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CUBANÍA TOTAL

CARBONELL, UN INFINITO DECIDOR

CARBONELL, UN INFINITO DECIDOR

 

Por Luis Machado Ordetx

 

Entrevista con Luis Mariano Carbonell Puyés, el Acuarelista de la Poesía Antillana, quien habla sobre la ciudad de Santa Clara, su amigo, el declamador Severo Bernal Ruiz, y la manera de asumir la actuación en escenarios cubanos y extranjeros. [Inédita].

 

 

                                                     «Ven, léeme un poema,

                                                       una balada simple y cordial que calme la intranquila

                                                       sensación y disipe los febriles pensamientos del día[1]

                                                                              W. Lonfellow

                                                                                         

Colocar en la raya a un periodista es fácil: frecuentemente surge ese tipo de procedencias sin  establecimientos de jerarquías. Nadie escapa al buche amargo en una profesión que, a veces, los rapapolvos constituyen la hora exacta del mediodía. Similar actitud, no por petulancia,  tiene el «Acuarelista de la Poesía Antillana», el santiaguero Luis Mariano Carbonell Puyés, cuando evade a entrevistadores, diletantes y las cámaras fotográficas o de televisión en instantes en que aparecen colocadas fuera de estudios de filmación, en la calle o cuanto recinto familiar lo acoja.

 

Esa es su manera de ser, y requiere respeto; aunque afirma que tal talante de indiferencia obedece al poco gusto por las confesiones, sean o no nimias; distinción personal que lo achaca a una rotunda timidez acompañada desde la infancia.

 

Por meses lo asedié; no lo niego, la vía telefónica, con decenas de llamadas al número 8306113, resultó la más afectiva. Hubo momentos de retrocesos, otros de esquivas, y siempre una expectación por tenerlo delante para una respuesta sosegada y diáfana sobre un tema particular: el vínculo con el declamador Severo de la Caridad Bernal Ruiz; y también con Santa Clara, ciudad del interior del país a la que visitó en múltiples ocasiones y en la cual estuvo abierto al tropiezo con amistades o presentaciones en espectáculos artísticos.

 

En uno de los intercambios, despojado de preocupaciones pedagógicas, tratamientos médicos, actuaciones y descanso hogareño, sabe Dios por qué, ofreció el contacto personal para el sábado 9 de junio de 2007, en horario puntual de la media mañana, en su vivienda de la calle 8, número 307, entre 13 y 15, del capitalino reparto Vedado, sitio donde reside desde que se estableció en La Habana a finales de la década de los años 40  del pasado siglo.

 

Días antes cerró el compromiso y adujo el quebrantamiento de la salud: la entrevista quedó en el aire, colgada de un alfiletero; pero proseguí con el interés de tomarle confesiones. Insistí, mencioné lugares conocidos de Santa Clara; los teatros en que antes intervino en la ciudad, y recordé  nombres de personas que lo atarían en la memoria. Vino otra vez la historia de Bernal Ruiz, su amigo por más de cuatro décadas, y el pacto de silencio quedó roto.

 

Era demasiado no tener en cuenta a aquel artista, y también la vida compartida en recados, cartas, citas telefónicas y búsqueda de repertorios comunes. Al final la  perseverancia periodística se impuso, y a pesar de los 280 kilómetros de distancia que separaban al declarante, todo resultó un momento provechoso.

 

El sábado 24 de julio, dos días antes de su onomástico, Carbonell, del mayor declamador cubano vivo, accedió a la entrevista. Gracias a los artilugios de una vieja grabadora estática y el auxilio del teléfono, dada la imposibilidad de una imprevista estadía en Ciudad de La Habana, la cinta magnetofónica registró su voz, y la esencia de un pedazo de tarde singular en la cual los ademanes y gestos marcaron la inflexión de sus pronunciamientos amparados siempre por una  perfecta dicción; el modo rápido de hablar y pronunciar y las cadencias de las palabras; todo fluyó como si la música viniera de adentro en una perfecta armonía expresiva.

 

Antes, sólo en una ocasión tuve a Carbonell delante, frente a frente, tras la intervención artística en el teatro «La Caridad», de Santa Clara; instante en que el declamador  Bernal Ruiz lo presentó. Después leí referencias que desde Caracas hizo Sergio Pérez Pérez, y por supuesto, lo disfruto cuando participa en programas televisivos, en los cuales la audiencia y los cubanos lo reconocen como una Catedral en el arte de componer la oralidad de un poema, de una estampa popular, como denomina la síntesis de la poesía negra, afrocubana, mulata o antillana.

 

Era fácil, obviando las contingencias de alejamiento de un extremo a otro, percibir la proyección, la gesticulación, y hasta la memorización de la respiración y la entonación de la voz de Carbonell, quien desinteresado se colocó a la espera de las preguntas y al aliento del espíritu; sobre todo, porque iba a desengranar historias referidas a un amigo que por un tiempo largo, desde la soledad de una provincia del centro del país, compartió escenarios, intercambió puntos de vista del arte de la declamación y apuntaló los repertorios mutuos con textos que, en reiteradas fechas, cedieron con carácter especial algunos creadores  para divulgarlos por teatros y auditorios.

 

Domingo tras domingo, antes de agosto de 1989, fecha en que falleció Bernal Ruiz, noche por noche      —solo interrumpidas por compromisos personales, presentaciones artísticas en Cuba o el extranjero—, desde la vivienda del jurista José A. Barrero del Valle —en Céspedes número 53, entre Maceo y Unión, en Santa Clara—, se escogía un momento de la visita para el diálogo telefónico entre los declamadores amigos: el santiaguero Carbonell Puyés y el villaclareño Bernal Ruiz.

 

Al residente en Santa Clara no le preocupaba caminar calles y calles; desoladas, a veces, y desafiar la lluvia o el frío para la puntualidad telefónica. Así lo testimonió Barrero del Valle, y también lo supe por conversaciones con Bernal Ruiz; acontecimientos que en este caso posibilitaron el enfrentamiento, a pesar de cualquier impedimenta, con el artista radicado en La Habana y dispuesto a delinear una historia poco difundida en el intercambio de pormenores y la destilación del aprecio que primó entre ambos.

 

Como un torbellino llegaron las preguntas, y el otro apuntó algunas notas: ¿Cuándo se iniciaron sus relaciones afectuosas con Severo Bernal y qué recuerdos tiene de su persona?

    Fue en el año de 1945, estando yo todavía en Santiago de Cuba, y nos presentó, a través de carta primero, y después personalmente, Cuca Monteagudo, una villaclareña que era en aquel tiempo una especie de  maestra de ceremonias, de espectáculos, y también locutora, muy buena locutora, esposa de Mario Montes.

 

«Desde que nos conocimos, Severo y yo hicimos una gran empatía, y él me proporcionó muchos poemas; yo le agradezco tantas cosas, y llegó a convertirse en una de las mejores personas en mi vida; y además era muy artista, muy buen recitador.

 

«Después que yo debuté, y me hice profesional, iba muy frecuentemente a Santa Clara y me pasaba el día con él, y era uno de los mejores regocijos que podía disfrutar.»

 

Dicen que usted en repetidas oportunidades insistió, al percatarse de las cualidades de Severo como recitador, para que abandonara a Santa Clara. ¿Es verdad? 

 

    Sí, muchas veces le aconsejé que viniera para La Habana; por aquí, por sus condiciones vocales y artísticas, tenía cabida, cosa que nunca pude conseguir, ni yo, ni tampoco muchos de sus amigos, como Onelio Jorge Cardoso, y el poeta este… ahora hablando seguido no me viene el nombre a la cabeza.

 

¿Cuál de los poetas amigos: Raúl Ferrer, Enrique Martínez, Agustín Acosta, Gilberto Hernández Santana, José Ángel Buesa, y tal vez queden otros nombres…?

—No, fue Agustín Acosta, quien le escribió varias cartas a principios de los años 50, aunque en realidad todos se lo decían de una manera reiterada e insistente.

 

«Le dije que saliera para La Habana, pero él nunca quiso desatender a su mamá, y a su casa. Era muy provinciano, aunque muy culto, muy preparado; recitaba muy bonito, y él me nutrió de una gran cantidad de repertorio desde mucho antes que fuera profesional; o sea, desde que lo conocí en 1945. A veces, los poemas eran de recorterías de periódicos, como para hacer un álbum, otras eran copias de textos de autores conocidos, sacados de libros, y en algunas ocasiones originales.

 

«Después de eso yo me fui a Nueva York, y en los dos años que estuve allá; él fue también  a Nueva York, y la pasamos bien por allá. Él era una persona bondadosa, cariñosa, muy familiar, apegado a sus amistades y a la familia. Por lo tanto, ahí tienes uno de sus grandes valores; virtudes, mejor dicho, del ser humano.

 

«Tal es así que lo nombraron Hijo Dilecto de Las Villas;[2]  por su calidad, instrucción y cultura, y por la labor que hizo hasta los últimos momentos de su vida, porque fue de ciudad en ciudad, por todo Santa Clara, y por medio de su trabajo de impresor, del cual nunca quiso deshacerse; recitando, y ganando aplausos de respeto y admiración.

 

«Yo de Severo tengo el mejor de los conceptos, y puedo decirlo, casi uno de los mejores amigos de siempre. Cuando murió lo sentí muchísimo, por lo que ruego constantemente. Él también me presentó a Enrique Martínez Pérez; con quien tenía muy buena amistad, autor de la “Carta Negra”, uno de los primeros poemas, estampas, que yo recité en La Habana cuando debuté aquí.

 

«Tengo tantas cosas que contar de Severo; cuando íbamos al Parque por la noche, al Parque Vidal, en Santa Clara, y se molestaba porque me metía en el círculo donde no debía ir, por el racismo imperante, cosa desaparecida ya, pero que existió en 1948 y

 

«Me divertía muchísimo con él, porque además, me llevaba a las peleas de gallos»

 

¿Cómo…? Usted piensa igual que Lezama Lima, en la sensualidad, el deleite varonil, el dominio del ambiente; el desafío de los gestos; el despertador del gallinero, la cubanía, y el incitador del cromatismo, de la violencia y la evocación que siempre ostenta el gallo. Tal vez, como totalidad, aparezca en el espíritu del gallo la violencia propia del artista que entabla una pelea con su lenguaje.

    ¡Sí!, todo eso junto. Parece mentira; pero me gustan mucho las peleas de gallos, y sentía diversión cuando iba con Severo a esos lugares de lidia en que las personas se ponen a vociferar garganta en cuello, como dicen por ahí, legitimando la bravura de los animales en sus porfías. El declamador es eso, y el artista también, un gallo en puro desafío con la técnica y las exigencias que se imponen en la vida y los escenarios.

 

    Volvamos a Severo; porque, seguramente tendrá muchas otras cosas que decir.

 

      Está bien. En el plano humano, cariñoso, personal; era una de las personas finas, más buenas, atentas y oportunas que he conocido, y lo recuerdo y lo recordaré mientras viva. Jamás pasó ignorado como declamador, uno de los mejores que he conocido en mi vida, con un estilo particular, asentado en nuestras raíces afrocubanas, y también en la poesía romántica. Sin dudas, era un hombre excepcional, lleno de optimismo, pero con cierta timidez y provincianismo que lo limitó a trascender hacia otros sitios en los que la conquista profesional lo colocaría en el plano en que realmente debía estar.

 

 

«De Severo Bernal, el amigo villaclareño, conservaré mientras viva; mientras viva, el mejor de los conceptos de la fraternidad y el apego del artista a su tierra, a su gente, sin miramientos ni envidias por lo que otros hacen o no; pues supo empinarse y batallar, tal vez como esos gallos, a los que hice referencia antes, al dominio de la palabra, del gesto, la sonoridad y la invitación a lo que realmente somos todos: artistas, en quienes encuentras siempre a un infinito decidor».

 

Ahí quedó sellado el diálogo con el declamado Luis Mariano Carbonell Puyés, y al oído, atado en la resonancia de las últimas palabras que expresó, sorprendió el recuerdo de esa memoria para reconstruir el pasado que lo incitó a la historia de una amistad; los vericuetos difíciles de la recitación, la puntualidad valorativa hacia el ser humano y la respiración calculada en ese propósito en que la vida se prende de una consideración artística y la estimación del otro.

 

 

                                                              

 

 

 



[1] W. Lonfellow: «The day is done», traducción de Emilio Ballagas, 1945.

[2] El Gobierno Provincial de Las Villas, en sesión del  viernes 18 de diciembre de 1942, entregó a Severo Bernal Ruiz la Distinción de Recitador Dilecto, y la Cámara del Municipio de Santa Clara lo declaró Hijo Distinguido de la Ciudad en su reunión correspondiente al sábado 21 de abril de 1945.

!AGUSTÍN ACOSTA, EL POETA!

!AGUSTÍN ACOSTA, EL POETA!

 

Por Luis Machado Ordetx

Testimonio que ofreció en 1989 el declamador villaclareño Severo Bernal Ruiz. [Inédito hasta el momento].

 

                                             «Bebe el agua de tu propia cisterna,

                                                             los raudales de tu propio pozo.»  

                                                                                                      Pr 5.15


La parquedad de conversaciones con aquellas personas que apenas conocía,  siempre suscitaron la agonía de un misterio en  la apariencia exterior del declamador villaclareño Severo de la Caridad Bernal Ruiz; de ahí que algunos lo conceptuaran de huraño y sombrío, sujeto a  la fijeza del refugio excepcional del silencio.

 

El empuje mayor de esa actitud se atribuye al peso latiente de los años, a la muerte de coetáneos, y también al persistente olvido institucional que primó durante los instantes en que la vejez demanda comprensión. En las calles, caminaba con paso cortado, lento, como apretujado, para no percibirse entre extraños; algo muy distante sucedía cuando visitaba recintos de amigos y se localizaba, previo aviso, en  Ciclón, número 161, apartamento B interior, entre Candelaria y San Cristóbal, en Santa Clara, territorio de recalada sistemática de copiosas correspondencias.

 

Allí concurrí varias veces, ávido en propiciar el diálogo sobre tópicos diversos y también hacer añicos cierta apreciación fútil, de equivocaciones, ante la supuesta sobriedad de la franqueza que inspiraba el declamador. Al hallarlo, estaba inmerso en la rutina de los días, entre el humo del cigarro bronco -el comercial «Popular»-, el sorbo de café y los recuerdos de antaño, como quien se aferra al aislamiento perpetuo de la estancia sobre la tierra; y una contentura suprema comenzó a descorrer las puertas que velaban el muestreo de la papelería; pues reabría la nostalgia del pasado, la herrumbre del tiempo y las peripecias del latiente recuerdo.

 

 Primero, resultó parco, lo confieso, y también en extremo cortés; de hablar casi en monosílabos, sin proponer heridas a la mudez y tampoco susceptibilidades al interlocutor: era el nacimiento del segundo lustro de la octava década del pasado siglo, y por cuatro años seguidos, en las tardes, prepararía historias y exhibiría documentaciones sobre la cultura villareña.

 

Las anécdotas de la escena artística vinieron a montones, en remolinos que despolvaron y ofrecieron lustre a la piedra, y enseguida surgieron otras referencias relacionadas con las huellas notorias del Club Umbrales, Audiciones Umbrales y la Hora Hontanar; además de aquellas programaciones radiales en CMHW, CMHI, CMHX, CMBZ-Radio Salas, el  Circuito Nacional Cubano, la CMQ y Cadena Oriental de Radio. Raudo, con entusiasta voz, precisó detalles de los tránsitos por La Habana, Matanzas, Manzanillo, Ciudad de México, Nueva York y...

 

De los amigos de aquí o de allá, después del conocimiento mutuo y la aspiración por saber al dedillo y dilucidar  los acontecimientos históricos y culturales que llevaron a Santa Clara a ubicarse entre las principales plazas artístico-literarias del país, conversó hasta el cansancio. Eran sesiones de trabajo, aparentemente diarias, en las cuales, de un modo u otro, facilitó siempre puntuales  entrevistas.

En lo invariable, flotó el nombre el poeta matancero Agustín Acosta, y acosado por la duda; al amparo del respeto, insté al declamador a desperdigarse de dimes y diretes, en aras de acceder a respuestas precisas vinculadas con el autor de La zafra -Poema de Combate-[1], y entonces sobrevino un comentario de francotiradores, donde, tanto uno, como el otro, dio su parecer y punzó el esclarecimiento.

-    ¿Son extrañas las circunstancias en que contactó a Acosta?


-    Está equivocado. ¡Quién dice eso también yerra! Claro, solo que la historia del poeta por mucho tiempo fue silenciada, y amigos de adentro y de afuera del país, por medio de la correspondencia, confirmamos el atrevimiento, casi osadía,  de mencionarlo y escribirle. Durante su bonanza económica y de creación de textos, tuvimos excelentes relaciones fraternales, y luego en su ocaso artístico, porque también existió, coincidimos en puntos de vista y conversaciones.



«A mediados de la década de los años 50, recuerdo cuando Arturo Doreste, poeta y miembro de la Academia Cubana de la Lengua,  lo presentó en Santiago de las Vegas, territorio al que arribé invitado por el Grupo Selección, que dirigía Gabriel Gravier. Allí estaba  Acosta con Consuelo Díaz Carrasco, su segunda esposa. Hablamos de los escritos de Navarro Luna, del reciente fallecimiento de Ballagas, del verso erótico de Gustavo Galo Herrero, de la experimentación lírica de Gilberto Hernández Santana, y del neorromanticismo de José Ángel Buesa.

«Abordamos las particularidades de la declamación, el compromiso del artista y los más innumerables acontecimientos nacionales, entre otros tópicos. Con sinceridad, los temas políticos no interesaban, solo la cultura cubana y universal constituyó el centro de todas las gravitaciones de esos diálogos, y entusiasmado, elogió el montaje que hice al declamar "Los Versos Esclavos", contenidos en La Zafra. Aquello lo llevó a ensanchar más la amistad, y confluyó que al recitar un texto, el hombre recrea una historia y la hace partícipe, como propia y original idea salida de un poeta, en conspiración o  en comunión con el lector o el oyente.»


-    ¿Entonces, porqué re (huye) conversar a plenitud sobre el poeta


- ¡No, no esquivo nada! Sencillamente que persisten acontecimientos que no deseo abordar, pero te diré todo lo que conozco sobre Agustín. No mentiré en nada por una cuestión ética; y  que conste, el que dude, ese constituirá su problema.

«El lunes 21 de marzo de 1955 recibí una carta, entre tantas que venían de otras partes de Cuba o el mundo, fechada en la calle Descanso, número 12504 - reparto Marazul, en un recodo de la Playa, en Matanzas-, y traía la firma de Agustín. Desbordaba, como una ubre, tremenda honestidad artística, integridad intelectual, solidaridad y lealtad sin límites.

«Ahí despunta el amigo en toda su expresividad: "Quiero decirle que su arte fue para mi una revelación. No hay, no puede haber mejor intérprete que usted de los poemas de Ballagas[2] y aún de otros poemas. Usted puede tener la seguridad de que sedujo al auditorio. Énfasis, gestos, ademanes, todo era perfecto. Lo que no me explico es el temor de usted en darse a conocer en otro medio. Yo le aseguro que si usted hace una prueba en La Habana, el triunfo no se hace esperar. Y si usted, ya en posesión de lo que es necesario, sigue rumbo a los países de la América Central, logrará, a más de la gloria, un largo bienestar.


«Y más adelante continúa: "Comprendo su desazón, su desencanto; pero todo depende de la propia voluntad de usted. Hágase oír donde sepan oír. No arraigue demasiado en su pueblo. Los pueblos natales pueden ser ingratos, y es preciso sacudirlos con relámpagos de audacia y de talento. Lo último usted lo tiene. La audacia, fabríquela. Hoy en una sala, mañana en otra; hoy ante cuatro gatos, mañana frente a una multitud, usted debe cerrar los ojos y lanzarse. Ya quisieran muchos que hoy medran con arte igual al suyo, ser la décima parte de lo que es usted. Esto se lo digo porque lo siento; si así no fuese, callaría. [...] Le ruego que no me diga maestro. Nadie es maestro. Cada cual lleva en sí su propio magisterio; de lo demás se encarga Dios [...]".


«En esencia, así comenzó un sistemático intercambio epistolar y de encuentros en la Atenas de Cuba, lugar al que concurrían coetáneos y escritores con similares pareceres: Doreste con ese mar de composición de versos; José Ángel Buesa, impoluto romántico; Raúl Ferrer latiendo en poesía; Onelio Jorge Cardoso con mil anécdotas rurales; Néstor Ulloa Rodríguez, pletórico de humildad guajira; Carilda Oliver Labra radiante en belleza y sinceridad, y tal vez otros que ahora no apreso en el recuerdo.


«Esas palabras miden la valía del hombre, y también la fraternidad; de ahí que jamás estuviera  ausente de Agustín Acosta en los momentos más difíciles de su existencia.»

El hombre, me mira de reojo, se alisa el escaso y ensortijado  cabello cano de su cabeza, y  prende otro cigarro tras un sorbo de café, cuando casi a boca de jarro, lo conmino a hablar, para deshacer los agravios: ¿Cuáles y por qué encierra como momentos difíciles en la vida del autor de Ala[3] y otros textos?

 

-    Primero ofrecería, responde, un versículo contenido en Proverbios 4.26: "Que tus ojos miren lo recto y que tus párpados se abran a lo que tienes delante." Eso encierra una prédica: la dimensión exacta de los amigos reside en el afecto, y en esa estatura ilímite de correspondencias que jamás quedan truncas, sin tropiezos, como afianzadas por la familiaridad.

 

«En los instantes más lóbregos, al finalizar 1969, Agustín Acosta escribe y agradece como los niños; tal vez fuera porque llevaba adentro el mundo infantil y lo cobijara sin parangón en sus esencias. Por esa época, yo aquí en Santa Clara, prácticamente no actuaba en escenarios públicos, y una que otra vez llegué  a Matanzas a visitarlo.

 

«Todo el país estaba volcado en los preparativos de la zafra de los 10 Millones y hasta el transporte urbano se puso difícil para hacer viajes fuera de la localidad. Arreglé un período de vacaciones en Artes Gráficas, de Las Villas, donde laboraba, y allá a la Atenas de Cuba fui con el propósito de encontrarme con los amigos.


«Con la despedida, luego llovían las cartas y  otros reclamos de Agustín, quien comenta los versos y las estructuras poéticas, propias del clasicismo, contenidas en una Canción repetida, texto que en 1968 editan al amigo Arturo Doreste, uno de los líricos cubanos más olvidados de todos los tiempos.


«El miércoles 17 de septiembre de 1969 remite un ejemplar del  cuaderno de Las Islas Desoladas,[4] a la par que gratifica los envíos de "una cinta de máquina que le agradezco mucho [...] al mismo tiempo me entera usted de la enfermedad que aqueja a nuestro querido amigo, el gran poeta Arturo Doreste. Me consterna la noticia, porque quiero a Arturo como a un hermano, y hago voto por la recuperación de su salud. [...] Su silencio me extrañaba, porque acostumbrábamos escribirnos con mucha frecuencia."»


-   ¿Pero, usted responde por las cartas cursadas?, insisto, y el comentario se vuelve raudo tras tomar un nuevo sobre amarillento alojado en la mesa de la sala de la casa, sitio escogido para mostrar los recuerdos de viajes y diversas papelerías. Tal parece que siente mayor predilección en contar historias a partir de las documentaciones que atesora. Entonces, observo al hombre y lo dejo con la lectura y las palabras que lo enaltecen.

 

-   Sí, que mejor manera de exponer la historia de Agustín, viejo ya y también encanecido. Creo que por medio de sus respuestas uno aquilata al hombre en su adultez. De sus libros cualquiera conoce, y también de sus críticas y hasta de chismografías, pero no de las interioridades de composición de textos, y tampoco de sus carencias materiales o espirituales.



«El viernes 5 de diciembre de 1969 dice: "Recibí su carta y su precioso obsequio. Por ambas cosas le doy las gracias. En estos tiempos de caña y caña, el suyo es un regalo de tenerse en cuenta [...] Perdóneme que sea breve, pero la vista no me permite seguir escribiendo". A mediados del siguiente mes, el lunes 19 de enero de 1970, gentil agradece: "Muchas gracias por el precioso calendario. Estábamos siguiendo el curso de los días por las fechas de los periódicos, y muchas veces nos equivocábamos. En usted, al parecer, hay algún don adivinatorio. No le escribo más porque aún tengo los ojos enfermos y los nuevos cristales no me han llegado".


«Cierta indigencia material, en lo elemental, fueron minando la espiritualidad de Agustín, pero, aún las nulidades, el manantial poético se percibía inalterable, y el oficio del escribiente no se detenía. Realmente no me explico el porqué todo se menguó de una manera tan vertiginosa. Ya era un anciano, lúcido, muy lúcido, dispuesto a no quebrantarse.


 «Casi al finalizar noviembre de 1970, el miércoles 25,  dice orgulloso: "[...] El día  12, cumplí 84 años, pero un lumbago leve y tortuoso me constriñó la cintura. Por lo demás, bien, con los naturales altibajos de estar... Muchas gracias por su envío, que casi fue providencial. Esta ciudad -ex Atenas-, es una calamidad en ciertas reservas..."


«El lunes 21 de diciembre de 1970 recibo una escueta carta, si porque en sus últimos tiempos en Cuba escribía poco, como para saber solamente un poco de los amigos y tenerlos pendientes de la evolución de su salud, y además, del afecto y la camaradería fraterna. Expone: "Solo unas líneas para saludarlo en estas Pascuas y agradecerle su carta y obsequio". Luego hubo unos meses en que, conmigo,  apenas cursó otra correspondencia. Era como un silencio de rajatabla. Siempre insistí en relacionarle con unas letras, y lo hice, pero jamás obtenía respuestas. Algo similar ocurrió a Sergio Pérez Pérez, que desde Caracas, sentía preocupación por los destinos y la salud quebrantada de Agustín.


«Sin embargo, el viernes 8 de octubre de 1971 viene una contestación de agradecimiento que descongela el silencio, como si los párpados se abrieran a lo que tienes delante, como sustenta Pr 4.26.


« Ahí comenta el poeta: "Muchas gracias por su facturita siempre bienvenida. En realidad ya iba boqueando mi stock. En esta Atenas de Cuba no hay efectos de escritorio. Algunos amigos generosos como usted hay pocos, y ellos siempre envían algo. Mi gratitud les sigue siempre a esos amigos, ¿cómo subsistir sin emborronar de vez en cuando un papel? Doreste está bien. Acaba de pasarme a máquina (ya no puedo hacerlo por la vista defectuosa), mi libro de versos.[5] Lo he invitado a pasarse conmigo un fin de semana, pero el transporte no lo ha permitido hasta ahora. Le reitero mi gratitud, aunque mi salud no es del todo ejemplar (cumpliré d.m. 85 años, el día 12 de Noviembre), voy tirando el timoncito y cuidando de no caerme cuando lo coja de fly. Debe saber usted que yo fui left field en mis lejanas mocedades. Como anda usted apurado en su trabajo, suspendo el match."


«En la carta hay una fineza de fidelidad, hasta un dejo humorístico al hurgar en la memoria, el reencuentro de lo que pasó y el cambio del tiempo. Tal manifiesto lo retoma Sergio Pérez Pérez, desde Caracas, cuando el sábado 20 de noviembre de 1971,  testimonia: "Agustín Acosta me hizo unas letras, y cuenta que está bien, y produce pocos versos, casi ninguno". Aquello provocó cierta alegría ante la diferencia de puntos de vista, y una duda quedó como preocupación latiente.


«Días más tarde llega desde Matanzas unas letras, tal vez las últimas que atesore mi papelería, y entonces saqué alegrías. A pesar de la edad, el poeta estaba lúcido, con una caligrafía que apenas mostraba el más ligero temblor de la mano.


«Ahí expresa el sábado 8 de enero de 1972:"Muchas gracias por su obsequio de 366 días del año 1972. Sobre mi mesa está, para recordarme siempre lo presente: la fecha en que vivo. La nota que acompañaba al almanaque era para Doreste, al cual se la envié. Él, seguramente, me mandará la que usted escribió para mí". Esto último hizo pensar que estaba yo desvariado, como perdido en el tiempo, trastocando papeles de unos y de otros. Sin embargo, Agustín confirmó la certeza de la equivocación; y al instante para él y Arturo, de manera reiterativa, fue una disculpa simultánea que, entre risas y choteos, ambos agradecieron por la más incomprensible de todos los resbalones  cometidos en mucho tiempo.[6]

«Esa, creo sin caer en yerros, constituyó la última correspondencia que recibí de Agustín desde su entrañable Matanzas. Antes, en mayo de ese año, en su vivienda, ambos estrechamos las manos en un encuentro entre poesía y declamación. También hubo recordaciones de amigos, y comentó sus historias infantiles frente a la estación ferroviaria de Sabanilla del Encomendador; de la juventud de telegrafista; y del patio con frutales en Jagüey Grande, así como de las travesuras en los estudios primarios y también en los universitarios.


«El lunes 31 de enero de 1972, desde Caracas, otra vez Sergio toma las riendas de la pluma, y cuenta en una menuda tarjeta postal: "[...] A. Acosta me hizo una letras, señal que está bien de salud."»  


Severo Bernal respira profundo, por los recuerdos que hago sacar de su memoria, y tal vez lo perciba quejoso en la inhalación por los estragos acumulados por los cigarros; sin embargo está animoso y sentado en el cómodo sillón ubicado en la sala de la casa. De la mesa de centro que languidece en un colorido negro, el declamador toma otro sobre de papel amarillento. Antes de abrirlo y revelar el contenido, casi inquisitivo pregunto: ¿De qué hablaron en aquella última ocasión frente a frente?

 

-    Ya le dije, de los amigos: Sergio Pérez Pérez, en Caracas; Arturo Doreste, en Santiago de las Vegas; Raúl Ferrer y José Felipe Carneado, por La Habana; Gilberto Hernández Santana, resabioso en sus traducciones, y también de poesía y declamación. Allí tuve que recitar fragmentos de "Nocturno y Elegía", de Ballagas, también «Nocturno Campesino", de Enrique Martínez Pérez, y lo sorprendí con una lectura de "Regreso"; "El Estado del Alma" y "Ovejas Bajo la Luna", pertenecientes a Las Islas Desoladas, el libro que me envió y dedicó años atrás con idéntico celo en que todos  los padres se  enaltecen con las travesuras de  los hijos.


«No sé por qué razón, lo encontré tristón, como apesadumbrado. No obstante, irradiaba animosidad,  y en un minúsculo papel  escribió una frase firmada por Saint Angel, quien ratifica: "El hombre, es una botella de agua de río, flotando en un gran río", acontecimiento  que atrajo mi atención por la rareza del tópico. Entonces sonreí con un latigazo de preocupaciones, hasta que, al regreso a Santa Clara, hallé una carta de Sergio Pérez Pérez, y entre otros asuntos, comenté mi encuentro con Agustín.


«Pasaron otros meses de franco  silencio, y solo sabía de Agustín por medio de algunos amigos; cuando Arturo Doreste, desde Santiago de las Vegas, remite el original de una misiva que le impuso Sergio en Caracas. Tamaña sorpresa me asaltó en la lectura de su contenido.»

El hombre sonríe, entre burlón y pletórico de socarronería, y al instante, impaciente, pregunto, ¿Por qué?

 

-    El  jueves 14 de diciembre de 1972 está fechada la carta  destinada a Doreste. El  viernes 26  de enero recibo respuesta de Arturo, y la copia de la correspondencia tramitada desde Caracas indica: "[...] Un montón de cartas espera mi contestación. Tomo la primera, respondo y ahí quedan las demás, aumentadas por las que los corazones amigos me hacen.


-    Severo me obliga -grata obligación- con su incansable remesa de libros Apenas acabo de recibir Las Leyendas Cubanas, de A. de la Iglesia y aún no he terminado Las Aventuras, venturas y desventuras de un mambí, de Roa, cuando ya me anuncia dos tomos de la Guerra del 68. Y como leer -actitud pasiva- es más fácil que escribir, -actividad que requiere un esfuerzo, por mínimo que sea-, mi indolencia taína se decide por dedicarle todo momento libre al incomparable goce de la lectura. En carta que recibí ayer del joven Bernal viene un delicioso párrafo dedicado a su desvelo. ¡Qué te cuento! Y al terminar, hablándome de ti, menciona de paso la mejoría que había tenido Agustín Acosta. Le trasladaba yo esa noticia anoche al Dr. G. Alonso Pujol en su despacho -él es viejo amigo de Agustín-, mientras veíamos un noticiero de televisión, cuando apareció en la pantalla la imagen del poeta descendiendo de un avión en Miami para caer en brazos de su hija adoptiva, según el comentarista. A Don Guillermo, a Hortensia -su esposa- y a mí nos impresionó la coincidencia."



«Hasta ahí la carta de Sergio, y de veras sentí desolación. Nunca más tuve otro contacto directo, por medio de cartas u otros recados de amigos, con Agustín. Aquello fue terrible, y pensar que los fraternos poetas, viejos como el matancero, tomaban el destino de la separación geográfica, sostuvo siempre una zozobra en la concordia que profesábamos muchos coetáneos de nuestra generación. Luego vendría otra carta de Sergio desde Caracas: jueves 14 de enero de 1974, y en uno de sus párrafos expone "Recibirás un ensayo de don Guillermo Alonso Pujol sobre Agustín Acosta. Bellas páginas. Le rogué un ejemplar para ti y otro para Doreste".[7]


«El sábado 13 de diciembre de 1975, otra vez Sergio Pérez Pérez responde, y en párrafo aparte comenta que visitó en Miami a Agustín Acosta, quien me envía, en sobre adjunto, tres poemas, de los últimos escritos, para que los conserve: "La orilla opuesta"; "En tus calladas horas..." y "«El último camino", los cuales muestran señales del toque modernista y nostálgico que lo caracterizó por décadas; y los que, tal vez se ubiquen entre los mejores escritos en las horas finales que vivió el bardo matancero.[8]


«También el jueves 28 de octubre de 1976 se suscribe desde Caracas: "[...] Ya ves, yo ignoraba que Marcelo Salas había muerto. En Miami reprodujo versos de Arturo. Raro que Agustín A. no me lo dijera, o Pastor del Río..."


-    ¿Usted conocía con anterioridad de la partida de Agustín hacia los Estados Unidos?


- ¡No, como voy a saber eso! Con el tiempo, cuando, al instante de llegar a allá, me enteré que, por lo avanzado de la edad, la soledad y el desarraigo, supuse y comprendí que, de un modo u otro, sería inminente su fallecimiento.

«Aquel encuentro de casi un día completo, el tercer domingo de mayo de 1971, cuando lo visité en su casa de la calle Descanso, en la Atenas de Cuba, y lo aprecié con la sonrisa cariñosa de siempre y unos espejuelos de pasta oscura, me llevaron a especular que, ahí se establecía el punto exacto en que un hombre se dispone a recorrer el desierto  y lleva consigo el avituallamiento con el agua necesaria que ofreció el  amigo. Era la despedida, y constituyó el aciago instante de la sed, como el que espera por un infortunio en el que se guarece  un  desamparo: la amistad».


Ahí, un desgarro azotó a mi interlocutor, el declamador villaclareño Severo Bernal Ruiz, quien, acostumbrado a sesiones de trabajo que se distendían a más de dos horas de conversación sin que mediaran preguntas y respuestas dirigidas; enmudeció de inmediato por unos minutos; tragó en seco y respiró profundo, como desando que a sus pulmones no faltara esa gota de oxígeno vital para sostener todos los recuerdos.

 

Con voz ligeramente entrecortada, casi en sollozo, atinó a exclamar con toda sinceridad: «¡Agustín, tremendo amigo poeta!», frase que lo perpetuó en palabras y el muestreo de originales cartas y versos que intercambió por años con otros inconfundibles escritores. Esa tarde de agosto de 1989, una década después del fallecimiento del literato matancero, decidimos de mutuo acuerdo suspender todo tipo de testimonio y comentar antes de mi partida un tópico baladí que refería la proximidad de otro encuentro de diálogos y conversaciones.  








[1] Agustín Acosta (1926): La zafra -Poema de Combate-, con ornamentación de José M. Acosta, Editorial Minerva, La Habana. En la primera hoja escribió: «Indiscutible amigo y maestro del verso afrocubano y antillano», de A. Acosta, Matanzas, jueves 3 de febrero de 1955.

[2] Recital-Homenaje a Emilio Ballagas Cubeñas, realizado en  Matanzas, jueves 3 de marzo de 1955, en ocasión del Día del Poeta, fecha que acogió la Atenas de Cuba en reconocimiento al natalicio de Bonifacio Byrne. 

[3] Agustín Acosta (1915): Ala,  Poesías, Imprenta Jesús Montero,  La Habana.

[4] Agustín Acosta (1943): Las Islas desoladas, Imprenta F. Verdugo, Lamparilla 112 entre Cuba y San Ignacio, La Habana.

[5] Referencia al libro Lejanía, luego publicado en Miami en 2002.

[6] El miércoles 5 de enero de 1972, en un papel timbrado de la Empresa Consolidada de Artes Gráficas -unidad administrativa 274-14-00, de Santa Clara-, el declamador villaclareño remitió un Memorandum para Arturo Doreste, en Santiago de las Vegas: «Arturo de mis afectos caros: Reciprocando su afectuoso saludo de año nuevo, déjeme acercarle este modesto Almanaquito para que vea decursar los emulativos días del 72. Ojalá que sean de paz y tranquilidad para usted y los suyos.

Dígale a Nena que gracias por su telegrama de saludo. Le revierto los buenos deseos para ella, usted e Isaura. No me tire a mierda el Memorandito. Cosas de la premura en que ando gritando S.O.S....S.O.S.... Un abrazo fuerte. Severo».

A continuación, en esa hoja, y con letra cursiva Agustín Acosta escribió: «Querido Arturo; En mi sobre con un almanaque, nuestro amigo Severo Bernal incluyó, equivocadamente, este papel que te envío con un abrazado, Agustín».

[7] Un ejemplar de ese libro estuvo en la biblioteca personal del declamador villaclareño. Su paradero es desconocido.

[8] El autor cuenta con fotocopias de esos versos.

FEIJÓO EN ANDAMIOS DE PAPEL

FEIJÓO EN ANDAMIOS DE PAPEL

Por Luis Machado Ordetx

 

           «[...] Ya usted sabe que servir es mi mejor manera de hablar...» 1

                  Martí

Feijóo, y sus colaboradores, se las ingeniaron, medio siglo atrás, para iniciar una aventura sui géneris en predios universitarios, la cual, al paso del tiempo, desbocó en monumentalidad y trascendencia desde el Departamento de Publicaciones del recinto universitario: la selección, preparación y tirada selecta de libros imprescindibles dentro de los estudios de la Cultura Cubana.


Muchos, ahora constituyen insustituibles rarezas, y otros jamás se reimprimieron y son ejemplares únicos, inviolables, por todas las aportaciones a la historiografía nacional, acontecimiento que hizo valer en medio de la penuria editorial el sustento que Fidel Castro dejó clarificado cuando precisó «(...) Libros gratis a los estudiantes, al precio de costo a los demás, y cara la cerveza. De este modo la cerveza subsidia a los libros...»,2 suceso que en el panorama de la Educación y la Cultura del pueblo tiende a su inviolabilidad. 


Primero, el poeta y folklorista de San Juan de los Yeras, desde un aula universitaria, laboraba junto a colaboradores; elucubraba y dialogaba; comprometía a amigos intelctuales, y también se iba a la «caza de los güijes, las madre de agua y del refranero popular», para luego llevar los futuros libros de su hacer editorial hasta los maestros impresores de ücar, García, S.A., en Teniente Rey número 15 en La Habana, sitio donde antes hacían las tiradas limitadas de la descomunal Orígenes, y con el olor a tinta fresca recibía el alegrón de los primeros ejemplares, casi vírgenes en erratas. 


Allí, la vieja imprenta trocó su nombre en Empresa Consolidada de Artes Gráficas, Fábrica 210-02 «Sergio González», y aparecieron otras impresiones con el sello del departamento de Relaciones Culturales, hasta que hacia 1968 perfiló las últimas en el Taller 210-03 «Héctor Félix Rodríguez», ubicada en la calle Fomento 114, en Luyanó, perteneciente a igual entidad productora de libros y útiles de oficina.


Muchos de los misterios de edición, emplane, y también dedicación y distribución de textos, Feijóo se los llevó a su muerte; otros subyacen en el recuerdo de auxiliares, colaboradores y amigos que los reparten a la publicidad, cada cual a su manera y ajuste de la verdad histórica individual, pero ahí están los libros.


No podremos jamás ignorar la descomunal literatura que alberga El pan de los muertos (Labrador Ruiz), La idea de la Estilística (Fernádez retamar), Biografía del Tabaco Habano (García Galló), La educación en los Estados Unidos (Silvio de la Torre), Cetrería del Títere (García Vega), Valoraciones (Medardo Vitier), Historia del teatro en La Habana (Edwin Teube Tolón y Jorge A. González), El movimiento obrero durante la primera intervención (Rivero Muñiz), El pueblo donde no pasa nada (Suárez Solís) Donde canta el tocororo (Leoncio Yánez), Ayer de Santa Clara (Florentino Martínez) y... 


La lista jamás se detendría; solo que los títulos escogidos no abrazan el cariño y la aprehensión por la excelentísima literatura historiográfica o de ficción; sino que jamás vieron una segunda o tercera impresión en nuestro contexto editorial. Las razones las ignoro.


¡Qué apuntar de un libro que transita por similares quebrantos editoriales!: Tratados en La Habana, de José Lezama Lima, texto que en 411 páginas recoge las fundamentaciones teóricas del autor de Paradiso, y además, suma el hacer periodístico esparcido en la sección «Sucesivas o Las coordenadas habaneras», consideradas por el filólogo e investigador Gonzalo Méndez, un patrimonio de las conceptualizaciones lingüísticas y cubanas que «sembró» ese intelectual en toda su literatura y también dejó en el conocimiento y el sentido escudriñador de las jóvenes generaciones.


Por estos días, tanto Islas como la producción editorial de Feijóo Rodríguez en la Universidad Central de Las Villas, acarician el medio siglo de existencia, y como andamios de papel, referentes del universo cultural de los cubanos, están ahí, al alcance de la mano en espera de ojos avizores que re(descubran) e interioricen los mensajes esparcidos dentro de la insularidad.    

1- José Martí (1963): «Carta a Manuel de Quesada y Aróstegui, Montecristi, 1 de abril de 1895», en Obras Completas. Tomo 1, p. 27. Imprenta Nacional de Cuba, La Habana.

2- Fidel Castro (1966): «Discurso por el primero de Mayo», en revista Islas, 8)4):13-38. Santa Clara, Departamento de Publicaciones de la Universidad Central de Las Villas.

 

ISLAS EN TIERRA FIRME

ISLAS EN TIERRA FIRME

Por Luis Machado Ordetx

 

Feijóo transfirió a la cubanidad un Templo, mejor una Catedral o un Dragón, al estilo de las concepciones de Jorge Luis Borges y José Lezama Lima, empeñados ambos  en la dimensión inagotable de una Biblioteca provista de fuentes de consultas y de amplia cualidad del conocimiento: la revista Islas que, desde tierra firme, surca mares e impregna a la universalidad con lo nuestro.

 

Esa publicación, catalogada por Cintio Vitier como la «(...) mejor revista cultural de su tiempo», arriba por estos días al medio siglo de existencia tras crearse en la Universidad Central de Las Villas antes de concluir el primer semestre de 1958, fecha en que apareció el número inicial correspondiente a septiembre-diciembre de ese año.

 

Desde entonces, los estudios humanísticos constituyen una constante hasta el presente, según recogen los 155 números preparados durante las últimas cinco décadas; ocasión en que el arte, la literatura, la filosofía, la lingüística, la historia y la sociología -considerados tópicos recurrentes-, afianzan el conocimiento especializado de los lectores-estudiosos de un panorama cultural sin precedentes, tal como se gesta en el país.

 

En Islas, jamás concebida por el prolífero Feijóo como una revista exclusivamente universitaria, se probaron las armas literarias para el rescate de la cosmogonía popular (mitos, leyendas, folklore guajiro, dicharachos, canturías, picardías y dibujos), extraídos del anonimato y la oralidad rural o urbana; a la par, comulgaron concepciones teóricas referidas a las Ciencias Filológicas, Sociales e Históricas, capaces de dejar una estela de continuidad en la actual revista y su prolongación Signos, creada luego de 1968, período en que el poeta, narrador y ensayista de San Juan de los Yeras, abandonó el recinto docente para desenvolverse en otros menesteres literarios.

 

Ahora está por salir el número 155 dedicado a la media centuria de Islas y al hacer editorial de Feijóo  -no olvidemos aquella decena de libros que publicó desde el Departamento de Relaciones Culturales de la Universidad, entre los que descuellan las primeras impresiones de Contrapunteo Cubano del Tabaco y el Azúcar, de Fernando Ortiz, así como Lo Cubano en la Poesía, de Cintio Vitier, y Tratados en La Habana, de Lezama Lima, por citar algunos ejemplos-, para reverdecer una impronta histórica sin precedentes.

 

Hace 42 años, en el número 4, volumen VIII, Feijóo, responsable de la edición de Islas, recogió el discurso de Sidroc Ramos Palacios, poeta y rector de la Universidad en instantes en que se formó el Círculo Literario Estudiantil «Rubén Martínez Villena» del centro docente, y sus palabras parecen de un acertijo de continuidad y presencia de la obra magna de la Revolución: «(...) la literatura no puede transformar la economía, pero la literatura y el arte en general, sí puede ayudar a transformar al hombre, a mejorar al hombre. Pueden contribuir a darle perspectivas más amplias, a hacerlo más hombre, más sensible y avizor, un ser humano mejor...», y aquí estriba un axioma esencial de la revista en el patrimonio de su tránsito por nuestra Cultura.

 

Hoy, como también ayer en que los estudiantes universitarios iban al fondo de la Biblioteca -almacén de la revista-, dispuestos a solicitar un ejemplar a Roberto Mazón, a Blasito Pérez Pérez, y a otros que como ellos custodiaban las ediciones, Islas jamás dejó de ser una rareza; de ahí que todavía comulgue en la urgencia y hambre del conocimiento humanístico universal que insuflan sus insustituibles páginas literarias.

 

TEATRO ESCAMBRAY: LOMAS Vs. CIUDAD

TEATRO ESCAMBRAY: LOMAS Vs. CIUDAD

Por Luis Machado Ordetx

Teatro Escambray, desde la primera hornada, ancló raíces entre la serranía y los pobladores villaclareños, allá en los días fundadores de noviembre de 1968 cuando un grupo de actores habaneros, encabezados por Gilda Hernández y su hijo Sergio Corrieri, se despojaron de los aíres de ciudad y penetraron en un lomerío que no percibió el susto de la arribada de hombres y mujeres empeñados en convivir con el bullicio transformador del entorno social y económico de entonces.


De allá para acá, contra viento y marea, algunos padres fundaciones partieron hacia otras misiones, y aparecieron jóvenes y menos jóvenes encaprichados en seguir las idénticas sendas relacionadas con la interacción del arte y la comunidad campesina, el centro obrero y los ambientes pueblerinos; renovaron la estética teatral, y también  insuflaron universalidad en los códigos artísticos, hasta repoblar los tópicos llevados a escena en un discurso alejado del teque, la sensiblería y el dejo poco aportador de conocimiento.


Ahí subyace la mirada crítica de la realidad nacional en espectáculos concebidos dentro de una arquitectura dramática abierta, en interacción con el público, en la exigencia de la participación comunitaria, y en la sugerencia de la creación colectiva, tal como ocurrió en aquellos montajes de «La Vitrina», y «El Paraíso recobrado» (1971 y 1972, ambas de Albio Paz), «El Juicio» (Gilda Hernández, 1973), así como «Ramona» y «La Emboscada» (Roberto Orihuela, ambas de 1977-1978), hasta tocar aquellos escenarios relacionados con el universo juvenil, las contradicciones sociales, éticas y de enfrentamiento generacional: «Molinos de viento» y «Calle Cuba 80 bajo la lluvia» (Rafael González, de 1984-1988), lo cual y generó una adecuación de los códigos artísticos hasta entonces.


Tal vez, fue esa una etapa de enriquecimiento, de confrontación; de surtidor del encuentro con otros públicos, de escenarios cerrados, alejado de aquel concepto del teatro-foro del mundo greco-latino, hecho que,  según afirmación del  dramaturgo Rafael González, refrendara transformaciones teatrales que expresaran la búsqueda de lo conflictual del ser nacional en estos tiempos, así aparecieron los montajes de las piezas «Fabriles», de Reinaldo Montero (1991), «La paloma negra» 1993), y «Curso general teórico-práctico de animación turística por el metodólogo Liborio Hurtado», del propio González (2000), así como « Como caña al viento», de Eliseo Diego  (2002) o «Voz en Martí», de Jorge Mañach (2003), ambas con dramaturgia de Carlos Pérez Peña. 

Indetenible, en escenarios cubanos o extranjeros, Teatro Escambray, cada año sorprende al público, en esa rara capacidad de forja de actores y actrices jóvenes, junto a los viejos pilares que, desde La Macagua -en el suroeste villaclareño, casi en la frontera con Cienfuegos-, piensan y repiensan, adecuan y vigilan el porqué de la renovación de repertorios lúcidos en contextos de salas abiertas o cerradas en las cuales se desenvuelven unipersonales o expresiones grupales distinguidas por códigos estéticos desprovistos de ese clásico enfrentamiento entre lo que trasciende en la ciudad o en el campo.


Puede que ahí estribe el privilegio de un colectivo que, en renovación constante, anda empinado en el hacer propio lo que la Nación reclama, injertando, como proclamó Martí, aquellos valores novedosos de otros ambientes teatrales, pero el tronco, siempre erguido en la fronda de los árboles que crecieron con el venida de la primera hornada artística que asomó el rostro al Escambray para imponer sin atisbos de provincianismos  un reclamo de universalidad fundida a lo contemporáneo del gesto y la expresión oral.


 

!GEOVANNI!

!GEOVANNI!

Por Luis Machado Ordetx

Geovanni está como los relámpagos en tiempos de turbonadas. Tiene 80 años y cuando acude a las viejas máquinas del tipo Underwood, Remington y Hammond, y hasta la Robotron, jamás se resiste a prodigarle las acostumbradas caricias que sobre el añejo teclado imprimió por años en la página cultural de Vanguardia.


Todavía se cree un hombre de periodismo, al que se respeta y quiere, y como el refranero popular se sumerge en la jocosidad, «De casta viene el galgo» a Guido Emilio de Armas Bermúdez, quien desde joven se prendido de los pasos del padre Rafael, y del hermano primogénito, apodado Tite, para apegarse a los vericuetos y el olfateo de la búsqueda de la información, el excelente comentario y la reconstrucción de la realidad en tiempos del periodismo republicano.

Un día, Guido atrapó su sitio, primero en la Universidad Central de Las Villas, luego Vanguardia, y por último en la Agencia de Información Nacional, y según dice Nelson García Santos, «colocó  el nombre de la noticia» en cuanta indagación se inmiscuía, sobre todo en el conocimiento de la bohemia, la vida farandulera, los espectáculos nocturnos y el acontecer de los festivales de Varadero, principalmente el correspondiente a 1970, lugar donde acudió en calidad de enviado especial.


Pilongo por derecho propio tras el nacimiento el primero de noviembre de 1928 en Santa Clara, Geovanni autenticó la sección  «Lo Último», antecesora del «Collage», y no quedó hecho artístico-literario que ocurriera en la antigua región villareña y la actual provincia, en los que  su mirada ingeniosa  estuviera ausente por un instante. Todavía mira en redondo, como los excelentes periodistas amparados  en el sentido del acucioso husmeador de historias de vida de personalidades musicales o de reseñador de sucesos culturales.


De Armitas, como todavía los contertulios lo nombran cuando transita a diario por las calles de la ciudad, en paso raudo y hablar vertiginoso, desde la Casa de la Prensa hasta el recinto hogareño, a un costado de la Iglesia de la Divina Pastora, se  extrae enseñanzas de la vida cultural de la localidad, y vienen a la mente anécdotas, comentarios y referencias a  lecturas habituales de pasajes de la literatura y la historia clásica.


El hombre es como un manantial inagotable en enseñanza; por eso, justo hoy en las ocho décadas, como una campanada de existencia, gritémosle ¡Geovanni!, y aseguro que distinguirá las voces, en perfecto eco, dentro del rango y la sinonimia de la franca camaradería.    



 

MEMORIA DEL SOÑADOR

MEMORIA DEL SOÑADOR

«[...] De ese verso, simiente, sale todo el poema, y lo más frecuente [...] es que ese verso inicial me dice el argumento...»


                                     Gastón Baquero

(Prólogo al libro, Como un manzo animal, Ed. Capiro, 2008, escrutador desde la óptica del poeta, de la vida del Che Guevara).

Por Luis Machado Ordetx


El Che, y su historia, siempre aguijonean en muchos tipos de composiciones artísticas, y en el campo de la poesía es muy frecuente la presencia en las más disímiles anécdotas que forjó el guerrillero durante el transcurso de su vida.


Ahora, el escritor pinareño-villaclareño Luis Alberto Pérez de Castro (San Luis, Pinar del Río, Cuba, 1966), acude, como una obsesión, a la trascendencia de aquellas acciones guerrilleras acontecidas hace casi cinco décadas en zonas de las sierras y los llanos cubanos, y su prolongación a otros confines africanos o latinoamericanos, para ofrecer por medio de versos la estatura de su legendario personaje; desacralizado ahora dentro de un magnetismo que brota de la estirpe del médico, el combatiente, el ministro, el articulista, el poeta, el padre y el esposo.


 Nada resulta extraño y tampoco baladí en la composición de las metáforas insertadas en un contexto fabuloso, pues el escritor es de los que no concibe su verso como el que sube ladrillo a ladrillo una pared y goza con verla concluida; y ante tal causal, da testimonio de una época, signo de reconstrucción de un tiempo,  y de memorias y relecturas que asaltan inesperadamente las ideas y los acontecimientos en la mirada escrutadora que se dirige hacia una de las figuras históricas más polémicas de la Revolución Cubana.


El hombre que asalta el poeta a través de la composición de las palabras, su principal herramental discursivo, está lleno de contrastes, próximo a las herejías de su tiempo; probo en la dureza y en la dulzura, la firmeza y la ternura, y también en las defensas íntegras en decisiones de conceptos ante la mimesis y la mente fría del calco foráneo. De ahí que su acercamiento lo prolongara al héroe dentro del goce por los vericuetos martianos, como quien asiste al convite de una osadía que rompe los cánones de cualquier placidez, incluido el acecho de la muerte, para coronar un propósito libertario.


Pérez de Castro en «el Manso Animal», desacraliza al héroe; lo otea con sangre en las venas, con huesos y carne, y contempla al Che como polémica personalidad en todas sus facetas; alejado de la concepción mítica del Dios, de la máscara del comercialismo, del hombre y el paradigma estoico, en aras de apegarlo a la tradición del amigo insobornable; despojado del uniforme verde-olivo y de cualquier atributo militar o político.


Desde   Santa Clara, ciudad en la cual reside el poeta, y donde el Che es una leyenda sin precedentes para la historia universal, y desde el sitio en que más late en los confines terrestres de nuestra Isla, surgió la primicia de este libro, capaz de desmontar a través de los versos, hilvanados con sentido de orfebre, al hombre desprovisto de tapujos, lealísimo al socialismo como proyecto de renovación y cambios de ideas; de humanismo práctico y de roturación de idas y venidas de ciertas verdades sin medias tintas.


Los 32 poemas que forman el texto poético, así lo confirman, al hurgar en las cualidades humanas, filiales y de constructor social que atesora el Che; aspectos tomados por el escritor a partir de aquellas lecturas y testimonios que más impresionaron al escribiente desde los tiempos de la niñez y la juventud, hasta abarcar al hombre, al padre, al ser humano constructor social, y al individuo de carne y hueso alejado de mitificaciones.

 

 Recuerdo cuando en una ocasión Pérez de Castro habló sobre un testimonio del pequeño Camilo Guevara March, y relató la emoción que percibió el muchacho cuando se perpetuaba el legado del progenitor.

 

Decía que eran las horas que el padre permanecía contemplando el sueño de todos los hermanos ¿Quién sabe cuántas cosas pasaban por la cabeza del Che en esos instantes, inmortalizando a otros niños del mundo despojados de la tierna mirada de un padre deseoso de las caricias infantiles? 


Tal vez ese deseo trunco de la permanencia de un padre junto a la estancia del hijo, la ausencia que sufrió el poeta en los años infantiles, sean atributos que más hondo calaran en el sentimiento y la comprensión de una escritura fuerte, directa, sin cargas altisonantes, de eliminación de las fronteras hirvientes entre el verso y la prosa.


Al Che lo percibe como un creyente ferviente de todas las posibles utopías, y retoma todas sus facetas históricas; por supuesto, siempre lo lleva a presenciar ese sitial vertical de la historia de generaciones de pueblos de todo el mundo; por lo que flota el soñador prevenido a vencer los quebrantos, los obstáculos, la mirada pérfida, y ser por encima de todas las cosas, un ser responsable, amigo y solidario a la vez, sin que la exigencia personal y colectiva faltara en el momento de la crítica o la autocrítica. Ese es el Che que recrea Pérez de Castro.

 

El poeta se aferra al contexto del hombre como portador de historias, al sentido de la testimonialidad del verso atado a todo carácter informador-relatador de la dimensión humana; de confiabilidad del discurso y de búsqueda de una actualidad en la cual se insiste en el significado dramático-conceptual de todo lo que se narra por medio de metáforas.


Este es un libro sufrido, no por su hechura terminológica, sino por el desgarramiento del estado dormido y repensado en que por largo tiempo permaneció a la sombra de la meditación, y donde el testimonio, como confesión, refulge como un recurso en que se detiene el poeta para descarnar a su héroe; y el silencio, en ocasiones, se torna liberación interior, conocimiento de los sucesos y experiencias en que se detuvo el otro; es por tanto un  sentido de auscultación y reconstrucción de la realidad, de la historia y de la apropiación de una información interpretativa que fundamenta todo relato cronológico y psicológico de los acontecimientos suscritos a la palabra.


A veces, los versos están provistos de extrañeza, de contradicción contemplativa, del ser de la palabra, de originalidad singular, para testar a favor de lo histórico en un intento por descarnar al hombre; de ahí que establezca un forcejeo a favor de la libertad del ritmo, de ausencia de signos de puntuación, como si «[...] el mundo se presentara [...] como un libro escrito por el dedo de Dios», al decir de Umberto Eco, para validar la inteligencia sensorial y conceptual asentada en los vericuetos del lenguaje objetivo y del tránsito a la subjetividad.


El libro de Pérez de Castro Como un manso animal, reentronca en ese artificio mágico que proclamó Shelley cuando abogó por un quejoso santiamén en que «Necesitamos la facultad creativa de imaginar lo que conocemos» de todo cuanto transcurre desde el acto de la explicación hasta la descomposición de sucesos sujetos a las pugnas de los contrarios.


Aquí subyace la memoria, como reconstrucción de la historia, para precisar el tránsito de un soñador que explora la trascendencia de un hombre y lo hace partícipe, por medio de las palabras y el discurso, de una indagación sin precedentes testimoniales en el sentido ilímite de toda desacralización contenida en supuestas herejías concebidas como puntales del irrepetible humanismo guevariano, implícito, al decir de Lezama Lima, en una «Poesía diseñada en el ámbito del arma epistemológica» que subyace en el firmamento de las raíces del propio ser fundado en su realidad.

 

AFANES DEL LIENZO

AFANES DEL LIENZO

ENTREVISTA CON EL PINTOR Y PEDAGOGO MANOLO G: FERNÁNDEZ GARCÍA, AMIGO PERSONAL DE WIFREDO LAM.

 

(PERTENECIENTE AL LIBRO DE PERIODISMO «FERVIENTES CORCELES», Ed. Capiro, 2008).

 

Por Luis Machado Ordetx

 

  «Solamente Dios saca historias

                                                de otro lado que no sea la  realidad[1]

                                                                                          Juan Carlos Onetti


            

El regusto por lo flamenco, las corridas de toros, y también por las raíces andaluzas, no sé porqué rara razón, traen siempre a la imaginación el semblante y las historias, orales o escritas, que divulga en toda conversación el pintor Manolo Guillermo de la Caridad Fernández García, un hombre diáfano a la divulgación del conocimiento de las tendencias que se mueven en torno al paisajismo y el abstraccionismo y abierto en narrar fragmentos culturales de sus ciudades adoptivas: Sagua la Grande y Santa Clara, centros alejados del natal Majagua, en Ciego de Ávila.

 

Regordete, de tez blanca, sonrosada, y de baja estatura, con una cabellera que, no por los años, pulula en baño de nevisca -a pesar que remonta las ocho décadas de existencia física-, lo sitúan ahora en la prestancia apreciativa y el distingo por contar acontecimientos referidos a amigos de infancia; esos que encontró en muchas partes de Cuba y al recuerdo de los tiempos en que se aventuró en los estudios de Artes Plásticas.

 

Sin la menor duda, su diálogo tiene un disfrute, una excursión, jamás escudado en perspectivas   incisivas  que puedan esbozarse con la palabra hablada; no obstante, sí hay otras huellas de ese tipo que siempre se encuentran en los toques y acabados dados con sus pinceles: el lienzo o la cartulina en los cuales plasma todos los conceptos que toma de la realidad y de la imaginación; de la fantasía y por supuesto del sueño.

 

Puede, incluso, que en Fernández García todo esté envuelto por ese hálito mágico por referir cómo se formó en la pintura académica, el paisajismo y sus ulteriores manejos artísticos; las peripecias escolares; el recreo de los ambientes insulares; la composición de marinas, y el recubrimiento surrealista de las últimas piezas concebidas en el adoptivo recinto de Varadero, sitio donde actualmente reside.

Allí, alguna que otra vez, en medio de la fatiga respiratoria y con una lucidez asombrosa, cuenta con desenfado sobre sus maestros; las sabidurías de la vida; la amistad con Wifredo Lam; los incidentes de la pedagogía; la significación de Romañach o Clotilde Rodríguez Mesa en la hechura de los primeros grabados en madera y recreos marinos  que concluyó, y la soledad que lo acoge cuando retoca una idea que luego convierte en hecho artístico.

 

También, quién sabe si todo radique en el gusto por las cercanías del mar; el regocijo por  las montañas; el aislamiento de los contextos urbanos y el susurro permanente del viento que asalta el ramaje de los árboles, el trinar de las aves y las remembranzas por los nítidos escenarios de Jerez de la Frontera o Sanlúcar de Barrameda, convertidos por asaltos del delirio individual en encantos de la imaginación.

 

De Mateo Torriente, el maestro cienfueguero, y del universal Lam, el infatigable Manolo hablaría hasta el cansancio; como guardador de mil anécdotas; todas ciertas, sacadas de ese volcán de desencuentros entre creadores; del aire artístico, del poderío de los estilos, técnicas y tópicos trazados  sobre una cartulina, un lienzo o el más disímil de los soportes materiales.

 

Lam Castilla lo lleva en el recuerdo desde 1951, cuando lo tuvo delante en una exposición del Parque Central de La Habana, a raíz de recibir el sagüero el primer premio del Salón Nacional de Cuba Allí, Manolo, parado frente al cuadro «Trenzas al agua», escrutaba en la referencia y la historia recreada por el coetáneo, y también en el vínculo del contenido artístico con el título de la pieza que se exhibía. ¡Nada tenía que ver lo uno con lo otro!, se dijo en una apreciación inicial preñada de total ignorancia.

 

Entonces, el universal mulato-chino-cubano, autor de «La Jungla», sentado en un banco del Parque, con traje gris y camisa de cuello de playa; medias color chatré y cabello brillante y ensortijado, contemplaba a un hombre joven, en pose de curioso, que disfrutaba de su cuadro de arriba abajo, como el que quiere apresarlo todo en una sencilla mirada.

 

 De pronto entablaron un diálogo espontáneo que devino en amistad y aprecio mutuo por el gusto de la pintura, por los ambientes de Sagua la Grande y por las ventiscas frecuentes que ocurren en las cercanías de la costa.

 

Un día, sin embargo, esa narración sobre Lam, derivó en conversación pródiga relacionada al cabo de las seis décadas con un capítulo casi olvidado y también distorsionado en la historia de la cultura villareña: la Academia de Artes Plásticas «Leopoldo Romañach Guillén», institución en la que Fernández García figuró como uno de los alumnos-gestores del proyecto, primero de su tipo organizado en territorios alejados de la capital cubana.

 

En la calle Pasaje número 15, entre 42 y 43, en Varadero, en la vivienda al estilo campestre, y en la cual abundan plantas ornamentales, con flores de diferentes rostros y colores, principalmente de las bunganvillas rojas y amarillas; de clemátides y de jazmines, localicé a Manolo para propiciar un razonamiento sujeto a los tiempos iniciales de la antigua Escuela de Artes Plásticas de Las Villas.

 

- ¿Cómo surge ese proyecto alejado de los propósitos de la capitalina «San Alejandro»?

- En junio de 1946 hubo una reunión informal en la casa de los Doctores Rigoberto Gómez Cortes y Esther Batomeu. El propósito era crear un comité pro fundación, y en agosto, en los salones del Consejo Provincial de Gobierno, más  de 400 alumnos y algunos profesores interesados en el nacimiento de la institución, dejábamos "oficializada" la primera Escuela de Artes Plásticas de Las Villas, surgida a  iniciativa y empeño del profesor Rafael de Aranzoza (Márquez de Aguado). Digo "oficializada" porque la selección de los estudiantes fue rápida y el centro carecía de decretos estatales que lo ampararan. Meses después la escuela llevaría el nombre de Leopoldo Romañach Guillén, figura prominente del academicismo en Cuba y nacido en Sierra Morena, Corralillo.


«Las clases comenzaron el lunes 19 de agosto. Por escenario tuvimos los locales que ocupaba la Escuela de Artes y Oficios «San Pedro Nolasco», ubicada en Máximo Gómez esquina a Independencia, a un costado del Teatro La Caridad. El primer claustro lo integraron Tomás Pedrosa Raymundo (profesor de dibujo y, además, director); Boadbill Ross Rodríguez (secretario y maestro de dibujo de línea y perspectiva); Dolores González Carrillo (dibujo y modelado elemental); Lydia Berdayes Ayora (dibujo y modelado); Digna Bacallao (Historia del Arte); Rosa María Norte Auyomat (repujado en cueros y metales); Rafael de Aranzoza y Aguado (colorido y arte decorativo); Juan Niké Forchen (escultura y vaciado) y Juan Orlando Martínez Torres (naturaleza muerta y anatomía artística); situación que ofrecía seguridad a los educandos para asumir proyectos de envergadura artística lejos de la capital cubana.


«Pedrosa Raymundo, pintor y periodista, al igual que Aranzoza, tenían experiencias pedagógica y artísticas, mientras los otros eran recién graduados o impartían docencia en niveles elementales y de formación general. Sin embargo, todos estaban dispuestos a enrolar a antiguos condiscípulos de San Alejandro para que vinieran por un tiempo a Santa Clara.


«Miembros del claustro, recorrieron con anterioridad la ciudad; veían sus escenarios naturales; localizaban áreas donde existieran pinturas y pintores, y también hicieron muestreos de la sensibilidad artística de la población. Con asombro, Aranzoza se detuvo ante los murales de la Normal para Maestros, y apreció el gesto altruista y artístico que dejaron allí Ravenet, Abela, Portocarrero, Mariano Rodríguez, Amelia Peláez, González Puig y Jorge Arche.

 

«Aquí había maderamen para la pintura, bien lo sabían algunos de los profesores y parte del alumnado. Yo en 1939 había matriculado en San Alejandro, centro que abandoné por la penuria económica de la familia; pero seguí de pintor autodidacta y aficionado, al igual que otros en la ciudad. Cierto es que nadie estaba interesado en estudiar pintura, ni había comercios que vendieran útiles para profesionales y aficionados del arte. Todo se reducía a la venta de lápices de colores, temperas, acuarelas y pinceles redondos de pésima calidad que eran adquiridos por los alumnos de las escuelas primarias superiores y normalistas.


«Nadie pensaba entonces con seriedad en San Alejandro, y tampoco a los jóvenes les interesaba estudiar pintura, ya que la situación económica de esa época, caótica, implicaba la búsqueda de un futuro promisorio   por medio del bachillerato, el ingreso en el Instituto de Segunda Enseñanza o en la Normal para Maestros, escuelas que propiciaban plaza para trabajar al cabo del tiempo y ganar algún dinero después de  graduado.


- ¿Dicen que algunos pedagogos procedían de centros villareños?

 

- Sí, pero Santa Clara no tenía suficientes graduados de San Alejandro como para fundar una escuela, y tampoco personal aventajado para la enseñanza especializada en este tipo de arte. En el reglamento de instrucción primaria las plazas estaban ocupadas; tal es el caso de María Teresa Pascual que desempeñaba la cátedra de dibujo en la Escuela Normal de Kindergarten, y también de la profesora Dolores (Lolita) Vidal Macías, con similar distinción, pero en la Normal para Maestros. Hubo quien se adjudicó la enseñanza del dibujo con tan solo la matrícula del primer año en San Alejandro. Ya te puedes dar cuenta de la situación; muchos deseos, pero escasa preparación para salir adelante.


- ¿No hubo un cursillo?

 

- Exacto. Después de crearse un Patronato, con donativos materiales y efectivos en dinero, los cuatrocientos alumnos de ambos sexos, recibimos un cursillo de 45 días a partir de aquel lunes 19 de agosto, y la mayoría de los matriculados; interesados en obtener el certificado, querían mejorar su escalafón de ubicación profesional. Hubo una información general que estipuló, al concluir esa preparación, la entrega de un certificado equivalente al primer año de la carrera académica de seis que sesionaba en La Habana.


«Todos los profesores, ya mencionados, laboraban intensamente en la preparación y decantación de los estudiantes. Hubo el ejemplo del notable paisajista Roberto Vázquez, presente en la noche inaugural, quien no regresó más a Santa Clara porque pensó que todo sería un fracaso. Sin embargo, el tiempo doy razón a su equivocación.


«Tomás Pedrosa asumió la asignatura de paisaje; impartida al inicio en el Campo Sport, perteneciente al Instituto de Segunda Enseñanza, y posteriormente en la Granja Agrícola, a la vez que se escogían otros lugares de la ciudad al aire libre y en contacto con aspectos de la naturaleza relacionados con la geografía económica y social de la ciudad.


«De los que asistimos a aquel cursillo, recuerdo a Edelmira Ávalos Gómez; Aída Babot Andino; Rosalía Bartomeu; Georgina Uriarte; Nena Lorenzo Lena; Lydia Ángel Fleites; Angela de Armas; Angelita Ruiz; Felicita Calero; las hermanas Vidal Macías; Gladis Hernández; Olimpia Ramos; Ada Borrell Reinoso; Rafael Jiménez; Arnulfo Valencia y Erasmo Pedraza, entre otros.


«El libro de matrícula oficial, por desgracia, al principio se extravió, y luego se completó al prorrogarse  el cursillo a 60 días con la finalidad de cubrir las necesidades de aprendizaje y orientación elemental, aun cuando algunos teníamos conocimientos elementales de pintura y dibujo. La matrícula fue nutrida, como es natural, y creó contratiempos administrativos y técnicos; a la vez que imposibilitaba las actividades y la eficiencia de la docencia, ya que, como es obvio, existían vocaciones, habilidades e intereses distintos entre los estudiantes, y los recursos de trabajo eran escasos.


«Cuando aún no había transcurrido la tercera semana de clases, debido a intrigas mal fundadas e imperativos del local, alumnos y profesores, así como el Patronato, tuvieron que buscar un nuevo sitio para la docencia. Apareció la escuela de la Iglesia Bautista, en la calle Tristá esquina Zayas. Ese templo destinaba el ala izquierda a los cultos religiosos, mientras en la derecha tenía aulas con amplios portales en los que antes radicó un centro de instrucción primaria.


«Esta escuela se encontraba prácticamente abandonada, y profesores, alumnos y amigos, la deshollinaron y pintando, situación que alegró a Moisés González, el pastor bautista encargado del templo, y solucionó un grave problema momentáneo y que tendió a afectar la estabilidad del cursillo y la permanencia de pedagogos. Al cumplirse el término de las sesiones docentes, se efectuó una  exposición en la Biblioteca Martí, lugar que exhibió de manera permanente una selección de los trabajos más decorosos que aportaron los estudiantes.


- Esos son los años en que la escultora Rita Longa se establece en la ciudad; es huésped del hotel Santa Clara,  y se hacen, además, campañas Pro Orquesta Sinfónica de Las Villas y en defensa de la Universidad Central Marta Abreu, acontecimientos que marcan una apertura y estabilidad de la cultura villaclareña; pero ¿había reconocimiento legal para la escuela en instancias del Ministerio de Educación?

 

-Vamos por pasos. Sí, Longa, al poco tiempo de estar aquí en labores artísticas, se le otorgó su ingreso en la Academia Nacional de Artes y Letras, pero no formó parte de la nómina de los pedagogos de la institución. El reconocimiento del Ministerio  no tuvo respuestas rápidas, inminentes,  y algunos profesores de San Alejandro se opusieron a la oficialización, pues  sustentaron que los docentes de aquí carecían de aval profesional para la enseñanza.


«Para mayor desgracia Juan Niké Forchen, quien impartía modelado, se radicó en Estados Unidos; María Luisa Izquierdo, de dibujo elemental,  y Boabdill Ross, de dibujo lineal y secretario,  no regresaron más de La Habana. Eso provocó cierto caos. Nadie quería venir a Santa Clara.


«Cierto es que Martínez Torres siguió infatigable en sus gestiones por La Habana, a costa de sus ingresos personales, en aras de conseguir el declaración del claustro y del centro. Ya hablo de 1947, y por medio de periódicos; equipos de amplificación Franco S.A., ubicados en el Parque Vidal y del noticiero inalámbrico de la Organización Insular de Radio, dirigido por Domínguez Arbelo, se lanzó al aire el siguiente texto: "Por la superación cultural de Las Villas,  pedimos la oficialización y dotación de la Escuela de Artes Pláticas Leopoldo Romañach Guillén, matricúlate en pintura y escultura".


«Dependientes de comercios, choferes, policías, transeúntes y personas de la ciudad, repetían el discurso. En ese curso se convocó a una reunificación del alumnado, y se amplió la matricula, y a mediados del otro año regresó de Estados Unidos Boabdill Ross Rodríguez, quien otra vez se sumó a la secretaría de la escuela y a la docencia de dibujo lineal y perspectiva.


- Tengo que acudir al paisajista Romañach, pues creo que por este tiempo estaba por Caibarién, sitio del que un día partió en un vapor rumbo a La Habana, tras ganar con su cuadro «Niña pobre con mantón», de 1888, una beca de pintura para estudiar en Italia. ¿Es verídico que el ejemplar artista, maestro de generaciones de cubanos, contribuyó sustentar espiritualmente la Escuela?

 

- Es cierto. En septiembre de 1948, y aprovechamos la oportunidad de hacerle un homenaje en Santa Clara a Romañach. Era ya un anciano, y vino acompañado de la profesora Dolores González. En la biblioteca Martí se develó una tarja en su honor, y no se por qué posteriormente, ya después del Triunfo de la Revolución, fue retirada y creo que hasta desapareció. Hubo un banquete de congratulación en el hotel Santa Clara, de Luis Estévez y Santa Rosa, y declaró que con su modestia y ejemplo hablaría ante las autoridades académicas y estatales. Por desgracia, el lunes 11 de septiembre de 1950 ocurre su fallecimiento.


- ¿Eso favoreció a que ustedes ganaran prestigio ante las potestades docentes?

 

- Claro, el viernes 2 de julio de 1948 se firmó el decreto ley 2158, concediendo nombramientos y convocando a profesores. Meses antes ingresó al claustro Mario Cordoves Sigler, quien conquistó la cátedra de artes decorativas, y unos meses después lo hizo Carmelo González Iglesias en la enseñanza del grabado, así como Antonio Alejo, en Historia del Arte; Israel Córdova Berroa, en modelado; Armando Fernández, en dibujo estatuario; Orlando Gutiérrez, en dibujo natural, y Joaquín Lanza Pujarea, en anatomía artística. La nómina estaba completa, y los alumnos en espera de mayores aprendizajes.


«También se designaron algunos cargos administrativos y subalternos: Alfredo Ballina, bibliotecario, y Aida Babot Andino, jefa de almacén; el Pastor Bautista Moisés González, de ayudante, y a mí de escribiente de mecanografía, actividad que compartía con Evelio Ríos Reyes, mientras Mercedes Hurtado se desempeñaba en la limpieza y Daniel Godoy, de ujier.


«El 1949 reinó la organización, tanto en lo docente como en lo administrativo. La matrícula aumentó, y en el mes de noviembre apareció el primer número de la revista mensual "Pinceladas", órgano oficial de la Escuela "Leopoldo Romañach" de Artes Plásticas en Las Villas, y las ediciones posteriores surgieron como publicación de arte y literatura, pero sin perder el carácter estudiantil.


«La novel propaganda tuvo un año de vida, y allí colaboraron profesores y alumnos, quienes recogían en las páginas todas las inquietudes de una Escuela de Arte en formación. La impresión de los textos era en mimeógrafo y de manera manual, y se repartía entre los alumnos y la población de la ciudad. Las portadas eran hechas por mí, al desempeñarme como director, y los primeros números se ilustraron con dibujos realizados sobre stencil, y las restantes con xilografías, lo que mejoró la calidad de las ediciones con fotograbados y colaboraciones de Carmelo González.


«Entre los participantes estuvieron Guillermo Worringer; Rolando Pérez Gómez; Juan Domínguez Arbelo; Pierre de Ramos; Pablo Pérez Fernández; José O.  Barrero del Valle; Gilberto Tejera Rojas; Carmen Cruceiro; Serafín W. Jiménez; Teresita Fernández; Fray Casto de Villavicencio; Silvio Payrol Arencibia; Jesús López Silvero; Constancio C. Vigil, y en las páginas hubo grabados ejecutados por los alumnos Reemberto Gómez; Lesbia Vent Dumois; Felicita Calero Negrín; Edelmira Ávalos Gómez; Ada Morrell Reinoso; Angela de Armas; Layda Anael Fleites; Rosalina Bartomeu; Graciela Lorenzo Lena y Evelio Ríos Reyes, principalmente. Las tiradas de la publicación no rebasaban los 500 ejemplares, y el último número salió en mayo de 1950.


-Pero, en realidad, no todo quedó ahí. Creo que surgieron otros tropiezos; sin embargo, requiero que precise ¿cuándo toman el estatus de escuela oficial?

 

- «Eso fue el lunes 16 de enero de 1950, y apareció refrendada en La Gaceta Oficial de la República de Cuba como decreto-ley número 316, disponiendo las bases para la reglamentación de la provisión de Cátedras por Concurso de Oposición en las Escuelas de Artes Plásticas; situación que reafirmó los decretos-leyes números 461, del 31 de agosto de 1934, y 74, del 9 de julio de 1935, respectivamente.


«Muchos profesores vieron aquello con excelentes ojos, y decidieron presentarse Exámenes de Oposición sin que existieran opositores. Mostraron sus avales artísticos bien documentados, y se aseguraron de plazas en convocatoria; y surgieron algunos tropiezos, tal como dices, pues casi a mediados de 1950, por motivos falsos, conceptos morales, mojigatería e hipocresía, se decía que la Escuela utilizaban modelos vivos para la realización de bocetos de desnudo artístico, y por tanto no podía compartir espacios en el local de la Iglesia Bautista. Otra vez estuvimos a la deriva, como si la mala suerte pisara nuestros juveniles talones, pero por fortuna apareció un espacio más grande en la calle Juan Bruno Zayas, entre Eduardo Machado y Candelaria.


«Aquí se abonó un alquiler extraído del cobro de la matrícula de ingreso, y luego surgió un presupuesto para gastos, y hasta se construyó un aula de modelado y escultura. En 1951 se estabilizó la Escuela, y Carmelo González, Mario Cordoves y Rolando Gutiérrez, galardonados en la Exposición de Arte celebrada en la Universidad de Tampa, recibieron un homenaje de los alumnos y de la ciudad. Ya comenzábamos a ganar mayoría de edad en el universo de las Artes Plásticas.


- Manolo, necesito una aclaración: ¿los directivos de San Alejandro se cruzaron de brazo ante la oficialización del centro?

 

- No hubo presiones de todo tipo. Solo tres alumnos, en aquel curso iniciado en 1946, concluimos en La Habana: Edelmira Ávalos Gómez, Lidia A. Fleites y yo. Por esa época, Rafael Blanco Estrena, Enrique Caravia y yo, recibimos un homenaje en el Hotel Inglaterra, en La Habana, organizado por la Asociación Nacional de Caricaturistas de Cuba, tras los éxitos en la Exposición Panamericana celebrada en la Universidad de Tampa, Florida. Allí obtengo la medalla de plata por el grabado "Marinero en tierra", y algunos xilograbados míos comienzan a publicarse en la prensa nacional.


- ¿Cuáles?

 

- Bueno, ahí recordaría el "San Francisco de Asis"; "La Virgen de la Caridad del Cobre"; "La Glorificación del Doce de Octubre" y otros que ahora no vienen a la memoria. También está el premio del iv  Salón Nacional de Pintura, Escultura y Grabado de La Habana, conseguido en Julio de 1950.

- Pero, ¿Cómo dice que se gradúan solo tres alumnos en San Alejandro?

 

- Sí, esa es otra historia. Después de muchas batallas en 1952 alcancé el título en San Alejandro, y luego fui a Trinidad a dar clases. Eso es como escribir muchos pliegos de papel, y realmente no quiero ni recordarlos, pero te diré algunos: en la realización de nuestra tesis final, llena de represalias de profesores habaneros, y en particular de Esteban Valderrama, necesitábamos altas calificaciones para conseguir la certificación final; con 8 días en la realización de un paisaje, similar cantidad en el ejercicio de una academia -desnudo del natural de cuerpo entero y al óleo-,  y cuatro horas para esbozar un panel decorativo -con determinado estilo y período histórico-. Era lo exigido también para alumnos de las escuelas de Santiago de Cuba y Pinar del Río, las que por esa fecha ya funcionaban, así como a algunos extranjeros radicados en Cuba.


«En realidad existía una diferencia notable, entre la formación especializada de los estudiantes que asistíamos a la tesis, y con la acumulada por aquellos adiestrados en curso estables de San Alejandro. En Santa Clara fuimos discípulos de una institución en embrión, y habíamos vencido, en un mínimo de tiempo, las asignaturas de colorido con Dolores González Carrillo,  a quien jamás se le conoció ni siquiera una obra; mientras los internados en la institución habanera recibieron lecciones hasta ese año de Romañach, y luego de Valderrama. Igualmente sucedía con paisaje y arte decorativo: en Santa Clara terminamos los cursos de paisaje con Tomas Pedrosa Raymundo, quien, aunque tenía una obra hecha, apenas transmitió un conocimiento total; de ahí cierto empirismo. Fue Domingo Ramos, el Paisajista de Viñales, el encargado del visto bueno a esta especialidad.

 

«Valderrama, y la dirección de San Alejandro, pusieron sus zancadillas, y exigieron la certificación de las asignaturas aprobadas en Santa Clara, y todo debía estar en regla de acuerdo a las contempladas en el plan oficial de enseñanza del centro docente habanero. Así, incluimos dibujos comerciales y de propaganda, y de talla industrial, examinados en la provincia y no incluidos en la Academia. El título se obtenía por revalida, en nuestro caso, al igual que a los extranjeros, ya que no se concebía como hecho oficial nuestra matrícula. Éramos como oyentes que sólo tienen derecho al examen reglamentado.


«Si no aprobábamos los ejercicios de grado que se verificarían en diciembre de 1952, nos ubicarían en el año considerado por el tribunal calificador, y en caso de resultar sobresaliente, no tendríamos derecho a presentarnos a oposiciones para bolsas de viaje y becas al extranjero. Eso, a pesar de todo lo discriminatorio que pudiera parecer, lejos del desaliento, figuró como estímulo. Así, Edelmira Ávalos Gómez, Lidia A. Fleites, y Manolo G. Fernández García fuimos los  tres primeros graduados de aquel curso gestor de la Escuela "Leopoldo Romañach"  de Artes Plásticas de Las Villas.


- ¿Por qué no se graduaron en Santa Clara?

 

- No era permitido según el plan de estudios vigente, ya que el tribunal examinador no podía viajar, el tiempo de clases, aun cuando se venció un plan de estudios, no concordaba entre uno y otro centro y aquí no existían profesores con suficientes avales para otorgar las calificaciones. Eso fue lo que alegaron,  pero, en definitiva,  salimos airosos con nuestros títulos, y en lo adelante todos, en la medida que figuramos como pedagogos, realizamos nuestra labor de pintores y reconstructores de la realidad. Después, si ocurrieron diferentes promociones de graduados en Las Villas, pero te juro que, en aquellos primeros, costó lágrimas, por no decir sangre.»


Manolo, seis décadas después de aquellos primeros balbuceos en la formación de la enseñanza de las Artes Plásticas en predios villareños, se fue al recuerdo. Era necesario ese instante. Ya hace tiempo que no emprende la xilografía, y mucho menos el paisajismo; ahora, tras el esclarecimiento de los hechos contenidos en la historia de la cultura de la localidad, muestra sus últimos trabajos relacionados con el abstraccionismo, la experimentación con el color y la luz, la textura  y la composición.

 

Tal mirada se contiene en lo anecdótico, a diferencia de los primeros surrealistas; en la universalidad desde lo íntimo; en la perspectiva figurativa de las leyes cromáticas y naturales; en la evocación de sensaciones, y también  de los sentimientos y la emoción.

 

Manolo Fernández García, puede que piense en el orfismo, aquella tendencia colorista que cautivó a Guillaume Apollinaire, allá a principios del siglo pasado, cuando intentó la recreación de la realidad y la poesía a partir de la observancia de la exaltación de los cambios de la luz y el color; pero ahí en Varadero, y en toda Cuba, está el pintor dispuesto, a pesar de la edad biológica, a mostrar, con su lucidez inusitada,  muchos sucesos artísticos que, en apariencias, se incluyen como borrascas  contenidas en capítulos inconclusos de esa historia urgida siempre de contar.

 










[1] Juan Carlos Onetti (1997): «Entrevista a María Esther Gilio», p. 14, en Periodismo asedio al  oficio, de Astrid Pikielny, Librería-Editorial El Ateneo, Argentina.