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CUBANÍA TOTAL

Confidencia frente al micrófono

Confidencia frente al micrófono

Por Luis Machado Ordetx

 

Nada permite que este hombre, con más de cuatro décadas de «oficial» del micrófono, deje un día de pensar en la utilidad informativa, ideológica y cultural que reporta al otro: el oyente, a quien considera como primera razón de ser de su existencia profesional.

 

Ese hecho lo obliga a intimar con casi todos los saberes, por mínimos que sean, en la apropiación de un juicio, para ampliar la búsqueda de fuentes de consulta; esas que van desde la lectura de un periódico, hasta el registro del diccionario, en aras de reportar, en cambio, sabiduría y conservación de la pureza de una Lengua materna que requiere enriquecerse, sin que imperen atrofias de ningún tipo.

 

Ayer fue el Día del Locutor, beneplácito que propició revelaciones de Iturria Mendoza, en espontáneo diálogo, frente a un micrófono improvisado, traído a colación con el propósito de pulsar precisiones referidas al universo profesional que asiste a este hombre, nacido en Sierra Morena, Corralillo, y formado en Zuluetas, lugar donde, desde la radio base Onda Musical Latina —propiedad de un hermano—, se aventuró en la década de los 50 del pasado siglo a un reciprocidad sistemática con los oyentes.

 

La emisora villaclareña CMHW lo recibió en junio de 1969, pero antes, allí hizo suplencias, y de buenas a primeras se enroló en «Hablemos», el naciente programa musical, informativo, variado, de fuerte arraigo participativo, donde  afincó preocupaciones que transitan desde los desvelos pedagógicos hasta la insustituible vocación natural de la locución.

 

Pero, ¿acaso la cabina, en un mundo encerrado, es lo que más le placer?. Apenas sin dar respiro, como el que toma la última palabra, contesta que «los retos están en la improvisación, sin ceñimiento directo al papel, al guión, como cuando hay transmisiones en vivo, donde se prueba una reflexión del ambiente y del hecho que rodea a las personas, y permite para llegar con claridad a la recepción del otro».

 

Concuerda, que lo más cercano a ese tipo de profesional, subyace en el hacer periodístico, en la viveza y la inmediatez de la palabra y la oralidad, y apunta que, «sí, porque jamás se termina, ni en eso que llaman jubilación activa de una entidad laboral, pues siempre se aprender algo nuevo,  nutritivo, capaz de auscultar, y también evaluar un acontecimiento individual o colectivo.»

 

«Hay una máxima de algunos colegas, de los que también asimilo consejos     —apunta con la espontaneidad que lo tipifica—, quienes reiteran que uno tiene necesidad de llenarse y nutrirse de datos, dispuesto a salir airoso de imprevistos. Las programaciones en que intervienen oyentes, con llamadas o se presentan especialista en ramas diversas, de acuerdo al perfil del espacio, constituyen pruebas de fuego en las que se pasa de la locución o la conducción a la entrevista, y el género exige  definiciones y culturas

 

Desde 1983 Iturria Mendoza ejerce el magisterio en la Cátedra de Locución en Villa Clara, donde existen más de 50 colegas del micrófono en tres emisoras con emisiones las 24 horas del día, pero todavía percibe insatisfacciones relacionadas con la urgencia permanente de retomar el sentido de la vocación, las condiciones naturales del profesional y el autodidactismo.

 

Hoy, expone, «los planes de estudio de formación de locutores, donde intervengo como profesor, tienen vastedad teórica, pero carecen de sistematicidad práctica, y cuando concluyen, el recién iniciado dispone de excelente voz, dicción, entonación, seguridad y personalidad, además de otros conocimientos culturales y de historia del medio, pero no tiene el hacer diario del micrófono.»

 

También, destaca, «el ego individual y la autocomplacencia matan al que deja de superarse en un medio con cualidades dinámicas; de ahí que, al termino de una jornada, el que no incorpora algo nuevo a su acervo, por ínfimo que sea, pierde su esencia y naturalidad en la correspondencia de otros mensajes y del discurso

 

Entonces, ¿coincide que aún subsisten grietas y superficialidades en el sector?, y espeta sin que traicione una eticidad forjada con los años: «sí, tanto en Radio como Televisión, cosas que se van eliminando poco a poco, de ahí el prestigio profesional que consiguen equipos y conductores. Pero urge, incluso, crear una Asociación, especie de gremio, que a la par de aunar, exija profesionalidad y calidad a locutores, conductores y comunicadores.»

 Y, a usted, ¿cómo le gusta trabajar?. Sonríe, afirmando que «en pareja, donde ambas partes den rienda suelta a la improvisación, el humor que gratifica al cubano y a la par se aprenda en el diálogo reiterado con el oyente», a quien se instruye y se confiesa en tonos de saber, tanto en historia como en cultura universal, sitios donde se establece un termómetro sin límites de conocimientos.

Privilegio Aggratiandi

Privilegio Aggratiandi Por Luis Machado Ordetx  

NO SON LAS excretas, sobre todo de perros, aunque hay humanas, las que abundan en las aceras, y tampoco los fardos de basura que, a veces se acumulan allí, ordenados en bolsas de nailon y nadie los recoge, y mucho menos los urinarios «públicos» que colman cualquier rincón, en acto de privilegio aggratiandi —ese colocarse al margen de lo establecido—, lo que  molesta en demasía.

 

Incluiría también en Santa Clara a vendedores ambulantes o limpiabotas que entorpecen el paso del transeúnte; el apuntalamiento o abandono de edificios, muy propensos a derrumbarse, y además los huecos en las calles, sin que nadie los arregle o a aquellos que, amparados en pillerías  viven a costa del bolsillo ajeno.

 

 Ahora, en vilo, como un jarro de agua fría, anotaría otra mácula al centro de la ciudad. Parece un puesto de excepcionalidad, pero no lo es: un baño «público», más público que un solar yermo, residente en lo que era la cafetería del Hotel Central, donde asisten transeúntes y moradores del Parque Vidal, sin distinciones de edades y sexos, desprovistos del menor recato, en busca de un rincón, entre los muchos del recinto, para realizar las necesidades fisiológicas más apremiantes.

 

En el sitio residen varias familias, y radica el bar Praga —pulcro a pesar de la apariencia interior del edificio—, pero, personas y personas, entran y salen de los bajos. ¿Qué hay ahí?, pregunté a un amigo. Espetó una lacónica respuesta: un baño público ¡Cómo...!, sí, un «solar donde abunda de todo en la Viña del Señor».

 

A Barreras, el fotógrafo, parado frente a la puerta principal del edificio, una mujer lo orientó donde orinar. Sus instantáneas fueron rápidas, a pesar de la oscuridad. El recinto está tapiado, y tiene simuladores de pared y puerta, pero se accede con facilidad. Antes de llegar al «Praga», cualquiera pasa por allí y se escurre hacia un interior abandonado. Vanguardia así lo captó al escudriñar entre el mal olor y aguas pestilentes y turbias: acumuladas por filtraciones, tupiciones o...

 

Orine, mucho orine encharcado, mezcla de aguas albañales, de lluvia y excretas humanas, todas expuestas a convertirse en foco de proliferación —si acaso no lo es— del Aedes aegypti.

 

También anda la posible permanencia de ese roedor que denominamos ratón. Frente a tanto abandono, sin respuestas aparentes, no quedó otro remedio que demoler el mutis individual y el asombro petrificante.    

   

Un olor a aromatizante invade el ascenso al «Praga» —habilitado con baños, reservado y barra para inquilinos—, y en los bajos, camuflada, la fetidez legada por detritus humano o animal.

 ¿Quiénes conocen del hecho? Muchos, diría. ¿Cómo resolverlo? Con control y observancia, para imponer un coto. Al adentrarse entre paredes encerradas, el visitante se percata de la envergadura de un asunto que,  una vez publicado, tal vez, tendrá la respuesta oportuna. Pero,  ¿por qué esperar tanto?, para desterrar el privilegio aggratiandi ante ojos avizores inmersos en la cotidianidad de la Santa Clara de  estos tiempos.

La Danza en Casa del Trompo

La Danza en Casa del Trompo

Por Luis Machado Ordetx

 

A pesar del cierre prolongado del teatro La Caridad, escenario artístico imprescindible en Santa Clara, las más importantes agrupaciones danzarias del país concurrirán a esta ciudad durante 33 días —a partir del próximo 20 de noviembre y hasta el 23 de diciembre— en ocasión de la segunda Temporada de Bailar en Casa del Trompo, encuentro cultural que organiza la compañía Danza del Alma, dirigida por el coreógrafo Ernesto Alejo Sosa, próxima a cumplir once años de fundada.

 

En esa fecha se establecerá una plataforma frente al Museo de Artes Decorativas, en el Parque Vidal, donde se apreciará lo más selecto del repertorio danzario moderno, contempráneo y folklórico existente en la actualidad en Cuba, y allí convergerán, además, bailarines profesionales de las agrupaciones villaclareñas Oché y Sacromonte, y también actuarán estudiantes de las especialidades danzarias del nivel elemental y medio que cursan carreras en esta ciudad.

 

Está prevista la presencia, desde finales de mes y durante todo diciembre de actuaciones de  Danza Combinatoria, dirigida por Rosario Cárdenas, Danza Abierta con estrenos de Guido Dalí, junto a Codanza y Teatro de la Danza del Caribe, conducido por el maestro Eduardo Rivero, dijo este miércoles a Vanguardia Alejo Sosa.

 

Asimismo se darán cita las compañías Grupo Independiente de la Danza, concebido por Santiago Alfonso y Danza-Teatro Retazos, de Isabel Bustos, y en las principales actuaciones desarrollarán estrenos de piezas que por vez primera se incorporan a los repertorios mundiales de los visitantes.

 

Señaló Alejo Sosa que la edición, considerada entre las de mayor duración en el país, adiciona una retrospectiva fotográfica de la artista Carolina Vilches Monzón, el estreno de la película Danza del Alma, filmada y dirigida por realizadores del ICAIC, así como muestras de documentales didácticos del acontecer mundial de esa manifestación que asume el espacio, el tiempo y el cuerpo humano como atributos artísticos insustituibles.

 

De igual forma inaugurarán otra exposición fotográfica sobre Danza del Alma, original del artista del lente Vladimir Pérez, y se tributará cálidos homenajes a los coreógrafos visitantes, considerados maestros del acontecer escénico cubano durante el último medio siglo.

                                                           

Gómez SOA, otro cantor de pueblo

Gómez SOA, otro cantor de pueblo Por Luis Machado Ordetx    

A Jesús Gómez SOA, sensible hombre de pueblo, basta sólo un instante de meditación, para que texto y poesía se abriguen y de pronto surja una canción de contenido político-social o amoroso, interpretada con idéntico sabor y cubanía por una orquesta charanga o un solista.

 

Es, sin duda, de esas personas que no cree en una inspiración que llegó tardía en el tiempo y se hizo efectiva durante el último lustro del siglo pasado, porque, a pesar de todo, desde joven acumuló conocimientos elementales de solfeo y teoría musical, gracias al método pedagógico de Hilarión Eslava.

 

Desde entonces la poesía lo rondaba en el más disímil de los momentos y situaciones. Ahora tiene 72 años de edad, y está  jubilado de los servicios del sector de la Salud en Santa Clara, territorio donde reside y figura entre los miembros de la Asociación Cubana de Autores Musicales (ACDAM), organización artística en la que registró 15 canciones difundidas actualmente por intérpretes  villaclareños o capitalinos.

 

Muchos de sus textos son transmitidos por emisoras radiales o en escenarios de centros nocturnos, acogidos por la voz y los acordes de Benny Escalante, el trío Los D'América, la antológica Sí Revelación y...

 

Gómez SOA elabora, como un demiurgo, sones guarachas y cha-cha-chá con rico sabor cubano, así como boleros y canciones. Entre sus títulos resaltan: «Angola no estará sola», «No creas la mentira que te cuenta», «No sé que tiene María», «El amor no tiene cara», «Jugando se pierde el amor», otras.

 

Veinte años atrás, en octubre de 1986, cuando 73 personas, principalmente cubanos, murieron a causa del sabotaje y la furia terrorista contra una aeronava civil, Gómez SOA escribió un enérgico texto musical que protestó contra el crímen de Barbados, y solicitó un rápido castigo a los extremistas Luis Posada Carriles y Orlando Bosch Ávila, autores materiales del suceso.

 

Recientemente el compositor, como ferviente cubano, llegó a la redacción Cultural de Vanguardia, dispuesto a entonar el texto de una melodía dedicada a Fidel Castro Ruz, el Comandante en Jefe, en ocasión de su 80 aniversario, celebrado en agosto pasado, y patentizar el curso inalterable que proseguirá la Revolución Cubana.

 

Título: «Con la guardia siempre en alto Comandante»

 Quisiera de todo corazón,se recupere bien pronto Comandante,para verlo por el mundo como antescon los pobres brindándole amor,para verlo por el mundo como antes,

con los pobres brindándole amor.

 Pero, ahora  esté tranquilo,                              bien tranquilo, Comandante,que toda Cuba se encuentra vigilante,observando muy bien al enemigo,con la guardia siempre en alto, Comandante,Si cometen la osadía de agredirnos,van a saber lo que es un pueblo,defendiendo la verdad del socialismo,

rompieron en pedazos la arrogancia del imperio.

 Y juramos que jamás volverá el capitalismo,romperemos en pedazos la arrogancia del imperio,

y juramos que jamás volverá el capitalismo.

 Pero, ahora esté tranquilo,                                 bien tranquilo, Comandante,que toda Cuba se encuentra vigilante,observando muy bien al enemigo,con la guardia siempre en alto, Comandante,observando muy bien al enemigo,con la guardia siempre en alto, Comandante.

Dimensión sinfónica de García de Caturla

Dimensión sinfónica de García de Caturla Por Luis Machado Ordetx 

Alejandro García de Caturla (San Juan de los Remedios, 1906-Id., 1940), junto a Amadeo Roldán, constituye una figura imprescindible  dentro de la historia de la música cubana escrita y difundida durante el siglo xx en la isla y el extranjero, y al decir de Alejo Carpentier «… comenzó a expresarse en un lenguaje nutrido por raíces negras […], teniendo un verdadero amor por Saumell y por Cervantes, le atraía poderosamente aquella música, hecha de una lenta fusión de elementos clásicos, de temas franceses, de remembranzas tonadillescas, con ritmos negroides forjados en América…».[1]

 

Sin duda, Caturla, un compositor surgido de los aires del vanguardismo cubano, representa, como apuntan los estudios teóricos, uno de los sitiales más altos de la música cubana, dispuesto desde un inicio a encontrar la síntesis de todos los géneros musicales dentro de una expresión propia y auténtica, hecho que lo llevó al conocimiento de la obra de sus predecesores internos y cuánto acontecía en el mundo, principalmente de los hombres relacionados con el Grupo de los Seis, Stravinski, Falla y otros.

 

Autodidacta, en sus inicios, y discípulo de Pedro San Juan y Nadia Boulanger, en La Habana y Paris, respectivamente, según Carpentier estuvo «… decidido desde la infancia a consagrarse a la música, ha vivido para la música y en función de la música…»[2].

 

Toda su obra está inscrita dentro de una etapa de síntesis y transformación musical, estética, y en fin artística, que caracterizó el siglo pasado dentro de tendencias específicas surgidas al calor de una precisión básica: la disonancia.

 

 El folklorismo, ubicado entre 1914 y 1945, época en que vivió, matizado por los avatares de las dos Guerras Mundiales, tiene en Caturla y Roldán a los representantes de una sólida escuela cubana, aunque en Brasil, con Villalobos, los Estados Unidos, con Gershwin, España, con Falla, Hungría, con Bártok, y Rusia, con Jachatorian, tienen idénticas preocupaciones culturales en el espíritu de una renovación vanguardista.

 

En el contexto musical estos autores, sumados a otros, introducen  ritmos, melodías e instrumentos propios de cada país, a la par que destacan los elementos folklóricos de su territorio o nación, resaltando valores autóctonos en el empleo sinfónico en que trabajan con sistematicidad.

 

Desde un inicio de sus composiciones García de Caturla va desde el bolero a la canción y los danzones de espíritu popular, hasta la búsqueda e integración del sentir folklórico cubano, con una concepción que impresiona para cualquier tiempo.

 

 Ahí están sus obras para piano, escritas desde 1925, las versiones orquestales, la música de cámara, de ballet, ópera, teatro, cine, banda, violín y orquesta; violín y piano, violoncelo y piano; saxofón y piano, así como órgano, piano, voz y diversos acompañamientos y coro a capella, en lo que constituye una amplia composición que, en su inmensa mayoría, permanece inédita hasta la fecha.

 

En vida, trunca durante el ejercicio profesional como abogado, Alejandro García de Caturla dio a conocer parte de su producción en la Orquesta de Conciertos, tipo jazzband, creada en Caibarién, Las Villas, en 1931, al tiempo que la Filarmónica y la Sinfónica de La Habana difundían algunos de sus textos, y agrupaciones norteamericanas, españolas, mexicanas y francesas hacían idéntica labor difusora.

 

 No obstante, tal como apunta Carpentier y suscribe María Teresa Linares, su obra, aunque recogida en partitura y excelentemente conservada en los Museos Casa Natal de García de Caturla, en Remedios y de la Música, en La Habana, permanece en espera del montaje y un acabado instrumental y sonoro.

 

Directores de la talla de San Juan, Roldán, Gaillard, así como Halffter, Pérez Casas, Carlos Chávez, Silvestre Revueltas, Kleiber, en su paso por La Habana, Stokovsky, Gonzalo Roig, González Mánteci, José Ardévol, Duchesne Cuzán y Sánchez Ferrer, de un modo u otro, asumieron la obra de Catarla, en vida o no del compositor, lo que demuestra la solidez y valía de su amplia labor artística y creativa relacionadas con la fusión criollista de los ritmos hispanos y africanos, y la una búsqueda consciente y febril por mostrar la síntesis de la idiosincrasia y la nacionalidad autóctona de lo antillano-caribeño-latinoamericano.

 

Conocedor de la labor musical de su tiempo, y de la obra de grandes compositores europeos, Caturla estableció el vínculo entre lo nacional y lo foráneo, y en sus creaciones se identifican las presencias del son, el minué, el bolero, la pavana, la comparsa, la giga, la guajira, el vals, el bembé, el poema sinfónico, la rumba y la forma sonata, en un lenguaje que descuella, desde la tradicionalidad de las cadencias hispanoafricanas radicadas en la autoctonía  insular, hasta los modismos criollos y la agresividad cromática, polirrítmica y poliarmónica de la vanguardia europea de su tiempo.

 

La universalidad de Cartula, visto en la síntesis entre lo particular y lo general, y viceversa, ofrece la permanencia de un músico que transitó, a pesar de morir cuando sólo tenía 34 años, entre lo polifacético y lo autóctono, en el bregar contra todo convencionalismo artístico, estético y social.

 

Los aportes, ubicados en la síntesis de todos los géneros musicales de Cuba y la captación de lo novedoso del contexto internacional, fijan la incorporación del folklore popular a la melodía, la utilización de instrumentos típicos de la percusión isleña y caribeña y los ritmos peculiares de lo africano al formato sinfónico (entiéndase tambores batá, bongoes, batería y…), así como la imbricación de lo guajiro y lo negro al parámetro armónico de la composición.

 

También, como hombre de su tiempo, al igual que Roldán, contribuyó, según Carpentier, a la difusión en Cuba de compositores europeos de la vanguardia, musicalizaron textos poéticos relacionados con temas afrocubanos, fundamentalmente de Nicolás Guillén, José Zacarías Tallet, Emilio Ballagas y… De similar modo, los dos escribieron música para ballet, hecho que en el caso de García de Caturla se centra en el poema coreográfico «Olilé», de 1930, y la ópera «Manita en el suelo», concebida con percusión, solista y coro, y la utilización de un retablo de títeres.

 

La genialidad de Cartula, vinculado a las corrientes estéticas que renovaron los conceptos musicales del siglo xx, permitió que incursionara, divulgara y estudiara pormenores de las composiciones de representantes europeos y latinoamericanos de diferentes escuelas.

 

 Ahí está la huella que dejó la formulación barroca de Vivaldi, la expresión clásica sui géneris de Mozart, la veta impresionista de Ravel y Debussy, así como el folklorismo de sus coetáneos Gershwin, Cowell y Falla, por citar algunos nombres imprescindibles del panorama internacional.

 

De similar modo están sus inagotables y autodidactas posibilidades como instrumentista del saxofón, el clarinete, la percusión, la voz y el piano, acontecimiento que permitió el disfrute variado de las más antológicas piezas de compositores de diferentes épocas y su evaluación crítica y de incorporación de aspectos temáticos y estilísticos dentro de un perfil definitivo de su obra.

Entre sus partituras tenemos

 

a)- «Nombres negros en el son»: Musicalización de un poema del libro Cuaderno de Poesía Negra, escrito y publicado por el camagüeyano Emilio Ballagas Cubeñas en Santa Clara. Data de 1932, y constituye una forma melódica, de acuerdo con Carpentier, propia del lied alemán, nacido dentro del contexto del romanticismo de mediados del siglo xix.

 Propio del denominado Lied ohne worte (canción sin palabras), desapareció como estructura musical hacia finales de 1920, y sus principales cultivadores se localizan en Mendelssohn y Shubert, aunque el cubano José Manuel (Lico) Jiménez lo practicó y difundió en la Isla.

 El conocimiento universal de García de Caturla y su interés por abarcar desde lo culto, hasta lo popular, lo acentuaron como uno de los seguidores de ese modo artístico de musicalizar textos poéticos. Muchas de las piezas formuladas dentro del ciclo «Voz y diversos acompañamientos», comprendido entre 1924 y 1937, se ubican, según Helio Orovio en su Diccionario de la Música Cubana, en el ámbito del Lied, principalmente aquellas dedicadas a voz y piano, así como voz y orquesta sinfónica.[3]

 

En el caso particular de «Nombres negros en el son», el Lied está concebido para simultanear la voz con el clarinete, oboe, bajo, trompeta, dos fagot, igual número de cornos y tímpanis, así como contrabajo de cinco cuerdas, claves maracas y güiro.

De acuerdo a la influencia de las culturas africanas, llegadas a Cuba procedentes de más de 100 etnias de Continente Negro, la música consigue una significación vocal-instrumental, bailable y religiosa, con abundantes polirritmias (estables y binarias), una alta improvisación.

 

 En  este caso, ceñidas al texto del poema, con uso de instrumentos membranófonos e idiófonos y en alternancia entre solistas y coros, propios del estilo responsorial, típico, además, de la melodía cubana, en específico del son.

 

La melodía, aunque sencilla y divertida, no deja de ser compleja por el número de instrumentos que usa para describir temas narrativos y cotidianos, a la vez que lo popular y lo clásico se funden en la estructura musical y los instrumentos empleados, otorgando posibilidades de interpretación a una orquesta de formato sinfónico.

 

En esa línea se inscriben: «La promesa» y «Serenata de mayo» (1925), «Labios queridos» (1927), «El símbolo» (1928), «Mari-Sabel» y «Dos canciones» (1929), «Bito-Manué» (1930), «La rumba», «Mulata» y «Yambambó» (1933) y «Berceuse para dormir a un negrito» y «Sabás» (1937), lo que constituye una producción vasta en este tipo de forma o estructura melódica.

 

b)- «Piezas para cuarteto de cuerdas (1927)»: Integrada por preludio, pieza en forma del vals, pieza en forma de minuet, pieza en forma de pavana, pieza en forma de danza cubana, pieza en forma de son y momento musical. Está incluida dentro del denominado «Berceuse», para música de cámara, quinteto de cuerdas y piano.

 Desde formas propias del barroco musical, con la influencia de Bach, Vivaldi y Corelli principalmente, el compositor cubano retoma el formato clásico de ese período artístico nacido durante el siglo xvii y fenecido a mediados del siguiente, hasta abarcar lo esencial cubano en el sentido de la danza y el son.

Lo clásico está en el mismo horizonte de la suite, como género propio con elementos de la música folklórica-popular, sobre todo del tempo alegro moderato que aporta el minuet, y su encuentro con el clasicismo y la perspectiva de las microformas pianísticas que consiguen las danzas y el vals dentro del romanticismo virtuoso o nacionalista.

 

 Sin duda, ahí está el gusto por la obra de Chopin, Liszt, Saumell, Cervantes, Ruiz Espadero, Beriloz, Mussorgski y Dévorak, tenidos por el remediano como maestros indiscutibles de la composición, la armonía y la interpretación.

 En similar camino aparece lo popular caribeño, lo folklórico-popular que muestra la danza y el son cubano desde la perspectiva de la sonoridad melódica de las cuerdas, o sea de los instrumentos pulsados, incluido el uso del piano, lo que atribuye a Caturla un especial sentido del ritmo, el contrapunto, la polifonía o la homofonía. Al escuchar estas raras piezas, logradas por un ingenio poco usual en la música cubana, el oído queda como aletargado por la riqueza cromática que pernean los timbres. c)- Otros textos: No existe en la obra de García de Catarla una particularidad que se aparte de las anteriores expresiones. Desde la búsqueda constante e innovadora, hasta la aportación legada por otros autores, el compositor va hacia una originalidad que incluye la suite y preludios de, el poema sinfónico, las danzas cubanas, el uso del doble coro masculino para recitante, como en «Yamba-O», al estilo de la música renacentista, con texto de Carpentier, hasta las variaciones o versiones disfrutables con formulaciones de Debussy, Cowell, Ravel, Gershwin, Falla y Mozart, y «La danza del tambor», interpretada en la década de los años 30 por el Septiminio de saxofones que dirigía el remediano Abelardo Cuevas.

También en «El canto de los cafetales», así como en las composiciones para ópera y ballet, sonorización del cine silente, donde trabajó en su juventud en salas de La Habana en época en que era estudiante de Derecho,  y la «Berceuse campesina», al estilo más completo de las «Guajirigueñas», García de Caturla se manifiesta como un autor original y consagrado en su arte.

 

Pensar que toda la música escrita por el remediano Alejandro García de Caturla, signada por el sello del auténtico folklorismo universal, y parangonada con lo mejor de su tiempo, se circunscribe a lo más acabado del sinfonismo del siglo xx, enaltece, no solo por sus formulaciones armónicas, sino también porque se elaboró.

 

De acuerdo con Carpentier, el remediano constituye un hombre que «…desde su infancia estuvo decidido a consagrarse para la música y en función de la música ¿Cómo definir, pues, la integralidad artística de su obra, sin hacer concesiones al ambiente? Una sola salida se le ofrecía: adoptar un oficio sin conexiones con la música. Así Caturla eligió la carrera del Derecho».[4]

 Sin embargo, su vasta obra tiene poca divulgación en Cuba, y aunque sus escritos se comportan en buen estado, este hombre, próximo a cumplir el año 2006 su centenario de nacimiento, permanece más en la leyenda y el olvido que, en la fraterna promoción.                          


[1] V. Carpentier Alejo (1979): «Amadeo Roldán-Alejandro García Caturla», en La música en Cuba, p. 257, Editorial Letras Cubanas, La Habana.
[2] Cfr. Carpentier, Alejo: «Alejandro García Caturla, primer aniversario de su muerte», en El Huracán, 12(265): 1-2; Remedios, Las Villas,  jueves 11 de diciembre de 1941.
[3] V. Orovio, Helio (1981): Diccionario de la Música Cubana. Biográfico y Técnico, p.177, Editorial Letras Cubanas, La Habana.
[4] Carpentier, Alejo: «Alejandro García Caturla, primer aniversario de su muerte», Op. cit.
Alejandro García de Caturla (San Juan de los Remedios, 1906-Id., 1940), junto a Amadeo Roldán, constituye una figura imprescindible  dentro de la historia de la música cubana escrita y difundida durante el siglo xx en la isla y el extranjero, y al decir de Alejo Carpentier «… comenzó a expresarse en un lenguaje nutrido por raíces negras […], teniendo un verdadero amor por Saumell y por Cervantes, le atraía poderosamente aquella música, hecha de una lenta fusión de elementos clásicos, de temas franceses, de remembranzas tonadillescas, con ritmos negroides forjados en América…».[1]Sin duda, Caturla, un compositor surgido de los aires del vanguardismo cubano, representa, como apuntan los estudios teóricos, uno de los sitiales más altos de la música cubana, dispuesto desde un inicio a encontrar la síntesis de todos los géneros musicales dentro de una expresión propia y auténtica, hecho que lo llevó al conocimiento de la obra de sus predecesores internos y cuánto acontecía en el mundo, principalmente de los hombres relacionados con el Grupo de los Seis, Stravinski, Falla y otros.Autodidacta, en sus inicios, y discípulo de Pedro San Juan y Nadia Boulanger, en La Habana y Paris, respectivamente, según Carpentier estuvo «… decidido desde la infancia a consagrarse a la música, ha vivido para la música y en función de la música…»[2].Toda su obra está inscrita dentro de una etapa de síntesis y transformación musical, estética, y en fin artística, que caracterizó el siglo pasado dentro de tendencias específicas surgidas al calor de una precisión básica: la disonancia. El folklorismo, ubicado entre 1914 y 1945, época en que vivió, matizado por los avatares de las dos Guerras Mundiales, tiene en Caturla y Roldán a los representantes de una sólida escuela cubana, aunque en Brasil, con Villalobos, los Estados Unidos, con Gershwin, España, con Falla, Hungría, con Bártok, y Rusia, con Jachatorian, tienen idénticas preocupaciones culturales en el espíritu de una renovación vanguardista.En el contexto musical estos autores, sumados a otros, introducen  ritmos, melodías e instrumentos propios de cada país, a la par que destacan los elementos folklóricos de su territorio o nación, resaltando valores autóctonos en el empleo sinfónico en que trabajan con sistematicidad.Desde un inicio de sus composiciones García de Caturla va desde el bolero a la canción y los danzones de espíritu popular, hasta la búsqueda e integración del sentir folklórico cubano, con una concepción que impresiona para cualquier tiempo. Ahí están sus obras para piano, escritas desde 1925, las versiones orquestales, la música de cámara, de ballet, ópera, teatro, cine, banda, violín y orquesta; violín y piano, violoncelo y piano; saxofón y piano, así como órgano, piano, voz y diversos acompañamientos y coro a capella, en lo que constituye una amplia composición que, en su inmensa mayoría, permanece inédita hasta la fecha.En vida, trunca durante el ejercicio profesional como abogado, Alejandro García de Caturla dio a conocer parte de su producción en la Orquesta de Conciertos, tipo jazzband, creada en Caibarién, Las Villas, en 1931, al tiempo que la Filarmónica y la Sinfónica de La Habana difundían algunos de sus textos, y agrupaciones norteamericanas, españolas, mexicanas y francesas hacían idéntica labor difusora. No obstante, tal como apunta Carpentier y suscribe María Teresa Linares, su obra, aunque recogida en partitura y excelentemente conservada en los Museos Casa Natal de García de Caturla, en Remedios y de la Música, en La Habana, permanece en espera del montaje y un acabado instrumental y sonoro.Directores de la talla de San Juan, Roldán, Gaillard, así como Halffter, Pérez Casas, Carlos Chávez, Silvestre Revueltas, Kleiber, en su paso por La Habana, Stokovsky, Gonzalo Roig, González Mánteci, José Ardévol, Duchesne Cuzán y Sánchez Ferrer, de un modo u otro, asumieron la obra de Catarla, en vida o no del compositor, lo que demuestra la solidez y valía de su amplia labor artística y creativa relacionadas con la fusión criollista de los ritmos hispanos y africanos, y la una búsqueda consciente y febril por mostrar la síntesis de la idiosincrasia y la nacionalidad autóctona de lo antillano-caribeño-latinoamericano.Conocedor de la labor musical de su tiempo, y de la obra de grandes compositores europeos, Caturla estableció el vínculo entre lo nacional y lo foráneo, y en sus creaciones se identifican las presencias del son, el minué, el bolero, la pavana, la comparsa, la giga, la guajira, el vals, el bembé, el poema sinfónico, la rumba y la forma sonata, en un lenguaje que descuella, desde la tradicionalidad de las cadencias hispanoafricanas radicadas en la autoctonía  insular, hasta los modismos criollos y la agresividad cromática, polirrítmica y poliarmónica de la vanguardia europea de su tiempo.La universalidad de Cartula, visto en la síntesis entre lo particular y lo general, y viceversa, ofrece la permanencia de un músico que transitó, a pesar de morir cuando sólo tenía 34 años, entre lo polifacético y lo autóctono, en el bregar contra todo convencionalismo artístico, estético y social.Los aportes, ubicados en la síntesis de todos los géneros musicales de Cuba y la captación de lo novedoso del contexto internacional, fijan la incorporación del folklore popular a la melodía, la utilización de instrumentos típicos de la percusión isleña y caribeña y los ritmos peculiares de lo africano al formato sinfónico (entiéndase tambores batá, bongoes, batería y…), así como la imbricación de lo guajiro y lo negro al parámetro armónico de la composición.También, como hombre de su tiempo, al igual que Roldán, contribuyó, según Carpentier, a la difusión en Cuba de compositores europeos de la vanguardia, musicalizaron textos poéticos relacionados con temas afrocubanos, fundamentalmente de Nicolás Guillén, José Zacarías Tallet, Emilio Ballagas y… De similar modo, los dos escribieron música para ballet, hecho que en el caso de García de Caturla se centra en el poema coreográfico «Olilé», de 1930, y la ópera «Manita en el suelo», concebida con percusión, solista y coro, y la utilización de un retablo de títeres. La genialidad de Cartula, vinculado a las corrientes estéticas que renovaron los conceptos musicales del siglo xx, permitió que incursionara, divulgara y estudiara pormenores de las composiciones de representantes europeos y latinoamericanos de diferentes escuelas. Ahí está la huella que dejó la formulación barroca de Vivaldi, la expresión clásica sui géneris de Mozart, la veta impresionista de Ravel y Debussy, así como el folklorismo de sus coetáneos Gershwin, Cowell y Falla, por citar algunos nombres imprescindibles del panorama internacional.De similar modo están sus inagotables y autodidactas posibilidades como instrumentista del saxofón, el clarinete, la percusión, la voz y el piano, acontecimiento que permitió el disfrute variado de las más antológicas piezas de compositores de diferentes épocas y su evaluación crítica y de incorporación de aspectos temáticos y estilísticos dentro de un perfil definitivo de su obra.   2.- Estudio de partituras  a)- «Nombres negros en el son»: Musicalización de un poema del libro Cuaderno de Poesía Negra, escrito y publicado por el camagüeyano Emilio Ballagas Cubeñas en Santa Clara. Data de 1932, y constituye una forma melódica, de acuerdo con Carpentier, propia del lied alemán, nacido dentro del contexto del romanticismo de mediados del siglo xix.Propio del denominado Lied ohne worte (canción sin palabras), desapareció como estructura musical hacia finales de 1920, y sus principales cultivadores se localizan en Mendelssohn y Shubert, aunque el cubano José Manuel (Lico) Jiménez lo practicó y difundió en la Isla. El conocimiento universal de García de Caturla y su interés por abarcar desde lo culto, hasta lo popular, lo acentuaron como uno de los seguidores de ese modo artístico de musicalizar textos poéticos. Muchas de las piezas formuladas dentro del ciclo «Voz y diversos acompañamientos», comprendido entre 1924 y 1937, se ubican, según Helio Orovio en su Diccionario de la Música Cubana, en el ámbito del Lied, principalmente aquellas dedicadas a voz y piano, así como voz y orquesta sinfónica.[3]En el caso particular de «Nombres negros en el son», el Lied está concebido para simultanear la voz con el clarinete, oboe, bajo, trompeta, dos fagot, igual número de cornos y tímpanis, así como contrabajo de cinco cuerdas, claves maracas y güiro. .De acuerdo a la influencia de las culturas africanas, llegadas a Cuba procedentes de más de 100 etnias de Continente Negro, la música consigue una significación vocal-instrumental, bailable y religiosa, con abundantes polirritmias (estables y binarias), una alta improvisación. En  este caso, ceñidas al texto del poema, con uso de instrumentos membranófonos e idiófonos y en alternancia entre solistas y coros, propios del estilo responsorial, típico, además, de la melodía cubana, en específico del son.La melodía, aunque sencilla y divertida, no deja de ser compleja por el número de instrumentos que usa para describir temas narrativos y cotidianos, a la vez que lo popular y lo clásico se funden en la estructura musical y los instrumentos empleados, otorgando posibilidades de interpretación a una orquesta de formato sinfónico. En esa línea se inscriben: «La promesa» y «Serenata de mayo» (1925), «Labios queridos» (1927), «El símbolo» (1928), «Mari-Sabel» y «Dos canciones» (1929), «Bito-Manué» (1930), «La rumba», «Mulata» y «Yambambó» (1933) y «Berceuse para dormir a un negrito» y «Sabás» (1937), lo que constituye una producción vasta en este tipo de forma o estructura melódica. b)- «Piezas para cuarteto de cuerdas (1927)»: Integrada por preludio, pieza en forma del vals, pieza en forma de minuet, pieza en forma de pavana, pieza en forma de danza cubana, pieza en forma de son y momento musical. Está incluida dentro del denominado «Berceuse», para música de cámara, quinteto de cuerdas y piano.Desde formas propias del barroco musical, con la influencia de Bach, Vivaldi y Corelli principalmente, el compositor cubano retoma el formato clásico de ese período artístico nacido durante el siglo xvii y fenecido a mediados del siguiente, hasta abarcar lo esencial cubano en el sentido de la danza y el son.Lo clásico está en el mismo horizonte de la suite, como género propio con elementos de la música folklórica-popular, sobre todo del tempo alegro moderato que aporta el minuet, y su encuentro con el clasicismo y la perspectiva de las microformas pianísticas que consiguen las danzas y el vals dentro del romanticismo virtuoso o nacionalista. Sin duda, ahí está el gusto por la obra de Chopin, Liszt, Saumell, Cervantes, Ruiz Espadero, Beriloz, Mussorgski y Dévorak, tenidos por el remediano como maestros indiscutibles de la composición, la armonía y la interpretación.En similar camino aparece lo popular caribeño, lo folklórico-popular que muestra la danza y el son cubano desde la perspectiva de la sonoridad melódica de las cuerdas, o sea de los instrumentos pulsados, incluido el uso del piano, lo que atribuye a Caturla un especial sentido del ritmo, el contrapunto, la polifonía o la homofonía. Al escuchar estas raras piezas, logradas por un ingenio poco usual en la música cubana, el oído queda como aletargado por la riqueza cromática que pernean los timbres. c)- Otros textos: No existe en la obra de García de Catarla una particularidad que se aparte de las anteriores expresiones. Desde la búsqueda constante e innovadora, hasta la aportación legada por otros autores, el compositor va hacia una originalidad que incluye la suite y preludios de, el poema sinfónico, las danzas cubanas, el uso del doble coro masculino para recitante, como en «Yamba-O», al estilo de la música renacentista, con texto de Carpentier, hasta las variaciones o versiones disfrutables con formulaciones de Debussy, Cowell, Ravel, Gershwin, Falla y Mozart, y «La danza del tambor», interpretada en la década de los años 30 por el Septiminio de saxofones que dirigía el remediano Abelardo Cuevas.También en «El canto de los cafetales», así como en las composiciones para ópera y ballet, sonorización del cine silente, donde trabajó en su juventud en salas de La Habana en época en que era estudiante de Derecho,  y la «Berceuse campesina», al estilo más completo de las «Guajirigueñas», García de Caturla se manifiesta como un autor original y consagrado en su arte.Pensar que toda la música escrita por el remediano Alejandro García de Caturla, signada por el sello del auténtico folklorismo universal, y parangonada con lo mejor de su tiempo, se circunscribe a lo más acabado del sinfonismo del siglo xx, enaltece, no solo por sus formulaciones armónicas, sino también porque se elaboró.De acuerdo con Carpentier, el remediano constituye un hombre que «…desde su infancia estuvo decidido a consagrarse para la música y en función de la música ¿Cómo definir, pues, la integralidad artística de su obra, sin hacer concesiones al ambiente? Una sola salida se le ofrecía: adoptar un oficio sin conexiones con la música. Así Caturla eligió la carrera del Derecho».[4]Sin embargo, su vasta obra tiene poca divulgación en Cuba, y aunque sus escritos se comportan en buen estado, este hombre, próximo a cumplir el año 2006 su centenario de nacimiento, permanece más en la leyenda y el olvido que, en la fraterna promoción. 2- Conclusiones:     a)- Por sus logros artísticos Alejandro García de Caturla, junto a Amadeo Roldán, se inscriben en los aportes y logros más significativos del panorama sinfónico y musical del siglo xx, hecho que lo situó en el camino para buscar la síntesis e integración de todos los géneros y formas melódicas de la época en que vivió, y se parangonó con lo mejor concebido por la universalidad foránea.     b)- La música de Alejandro García de Caturla, próximo a su centenario de natalicio como hombre del pasado siglo, demanda de estudios musicológicos y de mayor difusión nacional, incluyendo los rastros de sus aportaciones estéticas en una vanguardia que abrazó las transformaciones artísticas e ideológicas de su tiempo. 3- Importancia del estudio investigativo: Como estudiante de música, la obra de García de Caturla, estudiada con ejemplificaciones en otros instantes de la formación académica, parece sorprendente, y reclama en la actualidad de un mayor conocimiento, sobre todo por la síntesis que buscó en formatos y temáticas de la nacionalidad y la idiosincrasia del cubano, a la vez que deja una huella en el dominio de estructuras melódicas, internacionalmente difundidas, y en el empleo de instrumentos de cuerdas y de viento-metal, hecho que impulsa hacia una mayor búsqueda y apego por lo elaborado por el compositor.                                   


[1] V. Carpentier Alejo (1979): «Amadeo Roldán-Alejandro García Caturla», en La música en Cuba, p. 257, Editorial Letras Cubanas, La Habana.
[2] Cfr. Carpentier, Alejo: «Alejandro García Caturla, primer aniversario de su muerte», en El Huracán, 12(265): 1-2; Remedios, Las Villas,  jueves 11 de diciembre de 1941.
[3] V. Orovio, Helio (1981): Diccionario de la Música Cubana. Biográfico y Técnico, p.177, Editorial Letras Cubanas, La Habana.
[4] Carpentier, Alejo: «Alejandro García Caturla, primer aniversario de su muerte», Op. cit.

Marinello, la espiga ignota

Marinello, la espiga ignota

TESTIMONIO DEL DECLAMADOR SEVERO BERNAL RUIZ

Por Luis Machado Ordetx

¡Qué paradójico!..., dirán. La demarcación y la obstinada secuela son determinantes, necesarias y puntuales. Ahora enfoco  pretensiones en relación con los amigos: los vivos o los muertos —allí dónde se hallen, por las inconfundibles iluminaciones—, entenderán con excelencia cómo los llevé adentro. Con algunos sólo mediaron escuetas señales de apreciación perdurable, y con otros...A esos hombres surgidos —antes y después—, jamás los desdeñaré: las expresiones testimoniadas están prendidas, atadas, indelebles y fusionadas a la refulgencia. Los diálogos, por supuesto, en aquel entonces, manaban desenvueltos. Cuando la holgura mayor —infranqueable por la lejanía—, empañaba el infalible camino finito de  separación, nacía una configuración de tropiezos e inminencias: las fluidas correspondencias.De un coetáneo tengo avidez de conversar. Será sobre manera, con el pensamiento atrapado al cinto. No precisaré cómo lo intimé: su hechura e inteligencia nunca se extraviarían al escarbar en la reminiscencia. De algo estoy convencido: marcó una ruta, un sendero y estableció el horizonte. Siempre asomó con exacta y nervuda apariencia en las visitas que realizábamos, por separado, a Raúl Ferrer Pérez,[4] en Narcisa, Yaguajay.  Allí, como en otros recintos coincidíamos, casi siempre, los fines de semana. Creo, además, requeríamos de esas compensaciones y discernimientos. Las persistencias de acercamientos, las congratulaciones en Manzanillo, y el coloquio ardiente en La Habana o el recado escrito, reforzaron el imperioso crédito del diálogo y la palabra.Con tal certidumbre, inconfundible, vislumbraba en su semblante que             —prendida la luz del fundamento del Apóstol—, «El hombre se siente consagrado en los ancianos».[5]Juan Marinello Vidaurreta, sobre quien evocaré instantes de un pasado que desandamos, de ningún modo escapará a la recapitulación forzosa y desapasionada que engendraré.No tendré en entendimiento lo que guareció para los jóvenes escritores y artistas cubanos, sino, además, las enseñanzas que transpiraron en favor de la excelencia de la Cultura, según los sitios donde se plantó y convergió en posesión de una recatada ponderación.¿Pregúntenme a mí? Despreocúpese de la réplica tapiada. Lo allané como a otros, hurtándole ribetes a la cotidianidad de los incidentes, y aquilatándolo en la corpulencia de lo que desvirtúa y desbroza inconvenientes. A la par, ilustraba el presente que, por esclarecimiento extensivo,  era lo nuestro.Lejos, envuelto en la agitación política y revolucionaria —en la meditación literaria, y ahijando el porvenir—, él sacó fuerzas, no sé de dónde, para sustentar la unidad de creación y encausar los derroteros estilísticos y temáticos de un grupo de intrépidos «aficionados» villareños.Fungió como «padrino» —devenido en líder espiritual—, desde la teoría y el profundo conocimiento, y guiaba, sin el pavoneo orgulloso, a una pequeña familia en torno a lo que era sabio y trascendental para la Patria.Su caso, legendario en los cubanos, revelaba la vocación del humanista: la maestría pedagógica del mentor, marxista-leninista, americanista y universal, y tenía insinuada palpitación en el retoño de la epidermis.Cuando en las discusiones surgió alguna que otra divergencia de circunspecciones políticas, filosóficas y artísticas, siempre prosperaba una hermandad sin atisbos de linderos resolutivos, y al segundo refrendaba el olvido rotundo, propio de espíritus ardientes e ilustrados. Era nítido en el carácter. Tal vez porque sacaba ventajas por la profundidad erudita que esgrimía, la edad, la vivencia, así como los conocimientos que sobre el arte  y la literatura acumulaba, al cobijo de absorción adoradora de los progenitores predilectos. Bien que ciñó libros, temas, autores...Esa proporción, tamañuda, reposaba en una procreación dialéctico-materialista que transbordaba, adentro, en las entrañas.¿Acaso, de dónde emergía, embocaba y destilaba la voluntad y capacidad telúrica del convencimiento para decantar entuertos?...Precisamente, ya expandía su almendruco y, al discurrir, brotaba, con lozanía y perfecciones relucientes, el asentimiento de un observador socio-ideológico del arte y la literatura.[6]  Rebuscando en las reminiscencias: el naciente diálogo con Marinello, para beneplácito de ambos, sobrevino en septiembre de 1936, justo a raíz del fusilamiento de Federico García Lorca.[7] Sí, allí anidó el asiento inaugural de la lealtad. Fue como una suerte de encontronazo sin precedentes. Estaba compungido, terriblemente quejumbroso, por lo acontecido. Lo sé. De ahí viene uno de las apuntaciones imborrables que atesoró.Ya era un compositor, un decidor persistente y un teórico virtuoso de la palabra. De la resultante  esgrimía, con ardor y vehemencia, la defensa de lo noble, lo sano del saber popular y, por supuesto, de las idiosincrasias nacionales y americanas. La troncal perspectiva acrecentaba su  escalpelo interpretativo, explicativo y...Claro, fortuna adjudiqué en el vínculo con cuatro personalidades literarias que —con particularidades ideoestéticas algo discordantes—, formaron una estela en lo inmenso y transparente. Entre Emilio Ballagas Cubeñas,[8] Raúl Ferrer Pérez, Manuel Navarro Luna y el amigo Marinello, sacudieron una persistente y atrayente afluencia de conocimientos —pedagógicos, políticos y culturales—, irrevocables para el ulterior prorrumpir artístico: determinaron el rumbo y alertaron el proal.En el centro de esos diálogos (desperdigados con el ardiente obsequio de las frases y las enseñanzas), permanecí como quien acudió a las invocaciones. Todos iban, en estrépito, hacia la fértil espiga que germinaba dentro de una exacta proporción cubana, caribeña y latinoamericana. Con otros amigos que simpaticé —sobre todo, incluyo a los que cultivaron la poesía negra, y a los cuales me vinculé—, fulguraron, de similar modo, las lecciones teóricas que Juan regaba como un manantial ardiente. Soy testigo de ese ferviente tránsito por disparejos e irrebatibles escondites cubanos de animación cultural.[9]Jamás en Cuba un hombre, de tanta energía, vitalidad e inventivas, consagró tanto espacio escrito o hablado para sentenciar, aguijar y predicar en favor de una vertiente lírica o narrativa que calara en la cuenca del alma nacional: en el andar solicitaba ese toque que universalizara y, además, alejara cualquier pronunciación de atisbos folcloristas, superfluos, vacuos...Eso hizo, y también predijo, en las postrimerías de los años 30, para que la lírica surcara las realidades intrínsecas a las exigencias de la realidad y el tiempo histórico. Más que un escuchador con exigüidad —lo que tendré que reseñar en algún momento—, comparecí como copartícipe de los comentarios exploratorios, las amonestaciones y las diatribas que sustentaba en aras encausar lo que repercutía en el  contexto cubano y foráneo.En noviembre de 1938 —retornando a lo pretérito—, en aureola expedita y rondado de   habituales a las veladas del central Narcisa —donde se afincaba el enclave de Raúl Ferrer Pérez—, el teórico Marinello Vidaurreta bosquejó (con talante sintético, amargo, molesto, y de proximidad al exangüe), la lectura de ciertos fragmentos implícitos en una carta que José Ángel Buesa consignó al poeta villareño Carlos Hernández López.[10] Por casualidad, éste —elogiado desde la época de las peñas del Club Umbrales, incluso durante la estancia efímera del matrimonio Juan-María Josefa,[11] en tiempos de la Escuela Normal para Maestros de Santa Clara— expuso el manuscrito en el Parque Vidal. En ese recinto —escogido, a veces, por literatos locales para exteriorizar diálogos informales—, se instituyó una porfía de extrañeza. La conversación, contrastada por barruntos ardientes, cesó en controversia.[12] Ausente estaba de allí, pero por los hocicos de los contendientes, me percaté del crujido. No obstante, hablo con propiedad, adherido a argumentaciones ad hoc: los dos participantes describieron, por separado, la adjudicación de puntos de vista. Buesa, de esquinarse, se refirió al hecho en la vivienda de un amigo donde  permanecía. Por fortuna «merecida», quiso el destino, que el documento resida ahora, no sé ni cómo, en mis manos. La casualidad condujo aquí.[13] Todavía, para beneplácito, custodio el original que asemilló el altercado         —aunque vehemente—, en que se dirimía a capa y espada la poética del granadino García Lorca, y Marinello no derrochó minutos, ni ajustó el tono de la voz, para exteriorizar el discernimiento: embistió la misiva, y sacó de raíz enunciaciones huecas y desmesuradas.[14] Así aconteció el topetazo sin que el firmante principal se enterara de inmediato de lo sobrevenido. Estoy persuadido que si consiguió percatarse del alegato, pero escondió el semblante y desestimó el aludido. En especificado «rinconcito» desconocido, de la fecunda papelería de Marinello, puede que aparezcan los apuntes que forjó. Absolutamente, ¿quién admite esa seguridad? De eso no hablo porque lo ignoro, aunque escuché esas argumentaciones orales inherentes a la diatriba.[15]Todo eso lo presumo. Cuando en redoblados relámpagos, al pronunciarse ante nosotros, promovió la significación de Lorca en las letras españolas y las incursiones por países americanos —fundamentalmente los episodios de la estancia en Cuba—, lo referente a Buesa, estimo que no lo recapituló en borradores de deslindes. Por tanto, al respecto, no distingo raigales mensajes en torno a lo ignorado.Es incuestionable —lo admito, a indagación de balas—, Marinello examinó el verso y el teatro del andaluz como «... frondosas alas de un árbol, lozano y erguido, en una mañana luminosa de reposo».[16] Destacó, igualmente, la profundidad y el calibre imperecedero de una armonía íntima en las señeras metáforas, y otros recursos expresivos, hispánicas, colmadas de un parangón especial.Suplico a la  memoria —abusando del cansancio que provoca la vejez—, y retoco lo que de una forma u otra prorrumpió de la boca, y también de las entrañas, de Juan, cada vez que el asunto flotó sobre el tapete. Resultará lógico, más teniéndolos a mano, que aborde cuestionamientos esgrimidos por Buesa, más cuando significó que:«... mi opinión es ambigua. Veía en él a un pichón de águila. [...] Y digo esto porque, aunque su obra es magnífica, todavía tenía mucho que dar, y, sobre todo, habría tenido tiempo de superarse. Muchas cosas que andan rodando por ahí como obras maestras, no son otra cosa que -al menos, así las considero yo- elegantes tomaduras de pelo. El mayor defecto de G.L., fue pensar demasiado en el vulgo [...] En el género del romance, será difícil superarlo. Él remozó el romance y le comunicó un soplo personalísimo...»[17]     No es de extrañar que Marinello —un hombre cuajado como torrente cristalino, inagotable en la expectación de la cultura artística—, se expusiera ajeno a dimes y diretes. Sé que estacionó los hilvanes justo en las íes, y se comidió en orgullosa parquedad, para trasladar las prestancias del arte por las travesías de lo cubano. En esterilidades no se detendría. Tampoco las ojearía desapercibidas, sin que antes decantara una reflexión oportuna. Por eso él —que congeniaba con Hernández López, Buesa, Jorge Cardoso y...—, jamás amontonó presunciones de resentimientos: optó, según instruyó con otros, por entusiasmarlos e inculcarles el estudio para el abordaje de la realidad objetiva y social, y su consecuente recreación artística.La única forma valedera de percibirla o recrearla, era sin rangos de usufructo exclusivista de un individuo en solitario, sino como surtidor vivaracho, de pertenencia y compendio de la colectividad.¡Qué no proscriba a nadie!... Lo acaecido en la irrupción sui géneris entre el teórico marxista y el poeta villareño, no pasó de más allá, y concernió para aleccionar y...  Al lucir la carta, sin ímpetus de jactancia, arguyo que Hernández López desamparó la cavilación y la prudencia comedida de los discernimientos del otro. Constata, porque lo oteé, que Juanelo —como solía llamarlo Navarro Luna en peñas familiares—, se articuló con un temperamento camaraderil. De ese diálogo —raudo y volcánico—, la partícula que rebasó los oídos con mayor transparencia concernió a Marinello. Por su parte, Hernández López          —contertuliano de Umbrales—, perpetuó el vestigio de lo incógnito. Hubo comadreros que concertaron «perforarle» la lengua, sin pretender, incluso, cercenársela, para indagar partículas propias de la discusión: el silencio se interpuso en lo sucesivo.Augustamente rehusaba la insistencia. En lo promontorio de los años adjudicó la epístola de Buesa —que desató la polémica— y para asombro la depositó junto a un ejemplar del libro Chamberí, poemas pilongos, con el propósito de   que la «disecara» entre la papelería.Decía, en nota al margen: «No la extravíes. También en algo te pertenece por ser partícipe de los vericuetos de aquel desenlace en que me desagué».[18] La imagino como prenda y huella imperecedera de la camaradería provenida allende a 1936, fecha en la que enhebré la adhesión por los escenarios y la recitación.¿Volvemos a las palabras de Marinello en Narcisa? Cuestiono, tal cómo antes prescribí, un fundamento: ¿Dónde residieron los rompimientos simulados entre los argumentos blandidos por José Ángel Buesa y el teórico marxista? Pues bien. Aquí la dilucidación: instauraron pespuntes de coincidencia, pero... Hubo frases interpuestas por el remitente, donde se insinuaba el hiriente calificativo de «vulgo», para habilitar los temperamentos populares que tipificaban la esencialidad, los temas, motivos y personajes literarios alegrados por el andaluz.Cuando Juan vio que en las letras impresas se abordaba el teatro del español, detonó en rabia.Buesa lo detallaba como «... flojísimo, diría, con grandes destellos, eso sí, pero en conjunto, irregular, frágil. Lo mejor es Yerma, sin ser nada extraordinario...» [19] Ahí desvaría, adujo el otro. Expuso que: «Conocí al granadino, aquí en Cuba donde le acompañé, en su preferible estancia, cuando ya había despertado, y se exhibía en humildad sincerísima como un inventor nacional y universal, bebiendo de la realidad de pilas sustanciosas -sin que el goce y la petulancia lo embriagaran-, y aportando esencias contenidas en un insospechado globo de duendes, fantasías y protagonistas...».[20]Lo engendrado por Lorca, convengo con franqueza humildísima, emigraba fecundado por una raigambre histórica, y tanteaba el cielo telúrico de Lope de Vega, a la par que se empinaba hacia Calderón de la Barca y otros españoles del Siglo de Oro: copaba las sendas de un entendimiento singular y legítimo que desvelaba los dramas de la época —y el temperamento popular—, embistiendo, como fiesta taurina, todos los confines culturales que le remolineaban.Después, de aquel acaecimiento en Narcisa, Marinello retomó análogas perspicacias ante intelectuales cubanos o extranjeros. Así fue, pondero ahora. Era de los que escasamente se abstenía para asirse a la verbosidad que apremia en la exhalación impasible de una hechura inacabada. José Ángel Buesa, de una forma u otra —refrendo— se adjudicó y agarró la intuición de esa discrepancia. Al menos, él percibió los soplidos de la gresca.[21]Enseguida —como el que tropieza con una flor diminuta ubicada en función de marcador de páginas que alientan el gusanillo por las asiduas lecturas de juventud, y también de ancianidad—, escruté en el germen de las autenticidades, y enarbolé, hasta sustentar, los cánones que él aquilató, en fulgores excelsos, para empotrar con la dilatación esa virtud de Lorca.[22]El enardecimiento lo espoleó a la remembranza de los relámpagos cubanos durante la peregrinación del granadino, allá por marzo y junio de 1930. Con  castidad exponía: «Andar criollísimo», porque el poeta poseyó la turbación trastornada de la purificación venida de lo popular, y entendió que en este clima tropical no solo hormiguean el tabaco, el café y un excelente ron, sino, además, hombres diestros en ritmos latientes en insólita musicalidad. [23]Por eso percibí los tintes de la alojamiento del español: el «zanganear» displicente, las conferencias que obsequió en Liceos y Colonias Españolas             —instituciones prominentes que atesoraban un caudal humanístico en territorios alejados de la capital—, y de su desenfado al encarar la vida y las juergas.Él resaltaba cómo el agasajado se complacía con gestualidad intrigante, espontánea y sugerente del transeúnte, así como de las porfías, juego fantasioso con la realidad, y el humor desenfadado y atrayente. En el fondo, el intelectual ceñudo comprendió el imán impactante, fiero y devorador que agarraba y subyacía en la reverencia desafiante del andaluz.Por Juan juzgábamos. Todos quedábamos alejados de lo ajeno y extemporáneo. El éxtasis promovido por veraces mensajes —de mesura tangible, de encanto y detalle—, nunca agujereó las arterias de la curiosidad pensativa, y se erigieron en puntos de arranque exclusivos y ecuánimes. Así —de la carta de Buesa que indujo el desacuerdo—, describió después aspectos de las andanzas del granadino. Había que escucharlo dibujando y señalando escenarios, personalidades asistentes, anécdotas, comentarios...[24]El teórico que aleteaba en la mente proverbial de Marinello —me consta—, era inflexible con las investiduras inconclusas, adulteradas e impropias: ponderaba todo atisbo de experimentación, siempre y cuando se aplanara las circulaciones nutrientes de la cultura y las idiosincrasias nacionales. Desenfundaba y manejaba las categorías generales o particulares, y el modo de colocar a cada cual en el lugar, a partir de un juicio certero y valedero.Emilio Ballagas —un poeta mayor en Hispanoamérica y un ensayista de calibre—, persistentemente escribió durante la antesala en Nueva York o en La Habana, para transmitirle ciertos puntos de vista, atendiendo a su opinión sabia, enviándome la correspondencia con una copia de las reflexiones especiales. Apetecía que él ofrendara la  expectación. De ese modo reverdeció, sin reparos, disímiles vislumbres de lo consumado. Lo presumía —como otros—, un tamiz, un pulidor, y orfebre en componer discursos y  apreciaciones acertadas. Como tal recibió el merecido respeto y tributo.[25]Me censuró. Con acentuación calmosa y comprensiva ausculto el tiempo, y fustigó con vehemencia cuando se percataba de una intervención donde distorsionaba la psicología del mulato o el negro. Sonsacaba: «Severo, así no compareceremos en ninguna parte, porque los que hacen ese tipo de versos tienen la culpa: confunden folclore y folclorismo, pasión y reivindicación, cultura popular y visión nacional, arranque tradicional o experimentador, con moda, esencia y visión moderna[26] Gratos relámpagos amontono y acaparo en la recordación de Juan. Unos son lejanos, y otros próximos a su desvanecimiento orgánico. A los escritores que asumían un compromiso social con el pueblo, persistentemente, les acarreó, en similar proporción,  la estimación mayor, el afecto y la censura. También, por encima de todo, espetó la veracidad anunciadora e imperecedera de una literatura que acuna la gestualidad de lo autóctono como parangón de la virtud.A Ballagas, Guillén,[27] Navarro Luna, Gómez Kemp,[28] Raúl Ferrer Pérez, Carlos Hernández López,[29] Eusebia Cosme,[30] Martínez Pérez,[31] Agustín Acosta...,[32] siempre les prodigó y estacionó fieras y naturales reliquias del esclarecimiento: todas aguijaron en un reclamo voraz y sincero en la pugna por el rescate de las enjundias que acrecientan la idiosincrasia del cubano.[33]Treinta años después de la salida de La Zafra, de Agustín Acosta, apareció una carta en mí casa. El remitente recapacitaba en relación con una diatriba de Marinello publicada en la revista Cuba Contemporánea y la Gaceta de Bellas Artes. Desde la calle Descanso, número 12504, en Matanzas, el poeta replantea un discurso sin la presunción angustiosa del que tolera una censura o unos cuantos elogios.Acosta advierte: «Antes y después de mis principales libros, y hablo de Ala, Hermanita y La Zafra, todo lo que guarda el perpetuo silencio de las gavetas o está publicado, transporta el consejo latiente de Marinello. ¿Cómo despegarme de esa savia suya, del alertar y el aguijón, para despuntar un mal paso o una nota fuera de lugar? Vendrán otros críticos, aun con las diferencias de enfoque que tenga, pero ninguno calará tan profundo como él. Adentró la mirada en torno al pesimismo mío, calmó la sed pidiendo poesía (lo había dicho en las “Palabras al Lector” y no me avergüenzo), y la encontró, a pesar de que cuentan que soy un consagrado. Sigo escribiendo nuevos versos. No obstante, continúo apegado a la pupila de su instrucción...»[34] Esa misiva no cayó del aire. Tampoco estaba exenta de intencionalidad: desde las incursiones que consumé, por invitación de Carilda Oliver Labra,[35] a las peñas literarias de la Atenas de Cuba, emergió la descarga epistolar que, incluso, aleccionó mis puntos de vista y la consideración por la literatura y las concepciones emitidas por el ensayista.Ningún examinador cubano de su tiempo, incluyendo a extranjeros, meditó con sublime vehemencia sobre asuntos formales, estilísticos y temáticos de la poesía hispanoamericana. Vislumbró incrustaciones canijas y enmarañadas, y fustigó cuando se desentendía de la imperiosa visión auténtica de las condicionantes sociales que se suscitaban.Acosta precisó, muy acertadamente, que en las detonantes de Marinello se instalaba la apropiación de la historia, a partir de la búsqueda, el acierto y el hallazgo del criollismo de esencias, y la inquietud que trascendía los umbrales del país o una época. De ese modo admitió las descargas y corrigió sus tiros líricos.¿Por qué sedimentarlo? Todos lo cotejan con asequible cualidad —al preponderar opiniones sobre Ballagas, Guillén...—, en reseñas críticas que abarcan lauros, hazañas y deslices literarios en lo tocante a la poesía negra.[36] Abarcó a los declamadores: hay que contarlo con justeza. Fue enérgico con el experimentalismo vacuo y la simple novedad. Pedía adentrarnos en el alma nacional sin «jugueteos culteranos o los vericuetos falsos de las palabras.»Fustigó, sí, tras la recitación en privado o en público, para dejar disfraces y pintoresquismos que —en contundente reclamo—, empequeñecían al cubano. Con la refriega también repasé fórmulas para aprehender y desenredar las esencialidades de los repertorios y los poetas.[37]Esa apreciación, en tal sentido, la veíamos henchida de didáctica estética e ideológica. Era exclusivo, único... La acechanza a las circunstancias, como lo mirífico, se arrellanaba en lo excepcional, lo infalible y, también, en lo desembarazado. La cualidad y particularidad de la cubanidad —desperdigada del «divertimento aplebeyado»—, y sus temas,  contenidos y motivos,  lo instaban a dilucidar un arte rebosante de absorbentes humanos. Juzgarlo, cuando acudo a la repetición de viejos repertorios —según los reclamos de quienes me convocan—, traicionaría la solidez de la preocupación inteligente que persistentemente infundió. Actualmente lo aprecio, tal como era: luminosidad meridiana del pensamiento teórico.Mas —yo un mulato de humores y de rostro—, en aquel y en este tiempo,  despliego que él encarnó una incitación para valederas travesías. Jamás preteriré, cómo, entre todos, un día  circularon una trascripción mecanográfica —con tipografía clásica de una Underwood—, del ensayo «Veinticinco años de poesía cubana». Instauraba una revelación, una extrañeza del avizor.No era lo perentorio. ¿Lo dudo?..., pero, la precisión mediática, de convincente perspectiva en la demarcación en todo lo instantáneo y apremiante, requerían explícitas ensambladuras. Ahí, él advertía, en espoleada recapitulación, percepciones convenientes que, por la efervescencia lírica reinante en la adolescencia creativa, excluíamos o ignorábamos.Con agudeza catadora concibió las remisiones. Nadie creyó en la pulsación mordaz. De nosotros no musitaba en el texto, pero las advertencias esgrimían adiestramientos, a la par que encintaba itinerarios que impulsaban hacia la perfección.El enmiendo desplegaba prosperidad, ascensión creciente y, por supuesto, un eslabón del conflicto implícito a lo dramático, a la inquietud y a cauterizarse. Unos permanecieron replegados en un incierto apogeo, mientras otros encumbraron el montículo trascendental del artista. Yo —que viví en ese esplendor—, de ningún modo me deshice de una de aquellas reproducciones y, lo aseguro, constituyó una guía, un diagnóstico en la misión del declamador.[38]En esa que ves, acariciando un papel amarillento, me siento complacido y sediento. Aquí está el subrayado suyo, donde explaya: «Queremos al negro en toda su medida, en la pena de su destierro, en la luz de su música poderosa, en la ternura de su canto ciego, pero también en la justicia de su rebeldía...»[39] Cierto día, durante una efímera coincidencia de respetables amigos, a principio de la década de los 60, se lo extendí, y espantado percibió la placidez de agenciárselo. Prefirió que prosiguiera en mis manos, y aquí lo disfruto con la mayúscula aquiescencia de las cardinales añoranzas de aquel momento.¡Qué más pedir!... Fue un definidor, un surtidor de voluntades, que sufragó, con  hondura histórica, correcciones del disparo lírico de la cultura cubana: encarnó esencia y devoción para el esclarecimiento oportuno. Viví desde el coloquio ameno hasta el consejo diario que se esparce al viento, y huelgan lo desenfrenos para replantearlos.En la memoria, el sueño, y la actuación consecuente, descansan sus desgastados huesos. Arguyo que disfrutaría, de ese modo, con suma notoriedad. Otras apuntaciones sobre Juan, persisten. Vendrán a la mente como remolinos nítidos, y traerán consigo los renuevos del hombre de esencias indiscutibles. ¡Qué más  decir!... Entonces, tendré que rememorar cuando, desde la delegación de Cuba en la UNESCO, remitió una carta con demasiada premura a esta vivienda villareña. Alertaba en brevísimas letras: «Negro, como en otras ocasiones, donde requeríamos que estuvieras, con tu calor de versos, necesito  determinados envíos que puedes hacer…». [40]La preocupación recetada era del viernes 20 de enero de 1967. Pedía con humildad libros para llenarse de placer y sabiduría. En otros, tal vez, pudo delegar en la solicitud. El escogido fui yo. Pienso de ese modo. Nunca le pregunté el por qué... Falleció sin darme respuesta a esa incógnita, pero, instauro, era una idiosincrasia cariñosa de registrarse y confirmarse como degustador de una ignota espiga: jamás, desconoció la distancia, las responsabilidades y los azotes del tiempo para intimar un cariño, una lealtad fina y decidida.Eso ofrenda mesura, y demarca —en última instancia—, al humanista de pecho depurado. No acaecen locuciones para otras descripciones, pues se despojó de máculas en cualquier tiempo. Juan es ese, el entrañable y devoto legionario que vislumbré no sé cuántos años atrás...   


[1] Testimonio del declamador Severo Bernal Ruiz. Entrevista del autor, en Santa Clara, viernes 14 de julio de 1988.

[2] Manuel Navarro Luna: Carta al declamador Severo Bernal Ruiz. Fechada en Manzanillo, viernes 18 de febrero de 1949. (Inédita.) El autor cuenta en su archivo con una  fotocopia del documento, así como de otros materiales manuscritos. Todos serán citados en referencias posteriores.

[3] Navarro Luna, Manuel: [Jovellanos, 1894-La Habana, 1966]. Poeta, periodista, músico y orador. Cfr. Diccionario de Literatura Cubana, Op. cit., t. ii, pp. 655-658.

[4] Ferrer Pérez, Raúl: [Mayajigua, 1915-La Habana, 1993]. Maestro, poeta y periodista. Cfr. Diccionario de Literatura Cubana, Op. cit., t. i, pp.338-339.

[5] José Martí: Carta al director de La Nación de Buenos Aires, Nueva York, enero 3 de 1887, en Obras Completas, p. 136, t. xi, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1975.
[6] Por esos años Juan Marinello Vidaurreta publicó ensayos significativos: Juventud y vejez (1928); Sobre la inquietud americana (1929); Americanismos y cubanismos literarios (1932) y Poética, ensayos en entusiasmo (1933), además de un nutrido grupo de comentarios y reflexiones periodísticas escritas para la Gaceta de Bellas Artes; la Revista de Avance; Carteles; Social y Bohemia...V. Miguel Rojas Gómez: «Juan Marinello, esteta de la libertad», en Islas, Universidad Central de Las Villas, número 98, pp. 80-94, mayo-agosto, 1989.
[7] García Lorca, federico: [Granada, 1898-Id., 1936]. Es el escritor español más famoso del siglo xx. Poeta, dramaturgo, ensayista, conferencista, humorista, músico y folklorista. Integrante de la Generación del 27. Visitó Cuba entre marzo y junio de 1930. Fue asesinado por tropas franquistas  en julio de 1936.
[8] Cfr. Ballagas Cubeñas, Emilio
[9] Anchurosas son las referencias y los epistolarios cruzados entre los escritores, así como las consideraciones que dedicó Marinello. En el caso de Ballagas —sobre todo lo referente al cultivo de la  poesía negra y la conformación de antologías hispanoamericanas de esa temática—. Cfr.  Cuba: Cultura, Juan Marinello, pp. 273-409, Editorial Arte y Literatura, La Habana, 1975.
[10] Buesa, José Ángel: [Cruces, Las Villas, 1910-República Dominicana, 1980]. Poeta y periodista. Asiduo visitante de las tertulias del Club Umbrales, donde dio a conocer los principales fundamentos líricos, a través de conferencias que impartió hacia mediados de 1936. Cfr.  Diccionario de Literatura Cubana, t. i, Op. cit., p. 160.

[11] Vidaurreta Cañal, María Josefa [Pepilla]: [La Habana, 1905-Id., 1976]. Destacada pedagoga. De agosto de 1933 a febrero de 1934 dirigió la Escuela Normal para Maestros de Santa Clara. Sostuvo un pensamiento antimperialista y martiano, que provocó persecuciones y arrestos durante la tiranía de Gerardo Machado Morales (1925-1933), así como en años siguientes cuando dirigió la Escuela Normal para Maestros de La Habana.

[12] Luis Machado Ordetx: «Umbrales, revista de iniciación», en Coterráneos, Op. cit., pp. 23-31.
[13] El periodista vio ese texto, pero desconoce su paradero actual.
[14] Carta de José Ángel Buesa al poeta villareño Carlos Hernández López, La Habana, miércoles 2 de noviembre de 1938. (Inédita.) El autor tiene la fotocopia de esa misiva.
[15] El comentario que sucedió a la precisión hecha por Juan Marinello Vidaurreta —a Carlos Hernández López—, para aclarar parte de los conceptos esgrimidos (según los testimonios aportados al autor por el declamador Severo Bernal Ruiz y el escritor Raúl Ferrer Pérez), consiguió corporeidad escrita en: Juan Marinello. Ensayos, Op. cit., pp. 339-358. La aparición de ese texto —aunque en ningún momento el autor, por eticidad, se refiere a que la confección responde en su origen a una réplica— deslindó criterios expuestos por otros investigadores cubanos sobre la estancia del andaluz en la Isla. V. Raúl Roa (1964): «El crimen fue en Granada», en Retorno a la alborada, t. i, pp. 398-404, Dirección de Publicaciones de la Universidad Central de Las Villas, Santa Clara.
[16] Palabras textuales expresadas por el declamador.
[17] José Ángel Buesa: Desde antes del nacimiento del Club Umbrales (1936), ambos escritores establecieron amistad y comunión lírica. Esos lazos motivaron un intercambio sistemático de correspondencia. Al tanto de ese ir y venir de misivas estaba un grupo de creadores residentes en la ciudad.
[18]  Ídem.
[19] Idem.
[20] Tomado de apuntes textuales escritos y almacenados por el testimoniante. El autor cree que ese documento se encuentra dentro de los libros donados a la Universidad Central tras el fallecimiento del declamador en 1989.
[21] De acuerdo con cartas halladas en el archivo de Severo Bernal Ruiz —escritas por José Ángel Buesa a Carlos Hernández López—, se traza la hipótesis: sentía predilección por la emisión de juicios críticos sobre los contemporáneos, y se satisfacía en destilar desidia y ciertos aires de envidia sobre los coetáneos. El jueves 28 de enero de 1971, desde Santiago de los Caballeros, República Dominicana —donde residió después que abandonó a Cuba en la década de los 60—, hace un comentario, entre otros tópicos, que aborda al camagüeyano Emilio Ballagas Cubeñas. Dice: « [...] más fácil sería que resucitara él, y no que se reactualizara su obra. Entre otras cosas, porque careció siempre de identidad comunicativa, de simplicidad humana, de verdadera originalidad. Y que en paz descanse.»  Nada más alejado de la verdad expuesta por la crítica internacional que ha reconocido los méritos de la lírica del autor de Júbilo y Fuga; Cuaderno de poesía negra, Sabor eterno, y... El investigador  toma en cuenta ese documento. (Inédito.)
[22] Por esa época, confesó el testimoniante, recibió informaciones y documentaciones referidas a la vida y obra de García Lorca, así como aspectos concernientes a la radicación temporal del andaluz en Cuba. Juan Marinello y Pepilla Vidaurreta contarían, por su parte, los acontecimientos del sábado 22 de marzo de 1930, cuando el español arribó en el tren de la noche a Sagua la Grande. Era su primer periplo como disertante lejos de la capital cubana. Juan Domínguez Arbelo,  dejó aportes sobre la conferencia que impartió al siguiente día en la filial Institución Hispano Cubana de Cultura de la ciudad portuaria.    
[23] Llegaron a la casa del declamador originales de «Romance por el crimen de Granada» —un largo poema escrito por Enma Pérez—, así como «A Federico García Lorca», de Emilio Ballagas, y apuntes de Juan Domínguez Arbelo. [En archivo del autor las dos primeras referencias].
[24] En calidad de vicepresidente de la Institución Hispano-Cubana de Cultura —cuya organización invitó al granadino y financió su estancia en el país—, Juan Marinello Vidaurreta lo escuchó en el dictado de las conferencias. Además, como nadie, lo vio confraternizar con intelectuales, escritores, y percibió a un literato nato que llevaba a sus piezas la esperanza redentora de lo más sublime de la tierra: la vida del hombre y el entorno.
[25] El domingo 10 de febrero de 1947 escribe a Severo Bernal: « [...] Harás la consabida cartica a Juan: El amigo Ballagas, ausente en N.Y. me encarga ponga en sus manos uno de los pocos y primeros ejemplares de su Mapa llegado a Cuba. Cumplo gustoso su encargo, etc.» Se refiere a la antología Mapa de la poesía negra americana, Editorial Pleamar, Buenos Aires, Argentina, 1946. En archivo del autor hay otras referencias.
[26] Al respecto —con mayor amplitud—, esos conceptos aparecen en: «Carta a un poeta que comienza por lo negro», referido al libro Acento negro, de Vicente Gómez Kemp. V.: Juan Marinello, Op. cit., pp. 328-330. Poemas como: «De la luna negra»; «Son con punta»; «Mulata achinada»; «Negrito preguntón»; «Tú ere plante no má»; «Pantaleón» y otros de ese autor, constituyeron parte reproducida del repertorio de muchos declamadores  cubanos
[27] Guillén Batista, Nicolás: [Camagüey, 1902- La Habana, 1989]. Poeta, ensayista y periodista. Es el Poeta Nacional de Cuba. Cfr. Diccionario de Literatura Cubana, Op. cit.,  t. i, pp. 407-415.
[28] Gómez Kemps, Vicente: [¿…?]. Poeta y periodista.
[29] Cfr. Hernández López, Carlos
[30] Cosme Almanza, Eusebia Adriana: [Santiago de Cuba, 1911-Miami, 1978]. Declamadora cubana. En la década de los 30 se radicó en los Estados Unidos, lugar donde difundió, sobre todo en teatros y escenarios disímiles de Nueva York, los versos de Nicolás Guillén, Emilio Ballagas, José Felipe Carneado, Luis Palés Matos y Langston Hughes... A principios de 1951 y luego en 1953, realizó la última gira artística por varias provincias cubanas. Cfr. José O. Barrero del Valle: «Cinco minutos con Eusebia Cosme. [Referencia a la presentación de la declamadora en el teatro La Caridad, de Santa Clara, donde asistió contratada por la Sociedad de Arte Musical]», en El Villareño, v (61):2, Santa Clara, Las Villas, sábado 14 de marzo de 1953. 
[31] Cfr. Martínez Pérez, Enrique
[32] Acosta, Agustín: [Matanzas, 1886-Miami, 1979]. Abogado, poeta y periodista. Cfr. Diccionario de Literatura Cubana, Op. cit., t. i, p. 98.
[33] Eusebia Cosme, Dalia Iñiguez, Berta Singerman y el puertorriqueño Juan Boria..., también sintieron el estruendo crítico de Marinello.
[34] Carta de Agustín Acosta, fechada el sábado 12 de enero de 1957. (Inédita.) La alusión a Marinello instituyó, en esencia, un modo de presentación del matancero y un aval crítico: Acosta conocía, por supuesto, la amistad que unió al declamador con el destacado ensayista. V.: «Un nuevo libro de Agustín Acosta», en Juan Marinello, Op cit., pp. 276-280.
[35] Oliver Labra, Carilda: [Matanzas, 1922]. Abogada, poetisa, narradora y periodista. Premio Nacional de Literatura, 1997. En su obra aparecen: Preludio lírico (1943); Al sur de mi garganta (1949); Memoria de la fiebre (1958); Tu eres mañana (1979); Las sílabas y el tiempo (1983); Desaparece el polvo (1984); Calzada de Tirry 81 (1987); Los huesos alumbrados (1988); Se ha perdido un hombre (1992) y…
[36] V.:«Verbo y alusión» (sobre Trópico, 1928, de Manuel Navarro Luna); «Inicial angélica» (referente a Fuga y júbilo, 1931, de Emilio Ballagas); «Margen apasionado» (a propósito de Pulso y onda, 1932, de Manuel Navarro Luna), y «Poesía negra. Apuntes desde Guillén y Ballagas». En: Poética, ensayos en entusiasmo, Editorial Espasa-Calpe, Madrid, 1933. Aparecen en la sección Crítica y Comentarios Literarios. En: Juan Marinello. Cuba: Cultura,  Op. cit., pp. 286-328.
[37] En: «Hazañas y triunfos americanos de Nicolás Guillén», dice: «hace diez años coinciden en nuestras islas dos interesantes fenómenos: la boga mundial del negro y el despertar poético del afro antillano [...], por vez primera el impulso extranjerizante nos jugó una buena partida [...], nos condujo a nuestra propia casa. Buscando lo extraño, dimos con lo propio». Op. cit., pp. 375.
[38] Editado después en: Literatura hispanoamericana. Hombres, meditaciones, pp. 113-142. Ediciones de la Universidad Nacional de México, México, 1937. También en: Juan Marinello: Cuba: Cultura. Op. cit., pp. 350-372.
[39]  Guardado en el archivo del declamador. Desconozco su paradero después de la muerte del artista. Sobre lo apuntado, puede consultarse, además: Juan Marinello, Ibíd., p. 389.
[40] El investigador conserva el original.

El duende sinfónico de García Caturla

El duende sinfónico de García Caturla

Por Luis Machado Ordetx

El sinfonismo latiente, hasta gozoso, casi un duende —soñador y revitalizador de la mezcla original entre lo propio y lo foráneo en un contexto renovador de su tiempo—, primaron en algunos sitios del país, a modo de estruendo, tras las audiciones sinfónicas de algunas de las composiciones que, a mediados primera mitad del siglo pasado,  dejó el célebre remediano Alejandro García de Caturla.

 

No era para menos, y la ocasión no escaparía a nadie con las presentaciones en escenarios de privilegio —Amadeo Roldán, La Habana, La Caridad, Santa Clara, y Villena, Remedios y...—, de las Orquestas Sinfónica Nacional, de Villa Clara, incluso la de Oriente, junto a Bandas de Concierto, dispuestas a celebrar el centenario del natalicio del músico y jurista villaclareño, considerado una de las glorias de nuestra Cultura en todos los ámbitos.

 

El año —desde el 7 de marzo actual, hasta similar fecha del siguiente—, pertenece en cuerpo y alma a Caturla [San Juan de los Remedios, 1907-Id., 1940]. Muchos son los acontecimientos que transcurrirán, y que de seguro aplaudiremos, mientras otros quedarán en válidos empeños.

 

Sin embargo, no en todos los lugares, sobre todo villaclareños, con marcada presencia en la vida y obra del insigne creador y abogado (Quemado de Güines, Placetas, Caibarién, Ranchuelo, San Juan de los Yeras, Placetas, Encrucijada y Sagua la Grande, entre otros), acogieron, desde sus potencialidades, idéntico propósito para el disfrute y difusión, casi presente, de un legado histórico exclusivo, y en algunos territorios apenas se habló de su huella.

 

No deseo ampliar por el momento, aunque soy de los convencidos que, su hombradía de rebelde, en el tránsito por esos sitios, tuvo más de una connotación, por la forma decidida en que enfrentó los perjuicios estéticos, raciales, sociales y las injusticias de la época.

 

El lunes antepasado la Sinfónica Nacional, bajo la conducción de Enrique Pérez Mesa, trajo un programa, al parecer de lujo, contentivo de la primera labor creativa de García de Caturla, principalmente la referente a formación musical, esa caracterizada por la indagación y reformulación de sonoridades, contrastes y estilos inmersos en nuestra cubanía y folklore.

 

La ejecución de la Sinfónica Nacional se adentrados en piezas en que el remediano hizo tanteos exploratorios referidos a las posibilidades del impresionismo y el expresionismo (con el influjo de Debussy, Ravel, Schomberg, Milhaud, Honegger, Poulenc, Tailleferre, Auric, Durey, Stravinsky, Satie y…), y sus adecuaciones a lo criollo.

 

Allí sonó el «Preludio para orquesta de Cuerdas», seguido de las «Tres Danzas cubanas» — sobre todo la del Tambor, considerada como la de mayor presencia en la difusión actual— y un rico «Danzón», propio de los encuentros que el compositor desplegó con las herencias de lo cubano.

 

Al margen, cosa un poco contradictoria, por «problemas técnicos»,  se sustituyó la «Primera suite cubana» (1931), por los «Tres pequeños poemas» (1926), elaborados por el coetáneo Amadeo Roldán.

 

De la mano de ese concierto no conocimos al Caturla maduro, hecho que, al menos, intentó presentar el domingo pasado, en La Caridad, la Sinfónica de Villa Vlara, conducida por Irina Guerra Lig Long.

 

Desempolvaron la «Fanfarria para despertar espíritus apolillados» (1933) y la antológica «Berceuse campesina» (1939), donde lo cubano, junto a lo bullicioso de su psicología, el grito contra la inercia nacional, y el apasionamiento lírico que ofrecen las sonoridades percutivas, junto al sentido de ternura y reposo espiritual que imprimen  los instrumentos de viento metal y madera en su fusión con las cuerdas, incitan a las reflexiones.

 

Ahí ya estaba el Caturla incitado en su estro. No obstante, en el programa de la tarde incorporaron tres piezas de su hijo Francisco («7 de marzo», «Scright in memoriam» y «María Antonia»), donde de un modo u otro estuvo la huella de los planteado por el padre en el terreno musical. Muchos se quedaron con deseos de disfrutar de otras interpretaciones del progenitor, cosa que alegraría, pero al parecer no era la ocasión.

 

Si el centenario es de Caturla, porqué acudir a «rellenos». ¿Cuántos desearon los Lied concebidos a partir de la musicalización de poemas de Guillén, Ballagas, Tallet, Herrera y Reissig, Rosario Sansores, Darío y… junto a la «Primara suite cubana»? ¿Cuándo escucharemos la riqueza que entrañan los instrumentos de viento madera o los tres preludios para orquesta? ¿Dónde estará el estruendo del antológico Bambé, ese que recuerda al músico insertado entre lo negro, lo cubano, dispuesto al esplendor universal?

 

Caturla merece, por lo que representó, que su música consiga mayor difusión. En el año de su centenario, cuando más de una actividad teórica y de audición se desarrollará en el país, sobre todo en La Habana y Santa Clara, hay que ir hacia lo que revitaliza. Pasan los días y ya nadie habla de su música, y qué dejaremos para cuando transcurran los meses.

 

Y preguntó, además, ¿por qué no trasladar algunas de esas sesiones al natal Remedios? Ahí, el músico, al margen de todos los amores y desempeños profesionales, elucubró teorías, indagó en nuestras sonoridades y marcó su impronta. Digo eso porque la denominada Octava Villa de Cuba está recibiendo los «programas de segunda mano», cuando en realidad, debía invertirse el suceso y fomentar los estrenos en el lugar.

 

En Ciudad de la Habana, por estos días, se despliega la temporada de Compositores  Cubanos del siglo xx, por qué no venir aquí, mientras en  Santa Clara, para noviembre, será sede del encuentro de Bandas de Concierto. No, Remedios, por muchas razones este año, y no otro, debe empinarse como centro de la Isla. 

 

Marinello dijo que «[…] Para sus compatriotas, Alejandro García Caturla será cada día más, el creador que señala una ruta de sorpresas sin tiempo para transitarla en toda su magnitud; para mí será, además, la estampa del […] que su claridad va a ser saludada con la sinfonía consagradora...»

 Y ese fuego nuevo, como el duende que sonó y revoloteó en Remedios, debe, en primer lugar situarse dentro de su terruño natal, sitio que, por razones diversas, le pertenece, porque irradió, contra toda esperanza, cultura hacia el mundo.      

San Juan de los Remedios en la mirada de Carpentier

San Juan de los Remedios en la mirada de Carpentier

Por Luis Machado Ordetx 

En los señoríos de la Parroquial Mayor, en los callejones de tierra roja, de aceras estrechas y altas de San Juan de los Remedios, en Villa Clara, no hubo una pista física de Alejo Carpentier[1] —el más universal de los narradores cubanos—. Más, Su huella espiritual revive por años en los aires renovadores que despertaron la música, las preocupaciones sinfónicas y orquestales, recreadas por Alejandro Tomás García de Caturla.

 

Hizo un siglo en el 2004, que —en la calle Maloja, de La Habana—, nació el periodista, musicólogo, ensayista y novelista Carpentier. Dos años después, en la vivienda ubicada en la calle José Antonio Peña, número 14, en Remedios, vino al mundo García de Caturla. El siglo xxi acogió a los dos artistas en sus respectivos centenarios, y como generación inacabada, todavía dan que indagar en sus creaciones distintivas.

 

Ambos amigos, desde la juventud, representan una parte significativa del embrión, la renovación de valores y la defensa de la cultura cubana en las diversas latitudes del planeta.

 

No por gusto, y hasta por azar de la vida, Carpentier y Caturla dejaron una huella tras las andanzas artísticas y creativas por predios habaneros o de Paris. La difusión respectiva de sus obras en países europeos y americanos —sitios donde impusieron la novedad y la riqueza imaginativa de sus discursos narrativos y musicales— los definió como hombres de cualquier época.

 

El rescate y la búsqueda de una originalidad autóctona de lo nacional-cubano, llevaron al remediano, en variadas dimensiones y posibilidades, hacia el afrocubanismo sinfónico; mientras el autor de Concierto barroco ideó la concepción de los «real maravilloso americano», diseñado en una vasta proyección teórica y narrativa.

 

Los tambores de la Casa de los Congos, en la calle Soledad; las lecciones de violín, , en sus primicias impartidas por América Pardo Ruiz; el coro y los cantos gregorianos de Fray Pedro, en la Iglesia del Buen Viaje; y el bembé de Antonia la Lucumí, escuchado en el trillo de La Mar, en San Juan de los Remedios, permitieron que, a la llegada a La Habana —en octubre de 1922— apuntara no hacia la bohemia y el cosmopolitismo, sino a la indagación de los compases musicales de otros contornos artísticos, así como  los estudios de Derecho Civil en la Universidad.

 

Aquí surgen las amistades que perdurarán: Carpentier y los intelectuales de izquierda, junto los instrumentistas de la Sociedad de Conciertos y la Orquesta Filarmónica de La Habana.

 

Carpentier dice que es el «descubridor del músico». El 11 de diciembre de 1941 el rotativo El Huracán, órgano de difusión de los intereses jurisdiccionales de Remedios, publica un extenso artículo   —tal vez el único que ese narrador envió en su carrera de escritor a una redacción local del interior del país—, con un título de alto puntaje: «Alejandro García Caturla», concedido a petición del oboísta, cornista y saxofonista Abelardo Cuevas.[2]

 

Aquí dice: «Ayudado por la escarcela paterna, Caturla subió al puente de un trasatlántico. Quería reunirse conmigo en Paris, por algunos meses: yo había sido su descubridor, musicalmente hablando. En muchas ocasiones mis consejos —instándolo a la maduración, a la simplificación de su estilo— le habían sido útiles. Ahora quería completar sus conocimientos bajo la dirección de algún buen maestro que yo le recomendara».[3]

 

Desde 1923 eran amigos. Catarla, a la vez que estudia su carrera universitaria, atenúa la economía personal como pianista en los teatros Campoamor, Mundial, Méndez, Oriente, Norma, Garden y…

 

Lo dos consolidan las preocupaciones sobre la inclusión de los motivos negros dentro del hacer artístico. El remediano discrepa y habla, el habanero discurre en el comentario y el conocimiento de la obra compuesta por impresionistas, expresionistas y forjadores de las técnicas de la vanguardia musical.

 

Son comunes los pronunciamientos sobre Schomberg, Stravinski, Satie, Verese, Villa Lobos, Milhaud y… El nombre de Caturla y Amadeo Roldán anda en la palestra pública bajo el aliento de Carpentier. El «Minuet de la Pequeña Suite de Conciertos» se estrena en el Teatro Nacional, y simultáneamente prepara la «Obertura Cubana», «Tres Danzas Cubanas» y «Piezas para Cuartetos». Toca el violín, y ofrece una impronta artística y de osadía renovadora en la Jazz Band Caribe.

 

Solo los estudios, y servir al país como jurista y músico, lo animan. Carpentier lo explica en más de una ocasión cuando aborda las figuras descollantes de Roldán y Caturla en La Música en Cuba. No se equivocó al conducirlo en medio del crudo frío parisino  hasta la casa de Nadia Boulanger, en 36, rue ballu, 9eme., para recibir clases de contrapunto y fuga.

 

La pedagoga, de inmediato, está convencida del talento musical que tiene ante sus ojos. Lo reconoce ante Carpentier, quien luego admitirá que los conocimientos adquiridos y las relaciones sostenidas con creadores del denominado «segundo arte», fueron definitorias en su literatura para penetrar en la búsqueda de las estructuras verbales.

 Juntos deambularán por teatros, verán funciones del ballet ruso y el español, concurrirán a las exposiciones surrealistas de Miró, Max Ernest, Arp, Pacabia y… Disfrutarán de diálogos con Manuel M. Ponce, Breton y el cubano Eduardo Abella…

De esa época datan los trabajos a cuatro manos: Carpentier escribe el texto y García de Caturla pone música a la «Liturgia yamba- o», y piensan en «Manita en el suelo».

También polemizan en sobre lo que Fernando Ortiz denominó un tiempo después, factores humanos de la cubanidad.

 

Caturla regresa rápido a la isla. Apenas cree que tiene minutos para vivir mayores ensoñaciones creativas y personales, y su nombre resuena en los principales escenarios del mundo. Nuevamente la música cubana figura como un eco. Sin embargo, el remediano, según Carpentier reseña, se aferró y eligió la carrera de Derecho, un punto sin conexiones con su arte, para no hacer concesiones a los ambientes.

 

Las amplias y variadas cartas cruzadas con el autor de La Consagración de la Primavera, atestiguan grados de hermandad y comunión intelectual, y en el centro de las mayores indagaciones, están el hombre y el disfrute artístico. No por casualidad dice del remediano que « […] fue el temperamento musical más rico y generoso que haya aparecido en la isla. Dotado de un verdadero genio […] su expresión marchaba como fuerza telúrica.[4]

 La correspondencia es copiosa. Por última vez se encuentran después de enero de 1939, cuando alejo funge como codirector de la estación de radio CMZ. Un año y medio lo separará para siempre del contacto físico. Hay un estallido de dolor en toda Cuba, y también en el mundo alcanza una rápida repercusión. El 12 de noviembre de 1940 —en las calles de su pueblo natal, Remedios—, Caturla fue ultimado a balazos, y con su muerte, Carpentier sus amigos y la Cultura Cubana, perdería la rectitud del jurista y al hombre de miles de anécdotas y acordes, salidos de una inteligencia legítima.  


[1] Alejo Carpentier: [La Habana, 1904-Paris, 1980]. Narrador, periodista, traductor, crítico literario, ensayista e historiador. Cfr. Diccionario de Literatura Cubana, t. i, Op. cit., pp. 183-191.
[2] V. Alejo carpentier: «Alejandro García Caturla», en El Huracán, Remedios 265(12):1-2. 
[3] Idem 
[4] Cfr. Alejo carpentier (1979): La Música en Cuba, p. 255, Editorial Letras Cubanas, La Habana.