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LAURELES, IRMA Y CAIBARIÉN

LAURELES, IRMA Y CAIBARIÉN

Por Luis Machado Ordetx

Doblegados y otra vez erguidos en símbolo de victoria, aquilato en  imagen visual a los laureles del interior y la periferia del parque La Libertad, en Caibarién. Transcurren las horas y todo queda guardado en la memoria fotográfica.

Es la idéntica estirpe que forma al pueblo cubano en  resistencia indoblegable frente a las violentas rachas de vientos de Irma, el huracán.

En el refugio improvisado en la emisora CMHS, según las posibilidades, una reproducción, y otra más, captó el hostil ambiente desde los portales. La lluvia, persistente y pulverizada, tenía sabor a salitre. Estábamos a unos 200 metros de la costa, desprovistos de alimentos y la mañana de sábado presagió, como ocurrió, que no tendría destellos de luminosidad.

La planta radial, entre informaciones que llegan y otras que van diseminadas por el éter y las redes sociales, marcan una impronta cuando nadie pega un ojo en Cuba. En muchas partes del mundo se mantienen atentos a los destinos de otra  Villa Blanca que, como su homóloga de Gibara, permaneció a merced de la fuerza bruta de naturaleza.

Descomunal aquellos arranques enfurecidos hacia el noroeste del país. También gigantesco todo el espíritu de recuperación que resurge ahora. Nadie cesa.

Aunque es historia pasada, a las siete de la mañana, todo era incierto. La antena que evaluó la velocidad de los vientos colapsó. Eso ocurre cuando el soplo en furia rebasa los 180 kilómetros por hora. Entonces no existió comunicación con el personal cubano que custodia los hoteles de la cayería, y se desconocían noticias de la suerte del pedraplén. Ya cuantificaban, en número preliminares, derrumbes parciales y totales en viviendas e instalaciones fabriles.

Lo más notorio: no hay pérdidas  de vidas humanas, y todos los habitantes están a excelente resguardos en locales habilitados con anterioridad. La policlínica Pablo Agüero Guedes acogió a los hostipalizados, atendidos por personal especializado de Salud Pública. El pueblo, por una vía u otra, estuvo, y estará atento a las informaciones que difunde la emisora local.

Es la razón que anima al personal técnico de una planta radial con experiencia en contingencia. No importa que todos lleven, en permanencia   total, unas 72 horas frente al micrófono, el teléfono y las conexiones de Internet. Tampoco que el agua potable y alimentos ligeros sean mínimos. Lo trascendente es difundir mensajes de aliento y propagar la verdad de los hechos, por dura que sea la realidad que  acoge en ese instante.

Los corresponsales vilaclareños (Vanguardia, ACN y CMHW), también recibimos la solidaridad humana y profesional de los colegas de allá. Hasta los escasos alimentos e infusiones, buscadas con anterioridad, compartieron en un aluvión de afectos.  Muy pocos periodistas extranjeros –acaso dos agencias-, están desde la noche anterior en el escenario, tierra adentro, del perímetro cangrejero. Hay conocimiento que una avanzada de estos equipos optó por permanecer alojados en San Juan de los Remedios. No obstante, nosotros y otros preferimos radicarnos allí, en el sitio de la inmediatez noticiosa.

Las horas, los minutos y los segundos, son de tensiones imborrables. Es las siete de la mañana y no se vislumbra claridad. Todo el ambiente exterior es difuso. Estruendos cercanos por aquí, mientras otros se aprecian más lejanos.

En la antesala del parque vuelan los protectores de las farolas, y también bancos metálicos y cercas perimetrales que resguardan la aledaña Colonia Española, el cine Cervantes y el hotel Comercio, antiguas edificaciones en reconstrucción. El cielorraso de la segunda planta de la emisora se desploma.

Nadie pierde la quietud. Anuncian que las rachas sostenidas son de 250 kms/h, y vientos del norte-noroeste rebasan los 160. El mar penetra en tierra por las calles 10 (Padre Varela) y 14 (Jiménez) y domina por momentos el Malecón. La serenidad anima a todos.

Una palma real del parque infantil cayó en nuestras inmediaciones, y otras desprenden las pencas de guano, mientras tanto los laureles, flexibles y firmes, apenas desgranan algunas hojas. Creo, escribí entonces en alguna parte, que el sentido indoblegable, ante tanta adversidad, tienen similar estirpe a la de nuestro pueblo. Ojalá siempre tengamos al laurel como un atributo de confianza en la historia. Es la razón por la cual está ensamblado a distintivos patrios.

Aparece un recalmón inseguro y no captamos un alma humana por las calles aledañas. Conocemos que unas 7 814 personas permanecen en refugios. El llamado a la disciplina y orientaciones de la población es reiterativo. Ya entonces eran notorios los daños en cubiertas de viviendas y penetraciones del mar. Salen las primeras imágenes fotográficas hacia el exterior en desafío a los fuertes vientos y las lluvias pertinaces que invaden a Caibarién y territorios aledaños.

Todavía en emergencia y con Irma rumbo a la costa de Isabela de Sagua, se pronostica que en la tarde del sábado, con olas marinas de con olas de 7-9 metros, aumente la fuerza del  viento en toda Villa Clara. Inundaciones severas y dinámicas.

Los vientos han arrancado algunos árboles del parque Libertad, y la cerca perimetral de la antigua Colonia Española, bien anclada antes, fue destruida. Aquí algunas fotos del amanecer. En la historia, apuntan algunos, es la cuarta ocasión que un huracán aparece en Cuba con categoría 5 en la escala Saffir-Simpson, y primero del siglo que entró por la parte este del país.

Ahora, con las anécdotas, los sustos y hasta el humor latiente en todos los cubanos, renace otra historia: la del avance a ritmos acelerados para restañar, como un laurel que prodiga confianza, las pérdidas materiales que dejó el nombre de una intrusa mujer con tutela irreconocible de toda potencia bruta de la naturaleza.

ROMAÑACH, EL PINTOR

ROMAÑACH, EL PINTOR

Por Luis Machado Ordetx

 

Misteriosa opacidad tiene el busto del ilustre pintor. Despliega  la mirada perdida hacia el litoral de Sierra Morena, su pueblo natal. En el recuerdo, incluso, tal vez tenga atadas las imaginables marinas que, en suerte de recreo, inundó de detalles, corrección y veracidad académica en las vueltas constantes y favoritas por Conuco, Fragoso y Cobos, los cayos de Caibarién.

Clotildo Rodríguez Mesa, otro artista olvidado y su discípulo, dijo en cierta ocasión que el maestro era un hombre inmenso en vocación artesanal. También lo corroboró el paisajista Manolo Guillermo de la Caridad Fernández García, quien siempre habló de Romañach, el maestro, hasta el delirio. Voy rumbo a historias perdidas.

En las frondas de framboyanes, inexistentes antes, aparece el monumento a uno de los insustituibles virtuosos de la  pintura cubana. Está en una cuchilla visible en la carretera que conduce a Sagua la Grande y entronca con una calle desprovista de asfalto hacia el barrio del Río, en Sierra Morena. Ahí, en una pendiente, afirman que radica la cuna primaria de la familia antes del traslado por territorios cubanos, y el peregrinar del artista por el extranjero hasta el posterior regreso definitivo al ambiente insular.

Los lugareños desconocen la génesis del emplazamiento. Tampoco de dónde salió la iniciativa, y quiénes la emprendieron, así como los  pormenores efectuados en la localidad para rememorar  el centenario del natalicio de Leopoldo Romañach Guillén, el maestro-paisajista. El domingo 7 de octubre de 1962, fecha de esa celebración, ocurrió el suceso. Pregunto y nadie sabe de explicaciones certeras.

Fernández García, años después con el acostumbrado ceceo castizo, narró fragmentos de los hechos. No bastaron los datos que dejó truncos por su repentina muerte. Dijo por entonces en su conversación que anteriormente hizo algunos grabados en madera en los cuales recreó la fisonomía del virtuoso cubano.

Algunas de sus creaciones, cincelados en madera, Fernández García las divulgó en la prensa periódica villareña. Advirtió que, a mediados del siglo pasado existió una pequeña pieza escultórica de Romañach, original del  camagüeyano Esteban Betancourt Díaz de Rada. Sin embargo, careció de carácter público.

Era necesario enaltecer al «propulsor más eficaz de nuestra evolución artística», según reconoció Jorge Mañach, el sagüero. Nada mejor que un busto, sencillo, modelado a partir de arenisca y apropiado, con una tonalidad del gris para impregnarle luz y sombra en contraste. Los materiales darían dureza y resistencia a la posible erosión del monolito.  

La edición de Vanguardia, perteneciente al sábado 13 de octubre de 1962, indicó en página interior: «Un valor surgido en las entrañas mismas de nuestro pueblo, donde el movimiento cultural encontrará muchos Romañach», y aborda aspectos del descubrimiento de la escultura situada encima de un pedestal. Estoy en camino al contrapunteo de fuentes informativas, imprescindible en el hallazgo de la verdad.

El acto inaugural ocurrió justo en el día del centenario. Fue organizado por los Consejos de Cultura en Las Villas y los municipios de Corralillo y Sagua la Grande, según iniciativa de la Escuela-Taller de Artes Plásticas Fidelio Ponce de León, situada en la última localidad, refrenda el periódico.

Fernández García era el director de esa institución docente. En la apertura lo acompañaron dirigentes políticos de la provincia y los pedagogos José Ramón (Pepito) Núñez Iglesias y Francisco (Marcet) Rodríguez Marcet, y un nutrido grupo de estudiantes. También asistieron Rosa María Romañach, prima del pintor, y el doctor José H. Guardiola Albert, antiguo alumno de la Academia Nacional de Bellas Artes San Alejandro, en La Habana.

La nómina, entre otros invitados, la completaron Boabdil Ross Rodríguez, Apolinario Chávez y Dolores González, artistas-profesores de la Escuela de Artes Plásticas Leopoldo Romañach, en Santa Clara.

Pasó el tiempo y el escampado escenario que antes exhibió la escultura en toda exuberancia, se llenó de gentío y hasta de cierta desatención institucional. En octubre se plasmarán los 55 años de aquella ocurrencia histórica, y el 10 de septiembre será el aniversario 66 de la muerte del ídolo artístico de Sierra Morena. Todavía queda un tiempo para el retoque del monumento y de reposición de las cadenas que tuvo la plataforma en sus inicios. De ser así, ojalá no las hurten inescrupulosas manos.

Quedan algunas dudas. Rodríguez Marcet, desde Cienfuegos, apunta hacia la autoría de la escultura. Fernández García, antes de fallecer, precisó que fue una obra colectiva, y la edición de Vanguardia, medio siglo atrás, testificó en un pie fotográfico lo subrayado por el entonces director de la Escuela-Taller de Artes Plásticas de Sagua la Grande. No existe otra alternativa que sujetarse a esto último.

Tal vez Marcet figuró en la inspiración y el retoque concluyente. Sin embargo, la escultura tuvo en los estudiantes a los insustituibles artífices. Así lo creo, y por fortuna el espíritu de Romañach, con el paso del tiempo, perdura  en Sierra Morena, su tronco natal.

 

 

CIFUENTES, EL MODESTO POBLADO CUBANO

CIFUENTES, EL MODESTO POBLADO CUBANO

Por Luis Machado Ordetx

Un poblado de entrecruces de caminos en los puntos cardinales, Cifuentes, arribará al bicentenario fundacional en octubre próximo. Todavía no escucho las fanfarrias y anda carente de aspavientos. No todos los días se llega a ese tipo de existencia en predios centrales del país.

La ocasión es única para la localidad. Modesto Cifuentes en su actuación.  Desconozco el por qué del mutismo. Al menos escribo unas letras simbólicas y de alertas. A diferencia de otros territorios, hay en la superficie que ahora domina (San Diego del Valle y Mata), marcas de referentes en la historia y la cultura cubanas. No importa que, de próspero asiento de ingenios azucareros  durante siglos, partiera a la nulidad. Ahora exhibe un ánimo  con otros señoríos.

Un cambio de entorno rural y urbano, en simbiosis,  se volcó hacia el contexto agropecuario que abrió otros pasos a los lugareños. Todo marcha en contratiempo. Las chimeneas de los ingenios se apagaron al unísono. Cierto conjuro apareció en esa ruta de Santa Clara-Sagua la Grande, un punto, casi equidistante, de camino real con ambas ciudades.

De una y de otra siempre hubo un brebaje que tomó en lo particular. La antigua coexistencia de Cifuentes comenzó con las mercedes de tierra entregadas por los cabildos de San Juan de los Remedios y del Espíritu Santo (Sancti Spíritus), juridiscciones entonces.

A partir de 1582 arrancan las haciendas comuneras en San Lorenzo de Mata, San Diego y Amaro, en lo fundamental. El alférez Antonio Díaz, quien dio cobijo en su hato a las familias que fundaron Santa Clara, adquirió posesiones agropecuarias por allá. Idéntico hizo Luis Pérez de Morales, el verdugo de la población remediana que renegó su traslado tierra adentro. Con su esposa, Juana Márquez (la Moza), el capitán geófago creó Santa Cruz de Maguaraya, su finca.

Los intereses económicos, principalmente ganaderos, incitan la expansión geográfica en tierras de fértiles cualidades. En una rústica iglesia, bajo el azote de una fina llovizna, en misa religiosa, se congregaron los vecinos en márgenes del arroyo La Magdalena. El miércoles 22 de octubre de 1817 oficializaron la organización del caserío. Es la fecha que toman para conmemorar la fundación.

Así evoca el erudito Francisco González del Valle. En el repaso está Manuel José Dobal García, párroco que en septiembre de 1889 hizo magisterio eclesiástico en Cifuentes, en la actual iglesia, antes de ejercer curato de ingreso en Nuestra Señora de los Dolores (Santo Domingo), y figurar en la nómina del clero separatista cubano contra la dominación española.

El nacimiento del poblado en las fronteras del Camino Real trajo el trasiego  mercancías y caminantes. También surgieron las primeras edificaciones que, de un lado a otro, marcan las diferencias estilísticas y las épocas de construcción.

El poeta Gabriel de la Concepción Valdés (Plácido), al menos transitó en tres ocasiones diferentes por allí luego que en marzo de 1843 hizo su «malhadado viaje a Sagua» en el periplo a Villaclara. Es extraño que el bardo no dedicara un verso a las perfecciones aledañas que admiró en las márgenes de los ríos Maguaraya, Sitio Grande o Yabú, así como del paso por Berracos, Serrano y Tumbadero, algunos de los lugares de traslación.

Uno de los puntos más emblemáticos está en la periferia. Es la estación ferroviaria, amplia y vistosa, que desde noviembre de 1858 se enlazó con Sagua la Grande. Dos años después sería el punto de unión con Cienfuegos, y más tarde hacia el este para tocar Camajuaní, Remedios y Caibarién. Es una ruta por la cual  pasaron los más increíbles escritores, intelectuales y artistas que llegaron a Sagua la Grande. El estadista español Ramón de la Sagra dejó acotación de la belleza del paisaje en nota a Gertrudis Gómez de Avellaneda. La poetisa  también transitó por allí en agosto de 1860. De igual manera lo hicieron Claudio Brindis de Salas, Ignacio Cervantes, Federico García Lorca, Fernando de los Ríos y Gabriel García Maroto, por mencionar a notables intelectuales.

Cifuentes, denominado el Oasis Villaclareño, alberga cultura e historia. De Patria también se empina la localidad. Desde la cuna natal del poeta-mambí Ramón Roa Garí, así como del periplo inicial del galeno-general Juan Bruno Zayas, hasta la disputa interminable con Sagua la Grande por la paternidad de Emilio Núñez Rodríguez, el General de las tres Guerras de Independencia.

La persuasión viene dada por el nacimiento del incondicional mambí en el antiguo ingenio San Francisco, en Amaro, cabecera de partido judicial entonces que asumió la territorialidad del actual Cifuentes. Tal vez sea porque Amaro, el sitio de marras, perteneció a Santo Domingo, punto apropiado después por Sagua la Grande.

El polémico tópico aguanta más de una controversia. No obstante, el General mambí es idolatrado en Cifuentes. En su parque central, la Plaza de La Libertad, una de las pocas existentes, el curioso encuentra el busto en mármol de Carrara que el italiano Luigi Pietrasanta esculpió, y las palmas reales que recrean la antesala de la iglesia católica.

También quedan huellas de las fortalezas militares españolas que circunvalaron  el poblado, y del testamento en Piedad, legado por Francisco de Paula y Machado sobre el bando de reconcentración que impuso Valeriano Weyler entre 1896 y 1895 para sofocar a las huestes independentistas cubanas.

Otras historias, algunas ya perdidas y las más cercanas, tiene Cifuentes que expresar con atrevimientos inusitados. Necesita soltar las amarras y festejar el bicentenario fundacional en campo florido.

 

SANTA CLARA, LOS HOTELES Y EL ESPACIO PÚBLICO

SANTA CLARA, LOS HOTELES Y EL ESPACIO PÚBLICO

Por Luis Machado Ordetx

 

¡Alto!, ¡Alto!, ¡Alto!... Gritan algunos transeúntes que observan cómo el espacio público del tejido urbano de Santa Clara se constreñirá en cualquier momento. Así lo anuncia la apertura de un vistoso hotel en las inmediaciones del Parque Vidal, Monumento Nacional.

Al menos ya existen amenazas porque con la reapertura del Hotel Central (1929), los inversionistas situaron cercas de “quita y pon”, tipo informales, con plantas ornamentales. De dejarlas permanentes, y cualquiera pensaría que así ocurrirá, se cortaría el paseo por los portales de edificaciones contiguas.

Lamentable error en nombre del turismo en caso de mantenerlo cuando lleguen los primeros visitantes. También entraría en negación con lo estipulado por la Carta de Cracovia de 2000. Ese documento está  suscrito por la UNESCO para la conservación y restauración del patrimonio construido, principalmente en la «atención total a todos los períodos históricos» precedentes.

Todo edificio expresa su historia. Notables son los ubicados en el centro de la ciudad. En los portalones hacia el oeste, por décadas hubo comunicación y continuidad. El recorrido del paseante lo truncaron únicamente en la parte  asignada a la antesala del antiguo Liceo de Villaclara. La rancia aristocracia, con permisos aprobados, efectuaba allí  sus fiestas esporádicas. De eso hace muchos, muchos años.

Desde que se eliminaron las barreras racistas y exclusivistas en la plaza concéntrica y aledaña, el Parque Vidal, los portales permanecieron abiertos. Conferirle un sentido contrario sería segregación, pero de índole monetaria, y entraría en contradicción con la historia.

No obstante, los moradores de la localidad tienen muy fresco aquella “extraña” clausura de las calles que desembocan en la plaza principal de la ciudad. Eso sucedió en diciembre de 1996 en nombre del Plan Director de la Ciudad, y se invocó como la protección a la arquitectura radicada en el lugar, así como a beneficios económicos —ahorros de combustibles—, sociales y culturales. Nada resolvió.

Hicieron, incluso, hasta un estudio de la cantidad de vehículos que transitaban por esas calles. Creo, según cifras de entonces, eran más de 2 400 por hora. Calcule usted en un día, un mes o un año. En tanto las edificaciones siguieron sus paulatinos deterioros, y la contaminación ambiental continuó. En 2010, otra vez el Parque volvió a su normalidad con excepción de los parqueos laterales, aprobados para unos, y de violación en otros.

Válido el recordatorio por lo que llegará con el Central, y luego con el Florida. Bienvenidas las inversiones. Sin embargo, no olvidemos que en la antigua Casa Pérez, convertida después en hotel Camino del Príncipe, en Remedios, cerraron el portal, transformado en “patrimonio” del inmueble. Ahora, con alguna reiteración, se aprecia similar conducta en el Park View, en Santa Clara, donde sitúan sillas y mesas, y expenden refrigerios ligeros. El transito queda limitado.

El hombre tiene ojos para ver la verdad, y la siente no por una vez. Con eso basta. En el centro del país ocurre “algo” muy diferente a otras provincias cubanas. Estatales o privados se adueñan o parcelan el espacio común y propio, y ninguna institución toma cartas en el asunto. Las aceras, inherentes al transeúnte, tienen un socorrido lugar para habituales colas. Es lo inherente, convertido ya en habitual.

Son lugares que antes y después deben preservar el sentido y carácter de identidad de las ciudades del interior en su justo reconocimiento urbano, cultural y patrimonial. Eso no tiene discusiones.

Hay que corregir los impulsos, con regulación y normativas no al estilo de la pérdida que llegó en favor del Hotel América, instalación que se agenció el sitial de Honor de obreros, profesionales y campesinos destacados de la provincia, después Parque del Humor, Chaflán, nombre artístico del comediante Argelio García Rodríguez.

Eusebio Leal Spengler, meses atrás al abordar particularidades de los procesos republicanos remarcó en una frase: «Nosotros podemos explicar la historia; lo que no podemos hacer es borrarla».

Sin cultura el turismo jamás será un todo aunque constituya la locomotora de la economía en un contexto que tiende a propagar el espacio público de uso privado. Esos terrenos, aunque generen ganancias para el país, no son expresión de una correcta apropiación social y colectiva cuando se cercena el punto urbano.

Reconocer el carácter de identidad, implica respetar y conservar la memoria pasada y presente de los habitantes que conforman un conglomerado humano dispuesto a moverse de un lugar a otro sin obstáculos. Santa Clara, como Remedios, Caibarién o Sagua la Grande, por desgracia, no tiene muchas plazas o sitios de libre curso en  edificaciones contiguas. Desunirlos ahora sería empobrecer el entorno urbanístico y su aspecto social.

Otro tópico análogo es la historia. Observé que una vivienda —remozada después su fachada—,  convertida en hostal de Santa Clara, se le retiró la tarja que rememora pasajes de identidad cultural. Espero que no eliminen las dos placas existentes en lo que será el “Florida”, la ecléctica edificación surgida en 1924 y ampliada tres lustros después. Hago referencia a una que recrea el paso por allí de los Moncadistas, y la que sitúa a la Farmacia La Salud, como punto de reunión de conspiradores que en 1869 tomaron el camino de la manigua villareña.

Tendremos que contener los excesos en contraste de la ronda infantil “El patio de mi casa”: «Agáchate/ y vuélvete a agachar/ que los agachaditos/ no saben bailar». A excelente entendedor, pocas palabras. Con reiteración algunos especialistas colocan la N al final cuando “bautizan” al hotel Cosmopolita (1918), de Camajuaní, en proyecto de recuperación después que en 1987 fue deshabilitado.

No, el verdadero nombre jamás llevó la undécima consonante de nuestro idioma. De igual modo, en Santa Clara jamás existió un centro de alojamiento que titularan Telégrafo, solo existentes en Sagua la Grande y Cienfuegos.

Recordar ahora al filósofo español José Ortega y Gasset es vital: el espacio público, en esencia, marca la historia de una ciudad: la nuestra.

 

 

¡CARAMBA SANTA CLARA!, HAY HECHOS QUE DUELEN

¡CARAMBA SANTA CLARA!, HAY HECHOS QUE DUELEN

Viene a travesía presurosa otro onomástico de la Gloriosa Santa Clara, nombre que apostillaron las familias remedianas que, en diáspora económica, llegaron en tropel a tierra firme del centro cubano. No frecuento con sistematicidad los terrenos de la antesala derecha de la iglesia de Nuestra Señora del Carmen, denominado también Barrio Nuevo.

Por Luis Machado Ordetx

En el lugar está enclavado el monumento y tamarindo que perpetúan la otrora “villa” en  surgimiento después de transcurrir la misa fundacional. Sin embargo, la curiosidad siempre conmina a la emoción para escudriñar en pasajes del pasado.  

Tenemos allí un sitio de veneración. Es un extraño monolito, con columnas enchapadas en mármol gris. Ostenta una forma ascendente en su estructura semicircular. Recuerda a aquellos adelantados-fundadores que el 15 de julio de 1689 decidieron fomentar en Santa Clara una cultura y una historia a contrapelo de los vecinos circundantes.

El proyecto escultórico es de Boabdil Ross Rodríguez, y fue inaugurado en similar fecha, pero de 1952, con el ánimo de perpetuar una continuidad de un pueblo en gestación y en mirada al futuro. Meses hace, dije, que no iba por el lugar. Tamaña sorpresa porque tengo a Santa Clara en calidad de ciudad en adopción.

 

Apenas restan días para conmemorar el aniversario 328 de la gestación de la “villa” que, después, con el decurso de años,  se convirtió en vasta jurisdicción agropecuaria deseosa de mantener, luego de litigios frecuentes, una salida al mar. Esa constituye otra historia. No obstante, otra imagen sostengo del defendido emplazamiento: está desfavorecido por el abandono institucional, y por maltratos de moradores.

El asombro viene porque la ciudad está envuelta en cierta trasformación socio económico a partir del auge turístico que se avecina. Enhorabuena. También algunos  espacios públicos son retocados, con una jerarquización  que advierte en diferencia de imagen y detalle. Sin embargo, en muchos términos en los cuales ocurren cambios, siempre hay una pérdida.

¿De las calles?, los adoquines que por vez primera llegaron a Santa Clara para eliminar las vías de Cuba y Maceo, las favorecidas en un inicio, así como los alrededores del Parque Vidal, fueron importados en 1929 desde países europeos. Ahí una distinción no muy común en otras localidades cubanas. Un almacén de esas piedras monolíticas, por la cantidad que quitaron en épocas precedentes, ¿debe existir? en la ciudad, pero no lo creo.

¿Dónde están los eliminados del tramo de Lorda, luego sustituidos por un rústico trazado de hormigón? Eso es agua pasada.  Del vetusto cine-teatro Villaclara, espacio ahora retomado para ampliar lo que será el hotel Florida, nadie sabe el terreno exacto en el cual se conservan las “Tres Gracias”, a imagen y semejanza de las virtudes teologales. La interpretación artística la dio en 1947 Tony López, el escultor, y simbolizaban a Eufósine, la gozosa, Aglia, la resplandeciente  y Thalia, la floreciente.

Tal vez tomaron igual camino que el busto de Martí, inaudita pieza de Mateo Torriente, ya desaparecida. Por fortuna, las complementarias “Cuatro Estaciones”, en ambos lados del Parque Vidal, y ahora incompletas, al menos tienen una debida protección.

Allá en el Carmen, de las columnas que rememoran a las familias remedianas, Monumento Nacional, hurtaron 7 de las 18 chapillas —tarjas pequeñas— con letras en bronce. Las láminas fueron colocadas hace dos años cuando se decidió cambiar las antiguas. El alumbrado público es deficiente y carece de adecuación en muchas de sus farolas.

La histórica bomba de agua del pozo artesiano no funciona, y tiene su brazo roto. Algunas de las rejas que delimitan el césped están rotas. En paredes de la iglesia ciertos graffiteros se las ingenian de artistas del momento y dejan pésimas huellas. Hasta lozas de granito han sustraído  de los asientos.

Por fortuna, en impecable estado de conservación están los bustos a Carmen Gutiérrez Morrillo (1925), la educadora, así como otro de José de la Luz y Caballero (1953), el sabio mentor cubano, y la tarja que evoca el 15 de Julio, Día del Villaclareño Ausente (1953), segmentos que conforman el entorno del parque.

A pesar de eso, hay una falta de cuidado y detalle permanentes hasta en el monumento que inmortaliza al Capitán Roberto (El Vaquerito) Rodríguez Fernández y su caída en combate en diciembre de 1958 durante la batalla histórica por la toma de Santa Clara. Muy pocas veces se izan allí banderas (la Cubana y del 26 de Julio), porque ni sogas o cordeles tienen las dos astas colocadas en el lugar a partir del diseño que dejó José Delarra al inaugurar en 1989 la pieza escultórica. Son hechos inauditos.

En enero pasado Graziella Pogolotti, como una iluminada, puntualizó  en aspectos medulares de los valores patrimoniales. Tiene toda la razón. Remarcó en el «modo de contrarrestar los efectos de las tendencias depredadoras y de comprometer a todos en el respeto al bien público». También insistió en la preservación del entorno urbano heredado, y el surgido después.

Llevar a estudiantes a esos escenarios, y embeberlos en amar a la historia, sería excelente. Hacia ese rumbo tiene que ir toda Cuba. No profundicemos en la protección a nuestro patrimonio documental, cada día en peligro inminente de desaparecer por razones obvias que atentan en contra del único placer existente: enriquecer la cultura patria y arraigo nacional. Por eso duelen hechos que se suceden, unos tras otros, en nuestro contexto citadino.

CORRALILLO, CAMINO AL CAMPOSANTO

CORRALILLO, CAMINO AL CAMPOSANTO

En Corralillo, a unos 100 kilómetros al noroeste de Santa Clara, radica uno de los camposantos más sencillos y mejor conservados del país. Un intercambio de puntos de vista y recorrido por su historia. 

Por Luis Machado Ordetx 

La frondosidad de los árboles, junto a la entrada de un espacio de veneración a los muertos, sirve de remanso a la fatiga del que transita el camino hacia un inusual encuentro: la historia sepultada.

El bosque que flanquea la estrecha senda, por más de 100 metros, mitiga, cuesta arriba,  la canícula del paso por la calle Luis Córdova, en Corralillo. No dudo, entre muchos camposantos cubanos, sea una exclusividad procreada por los años.  

Es el preámbulo de entrada al pequeño y ordenado cementerio local. No niego que constituye un lugar de conocimiento de familias y antepasados. Allí los primeros enterramientos son posteriores a 1866 cuando el poblado alcanzó mayor notoriedad como partido judicial. Es evidente la información por las descripciones insertadas en los panteones.

La necrópolis más antigua radica en Ceja de Pablo, uno de los territorios que, a mediados de ese siglo, formó parte de la jurisdicción de Sagua la Grande. En 1804, por esa zona, estuvo en visita pastoral Juan José Díaz de Espada y Fernández Landa. El Obispo de Cuba llegó al caserío en su paso hacia Álvarez, y como hombre ilustrado procuró siempre la creación de cementerios públicos y dio fin a los enterramientos en las iglesias.

Otros dos camposantos, al noroeste de Santa Clara, existen en Sierra Morena y Rancho Veloz. El ubicado en la cabecera municipal registra una grata impresión. El cuidado del lugar y modestia del arte funerario, así como la consagración de sus trabajadores, alientan al recorrido.

Allá fui en un viaje  exploratorio. Nada de Motembo, con las vastas plantaciones de frutales, o de pozos de nafta, aquel líquido que llamaron carburante nacional, y mucho menos del balneario de Elguea y las playas circundantes o del fomento agropecuario. El interés profesional era otro, pero no impidió dialogar con dos sepultureros que comparten el contexto matrimonial y el oficio.

A Israel Francisco Rubio Corcho, el administrador, pregunté por el panteón de los Veteranos de las Guerras de Independencia, y lo mostró en toda su hidalguía. Es una lástima que carezca de asta y bandera, símbolos gallardos.  El enterrador que lleva allí 29 años, confesó: «la buscaremos, no sé preocupe». Creo que su respuesta será realidad inmediata porque vio crecer en plenitud los árboles en la antesala de los muros del recinto funerario, y siente devoción por el lugar.

La esposa también realiza similares funciones, y acumula casi una década en menesteres que van desde la limpieza diaria y el acicalado del terreno, o la pintura de vallas instructivas y la preparación de sepulcros  o exhumaciones. Su mayor compromiso: satisfacer los derechos y deberes de dolientes y preservar la historia del camposanto.

Ambos construye diariamente vidas inseparables, y según Rubio Corcho, la esposa es la única de su sexo en el país que se dedica a esos menesteres. También, tal vez, puede que sea el único matrimonio con iguales desempeños laborales en un sitio homólogo.

Ella, Noelia Vázquez Molina, muestra con satisfacción diplomas y distinciones morales. Lo hace con sencillez y humildad. Sin embargo, lo que más satisface es comprobar que en el lugar no acuden transgresores de disposiciones legales. Las lápidas, floreros, anillas o agarraderas, permanecen intactas según las ofrendas familiares. Al fondo, tal parece, está la antigua capilla ya desprovista de su original campanilla de bronce.

La pulcritud, uno se pregunta, ¿tendrá que ver por lo pequeño del espacio, la consagración de los trabajadores y su cuerpo de vigilancia, o la cultura y modestia acumulada por quienes conforman la historia de Corralillo? Hay de todo. Creo más: el ornato perdura por la sencillez del personal que allí brega para hacer de la historia, en el último confín del retiro o reposo final, un término donde jamás nada desaparezca.

 


DOCUMENTAR LA HISTORIA

DOCUMENTAR LA HISTORIA

Las Actas Capitulares del Cabildo de Santa Clara, a partir de 1690, después de la fundación de la jurisdicción, acentúan la mirada hacia la identidad cultural e histórica de la localidad.

Por Luis Machado Ordetx

Santa Clara y su historia “antigua”, o menos cercana en el tiempo, asombran. Los pasajes menos manoseados tienen urgencia de reclamos e interpretaciones explicativas. Muchos permanecen ocultos en papelerías fundacionales de tres siglos atrás. Todos precisan de detalles y argumentaciones. Al contextualizarlos tienden un puente dirigido hacia el presente y su contemporaneidad: fundamentan cómo se formó la manera de pensar con cierta irreverencia en el coterráneo forjado en estas tierras.

Desde esa óptica se penetra en acontecimientos referidos a la idiosincrasia y la identidad cultural. Son dos fenómenos que transitan juntos en el epicentro psicológico de lo después denominado como cubano. Es vital la manera de escarbar, o de inquirir, en lo encubierto. Constituye, por tal razón, el signo de una hermenéutica, o de un inequívoco y plausible cimiento de definición.

Por fortuna hay una avalancha sostenida en repasos diferentes. Todos tienden a los detenimientos previos a esas edificaciones que ahora ofrecen afeites transformistas, o cuando apenas por entonces constaban los inexistentes espacios jurisdiccionales. En tanto llegaron las huellas  histórico-culturales desplazadas, allá en 1607, hacia  la primera división político-administrativa colonial.

La Isla, entonces, fue fragmentada en dos gobiernos, uno radicado en La Habana, el rector, y otro de guerra, en Santiago de Cuba. Todos eran dependientes de la Audiencia de Santo Domingo, mientras la jurisdicción de San Juan de los Remedios del Cayo, la progenitora de la futura región logocéntrica y mediterránea de Santa Clara, quedó excluida de un acatamiento específico.

Años después, en 1621 se corrigió el error, y se agregó a La Habana. Sin embargo, no hubo cotos al  “libertinaje” que propagó la manera de ser y actuar de los vecinos al amparo de un Cabildo que efectuaba “reuniones” y “tomaba” decisiones a su antojo. No fue hasta 1827 que Dionisio Vives, el Capitán General, organizó el Departamento Central, subordinado desde Trinidad a La Habana.

En 1851 viene otra ocurrencia a la demarcación. Gutiérrez de la Concha, el Capitán General, decidió que la parte céntrica de la Isla se uniera a la occidental. Los cambios, por supuesto, afianzaron una manera de deliberar en el libre albedrío. Fue un laissez faire, como “dejar hacer” en la composición  político-económico. El pensamiento de los decisores de Santa Clara, ya fragmentada antes en territorios correspondientes a las jurisdicciones de Cienfuegos y Sagua la Grande, se acentúo hacia las “periferias” y el anhelo imposible por los ámbitos marítimos.  

Con los Conflictos de identidad (Capiro, 2017), de Carlos Santiago Coll Ruiz, hay un paso, tal vez otro, en el anuncio a la sostenida irreverencia y el sentido contestatario de los nacidos en la localidad. Surge un “poco caso” a disposiciones y ordenanzas impuestas por las autoridades españolas. Un ímpetu de individualidad se imputó a Santa Clara, un territorio en el cual siempre se “rumió” en consolidarlo al exterior. Hubo una alarma en la pugna con todos los contrarios. 

De un lugar, Remedios y el hálito que trajeron las familias fundadoras,  jamás podrá desprenderse el sueño. Nadie negará que se corresponda con el desgajamiento que suscitó hacia el interior, tierra adentro, como advierte el investigador.

Años duraron. El 15 de julio de 1941, Santa Clara inauguró la Avenida San Juan de los Remedios, ruta después de muchos nombres. Ahora la inscripción, en relieve, en placa de madera embadurnada en cuanta pintura existe en construcción pública, está escondida. Entonces fue  cuando el acercamiento entre ambos pueblos marcó un sentido más perfectible en los decisores gubernamentales.

Todavía la “lámina” permanece dormida. Cuando se rememora el encuentro, allá en el Puente de La Cruz, los congregados en la celebración posterior a la llegada del aniversario 300 de la  ciudad, apenas echaron un vistazo o compensaron un diálogo con el letrero. Creo, incluso, que muchos jamás han mirado hacia allí.

Es como lo no existente. ¿Será sentido de audacia, desconocimiento, y hasta indiferencia? No, sencillamente de inconsistencia por un fragmento de nuestra  historia pasada en una ciudad, Santa Clara, que todos los días se torna más anárquica y desordenada.

La reciente publicación y advertencia de la editorial Capiro, con Conflictos de identidad, es prueba elocuente de cuánto necesitamos todos de indagaciones en los orígenes históricos. Pondríamos un coto al desconcierto de copias miméticas despojadas del razonamiento.

El escritor Coll Ruiz, y su apoyatura teórica, a partir de las Actas Capitulares del primer siglo de fundación de Santa Clara, reemprenden las llamas de un estudio que sirve, tanto a especialistas como a lectores comunes, para explicar desde el pasado aspectos inherentes a la psicología del presente. En tal razón, al volver una contemplación a la ciudad, no olvidamos a un erudito, José A. Martínez-Fortún y Foyo.

Cuando ese investigador retomó la búsqueda informativa de documentos capitulares de San Juan de los Remedios, con profundo pesar hizo una anotación. En 1689 «No hay datos de este año y pocos de 1677 a 1688», según suscribió al acotar el  Apéndice Tercero de los Anales y Efemérides (1936), voluntad curiosa  pocas veces superada desde entonces, y de la cual los historiadores jamás se cansarán de disfrutar.

Claro, nunca aparecerían porque el grupo litigante, formado por Jacinto de Rojas, Bartolomé del Castillo y Juan Jiménez, terratenientes con propiedades cercanas a Remedios, quedaron allá a pesar de los parentescos familiares con los Díaz de Pavia-Rojas de Pavia, los “conquistadores” de Santa Clara.

Dejaron entonces orquestadas, con mantones religiosos, una historia con los demonios del inframundo y el cobijo terrenal. Todo deriva en una obsesión económica, en última instancia geófaga, y que Santa Clara desde entonces llevó a cuestas durante varios siglos.

El 12 de enero de 1691 expiró el «plazo señalado para que los vecinos de Remedios abandonaran la villa y se trasladaran a Santa Clara, y entonces llegó a El Cayo el capitán Pérez de Morales en su papel de comisionado y de alcalde, acompañado por cuarenta hombres armados con escopetas, lanzas, hachas y machetes, para hacer cumplir el decreto», apuntó Martínez-Fortún y Foyo en tono soberbio y no de nostalgia.

Advirtió: «Solo se salvó del desastre la Iglesia y la casa de un regidor. Todo lo demás fue pasto de las llamas», advirtió. En tanto Manuel Dionisio González, en la Memoria Histórica de la Villa de Santa Clara y su Jurisdicción (1858), indicó que esas huestes hicieron más estragos que los corsarios y piratas, aquellos “invasores” del Tésico durante los engarces de  siglos xvi-xvii, los de mayores incursiones.

De inmediato, unos asaltaban los puntos costeros y tierras del interior de Remedios, y los otros la “fuerza” desmedida. De los primeros, al menos alguna que otra vez sus habitantes acometieron, postura lógica, los más insospechables trueques comerciales con los extraños “viajeros” de los mares del Caribe, y con los segundos la resistencia tenaz por no abandonar lo que llamaron “terruño” en aquel tiempo.

Hay tanto que investigar e insistir en la historia, y en la cultura, que aún estamos en camino de saldar trechos, como dice aquel viejo documento que en 1840 divulgó la  Sociedad Económica Amigos del País para explicar un curioso caso de “usurpación” de una población isleña por otra. Tal vez sea el único que exista entre nosotros los cubanos.

Aborda el “Expediente que siguieron los vecinos de S. Juan de los Remedios del Cayo, con motivo a la pretendida traslación de aquel pueblo a la villa de Santa Clara”, y allí consta como el 17 de diciembre de 1765 en petición a Miguel de Garro y Bolívar, procurador general, se acordó que el 1 de junio de 1691, se llevara a efecto la partida de una población que peleó por subsistir. Era un decreto de Diego Evelino de Compostela, Obispo de Cuba, Jamaica y la Florida, y del Consejo de su Majestad el Rey,

Son mujeres las que lanzaron el reclamo. Declaran enfáticas que «nos hallamos en este lugar, patria nuestra, tan desoladas, con tantos disgustos, penalidades y calamidades (…) que no sabemos si estamos en este mundo o en el otro». Es síntoma de intransigencia que, después de formado el pueblo cubano, tanto acompaña a todos.  

De Santa Clara y de su gente, y de particularidades no muy extendidas hacia otros territorios cubanos, habla Conflictos de Identidad, el libro que suscribe Coll Ruiz. Es un texto que apela, desde el lenguaje de las Actas Capitulares, al lector que recorre la Jurisdicción, aquella fundada con el  desgajamiento definidor de costumbres, sociedad, cultura y ontología histórica.

La razón estriba, como apunta, en los Cabildos que desde 1690, en Santa Clara y su jurisdicción, «son gestores de una identidad local, asumen su defensa ante rivalidades y conflictos que se generan a lo largo de esa centuria». En cada agresión, al parecer, siempre hubo una respuesta, y cuando no la lograron, sencillamente la buscaron.

En 1762, cuando la invasión y toma posterior de La Habana por fuerzas inglesas, el cuerpo de Regidores de Santa Clara, sin distinción de color o raza (hombres libres, esclavos, ricos o pobres), se alistó para repeler la agresión. Advierte el escritor, que eso constituyó un «obstáculo» a la expansión hacia el oriente del país. Similar actitud efectuaron en defensa de las costas de Remedios-Trinidad. Era la única vía para defender lo propio, y lo después nuestro.

Es esencia una manera de hurgar en la historia para observar el ser en la construcción discursiva, de imaginarios sociales, de ideología de grupo, así como de memoria y proyecto común. Todo es visto desde el reclamo de una minuciosa atención.

A este libro habrá que volver para comprender que muchos de nuestros problemas actuales, en conducción y particularidad, no son nuevos.

El sustento subyace en la identidad surgida a partir del establecimiento de un espacio geográfico, de actuación independiente, de liberalidad, desobediencia y autonomía. Ahí está aquel espíritu criollo gestado en la decisión de ser y estar en un punto de tiempo y el lugar geofísico para  determinar el camino hacia lo propio y único, la identidad.

 


LINARES NO TIENE BARRERAS

LINARES NO TIENE BARRERAS

Por Luis Machado Ordetx

 

Félix Adalberto Linares Díaz, humorista gráfico, y también ilustrador, no requiere mucha presentación en predios cubanos. Tampoco en muchas partes del mundo su rigor artístico y firma pasan desapercibidos. La reconocida valía atestigua originalidad, talento y rigor. Su mayor gusto, y también percepción de los lectores, estriba en encontrar piezas hechas a la perfección.

Ese creador jamás merecerá un silencio. Tal apagón de opiniones es inadmisible, como ahora ocurre en medios de prensa que ignoran, y opta, al parecer, por “ceguera”, del estruendo de una exposición singular. La muestra del caricaturista de Melaíto “ancló” en Manicaragua, primer territorio que la exhibe después que en 2015 muchas de esas piezas debutaran en la Bienal Internacional del Humor  en San Antonio de los Baños.

En un lugar y otro el público disfrutó de facturas únicas. Eso es Linares, irrepetible en sus trazos e ideas. No todos los días un espectador localiza un acabado de exquisita dimensión, como el apreciado en la Galería de Arte Hurón Azul.

Allá está “Lino sin muchas palabras”, un referente de polisemia  temática. La pluralidad va desde tópicos de humor político, erótico, general y social, hasta el complemento del dibujo y la línea en todas sus dimensiones.

Con unas cuatro décadas de universo artístico Linares asume un calibre preciso al reconstruir la realidad y buscar un punto que encaje en la historia actual, y también alcance cuestionamientos en las miradas que observan los valores concluidos.

Dijo Martí, al hablar de Víctor Hugo, que  traducir “es transcribir de un idioma a otro”, pero el calibre artístico que se muestra resulta muy difícil trasladarlo en palabras y definiciones. Parco al hablar, incluso a exteriorizar ideas, siempre la obra de Linares hay que medirla como un todo de perfección que lo vincula al concepto plástico, la perspectiva, y el mensaje final.

Tal perspectiva hace que Linares carezca de barreras en su discurso, y que no reclame de palabras al mostrar un arte de perfección humorística en el cual cada caricatura por separado tiene una historia y un detalle sin que sea necesario encasillarlo en una particularidad erótica o social.

De llegar a otras regiones, cubanas o foráneas, un muestrario de tal calibre, aseguro que Linares, con la humildad que lo caracteriza, fuera mucho más famoso de lo que actualmente es en el ámbito nacional. Sin embargo, con su sencillez prefiere seguir cabalgando sobre las calles o ingeniando ideas que lo catapultan como un maestro desprovisto de barreras e idiomas para hacer siempre reír y poner a meditar a todos por igual.