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Cruzada entre el periodismo y la literatura

Cruzada entre el periodismo y la literatura

Por Luis Machado Ordetx

                               

El hombre es portador de una historia, de testimonio, y de memoria individual o colectiva, en que aparece diseñada la recreación de un fragmento de la realidad mediata o inmediata. Ahí la testimonialidad que ofrece una o varias fuentes sólo resulta posible aplicando técnicas provenientes de diferentes disciplinas teóricas de las Ciencias Sociales implicadas en el rastreo de los fenómenos de entorno y del hacer dentro del plano literario.

 

Por tanto, el testimonio periodístico, de corte directo o indirecto, representa un género que existe, pero no constituye un acontecimiento meramente ficcionado, porque puede ser, incluso, la historia puramente contada o relatada por otros. Los recursos técnico-expresivos e instrumentales periodísticos y literarios son vitales para hurgar un contexto, fundiendo en un solo espacio los métodos de investigación social. En periodismo, el testimonio refuerza el reto informador e interpretador de la dimensión de lo humano y lo cercano a una sociedad contextualizada.

 

El Nuevo Periodismo ofreció matices a la literatura, y noveló los hechos político-sociales, a partir de una capacidad integradora de la contemporaneidad, para mostrar una medida artística en el rompimiento de barreras de ductilidad sorprendente en la exploración de otras zonas desconocidas o no dentro del entendimiento histórico.

 

El periodismo, es obvio, procede de un acto de oralidad o visualidad de un fenómeno dado, muy similar a lo que trasciende en el testimonio, como tendencia contemporánea ubicada en un rango especializado —literario—, que va hacia la perspectiva de lo humano.

   En sí, representa una herramienta para la construcción de realidades diferentes, válidas en la transmisión de la memoria de las gentes o de aquella narración que se filtra y, que a veces, no reportamos en la historia.

Aquí entra en juego el hecho fantástico o imaginado, como experiencia  que condensa la labor creativa del acto de transferencia de lo ficticio convertido en lo aparencial-real.

 

 La incertidumbre aparece en ese trance, y en ocasiones conspira contra lo periodístico. Sin embargo, la búsqueda de actualidad, del detalle que raya en lo familiar y lo verosímil para imprimir confiabilidad al discurso, fundamenta el contrapunto embarazoso que tipifica la frontera entre lo verídico y lo inverosímil.

 

Alejo Carpentier, el más grande de los narradores cubanos, en Tientos y Diferencias[2], acota aspectos sustanciales sobre la teoría de los contextos, y explica, entre otras cosas, el valor sustancial de la composición creativa. Recalca que entre la literatura y el periodismo hay un común modo de componer la escritura, el discurso comunicativo y el manejo de la palabra. El enfoque descansa en el estilo y en el goce estético.

 Evelio Tellería Toca en su Diccionario periodístico[3], indica que el estilo periodístico constituye «[...]  el modo peculiar en que se expresa un trabajo periodístico, y es la manera en que se escribe o se debe escribir para las publicaciones periódicas», y acota criterios de Saínz de Robles, González Ruiz, Santamarina, Fell y Vivaldi, los que coinciden con los expuestos por Carpentier en cuanto al «movimiento de la frase que tiende a saltar ante los ojos de la cara y el espíritu».

En La aprendiz bruja —uno de los textos menos difundidos de Carpentier—, sustenta que «¡Me lo niegan todo¡ Hasta poder sobrevivir en la memoria de los hombres!». Por eso puja. La textualidad endofórmica  punza en el relato de corte testimonial y en su estilo, hasta alcanzar una adecuación definida. La informatividad y la coherencia del discurso ganan vida con el pathos, expresado en las relaciones y el punto de vista espacio-temporal adoptado.

 El periodista, hacedor de un texto con perfil literario, se ubica, en este caso, desde la perspectiva del narrador omnisciente (voz que va más allá, reflejada en la tercera persona), y también equisciente (situada en similar plano del personaje, donde la historia surge en primera persona), hecho que permite al destinatario sacar conclusiones en un argumento  dramático-narrativo donde se enfrentan fuerzas inherentes a la acción.

En el periodismo literario, el escribiente tiene que saber lo deseado y la dimensión del perfil de los personajes, para decantar la historia (conflicto-motivación), y modelar una realidad.

 

Algunos escritores, que de una forma u otra transitaron por el periodismo, e xponen puntos de vista definitorios para desentrañar misterios de esa inusual, trascendente y vertiginosa relación bidireccional.

 

García Márquez, opina que «En el periodismo un [...] dato falso desvirtúa a otros [...] verídicos. En la ficción, uno [...] real puede hacer verídicos a las criaturas más fantásticas». En cambio, el cubano Lisandro Otero manifiesta que «La literatura, a veces, resulta excesiva para cosas que se pueden decir con el periodismo [mientras], en el reportaje uno anda a medio camino. »[4]

 

Otros, como el mexicano Juan Rulfo, indica que «Lo importante es crear imágenes que permitan evocar la realidad», y el dominicano Juan Bosch Gavaria sustenta que «La literatura es arte, y periodismo, creación [...] El periodismo describe y comenta hechos que están ocurriendo, y los expone de forma comentada [...] A su vez, en el periodismo, el lenguaje fluido, común y correcto responde a la comunidad [...] Es la misma realidad social la que indica los temas a registrar o transmitir. [Por tanto] la literatura es también respuesta a esas necesidades sociales y goza de libertades que el periodismo no podría sustentar.»[5]

 

Acogemos el basamento teórico-práctico del narrador y periodista dominicano, porque define, en primer término, la interrelación entre ambas maneras de comunicar y expresar un discurso básico dirigido a fines diversos. Uno no restringe al otro, sino que rediseña préstamos evidentes para establecer y desentrañar la decodificación escrita.

 

En el periodismo o la literatura, el argumento dramático —dentro de la dramaturgia de la comunicación— se alza como uno de los factores esenciales del discurso, y funciona como un desafío, donde la misión del creador estriba en la armonía o coherencia de su disertación. Todo se desenvuelve en la duda aparente, en lo que transgrede una visión. Entonces, cabría preguntarse ¿cómo resuelve el periodista o el literato la construcción de ese argumento? :  en la búsqueda de una identificación entre el destinatario, los personajes y la historia. No obstante, hay que reconocer que el argumento sufre intensas polémicas, acciones interpretativas, disgustos conceptuales...

 

Pero, la historia es la relación de hechos ordenados, con adecuación lógica, discursiva, conflictual, entregados o expuestos en una secuencia lineal o no, donde se evidencia un significado dramático de índole causal, temporal y espacial.  El argumento sintetiza una cualidad especial de adecuar y establecer los cimientos de un suceso de forma narrativa. De la correlación entre las cualidades del hacer, surge el conflicto, único, abierto o solapado, que mueve los efectos que ascienden al desarrollo y desenlace del suceso. Este descansa en fuerza e interacción para el cambio.

 

El argumento —tanto en periodismo como en literatura es la historia que se cuenta, mientras el conflicto y la motivación sirven de apoyatura al discurso—, tiene su subjetividad interior, y un contrapunto exterior, según sea el grado de acabado que fije. Hay una lógica intrínseca a la articulación discursiva, pero se demandan herramientas, oficio, experiencia...

 

Uno u otro no pueden «autodefinirse» como meros narradores o articuladores descriptivos de un discurso. Ambos tipos llegan a fundirse. Miriam Rodríguez Betancourt afirma, con acierto que en literatura y periodismo,  varios recursos van de un lado al otro y se imbrican en el decir, y aclara el ánimo de «[...] privilegiar el presentismo, con la nota significativa que combine el detalle, al tiempo que legue confidencialidad, cercanía, comunión entre las partes enroladas en el hacer periodístico. »[6]

 

Al observar reglas, casi generales y tipológicas de toda descripción-narración, aseveramos mayores coincidencias: brevedad, rapidez, viveza y claridad: la impresión directa y escueta, como de primer golpe de vista, sin rasgos superficiales que provoquen olvido. La atención del lector hay que captarla desde la primera línea —tal vez desde el mismo título—, con una intencionalidad que marque las secuencias de la garra del mejor y más atrayente LEAD periodístico.

 

En la descripción-narración es pecado usar o emplear las palabras inadecuadas. Es más aconsejable decir las cosas en su justo medio, sin medias tintas, transparentes. El diálogo, con la clásica pre-pregunta, abre las sendas de la ruptura entre los personajes, y sintetiza un componente primordial de la narración. Los hechos tienen nombres en gestos que, necesariamente, llevan implícita una descripción, para reforzar situaciones, elementos psicológicos y acciones duraderas que revelen el mundo interior o exterior de los personajes o sus detalles.

 

     La frialdad del diálogo mata la narración-descripción. En el caso del testimonio periodístico, el escritor siempre tendrá que imaginar determinados contenidos, restituirles complejidad, enriquecerlos, humanizarlos venciendo retos, transformando o variando los discursos, acuñando «trampas del oficio». Sin embargo, debe conservarse, por encima de todo, la verdad de lo que estas contando. Uno u otro son mediadores y reconstructores de una realidad.

 

     Hugo Rius Blein afirma que, entre los postulados del periodismo literario «[...]se halla la reconstrucción de la realidad, no en forma estrictamente al pie de las letras, sino salpicada de otras sustancias, porque no hay técnica que no podamos saquear... ».[7] Sobran razones para detallar puntos coincidentes, casi limítrofes entre periodismo y literatura. La escritora Ana Vera insiste en que todo lo testimonial [¿acaso la oralidad no constituye una fuente nutricia de lo periodístico?].

 

«[...] se permite [un] trabajo estilístico concerniente al lenguaje, en busca de la claridad y del esclarecimiento de lo desconocido: es un trabajo de prospección, de indagación en la verdad desconocida, y le da buen espacio a la vivencia directa de los testigos».[8]

 

Otro estudioso, Juan Gargurevich plantea que «El testimonio en cualquiera de sus formas (autobiografías, memorias, diarios, confesiones, agendas, cartas, conversaciones) es conocido desde muy antiguo en la literatura que hoy llamamos de no-ficción, es decir, de hechos reales. Cualquier relato histórico edificado a la base de las impresiones y visión personal del autor encaja dentro del género».[9]

 

Afirma que «Cuando la intención del escritor es periodística, es decir, traslado de información a un público lector, el testimonio está restringido normalmente a un hecho de características, de alto valor noticioso transcurrido en un espacio relativamente corto de tiempo».[10]

 

Insiste que en “El testimonio se escribe de manera cronológica, y en todo caso, con un sumario inicial que resalta la importancia del texto (a modo de lead). Se supone que sus valores noticiosos llamarán de inmediato la atención del lector, y en cuanto al estilo, éste dependerá de la capacidad del redactor para ilustrar con palabras su experiencia. »[11]

 

Otros recursos mutuos (entre literatura y periodismo, y en particular del reportaje), decantan: el uso de la escena y el resumen, los vasos comunicantes —escenas opuestas que se integran y relacionan entre sí—, el dato escondido ante un problema cotidiano, la efervescencia de figuras de la retórica y la construcción del pensamiento...

Del personaje hay que saber más: sus costumbres, actos, y el recreo de la época en que se circunscribe, para hallar y explayar la ambientación adecuada sujeta a la verosimilitud y a una óptica indirecta -donde habla el narrador y parece que es el personaje- que se adueñe de la transparencia de los sucesos contados.[12]

El periodismo demanda y reclama un espacio, porque cada día las historias descritas son mejor contadas, disponen de recursos más elegantes, donde el receptor obtiene su propia valoración, tal como sugirió Brecht. Será esa una meta para ganar espacios halagüeños y de credibilidad ante un alter cada vez exigente y refinado en la elección de lo que realmente llena de satisfacción espiritual. Un producto de esos vuelos, de un modo u otro, salido de nuestras mentes a la vuelta de los retos y desafíos que imponen las nuevas tecnologías, deambula suelto por muchas páginas y acontecimientos de la realidad.

 

Lo importante estriba en reconocerlo por su eficacia comunicativa en el instante en que el testimonio no desvirtúe la realidad que recrea un instante o un fragmento particular en la vida del obre. Ahí cobra dimensión y alcanza otros vuelos significativos en el camino del hacer excelente periodismo.

 


[1]- Martí, J. (1963): «Prólogo a Los poetas de la Guerra», en: Obras Completas, tomo 1, pp. 235-240,  Editorial Nacional de Cuba, La Habana.[2]- V. Carpentier, A. (1989): «Problemática de la actual novela latinoamericana», en Tientos y Diferencias, pp. 7-35, Editorial UNIÓN, La Habana.[3]- Cfr. Tellería Toca, Evelio (1986): Diccionario Periodístico, pp. 126-131, Editorial Oriente, Santiago de Cuba.[4]- Rius Blein, Hugo: «Tendencias del periodismo contemporáneo», Conferencias impartidas en la Facultad de Periodismo, Universidad de La Habana, 2000. (En disquete).[5]- V. Bosch, J. (1999): Apuntes a la interperie. Editorial Oveja Negra, Caracas, Venezuela. Los elementos están muy relacionados con los expuestos por Miriam Rodríguez Betancourt durante el curso introductorio de las «Tendencias Contemporáneas del Periodismo», ofrecido en el Diplomado de Periodismo Internacional, Instituto de Periodismo «José Martí», Ciudad de La Habana, junio de 2001. [6]- Rodríguez Betancourt, M.: «Disertación sobre las Tendencias Contemporáneas del Periodismo». Acápite de relaciones con la literatura. Idem. [7]- Rius Blein, H.: Op. Cit.[8]- Vera, A.: «Polémica sobre el testimonio. La voz de los que no tienen voz», en: Revista UNIÓN, p. 25, La Habana, 2000.[9]-  Gargurevic, J. (1982): «El testimonio periodístico», en Los géneros periodísticos, Editorial Belén, Ecuador.[10]- Ídidem.[11]- Íbidem.[12] Podría aplicarse la máxima de Sum Tzu en El arte de pelear, Ediciones Razón, Argentina, 1993.

¿Cultura entre bocinazos?

¿Cultura entre bocinazos?

Por Luis Machado Ordetx  

¡Señores!, con todo respeto, la mediocridad, por esencia, jamás podrá proliferar dentro o en las cercanías de las Casas de Cultura,  instituciones que tienen por misión la instrucción y el goce estético del  público, pero sucede que...

 

En el parque Vidal, en Santa Clara, convertido desde su surgimiento en una céntrica plaza destinada a variadas opciones recreativas, casi todos los domingos en la noche, después de la acostumbrada retreta, surge la algarabía al estilo del Circo Romano.

 

Allí, ante el portal de la Casa de Cultura Juan Marinello, colocan a esa hora potentes bocinas que difunden música mecánica, mientras frente al teatro La Caridad —cerrado hasta no se sabe cuándo—, se efectúa un espactáculo artístico-cultural o en La Marquesina, al lado de ese recinto, la trova tradicional ameniza la noche.

 

Por fortuna, en ese horario, desde hace un tiempo, el animador de la discoteca del hotel Santa Clara Libre, no «inunda» el éter con música y llamados. De lo contrario, con toda seguridad, estaríamos ante émulos de las vallas de gallos y su tradición hispana, esa que convierte un sitio en «gritería», sin importar la valoración y el entendimiento del otro.

 

Un año atrás el colega Ricardo R. González escribió un comentario con tema similar, y abordó el plano individual, donde se pregona al «[...] vecindario el inicio de un festín aparentemente sin término [donde el volumen de los equipos de audio suben tanto], en verdadera contienda emulativa en la que no se [entiende] nada de NADA».[1]

 

Ese mal psicosociológico persiste entre automovilistas particulares, estatales, operadores de bicitaxis, establecimientos que ofertan bebidas, licores y refrigerios en monedas nacioal o convertibles, viviendas, áreas recreativas y...

 

 Nadie respeta a nadie, y mucho menos repara en la pérdida y el daño a la capacidad auditiva. Creo que constituye un problema de educación, cultura y comunicación interpersonal y colectiva, y lo peor todos preferimos hacernos de la vista gorda al no atajar el fenómeno. Impera el estilo de ¿es mejor esquivar los problemas? ¿Por qué?.

 El mal es añejo. Vale recordar que muchas programaciones culturales, previas al cierre del teatro La Caridad, se vieron malogradas por la filtración insistente de ruidos provenientes del exterior, llámese música de otros espectaculos aledaños, o de griterías de los transeunstes.

 Ahora, a veces, los trovadores que amenizan en La Marquesina, apenas se dejan escuchar, porque «esos altoparlantes privados o estatales», a todo volumen que desde la Casa de la Cultura u otros recintos, se expande de manera ensordedora.

 

Un día, músicos y público van a enfermar con el «tinnitus», un el lastre auditivo que sufre el guitarrista Eric Clapton a causa de exponerse ante el alto volumen de los autoparlantes.

 

Demos gracias a que el parque, aunque abogo por reabrirlo con regulaciones, está cerrado al tránsito automotor, por que, sino, señores, la estridencia del sonido, un día demolería, sin que apareciera un ciclón, a cualquiera de las edificaciones circundates.

 

Las concepciones, gustos, formación, educación y expresión estética, y la forma del arte, como fenómeno social, por su origen, sentido y funcionalidad, está reñido con ese «torpedo» cultural que durante los domingos por la noche se efectúa entre las bocinas contendientes en las esquinas del parque.

 Recuerdo a Lenin cuando dijo: «Para que el arte pueda acercarse al pueblo, y el pueblo al arte, primero debemos elevar el nivel general educativo y cultural», y la sociedad cubana está presta a eso.

Pero, del modo y la forma en que aparece la pugna entre bocinazos, jamás enseñaremos a pensar, interesar y perfeccionar las capacidades creadoras y de imaginación en el público.

 Busquemos alternativas eficaces y funcionales, mucho más coherentes, donde en realidad la Cultura abrace el territorio al que pertenece: la perfección espiritual del hombre.


[1] Ricardo R. González: «¡Ay, decibeles!», en Vanguardia, xliv(5):2; saábado 10 de septiembre de 2005.

Gómez SOA, otro cantor de pueblo

Gómez SOA, otro cantor de pueblo

Por Luis Machado Ordetx    

A Jesús Gómez SOA, sensible hombre de pueblo, basta sólo un instante de meditación, para que texto y poesía se abriguen y de pronto surja una canción de contenido político-social o amoroso, interpretada con idéntico sabor y cubanía por una orquesta charanga o un solista.

 

Es, sin duda, de esas personas que no cree en una inspiración que llegó tardía en el tiempo y se hizo efectiva durante el último lustro del siglo pasado, porque, a pesar de todo, desde joven acumuló conocimientos elementales de solfeo y teoría musical, gracias al método pedagógico de Hilarión Eslava.

 

Desde entonces la poesía lo rondaba en el más disímil de los momentos y situaciones. Ahora tiene 72 años de edad, y está  jubilado de los servicios del sector de la Salud en Santa Clara, territorio donde reside y figura entre los miembros de la Asociación Cubana de Autores Musicales (ACDAM), organización artística en la que registró 15 canciones difundidas actualmente por intérpretes  villaclareños o capitalinos.

 

Muchos de sus textos son transmitidos por emisoras radiales o en escenarios de centros nocturnos, acogidos por la voz y los acordes de Benny Escalante, el trío Los D'América, la antológica Sí Revelación y...

 

Gómez SOA elabora, como un demiurgo, sones guarachas y cha-cha-chá con rico sabor cubano, así como boleros y canciones. Entre sus títulos resaltan: «Angola no estará sola», «No creas la mentira que te cuenta», «No sé que tiene María», «El amor no tiene cara», «Jugando se pierde el amor», otras.

 

Veinte años atrás, en octubre de 1986, cuando 73 personas, principalmente cubanos, murieron a causa del sabotaje y la furia terrorista contra una aeronava civil, Gómez SOA escribió un enérgico texto musical que protestó contra el crímen de Barbados, y solicitó un rápido castigo a los extremistas Luis Posada Carriles y Orlando Bosch Ávila, autores materiales del suceso.

 

Recientemente el compositor, como ferviente cubano, llegó a la redacción Cultural de Vanguardia, dispuesto a entonar el texto de una melodía dedicada a Fidel Castro Ruz, el Comandante en Jefe, en ocasión de su 80 aniversario, celebrado en agosto pasado, y patentizar el curso inalterable que proseguirá la Revolución Cubana.

 

Título: «Con la guardia siempre en alto Comandante»

 Quisiera de todo corazón,se recupere bien pronto Comandante,para verlo por el mundo como antescon los pobres brindándole amor,para verlo por el mundo como antes,

con los pobres brindándole amor.

 Pero, ahora  esté tranquilo,                              bien tranquilo, Comandante,que toda Cuba se encuentra vigilante,observando muy bien al enemigo,con la guardia siempre en alto, Comandante,Si cometen la osadía de agredirnos,van a saber lo que es un pueblo,defendiendo la verdad del socialismo,

rompieron en pedazos la arrogancia del imperio.

 Y juramos que jamás volverá el capitalismo,romperemos en pedazos la arrogancia del imperio,

y juramos que jamás volverá el capitalismo.

 Pero, ahora esté tranquilo,                                 bien tranquilo, Comandante,que toda Cuba se encuentra vigilante,observando muy bien al enemigo,con la guardia siempre en alto, Comandante,observando muy bien al enemigo,con la guardia siempre en alto, Comandante.

San Juan de los Remedios: ¿1513, fecha de certidumbre histórica?

San Juan de los Remedios: ¿1513, fecha de certidumbre histórica?

Por Luis Machado Ordetx

Sí, los vientos oscuros que preñaron la incierta llegada del extremeño Vasco Porcallo de Figueroa a estas tierras, en el momento justo en que renunció a la gloria militar de soldado español, para situarse como un normal y sedentario agricultor, rondan todavía por los lares de la actual ciudad de San Juan de los Remedios, considerada como uno de los primeros pueblos fundados en Cuba durante el siglo xvi.

 

De acuerdo con precisiones, sustentadas en importantes documentos, Rafael Jorge Farto Muñiz, plantea que el nacimiento de este territorio, como pueblo eminentemente español, se produjo con anterioridad a muchas de las «siete primeras villas», y su iglesia, esencia última de la conversión a la religión católica, data de agosto de 1515.

 

Con ese propósito, en sus estudios, el actual Historiador de Remedios, determinó las fechas y situaciones en que surgieron las villas, y situó la suya dentro del proceso de la conquista y colonización.

Farto Muñiz indica que «San Juan de los Remedios, convertida inicialmente en un feudo particular de su fundador, Porcallo de Figueroa, no conformó cabildo hasta varios años después de su surgimiento y, en consecuencia, se omite en obras contemporáneas de Historia de Cuba, o se incluye la fundación en época posterior a lo que indica el orden en que fueron apareciendo esas primeras vecindades en la Isla.»

 

También «… publicaciones y otros textos ofrecen tantas fechas (1514, 1515, 1519, 1524...), como autores tratan el tema, creando confusión. Desde épocas remotas la población remediana festejó sus aniversarios partiendo de 1514, año supuesto de fundación; pero 1983 el Gobierno Municipal dispuso trocar ese por 1524. Sin embargo, en 1986, según propuestas, emitieron otra reglamentación, todavía vigente a pesar de las contradicciones con fuentes consultadas, que declaró el hecho en 1515.»

 

 El Adelantado y Teniente de Rey,  Diego Velázquez de Cuellar, desembarcó en costas cubanas entre 1510 y principios del otro año, fecha en que erige el 15 de agosto, la villa de Nuestra Señora de la Asunción de Baracoa, primer asiento español en la Mayor de Las Antillas.

 

Desde ahí, Velázquez ordenó el reconocimiento de la región oriental, y pasaron al «poblamiento de la Isla», para conformar núcleos españoles, donde existiera oro, en zonas habitadas por indígenas. En un informe al Rey, para contar sobre los acontecimientos más significativos acaecidos en Cuba durante 1513. Fechado en abril de 1514, agradece, asimismo, la orden de repartir encomiendas, mediante real cédula rubricada el 8 de mayo y recibida el año anterior. Explica que:   

                       

 «[...] despues los dichos cient ombres se fueron á una provincia que se dice Cavaneque que está en la costa del Norte, á 25 leguas del dicho río Caonao y desde allí anduvieron viendo y calando la tierra de las provincias subjetas á la de Camagüey y parte de la de Guamuahaya [Trinidad] y escribieron que los caciques estaban seguros (...), excepto los de Camagüey que no osaban tornar á sus pueblos y andaban por los montes [...] »[1]

 

La provincia aborigen de Cavaneque o Cavana (después Sabana) se extendía desde las cercanías de la actual ciudad de Morón, hasta la  bahía de Matanzas; y limitaba por el sur con los cacicazgos de Cubanacán (al centro de las provincias de Matanzas y Villa Clara). Guamuhaya (Trinidad) y Ornofay (Sancti Spíritus), abarcaba unos diez mil km² y era una de las de mayor extensión y población aborigen de la Isla.

 

Entre mayo y junio, explica Farto Muñiz, en su opinión el 3 de mayo de 1513, «llegan esos hombres al poblado de Sabana, bautizado como Santa Cruz de la Sabana de Vasco Porcallo, devenida luego en Villa de San Juan de los Remedios. No fue una escala efímera, pues Velázquez señala que desde allí salían a reconocer a Camagüey o a Guamuhaya.

La presencia hispana en esa zona fue más duradera de lo que pudiera parecer, al encontrarse, al centro de Cuba, un lugar rodeado de caseríos  indígenas, tierras fértiles, agua potable, bahía con buenas condiciones y otras ventajas.»

 

Entonces Velázquez «[dispuso que] quedasen en la dicha provincia del Zavaneque cinqüenta ombres con los que obiese de cavallo, [...]»  

 

No cabe duda sobre la estabilidad española en Sabana, adonde Velázquez escribió en dos ocasiones desde Baracoa`, sitio donde recibió información sobre los movimientos de sus hombres, de los cuales permanecieron allí al menos cincuenta, mientras los otros cien efectuaban incursiones a territorio habanero, y retornaron siempre a Sabana.

 

  El padre Fray Bartyolomé de las Casas, en su Historia de las Indias, se refiere a un pueblo, nombrado Carahate, donde hicieron escala en la costa norte, que él denominó «Casa Harta», por la cantidad de alimentos que allí ofrecieron los indios. Al parecer, estaba situado cerca de la actual ciudad de Sagua la Grande, conocido aún como Carahatas.

 

                          La cualidad de Villa se confería a las poblaciones que tenían constituido su ayuntamiento, institución que no fue creada en Sabana hasta 1545, aunque su fundación data de mayo de 1513, fecha en que se convirtió en la segunda comunidad castellana de Cuba.

 

A fines de octubre y primeros días de noviembre de 1513, declara Farto Muñiz, Velázquez funda San Salvador de Bayamo, segundo pueblo español con categoría de Villa. Antes se percató de los recursos materiales existentes allí: ganado, tierras fértiles, puerto, aunque algo distante; agua en abundancia, y minas de oro.  Al principio, «dio vezindades» y repartió los indios como lo había hecho en La Asunción, pero el nueve de noviembre recibió cartas del Rey, con potestad para repartir tierras e indios, y entonces:

 

«[...] envió á llamar los caciques é indios y le vinieron á ver, á los cuales de parte de V.A. habló   é aseguró, é con algunos dellos escribió á los 50 cristianos, que estaban en la provincia de Cabaneque, como dicho es de suso  ; y viernes siguiente, que fueron 23 de dicho mes, [diciembre de 1513] , llegó a la boca de un río que se dice Tabaya, [Táyaba o Guaurabo] legua y media del pueblo que se llama Manzanillo.»

 Velázquez viaja a Guamuhaya para reconocer el territorio superficialmente, pues según expresa, llegó a sus primeros pueblos el 21 de diciembre y el 23 ya estaba de regreso en las cercanías de Manzanillo, dice que la carta, fechada el primero de abril de 1514, la remite desde Jagua, «donde agora dice que está», y se entrevistó con Vasco Porcallo de Figueroa y oficialmente otorgó la posesión de Sabana. De ahí la coincidencia de varios historiadores en asegurar que el 3 de Mayo de ese año «confirmó»  al extremeño Porcallo la fundación  de Santa Cruz de la Sabana. Desde entonces, en las negras y ubérrimas tierras de Santa Cruz de la Sabana de Vasco Porcallo (1513-1545), Gobierno propio de Vasco Porcallo (1545-1550), San Juan de los Remedios de la Sabana del Cayo, a partir de esa efcha, y luego Remedios, se erige una estela al conjuro de la verdad y del misterio (tal vez el único en Cuba) sobre la fecha exacta de su fundación.Sí, es la Octava Villa de Cuba, al inscribirse en 1545, pero, lo sustenta Farto Muñiz tras el contraste de fuentes históricas y documentales, constituye el segundo pueblo con radicación española en la Isla, nacido, inextinguiblemente, en 1513, y abre para el estudio otras interrogantes, no excentas de interpretaciones tras los signos de la colonización y no de la conquista.


[1] Velázquez de Cuellar, Diego. Relación o extracto de una carta que escribió Diego Velázquez, teniente de Gobernador de la isla Fernandina á S.A. sobre el gobierno della, año 1514.  Archivo de Indias, patronato Est. 2º, Caj. 1º, Leg. 26. En: Torres de Mendoza, D. Luis, Abogado de la Real Corte.  Colección de documentos inéditos.  Madrid.  Imp. J.M. Pérez. 1869.  T.XI, p. 413. I

Dimensión sinfónica de García de Caturla

Dimensión sinfónica de García de Caturla

Por Luis Machado Ordetx 

Alejandro García de Caturla (San Juan de los Remedios, 1906-Id., 1940), junto a Amadeo Roldán, constituye una figura imprescindible  dentro de la historia de la música cubana escrita y difundida durante el siglo xx en la isla y el extranjero, y al decir de Alejo Carpentier «… comenzó a expresarse en un lenguaje nutrido por raíces negras […], teniendo un verdadero amor por Saumell y por Cervantes, le atraía poderosamente aquella música, hecha de una lenta fusión de elementos clásicos, de temas franceses, de remembranzas tonadillescas, con ritmos negroides forjados en América…».[1]

 

Sin duda, Caturla, un compositor surgido de los aires del vanguardismo cubano, representa, como apuntan los estudios teóricos, uno de los sitiales más altos de la música cubana, dispuesto desde un inicio a encontrar la síntesis de todos los géneros musicales dentro de una expresión propia y auténtica, hecho que lo llevó al conocimiento de la obra de sus predecesores internos y cuánto acontecía en el mundo, principalmente de los hombres relacionados con el Grupo de los Seis, Stravinski, Falla y otros.

 

Autodidacta, en sus inicios, y discípulo de Pedro San Juan y Nadia Boulanger, en La Habana y Paris, respectivamente, según Carpentier estuvo «… decidido desde la infancia a consagrarse a la música, ha vivido para la música y en función de la música…»[2].

 

Toda su obra está inscrita dentro de una etapa de síntesis y transformación musical, estética, y en fin artística, que caracterizó el siglo pasado dentro de tendencias específicas surgidas al calor de una precisión básica: la disonancia.

 

 El folklorismo, ubicado entre 1914 y 1945, época en que vivió, matizado por los avatares de las dos Guerras Mundiales, tiene en Caturla y Roldán a los representantes de una sólida escuela cubana, aunque en Brasil, con Villalobos, los Estados Unidos, con Gershwin, España, con Falla, Hungría, con Bártok, y Rusia, con Jachatorian, tienen idénticas preocupaciones culturales en el espíritu de una renovación vanguardista.

 

En el contexto musical estos autores, sumados a otros, introducen  ritmos, melodías e instrumentos propios de cada país, a la par que destacan los elementos folklóricos de su territorio o nación, resaltando valores autóctonos en el empleo sinfónico en que trabajan con sistematicidad.

 

Desde un inicio de sus composiciones García de Caturla va desde el bolero a la canción y los danzones de espíritu popular, hasta la búsqueda e integración del sentir folklórico cubano, con una concepción que impresiona para cualquier tiempo.

 

 Ahí están sus obras para piano, escritas desde 1925, las versiones orquestales, la música de cámara, de ballet, ópera, teatro, cine, banda, violín y orquesta; violín y piano, violoncelo y piano; saxofón y piano, así como órgano, piano, voz y diversos acompañamientos y coro a capella, en lo que constituye una amplia composición que, en su inmensa mayoría, permanece inédita hasta la fecha.

 

En vida, trunca durante el ejercicio profesional como abogado, Alejandro García de Caturla dio a conocer parte de su producción en la Orquesta de Conciertos, tipo jazzband, creada en Caibarién, Las Villas, en 1931, al tiempo que la Filarmónica y la Sinfónica de La Habana difundían algunos de sus textos, y agrupaciones norteamericanas, españolas, mexicanas y francesas hacían idéntica labor difusora.

 

 No obstante, tal como apunta Carpentier y suscribe María Teresa Linares, su obra, aunque recogida en partitura y excelentemente conservada en los Museos Casa Natal de García de Caturla, en Remedios y de la Música, en La Habana, permanece en espera del montaje y un acabado instrumental y sonoro.

 

Directores de la talla de San Juan, Roldán, Gaillard, así como Halffter, Pérez Casas, Carlos Chávez, Silvestre Revueltas, Kleiber, en su paso por La Habana, Stokovsky, Gonzalo Roig, González Mánteci, José Ardévol, Duchesne Cuzán y Sánchez Ferrer, de un modo u otro, asumieron la obra de Catarla, en vida o no del compositor, lo que demuestra la solidez y valía de su amplia labor artística y creativa relacionadas con la fusión criollista de los ritmos hispanos y africanos, y la una búsqueda consciente y febril por mostrar la síntesis de la idiosincrasia y la nacionalidad autóctona de lo antillano-caribeño-latinoamericano.

 

Conocedor de la labor musical de su tiempo, y de la obra de grandes compositores europeos, Caturla estableció el vínculo entre lo nacional y lo foráneo, y en sus creaciones se identifican las presencias del son, el minué, el bolero, la pavana, la comparsa, la giga, la guajira, el vals, el bembé, el poema sinfónico, la rumba y la forma sonata, en un lenguaje que descuella, desde la tradicionalidad de las cadencias hispanoafricanas radicadas en la autoctonía  insular, hasta los modismos criollos y la agresividad cromática, polirrítmica y poliarmónica de la vanguardia europea de su tiempo.

 

La universalidad de Cartula, visto en la síntesis entre lo particular y lo general, y viceversa, ofrece la permanencia de un músico que transitó, a pesar de morir cuando sólo tenía 34 años, entre lo polifacético y lo autóctono, en el bregar contra todo convencionalismo artístico, estético y social.

 

Los aportes, ubicados en la síntesis de todos los géneros musicales de Cuba y la captación de lo novedoso del contexto internacional, fijan la incorporación del folklore popular a la melodía, la utilización de instrumentos típicos de la percusión isleña y caribeña y los ritmos peculiares de lo africano al formato sinfónico (entiéndase tambores batá, bongoes, batería y…), así como la imbricación de lo guajiro y lo negro al parámetro armónico de la composición.

 

También, como hombre de su tiempo, al igual que Roldán, contribuyó, según Carpentier, a la difusión en Cuba de compositores europeos de la vanguardia, musicalizaron textos poéticos relacionados con temas afrocubanos, fundamentalmente de Nicolás Guillén, José Zacarías Tallet, Emilio Ballagas y… De similar modo, los dos escribieron música para ballet, hecho que en el caso de García de Caturla se centra en el poema coreográfico «Olilé», de 1930, y la ópera «Manita en el suelo», concebida con percusión, solista y coro, y la utilización de un retablo de títeres.

 

La genialidad de Cartula, vinculado a las corrientes estéticas que renovaron los conceptos musicales del siglo xx, permitió que incursionara, divulgara y estudiara pormenores de las composiciones de representantes europeos y latinoamericanos de diferentes escuelas.

 

 Ahí está la huella que dejó la formulación barroca de Vivaldi, la expresión clásica sui géneris de Mozart, la veta impresionista de Ravel y Debussy, así como el folklorismo de sus coetáneos Gershwin, Cowell y Falla, por citar algunos nombres imprescindibles del panorama internacional.

 

De similar modo están sus inagotables y autodidactas posibilidades como instrumentista del saxofón, el clarinete, la percusión, la voz y el piano, acontecimiento que permitió el disfrute variado de las más antológicas piezas de compositores de diferentes épocas y su evaluación crítica y de incorporación de aspectos temáticos y estilísticos dentro de un perfil definitivo de su obra.

Entre sus partituras tenemos

 

a)- «Nombres negros en el son»: Musicalización de un poema del libro Cuaderno de Poesía Negra, escrito y publicado por el camagüeyano Emilio Ballagas Cubeñas en Santa Clara. Data de 1932, y constituye una forma melódica, de acuerdo con Carpentier, propia del lied alemán, nacido dentro del contexto del romanticismo de mediados del siglo xix.

 Propio del denominado Lied ohne worte (canción sin palabras), desapareció como estructura musical hacia finales de 1920, y sus principales cultivadores se localizan en Mendelssohn y Shubert, aunque el cubano José Manuel (Lico) Jiménez lo practicó y difundió en la Isla.

 El conocimiento universal de García de Caturla y su interés por abarcar desde lo culto, hasta lo popular, lo acentuaron como uno de los seguidores de ese modo artístico de musicalizar textos poéticos. Muchas de las piezas formuladas dentro del ciclo «Voz y diversos acompañamientos», comprendido entre 1924 y 1937, se ubican, según Helio Orovio en su Diccionario de la Música Cubana, en el ámbito del Lied, principalmente aquellas dedicadas a voz y piano, así como voz y orquesta sinfónica.[3]

 

En el caso particular de «Nombres negros en el son», el Lied está concebido para simultanear la voz con el clarinete, oboe, bajo, trompeta, dos fagot, igual número de cornos y tímpanis, así como contrabajo de cinco cuerdas, claves maracas y güiro.

De acuerdo a la influencia de las culturas africanas, llegadas a Cuba procedentes de más de 100 etnias de Continente Negro, la música consigue una significación vocal-instrumental, bailable y religiosa, con abundantes polirritmias (estables y binarias), una alta improvisación.

 

 En  este caso, ceñidas al texto del poema, con uso de instrumentos membranófonos e idiófonos y en alternancia entre solistas y coros, propios del estilo responsorial, típico, además, de la melodía cubana, en específico del son.

 

La melodía, aunque sencilla y divertida, no deja de ser compleja por el número de instrumentos que usa para describir temas narrativos y cotidianos, a la vez que lo popular y lo clásico se funden en la estructura musical y los instrumentos empleados, otorgando posibilidades de interpretación a una orquesta de formato sinfónico.

 

En esa línea se inscriben: «La promesa» y «Serenata de mayo» (1925), «Labios queridos» (1927), «El símbolo» (1928), «Mari-Sabel» y «Dos canciones» (1929), «Bito-Manué» (1930), «La rumba», «Mulata» y «Yambambó» (1933) y «Berceuse para dormir a un negrito» y «Sabás» (1937), lo que constituye una producción vasta en este tipo de forma o estructura melódica.

 

b)- «Piezas para cuarteto de cuerdas (1927)»: Integrada por preludio, pieza en forma del vals, pieza en forma de minuet, pieza en forma de pavana, pieza en forma de danza cubana, pieza en forma de son y momento musical. Está incluida dentro del denominado «Berceuse», para música de cámara, quinteto de cuerdas y piano.

 Desde formas propias del barroco musical, con la influencia de Bach, Vivaldi y Corelli principalmente, el compositor cubano retoma el formato clásico de ese período artístico nacido durante el siglo xvii y fenecido a mediados del siguiente, hasta abarcar lo esencial cubano en el sentido de la danza y el son.

Lo clásico está en el mismo horizonte de la suite, como género propio con elementos de la música folklórica-popular, sobre todo del tempo alegro moderato que aporta el minuet, y su encuentro con el clasicismo y la perspectiva de las microformas pianísticas que consiguen las danzas y el vals dentro del romanticismo virtuoso o nacionalista.

 

 Sin duda, ahí está el gusto por la obra de Chopin, Liszt, Saumell, Cervantes, Ruiz Espadero, Beriloz, Mussorgski y Dévorak, tenidos por el remediano como maestros indiscutibles de la composición, la armonía y la interpretación.

 En similar camino aparece lo popular caribeño, lo folklórico-popular que muestra la danza y el son cubano desde la perspectiva de la sonoridad melódica de las cuerdas, o sea de los instrumentos pulsados, incluido el uso del piano, lo que atribuye a Caturla un especial sentido del ritmo, el contrapunto, la polifonía o la homofonía. Al escuchar estas raras piezas, logradas por un ingenio poco usual en la música cubana, el oído queda como aletargado por la riqueza cromática que pernean los timbres. c)- Otros textos: No existe en la obra de García de Catarla una particularidad que se aparte de las anteriores expresiones. Desde la búsqueda constante e innovadora, hasta la aportación legada por otros autores, el compositor va hacia una originalidad que incluye la suite y preludios de, el poema sinfónico, las danzas cubanas, el uso del doble coro masculino para recitante, como en «Yamba-O», al estilo de la música renacentista, con texto de Carpentier, hasta las variaciones o versiones disfrutables con formulaciones de Debussy, Cowell, Ravel, Gershwin, Falla y Mozart, y «La danza del tambor», interpretada en la década de los años 30 por el Septiminio de saxofones que dirigía el remediano Abelardo Cuevas.

También en «El canto de los cafetales», así como en las composiciones para ópera y ballet, sonorización del cine silente, donde trabajó en su juventud en salas de La Habana en época en que era estudiante de Derecho,  y la «Berceuse campesina», al estilo más completo de las «Guajirigueñas», García de Caturla se manifiesta como un autor original y consagrado en su arte.

 

Pensar que toda la música escrita por el remediano Alejandro García de Caturla, signada por el sello del auténtico folklorismo universal, y parangonada con lo mejor de su tiempo, se circunscribe a lo más acabado del sinfonismo del siglo xx, enaltece, no solo por sus formulaciones armónicas, sino también porque se elaboró.

 

De acuerdo con Carpentier, el remediano constituye un hombre que «…desde su infancia estuvo decidido a consagrarse para la música y en función de la música ¿Cómo definir, pues, la integralidad artística de su obra, sin hacer concesiones al ambiente? Una sola salida se le ofrecía: adoptar un oficio sin conexiones con la música. Así Caturla eligió la carrera del Derecho».[4]

 Sin embargo, su vasta obra tiene poca divulgación en Cuba, y aunque sus escritos se comportan en buen estado, este hombre, próximo a cumplir el año 2006 su centenario de nacimiento, permanece más en la leyenda y el olvido que, en la fraterna promoción.                          


[1] V. Carpentier Alejo (1979): «Amadeo Roldán-Alejandro García Caturla», en La música en Cuba, p. 257, Editorial Letras Cubanas, La Habana.
[2] Cfr. Carpentier, Alejo: «Alejandro García Caturla, primer aniversario de su muerte», en El Huracán, 12(265): 1-2; Remedios, Las Villas,  jueves 11 de diciembre de 1941.
[3] V. Orovio, Helio (1981): Diccionario de la Música Cubana. Biográfico y Técnico, p.177, Editorial Letras Cubanas, La Habana.
[4] Carpentier, Alejo: «Alejandro García Caturla, primer aniversario de su muerte», Op. cit.
Alejandro García de Caturla (San Juan de los Remedios, 1906-Id., 1940), junto a Amadeo Roldán, constituye una figura imprescindible  dentro de la historia de la música cubana escrita y difundida durante el siglo xx en la isla y el extranjero, y al decir de Alejo Carpentier «… comenzó a expresarse en un lenguaje nutrido por raíces negras […], teniendo un verdadero amor por Saumell y por Cervantes, le atraía poderosamente aquella música, hecha de una lenta fusión de elementos clásicos, de temas franceses, de remembranzas tonadillescas, con ritmos negroides forjados en América…».[1]Sin duda, Caturla, un compositor surgido de los aires del vanguardismo cubano, representa, como apuntan los estudios teóricos, uno de los sitiales más altos de la música cubana, dispuesto desde un inicio a encontrar la síntesis de todos los géneros musicales dentro de una expresión propia y auténtica, hecho que lo llevó al conocimiento de la obra de sus predecesores internos y cuánto acontecía en el mundo, principalmente de los hombres relacionados con el Grupo de los Seis, Stravinski, Falla y otros.Autodidacta, en sus inicios, y discípulo de Pedro San Juan y Nadia Boulanger, en La Habana y Paris, respectivamente, según Carpentier estuvo «… decidido desde la infancia a consagrarse a la música, ha vivido para la música y en función de la música…»[2].Toda su obra está inscrita dentro de una etapa de síntesis y transformación musical, estética, y en fin artística, que caracterizó el siglo pasado dentro de tendencias específicas surgidas al calor de una precisión básica: la disonancia. El folklorismo, ubicado entre 1914 y 1945, época en que vivió, matizado por los avatares de las dos Guerras Mundiales, tiene en Caturla y Roldán a los representantes de una sólida escuela cubana, aunque en Brasil, con Villalobos, los Estados Unidos, con Gershwin, España, con Falla, Hungría, con Bártok, y Rusia, con Jachatorian, tienen idénticas preocupaciones culturales en el espíritu de una renovación vanguardista.En el contexto musical estos autores, sumados a otros, introducen  ritmos, melodías e instrumentos propios de cada país, a la par que destacan los elementos folklóricos de su territorio o nación, resaltando valores autóctonos en el empleo sinfónico en que trabajan con sistematicidad.Desde un inicio de sus composiciones García de Caturla va desde el bolero a la canción y los danzones de espíritu popular, hasta la búsqueda e integración del sentir folklórico cubano, con una concepción que impresiona para cualquier tiempo. Ahí están sus obras para piano, escritas desde 1925, las versiones orquestales, la música de cámara, de ballet, ópera, teatro, cine, banda, violín y orquesta; violín y piano, violoncelo y piano; saxofón y piano, así como órgano, piano, voz y diversos acompañamientos y coro a capella, en lo que constituye una amplia composición que, en su inmensa mayoría, permanece inédita hasta la fecha.En vida, trunca durante el ejercicio profesional como abogado, Alejandro García de Caturla dio a conocer parte de su producción en la Orquesta de Conciertos, tipo jazzband, creada en Caibarién, Las Villas, en 1931, al tiempo que la Filarmónica y la Sinfónica de La Habana difundían algunos de sus textos, y agrupaciones norteamericanas, españolas, mexicanas y francesas hacían idéntica labor difusora. No obstante, tal como apunta Carpentier y suscribe María Teresa Linares, su obra, aunque recogida en partitura y excelentemente conservada en los Museos Casa Natal de García de Caturla, en Remedios y de la Música, en La Habana, permanece en espera del montaje y un acabado instrumental y sonoro.Directores de la talla de San Juan, Roldán, Gaillard, así como Halffter, Pérez Casas, Carlos Chávez, Silvestre Revueltas, Kleiber, en su paso por La Habana, Stokovsky, Gonzalo Roig, González Mánteci, José Ardévol, Duchesne Cuzán y Sánchez Ferrer, de un modo u otro, asumieron la obra de Catarla, en vida o no del compositor, lo que demuestra la solidez y valía de su amplia labor artística y creativa relacionadas con la fusión criollista de los ritmos hispanos y africanos, y la una búsqueda consciente y febril por mostrar la síntesis de la idiosincrasia y la nacionalidad autóctona de lo antillano-caribeño-latinoamericano.Conocedor de la labor musical de su tiempo, y de la obra de grandes compositores europeos, Caturla estableció el vínculo entre lo nacional y lo foráneo, y en sus creaciones se identifican las presencias del son, el minué, el bolero, la pavana, la comparsa, la giga, la guajira, el vals, el bembé, el poema sinfónico, la rumba y la forma sonata, en un lenguaje que descuella, desde la tradicionalidad de las cadencias hispanoafricanas radicadas en la autoctonía  insular, hasta los modismos criollos y la agresividad cromática, polirrítmica y poliarmónica de la vanguardia europea de su tiempo.La universalidad de Cartula, visto en la síntesis entre lo particular y lo general, y viceversa, ofrece la permanencia de un músico que transitó, a pesar de morir cuando sólo tenía 34 años, entre lo polifacético y lo autóctono, en el bregar contra todo convencionalismo artístico, estético y social.Los aportes, ubicados en la síntesis de todos los géneros musicales de Cuba y la captación de lo novedoso del contexto internacional, fijan la incorporación del folklore popular a la melodía, la utilización de instrumentos típicos de la percusión isleña y caribeña y los ritmos peculiares de lo africano al formato sinfónico (entiéndase tambores batá, bongoes, batería y…), así como la imbricación de lo guajiro y lo negro al parámetro armónico de la composición.También, como hombre de su tiempo, al igual que Roldán, contribuyó, según Carpentier, a la difusión en Cuba de compositores europeos de la vanguardia, musicalizaron textos poéticos relacionados con temas afrocubanos, fundamentalmente de Nicolás Guillén, José Zacarías Tallet, Emilio Ballagas y… De similar modo, los dos escribieron música para ballet, hecho que en el caso de García de Caturla se centra en el poema coreográfico «Olilé», de 1930, y la ópera «Manita en el suelo», concebida con percusión, solista y coro, y la utilización de un retablo de títeres. La genialidad de Cartula, vinculado a las corrientes estéticas que renovaron los conceptos musicales del siglo xx, permitió que incursionara, divulgara y estudiara pormenores de las composiciones de representantes europeos y latinoamericanos de diferentes escuelas. Ahí está la huella que dejó la formulación barroca de Vivaldi, la expresión clásica sui géneris de Mozart, la veta impresionista de Ravel y Debussy, así como el folklorismo de sus coetáneos Gershwin, Cowell y Falla, por citar algunos nombres imprescindibles del panorama internacional.De similar modo están sus inagotables y autodidactas posibilidades como instrumentista del saxofón, el clarinete, la percusión, la voz y el piano, acontecimiento que permitió el disfrute variado de las más antológicas piezas de compositores de diferentes épocas y su evaluación crítica y de incorporación de aspectos temáticos y estilísticos dentro de un perfil definitivo de su obra.   2.- Estudio de partituras  a)- «Nombres negros en el son»: Musicalización de un poema del libro Cuaderno de Poesía Negra, escrito y publicado por el camagüeyano Emilio Ballagas Cubeñas en Santa Clara. Data de 1932, y constituye una forma melódica, de acuerdo con Carpentier, propia del lied alemán, nacido dentro del contexto del romanticismo de mediados del siglo xix.Propio del denominado Lied ohne worte (canción sin palabras), desapareció como estructura musical hacia finales de 1920, y sus principales cultivadores se localizan en Mendelssohn y Shubert, aunque el cubano José Manuel (Lico) Jiménez lo practicó y difundió en la Isla. El conocimiento universal de García de Caturla y su interés por abarcar desde lo culto, hasta lo popular, lo acentuaron como uno de los seguidores de ese modo artístico de musicalizar textos poéticos. Muchas de las piezas formuladas dentro del ciclo «Voz y diversos acompañamientos», comprendido entre 1924 y 1937, se ubican, según Helio Orovio en su Diccionario de la Música Cubana, en el ámbito del Lied, principalmente aquellas dedicadas a voz y piano, así como voz y orquesta sinfónica.[3]En el caso particular de «Nombres negros en el son», el Lied está concebido para simultanear la voz con el clarinete, oboe, bajo, trompeta, dos fagot, igual número de cornos y tímpanis, así como contrabajo de cinco cuerdas, claves maracas y güiro. .De acuerdo a la influencia de las culturas africanas, llegadas a Cuba procedentes de más de 100 etnias de Continente Negro, la música consigue una significación vocal-instrumental, bailable y religiosa, con abundantes polirritmias (estables y binarias), una alta improvisación. En  este caso, ceñidas al texto del poema, con uso de instrumentos membranófonos e idiófonos y en alternancia entre solistas y coros, propios del estilo responsorial, típico, además, de la melodía cubana, en específico del son.La melodía, aunque sencilla y divertida, no deja de ser compleja por el número de instrumentos que usa para describir temas narrativos y cotidianos, a la vez que lo popular y lo clásico se funden en la estructura musical y los instrumentos empleados, otorgando posibilidades de interpretación a una orquesta de formato sinfónico. En esa línea se inscriben: «La promesa» y «Serenata de mayo» (1925), «Labios queridos» (1927), «El símbolo» (1928), «Mari-Sabel» y «Dos canciones» (1929), «Bito-Manué» (1930), «La rumba», «Mulata» y «Yambambó» (1933) y «Berceuse para dormir a un negrito» y «Sabás» (1937), lo que constituye una producción vasta en este tipo de forma o estructura melódica. b)- «Piezas para cuarteto de cuerdas (1927)»: Integrada por preludio, pieza en forma del vals, pieza en forma de minuet, pieza en forma de pavana, pieza en forma de danza cubana, pieza en forma de son y momento musical. Está incluida dentro del denominado «Berceuse», para música de cámara, quinteto de cuerdas y piano.Desde formas propias del barroco musical, con la influencia de Bach, Vivaldi y Corelli principalmente, el compositor cubano retoma el formato clásico de ese período artístico nacido durante el siglo xvii y fenecido a mediados del siguiente, hasta abarcar lo esencial cubano en el sentido de la danza y el son.Lo clásico está en el mismo horizonte de la suite, como género propio con elementos de la música folklórica-popular, sobre todo del tempo alegro moderato que aporta el minuet, y su encuentro con el clasicismo y la perspectiva de las microformas pianísticas que consiguen las danzas y el vals dentro del romanticismo virtuoso o nacionalista. Sin duda, ahí está el gusto por la obra de Chopin, Liszt, Saumell, Cervantes, Ruiz Espadero, Beriloz, Mussorgski y Dévorak, tenidos por el remediano como maestros indiscutibles de la composición, la armonía y la interpretación.En similar camino aparece lo popular caribeño, lo folklórico-popular que muestra la danza y el son cubano desde la perspectiva de la sonoridad melódica de las cuerdas, o sea de los instrumentos pulsados, incluido el uso del piano, lo que atribuye a Caturla un especial sentido del ritmo, el contrapunto, la polifonía o la homofonía. Al escuchar estas raras piezas, logradas por un ingenio poco usual en la música cubana, el oído queda como aletargado por la riqueza cromática que pernean los timbres. c)- Otros textos: No existe en la obra de García de Catarla una particularidad que se aparte de las anteriores expresiones. Desde la búsqueda constante e innovadora, hasta la aportación legada por otros autores, el compositor va hacia una originalidad que incluye la suite y preludios de, el poema sinfónico, las danzas cubanas, el uso del doble coro masculino para recitante, como en «Yamba-O», al estilo de la música renacentista, con texto de Carpentier, hasta las variaciones o versiones disfrutables con formulaciones de Debussy, Cowell, Ravel, Gershwin, Falla y Mozart, y «La danza del tambor», interpretada en la década de los años 30 por el Septiminio de saxofones que dirigía el remediano Abelardo Cuevas.También en «El canto de los cafetales», así como en las composiciones para ópera y ballet, sonorización del cine silente, donde trabajó en su juventud en salas de La Habana en época en que era estudiante de Derecho,  y la «Berceuse campesina», al estilo más completo de las «Guajirigueñas», García de Caturla se manifiesta como un autor original y consagrado en su arte.Pensar que toda la música escrita por el remediano Alejandro García de Caturla, signada por el sello del auténtico folklorismo universal, y parangonada con lo mejor de su tiempo, se circunscribe a lo más acabado del sinfonismo del siglo xx, enaltece, no solo por sus formulaciones armónicas, sino también porque se elaboró.De acuerdo con Carpentier, el remediano constituye un hombre que «…desde su infancia estuvo decidido a consagrarse para la música y en función de la música ¿Cómo definir, pues, la integralidad artística de su obra, sin hacer concesiones al ambiente? Una sola salida se le ofrecía: adoptar un oficio sin conexiones con la música. Así Caturla eligió la carrera del Derecho».[4]Sin embargo, su vasta obra tiene poca divulgación en Cuba, y aunque sus escritos se comportan en buen estado, este hombre, próximo a cumplir el año 2006 su centenario de nacimiento, permanece más en la leyenda y el olvido que, en la fraterna promoción. 2- Conclusiones:     a)- Por sus logros artísticos Alejandro García de Caturla, junto a Amadeo Roldán, se inscriben en los aportes y logros más significativos del panorama sinfónico y musical del siglo xx, hecho que lo situó en el camino para buscar la síntesis e integración de todos los géneros y formas melódicas de la época en que vivió, y se parangonó con lo mejor concebido por la universalidad foránea.     b)- La música de Alejandro García de Caturla, próximo a su centenario de natalicio como hombre del pasado siglo, demanda de estudios musicológicos y de mayor difusión nacional, incluyendo los rastros de sus aportaciones estéticas en una vanguardia que abrazó las transformaciones artísticas e ideológicas de su tiempo. 3- Importancia del estudio investigativo: Como estudiante de música, la obra de García de Caturla, estudiada con ejemplificaciones en otros instantes de la formación académica, parece sorprendente, y reclama en la actualidad de un mayor conocimiento, sobre todo por la síntesis que buscó en formatos y temáticas de la nacionalidad y la idiosincrasia del cubano, a la vez que deja una huella en el dominio de estructuras melódicas, internacionalmente difundidas, y en el empleo de instrumentos de cuerdas y de viento-metal, hecho que impulsa hacia una mayor búsqueda y apego por lo elaborado por el compositor.                                   


[1] V. Carpentier Alejo (1979): «Amadeo Roldán-Alejandro García Caturla», en La música en Cuba, p. 257, Editorial Letras Cubanas, La Habana.
[2] Cfr. Carpentier, Alejo: «Alejandro García Caturla, primer aniversario de su muerte», en El Huracán, 12(265): 1-2; Remedios, Las Villas,  jueves 11 de diciembre de 1941.
[3] V. Orovio, Helio (1981): Diccionario de la Música Cubana. Biográfico y Técnico, p.177, Editorial Letras Cubanas, La Habana.
[4] Carpentier, Alejo: «Alejandro García Caturla, primer aniversario de su muerte», Op. cit.

Marinello, la espiga ignota

Marinello, la espiga ignota

TESTIMONIO DEL DECLAMADOR SEVERO BERNAL RUIZ

Por Luis Machado Ordetx

¡Qué paradójico!..., dirán. La demarcación y la obstinada secuela son determinantes, necesarias y puntuales. Ahora enfoco  pretensiones en relación con los amigos: los vivos o los muertos —allí dónde se hallen, por las inconfundibles iluminaciones—, entenderán con excelencia cómo los llevé adentro. Con algunos sólo mediaron escuetas señales de apreciación perdurable, y con otros...A esos hombres surgidos —antes y después—, jamás los desdeñaré: las expresiones testimoniadas están prendidas, atadas, indelebles y fusionadas a la refulgencia. Los diálogos, por supuesto, en aquel entonces, manaban desenvueltos. Cuando la holgura mayor —infranqueable por la lejanía—, empañaba el infalible camino finito de  separación, nacía una configuración de tropiezos e inminencias: las fluidas correspondencias.De un coetáneo tengo avidez de conversar. Será sobre manera, con el pensamiento atrapado al cinto. No precisaré cómo lo intimé: su hechura e inteligencia nunca se extraviarían al escarbar en la reminiscencia. De algo estoy convencido: marcó una ruta, un sendero y estableció el horizonte. Siempre asomó con exacta y nervuda apariencia en las visitas que realizábamos, por separado, a Raúl Ferrer Pérez,[4] en Narcisa, Yaguajay.  Allí, como en otros recintos coincidíamos, casi siempre, los fines de semana. Creo, además, requeríamos de esas compensaciones y discernimientos. Las persistencias de acercamientos, las congratulaciones en Manzanillo, y el coloquio ardiente en La Habana o el recado escrito, reforzaron el imperioso crédito del diálogo y la palabra.Con tal certidumbre, inconfundible, vislumbraba en su semblante que             —prendida la luz del fundamento del Apóstol—, «El hombre se siente consagrado en los ancianos».[5]Juan Marinello Vidaurreta, sobre quien evocaré instantes de un pasado que desandamos, de ningún modo escapará a la recapitulación forzosa y desapasionada que engendraré.No tendré en entendimiento lo que guareció para los jóvenes escritores y artistas cubanos, sino, además, las enseñanzas que transpiraron en favor de la excelencia de la Cultura, según los sitios donde se plantó y convergió en posesión de una recatada ponderación.¿Pregúntenme a mí? Despreocúpese de la réplica tapiada. Lo allané como a otros, hurtándole ribetes a la cotidianidad de los incidentes, y aquilatándolo en la corpulencia de lo que desvirtúa y desbroza inconvenientes. A la par, ilustraba el presente que, por esclarecimiento extensivo,  era lo nuestro.Lejos, envuelto en la agitación política y revolucionaria —en la meditación literaria, y ahijando el porvenir—, él sacó fuerzas, no sé de dónde, para sustentar la unidad de creación y encausar los derroteros estilísticos y temáticos de un grupo de intrépidos «aficionados» villareños.Fungió como «padrino» —devenido en líder espiritual—, desde la teoría y el profundo conocimiento, y guiaba, sin el pavoneo orgulloso, a una pequeña familia en torno a lo que era sabio y trascendental para la Patria.Su caso, legendario en los cubanos, revelaba la vocación del humanista: la maestría pedagógica del mentor, marxista-leninista, americanista y universal, y tenía insinuada palpitación en el retoño de la epidermis.Cuando en las discusiones surgió alguna que otra divergencia de circunspecciones políticas, filosóficas y artísticas, siempre prosperaba una hermandad sin atisbos de linderos resolutivos, y al segundo refrendaba el olvido rotundo, propio de espíritus ardientes e ilustrados. Era nítido en el carácter. Tal vez porque sacaba ventajas por la profundidad erudita que esgrimía, la edad, la vivencia, así como los conocimientos que sobre el arte  y la literatura acumulaba, al cobijo de absorción adoradora de los progenitores predilectos. Bien que ciñó libros, temas, autores...Esa proporción, tamañuda, reposaba en una procreación dialéctico-materialista que transbordaba, adentro, en las entrañas.¿Acaso, de dónde emergía, embocaba y destilaba la voluntad y capacidad telúrica del convencimiento para decantar entuertos?...Precisamente, ya expandía su almendruco y, al discurrir, brotaba, con lozanía y perfecciones relucientes, el asentimiento de un observador socio-ideológico del arte y la literatura.[6]  Rebuscando en las reminiscencias: el naciente diálogo con Marinello, para beneplácito de ambos, sobrevino en septiembre de 1936, justo a raíz del fusilamiento de Federico García Lorca.[7] Sí, allí anidó el asiento inaugural de la lealtad. Fue como una suerte de encontronazo sin precedentes. Estaba compungido, terriblemente quejumbroso, por lo acontecido. Lo sé. De ahí viene uno de las apuntaciones imborrables que atesoró.Ya era un compositor, un decidor persistente y un teórico virtuoso de la palabra. De la resultante  esgrimía, con ardor y vehemencia, la defensa de lo noble, lo sano del saber popular y, por supuesto, de las idiosincrasias nacionales y americanas. La troncal perspectiva acrecentaba su  escalpelo interpretativo, explicativo y...Claro, fortuna adjudiqué en el vínculo con cuatro personalidades literarias que —con particularidades ideoestéticas algo discordantes—, formaron una estela en lo inmenso y transparente. Entre Emilio Ballagas Cubeñas,[8] Raúl Ferrer Pérez, Manuel Navarro Luna y el amigo Marinello, sacudieron una persistente y atrayente afluencia de conocimientos —pedagógicos, políticos y culturales—, irrevocables para el ulterior prorrumpir artístico: determinaron el rumbo y alertaron el proal.En el centro de esos diálogos (desperdigados con el ardiente obsequio de las frases y las enseñanzas), permanecí como quien acudió a las invocaciones. Todos iban, en estrépito, hacia la fértil espiga que germinaba dentro de una exacta proporción cubana, caribeña y latinoamericana. Con otros amigos que simpaticé —sobre todo, incluyo a los que cultivaron la poesía negra, y a los cuales me vinculé—, fulguraron, de similar modo, las lecciones teóricas que Juan regaba como un manantial ardiente. Soy testigo de ese ferviente tránsito por disparejos e irrebatibles escondites cubanos de animación cultural.[9]Jamás en Cuba un hombre, de tanta energía, vitalidad e inventivas, consagró tanto espacio escrito o hablado para sentenciar, aguijar y predicar en favor de una vertiente lírica o narrativa que calara en la cuenca del alma nacional: en el andar solicitaba ese toque que universalizara y, además, alejara cualquier pronunciación de atisbos folcloristas, superfluos, vacuos...Eso hizo, y también predijo, en las postrimerías de los años 30, para que la lírica surcara las realidades intrínsecas a las exigencias de la realidad y el tiempo histórico. Más que un escuchador con exigüidad —lo que tendré que reseñar en algún momento—, comparecí como copartícipe de los comentarios exploratorios, las amonestaciones y las diatribas que sustentaba en aras encausar lo que repercutía en el  contexto cubano y foráneo.En noviembre de 1938 —retornando a lo pretérito—, en aureola expedita y rondado de   habituales a las veladas del central Narcisa —donde se afincaba el enclave de Raúl Ferrer Pérez—, el teórico Marinello Vidaurreta bosquejó (con talante sintético, amargo, molesto, y de proximidad al exangüe), la lectura de ciertos fragmentos implícitos en una carta que José Ángel Buesa consignó al poeta villareño Carlos Hernández López.[10] Por casualidad, éste —elogiado desde la época de las peñas del Club Umbrales, incluso durante la estancia efímera del matrimonio Juan-María Josefa,[11] en tiempos de la Escuela Normal para Maestros de Santa Clara— expuso el manuscrito en el Parque Vidal. En ese recinto —escogido, a veces, por literatos locales para exteriorizar diálogos informales—, se instituyó una porfía de extrañeza. La conversación, contrastada por barruntos ardientes, cesó en controversia.[12] Ausente estaba de allí, pero por los hocicos de los contendientes, me percaté del crujido. No obstante, hablo con propiedad, adherido a argumentaciones ad hoc: los dos participantes describieron, por separado, la adjudicación de puntos de vista. Buesa, de esquinarse, se refirió al hecho en la vivienda de un amigo donde  permanecía. Por fortuna «merecida», quiso el destino, que el documento resida ahora, no sé ni cómo, en mis manos. La casualidad condujo aquí.[13] Todavía, para beneplácito, custodio el original que asemilló el altercado         —aunque vehemente—, en que se dirimía a capa y espada la poética del granadino García Lorca, y Marinello no derrochó minutos, ni ajustó el tono de la voz, para exteriorizar el discernimiento: embistió la misiva, y sacó de raíz enunciaciones huecas y desmesuradas.[14] Así aconteció el topetazo sin que el firmante principal se enterara de inmediato de lo sobrevenido. Estoy persuadido que si consiguió percatarse del alegato, pero escondió el semblante y desestimó el aludido. En especificado «rinconcito» desconocido, de la fecunda papelería de Marinello, puede que aparezcan los apuntes que forjó. Absolutamente, ¿quién admite esa seguridad? De eso no hablo porque lo ignoro, aunque escuché esas argumentaciones orales inherentes a la diatriba.[15]Todo eso lo presumo. Cuando en redoblados relámpagos, al pronunciarse ante nosotros, promovió la significación de Lorca en las letras españolas y las incursiones por países americanos —fundamentalmente los episodios de la estancia en Cuba—, lo referente a Buesa, estimo que no lo recapituló en borradores de deslindes. Por tanto, al respecto, no distingo raigales mensajes en torno a lo ignorado.Es incuestionable —lo admito, a indagación de balas—, Marinello examinó el verso y el teatro del andaluz como «... frondosas alas de un árbol, lozano y erguido, en una mañana luminosa de reposo».[16] Destacó, igualmente, la profundidad y el calibre imperecedero de una armonía íntima en las señeras metáforas, y otros recursos expresivos, hispánicas, colmadas de un parangón especial.Suplico a la  memoria —abusando del cansancio que provoca la vejez—, y retoco lo que de una forma u otra prorrumpió de la boca, y también de las entrañas, de Juan, cada vez que el asunto flotó sobre el tapete. Resultará lógico, más teniéndolos a mano, que aborde cuestionamientos esgrimidos por Buesa, más cuando significó que:«... mi opinión es ambigua. Veía en él a un pichón de águila. [...] Y digo esto porque, aunque su obra es magnífica, todavía tenía mucho que dar, y, sobre todo, habría tenido tiempo de superarse. Muchas cosas que andan rodando por ahí como obras maestras, no son otra cosa que -al menos, así las considero yo- elegantes tomaduras de pelo. El mayor defecto de G.L., fue pensar demasiado en el vulgo [...] En el género del romance, será difícil superarlo. Él remozó el romance y le comunicó un soplo personalísimo...»[17]     No es de extrañar que Marinello —un hombre cuajado como torrente cristalino, inagotable en la expectación de la cultura artística—, se expusiera ajeno a dimes y diretes. Sé que estacionó los hilvanes justo en las íes, y se comidió en orgullosa parquedad, para trasladar las prestancias del arte por las travesías de lo cubano. En esterilidades no se detendría. Tampoco las ojearía desapercibidas, sin que antes decantara una reflexión oportuna. Por eso él —que congeniaba con Hernández López, Buesa, Jorge Cardoso y...—, jamás amontonó presunciones de resentimientos: optó, según instruyó con otros, por entusiasmarlos e inculcarles el estudio para el abordaje de la realidad objetiva y social, y su consecuente recreación artística.La única forma valedera de percibirla o recrearla, era sin rangos de usufructo exclusivista de un individuo en solitario, sino como surtidor vivaracho, de pertenencia y compendio de la colectividad.¡Qué no proscriba a nadie!... Lo acaecido en la irrupción sui géneris entre el teórico marxista y el poeta villareño, no pasó de más allá, y concernió para aleccionar y...  Al lucir la carta, sin ímpetus de jactancia, arguyo que Hernández López desamparó la cavilación y la prudencia comedida de los discernimientos del otro. Constata, porque lo oteé, que Juanelo —como solía llamarlo Navarro Luna en peñas familiares—, se articuló con un temperamento camaraderil. De ese diálogo —raudo y volcánico—, la partícula que rebasó los oídos con mayor transparencia concernió a Marinello. Por su parte, Hernández López          —contertuliano de Umbrales—, perpetuó el vestigio de lo incógnito. Hubo comadreros que concertaron «perforarle» la lengua, sin pretender, incluso, cercenársela, para indagar partículas propias de la discusión: el silencio se interpuso en lo sucesivo.Augustamente rehusaba la insistencia. En lo promontorio de los años adjudicó la epístola de Buesa —que desató la polémica— y para asombro la depositó junto a un ejemplar del libro Chamberí, poemas pilongos, con el propósito de   que la «disecara» entre la papelería.Decía, en nota al margen: «No la extravíes. También en algo te pertenece por ser partícipe de los vericuetos de aquel desenlace en que me desagué».[18] La imagino como prenda y huella imperecedera de la camaradería provenida allende a 1936, fecha en la que enhebré la adhesión por los escenarios y la recitación.¿Volvemos a las palabras de Marinello en Narcisa? Cuestiono, tal cómo antes prescribí, un fundamento: ¿Dónde residieron los rompimientos simulados entre los argumentos blandidos por José Ángel Buesa y el teórico marxista? Pues bien. Aquí la dilucidación: instauraron pespuntes de coincidencia, pero... Hubo frases interpuestas por el remitente, donde se insinuaba el hiriente calificativo de «vulgo», para habilitar los temperamentos populares que tipificaban la esencialidad, los temas, motivos y personajes literarios alegrados por el andaluz.Cuando Juan vio que en las letras impresas se abordaba el teatro del español, detonó en rabia.Buesa lo detallaba como «... flojísimo, diría, con grandes destellos, eso sí, pero en conjunto, irregular, frágil. Lo mejor es Yerma, sin ser nada extraordinario...» [19] Ahí desvaría, adujo el otro. Expuso que: «Conocí al granadino, aquí en Cuba donde le acompañé, en su preferible estancia, cuando ya había despertado, y se exhibía en humildad sincerísima como un inventor nacional y universal, bebiendo de la realidad de pilas sustanciosas -sin que el goce y la petulancia lo embriagaran-, y aportando esencias contenidas en un insospechado globo de duendes, fantasías y protagonistas...».[20]Lo engendrado por Lorca, convengo con franqueza humildísima, emigraba fecundado por una raigambre histórica, y tanteaba el cielo telúrico de Lope de Vega, a la par que se empinaba hacia Calderón de la Barca y otros españoles del Siglo de Oro: copaba las sendas de un entendimiento singular y legítimo que desvelaba los dramas de la época —y el temperamento popular—, embistiendo, como fiesta taurina, todos los confines culturales que le remolineaban.Después, de aquel acaecimiento en Narcisa, Marinello retomó análogas perspicacias ante intelectuales cubanos o extranjeros. Así fue, pondero ahora. Era de los que escasamente se abstenía para asirse a la verbosidad que apremia en la exhalación impasible de una hechura inacabada. José Ángel Buesa, de una forma u otra —refrendo— se adjudicó y agarró la intuición de esa discrepancia. Al menos, él percibió los soplidos de la gresca.[21]Enseguida —como el que tropieza con una flor diminuta ubicada en función de marcador de páginas que alientan el gusanillo por las asiduas lecturas de juventud, y también de ancianidad—, escruté en el germen de las autenticidades, y enarbolé, hasta sustentar, los cánones que él aquilató, en fulgores excelsos, para empotrar con la dilatación esa virtud de Lorca.[22]El enardecimiento lo espoleó a la remembranza de los relámpagos cubanos durante la peregrinación del granadino, allá por marzo y junio de 1930. Con  castidad exponía: «Andar criollísimo», porque el poeta poseyó la turbación trastornada de la purificación venida de lo popular, y entendió que en este clima tropical no solo hormiguean el tabaco, el café y un excelente ron, sino, además, hombres diestros en ritmos latientes en insólita musicalidad. [23]Por eso percibí los tintes de la alojamiento del español: el «zanganear» displicente, las conferencias que obsequió en Liceos y Colonias Españolas             —instituciones prominentes que atesoraban un caudal humanístico en territorios alejados de la capital—, y de su desenfado al encarar la vida y las juergas.Él resaltaba cómo el agasajado se complacía con gestualidad intrigante, espontánea y sugerente del transeúnte, así como de las porfías, juego fantasioso con la realidad, y el humor desenfadado y atrayente. En el fondo, el intelectual ceñudo comprendió el imán impactante, fiero y devorador que agarraba y subyacía en la reverencia desafiante del andaluz.Por Juan juzgábamos. Todos quedábamos alejados de lo ajeno y extemporáneo. El éxtasis promovido por veraces mensajes —de mesura tangible, de encanto y detalle—, nunca agujereó las arterias de la curiosidad pensativa, y se erigieron en puntos de arranque exclusivos y ecuánimes. Así —de la carta de Buesa que indujo el desacuerdo—, describió después aspectos de las andanzas del granadino. Había que escucharlo dibujando y señalando escenarios, personalidades asistentes, anécdotas, comentarios...[24]El teórico que aleteaba en la mente proverbial de Marinello —me consta—, era inflexible con las investiduras inconclusas, adulteradas e impropias: ponderaba todo atisbo de experimentación, siempre y cuando se aplanara las circulaciones nutrientes de la cultura y las idiosincrasias nacionales. Desenfundaba y manejaba las categorías generales o particulares, y el modo de colocar a cada cual en el lugar, a partir de un juicio certero y valedero.Emilio Ballagas —un poeta mayor en Hispanoamérica y un ensayista de calibre—, persistentemente escribió durante la antesala en Nueva York o en La Habana, para transmitirle ciertos puntos de vista, atendiendo a su opinión sabia, enviándome la correspondencia con una copia de las reflexiones especiales. Apetecía que él ofrendara la  expectación. De ese modo reverdeció, sin reparos, disímiles vislumbres de lo consumado. Lo presumía —como otros—, un tamiz, un pulidor, y orfebre en componer discursos y  apreciaciones acertadas. Como tal recibió el merecido respeto y tributo.[25]Me censuró. Con acentuación calmosa y comprensiva ausculto el tiempo, y fustigó con vehemencia cuando se percataba de una intervención donde distorsionaba la psicología del mulato o el negro. Sonsacaba: «Severo, así no compareceremos en ninguna parte, porque los que hacen ese tipo de versos tienen la culpa: confunden folclore y folclorismo, pasión y reivindicación, cultura popular y visión nacional, arranque tradicional o experimentador, con moda, esencia y visión moderna[26] Gratos relámpagos amontono y acaparo en la recordación de Juan. Unos son lejanos, y otros próximos a su desvanecimiento orgánico. A los escritores que asumían un compromiso social con el pueblo, persistentemente, les acarreó, en similar proporción,  la estimación mayor, el afecto y la censura. También, por encima de todo, espetó la veracidad anunciadora e imperecedera de una literatura que acuna la gestualidad de lo autóctono como parangón de la virtud.A Ballagas, Guillén,[27] Navarro Luna, Gómez Kemp,[28] Raúl Ferrer Pérez, Carlos Hernández López,[29] Eusebia Cosme,[30] Martínez Pérez,[31] Agustín Acosta...,[32] siempre les prodigó y estacionó fieras y naturales reliquias del esclarecimiento: todas aguijaron en un reclamo voraz y sincero en la pugna por el rescate de las enjundias que acrecientan la idiosincrasia del cubano.[33]Treinta años después de la salida de La Zafra, de Agustín Acosta, apareció una carta en mí casa. El remitente recapacitaba en relación con una diatriba de Marinello publicada en la revista Cuba Contemporánea y la Gaceta de Bellas Artes. Desde la calle Descanso, número 12504, en Matanzas, el poeta replantea un discurso sin la presunción angustiosa del que tolera una censura o unos cuantos elogios.Acosta advierte: «Antes y después de mis principales libros, y hablo de Ala, Hermanita y La Zafra, todo lo que guarda el perpetuo silencio de las gavetas o está publicado, transporta el consejo latiente de Marinello. ¿Cómo despegarme de esa savia suya, del alertar y el aguijón, para despuntar un mal paso o una nota fuera de lugar? Vendrán otros críticos, aun con las diferencias de enfoque que tenga, pero ninguno calará tan profundo como él. Adentró la mirada en torno al pesimismo mío, calmó la sed pidiendo poesía (lo había dicho en las “Palabras al Lector” y no me avergüenzo), y la encontró, a pesar de que cuentan que soy un consagrado. Sigo escribiendo nuevos versos. No obstante, continúo apegado a la pupila de su instrucción...»[34] Esa misiva no cayó del aire. Tampoco estaba exenta de intencionalidad: desde las incursiones que consumé, por invitación de Carilda Oliver Labra,[35] a las peñas literarias de la Atenas de Cuba, emergió la descarga epistolar que, incluso, aleccionó mis puntos de vista y la consideración por la literatura y las concepciones emitidas por el ensayista.Ningún examinador cubano de su tiempo, incluyendo a extranjeros, meditó con sublime vehemencia sobre asuntos formales, estilísticos y temáticos de la poesía hispanoamericana. Vislumbró incrustaciones canijas y enmarañadas, y fustigó cuando se desentendía de la imperiosa visión auténtica de las condicionantes sociales que se suscitaban.Acosta precisó, muy acertadamente, que en las detonantes de Marinello se instalaba la apropiación de la historia, a partir de la búsqueda, el acierto y el hallazgo del criollismo de esencias, y la inquietud que trascendía los umbrales del país o una época. De ese modo admitió las descargas y corrigió sus tiros líricos.¿Por qué sedimentarlo? Todos lo cotejan con asequible cualidad —al preponderar opiniones sobre Ballagas, Guillén...—, en reseñas críticas que abarcan lauros, hazañas y deslices literarios en lo tocante a la poesía negra.[36] Abarcó a los declamadores: hay que contarlo con justeza. Fue enérgico con el experimentalismo vacuo y la simple novedad. Pedía adentrarnos en el alma nacional sin «jugueteos culteranos o los vericuetos falsos de las palabras.»Fustigó, sí, tras la recitación en privado o en público, para dejar disfraces y pintoresquismos que —en contundente reclamo—, empequeñecían al cubano. Con la refriega también repasé fórmulas para aprehender y desenredar las esencialidades de los repertorios y los poetas.[37]Esa apreciación, en tal sentido, la veíamos henchida de didáctica estética e ideológica. Era exclusivo, único... La acechanza a las circunstancias, como lo mirífico, se arrellanaba en lo excepcional, lo infalible y, también, en lo desembarazado. La cualidad y particularidad de la cubanidad —desperdigada del «divertimento aplebeyado»—, y sus temas,  contenidos y motivos,  lo instaban a dilucidar un arte rebosante de absorbentes humanos. Juzgarlo, cuando acudo a la repetición de viejos repertorios —según los reclamos de quienes me convocan—, traicionaría la solidez de la preocupación inteligente que persistentemente infundió. Actualmente lo aprecio, tal como era: luminosidad meridiana del pensamiento teórico.Mas —yo un mulato de humores y de rostro—, en aquel y en este tiempo,  despliego que él encarnó una incitación para valederas travesías. Jamás preteriré, cómo, entre todos, un día  circularon una trascripción mecanográfica —con tipografía clásica de una Underwood—, del ensayo «Veinticinco años de poesía cubana». Instauraba una revelación, una extrañeza del avizor.No era lo perentorio. ¿Lo dudo?..., pero, la precisión mediática, de convincente perspectiva en la demarcación en todo lo instantáneo y apremiante, requerían explícitas ensambladuras. Ahí, él advertía, en espoleada recapitulación, percepciones convenientes que, por la efervescencia lírica reinante en la adolescencia creativa, excluíamos o ignorábamos.Con agudeza catadora concibió las remisiones. Nadie creyó en la pulsación mordaz. De nosotros no musitaba en el texto, pero las advertencias esgrimían adiestramientos, a la par que encintaba itinerarios que impulsaban hacia la perfección.El enmiendo desplegaba prosperidad, ascensión creciente y, por supuesto, un eslabón del conflicto implícito a lo dramático, a la inquietud y a cauterizarse. Unos permanecieron replegados en un incierto apogeo, mientras otros encumbraron el montículo trascendental del artista. Yo —que viví en ese esplendor—, de ningún modo me deshice de una de aquellas reproducciones y, lo aseguro, constituyó una guía, un diagnóstico en la misión del declamador.[38]En esa que ves, acariciando un papel amarillento, me siento complacido y sediento. Aquí está el subrayado suyo, donde explaya: «Queremos al negro en toda su medida, en la pena de su destierro, en la luz de su música poderosa, en la ternura de su canto ciego, pero también en la justicia de su rebeldía...»[39] Cierto día, durante una efímera coincidencia de respetables amigos, a principio de la década de los 60, se lo extendí, y espantado percibió la placidez de agenciárselo. Prefirió que prosiguiera en mis manos, y aquí lo disfruto con la mayúscula aquiescencia de las cardinales añoranzas de aquel momento.¡Qué más pedir!... Fue un definidor, un surtidor de voluntades, que sufragó, con  hondura histórica, correcciones del disparo lírico de la cultura cubana: encarnó esencia y devoción para el esclarecimiento oportuno. Viví desde el coloquio ameno hasta el consejo diario que se esparce al viento, y huelgan lo desenfrenos para replantearlos.En la memoria, el sueño, y la actuación consecuente, descansan sus desgastados huesos. Arguyo que disfrutaría, de ese modo, con suma notoriedad. Otras apuntaciones sobre Juan, persisten. Vendrán a la mente como remolinos nítidos, y traerán consigo los renuevos del hombre de esencias indiscutibles. ¡Qué más  decir!... Entonces, tendré que rememorar cuando, desde la delegación de Cuba en la UNESCO, remitió una carta con demasiada premura a esta vivienda villareña. Alertaba en brevísimas letras: «Negro, como en otras ocasiones, donde requeríamos que estuvieras, con tu calor de versos, necesito  determinados envíos que puedes hacer…». [40]La preocupación recetada era del viernes 20 de enero de 1967. Pedía con humildad libros para llenarse de placer y sabiduría. En otros, tal vez, pudo delegar en la solicitud. El escogido fui yo. Pienso de ese modo. Nunca le pregunté el por qué... Falleció sin darme respuesta a esa incógnita, pero, instauro, era una idiosincrasia cariñosa de registrarse y confirmarse como degustador de una ignota espiga: jamás, desconoció la distancia, las responsabilidades y los azotes del tiempo para intimar un cariño, una lealtad fina y decidida.Eso ofrenda mesura, y demarca —en última instancia—, al humanista de pecho depurado. No acaecen locuciones para otras descripciones, pues se despojó de máculas en cualquier tiempo. Juan es ese, el entrañable y devoto legionario que vislumbré no sé cuántos años atrás...   


[1] Testimonio del declamador Severo Bernal Ruiz. Entrevista del autor, en Santa Clara, viernes 14 de julio de 1988.

[2] Manuel Navarro Luna: Carta al declamador Severo Bernal Ruiz. Fechada en Manzanillo, viernes 18 de febrero de 1949. (Inédita.) El autor cuenta en su archivo con una  fotocopia del documento, así como de otros materiales manuscritos. Todos serán citados en referencias posteriores.

[3] Navarro Luna, Manuel: [Jovellanos, 1894-La Habana, 1966]. Poeta, periodista, músico y orador. Cfr. Diccionario de Literatura Cubana, Op. cit., t. ii, pp. 655-658.

[4] Ferrer Pérez, Raúl: [Mayajigua, 1915-La Habana, 1993]. Maestro, poeta y periodista. Cfr. Diccionario de Literatura Cubana, Op. cit., t. i, pp.338-339.

[5] José Martí: Carta al director de La Nación de Buenos Aires, Nueva York, enero 3 de 1887, en Obras Completas, p. 136, t. xi, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1975.
[6] Por esos años Juan Marinello Vidaurreta publicó ensayos significativos: Juventud y vejez (1928); Sobre la inquietud americana (1929); Americanismos y cubanismos literarios (1932) y Poética, ensayos en entusiasmo (1933), además de un nutrido grupo de comentarios y reflexiones periodísticas escritas para la Gaceta de Bellas Artes; la Revista de Avance; Carteles; Social y Bohemia...V. Miguel Rojas Gómez: «Juan Marinello, esteta de la libertad», en Islas, Universidad Central de Las Villas, número 98, pp. 80-94, mayo-agosto, 1989.
[7] García Lorca, federico: [Granada, 1898-Id., 1936]. Es el escritor español más famoso del siglo xx. Poeta, dramaturgo, ensayista, conferencista, humorista, músico y folklorista. Integrante de la Generación del 27. Visitó Cuba entre marzo y junio de 1930. Fue asesinado por tropas franquistas  en julio de 1936.
[8] Cfr. Ballagas Cubeñas, Emilio
[9] Anchurosas son las referencias y los epistolarios cruzados entre los escritores, así como las consideraciones que dedicó Marinello. En el caso de Ballagas —sobre todo lo referente al cultivo de la  poesía negra y la conformación de antologías hispanoamericanas de esa temática—. Cfr.  Cuba: Cultura, Juan Marinello, pp. 273-409, Editorial Arte y Literatura, La Habana, 1975.
[10] Buesa, José Ángel: [Cruces, Las Villas, 1910-República Dominicana, 1980]. Poeta y periodista. Asiduo visitante de las tertulias del Club Umbrales, donde dio a conocer los principales fundamentos líricos, a través de conferencias que impartió hacia mediados de 1936. Cfr.  Diccionario de Literatura Cubana, t. i, Op. cit., p. 160.

[11] Vidaurreta Cañal, María Josefa [Pepilla]: [La Habana, 1905-Id., 1976]. Destacada pedagoga. De agosto de 1933 a febrero de 1934 dirigió la Escuela Normal para Maestros de Santa Clara. Sostuvo un pensamiento antimperialista y martiano, que provocó persecuciones y arrestos durante la tiranía de Gerardo Machado Morales (1925-1933), así como en años siguientes cuando dirigió la Escuela Normal para Maestros de La Habana.

[12] Luis Machado Ordetx: «Umbrales, revista de iniciación», en Coterráneos, Op. cit., pp. 23-31.
[13] El periodista vio ese texto, pero desconoce su paradero actual.
[14] Carta de José Ángel Buesa al poeta villareño Carlos Hernández López, La Habana, miércoles 2 de noviembre de 1938. (Inédita.) El autor tiene la fotocopia de esa misiva.
[15] El comentario que sucedió a la precisión hecha por Juan Marinello Vidaurreta —a Carlos Hernández López—, para aclarar parte de los conceptos esgrimidos (según los testimonios aportados al autor por el declamador Severo Bernal Ruiz y el escritor Raúl Ferrer Pérez), consiguió corporeidad escrita en: Juan Marinello. Ensayos, Op. cit., pp. 339-358. La aparición de ese texto —aunque en ningún momento el autor, por eticidad, se refiere a que la confección responde en su origen a una réplica— deslindó criterios expuestos por otros investigadores cubanos sobre la estancia del andaluz en la Isla. V. Raúl Roa (1964): «El crimen fue en Granada», en Retorno a la alborada, t. i, pp. 398-404, Dirección de Publicaciones de la Universidad Central de Las Villas, Santa Clara.
[16] Palabras textuales expresadas por el declamador.
[17] José Ángel Buesa: Desde antes del nacimiento del Club Umbrales (1936), ambos escritores establecieron amistad y comunión lírica. Esos lazos motivaron un intercambio sistemático de correspondencia. Al tanto de ese ir y venir de misivas estaba un grupo de creadores residentes en la ciudad.
[18]  Ídem.
[19] Idem.
[20] Tomado de apuntes textuales escritos y almacenados por el testimoniante. El autor cree que ese documento se encuentra dentro de los libros donados a la Universidad Central tras el fallecimiento del declamador en 1989.
[21] De acuerdo con cartas halladas en el archivo de Severo Bernal Ruiz —escritas por José Ángel Buesa a Carlos Hernández López—, se traza la hipótesis: sentía predilección por la emisión de juicios críticos sobre los contemporáneos, y se satisfacía en destilar desidia y ciertos aires de envidia sobre los coetáneos. El jueves 28 de enero de 1971, desde Santiago de los Caballeros, República Dominicana —donde residió después que abandonó a Cuba en la década de los 60—, hace un comentario, entre otros tópicos, que aborda al camagüeyano Emilio Ballagas Cubeñas. Dice: « [...] más fácil sería que resucitara él, y no que se reactualizara su obra. Entre otras cosas, porque careció siempre de identidad comunicativa, de simplicidad humana, de verdadera originalidad. Y que en paz descanse.»  Nada más alejado de la verdad expuesta por la crítica internacional que ha reconocido los méritos de la lírica del autor de Júbilo y Fuga; Cuaderno de poesía negra, Sabor eterno, y... El investigador  toma en cuenta ese documento. (Inédito.)
[22] Por esa época, confesó el testimoniante, recibió informaciones y documentaciones referidas a la vida y obra de García Lorca, así como aspectos concernientes a la radicación temporal del andaluz en Cuba. Juan Marinello y Pepilla Vidaurreta contarían, por su parte, los acontecimientos del sábado 22 de marzo de 1930, cuando el español arribó en el tren de la noche a Sagua la Grande. Era su primer periplo como disertante lejos de la capital cubana. Juan Domínguez Arbelo,  dejó aportes sobre la conferencia que impartió al siguiente día en la filial Institución Hispano Cubana de Cultura de la ciudad portuaria.    
[23] Llegaron a la casa del declamador originales de «Romance por el crimen de Granada» —un largo poema escrito por Enma Pérez—, así como «A Federico García Lorca», de Emilio Ballagas, y apuntes de Juan Domínguez Arbelo. [En archivo del autor las dos primeras referencias].
[24] En calidad de vicepresidente de la Institución Hispano-Cubana de Cultura —cuya organización invitó al granadino y financió su estancia en el país—, Juan Marinello Vidaurreta lo escuchó en el dictado de las conferencias. Además, como nadie, lo vio confraternizar con intelectuales, escritores, y percibió a un literato nato que llevaba a sus piezas la esperanza redentora de lo más sublime de la tierra: la vida del hombre y el entorno.
[25] El domingo 10 de febrero de 1947 escribe a Severo Bernal: « [...] Harás la consabida cartica a Juan: El amigo Ballagas, ausente en N.Y. me encarga ponga en sus manos uno de los pocos y primeros ejemplares de su Mapa llegado a Cuba. Cumplo gustoso su encargo, etc.» Se refiere a la antología Mapa de la poesía negra americana, Editorial Pleamar, Buenos Aires, Argentina, 1946. En archivo del autor hay otras referencias.
[26] Al respecto —con mayor amplitud—, esos conceptos aparecen en: «Carta a un poeta que comienza por lo negro», referido al libro Acento negro, de Vicente Gómez Kemp. V.: Juan Marinello, Op. cit., pp. 328-330. Poemas como: «De la luna negra»; «Son con punta»; «Mulata achinada»; «Negrito preguntón»; «Tú ere plante no má»; «Pantaleón» y otros de ese autor, constituyeron parte reproducida del repertorio de muchos declamadores  cubanos
[27] Guillén Batista, Nicolás: [Camagüey, 1902- La Habana, 1989]. Poeta, ensayista y periodista. Es el Poeta Nacional de Cuba. Cfr. Diccionario de Literatura Cubana, Op. cit.,  t. i, pp. 407-415.
[28] Gómez Kemps, Vicente: [¿…?]. Poeta y periodista.
[29] Cfr. Hernández López, Carlos
[30] Cosme Almanza, Eusebia Adriana: [Santiago de Cuba, 1911-Miami, 1978]. Declamadora cubana. En la década de los 30 se radicó en los Estados Unidos, lugar donde difundió, sobre todo en teatros y escenarios disímiles de Nueva York, los versos de Nicolás Guillén, Emilio Ballagas, José Felipe Carneado, Luis Palés Matos y Langston Hughes... A principios de 1951 y luego en 1953, realizó la última gira artística por varias provincias cubanas. Cfr. José O. Barrero del Valle: «Cinco minutos con Eusebia Cosme. [Referencia a la presentación de la declamadora en el teatro La Caridad, de Santa Clara, donde asistió contratada por la Sociedad de Arte Musical]», en El Villareño, v (61):2, Santa Clara, Las Villas, sábado 14 de marzo de 1953. 
[31] Cfr. Martínez Pérez, Enrique
[32] Acosta, Agustín: [Matanzas, 1886-Miami, 1979]. Abogado, poeta y periodista. Cfr. Diccionario de Literatura Cubana, Op. cit., t. i, p. 98.
[33] Eusebia Cosme, Dalia Iñiguez, Berta Singerman y el puertorriqueño Juan Boria..., también sintieron el estruendo crítico de Marinello.
[34] Carta de Agustín Acosta, fechada el sábado 12 de enero de 1957. (Inédita.) La alusión a Marinello instituyó, en esencia, un modo de presentación del matancero y un aval crítico: Acosta conocía, por supuesto, la amistad que unió al declamador con el destacado ensayista. V.: «Un nuevo libro de Agustín Acosta», en Juan Marinello, Op cit., pp. 276-280.
[35] Oliver Labra, Carilda: [Matanzas, 1922]. Abogada, poetisa, narradora y periodista. Premio Nacional de Literatura, 1997. En su obra aparecen: Preludio lírico (1943); Al sur de mi garganta (1949); Memoria de la fiebre (1958); Tu eres mañana (1979); Las sílabas y el tiempo (1983); Desaparece el polvo (1984); Calzada de Tirry 81 (1987); Los huesos alumbrados (1988); Se ha perdido un hombre (1992) y…
[36] V.:«Verbo y alusión» (sobre Trópico, 1928, de Manuel Navarro Luna); «Inicial angélica» (referente a Fuga y júbilo, 1931, de Emilio Ballagas); «Margen apasionado» (a propósito de Pulso y onda, 1932, de Manuel Navarro Luna), y «Poesía negra. Apuntes desde Guillén y Ballagas». En: Poética, ensayos en entusiasmo, Editorial Espasa-Calpe, Madrid, 1933. Aparecen en la sección Crítica y Comentarios Literarios. En: Juan Marinello. Cuba: Cultura,  Op. cit., pp. 286-328.
[37] En: «Hazañas y triunfos americanos de Nicolás Guillén», dice: «hace diez años coinciden en nuestras islas dos interesantes fenómenos: la boga mundial del negro y el despertar poético del afro antillano [...], por vez primera el impulso extranjerizante nos jugó una buena partida [...], nos condujo a nuestra propia casa. Buscando lo extraño, dimos con lo propio». Op. cit., pp. 375.
[38] Editado después en: Literatura hispanoamericana. Hombres, meditaciones, pp. 113-142. Ediciones de la Universidad Nacional de México, México, 1937. También en: Juan Marinello: Cuba: Cultura. Op. cit., pp. 350-372.
[39]  Guardado en el archivo del declamador. Desconozco su paradero después de la muerte del artista. Sobre lo apuntado, puede consultarse, además: Juan Marinello, Ibíd., p. 389.
[40] El investigador conserva el original.

1824: Santa Clara ante una posible invasión de Colombia

1824: Santa Clara ante una posible invasión de Colombia

 Por Carlos S. Coll Ruiz  

Durante los primeros veinte años del siglo xix, al aumentar en extensión y volumen de producción de la plantación esclavista, los defensores de la isla de Cuba serían los máximos opositores a cualquier cambio del status establecido, y por tanto la sacarocracia se uniría siempre al campo peninsular para apuntalar el orden establecido bajo la bandera del colonialismo español.

 

 Los aires de cambios en la Península, ponderaban, en cierta medida, los balances de posiciones de la clase esclavista, a lo que se unían factores internacionales de trascendencia europea y americana.

 

En abril de 1823 se pone fin al régimen constitucional en España. Fernando VII obraría por el retorno  del poder absoluto e intentaría ajustar las cuentas al movimiento independentista latinoamericano.

 

La expansión de las corrientes liberales; los vínculos con ese movimiento integrado por figuras criollas, y las fuertes motivaciones de Simón Bolívar por extirpar la dominación española en las Antillas, originaron profundas preocupaciones en los sectores del gobierno y los esclavistas, temerosos de un proceso independentista que inevitablemente arrastraría a los esclavos.

 

En ese año se produce en Cuba la conspiración Soles y Rayos de Bolívar, conectada al independentismo colombiano; y hacia finales de ese período se conocería de un intento de preparación de una expedición a la isla de Cuba, hecho que en definitiva no ocurrió.

 

Ese movimiento  emancipador tendría repercusión en Cuba, y su influencia, no escapando la región central a estos influjos. Las actas del Cabildo de Santa Clara, del 29 de marzo de 1824, recogen una sesión extraordinaria para debatir, sobre el «[...] apresto en Cartagena de Indias de una expedición de diez Buques de Guerra de la República de Colombia con la tropa de transporte para invadir el territorio de esta Provincia que pretenden saquear...»,[1] expuesto en un documento por Joaquín Mariano Casanova, Comandante de Armas, texto que se anexaría al acta recogida en la reunión.

 

La  Villa se puso y dispuso a defender su territorio de la presunta invasión colombiana, tal como antaño lo habían hecho contra la invasión inglesa en el año 1762.

 

Joaquín Mariano Casanova indicaba que «[...] le parecía de necesidad prevenirse a los capitanes de partidos  formaran un padrón de todos los hombres útiles qué comprenda  cada una de las armas y caballería de qué pueda disponerse para el servicio ocurriendo con ellos a los puntos qué se les prevenga...»[2]

 

Se encargó a la «[...] autoridad civil tomar todas las medidas y providencias oportunas a la seguridad y defensa y de acuerdo  con lo  enunciado...»,[3] y se responsabilizó a Francisco Javier Díaz, Síndico Procurador General, en darle cumplimiento a lo orientado por el Comandante de Armas.

 

En pie de guerra  se levantó la jurisdicción, entregándose las armas de la Milicia Cívica a los vecinos, organizándose dos compañías de infantería con sus oficiales correspondientes, y alistada una tercera de caballería. Estas medidas adoptadas no implicaban que otras pudieran ser tomadas por el entonces Gobernador, y también por Francisco Dionisio Vives, Capitán General de la Isla.

 

La proyectada invasión no llegó a producirse, pero como colofón,  quedarían organizadas dos Compañías de Voluntarios Reales; al tiempo que el 26 de abril de 1824, en sesión extraordinaria del cabildo se eligieron los oficiales de ambos cuerpos.

 

Los «Voluntarios Reales» estaban compuestos por los elementos más conservadores de la jurisdicción, y fueron creados como instituciones para preservar el sistema colonialista español ante los intentos de separación de la Isla de Cuba de España, lo que se oponía al movimiento  independentista latinoamericano, por una parte, y  a eliminar cualquier intento emancipador en esta zona.

 

Estos cuerpos son continuidad de  otras medidas que, con anterioridad, se habían adoptado por el poder centralizado en aras de contrarrestar las influencias del movimiento independentista latinoamericano en Cuba, sobre todo en  las ansias de libertad existentes en los sectores más  radicales de la sociedad criolla, dispuesta a la separación de España.

 

En las sesiones, que durante el resto del año 1824 se realizaron, no se abordó nuevamente la proyectada invasión desde Cartagena de Indias. No existe la certeza, de acuerdo al documento expuesto por el Comandante de Armas, que tales preparativos se llevaban a cabo, en tanto no se expone la fuente que nutrió esa información. Tampoco obra en  las actas posteriores, algún tipo de disposición de las autoridades superiores, relativas a los hechos referidos.

 

Cualquier intento por la independencia de la “siempre fiel isla de Cuba”, estaba condenado al fracaso. Para entonces, Félix Varela preveía que tal posibilidad resultaba inadmisible ante la falta de condiciones internas, y veía con absoluta claridad que la esclavitud constituía el principal freno. Tampoco creía oportuna la intervención extranjera en un proceso, donde los hijos del país debían jugar el papel fundamental. En tal sentido expresaría: «Sea cual fuere la opinión de cada uno, todos deben convenir en un hecho, y es que si  la revolución no se forma por los de casa, se formará inevitablemente por los de afuera, y que el primer caso es mucho más ventajoso».[4]

 

En idénticos términos se expresó Manuel Sanguily al analizar el proceso independentista cubano y su relación con el sistema esclavista: «Por conservar los esclavos, que eran numerosos y constituían la base y asiento de la sociedad, los cubanos no siguieron el ejemplo de las dependencias españolas que se alzaron en armas contra la Metrópoli».[5]

 Estos a acontecimientos, que agitaron la vida de la sociedad de Cuba durante este período, dejan constancia de la influencia del movimiento independentista  latinoamericano en la zona central del país, y en particular en la Villa de Santa Clara, constituyendo parte sustancial del proceso general de formación de nuestra nacionalidad.       


[1] Fondo Ayuntamiento de Santa Clara: Acta Capitular. Tomo 11. Folio: 310.[2] Fondo Ayuntamiento de Santa Clara. Acta Capitular. Tomo 11. Folio: 310-311. [3] Fondo Ayuntamiento de Santa Clara. Acta Capitular. Tomo 11. Folio  311.

[4] Félix  Varela: Escritos Políticos. Editorial de Ciencias Sociales. La habana 1977, Pág. 137.

[5] Manuel Sanguily. Véase en La Discusión, Año XI. No 2581, de 11 de septiembre de 1899.

KAMIKAZE, la lectura del color

KAMIKAZE, la lectura del color

Por Luis Machado Ordetx

Asentada, tal vez, en el entusiasmo creciente de las combinaciones que posibilitan las escalas del color y de la demopedia —derivación del griego peideía en su sentido de enseñanza o saber popular—, la obra pictórica del villaclareño Amílkar Chacón Iznaga se adentra en los vericuetos del abstraccionismo y la figuración, para proponer un discurso, en fin una comunicación, que ahonde en el concepto de las tradiciones, las leyendas, usanzas, consejos, sentencias, cantares y modismos, y hasta idiotismos.

 

Kamikaze, la exposición inaugurada este jueves en la UNEAC  —seguidora de otras dos muestras personales anteriores: Ruinas del paraíso y Augures—, indaga desde lo geométrico y el cromatismo     (en las colocaciones del rojo, el negro, el carmelita, el azul o el blanco), en aparentes confluencias de lo africano y lo hispano, con el propósito de decantar las esencialidades de lo cubano.

 

A algunos, el diálogo, en un golpe de vista, tiende a parecer hermético, simple, pero en el pintor subsiste una búsqueda y una experiencia acabada, según la propuesta, con la línea y la inserción hipertextual, al incorporar la estilización del rostro humano, el propio, dentro de determinados espacios de las piezas referenciales.

 

Cada cual, al acercarse a la exposición en su totalidad —también a la individualidad de los cuadros—, coteja  un gusto por el color, a veces en derroche de lo oscuro e hiriente del negro y el rojo, y saca  conclusiones ante las disímiles lecturas que ofrece el pintor.

 

La proposición escogida por Chacón Iznaga, arguye al enfoque suicida por el título, pero sentencia lo experimental a partir de la presencia del juego con el cromatismo y las composiciones dialógicas que estable el espectador con la obra.

 

Ahí sobresale la elección del color, el mensaje y las figuras incluidas dentro del cartel y la portada del catálogo de la exposición, así como otras piezas donde la gestualidad incluida en lo hipertextual se aporta como referencia.

 

El autor, pedagogo, además, gana mayor soltura profesional en las piezas de menor formato, al explayarse en la riqueza de lo figurativo, al tiempo que lo hermético del discurso tiende a esconderse ante la visualidad.

 No obstante, en la elección del color, y hasta del tamaño de las piezas y la habilidad técnica ante lo abstracto, aflora, de cierta manera, el rostro del conflicto dramático del hombre y la contemporaneidad descontextualizada.