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EL GRITO DE ANIDO

EL GRITO DE ANIDO

Por Luis Machado Ordetx 

 www.vanguardia.co.cu

El silencio, desde el hogar o cuando está deambulando por las calles más vistosas de la ciudad, ampara las elucubraciones  descabelladas de una mirada que se posa en torno a acontecimientos verosímiles o no de esa realidad, la cual tiende a reafirmarse en lo mítico.Alberto Anido Pacheco, el polifacético, en su peregrinación por el  tiempo de la creación artística (teatro, música, pintura, narrativa, crítica cinematográfica y…), aparece situado en esa cuerda y decidió que jamás la abandonaría, aunque el mundo cambiara en una sola fracción de segundo.Nadie negará que sea un conocedor, casi empedernido, de Santa Clara, capital de Villa Clara, sitio que, en la algarabía o el trinar de los alados silvestres,   escudriña en demasía para que nada sorprendente escape de una realidad desperdigada de la concurrencia halagadora del instante.Ahora, la Galería de Arte del Centro Provincial de Patrimonio Cultural acaba de irrumpir en la vereda de una época no extinguida, cuando Albertico hurgaba —y todavía persiste en similares afanes—, tras la búsqueda esforzada de güijes, lechuzas, misterios de «chinas», mujeres, del Burro Perico y …Con la ocasión festeja las cuatro décadas y media de hacedor artístico. Es una Retrospectiva que, desde 1970, perpetúa la traslación y las peripecias amontonadas como fundador del legendario grupo Signos, que dirigiera el más eminente de los folkloristas cubanos: Samuel Feijóo.
La línea gruesa, el detalle preciso aforado con la tinta, así como el motivo que subyuga, y también el arabesco sugerente que se aloja en la captación de una imagen, convierten la pintura de Anido Pacheco en decantación estilística, única y eficaz para la comunicación y la lectura.
En La casa en silencio, al igual que en Los ausentes —unas de las tantas piezas narrativas publicadas—, está la inocencia, la pasión y la soberbia, casi en antinomia, por hallar lo propio, distinguir el encanto de la ciudad y el paso de los coterráneos por la historia.El espejismo contenido en la imaginería popular que asombra el pensamiento, el detalle que encaja  en la psicología individual, y la ampulosidad y la mesura del discurso escrito, oral o pictórico que esgrime Anido, convierten toda su obra en exclusividad de una u otra época.Por eso, cada día, cuando el hombre se detiene a contar de sus historias, en los ojos y los oídos del interlocutor retumba un estremecimiento ante tan insospechadas fabulaciones populares, siempre depositadas dentro de un mítico instante creativo: desde el mutismo hasta el estruendo en que ciñe una acabada perfección.  

REMOS DIARIOS DEL CUBANO

REMOS DIARIOS DEL CUBANO

Por Luis Machado Ordetx

  Peregrinos pensamientos, convertidos siempre en amenazas, torpedos y atentados por una vía u otra contra el ansia de soberanía inclaudicable —sentido que se afinca en nuestra idiosincrasia y nacionalidad—, se impulsan desde antaño, en fecha de 1805, sobre Cuba. Los enemigos latientes ubicados en trono herido, pretencioso y hegemonista de las consecutivas administraciones de Norteamérica: Jefferson («hermanar a la Isla» con las posesiones estratégicas de Luissiana y la Florida), Quincy Adams, el artífice de la «Fruta Madura» de Monroe; Hamilton Fish, el mayor connotado contra los artífices revolucionarios de Yara, así como Theodore Roosevelt u Orville H. Platt y... Tal parece que Martí, el más universal de todos los cubanos, el hombre que cayó en Dos Ríos en el empeño de Cuba, previó con solo 20 años, desde Sevilla, España, que ante los connotados enemigos «Es la independencia el esfuerzo supremo de mi patria porque se siente unida en una aspiración fuerte, compacta, potente, ilustrada, rica, amada, requerida por la más fecunda prosperidad...»;[1] esa que en nuestros días conforta a los hijos de esta tierra a no atajarse ante los imposibles y las tormentas —vengan de donde sean—, que la quieran azotar. Otra vez, al retomar la Historia de la Enmienda Platt. Una interpretación de la realidad Cubana, escrito por el erudito Emilio Roig de Leuchsenring,[2] las tasaciones de denuncia de la aberración impuesta a la Isla en el nacimiento de su República «mediatizada» —en política y economía dirigida desde los Estados Unidos—, reentroncan con las formuladas años después frente a los parlamentos del Plan Bush: Informe de la Comisión para la asistencia a una Cuba libre, blandidos desde posiciones de la ultraderecha radicada en la Nación norteña.  Recuerda el investigador que en el número del Congressional Record, de la sesión del Senado de los Estados Unidos del 26 de febrero de 1901, el artículo tres y quinto, respectivamente, del texto concuerda con lo firmado al  Apéndice Constitucional Cubano y el Tratado Permanente: «Qué el Gobierno de Cuba consiente que los Estados Unidos pueden ejercitar el derecho de intervenir para la conservación de la independencia cubana, el mantenimiento de un Gobierno adecuado para la protección de vidas, propiedad, libertad individual y para cumplir las obligaciones que, con respecto a Cuba, han sido impuestas a EE.UU., por el Tratado de Paris y que deben ahora ser asumidas y cumplidas por el gobierno de Cuba[3] El último indica: «Que el Gobierno de Cuba ejecutará y en cuanto fuese necesario cumplirá los planes ya hechos y otros que mutuamente se convengan para el saneamiento de las poblaciones de la isla, con el fin de evitar el desarrollo de enfermedades epidémicas e infecciosas, protegiendo así al pueblo y el comercio de Cuba, lo mismo que el comercio y al pueblo de los puertos del Sur de los EE. UU[4] El contexto, de allá  a acá, cambió, pero aun cuando media un siglo y un lustro de aquella «enmienda» presentada el 25 de febrero de 1901 al Senado por Orville H. Platt, representante por Connecticut al Congreso de los Estados Unidos,  existe demasiado parecido a lo suscrito en el Plan Bush.  El capítulo 2 de ese documento, con 98 páginas y 100 recomendaciones, reseñado a acciones inmediatas, a mediano y largo plazo, para «Enfrentar las necesidades básicas en las áreas de Salud, Educación, Vivienda y Servicios Humanos», así lo revalida:  Al indagar en el sitio digital http://www.cubavsbloqueo.cu, encontramos que desde los Estados Unidos subrayan: «La Oficina de Asistencia a Desastres en el Exterior de la AID debe realizar una valoración sobre el terreno para determinar la situación de la distribución de alimentos, el estado nutricional de los niños, la disponibilidad y situación de las viviendas,  la situación del transporte y las comunicaciones, la producción agrícola, el suministro de agua, las condiciones sanitarias, el estado de las instalaciones médicas, las condiciones de las escuelas y los suministros a estas, la situación de la microeconomía y una recomendación de las medidas prácticas para solucionar los problemas y situaciones detectados». «Los esfuerzos iniciales deben incluir [...] necesidades de cuidados de enfermedades crónicas e inmediatas de las personas ancianas tanto en la ciudad como en el campo [...], adecuados tratamientos médicos, especialmente para enfermedades crónicas como diabetes, hipertensión y las necesidades de aparatos asistenciales. En tanto la situación nutricional de la tercera edad plantea que ha sido reportada de severa, deben establecerse evaluaciones  y monitoreos del estado nutricional y de la situación de salud integral para evitar la malnutrición y crisis médicas severas...» Tamaña equivocación. Tal parece que no recuerdan la impoluta prédica martiana afincada entre los cubanos, quienes en los primeros días de marzo de 1901, ante la aprobación de la Enmienda Platt en el Congreso Norteamericano, enviaron a los periódicos estadounidenses una invocación al pueblo de ese país. Hoy, la alerta sigue en pie: «La independencia absoluta, la soberanía completa —sin limitaciones aquélla, sin mixtificaciones ésta— fueron y son la eterna, inquebrantable e irreductible aspiración de la patria cubana».[5] Martí, el ferviente, con los remos competentes para conseguir la victoria, aunque en el empeño se escapara la vida, dijo que «La libertad obliga a la prudencia: los mutuos deberes al respeto...»[6] Tal fue así: prefirió declarar desde los Estados Unidos, en 1889 —como el que otea al futuro en defensa constante por Cuba y las repúblicas sudamericanas—, que «... Solo con la vida cesará entre nosotros la batalla por la libertad».[7]  De ese modo encaró la muerte y legó un ejemplo de trascendencia histórica y social frente a cualquier adversidad y prepotencia gubernamental.                  


[1] José Martí: «La Solución. La Cuestión Cubana», en Obras Completas, tomo I, p.107, Editora Nacional de Cuba, 1963.
[2] Emilio Roig de Leuchsenring: Historia de la Enmienda Platt. Una interpretación de la realidad Cubana, Editorial de Ciencias Sociales, 1973.
[3] Idem., p. 23
[4]  Idem.
[5] Op. cit., p. 109.
[6] José Martí: «A la Colonia española», Op. cit., p. 137.
[7] Idem, p. 241.

LA LITERATURA ASALTÓ LA SERRANÍA

LA LITERATURA ASALTÓ  LA SERRANÍA

Por Luis Machado Ordetx MANICARAGUA.— Una polvareda infernal que azota en la actualidad a escabrosos trillos y carreteras de la serranía villaclareña —incluidas también las porciones espirituanas y cienfuegueras del lomerío del Escambray—, no impidió que una treintena de escritores del centro del país tomaran por asalto las aparatadas comunidades de aquí, con el propósito de  pertrecharse de diálogos e intercambiar criterios con lectores de diferentes edades, ávidos siempre de las sorprendentes historias que acompañan las recientes impresiones de libros publicados por editoriales cubanas. A tal punto, muchos recordaron —aunque (des)andaran por territorios asfaltados—, los instantes de aquellos primeros ejemplares que, a lomo de burros, circularon por la América Hispana para traer los sueños persistentes de la más famosa de las novelas de caballería del idioma: El Quijote, de Cervantes, émulo en 1605 del periplo que, entre los Virreinatos de Nueva España y del Perú, se hizo en tránsito por los Andes.    No por gusto, casi casualidad, el 23 de abril de 1616, murieron Cervantes y Shakespeare, uno en Madrid y otro en Stratford-on-Avon, momento significativo para la inauguración, dos días después, de la Oncena Feria del Libro en la Montaña, impuesta de  un programa sólido que arrancó, en Güinía de Miranda, Jibacoa o comunidades cercanas, con signos de inusualidad. Lo anterior, pretexto para reconstruir la historia y sus escenarios: 29 escritores de  los más variados géneros, aportaron, como lo hicieron, desde métodos de creación, hasta anécdotas, y visitaron lugares apartados de la geografía serrana villaclareña, entre los que se incluyeron Picos Blancos, Arroyo Bermejo, El Caney del Hanabanilla, Mabujina, Guanayara, Manantiales y Guayabal. Un cálculo frío de cifras, al iniciarse el pasado miércoles la Feria, indica un total de 45 actividades literarias; 43 presentaciones de textos, 4 sesiones infantiles e igual número de interactivas (sitio web sobre la literatura argentina —país invitado a la décimoquinta edición Internacional del Libro—, así como del software Juguete nuevo, de Alfredo Delgado, y de la narración Dile al corazón que ame en voz baja, de Mario Brito Fuentes), y recorridos por escuelas primarias y secundarias de la localidad. También hubo intercambios y extensiones de venta en centros de la producción y los servicios vinculados con labores agrícolas del café, el tabaco y la ganadería: una veintena de asentamientos poblacionales del Plan Turquino villaclareño a los que no tocó la celebración de la Feria Internacional del Libro —que en marzo pasado se insertó Manicaragua por vez primera, junto a Santa Clara y Sagua la Grande—, tuvieron el privilegio de adquirir las más recientes novedades editoriales y comunicarse con una parte importante de sus hacedores artísticos.  Un redescubrimiento de las realidades y las historias que, a veces, se reasientan al papel en soporte impreso o digital, son palpadas a diario aquí, como esencia y evocación de las trasformaciones socioeconómicos que desde hace varios años impulsa el país en zonas apartadas en las que el libro, como bien público e instrucción permanente, es recibido como un privilegio de la espiritualidad. No todo acabó ayer aquí: en junio asentamientos del Plan Turquino Bamburanao (zonas apartadas de Remedios y Caibarién), serán escenario de la Primera Feria del Libro, hecho que permitirá a pobladores y escritores profundizar y prolongar los intercambios sistemáticos que, en precedente, se suscitaron por estos días en el Escambray villaclareño. Esa razón asiste en la actualidad a la Literatura, como una de las Artes con mayor arraigo cultural dentro del universo del conocimiento que alberga el hombre, dispuesto siempre en cualquier recinto, urbano o rural, a no desmayar en esfuerzos por coronar con prontitud sitios que irradian cultura, tal como ahora ocurre con la montaña cubana, apropiada en asalto por los escritores del patio.      

CINCO LUSTROS DESPUÉS

CINCO LUSTROS DESPUÉS

Por Luis Machado Ordetx

 Años después, lógico, rememoro legados tras cinco lustros de realizaciones danzarias en medio de una ciudad que ve pasar a su alrededor a importantes pedagogos y bailarines, rastreadores todos del espíritu folkórico-popular de descendencia africana o hispánica que subyace aún, para bullir de todos, en cualquier recinto que rodee a los cubanos. Ellos se erigieron silenciosos tras las huellas de un sencillo toque de tambor a un orisha —a veces encerrados en la vivienda para evitar el azoro del otro—, hasta aquellos, como Flores Milián, en el central Carmita, empecinado en los albores del nacimiento de 1959 en rescatar el acervo campesino y el contoneo propio que despojan las coreografías del Sumbantonio, La Caringa, El Gavilán y El Zapateo. La fortuna de Flores, ya olvidado, surgió no sólo del recuerdo, sino cuando el intrépido Feijóo recogió en las páginas de Signos una entrevista con el artista, quien reveló historias y testimonios relacionados con la urgencia y el tino del folklore rural. Fue hacedor, además, de un grupo musical acompañante que, en cada presentación en zonas de Camajuaní, hizo delirar hasta los años 80 a los menos intrépidos danzantes, e incluso formó, ante la vejez prematura de algunos de sus integrantes, una cantera de relevos. Similar historia, ahora que escucho dialogar desde la óptica «De lo diverso a lo identitario en la cultura cubana», rememoraría con los impulsos urbanos que recibieron, a golpe de tambor y rumba, algunos de los barrios villareños, émulos, además, de las tradiciones folklóricas dilimitadas por cienfuegueros, espirituanos, trinitarios, y también del occidente y el oriente del país. Pecaría, al cabo de tanto tiempo, si ignorara los legados planteados por los hermanos Víctor y Luis Vázquez Pradera, para que, desde sus deslindes, se acentuara entre todos una tradición artística, de autoctonía y originalidad, en la cual lo propio recibiera, de igual modo, el influjo danzario de otros lares.La pedagoga Sara Lamerán, hasta hace poco, fue alma y guía de las realizaciones danzarias que, año tras año, como hasta mañana, toman por asalto a la ciudad y la envuelven en la magia del movimiento de artistas aficionados, la sonoridad cubana y hasta el diálogo teórico. Hablar de agrupaciones locales y foráneas que intervienen en la cita sería más que extenso por la diversidad de estilos, géneros y tradiciones que difunden, principalmente de raíces hispánicas y africanas. No obstante, en un tanteo, desde Güira de Melena arribó por vez primera Danzarte, agrupación aún joven, que desde un planteamiento técnico-clásico y folklórico internacional, retoma el gusto de las tradiciones de esa localidad habanera por los bailes europeos de salón. Más allá de limitaciones, por supuesto, prenden ahora las enseñanzas que afincan el universo de una idiosincrasia cultural con sólido basamento danzario y musical.

PERFIL DE FRANKLÍN

PERFIL DE FRANKLÍN

Por Luis Machado Ordetx 

Dicen que el acero siempre se fortalece a martillazos, y desde joven, en el natal Caibarién, luego en Santa Clara y otras partes del mundo, pensó que por difíciles que entrañaran las misiones, nada escaparía en el propósito de ampliar los conocimientos que sobre el medio radial, tras las aventuras que siguió de la mano de su padre Feliciano Reinoso Ramos, apodado Jack Dempsey, cuando inauguró la era de la locución deportiva en la mítica emisora fundada por Manolín Álvarez Álvarez, allá en 1922 en la Villa Blanca. Franklin, el más pequeño de los varones de Reinoso, a finales de 1957    —con la osadía de la juventud, y con el orgullo de la tradición impuesta por el progenitor en secciones deportivas e informativas—, llegó a la emisora CMHS-Radio Caibarién y se prendió de un bichito que todavía anda letiente.El cúmulo de anécdotas, experiencias y deseos porque los hechos noticiosos, cada vez que vez que los emprende detrás de un micrófono, salgan a la perfección, valieron recientemente los méritos suficientes para la obtención del Premio de Locución en programas informativos durante el Festival Nacional de la Radio Cubana. Allí, con un editorial y un noticiero, preparado por la periodista Dalia Reyes Perera, valieron para conseguir ese galardón, ejemplo de constancia que lo insufla a no detenerse en el andar profesional.  Apegado a su medio, por azar el diálogo fermentó en el patio del local que ahora ocupa, de manera temporal, la CMHW, sitio que, desde hace 34 años, frecuenta con una asiduidad propia del que encuentra el estudio y el micrófono como una prolongación insustituible de la familia. Jamás se le ve en programas de la calle, tal vez sea un miedo escénico que lo limite por temor a la reiteración, al no pronunciar correctamente, a elevar el tono más allá de lo permisible, a carecer del voto de la exhortación. No obstante, admite que lo propio de su hacer reside en la cabina, en un estudio y en programas informativos. Sólo el descanso que lo obliga a alejarse de esos recintos,  le permiten un despego momentáneo de los trajines radiales; aunque afirma, siempre la preocupación y el estudio lo llevan a repasar las programaciones diarias en las que interviene. Franklin Reinoso Rivas, tras procrear también una familia —entre locutores, traductores y periodistas—, es un hombre que, aún los años y la experiencia, se considera un aprendiz de cada ocasión, reacio siempre a la improvisación desde que, después de solicitar la baja, en 1962, de las filas de la Marina de Guerra Revolucionaria,  llega a CMHW para realizar suplencias y cubrir vacaciones de los titulares del micrófono en ristre. ¿Por qué te estableces definitivamente entre el colectivo de la llamada Reina Radial del Centro?  Bueno, jamás pensé abandonar Caibarién, pero después de la desmovilización como miembro de la MGR, ya se auguraba poca vida a Radio Caibarién, y en 1963 matriculé un curso amplio, auspiciado por el ICRT en La Habana, para formar locutores. Allí se impartía desde administración hasta narración dramática, lectura y redacción de noticias, historia y música cubana. El primero de diciembre de ese año arribé a CMHW hasta los días de hoy. Esta es y será siempre mi casa, sitio al que presto una dedicación absoluta desde el instante en que el maestro Nelo  Évora Valdés ofreció la posibilidad de establecerme en faenas laborales dentro del medio. Eso no lo olvidaré jamás. ¿Algunos aseguran que eres un músico frustrado?  Sí, es cierto. Maestros de la talla de Pucho López y Chú Rodríguez se asombran del sentido y el oído musical que tengo para el montaje de voces, la presencia del desafinado y la grabación. Siempre existe un gusto por todas las sonoridades cubanas y la buena música universal sin distinguir patrones entre los encasillados de culta y popular. Tal vez sea un fruto del refugio que hallé en  CMHA —la antigua Onda Musical—; el Estudio 8 (multipista) de W donde hice unas 4 mil grabaciones de solistas y agrupaciones villareñas devenidas en la actualidad como antológicas por la calidad de las facturas terminadas. Hasta algunos discos se hicieron allí. La Fonoteca conserva muchas de aquellas realizaciones, en las que trascienden las audiciones de la Orquesta de Música Moderna, los Festivales del Creador Musical y de algunas agrupaciones y solistas ya desaparecidos.Fueron años difíciles, de controles remotos por todas las regiones de Las Villas; con trabajo agrícola en la mañana y sesiones radiales por la tarde o la noche, en tiempos en los que existía un gusto por todo lo que realizábamos. ¿Acaso ahora no existe ese aguijón espiritual?  Claro, pero determina la especialización de cada cual y también imperan limitaciones objetivas. En esta emisora, mi casa grande, durante un tiempo lo mismo hacía funciones de locutor, que de torrero, grabador, director o coordinador de programas. Vienen a la memoria los instante de Radio Cien Días, la Zafra de los Diez Millones, Música y Juventud, y... Ahora, solo la locución impregna la mayor dedicación. ¿Eso también ocurre en la búsqueda de los ancestros y la idiosincrasia del «cangrejero» de la Villa Blanca? A Caibarién casi no voy, pero recuerdo todos sus encantos de la época de juventud, sus parrandas, y también comidas típicas que en ocasiones en reuniones de amigos en las que interviene Víctor Manuel Menéndez, otro locutor de CMHW, rememoramos con las hechuras de los sabrosos arroz a la Marinera o la Salsa de Perro.  Ahora que mencionas la locución. Volvamos al tema. ¿Cuándo un profesional de la palabra hablada, frente a un micrófono, adquiere madurez? Mira, siempre estoy relacionado con los programas informativos, noticieros estelares y otros espacios en los que cada locutor impone un estilo de acuerdo a las características del medio de prensa. Creo que la enjundia requiere un lustro como mínimo frente a los micrófonos y el tránsito por todas las especialidades que exige ese ejercicio. Nada puede faltar en una profesión que exige autopreparación, documentación y lecturas diarias. ¿Cuáles son esas cualidades que refrendan el conocimiento? En la locución informativa la voz tiene que adquirir un sentido agradable, con excelente dicción y lectura media plana, sin mucha intencionalidad, para que el texto no se convierta en comentario. O sea, sobre todo dicción impecable y entonación semiplana y fluida. ¿Es fácil encontrar locutores jóvenes? No aparecen con frecuencia. Desde la Cátedra de Locución que presido en Villa Clara, uno se percata que en ocasiones la tarea de localización resulta difícil, y nuestra misión es hallarlos y prepararlos para que funjan como relevos.  En el hacer diarista, ¿cuáles son las situaciones difíciles que enfrentas? Aparecen cuando algo no sale correctamente por subjetividades de cualquier tipo en equivocaciones que salen al aire, y al final duelen. Sin embargo, todo pasa por el tamiz del trabajo de mesa, de la autopreparación individual y colectiva previa al momento de transmisión. También ubicaría aquellos instantes que uno sitúa entre los hijos adoptivos y que después de años desaparecen, y hago referencia a Melodías de Siempre, un programa que después de décadas impuso una preferencia y aunque todavía se transmite, desde que dejé de hacerlo no lo percibo igual.     

¡FEIJÓO!

¡FEIJÓO!

Por Luis Machado Ordetx  De tan irreverente, Samuell [San Juan de los Yeras, 31de marzo de 1914-La Habana,  14 de julio de 1992], considerado un «hombre-montaña», fundó y animó una catedral jamás soñada por una institución docente cubana, al instaurar una editorial que, durante casi un decenio, publicó de Santa Clara, con el concurso de varias casas impresoras capitalinas, monumentales textos teóricos, poéticos, narrativos y pictóricos elaborados por cubanos y extranjeros. Esa constituye una de las aristas menos difundidas —tal vez por conocida o anónima— sobre el más grande de los fabuladores y recreadores del contexto y los hombres de la campiña isleña, y de quien todavía, al decir hace poco de Miguel Barnet, se erigen deudas impagables en el recuento del tiempo en que condujo el Departamento de Relaciones Culturales de la Universidad Central «Marta Abreu» de Las Villas, sello que llevó, en primera instancia, una editora sui géneris amparada por una revista tan descomunal como ISLAS, nacida en 1958. Por coincidencias raras de la vida, unos meses después, el 31 de marzo de 1959, fecha en que también Feijóo celebraba su onomástico, el Gobierno Revolucionario firmaba el decreto de constitución de la Imprenta Nacional  de Cuba. Los talleres de Úcar, García, S.A., lugar de donde  salieron las tiradas legendarias del grupo de Orígenes [1944-1956],  trajeron después, con la obesrvación de Samuel, el encuentro de los lectores nacionales y foráneos con las ediciones príncipes de Lo cubano en la poesía —antológicas conferencias que preparó Cintio Vitier—, así como Contrapunteo cubano del tabaco y el azúcar, y la Historia de una pelea cubana contra los demonios, ambas de Fernando Ortiz, y José Antonio Saco (Estudio biográfico), de Manuel Moreno Fraginals.      En el prólogo de Historia…, Ortiz precisó que por vez primera Cuba llenaba páginas de glorias, en medio de la penuria de entonces, con la presentación de textos tan enjundiosos que explicaban el ser y la conciencia de la Nación, hecho debido en parte al sustento espiritual de Feijóo Rodríguez y el respaldo institucional y del Estado, urgido y comprometido en trasladar la Cultura al sitio que colmara los más recónditos firmamentos sociales. Luego vinieron los rubros de la rotativa Héctor F. Rodríguez, de Artes Gráficas, en La Habana, y libros únicos para todos, reseñados en las colecciones Biblioteca Folklórica y de Estudios Hispánicos: Ayer de Santa Clara (Florentino Martínez), Gente de Pueblo (Onelio Jorge Cardoso), Tratados en la Habana (Lezama Lima), Kant, iniciación de su filosofía (Medardo Vitier), El pan de los muertos (Labrado Ruiz), Donde canta el tocororo (Leoncio Yánes), Francisca de Rimini (Nino Berrini), Biografía del tabaco cubano (García Galló), El caserón del Cerro (Marcelo Pogolotti), Crónicas habaneras (Julián del Casal), Árboles sin raíces (González de Cascorro) y…   La lista rebasa el centenar, y aunque no existía una tradición en la edición de libros, y menos de diseño, en lo fundamental, eran primeras tiradas, casi manufacturadas, en textos, imposibilitados antes de publicación. Un cotejo indica que las erratas fueron mínimas, gracias al beneplácito y la dedicación reiterada de Samuel. Algunos, devenidos en catedrales teóricas, de tipografía e inclusión de ilustraciones, dieron la luz pública a nuevos autores, mientras otros sólo tuvieron una divulgación, incluidos ensayos, novelas, averiguaciones, animaciones y promociones originales del universo creativo feijoseano: Diario Abierto. Temas folklóricos cubanos; Azar de lecturas; Alcancía del artesano; Segunda alcancía del artesano; Fantasía del dibujo popular; Los trovadores del pueblo; Cuentos populares, La décima culta en Cuba; El girasol sediento y Juan quinquín en Pueblo Mocho, por citar algunos. De la mano protectora de Samuell aparecieron Meditación Americana, de Juan Marinello o La filosofía de José Martí, de J.I. Jiménez Gruñón, y Papelería o Idea de la estilística, de Fernández Retamar, ya rarezas en bibliotecas privadas protegidas por el celo de los propietarios.   Rupturas e incomprensiones, favorecieron que el «poeta guajiro» —como lo llamaron—, dejara en 1969 los proyectos del departamento de Estudios Folklóricos y Publicaciones de la Universidad Central y emprendiera otro, menos ambicioso que el anterior, pero de una raigambre sin fronteras: la revista SIGNOS, valiosa contribución temática, estilística y tipográfica  al patrimonio cubano. Los aportes novedosos de sus primeros 35 números, preparados con el celo personal de Feijóo, no tienen parangón en la historia de la Cultura Cubana. Por desgracia, la tirada siguiente, la 36, ya preparada, se extravió sin que su paradero actual tenga el más acertado de los conocimientos. Similar ruta tomaron algunas de esas joyas, denominadas grabados, y que al cabo del tiempo se consolidan como verdaderas rarezas artísticas y de diseños novedosos, las que empleó en el engalanamiento ilustrativo de las páginas.    El más inmenso fabulador de los campos cubanos, pertrechado de un original estilo investigativo y de promoción de todo lo que enalteciera la espiritualidad nacional, todavía persiste como Wampampiro Timbereta     — uno de sus personajes favoritos—, en Sensible Zapapico,  a la caza de un güije o un pájaro fantasma, para ser e ir, en exclusividad, a los parajes insospechados que lo reafirman como raíz y tronco de la esencia de lo nuestro.De tan irreverente, Samuell [San Juan de los Yeras, 31de marzo de 1914-La Habana,  14 de julio de 1992], considerado un «hombre-montaña», fundó y animó una catedral jamás soñada por una institución docente cubana, al instaurar una editorial que, durante casi un decenio, publicó de Santa Clara, con el concurso de varias casas impresoras capitalinas, monumentales textos teóricos, poéticos, narrativos y pictóricos elaborados por cubanos y extranjeros. Esa constituye una de las aristas menos difundidas —tal vez por conocida o anónima— sobre el más grande de los fabuladores y recreadores del contexto y los hombres de la campiña isleña, y de quien todavía, al decir hace poco de Miguel Barnet, se erigen deudas impagables en el recuento del tiempo en que condujo el Departamento de Relaciones Culturales de la Universidad Central «Marta Abreu» de Las Villas, sello que llevó, en primera instancia, una editora sui géneris amparada por una revista tan descomunal como ISLAS, nacida en 1958. Por coincidencias raras de la vida, unos meses después, el 31 de marzo de 1959, fecha en que también Feijóo celebraba su onomástico, el Gobierno Revolucionario firmaba el decreto de constitución de la Imprenta Nacional  de Cuba. Los talleres de Úcar, García, S.A., lugar de donde  salieron las tiradas legendarias del grupo de Orígenes [1944-1956],  trajeron después, con la obesrvación de Samuel, el encuentro de los lectores nacionales y foráneos con las ediciones príncipes de Lo cubano en la poesía —antológicas conferencias que preparó Cintio Vitier—, así como Contrapunteo cubano del tabaco y el azúcar, y la Historia de una pelea cubana contra los demonios, ambas de Fernando Ortiz, y José Antonio Saco (Estudio biográfico), de Manuel Moreno Fraginals.      En el prólogo de Historia…, Ortiz precisó que por vez primera Cuba llenaba páginas de glorias, en medio de la penuria de entonces, con la presentación de textos tan enjundiosos que explicaban el ser y la conciencia de la Nación, hecho debido en parte al sustento espiritual de Feijóo Rodríguez y el respaldo institucional y del Estado, urgido y comprometido en trasladar la Cultura al sitio que colmara los más recónditos firmamentos sociales. Luego vinieron los rubros de la rotativa Héctor F. Rodríguez, de Artes Gráficas, en La Habana, y libros únicos para todos, reseñados en las colecciones Biblioteca Folklórica y de Estudios Hispánicos: Ayer de Santa Clara (Florentino Martínez), Gente de Pueblo (Onelio Jorge Cardoso), Tratados en la Habana (Lezama Lima), Kant, iniciación de su filosofía (Medardo Vitier), El pan de los muertos (Labrado Ruiz), Donde canta el tocororo (Leoncio Yánes), Francisca de Rimini (Nino Berrini), Biografía del tabaco cubano (García Galló), El caserón del Cerro (Marcelo Pogolotti), Crónicas habaneras (Julián del Casal), Árboles sin raíces (González de Cascorro) y…   La lista rebasa el centenar, y aunque no existía una tradición en la edición de libros, y menos de diseño, en lo fundamental, eran primeras tiradas, casi manufacturadas, en textos, imposibilitados antes de publicación. Un cotejo indica que las erratas fueron mínimas, gracias al beneplácito y la dedicación reiterada de Samuel. Algunos, devenidos en catedrales teóricas, de tipografía e inclusión de ilustraciones, dieron la luz pública a nuevos autores, mientras otros sólo tuvieron una divulgación, incluidos ensayos, novelas, averiguaciones, animaciones y promociones originales del universo creativo feijoseano: Diario Abierto. Temas folklóricos cubanos; Azar de lecturas; Alcancía del artesano; Segunda alcancía del artesano; Fantasía del dibujo popular; Los trovadores del pueblo; Cuentos populares, La décima culta en Cuba; El girasol sediento y Juan quinquín en Pueblo Mocho, por citar algunos. De la mano protectora de Samuell aparecieron Meditación Americana, de Juan Marinello o La filosofía de José Martí, de J.I. Jiménez Gruñón, y Papelería o Idea de la estilística, de Fernández Retamar, ya rarezas en bibliotecas privadas protegidas por el celo de los propietarios.   Rupturas e incomprensiones, favorecieron que el «poeta guajiro» —como lo llamaron—, dejara en 1969 los proyectos del departamento de Estudios Folklóricos y Publicaciones de la Universidad Central y emprendiera otro, menos ambicioso que el anterior, pero de una raigambre sin fronteras: la revista SIGNOS, valiosa contribución temática, estilística y tipográfica  al patrimonio cubano. Los aportes novedosos de sus primeros 35 números, preparados con el celo personal de Feijóo, no tienen parangón en la historia de la Cultura Cubana. Por desgracia, la tirada siguiente, la 36, ya preparada, se extravió sin que su paradero actual tenga el más acertado de los conocimientos. Similar ruta tomaron algunas de esas joyas, denominadas grabados, y que al cabo del tiempo se consolidan como verdaderas rarezas artísticas y de diseños novedosos, las que empleó en el engalanamiento ilustrativo de las páginas.    El más inmenso fabulador de los campos cubanos, pertrechado de un original estilo investigativo y de promoción de todo lo que enalteciera la espiritualidad nacional, todavía persiste como Wampampiro Timbereta     — uno de sus personajes favoritos—, en Sensible Zapapico,  a la caza de un güije o un pájaro fantasma, para ser e ir, en exclusividad, a los parajes insospechados que lo reafirman como raíz y tronco de la esencia de lo nuestro.

MARINELLO, OTRA ESPIGA IGNOTA

MARINELLO, OTRA ESPIGA IGNOTA

Este 27 de marzo se cumplen tres décadas del fallecimiento de Juan Marinello Vidaurreta, uno de los principales teóricos cubano y latinoamericano del Arte y la Literatura. 

Por Luis Machado Ordetx

Fotos: Archivo del Autor

Fragmento de un libro en fase de terminación.

                          «La tristeza no embriaga con la crítica:   

             florece como el renuevo que estimula  

           a crecer y no a equivocarse...». [1]                  

            Manuel Navarro Luna 

¡Qué paradójico!..., dirán. El viernes 20 de enero de 1967, desde la Delegación Cubana en la UNESCO, en Paris, Juan Marinello Vidaurreta remitió una carta con demasiada premura a una vivienda en Santa Clara.

 

 No era la primera vez, hay absoluta seguridad, de que empleara el correo ordinario o certificado, en brevísimas letras, para urgencias personales. Decía: «Negro, como en otras ocasiones, donde requeríamos que estuvieras, con tu calor de versos y pueblo, necesito  determinados envíos que puedes hacer…». [2]

 

Pedía con humildad libros para llenarse de placer y sabiduría, sobre todo un ejemplar del Mapa de la Poesía Negra, antología preparada, en 1946, desde esta ciudad por Emilio Ballagas Cubeñas. En otros, tal vez, pudo delegar en la solicitud, pero el escogido de ocasión era el declamador villaclareño Severo Bernal Ruiz, a quien lo unían lazos de profunda amistad, casi cercanos en la camaradería familiar.

 Jamás el destinatario preguntó el por qué, y el otro falleció, hace 30 años, el domingo 27 de marzo de 1977, sin dar respuesta tajante a semejante incógnita, lo que registró al declamador como degustador de una ignota espiga para hallar a Marinello alejado de responsabilidades políticas o sociales y también  de los azotes del tiempo: exponerse íntimo en cualquier lugar, pródigo de cariño, de lealtad fina y decidida, características estas que identificaron a un humanista de pecho depurado.

 MARCAS DEL SENDERO 

«De ese coetáneo tengo avidez de conversar», señaló Bernal Ruiz durante una entrevista realizada en 1988. Allí destacó que Marinello trazó una ruta y un horizonte, de hechura e inteligencia, para generaciones de cubanos dispuestos a ennoblecer a la Patria con a las huellas imperecederas del antiimperialismo y el latinoamericanismo de Martí.

 Fue común, entre algunos de los hombres de su generación, encontrase en puntos fijos, cuando los compromisos lo facilitaban. En Manzanillo, La Habana, Santa Clara, Sagua la Grande, Caibarién,  Narcisa, Yaguajay o..., llegaba con sistematicidad, cámara fotográfica en ristre, junto a su esposa, la pedagoga Pepilla Vidaurreta.

 En otros recintos, también coincidíamos, casi siempre, los fines de semana, y emergía el coloquio ardiente, el recado escrito, el imperioso crédito del diálogo y la palabra. Lejos, envuelto en la agitación política y revolucionaria —en meditación literaria, y ahijando el porvenir—, señaló el declamador que Juan, nacido en 1898 en predios villaclareños del poblado de Jicotea, «sacó sistemáticas fuerzas, no sé de dónde, para sustentar la unidad de creación y encausar los derroteros estilísticos y temáticos de un grupo de intrépidos “aficionados” que a finales de la década de los años 30 se sumaban al quehacer artístico».

 

Revelaba así la vocación del humanista: la maestría pedagógica del mentor, marxista-leninista, americanista y universal, y tenía inspirada palpitación en los retoños. En todo era nítido de carácter. Tal vez porque sacaba ventajas por la profundidad erudita que esgrimía, la edad, la vivencia, así como los conocimientos que sobre el arte  y la literatura acumulaba ya al cobijo de la absorción adoradora de los progenitores predilectos, entre los que aparecía Martí, Lenin, Mella, Villena y... Esa proporción, tamañuda, reposaba en una procreación dialéctico-materialista que transbordaba, adentro, en las entrañas.

 

Las reminiscencias del contacto con Marinello, explicó Bernal Ruiz, «sobrevino en septiembre de 1936, justo a raíz del fusilamiento de García Lorca. Estaba compungido, terriblemente quejumbroso, por lo acontecido».

 

 Por esa fecha, el declamador se adjudicó, entre las muchas amistades, el vínculo con otras tres personalidades literarias que formaron una estela en lo inmenso y transparente: Ballagas Cubeñas, Raúl Ferrer Pérez y Manuel Navarro Luna. A los encuentros, casi siempre, acudía Pepilla Vidaurreta.

 

Jamás en Cuba un hombre, de tanta energía, vitalidad e inventivas, consagró un nutrido  espacio escrito o hablado para sentenciar, aguijar y predicar en favor de una vertiente lírica, narrativa y, en definitiva artística, que calara en la cuenca del alma nacional: en el andar solicitaba ese toque que universalizara y, además, alejara cualquier pronunciación de atisbos folcloristas, superfluos, vacuos...

 

En noviembre de 1938 —retornando a lo pretérito, sustentó Bernal Ruiz—, «en aureola expedita y rodeado de habituales a las veladas del central Narcisa          —donde se afincaba el enclave de Raúl Ferrer Pérez—, el teórico bosquejó (con talante sintético, amargo y molesto), la lectura de ciertos fragmentos implícitos en una carta de José Ángel Buesa, el poeta romántico.

 

Marinello estuvo en desacuerdo con las exposiciones de Buesa, quien venía lados flacos en el verso y el teatro del andaluz.

 

Entonces, repasó el cabello cano con sus manos y dijo que eran  «[...] frondosas alas de un árbol, lozano y erguido, en una mañana luminosa de reposo».[3] Destacó, igualmente, indicó Bernal Ruiz, la profundidad y el calibre imperecedero de una armonía íntima en señeras metáforas, y rememoró otros recursos expresivos, hispánicos, colmados de un parangón especial en toda la obra de Lorca.

 

Expuso: «Conocí al granadino, aquí en Cuba donde le acompañé, en su preferible estancia, cuando ya había despertado, y se exhibía en humildad sincerísima como un inventor nacional y universal, bebiendo de la realidad de pilas sustanciosas -sin que el goce y la petulancia lo embriagaran-, y aportando esencias contenidas en un insospechado globo de duendes, fantasías y protagonistas...».[4]

 

«Por Juan juzgábamos. Todos quedábamos alejados de lo ajeno y extemporáneo. El éxtasis promovido por veraces mensajes —de mesura tangible, de encanto y detalle—, nunca agujereó las arterias de la curiosidad pensativa, y se levantaron en puntos de arranque exclusivos y ecuánimes. El teórico que aleteaba en la mente proverbial de Marinello —me consta—, era inflexible con las investiduras inconclusas, adulteradas e impropias: ponderaba todo atisbo de experimentación, siempre y cuando se aplanara las circulaciones nutrientes de la cultura y las idiosincrasias nacionales», refirió el declamador.

 

«Lo presumí —como otros—, un tamiz, un pulidor, y orfebre capaz de componer discursos y  apreciaciones acertadas. Como tal recibió el merecido respeto y tributo, y durante algunas recitaciones, me censuró. Con acentuación calmosa y comprensiva ausculto el tiempo, y fustigó con energía cuando se percataba de una intervención donde distorsionaba la psicología del mulato o el negro. Sonsacaba: «!Severo, así no compareceremos en ninguna parte, porque los que hacen ese tipo de versos tienen la culpa: confunden folclore y folclorismo, pasión y reivindicación, cultura popular y visión nacional, arranque tradicional o experimentador, con moda, esencia y visión moderna!»

 

Gratos relámpagos amontonó y acaparó Severo Bernal Ruiz en la recordación de Juan. Unos son lejanos, y otros próximos a su desvanecimiento. A los escritores que asumían un compromiso social con el pueblo, persistentemente, les acarreó, en similar proporción,  la estimación mayor, el afecto o el reproche. También, por encima de todo, espetó la veracidad anunciadora e imperecedera de una literatura que acunara en lo autóctono como parangón de la virtud.

 

A Ballagas, Guillén, Navarro Luna, Gómez Kemp, Raúl Ferrer Pérez, Carlos Hernández López, Eusebia Cosme, Martínez Pérez, Agustín Acosta..., siempre les prodigó y estacionó fieras y naturales reliquias del esclarecimiento: todas aguijaron en un reclamo voraz y sincero en la pugna por el rescate de las enjundias que acrecientan la idiosincrasia del cubano, refirió Bernal Ruiz.

 

Treinta años después de la salida de La Zafra, de Agustín Acosta, apareció una carta en la residencia del declamador. El remitente recapacitaba en relación con una diatriba de Marinello publicada en la revista Cuba Contemporánea y la Gaceta de Bellas Artes. Desde la calle Descanso, número 12504, en Matanzas, Acosta, el poeta, replanteaba un discurso sin la presunción angustiosa del que tolera una censura o unos cuantos elogios.

 

El matancero advertía: «Antes y después de mis principales libros, y hablo de Ala, Hermanita y La Zafra, todo lo que guarda el perpetuo silencio de las gavetas o está publicado, transporta el consejo latiente de Marinello. ¿Cómo despegarme de esa savia suya, del alertar y el aguijón, para despuntar un mal paso o una nota fuera de lugar? Vendrán otros críticos, aun con las diferencias de enfoque que tenga, pero ninguno calará tan profundo como él. Adentró la mirada en torno al pesimismo mío, calmó la sed pidiendo poesía (lo había dicho en las “Palabras al Lector” y no me avergüenzo), y la encontró, a pesar de que cuentan que soy un consagrado. Sigo escribiendo nuevos versos. No obstante, continúo apegado a la pupila de su instrucción...»[5]

 

Esa misiva no cayó del aire. Tampoco estaba exenta de intencionalidad: desde las incursiones que realizó Bernal Ruiz, por invitación de Carilda Oliver Labra, a las peñas literarias de la Atenas de Cuba, emergió la descarga epistolar que, incluso, aleccionó puntos de vista y la consideración por la literatura y las concepciones emitidas por el ensayista marxista-leninista.

 

Ningún examinador cubano de su tiempo, incluyendo a extranjeros, meditó como Juan Marinello con la más sublime de las vehemencias en torno a asuntos formales, estilísticos y temáticos de la poesía y la narrativa hispanoamericana. Vislumbró incrustaciones canijas y enmarañadas, y azotó cuanto se desentendía de la imperiosa visión auténtica de las condicionantes sociales del momento.

 Acosta precisó, muy acertadamente, que en las detonantes de Marinello se instalaban la apropiación de la historia, en la búsqueda, el acierto y el hallazgo del criollismo de esencias, y en la inquietud que trascendía los umbrales del país o una época. De ese modo admitió las descargas y corrigió sus tiros líricos.En lo tocante a la poesía negra, Juan Marinello también abarcó a los declamadores: hay que contarlo con justeza. «Fue enérgico con el experimentalismo y la simple novedad. Pedía adentrarnos en el alma nacional sin “jugueteos culteranos o los vericuetos falsos de las palabra”, y fustigó, sí, tras la recitación en privado o en público, para alejar disfraces y pintoresquismos que     —en contundente reclamo—, empequeñecían al cubano. Con la refriega repasé fórmulas para aprehender y desenredar las principalidades de los repertorios y los poetas», aseguró Bernal Ruiz.

                                        EL OJO DEL MARXISTA 

Esa apreciación, en tal sentido, estaba henchida de didáctica estética e ideológica. Marinello era exclusivo, único en su vocación marxista-leninista y de raíz martiana. La cualidad y particularidad de la cubanidad —desperdigada del «divertimento»—, y sus temas,  contenidos y motivos,  lo instaron a dilucidar un arte rebosante de absorbentes humanos.

 

«Actualmente lo aprecio, tal como era: luminosidad meridiana del pensamiento teórico. En este papel amarillento, aparece un subrayado, donde explaya: “Queremos al negro en toda su medida, en la pena de su destierro, en la luz de su música poderosa, en la ternura de su canto ciego, pero también en la justicia de su rebeldía”, hecho que me tocó muy cerca...»[6]

 Cierto día, confesó Bernal Ruiz, durante una efímera coincidencia de respetables amigos, a principio de la década de los 60, aquí en santa Clara, extendió ese documento a Marinello, y espantado percibió la placidez del otro por agenciárselo. Sin embargo, el crítico prefirió que prosiguiera en manos del declamador.Sin duda, Juan fue un definidor, un surtidor de voluntades, que sufragó, con  hondura histórica, correcciones del disparo lírico de la cultura cubana: encarnó particularidad y devoción para el esclarecimiento oportuno, y quienes lo rodearon, siempre vieron el sentido del esplendor del coloquio ameno y el consejo diario que se esparce al viento y se afianza en la tierra.  


[1] Manuel Navarro Luna: Carta al declamador Severo Bernal Ruiz. Fechada en Manzanillo, viernes 18 de febrero de 1949. [Inédita.]

[2] El investigador conserva el original.
[3] Palabras textuales expresadas por el declamador.
[4] Tomado de apuntes almacenados por el testimoniante. El autor cree que ese documento se encuentra dentro de los libros donados a la Universidad Central tras el fallecimiento del declamador en 1989.
[5] Carta de Agustín Acosta, fechada el sábado 12 de enero de 1957. (Inédita.) La alusión a Marinello instituyó, en esencia, un modo de presentación del matancero y un aval crítico: Acosta conocía, por supuesto, la amistad que unió al declamador con el ensayista. 
[6]  Guardado en el archivo del declamador. Desconocido su paradero después de la muerte del artista. Sobre lo apuntado, puede consultarse, además: Juan Marinello, Ibíd., p. 389.

CATURLA, SIEMPRE UN DESAFÍO

CATURLA, SIEMPRE UN DESAFÍO

Por Luis Machado Ordetx

Caturla todavía goza las algazaras y el provocación de los ritmos africanos que prohijaba el bembé de Antonia la Lucumí, allá en el trillo de La Mar, en San Juan de los Remedios, sitio de donde se erigió como el más universal de los compositores cubanos del siglo pasado.

Tal vez de ahí viniera el apelativo que le endilgaron en predios habaneros, en la década de los años 20, cuando al decir de Carpentier, algunos lo tildaron de «loco» al prenderse de la liturgia dramática que propicia la negritud o la españolidad existentes en el ser cubano.

De ahí que, tanto la vida y obra jurídica o musical de este hombre nacido el miércoles 7 de marzo de 1906, estuviera marcado por el desafío a su tiempo y a la sociedad en que se desenvolvió, hechos que todavía aguardan de otras precisiones investigativa para completar el perfil definitivo del creador.

Aún persisten posibles escudriñamientos en todos los campos, solo que se precisa hurgar en anecdotarios, hechos comparativos, papelerías escondidas, análisis musicológicos, influencias, estro lírico y sinfónico, difusión de las composiciones magistrales y audacias de un orfebre que recreó con delirio propio los sueños de Milhaud, Honegger, Poulenc, Tailleferre, Auric, Durey, Stravinsky, Satie, Debussy, Ravel y…

La proyección artística y pedagógica de Alejandro García Caturla, desde el sentimiento de cubanía y renovación, creció y se prodigó con un sello de originalidad estética, capaz de sostener permanencia y dificultades crecientes para el más avezado de los instrumentistas, urgidos siempre desde la contemporaneidad, de un estudio constante en aras de vencer los escollos de los signos escriturales, tal como dijera Martí de José White.

Bien valen ahora las remembrazas del A Tempo con Caturla, una jornada sin parangones similares en todo el país, solo que gustaría más de un protagonismo para Remedios, sitio que vio al hombre por última vez el martes 12 de noviembre de 1940, cuando una bala traicionera encandiló su duende abarcador. Igual parecer daría a San Juan de los Years, Manzanillo, La Habana, y por supuesto a Santa Clara, en los que estaría presente no solo una semana, sino siempre.

Los delirios del artista perviven entre las sinuosas callejuelas de su ancestral villa pueblerina, incluso van más allá en esos territorios cubanos, en los que residió para satisfacer los requerimientos jurídicos de la profesión, y donde convocó a todos los conjuros y sonoridades con el soberbio empeño de situarnos a tono con lo mejor de la universalidad musical de una época.
No basta abarcar a ese grande compositor por un instante en ocasión del centenario del nacimiento —recién casi escapado—, sino, tenerlo activo con la enjundia sinfónica, popular y cubana con que desafío, encandiló y promovió con sentido y convicción universal, capaz de erigirse en «bravatas» artísticas para su tiempo, y también del nuestro.