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CubanosDeKilates

Nuevo libro de un periodista villaclareño

Nuevo libro de un periodista villaclareño

Por Alexander Jiménez
http://www.cmhw.co.cu


El periodista y escritor Luis Machado Ordext presentó este viernes en la Feria Internacional del Libro su obra "Kilates del testigo", con un acercamiento a la cultura santaclareña, en el período de 1935 a 1950.
Es el fruto de más de 5 años de acuciosa investigación en la papelería del intelectual Severo Bernal, en la que Machado Ordext descubre y nos transmite los puntos de vista de otros grandes de nuestra cultura como Nicolás Guillén, Manuel Navarro Luna y Emilio Ballagas.
Se demuestra en sus páginas cómo el desarrollo artístico y literario de la capital de la antigua provincia de Las Villas marchaba casi a la par de La Habana, pues al ser Santa Clara una ciudad de tránsito, quedaba aquí la huella de numerosos autores y compañías que visitaban la Isla en ese período.
"Kilates del testigo" sale a la luz gracias a la editorial villaclareña Capiro y es el tercer libro del también crítico cultural del Semanario Vanguardia, quien ya finalizó otro volumen acerca de los días santaclareños de Ballagas, con numerosas revelaciones sobre ese importante autor.


PALABRAS DE AGRADECIMIENTO

PALABRAS DE AGRADECIMIENTO

Por Luis Machado Ordetx, autor de
Kilates del Testigo, Editorial Capiro

André Malraux llamó a los periodistas «Historiadores del Instante».

Todos reconocemos convergencias innegables entre los oficios del literato, el periodista y el historiador para «esclarecer», desde sus respectivas vías, las posibilidades y alcances de un misterio de qué sucedió en un momento o un instante, cuando, aún las circunstancias, no existe un hecho histórico seguro, dado el argumento ex-silentio de la fuente oral o documental.

La trascendencia e intencionalidad de ese hecho, el escudriñar en zonas no exploradas del pasado, la existencia de un testigo de excepción —el declamador villaclareño Severo Bernal Ruiz—permite, como puente entre generaciones de coterráneos de la primera mitad del siglo pasado, explicar los alcances del presente en el terreno cultural de una región a la que, por obligación geográfica e institucional, precisó de la asistencia de los más importantes intelectuales cubanos del siglo pasado.

No todos los días un archivo de magnitudes significativas se abre para aportar documentos a la historia de la Cultura Cubana en una dimensión factográfica, oral y contrastada.

De ahí que no intento recrear la memoria histórica, sino crearla, al descubrir aquello que pasó y no se conoce —desde los límites de la relatividad de la verdad y la honestidad ética ante esa verdad—, de manera que se convierta en parte insustituible de la memoria que descorremos.

He dicho que no soy historiador, aunque acudan rastros de esas ciencias auxiliares, de la literatura y el periodismo. Desde esta última posición escudriño en lo desconocido, animado en no olvidar el esplendor cultural que hombres, mujeres e instituciones cimentaron para el presente.

KILATES DEL TESTIGO: LA BÚSQUEDA ESENCIAL Y PROMINENTE

KILATES DEL TESTIGO: LA BÚSQUEDA ESENCIAL Y PROMINENTE

Presentación del libro Kilates del Testigo
Autor: Luis Machado Ordetx
Editorial Capiro, Santa Clara, Villa Clara
XVI Edición de la Feria Internacional del Libro
Región Central de Cuba

Por Mariana Pérez Pérez, Investigadora y poetisa

De la mano del testigo penetra el investigador en la ciudad letrada. Aquel le ha entregado la llave, le ayuda para forzar los goznes oxidados y abrir los portones que resguardan su memoria. De la mano del testigo, el investigador tensa su espíritu y su voluntad, se reconcentra, avanza por laberintos. En cualquier esquina de la ciudad, debajo de algún cimiento ruinoso, puede hallarse el tesoro que ambos persiguen.

“Un testigo es esencial en busca de lo prominente desconocido” –considera el autor que hoy aquí se presenta–, por tal razón éste y aquel se unen para sopesar los kilates de una papelería que nadie ha profanado. Al allegar los oídos a las envejecidas paredes, escuchan señales amigas: el timbre incomparable de Nicolás Guillén; el eco telúrico bajo los pasos de Raúl Ferrer; la presencia tribunicia de Manuel Navarro Luna; Eusebia Cosme, diciendo poemas en un vapuleador ritmo de bongoes; la angustiada, pero inteligente, palabra de Juan Domínguez Albelo… Ellos y muchos otros –fraternalmente, con preocupaciones comunes, donde el ser cubano y los problemas sociales ocupan el sitio principal– componen esas resonancias. Finalmente, derriban el muro. A partir de ese momento el tiempo es único, y el camino hacia el tesoro, expedito.

Investigador y declarante, cronistas de acontecimientos irrepetibles, hablan al unísono, sus discursos narrativos se confunden mientras avanzan. Revelan anécdotas, historias jamás contadas. Suavemente, para que no retornen al polvo, tocan los amarillentos papeles. Por el aire se esparce el olor de las imprentas, el mismo que atrajera a esta región a las figuras más prominentes de la cultura nacional y foránea.

“La memoria es como un relámpago” –dice el autor– y precisamente la energía que desata ese relámpago es utilizada por él para presentar las páginas subsiguientes, las memorias de ese testigo epocal que, entre 1930 y 1950, se movía en el centro de un círculo cultural que nunca se estancó en el provincianismo, y llegó a manifestaciones cosmopolitas poco igualadas por otras regiones del país.

Luis Machado Ordetx, cuyo currículum vitae se extiende mucho más allá de lo que puede expresar una breve nota, expone en el primer capítulo, que titula Esculpidor en el Tiempo, con ese lenguaje de elevada calidad literaria que lo acompañará hasta la última página, cómo llegó a obtener las confesiones del declamador Severo Bernal Ruiz, cómo ambos se unieron para la confrontación de la memoria con las fuentes documentales y, tras la ruptura de silencios protectores, “exhibir glorias ceñidas a las letras, el arte y el crédito preciso de la cubanía”.

“Un querube bravío”, así es calificado Raúl Ferrer Pérez. “En 1936, apareció en Santa Clara –dirá Severo Bernal–. Hurgó entre los conocidos y husmeó mi paradero en la calle San Mateo”. Más adelante recuerda: “Asomó en la casa con desenfado, y sin dilación, espetó: «Quiero ser su amigo»”.
En el capítulo se plasma con total justeza la personalidad del poeta-maestro, pero dos cualidades, de entre las tantas citadas, pueden resumirla: llano y limpio.

En la historia de la literatura cubana, la poesía negrista llegó a ocupar un sitio relevante, principalmente a partir de que Nicolás Guillén comenzara a publicar sus obras. Ahora bien, como se demuestra en Kilates del testigo (Editorial Capiro, 2007), su verdadera popularidad la alcanza gracias a los declamadores, como Luis Carbonell, Severo Bernal, y Eusebia Cosme, esa mujer que –por testimonio de José Felipe Carneado– “constituye un punto y aparte por la forma en que disputó las circunstancias y se desenvolvió en el tablado”.

Testigo e investigador –en el capítulo Con sangre en las venas– afirman: “Guillén encarnó el ídolo apetecido, pero su repertorio poseyó competidores. Emilio Ballagas y José Zacarías Tallet tuvieron una plaza fija, y los versos de Carneado y Martínez Pérez avivaron «triunfos» durante el deambular”. Eusebia Cosme, quien engrandeciera la poesía cubana, con su voz y el ritmo de su cuerpo, en los más importantes escenarios de los Estados Unidos, murió sola y olvidada en su apartamento de Miami.

El obituario The New York Times —tan amplio como las páginas que contenía—, reseñó en la edición de la mañana una escueta esquela: «Apareció muerta en su casa otra negra. Su nombre, Eusebia Adriana Cosme Almanza, profesión artista, edad 6...: nacionalidad cubana, radicada en este país desde 1937...». Justo es, entonces, que su memoria sea salvada de ese olvido atroz; ella es una de los quilates que contiene este reportaje investigativo, testimonial, documental, participativo y retrospectivo, que el periodista Luis Machado Ordetx ofrece a los lectores.
En “Rastros de un raro”, el testimoniante presenta a un santaclareño totalmente olvidado, Juan Domínguez Albelo “un desconocido empinado en la dramaturgia de los 30-50. De tan «emprendedor», reaccionó más con el corazón que con la cabeza, y murió al amparo de asistentes que lo cuidaron en un asilo habanero, allá en 1984”. Toda su papelería se perdió, nosotros, y las generaciones venideras, solo podremos conocerlo a través de este libro y de algunos documentos de la época que donara Severo Bernal a las bibliotecas.

De los encuentros y la correspondencia del declamador-testigo con el –poco recordado– poeta Manuel Navarro Luna se trata en el capítulo “Oteando a un adoptivo”. En uno de sus párrafos resumen: “De las visitas mutuas y las epístolas que intercambiamos —breves, pero sistemáticas—, hurgo en la memoria, releo las notas específicas, extraigo anécdotas, sentencias, moralejas y afirmaciones sacadas de sus páginas firmadas”. Ese será, en esencia, el principal valor de Kilates…, extraer de la memoria, de las anotaciones y los documentos, el caudal informativo que sitúa al lector ante una perspectiva diferente, lo lleva al pasado y le muestra –no sin cierto grado de humor– cómo se comportaban aquellos amigos, los rasgos de su carácter y hasta su forma de vestir.

Solo que el libro no se queda en la epidermis, su cientificidad reside en la indagación, el cotejo de documentos, y la exposición de nuevos elementos a través de extensas notas al final de los capítulos. Once páginas de bibliografía constituyen la demostración de cuánto tuvo que escudriñar el autor, de modo que el resultado fuera serio y coherente.

“Esencias volcánicas” será el último capítulo; da fe de las visitas de Nicolás Guillén a Santa Clara, así como de las noticias de sus andares, por Argentina y otros países de América del Sur, que sus amigos de esta ciudad disfrutaban con avidez: “Sin producirse el regreso —en estadía por el Sur—, aquí, en Santa Clara, Cuba, disfrutábamos de sus éxitos. La radio y la prensa escrita «de ribetes oficiales y representante de intereses privados», mantuvieron en el anonimato la vitalidad del peregrinaje” –reza la memoria–.

La vida bohemia de aquellos años y las figuras más relevantes discurren por las líneas hasta dejar al lector transido de nostalgia, porque aquellos jóvenes –algunos de los cuales alcanzarían a vivir hasta fechas recientes–, con sus ideas, sus polémicas, y una poética vibrante de cubanía, desempeñaron un papel primordial en la cultura de la nación. Viajes, tertulias, polémicas, encuentros, homenajes, se relatan con gran precisión, sin obviar el contexto socio-histórico, todo ello a través de un discurso literario contemporáneo, en el que se reafirma la expresividad de nuestra lengua.

Solamente resta desear que el libro Kilates del testigo, de Luis Machado Ordetx, en cuyo trasfondo aletea el verbo enfático de Severo Bernal, incite, a los estudiosos y a los lectores comunes, a emprender nuevas indagaciones en torno a la cultura regional, y a buscar en ella facetas desconocidas, sin olvidar que “La memoria es como un relámpago: recrea y compone el tiempo con ánimos de inmediatez y comunicación”.

Santa Clara, Sala Caturla, Biblioteca José Martí, viernes 2 de marzo del 2007

Culta intersección


Por Luis Machado Ordetx
COLÓN Y PARQUE VIDAL, en Santa Clara: Ahí está una de las confluencias artístico-literarias más trascendentes y antiguas de la ciudad, capaz de asumir siempre una tradición cultural sin precedentes. Todos la consideran, aunque discrepen, un espacio para discusiones, galanura por las flores, y también levadura de poemas, cuentos, artículos periodísticos y de encuentros indispensables para la gestación de libros. Antes lo fue, y de ahora en adelante, ojalá que esa tradición prosiga con la apertura de un Café de Distinciones.
El origen cierto lo consigue a partir de la tercera década del siglo pasado, fecha en que el comerciante de origen español, Domingo Carreiras Vilariños, adquirió el recinto y acogió a algunos jóvenes de entonces, agrupados en torno al Club Umbrales, quienes constituyeron frecuentes contertulios alertas en prolongar en ese lugar los respectivos quehaceres literarios y sus preocupaciones filosóficas y sociales.
Dicen que Federico García Lorca, en 1930, durante su tránsito desde Remedios hasta Santa Clara, llegó a esa área, próxima a la antigua Plaza del Mercado, en la cual apreció las más variadas y apetitosas frutas frescas. Otros visitantes, principalmente hispánicos o latinoamericanos, como Gabriel García Barato y Juan Bosch, también quedaron extasiados ante las beldades de fachadas que coqueteaban con el eclecticismo y hacían galas del bullicio popular.
Tan cierto como las lluvias de primavera, es que allí se construyen —aunque hasta hace poco estuvo en silencio—, los apuntes iniciales de una imprescindible narración corta de la Literatura Cubana: «El Cuentero», de Onelio Jorge Cardoso, inspirada en ese Bar a partir de los encuentros casi diarios con el poeta matancero-villareño Enrique Martínez Pérez.
Por el discreto mostrador del Ideal, en la concurrida esquina, y por los portales de La Victoria, la antigua peletería —en lo adelante Café Literario— y del hotel La Nueva Cubana, y hasta más allá en el recorrido hacia el hotel Florida o el teatro y cafetería VillaClara, pasó el verso encantado de José Ángel Buesa, las recreaciones líricas y ensayísticas de Emilio Ballagas, la voz polémica de Raúl Ferrer, el son y la mulatez de Guillén, la hurañía de Domínguez Arbelo y la sapiencia jurídica de los letrados de la ciudad.
Las tertulias de entonces, al amparo frecuente de Carreiras, solícito en facilitar novedades editoriales llegadas a la Casa-Librería Orizondo, acogieron a cuanto escritor o artista asomara por ese contorno, y con avidez se añadían las fervientes visitas que realizaban por entonces los más renombrados literatos nacionales o extranjeros que arribaban a Santa Clara, punto obligado del tránsito de los viajeros.
Poemas, cuentos y conjeturas, avaladas por la virginidad del papel en blanco, se elucubraron allí. Eso nadie lo discutirá, como tampoco se desdecirá que en esa esquina, abrigada por la esencia de lo popular, tomara a los jóvenes y los envolviera durante décadas en un espíritu creativo y de desafío renovador, en el cual, gracias al nuevo Café Literario, se retocará el sentido y la espiritualidad contigua que antes tuvo el Ideal, centro irradiador de Cultura y absoluta sabiduría humanística.

Alertas imperecederas

Alertas imperecederas

Por Luis Machado Ordetx

Con el arribo a Playitas de Cajobabo y, casi seguro, después de disfrutar la tersura de la arena lavada por el mar, Martí, junto a los acompañantes, no tuvo tiempo de repasar en los instantes más significativos de la vida.
Venía prendido de una certeza incontenible por regocijarse de «[...] los cantos del gallo con que se simboliza el triunfo...», aunque, a la postre, el instante del camino por la independencia, tuviera un costo: la vida.

Arribó, para combatir en calidad de soldado, y a los pocos días del 11 de abril de 1895, es sorprendido con la envestidura del cargo de Mayor General del Ejército Libertador.

De humanista, trae en uno de los bolsillos un «misterioso librito»: la biografía de Cicerón, y asume posiciones, no sólo para despojar del suelo patrio al dominio español, sino también, preservar e impedir con el empeño, cualquier intento de los Estados Unidos de intervenir en asuntos que solo competen a cubanos.

Antes afirmó que «[...] El mundo despierta una sed que sólo la muerte apaga. El hombre que conoce bien el mundo cae en la muerte, como un trabajador cansado cae en los brazos de su esposa».

No cree en ese desafío, y burla el sentido de una bala que lo fulmine en campo insurrecto. Es el 18 de mayo, y el Contramaestre anda crecido. Previo, entre matorrales, escribió con vehemencia incalculable a Manuel Mercado: «[...] ya estoy todos los días en peligro de dar mi vida por mi país y por mi deber —puesto que lo entiendo y tengo ánimos con que realizarlo— de impedir a tiempo con la independencia de Cuba que se extiendan por las Antillas los Estados Unidos y caigan, con esa fuerza más, sobre nuestras tierras de América...».

Un zig-zags lo conmina en el pensamiento para la defensa continuadora de la Revolución del 68. Dialoga con George Eugene Bryson, el corresponsal de The New York Herald, sobre las razones que enarbola la guerra, y también alerta como un oteador al que nada escapa.

No es la primera vez que habló de las amenazas latientes que se ciñen desde Norteamérica: sentir al otro en ese territorio —como emigrado, periodista y conspirador—, tomó el pulso en la exactitud de las veleidades del capitalismo, y apreció las apetencias expansionistas y su ámbito guerrerista.

En México —país que visita en 1875—, el pandillerismo está en torno a Porfirio Díaz. Aquí realza todos los contornos de Centro y Sudamérica, hasta que, a principios de 1880, se instala en Nueva York, sitio desde donde recorre los Estados Unidos y mira al mundo con ojos más audaces y previsores.

No constituye el primer estremecimiento profético: dirá mucho antes que la «[…] Patria es comunidad de intereses, unidad de tradiciones, unidad de fines, fusión dulcísima y consoladora de amores y esperanzas», y arderá por consagrarse a esos fines.

ESTEREMECIMIENTOS DEL NORTE

No quedan acontecimientos, historias de hombres, y maneras de escudriñar en la realidad y la vida pública, que broten desapercibidos y sin reconstruir por Martí. Escribe para los principales periódicos sudamericanos, en especial La Nación, de Buenos Aires, donde aguardan por artículos, crónicas, ensayos y…

Comenta lo que ve, y no se permite un instante de reposo. Es febrilidad en la observación del desenvolvimiento de una sociedad que transita por los umbrales del capitalismo monopolista a las crisis que lo someten.

Al amigo Serafín Bello testimonia el 16 de diciembre de 1889 que apreció en los Estados Unidos «[...] la hora de sacar a la plaza su agresión latiente». Ese año toca la idea del equilibrio del mundo desde una óptica reflexiva para los latinoamericanistas.
En La Nación, recuenta: «[...] Presidente de un país libre contra el derecho de su país, y el del ajeno; Grant […] miraba con ansia al Norte inglés; al Sur mexicano; al Este español; y solo por el mar y la lejanía; no miraba con ansia igual al Oeste asiático.

Mascaba fronteras cuando mascaba en silencio su tabaco. La silla de la Presidencia le parecía caballo de montar; la Nación regimiento; el ciudadano recluta...

No era de los que se consuelan en el amor de la humanidad, sino de los que se sientan sobre ella...»

Habla de Ulises Simpson Grant [1822-1885], el General-Presidente, muerto en Moont Gregor, de cáncer en la garganta. Era el 23 de julio, y el 3 de agosto, Martí expone el suceso. ¿Acaso, desde mediados del siglo pasado no se mantiene inalterable el sentido expansionista y militarista de las administraciones norteamericanas? ¿Cuba, desde comienzos de 1823, jamás estuvo exenta de la ruta de «elegidos» de Norteamérica, dispuestos a poseer sus tierras? La historia no miente, y tiende a reiterarse con enconada osadía de rapiña.

Diría: «[...] esta vida del Norte, ejemplar hasta en los mismos vicios. Aquí, como en todo cuerpo social, los pobres aspiran a la justicia, los ricos al abuso, los perezosos a las holganza, los empleados a la perpetuidad, los políticos al despotismo, los sacerdotes a la agorería...».

¡Qué retrato de actualidad para una sociedad que se remueve en sus cimientos!

Bolívar habló de «Una Nación de Naciones que cubriría el Universo entero, incluido el Viejo Mundo», y su discípulo mayor, José Martí, apuntó que «[…] Sólo con la vida cesará entre nosotros la batalla por la libertad…», pues «Es la independencia el esfuerzo supremo de mi patria porque se siente unida en una aspiración fuerte, compacta, potente, ilustrada, rica, amada, requerida por la más profunda prosperidad…»

Dos momentos contrarios estremecen en ecos al mundo por estos días, próximos al aniversario 144 del natalicio de Martí: el Annual Meeting del Cantón de Graubünden, en Davos, Suiza, donde se «apuntalan» los desmanes del imperialismo, y su contrario, el Foro Social Mundial de Nairobi, dispuesto a que los desposeídos jamás se acallen: una máxima en el recuerdo: «[...]De vez en cuando es necesario sacudir el mundo, para que lo podrido caiga a tierra.»

DEFINICIONES HISTÓRICAS

En Estados Unidos, con asiduidad las administraciones, debaten leyes contra emigrantes, apañan a terroristas, mantienen latientes las firmas de tratados de «libre comercio» —entiéndase saqueos de las soberanías y bloqueos económicos—, y la prepotencia, el militarismo a costa de los soldados muertos en otros confines, aumentan a escala internacional.

Nada los detiene en continuas amenazas e invasiones, y el egoísmo y la miseria humana florecen en los rostros de los gobernantes y sus acólitos. Un ambiente repudiable ofrece ese país. Como un oximoron —«Democracia norteamericana, Derecha siniestra, Capitalismo de Estado, Fuerza de paz, Ejército pacificador, Guerra humanitaria, Guerra santa, Génesis apocalíptico, Guerra preventiva, Xenofobia moderada y…—.

Todo se lanza al ruedo.
El 15 de marzo de 1887, Martí para La Nación, de Buenos Aires, escribe, en el momento de instaurarse el 49 Congreso de los Estados Unidos de Norteamérica: «[…] Tiene en mente gigantescas obras de defensa que proyectan contra enemigos soñados e invisibles…»

Ahí está la clave de toda administración que transita por un país. Fijen bien la fecha, 1887: «…ENEMIGOS SONADOS E INVISIBLES», eso tiene Estados Unidos en el mundo, para desatar la guerra en cualquier parte, al costo de la vida, no solo de sus soldados, nacidos en tierras norteñas, sino también sobre los hombros de cientos de miles de emigrantes enfebrecidos por los «beneficios económico-sociales» que pregona el U.S. ARMY.
Los Tiempos que Martí alertó, al paso de más de un siglo, parecen repetirse en el «legendario oximoron de George W. Bush», el presidente norteamericano.

TRIBUTO A MATEO TORRIENTE

TRIBUTO A MATEO TORRIENTE

Por Luis Machado Ordetx

El muralista, pintor e ilustrador Ramón Rodríguez Limontes se fue a principios de diciembre hasta Cienfuegos, donde ofreció tributo artístico al pedagogo Mateo Torriente, y montó, en la galería de la UNEAC, una exposición: Brisas del sur que siempre llegan.

Es una retrospectiva que recoge parte de la obra creada para otras exposiciones o publicadas en Signos, la antológica revista de Samuel Feijóo.

Muchos villaclareños tienen deudas con Mateo Torriente, ocasión que aprovechó Rodríguez Limontes para saldar la propia con una personalidad que, según dice, lo iluminó, y llevar allí sus güijes y lechuzas, así como otros delirios imaginativos.

El regalo lo estructuró a partir del empleo de tintas sobre cartulina, caracterizada por trazos fuertes, planos negros y componentes esencialmente geométricos.

En la actualidad el artista villaclareño se afana en la remodelación de la plaza General de División Ramón Leocadio Bonachea, en esta ciudad, mientras todavía se recuerdan aquí los murales existentes en la Ciudad Escolar Ernesto Che Guevara, las Cuevas de Trinidad o el güije del Boulevard.

Disco de otro villaclareño

Disco de otro villaclareño


Por Luis Machado Ordetx

El maestro Víctor [Pucho] López Jorrín, con el virtuosismo sonoro que lo caracteriza, da los toques finales a un nuevo disco, denominado provisionalmente «Experiencias Urbanas», donde capta la realidad inmediata a partir de un contexto alternativo en el que incluye sonoridades propias del hip- hop, soul, timbres latinos y por supuesto jazz, territorio último en que se ubica entre los compositores y arreglistas más prestigiosos del país.

Pronto llegará a «Stereo jazz» —programación de la FM 93.5, de CMHW, espacio dirigido por Jorge Gómez Gutiérrez—, ciertos temas concluidos, mientras otros continúan sesiones de grabaciones de las partes correspondientes a guitarras, drums y contrabajo, números donde aparecerá de invitada la vocalista Joanne.

Este mes, sin precisar fecha exacta, Pucho López, autor de «A wolfman in Seotland», «Cosita suave», «Mensaje siniestro» y «Travel to Sidney» —concebidas en unión de José Manuel Grego e interpretadas por Top Secret—, estará por Santa Clara, ocasión en que presentará el disco de Vionayka Martínez (Vionayka, grabado en los estudios Abdala), donde laboró como arreglista y productor junto al bajista Lázaro (Fino) Rivero.

El tiempo permitirá a López, tecladista de riqueza y versatilidad estilística como improvisador jazzístico, ofrecer un recital de piano en la peña del Museo Hermanos Vidal Caro, en Camajuaní, donde mostrará una vez más por qué clasifica entre los talentosos intérpretes cubanos de la contemporaneidad.

Solitario universo artístico

Por Luis Machado Ordetx

NADA DE OCIO: si la dejan hablar no tiene para cuando concluir. Al emprender lo propio —la pintura—, el deleite por absorber la naturaleza y los vericuetos por adentrarse en sus misterios, la impulsa a un constante bregar.

Responde al nombre de Juana Isabel Coello Trimiño, y desde que se aventuró a los estudios en el antiguo Instituto Pedagógico Makarenko, en Tarará, Ciudad de La Habana, abrió su imaginación al firmamento artístico con apenas 25 años.

Luego se graduó en la antigua Academia Leopoldo Romañach, en Santa Clara, y un tiempo después volvió a la capital y recorrió Pinar del Río y Camagüey en proyectos culturales, hasta que nuevamente ancló en esta ciudad para «reasumir» actividades de técnico en montaje artístico.

Hoy tiene más de seis décadas de vida, y la pintura y el dibujo se convirtieron en una obsesión: el agrado por la flora y la fauna cubanas, el folklore yoruba y las conceptualizaciones del arte popular, la llevan a apoderarse de una manera original en la fascinación de la realidad.

Es ahí donde resurge el goce individual por el puntillismo, la visión de las particularidades de esa técnica neoimpresionista y la inspiración perfeccionista que la animan.

Deudora de los legados impuestos a finales del siglo XIX por los maestros Paul Signac y George Seurat
—inventores de un virtuosismo estilístico capaz de montar escenas en puntos de color, para, una vez completados en la distancia, ofrecer orden y claridad—, Coello Trimiño decantó su versatilidad pictórica.

A mediados de la década de los setentas su presencia fue recurrente en salones colectivos y personales, sitios donde acumuló premios y menciones. Ahí, sobresale, entre muchas obras, el tríptico de «Los perros», así como «El caballero de los gorriones» y..., por solo citar parte de las últimas invenciones.

Intrigado por su manera de pintar y forjar las atmósferas, floreció un diálogo.

¿Por qué el gusto hacia la herencia de los neoimpresionistas, tan alejados estilísticamente en el tiempo?

— Mi visión es propia, sin el respeto total a las claves y normas específicas, solo parecida en el regodeo de la naturaleza, la aplicación de pinceladas yuxtapuestas de colores puros y la búsqueda de intensidades y tonalidades. Así surgieron muchos de los cuadros, y por tanto un estilo o un discurso del que no deseo despojarme. Hay una ruptura con la luz y los colores, para mostrar la distancia, y también el acercamiento del público.

¿Qué ofrece Santa Clara, tras ausencias y reencuentros?

— Todo o casi todo en su naturaleza. La obra, la más importante, está aquí, lugar en el que se queda para beneplácito de quienes conocen de una mirada escrutadora o de un deambular sin rumbo fijo, donde jamás pretenderé ser un parásito. Hay deseos de utilidad en todo lo que hago. Aquí encontré las posibilidades para pintar, y por tanto me hallo a plenitud.

¿Los premios interesan?

— No pinto para contentar a nadie, y tampoco por encargo. Si vienen los lauros, entonces son recibidos. Cuando comienzo una obra, sobre todo en tempera por la economía que brinda —aunque empleo cualquier material—, hasta que no acabo, el gusto anda como escapado y deseoso de contemplar lo soñado.

¿Eres una creadora popular en lo amplio y diverso del concepto?



— Eso es discutible. Mi arte es popular, y va a las raíces y a la realidad inmediata. No todo lo popular es primitivista o Naif. Ahí está cómo aprecio el entorno y nuestra historia e idiosincrasia: esa que algunos carentes de sensibilidad no la perciben, y sin embargo está frente a todos Tengo formación académica, jamás lo negaré, pero la imaginaría se esconden en el hallazgo de lo anecdótico y del cromatismo y el estilo diferente que asumo. Por tanto, tiene su mayor detenimiento en lo popular, sin que esto entrañe lo vulgar o lo chocante de un momento determinado.