto completo o de un fragmento del calibre de «Si tu drume,/ yo te traigo un mamey bien colorao/ Y si no drume/ yo te traigo un babalao/ que da pao, pao/», trajeron un soplo de devoción y respeto por lo propio.

 

Ahí estriba un punto fuerte de la selección de un repertorio que, de seguro, junto a otras piezas del acervo musical cubano o latinoamericano, se estirará, para que otro día, como el jueves aconteció, el trío Palabras imponga su total y definida trascendencia musical.