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PEDRO LUIS RAMÍREZ Y EL PUNTUAL DE ESENCIA

PEDRO LUIS RAMÍREZ Y EL PUNTUAL DE ESENCIA

Por Luis Machado Ordetx

 

Pasó el tiempo. Diría años. Allá en Cascajal, en el extremo villaclareño, Pedro Luis Ramírez Rodríguez, carpintero-ebanista, dejó a un lado las labores artesanales con la madera preciosa, la preferida. Ahora el ingenio personal lo atrapaba como orfebre de la denominada pintura primitiva, ingenua, o inocente de hálito popular.

Nunca antes había combinado colores sobre un lienzo y una cartulina, y mucho menos hacer figuras o dibujos espontáneos, no inducidos, dentro del espíritu de procrear temas y forjar estilos. La más cercana aproximación a ese acto estuvo en terminar el retoque de pintura con brocha “gorda” en puertas, ventanas o paredes de mampostería, y también en el aprovechamiento de recortes de maderas lizas con las cuales componía  algunos “muñequitos” que luego regalaba a niños de la familia.

Un “hechizo” lo catapultó a volver la mirada hacia componentes de la naturaleza, y deleitarse con dibujos, casi “inocentes”, en el sentido laborioso de las abejas, o las hormigas, las aves y los animales de trabajo rústico en el campo.  Algún que otro responso logró en el ámbito hogareño por abandonar el perfil del carpintero. Entonces inquirió algún asesoramiento especializado con profesores de pintura, especialmente con José Ramón Ley Hernández, allá en Santo Domingo.

Eran los últimos años de la octava década del pasado siglo. El municipio de Santo Domingo “resucitaba” con fiebre de cultura popular, sobre todo en tejidos con guano de palma cana, en tela, y papel maché, con los cuales componían objetos decorativos y artísticos.  Ese movimiento también acogió a Manuel (Villa-Peñita) García Peña, hacedor de originales máscaras con rostros negroide, conformadas con semillas de coloraciones naturales.

Fue el ambiente artístico que tomó en principio Ramírez Rodríguez. Luego por la lejanía de las sesiones teórico-práctica, decidió abandonar el proyecto. Comenzó intercambios personales con otros creadores de idénticas inclinaciones por la pintura popular de vertiente primitiva, o ingenua.

Aparecieron los destellos de Noel Guzmán Bofill Rojas en desacralizar la historia, y Bernabé Aquino hacía galas de introvertido, mientras Julián Espinosa Rebullido (Wayacón) se mostraba irreverente y Pedro Osés perfilaba el festejo de la pulcra floresta y la fauna campesina.

Después  surgieron otros creadores que, en sus ramificaciones, harían interminable un listado con apego a la estética del Grupo Signos que inspiró Samuel Feijóo en el centro del país. En tanto Pedro Luis Ramírez  exhibía la inicial Serie de las Abejas, su contexto de arranque, hasta llegar a los coloridos Abanicos, una suerte de ensamblaje del fino oficio de carpintero con la genialidad de formas que registró su pintura.

También surgieron los gallos y sirenas con siluetas “humanas” y relieves policromados. En las tallas en madera consolida la agudeza temática-expresiva. Ahora, al cabo de tres décadas de hacer creativo en solitario y de siete de existencia, Ramírez Rodríguez advierte al público que decantó un estilo que asume la tinta sobre cartulina para ofrecer tres impresionantes piezas: “Pozo de rondana”, “Colando café” y “Pilón de arroz”, convertidas desde ahora en reliquias del tiempo.

El tríptico le permitió el premio del XXIII Salón Territorial de Arte Popular  en Villa Clara, certamen que distinguió la depuración estilística, el manejo de técnicas y contenidos de constante ingenuidad temática, muy próxima a la estética inculcada por Feijóo a la pintura autodidáctica, no inducida, o primitiva, y de la cual el artista de Cascajal, desde su tímida modestia, se erige en puntal de esencias. 

MEMORIA FOTOGRÁFICA EN CAIBARIÉN

MEMORIA FOTOGRÁFICA EN CAIBARIÉN

Por Luis Machado Ordetx

Los fotógrafos profesionales y aficionados aguardan por el fallo del jurado del concurso “Martínez Otero-Illa”, en Caibarién, único de su tipo que reconoce la larga tradición instaurada durante el pasado siglo por esos  maestros del lente en el país.

La exposición y veredicto se conocerá el próximo sábado 25 de marzo cuando, en horario nocturno, sea inaugurado el xiii Salón que convoca la Galería de Arte Leopoldo Romañach, en la localidad costera villaclareña.

Los Martínez Otero-Illa —trinomio forjado por Manuel, el padre, junto a los hijos Manolín y Arturo—, fundaron sus primeros trabajos con placas de vidrio y luz solar, y después emplearon piezas en celuloide y cartulina con un probado valor artístico-documental en el entendimiento de la historia y del hacer cultural y social de los habitantes del territorio.

El arte de esa familia tiene más de un siglo de apuntes fotográficos, y en  técnicas y formatos se nutrieron de perfiles comerciales, de paisaje marino, urbano y rural, o social. Por sus características de trabajo los Martínez Otero-Illa instalaron un modo diferente de reconstruir la realidad del territorio y exhibir en galerías privadas los  contornos poblacionales a esa localidad.

Al salón que ahora auspiciará y promocionará la dirección de Cultura en la denominada Villa Blanca, en el centro-norte cubano, concurren 24 creadores con medio centenar de imágenes tomadas en diferentes escenarios nacionales. Las piezas son de tema y técnica libre. Todas retocan pasajes relacionados con la naturaleza, el retrato, contextos sociales, urbanos e históricos del país, hecho que augura en reencuentro con un certamen que cobra vitalidad en sus convocatorias anuales. 



FEDDOR DISFRUTA EL VINO ITALIANO

FEDDOR DISFRUTA EL  VINO ITALIANO

Por Luis Machado Ordetx

El cubano Abraham Fedor Águila Olmo, asiduo colaborador del semanario humorístico Melaíto, recibió recientemente la confirmación del quinto lugar del concurso internacional   de caricaturas satíricas  de Venecia, Italia.

Durante la decimoséptima edición del certamen Espíritu del Vino, de carácter anual, intervinieron unos 500 dibujantes. Hubo una  rigurosa curaduría y selección de 35 participantes. La muestra dejó  diez galardonados para prestigiar el Movimiento del Vino de Friuli Venezia Guilia.

La caricatura de Feddor – así firma sus trabajos-, figuró en septiembre pasado en el montaje de la exposición. Ahora el creador recibió el certificado, y quedó registrado el lauro.

La competencia incluye al vino dentro de los referentes culturales que más enriquecen la dieta culinaria y la alimentación  de los pueblos.

En las sucesivas ediciones de los certámenes, según los organizadores, se inscribieron  más de 7 500 dibujos de artistas de medio centenar de países de todo el mundo. La temática específica, así como el contenido y forma que eligen los creadores en su concepción estética, tenderá aumentar.

Las bases están ceñidas a una óptica satírica y humorística que detalla las particularidades que logra el vino, una bebida cualidades antioxidantes,  en la historia de la humanidad.

Las piezas de los ganadores ilustran, por mes, el calendario de pared que comercializan los patrocinadores. La obra humorística de Feddor recrea a un hombre caribeño, de asueto,  encerrado en una botella, mientras liba sorbos de vino. La caricatura sirve de portada decorativa del sexto mes del año. En su referente mueve a la jocosidad criolla en un ambiente de sobriedad y sátira.

En declaraciones el artista apuntó que el premio, mayor alcanzado en su corta realización creativa, lo anima a intervenir en otros certámenes  internacionales. En 1989, con apariencias alejado en el tiempo, obtuvo el mayor lauro que concede Chispa Joven, convocatoria del semanario Palante para reconocer a los mejores historietistas cubanos.

En las festividades de diciembre para prestigiar más de cuatro décadas de existencia de Melaíto, y en la realización de los murales públicos que engalanan a Santa Clara, el caricaturista Feddor se erige entre los entusiastas creadores que concurren a esa cita.

 


LA GUITARRA, EL CONCIERTO Y CAIBARÍEN

LA GUITARRA, EL CONCIERTO Y CAIBARÍEN

Días atrás, en Caibarién, sostuve un afectuoso encuentro con el maestro Flores Chaviano Jiménez, quien desde Madrid viajó a su terruño natal y aguarda por el reconocimiento que próximamente recibirá en la Universidad Internacional de la Florida. De la amena conversación, aquí están los apuntes rescatados de la memoria.

Por Luis Machado Ordetx

Flores Chaviano Jiménez, el concertista de Caibarién, no conversó de su instrumento inseparable y de privilegio, la guitarra. El diálogo derivó hacia otros temas artísticos. También abordó, por supuesto, el universo de la música, la familia y el reencuentro con el terruño natal con olor al salitre que expande el puerto norteño de la Isla añorada.

Fue la primera ocasión que lo tuve cerca. Hombre espontáneo y facundo, constantemente abierto a la conversación, confesó sin protocolos sobre algunas predilecciones. Abarcó también fragmentos de un pasado de  adolescencia que jamás olvidará.

Es un recuerdo en apariencias perdido, afirmó. Todo subyace en la  atracción  por el retoque de negativos de películas y la fotografía en las más variadas dimensiones. Ahí están aquellas imágenes añejas que lo trasladó al infinito sentido de la medida que brota cuando pulsa las cuerdas de su guitarra.

A contrapelo de la brisa marina que entró caliente a la sala de la vivienda y del tropiezo inusual, allá en Caibarién, el concertista Chaviano Jiménez hizo mención a los actos creativos que aprendió en el terruño natal. Argumentó, incluso, de los pocos momentos en los que habló del instante fotográfico. Sin saber por qué, también se acercó en principio al alicantino Vicente Gelabert Santonja y su tránsito por escenarios cubanos.

De ese alumno predilecto de Francisco Tárrega, el forjador de una metódica y una inconfundible escuela, tiene historias que lo emocionan. Unas semanas lleva Flores, quien prefiere el tuteo llano, en el poblado costero donde aprendió los acordes iniciales de la guitarra. Al parecer no puede desprenderse de Gelabert, tal vez en su paso por Caibarién, y por la impresión que dejó aquella fotografía que observó en la infancia.

En enero viajó Chaviano Jiménez a La Habana. Todavía permanece entre nosotros. Atrás quedó el fallido reconocimiento público que recibiría junto al concertista Eduardo Martín Pérez por las respectivas proyecciones en el contexto de la guitarrística, la composición y la docencia. Ambos festejan  años cerrados de existencia. Flores las siete décadas, y su colega las seis con el grueso de historias colgadas de los escenarios, los aplausos y las horas de aprendizaje constante. 

En 1971 Flores concluyó sus estudios del segundo grupo de instrumentistas forjados por la Escuela Cubana de Guitarra. Con Efraín Amador integró esa promoción.  De allá a acá pasó el tiempo cuajado en diferentes círculos internacionales. Dos años antes de esa fecha Carlos Molina abrió la senda de egresados a partir de las lecciones que impartía Isaac Nicola, el mentor. Luego las enseñanzas en simultáneo continuaron con Roberto Valera, Alfredo Díaz Nieto, José Ardévol, Alirio Díaz y Sergio Fernández Barroso, entre otros inspiradores.

La tradición todavía persiste en la pedagogía nacional. También subyacen  desde un principio las sesiones teóricas-prácticas prodigadas por Leo Brouwer, Carlos Fariñas y Jesús Ortega, educadores en esencia de otras hornadas de seguidores.

El tiempo transcurre y Chaviano Jiménez jamás arrincona una emoción. Todos persisten en la evocación de cuando comenzó en octubre de 1964 los estudios especializados y la prolongada estancia en predios habaneros.

                       Villa de los Cangrejos, según García Caturla

Flores, antes de abandonar Cuba en lo inmediato, a la cual considera “Isla de las melodías por sus herencias hispanas y africanas”, piensa en localizar por “curiosidad” aquellos arreglos orquestales, de música de vanguardia, hechos desde San Juan de los Remedios por el insuperable Alejandro García Carturla.

La indagación es mayor cuando se conoce que la mayoría de los montajes presentados a partir de diciembre de 1932 por la Orquesta de Conciertos de Caibarién se concibieron con obras de Manuel de Falla (“La vida breve”), de César Cui (“Oriental”), o “L´aprés midi d´un faune”, de Claudio Debussy, así como otras de Gershwin, Maurice Ravel  y Stravinsky. Eran los proyectos de Alejo Carpentier al animar una música de dimensión cubana y ribetes universales.

Sin llegar a lo infructuoso las búsquedas hasta el momento no tienen los frutos deseados. La papelería en instituciones culturales anda perdida, o al menos bastante escondida. Por el “¿hallazgo?” hay una predilección.

El concertista cubano asentado en Madrid considera dos baluartes trascendentes de nuestra música renovadora, de vanguardia: Amadeo Roldán y García Caturla. La composición, y la divulgación de piezas sinfónicas de los clásicos y los contemporáneos, a partir de la primera mitad del siglo anterior, mostraron otros alientos y raíces inabarcables.

                                          Otro reconocimiento

A principios de marzo Flores irá a los Estados Unidos. Allí recibirá el tributo que prepara la Universidad Internacional de la Florida. Así lo manifestó en una fecunda conversación de apenas treinta minutos. Todos bastaron para el intercambio de puntos de vista y de emociones.

Alegó que en Miami no tomará entre sus manos, como en otras veces, la añorada guitarra, o la batuta de director orquestal. Serán los continuadores de la tradición los que ofrezcan el concierto-homenaje. Habrá un repaso a las principales composiciones que escribió para conjuntos de instrumentos, coros y guitarra, precisó. Seguro, muy seguro, en el repertorio aparecerá “La Ciudad II”, pieza para clarinete solo, una entre tantas de predilección.

Recientemente Flores culminó su vida laboral activa como pedagogo en tierras ibéricas. Ahora piensa en proseguir su misión de instrumentista y difusor de la usanza trovadoresca cubana. Con un relativo descanso se topará con diferentes partes del mundo, y escribirá historias para encantar las sonoridades de su guitarra.

                                Gelabert, el mítico bohemio

En una ocasión, argumentó Flores, cuando era adolescente y aprendiz de los consejos de guitarra de Pedro Julio del Valle, “llegué al estudio fotográfico de los hermanos Martínez Otero, uno de los más distinguidos del país. En la vidriera exponían una fotografía de un músico español asentado en Cuba. Dijeron algunos curiosos del concurrido centro de Caibarién que el instrumentista genial era de apellido Gelabert, alumno eminente de Tárraga”. Aquella historia quedó prendida en la memoria del compositor e instrumentista, todavía en ciernes.

Al rememorar a Vicente Gelabert le expuse a Chaviano Jiménez que ese artista arribó a Cuba en 1905. Después abrió el camino para la aparición de otros consagrados instrumentistas ibéricos en nuestro archipiélago. Mencioné los casos de Pascual Roch y José Villalta. Ninguno fue más trashumante que ese concertista que apreció en una diminuta fotografía y murió en 1942 en el modesto hotel de Amaranto Alfaro, en Quemado de Güines, en la costa norte del país.

Un tiempo atrás Bohemia exhibió el panteón de granito grisáceo con una lápida de mármol blanco, erigido en forma vertical. El sitio perpetúa la última morada del enigmático músico. Entonces, delante, tenía una escultura en forma de guitarra. Al visitarlo, hace años en ese afán por escudriñar en historias ocultas de asombrosos muertos, no mostraba la hidalga simulación del instrumento. Los sepultureros contaron que muy pocas personas concurren a la necrópolis a rendirle tributo al inmortal español. Sin embargo, allí estaba para ofrendarle una sencilla flor. 

Apunté a Flores que el paso de Gelabert por nuestro país comenzó accidentalmente por Santiago de Cuba, lugar en el cual fue preciso desembarcar en su viaje desde la península ibérica. Residió, incluso, en Holguín, Cienfuegos y Quemado de Güines. En limitadas ocasiones acogió  a alumnos. Al recibirlos, casi siempre, lo hizo a cambio de sostenerse en alimentos o pago mínimos que luego gastaba en el consumo de licores.

También dio conciertos en Antilla, Guaro y Guantánamo, territorios donde  efectuó sus primeras presentaciones. Tal vez esas historias nadie las recuerde y las reseñas queden “guardadas” en las páginas amarillentas de algún periódico provinciano. Similares actuaciones hizo en Santa Clara y Sagua la Grande, escenarios propios para difundir piezas de Chopin, Beethoven, Bach, Albéniz y Tárrega, su maestro.

De Gelabert, quien estuvo también en Caibarién, hay miles de anécdotas, aseguró Chaviano Jiménez, y precisó que  antes de radicarse en Madrid, cada vez que recorría escenarios cubanos, siempre del público un curioso recordaba el paso del reconocido virtuoso ibérico por el más insospechado de nuestros pueblos.

                                 Vuelta a la fotografía

Por incongruencias burocráticas la estancia efímera de Flores, el concertista, transcurre desapercibida para las instituciones culturales del país. No importa. Ahí están los familiares y amigos que tienden un puente de afectuosidad y reconocimiento íntimo a quien consideran uno de los virtuosos más valiosos de la guitarra contemporánea.

La irreverencia de organismos estatales para prodigar encuentros entre músicos, y hasta del diálogo teórico, en los cuales gustoso intervendría Chaviano Jiménez, tal vez provenga del desconocimiento “vaporoso” de su  representatividad en la guitarra contemporánea. Con eso palpo cierta insensibilidad educativa e intelectual.

En una lectura reciente al inexacto Diccionario de la Música villaclareña (Giselda Hernández Ramírez, Capiro, 2004), dejó al guitarrista y compositor de Caibarién enclaustrado en 1974. Al parecer, toda profesionalidad de  Flores, y su recorrido por el mundo murió con esa fecha. Por fortuna, el Enciclopédico de la Música en Cuba (Radamés Giró, Letras Cubanas, 2009), es  más categórico y puntual. No obstante, casi una década antes de la publicación del texto notificó inconclusa la proyección artística de Chaviano Jiménez.

Fueron esas las razones del por qué bolígrafo, papel u otros artilugios tecnológicos no imperaron en el diálogo espontáneo que sostuve días atrás. Allí fluyeron raudos otros recuerdos, y también se conversó de música y compositores. Resaltaron aquellos destellos de infancia que lo llevaron al estudio de Waldo Urbay, en su poblado natal. Entonces aprendió la  restauración manual de negativos recién salidos del proceso de revelado. Era el momento previo a la impresión definitiva en papel de aquellas instantáneas  que marcarían relámpagos insustituibles de la historia.

Atrás quedaron en la despedida el recordatorio para la búsqueda afanosa de los arreglos que introdujo García Caturla en la música vanguardista interpretada por la Orquesta de Conciertos de Caibarién. También la mención de cuánto representó Gelabert en los cubanos. El colofón fue el afectuoso saludo de un hombre que descubrirá otros caminos en el decurso de su fructífera existencia  de compositor e instrumentista de estatura universal.

 

 


 

EL GUAYABERO, SALAMANCA Y MELAÍTO

EL GUAYABERO, SALAMANCA Y MELAÍTO

Por Luis Machado Ordetx

¡Coño!, subir allá a lo alto. Del carajo para adelante. Seguro le “parto la cara a Marieta”, exclamó Faustino Oramas Osorio, cuando en la tarde del viernes 20 de marzo de 1989 traspasó el umbral de Vanguardia dispuesto a recorrer 41 escalones hasta la redacción. Alguien recordó que faltaban otros peldaños a la escalera, pero que no eran de granito pulido.

El Guayabero refunfuñó socarrón e irónico:

—¡Hasta dónde me llevan ustedes!, alertó sentencioso luego de observar la botella de ron que llevaban sus anfitriones.

—¡A Melaíto!, dijo Pedro Méndez Suárez, director y humorista del suplemento.

La edición del domingo recogió la historia con el título: «Humor y Amor del Guayabero: Nunca digo lo que otros piensan», entrevista suscrita por Pedro de la Hoz, con fotografías de René Rodrigo Ruano (Ener) y una ilustración de Méndez Suárez, Allí, en apretada síntesis, el holguinero, luego de ingerir unos licores, contó sobre su instrumento: «mi vida, mi almohada, mi mujer», así como pasajes de su vida y fórmulas para componer e interpretar la música cubana.

—«Una sola vale para todo. Si usted es de los que hacen música para ganar un sueldo, no será en su vida artista. Hay que poner amor. Y no creer que se las sabe todas, porque siempre alguien sabe algo que usted desconoce», sentenció mientras limpió la garganta con un trago de alcohol. También habló del tres, su instrumento, necesario para tomarle el pulso al montuno.

Alguien, no recuerdo quién, alertó, y «ahora cómo se va el Guayabero escaleras abajo», y de inmediato como el que está a la escucha de todo, precisó tajante y también irónico, dos momentos definitorios en su personalidad artística:

—«¡No se preocupe usted!, lo haré con estas piernas largas y el paso lento y cadencioso que siempre me acompaña. De lo contrario, ¡para que están ustedes aquí! ».

Esa fue la despedida de una tarde inolvidable con el Guayabero, un compositor e intérprete de ensueños.

                                      ¡MOCHA EN MANO!

Un sorprendente dual meet entre Juan Antonio (Bobby) Salamanca y Argelio García (Chaflán), el mago de la oralidad humorística cubana aconteció en las inmediaciones de un ingenio azucarero villareño. El narrador deportivo recordó instantes del campeonato mundial de béisbol que coronó a Cuba en tierras de República Dominicana.

No faltó la mención a las proezas de los jugadores, y en especial de Gaspar (Curro) Pérez con los hits de oro, así como al desempeño de Lázaro Pérez, Owen Blandino, Silvio Montejo, José Antonio Huelga y Rolando Macías, ídolos del territorio central en aquellos partidos de finales de agosto de 1969.

Por momentos Chaflán ripostó “Con sombrero y sin sombrero”:  «¡Azúcar, abanicando!, en el conteo de los strikes, y  ¡Chirrín-chirrán!. Entonces Salamanca soltó una expresión emotiva, aguda y simpática: «Lo tiró para la tonga», y «el pez mordió el anzuelo», al anunciar que acabó de cortar la última caña de la faena voluntaria. Ambos sonrieron junto a otros invitados al Encuentro de Humoristas Cubanos, único de su tipo en el país hasta esa fecha, según declaraciones de  participantes y las informaciones y entrevistas que recogen las páginas de nuestro periódico.

Todos celebraron los primeros 12 meses de existencia del  suplemento humorístico villareño. La convocatoria incluyó  debates teóricos y exposiciones al pie de los cañaverales, áreas industriales y el batey del ingenio Carlos Baliño, en la entonces regional Santa Clara. El suceso trascendió entre el 19 y el 21 de diciembre de ese año. Acogió a los anfitriones de Melaito, representantes de Palante y DTT, y a creadores aficionados.

Los materiales gráficos y las inscripciones se recibieron en el Centro de Información de la Prensa, perteneciente al DOR del Partido, en Carretera Central esquina a calle 5ta, en la Vigía, dependencia que “socorrió” por un tiempo el quehacer estacionario de los caricaturistas villareños.

El lema del certamen fue «Afilando el lápiz con la mocha», concepto del humorismo cubano. René de la Nuéz, director de Palante, fue de los primeros en llegar acompañado de Luis Mitjans, creador de la “Peccata minuta”, así como del ranchuelero  Gustavo Prado, Pitín, y otros  colegas de DDT que guiaron los pasos de Melaíto en su formación artística, de diseño y difusión de caricaturas impresas, o de la circulación gratuita —por entonces— de todo lo publicado a ávidos lectores.

El aguerrido humorista Pedro Méndez Suárez da vuelta a su memoria y precisará el soliloquio aquellos instantes de gestación del suplemento y del inusual convite a la vera de un cañaveral. El sábado 13 de diciembre Vanguardia recogió declaraciones de Bobby Salamanca, y el narrador deportivo confesó que «Melaíto suena a humor y suena a trabajo, a zafra. Humor que destila dulce, no veneno, y que le dice al pan, pan, y al vino, vino, con ese lenguaje simpático y constructivo que llega a las multitudes». Otros participantes dejaron sus impresiones orales recogidas en ediciones sucesivas del diario, lugar en el cual, de un modo u otro, reciprocó a con agrado a los inusuales y aparentemente irreverentes colegas.

En el Carlos Baliño, del actual Santo Domingo, aconteció un hecho antológico. Ante la mirada sorprendida de trabajadores azucareros, residentes y movilizados en la Zafra de los 10 Millones, se pintó de manera colectiva el primer mural que tiene la historia del humorismo cubano. Allí los caricaturistas y hacedores de la oralidad “criolla” se despojaron de porrones, guantes y mochas de ocasión, y tomaron los pinceles y las latas con tintas de diferentes colores para plasmar sugerentes imágenes.

 Pregunto por aquella legendaria pared. Pocos las resuenan en el tiempo ido. Hasta las fotos desaparecieron. Gracias a las páginas de Vanguardia reconstruyo el escenario: crítica puntual a la indisciplina y la desorganización laboral. También “sacaron punta al lápiz”, mejor a los pinceles, contra la mediocridad, la burocracia y la improductividad, temas constantes del humorismo nacional.

Durante esos días hubo jolgorio en el ingenio. Por las mañanas a los cortes de caña. En las tardes a talleres de creación artística, y en las noches a confraternizar con los pobladores. Hablaron de las fortalezas que asume Melaíto en el quehacer humorístico, y de la gestación de Chin-Chin, en Pinar del Río; de Van-Van, en Matanzas, y de Cocuyo, en Camagüey, así como de Ban-Gan, en Oriente, con lo cual se cerraba un  ciclo de  publicaciones especializadas. El domingo 21 de diciembre fue de bullicio  conclusivo: un cake gigante por la histórica reunión.     

JOSÉ FERNÁNDEZ, FORJADO EN EL BÉISBOL

JOSÉ FERNÁNDEZ, FORJADO EN EL BÉISBOL

Con el título de «Pasaron demasiado rápido por la vida», el colega Osvaldo Rojas Garay dejó sus impresiones relacionadas con el repentino fallecimiento del lanzador cubano José Fernández Gómez. Un infausto accidente lo arrancó rápido de la vida. El periodista villaclareño  también desempolvó recuerdos, como dijo, «sobre algunas figuras de la pelota cubana que murieron a temprana edad». Sin embargo,  la prensa nacional y extranjera nada explica de aquellos primeros encuentros que desplegó el otrora pitcher de Miami Marlins en aquel sencillo estadio Pedro (Natilla) Jiménez, de Santa Clara.

Fernández Gómez, en Paz Descanse, aparece, hacia la extrema derecha y de pie, en una fotografía que mostró un colega amigo. El número 16 de los Marlins, se notó siempre sonriente, entusiasta, y entregado a la constante victoria y camaradería en su equipo.  Los comentarios al texto de Rojas Garay pueden suscribirse en:

http://www.vanguardia.cu/deporte/7276-pasaron-demasiado-rapido-por-la-vida.

 

Por Osvaldo Rojas Garay

 

La muerte el pasado domingo 25 de septiembre del lanzador José Delfín Fernández Gómez en un accidente marítimo, a la temprana edad de 24 años, no sólo enlutó a los seguidores del béisbol en diferentes puntos del planeta, sino que devolvió a la actualidad nombres de figuras del deporte de las bolas y los strikes que también encontraron la muerte prematuramente.

Entre otros, recordamos la desaparición física del serpentinero pinareño Emilio Salgado Quesada, el 26 de julio de 1975, a los 27 años de edad, debido a un tumor cerebral. El vueltabajero fue integrante del equipo Cuba al campeonato mundial de 1970 y los Juegos Panamericanos de Cali, en 1971.

Sorprendente resultó el deceso del holguinero Ricardo Bent Williams, joven inicialista que venía en ascenso y perdió la vida fulminado por una descarga eléctrica atmosférica en 1980 e impresionante fue la muerte del talentoso jardinero yumurino Lázaro Contreras López, asesinado por su esposa que según las versiones que he leído le roció un galón de gasolina encima y le prendió fuego, en 1986.

Muchos de los momentos tristes han sido a consecuencia de accidentes de tránsito. En este caso, creo que los ejemplos supremos en nuestras series nacionales han sido el espirituano José Antonio Huelga Ordaz, el 4 de julio de 1974, a los 26 años de edad y el capitalino Santiago Mederos Iglesias, el 15 de diciembre de 1979, a los 34. El Héroe de Cartagena fue el mejor monticulista derecho del país  en su época y Changa, el zurdo más sobresaliente.  

En el primer quinquenio de los campeonatos nacionales hubo que lamentar la pérdida de Francisco Tomás Salcedo Moreno (27 años), en noviembre de 1965, cuando el camión en que viajaba sufrió desperfectos técnicos. El zurdo de Media Luna, Granma, había integrado el plantel criollo a los Juegos Centroamericanos y del Caribe de Kingston, Jamaica, en 1962.

Un accidente en motocicleta puso fin a la vida del receptor santiaguero Frank Tamayo Castillo (28 años), el último día del 2004 y en el 2013 otra tragedia en la carretera nos llevó pronto al artemiseño Yadier Pedroso González, cuando se paseaba entre los principales tiradores del archipiélago.

Hijo del otrora lanzador José Manuel Pedroso se erigió en uno de los baluartes de la corona alcanzada por los entonces Vaqueros de La Habana en la justa de 2008-2009 y contaba, a pesar de su juventud, con participación en dos Clásicos Mundiales, una Olimpiada, tres Copas del Mundo, una Copa Intercontinental, los Juegos Panamericanos de 2011 y los Juegos Centroamericanos y del Caribe del 2006.

Ayer martes 27 de septiembre  habría cumplido 46 años el camagüeyano Miguel Caldés Luis, si un accidente de tránsito no hubiera acabado con su existencia el cuatro de diciembre del 2000, pocas semanas después de haber regresado con el metal de plata de la cita estival de Sydney.

La lista, por supuesto, es mucho más extensa. Ahora se incorpora el triste final de José Fernández, un derecho nacido en Santa Clara el 31 de julio de 1992, que se codeaba entre los más descollantes lanzadores de las llamadas Grandes Ligas.

Fernández formó parte del equipo villaclareño en la categoría 15-16 años y en 2008 marchó hacia Estados Unidos.

Allí, debutó en la Gran Carpa con los Miami Marlins el 7 de abril de 2013 y terminó siendo el Novato del Año de la Liga Nacional, condición que además de él solo han obtenido otros tres cubanos: Pedro Tony Oliva López, con los Mellizos de Minnesota en 1964; José Canseco Papas, con los Atléticos de Oakland, en 1986 y José Dariel Abreu Correa, con los Medias Blancas de Chicago, en 2014, todos en la Liga Americana.

En su temporada de estreno Fernández exhibió balance de 12 ganados y 6 perdidos, 2.19 promedio de carreras limpias y retiró a 187 bateadores por la vía de los strikes en 172.2 entradas y un tercio.

Al año siguiente una lesión en su brazo de lanzar lo alejó del box para someterse a una operación. De ahí que su saldo fuera de 4 y 2.

Retornó en el 2015 con seis salidas exitosas y un descalabro. En el presente 2016 disfrutaba de su mejor  campaña con 16 y 6, efectividad de 2.58 y había ingresado en el exclusivo club de los serpentineros cubanos que han registrado 200 ponches en una temporada en Grandes Ligas.

La relación la completan Camilo Alberto Pascual Lus, que rebasó la cifra en cuatro oportunidades; Luis Clemente Tiant Vega, en tres y el fallecido Miguel Ángel (Mike) Cuéllar Santana, santaclareño como Fernández, que en 1967 estrucó a 203 bateadores.

El estelar pitcher de los Miami Marlins en 182.1 innings de actuación acumulaba 253 ponches, a 11 de igualar la máxima cifra de un criollo en ese béisbol en poder de Tiant (264) desde 1968.

En su meteórica carrera por las Mayores, José Fernández archivó 38 victorias y 17 derrotas, con 2.58 promedio de carreras limpias y repartió 589 ponches en 471.1 entradas de labor sobre la lomita.

El lunes, 26, un día después de su trágica muerte, todos los jugadores de los Marlins llevaban una camiseta con el número 16 en honor a su compañero de equipo en el partido que disputaron contra los Mets de Nueva York.

Según anunció el dueño de los Miami Marlins, Jeffrey Loria, la camiseta número 16 será retirada y nadie la utilizará más en el uniforme de este elenco.

 

BUCK CANELL EN SANTA CLARA

BUCK CANELL EN SANTA CLARA

Por Luis Machado Ordetx

El ex-slugging de Grandes Ligas, el prolífero Roy Campanella, a principios de febrero de 1969 provocó que Cruces fuera foco de atención de cronistas cubanos y extranjeros.

La declaración de la muerte ¿repentina? de Martín Marcelo Dihigo Llano, el Inmortal, residente en esa municipalidad villareña, atrajo disímiles comentarios a partir de lo expuesto por la France Press en esa época.

Miguel Ángel Pérez Cuéllar, redactor-fundador de Vanguardia, fue de los primeros en llegar hasta la residencia del excepcional jugador de la pelota cubana. Tamaña sorpresa: lo encontró junto a su esposa, en la vivienda de la calle Pepe Alemán número 308, y en su entrevista el periodista de Esperanza lo presentó al mundo deseoso aún de vivir.

Los rumores se disiparon gracias también a los apuntes radiales que dejó en CMHW el narrador Héctor Lino Alomá Fontanills. Allí Pérez Cuéllar interrogó a Dihigo:

«—Sabe usted, hemos venido porque hubo rumores de que…

«—Si, ya sé, de que había fallecido. Imagínese que he recibido hasta telegramas. Pero de eso ¡nada! Pienso vivir, por lo menos, hasta el año 1978», declaró el pelotero.

Los rumores del deceso disipado, de cierta manera, incitaron a que Buck Canell, cronista argentino-cubano-estadounidense, solicitara un permiso especial para viajar a La Habana con el propósito de conocer a Dihigo.

En la última semana de mayo de 1969 se cumplió el anhelo del más completo y enciclopedista de los narradores deportivos de Grandes Ligas. La llegada a Santa Clara se verificó el jueves 29 de mayo al visitar las instalaciones del estadio Augusto César Sandino, el área del “Eduardo García”, y el CV-Deportivo, así como la Universidad Central Marta Abreu de Las Villas.

En la tarde-noche de ese día estuvo junto con periodistas-tipógrafos de Vanguardia, y dialogó en el taller de composición con integrantes del órgano de prensa.

Por unas horas Canell es huésped de todos. Tiene de guías a Pérez Cuéllar y Alomá Fontanills. Son sus acompañantes hasta Cruces para un diálogo momentáneo con Dihigo, un recio pelotero que con 62 años, 6 pies 2 pulgadas de estatura y casi 200 libras de peso, mostró una jovialidad asombrosa.

En la provincia todavía se percibía la euforia del primer campeonato conquistado por un equipo del centro del país, el Azucareros, ganador de la 8va  Serie Nacional, momento en el cual el narrador foráneo satisfizo su infinita curiosidad y partió a los Estados Unidos con uno de sus mayores anhelos: fundirse en un abrazo con Dihigo, el Inmortal.

Cierto es que Vanguardia fue el único diario cubano que recorrió el versátil narrador de la pelota profesional durante el corto periplo por Cuba. No obstante, en la Bohemia del viernes 30 de mayo de 1969 (año 61, número 22, página 54), aparece una fotografía con el titular:

«Buck Canell en Bohemia», y por pie de imagen reza que «El destacado comentarista Buck Canell, que se encuentra en nuestra patria, visitó la redacción de BOHEMIA, siendo atendido por nuestro director, Enrique de la Osa, y el responsable de la sección deportiva, Ciro Pérez. Canell manifestó que el objetivo de su visita era conocer el movimiento deportivo cubano».

Apenas unos días antes de aquel encuentro de los periodistas cubanos y el propagador oral del béisbol de Grandes Ligas, aquí en Santa Clara, durante la inauguración del sexto desafío de la II Serie de las Estrellas entre Occidentales y Centrales, según la edición de Vanguardia del miércoles 14 de mayo de 1969, el público congregado en el estadio Sandino aplaudió cuando Dihigo hizo el primer lanzamiento y dejó inaugurado el desafío.

Cuenta un reporte de nuestro rotativo, escrito por Pérez Cuéllar, que José Antonio Huelga, lanzador-abridor de los orientales, le solicitó al estelar jugador, y el ídolo de Cidra-Matanzas-Cruces-Cuba, le respondió:

«—¡No!..., esta me la llevo para la casa. Es la última que acaricio frente al público.

GARCÍA MÁRQUEZ Y UNA NOTICIA INSÓLITA

GARCÍA MÁRQUEZ Y UNA NOTICIA INSÓLITA

Por Luis Machado Ordetx

 

Gabriel García Márquez, en el bar del Hotel Santa Clara Libre, posó los ojos en los espacios de la reciente edición de Vanguardia, el rotativo villareño. Buscó, con el auxilio de los cristales de aumento, en el intrincado misterio de las ocho páginas tipo sábana. Deseó conocer sobre las noticias, y en especial qué anotó el periódico de la visita suya, efectuada el día anterior. Sintió cierta curiosidad… 

La institución de prensa impresa fue la única de su tipo que recorrió en 1975 cuando vino a Cuba por invitación de Fidel en ocasión del acto conmemorativo del 26 de Julio, previsto para la capital del centro del país. Hay un extremo: el narrador colombiano siempre quiso pasar desapercibido durante ocho días que permaneció aquí. Es un suceso evidente. 

Lo corroboran la confesión de Arturo Chinea Medina, entonces jefe de Información del diario y uno de los acompañantes en periplos por Cienfuegos, Trinidad, Playa Girón o Tope de Collantes. También se comprueba en revisiones de las páginas de Vanguardia, un periódico que acaparó la atención de los cubanos en las semanas anteriores o posteriores al acontecimiento histórico nacional del 26. 

Por esa época concurren a la provincia el dramaturgo guatemalteco Manuel Galich López, así como el poeta Félix Pita Rodríguez, el folklorista Samuel Feijóo, el investigador Joaquín G. Santana y el ilustrador Manuel del Toro, y otros escritores cubanos que vienen para las confraternizaciones. Todos realizan recitales literarios, y obsequian o dedican al público las últimas ediciones de sus libros. Noticias los destacan en las fábricas de tabaco Bauzá y La Juventud, en Cabaiguán, o en la  Biblioteca Martí, de la capital, lugar último en la cual inauguran las librerías Pepe Medina y Viet Nam, centros para irradiar cultura. 

En ningún momento asoma una mención de García Márquez junto a esos grupos literarios. Tampoco hay informes de estancia en las exposiciones de obra pictóricas de Chartand, Romañach, Víctor Manuel, Abella, Pogolotti, Portocarrero y Amelia Peláez que se exhiben en el antiguo edificio de la Colonia Española de Santa Clara. Incluso, puede que acudiera a la velada artístico-cultural que acogió el cine-teatro Camilo Cienfuegos, el viernes 25 de julio en la noche, pero no existe un reconocimiento. 

Cierto es que el colombiano, huésped del edificio más alto de la ciudad, entraba y salía del lugar junto a Gonzalo García Barcha, el adolescente hijo que hacía labores de osado fotógrafo con una cámara Nikon, modelo FT 2,  de última generación. Muchas veces fue Chinea Medina quien aguardó a los extranjeros en el lobby del hotel. Antes los extranjeros rechazaron hospedarse en Los Caneyes porque querían estar cerca del murmullo de las personas. En otras ocasiones los recibió un anónimo chofer de un auto Ford Falcón, habilitado para los recorridos. 

De aquellos instantes el testimonio del  antiguo jefe de Información de Vanguardia resultó imprescindible en la reconstrucción de la historia alejada en el tiempo. De ese modo los acontecimientos con apariencias reales toman valor de anécdotas —unas ciertas y otras infladas—, sobre todo aquellas surgidas después de abril de 2014, fecha del deceso del colombiano. 

Al hablar o referir pormenores del recibimiento en el periódico del autor de Cien años de soledad (1969), algunos lo hacen de una manera impresionista, carente de apuntes de la fecha exacta y del dato puntual que inmortalizó la estancia del escritor en el recinto de la calle Céspedes número 5 esquina Plácido, en Santa Clara. Por tanto corren el riesgo de decir… 

Desde Cienfuegos Ángel Álvarez Machado, director entonces del rotativo, confesó: 

«—Busca en el periódico. Recuerdo que nosotros hicimos referencia a su encuentro con redactores, fotógrafos y gráficos. Tiene que estar en la colección del mes de julio, días antes del acto central por el 26». 

Por inferencia, al parecer, todo sucedió en el momento en el cual ancló el hacedor de El otoño del patriarca a nuestra ciudad. Fue justo en el año que apareció esa novela favorita, y que consideró «única para salvarme del olvido».   Todo sobrevino antes de caer la tarde, y no en el transcurso de la estancia de una semana de huésped de la habitación 226 del Santa Clara Libre, hotel del centro del país. 

Las apreciaciones concuerdan con Chinea Medina. Ninguno  —incluso aquellos dados a los cotilleos posteriores—, mencionó que la noticia afloró sin fotografías, y está ubicada en una cuña, o pequeño material que se echa a mano para cerrar una página. En periodismo resulta lo que tiene poca monta o significación. Contiene solo dos párrafos y resume con líneas apretadas la antológica presencia del narrador y periodista foráneo. Es insólito: siete años después, en 1982, proclamaron al colombiano como el cuarto latinoamericano en conseguir el Premio Nobel de Literatura. De ahí las trazas en las murmuraciones relacionadas con la enhorabuena en Vanguardia, una exclusividad histórica. 

La edición del jueves 24 de julio de 1975, año 12 y número 4163, página 3, lateral centroderecho, tiene por titular: «Visita “Vanguardia” el autor de “Cien años de Soledad”». El cuerpo del texto indica: «Gabriel García Márquez, conocido escritor colombiano, autor de la novela “Cien años de soledad”, que se encuentra de visita en nuestro país, fue recibido ayer en la redacción de Vanguardia por nuestro director Ángel Álvarez. 

«García Márquez departió con periodistas y trabajadores de nuestro colectivo y conoció el funcionamiento de este órgano de prensa. En su recorrido por la provincia, García Márquez es acompañado por el sub-director de Prensa Latina, compañero Carlos Mora». 

Ese fue el único texto que se difundió. Otras publicaciones periódicas cubanas no se hicieron eco de la noticia. Tampoco lo reseñó Melaíto, el suplemento humorístico que, dos días después, realizó una circulación especial de 16 páginas para festejar la efeméride de los asaltos a los cuarteles Moncada y Carlos Manuel de Céspedes, de Santiago de Cuba y Bayamo, respectivamente. 

El suceso histórico-nacional en Santa Clara, o el cúmulo de informaciones derivadas del hecho, impidieron un mayor despliegue noticioso a la estancia de García Márquez. Es un obstáculo supuesto. La contingencia se “evaporó” en las salidas posteriores del rotativo provincial.  En el cuerpo noticioso no hay referencia a la profesión mayor del extranjero, su siempre fiel destino: el periodismo. 

De igual modo allí no faltaron fotógrafos dispuestos a dejar testimonios gráficos de los diálogos y el tropiezo inusual. Las cámaras de Manuel de Feria García y José  Hernández Mesa, o la que traía el joven García Barcha, no pararon en las tomas reiterativas de instantáneas. De todas las posibles imágenes solo quedan tres, de planos interiores y casi similares en ambientes oficinescos. Captaron al colombiano, a Álvarez Machado, Chinea Medina y a Mora junto a otro interlocutor en sostenido intercambio de puntos de vistas de cómo hacer mejor periodismo y recrear la realidad circundante. 

Las impresiones con “vida” para contar el culminante relámpago de un recorrido de apenas una hora por Vanguardia, según el antiguo jefe de Información del rotativo, pertenecen a la autoría de Hernández  Mesa, uno de los fotógrafos titulares. Las que hizo Manuel de Feria desaparecieron, mientras las pertenecientes a García Barcha —quien prometió hacer llegar algún día las tomas—, jamás retornaron a la redacción. 

No todos los anecdotarios surgidos con posterioridad son suscritos por Álvarez Machado y Chinea Medina. Otros, sencillamente no los recuerdan, y los pasan por alto. Cierto es que Mercedes Rodríguez tuvo el atrevimiento, como dijo, de espetarle al García Márquez que a su Cien años de soledad (1969), «sobraban 50 cuartillas». Eso nada más apuntó el antiguo director y ocurrió al breve paso del escritor por el buró en el cual estaba sentada la joven reportera. ¡Claro, antes algo similar señaló el argentino Jorge Luis Borges al dejar un comentario que rebasó esa cifra! También el Gabo elogió la sección “El Innovador” que escribía Félix Arturo Chang, según indicó Chinea Medina. 

Verdadero es que al caer la tarde anduvo el escritor  con algunos acompañantes por las áreas exteriores del estadio Augusto César Sandino, lugar que exhibía amplios y permanentes kioscos circulares destinados al expendio de fiambres y bebidas. Santa Clara celebraba desde el sábado 19 de julio sus acostumbrados carnavales. 

No existen evidencias que «tomara cerveza» con los anfitriones. Ron tal vez, era del gusto del escritor, dijo Chinea Medina. También resulta conveniente la historia de García Barcha de «proponerle canje de cámaras a Manuel de Feria», reconoció Álvarez Machado.

 «—¡Angelito!, ¿mira lo que dice el hijo del visitante? 

«—¿Qué?... ¿Quiere cambiar un equipo por otro? 

El director en tono rezongón dijo al fotógrafo: 

«— ¡tu estas loco! Es un medio básico… No me van a botar por una tontería. ¡Eso está inventariado! ¡Qué va!; no y no… 

El joven García Barcha, luego talentoso tipógrafo y diseñador gráfico, hizo algunas imágenes con la Horizont de 35 milímetros. Miraba y palpaba el equipo, hasta que de Feria García, contestó: 

«—¡No!, no, no puede ser. Sé que esa cámara Nikon con todos sus accesorios es bárbara y hasta cuesta cientos de dólares en comparación con la rusa  panorámica de 180 grados, pero carezco de autorización para el cambio. La última palabra la tiene Angelito, el director», confesó nuestro fotógrafo hace pocos días. El trato no llegó a efectuarse, y el muchacho sintió cierta decepción que fue zanjeada después con los viajes a Trinidad, Playa Girón y Cienfuegos junto al progenitor y Chinea Medina, el guía del momento. 

En Trinidad, según Chinea Medina, el colombiano tuvo un animado y hasta polémico diálogo con Carlos Joaquín Zerquera, entonces Historiador de la tercera Villa de Cuba fundada en 1514 por los españoles. El interés del escritor, luego de desandar el camino por calles empedradas y observar las edificaciones cubiertas con tejados de barro, estuvo centrado en la estancia de Alejandro de Humboldt, el sabio alemán a quien encontró cierto parecido histórico y de afán de descubrimiento con Bolívar, el Libertador de América. 

«— Zerquera citó con precisión apuntes y crónicas que dejó el europeo cuando en 1801 caminó por aquella población con parecido similar a los estilos arquitectónicos de Andalucía. Humboldt era la pasión del naturalista precisado en propagar conocimientos por los más recónditos sitios», dijo Chinea Medina. 

«—Fíjate que en El General en su Laberinto (1989), incluye al geógrafo en la historia, cuando el Libertador lo conoció en Paris y luego lo encontró por Sudamérica en viajes de exploración científica. García Márquez dijo en una ocasión que uno no puede inventar o imaginar lo que le da la gana, porque corre el riesgo de decir mentiras, y las mentiras son más graves en la literatura que en la vida real”, según leí en una de sus confesiones», le expongo. 

«—Tienes razón. Te digo que escuchó a Zerquera con sentido del investigador, y con el olfato presente del periodista. Era todo oído, y hasta hablaba con su interior, como mascando, tal vez masticando, todas las palabras.  Después me confesó, “¡Chico, como sabe ese hombre tan chiquitico!”, y se sonrío». 

«—¿Qué no olvidas de aquellos momentos?», inquiero. 

«—La comparación violenta que hizo en uno de sus diálogos». 

«—¿Cuál?... 

«— Dijo que un periodista puede estar detenido una hora; un día; una semana, pero cuando sales del reportaje el hombre es libre. En cambio el escritor siempre vivirá en una eterna prisión con los temas, los argumentos y las palabras que afectan siempre a muchas personas». 

«—Eefectivamente. Siempre consideró la escritura como un hecho imparable, y nada de soplo divino o estado de gracia. Era la tenacidad y la pugna entre el cuenta una historia y el tema que se aborda. Así fue en periodismo y literatura. Nada de derrumbes ante los imposibles… 

Con esos misterios noticiosos, muy escuetos en la reseña periodística, partieron de Santa Clara, al centro de Cuba, el escritor  García Márquez y su hijo. Nadie negará que desandaron una provincia, casi en anonimato, y la historia pasó al recuerdo con escasa trascendencia, muy a contrapelo de lo que ya significaba y fundamentó el colombiano en nuestras letras universales.