Blogia
CubanosDeKilates

CUBANÍA TOTAL

CUBA, LA PARRANDA EN SIGNOS

CUBA, LA PARRANDA EN SIGNOS

Por: Ernesto Miguel Fleites


El hombre de la calle es, sin dudas, la persona que más nos inquieta a quienes investigamos y escribimos sobre el folclor y la cultura de los pueblos y Manuel Martínez Casanova lo deja claro en su artículo La confrontación divertida y mucho más cuando dice que Las fiestas populares tradicionales resultan siempre una de las formas más significativas de la expresión del alma de los pueblos.

 

La Parranda de la región central del país no escapa a esta definición. El alma del parrandero, ese ente del populacho cubano que vive y se desvive por ella, es divertida y mucho más.

 

En el centro del país, ese hombre de la calle, parrandero y divertido, es uno, múltiple y contradictorio, que no solo está de acuerdo y en desacuerdo, simultáneamente, acerca de una misma cosa, sino que discute rabiosamente consigo mismo sin llegar nunca a una conclusión definitiva, pero es además,quien sostiene en sus hombros el fenómeno cultural que abordamos en el número 66 de Signos y que puede aplaudirme o refutarme a la vez las palabras que estoy dejando escritas en la presentación de la revista.

 

Puede que por mi propia acera aparezca hoy ese hombre de la calle y me dé palmaditas en los hombros, porque la satisfacción se apoderó de él al escucharme decir “menos mal que ya escribieron sobre parrandas ya que es injustificable que un fenómeno cultural de tal envergadura haya tenido que esperar 66 números y más de 40 años para ser reflejado en las páginas de Signos” o puede que con la misma se cambie para la acera contraria y transitando a la inversa de mis pasos me endose unas palabrotas en la cara luego de enumerarme que la parranda es mucho más que once trabajos, casi todos de Remedios, y una serie de fotos también de Remedios y Chambas, sin siquiera detenerse en el estudio del fenómeno, en plazas de suma valía como Camajuaní, Zulueta, Vueltas, Zaza del Medio y Guayo, por solo citar unas pocas.

 

Lo cierto es que ya el número de Signos anda suelto por las librerías de la región, y lo hace teorizando en un fenómeno que merece ser plasmado desde todas las vertientes socioculturales, y que, de igual forma, merece mucho más que 150 páginas de un número de esta revista porque a decir de René Batista Moreno, la Parranda es folklore de espectáculo y como espectáculo al fin, ha llegado a minimizar el folklore auténtico de nuestro pueblo.

 

Sin embargo, con lapesadumbre de no respirar como otras veces el vaho feijosiano que esperaba y hombre de la calle de por medio caminando a mi inversa por la acera contraria, considero incuestionable el valor antropológico del número. Manolito propone en el inicio un trabajo donde va armando, a modode un rompecabezas, la historia misma de la parranda desde el surgimiento. Son piezas que van encajando en el paisaje que recrea, como auténticas carrozas que lucirán sus mejores galas en una medianoche de delirios y pasiones.Quizá con el mismo esquema Rafael Farto Muniz la saca un poco del claustro sanjuanero para adornar con ciertas bambalinas las que se desarrollan en Caibarién y Camajuaní, pero que no van más allá de la visión parcial de un remediano de pura cepa.

 

Méritos aparte merecen los trabajos de Giley Durán Castellón: La parranda remediana. Ciudad Vs arquitectura efímera,Isnel Pérez Álvarez: La música en las parrandas. Distinción musical de las parrandas remedianas y Manuel López Martínez: Una suite sobre las Parrandas de Remedios. Son tres propuestas muy bien diseñadas que reafirman los estudios sociológicos de Jorge Ángel Hernández Pérez cuando asegura que De este folclore forman parte las artes plásticas, la música, el teatro, la literatura, la danza,la arquitectura y la pirotecnia como elementos competitivos fundamentales, con artes de imitación y pedrería miméticas desde el momento mismo de seleccionar el tema que se quiera representar, hasta que se lanza a la calle como mercancía de gran consumo.

 

Jesús Díaz Rojas y María Aleyda Hernández Suárez: Gallo o Gavilán; que no acabe el dilema y René Batista Moreno: Los funerales de un parrandero mayor ponenesa dosis del sabor feijosiano que las páginas de Signos ha venido regalándole a sus lectores en estos últimos tiempos. Lo folclórico es mucho más que las anécdotas que regalan estos dos trabajos. Es ese sabor que desde la lectura misma uno puede degustar sobre el hecho que se representa y en ellos se puede apreciar en toda su magnitud.

 

Sulma Rojas Molina ofrece un artículo necesario. Es la bondadosa labor de hacer que perdure una pasión, de poner a nuestros pies la quimera del recuerdo, la historia en carne viva de lo que seguirá siendo, de mantener en vilo la tradición, de encubar el calor con que siempre fue acogida…El Museo de las Parrandas Remedianases la permanencia misma. Inaugurado en 1984 para la promoción y conservación del Patrimonio de la Cultura Popular Tradicional, y situado muy cerca de la plaza central de la ciudad, cuenta con siete salas de exposición permanente. La síntesis y las fotos que Sulma propone al lector son de excelentes facturas.

 

Chambas y su Parranda llegan en las plumas de Dunia Eduvijes Jara Solenzar y Jaime Sarusky. La parranda chambera: símbolo y vida de un pueblo transita por un formato similar, en síntesis ymuy bien logrado, al que Miky Martín Farto plantea en su libro de parrandas. Es casi el mismo rompecabezas usado por el doctor remediano. El trabajo de Sarusky: Secreto y pasión de las parrandas, aborda el desarrollo del fenómeno en los poblados de Chambas y Punta Alegre con el único argumento de describirlos y compararlos. Cada una de estas propuestas nos posibilita conocer las similitudes y diferencias que se presentan en losdistintos asentamientos poblacionales y nos da también una visión más abierta del hecho cultural.

 

Las fotos de Adalberto Roque en Oficio de parranderos recrean la secuencia de todos los momentos del desarrollo parranderil, aunque considero que pudieron ser ubicadas de otra manera. La buena resolución y el manejo adecuado de la luz y el lugar, le permite exponernos con sumo balance un dossier logrado.

 

Dejo para último la cubierta. Es un logro total. Marbelis Marrero Fleites supo darle, con rasgos sencillos y precisos, el toque popular y feijosiano que la revista ha venido exponiendo.

 

Así concluyo, pero qué nadie imagine el fracaso dela actividad. Sé que se desarrolla en unahora atravesada, quizá sobre una rebanada de vida sin ton ni son, sin otra justificación que la de obligarnos a perder un tiempo de los cuartos de final del mundial de fútbol, (puede quesea el partido completo), donde se desangran dos países latinoamericanos en busca de la gloria.

 

El vía crucis de Brasil y Colombia es también el mío. A muchos kilómetros de distancia crucificado estoy con el hombre de la calle a cuestas, pero, eso sí, ese vía crucis mío en la mitad de la tarde, transita sobre una revista Signos que puede tener mejor fortuna hacia la gloria, pues nos ha alegradocon la temática parrandera, nos ha propuesto seguir escudriñando, nos ha incitado a ser más serios y heterodoxos, más responsables y profundos para mantener intacto y en ascenso el prestigio bien ganado por la publicación. Ahora invito a ese hombre de la calle a bajarse de las aceras por las que ha caminado. Lo invito a tomar el medio mismo de la calle y viajar hacia el futuro. El tema de la parranda aún comienza a transitar por las páginas de Signos.

5 de julio de 2014

CARBONELL, EL ÚLTIMO DECLAMADOR CUBANO

CARBONELL, EL ÚLTIMO DECLAMADOR CUBANO

Por Luis Machado Ordetx

 

Acaba de fallecer Luis Mariano Carbonell Puyés (Santiago de Cuba, 26 de julio de 1923-Ciudad de La Habana, 24 de mayo de 2014), y una vieja entrevista periodística, tributa el recordatorio al Acuarelista de la Poesía Antillana, el Premio Nacional de Música y de Humor en Cuba. 


El texto es inédito, y sirvió para concluir el libro Ballagas en Sombra (Editorial Capiro, 2010). Aborda sus visitas a Santa Clara y los vínculos con Severo Bernal Ruiz, el Declamador Dilecto de Las Villas.



              «Ven, léeme un poema, una balada simple y cordial que   calme                 la intranquila sensación y disipe los febriles   pensamientos del día». 

 

                                                                            W. Lonfellow 

 

Colocar en la raya a un periodista es fácil: frecuentemente surge ese tipo de procedencias sin  establecimientos de jerarquías. Nadie escapa al buche amargo en una profesión que, a veces, los rapapolvos constituyen la hora exacta del mediodía. Similar actitud, no por petulancia,  tiene el «Acuarelista de la Poesía Antillana», el santiaguero Luis Mariano Carbonell Puyés, cuando evade a entrevistadores, diletantes y las cámaras fotográficas o de televisión en instantes en que aparecen colocadas fuera de estudios de filmación, en la calle o cuanto recinto familiar lo acoja.

 

Esa es su manera de ser, y requiere respeto. Afirmó que tal talante de “aparente” indiferencia obedece al poco gusto por las confesiones, sean o no nimias. La personal “distinción” la achaca a una rotunda timidez acompañada desde la infancia. Cree, incluso, que las revelaciones tienden a “malinterpretaciones”, y hasta chismes de poca monta. 



Por meses lo asedié. No lo niego. La vía telefónica, con decenas de llamadas al número 8306113, resultó la más afectiva. Hubo momentos de retrocesos, otros de esquivas, y siempre una expectación por tenerlo delante para una respuesta sosegada y diáfana sobre un tema particular. El interés periodístico-literario, lo determinó su vínculo fraterno y artístico  con Severo Bernal Ruiz, el declamador Dilecto de Las Villas. También abordaría, por supuesto, particularidades de las múltiples ocasiones  en la cual visitó esa ciudad, y el tropiezo con amistades, o presentaciones en los espectáculos artísticos programados en disímiles escenarios del centro de Cuba.

 

En uno de los intercambios, despojado de preocupaciones pedagógicas, tratamientos médicos, actuaciones y descanso hogareño, sabe Dios por qué, ofreció el contacto personal para el sábado 9 de junio de 2007, en horario puntual de la media mañana, en su vivienda de la calle 8, número 307, entre 13 y 15, del capitalino reparto Vedado, sitio donde reside desde que se estableció en La Habana a finales de la década de los años 40  del pasado siglo.Días antes cerró el compromiso y adujo el quebrantamiento de la salud: la entrevista quedó en el aire, colgada de un alfiletero; pero proseguí con el interés de tomarle confidencias. Insistí, mencioné lugares conocidos de Santa Clara; los teatros en los cuales antes intervino en la ciudad, y recordé  nombres de personas que lo atarían en la memoria.

 

Vino otra vez la historia de Bernal Ruiz, su amigo por más de cuatro décadas, y el pacto de silencio quedó roto.Era demasiado no tener en cuenta a aquel artista, y también la vida compartida en recados, cartas, citas telefónicas y búsqueda de repertorios comunes. Al final la  perseverancia periodística se impuso, y a pesar de los 280 kilómetros de distancia que separaban al declarante, todo resultó un momento provechoso.


El sábado 24 de julio, dos días antes de su onomástico, Carbonell, el mayor declamador cubano vivo, accedió a la entrevista. Gracias a los artilugios de una vieja grabadora estática y el auxilio del teléfono, dada la imposibilidad de una imprevista estadía en Ciudad de La Habana, la cinta magnetofónica registró su voz, y la esencia de un pedazo de media tarde singular en la cual los ademanes y gestos marcaron la inflexión de sus pronunciamientos amparados siempre por una  perfecta dicción. Tenía un modo rápido de hablar y pronunciar y las palabras tenían una cadencia definida. Todo fluyó como si la música viniera de adentro del artista, en una perfecta armonía expresiva, y ante cada pregunta obtenía una provechosa respuesta.

 

Antes, sólo en una ocasión tuve a Carbonell delante, frente a frente, tras la intervención artística en el teatro «La Caridad», de Santa Clara; instante en que el declamador  Bernal Ruiz lo presentó. Después leí referencias que desde Caracas hizo Sergio Pérez Pérez, y por supuesto, lo disfruto cuando participa en emisiones televisivas, en los cuales la audiencia y los cubanos lo reconocen como una Catedral en el arte de componer la oralidad de un poema, de una estampa popular, como denomina la síntesis de la poesía negra, afrocubana, mulata o antillana.Era fácil, obviando las contingencias, percibir la proyección, la gesticulación, y hasta la memorización de la respiración y la entonación de la voz de Carbonell, quien desinteresado se colocó a la espera de las preguntas y al aliento del espíritu.

 

El artista desengranó historias referidas a un amigo que por un tiempo largo, desde la soledad de una provincia del centro del país, compartió escenarios, intercambió puntos de vista del arte de la declamación y apuntaló los repertorios mutuos con textos que, en reiteradas fechas, cedieron con carácter especial algunos creadores empeñados en que ellos los divulgaran por teatros y auditorios radiales o íntimos.Domingo tras domingo, antes de agosto de 1989, fecha en que falleció Bernal Ruiz (1918), noche por noche  —solo interrumpidas por compromisos personales, presentaciones artísticas en Cuba o el extranjero—, desde la vivienda del jurista José A. Barrero del Valle —en Céspedes número 53, entre Maceo y Unión, en Santa Clara—, se escogía un momento de la visita para el diálogo telefónico entre los declamadores amigos: el santiaguero Carbonell Puyés y el villaclareño Bernal Ruiz.

 

Al residente en Santa Clara no le preocupaba caminar calles y calles; desoladas, a veces, y desafiar la lluvia o el frío para la puntualidad telefónica. Así lo testimonió Barrero del Valle, y también lo supe por conversaciones con Bernal Ruiz. Eran acontecimientos que, en este caso, posibilitaron el enfrentamiento amistoso —a pesar de cualquier impedimenta—, con el artista radicado en La Habana. Ahora, ¡claro!,  a partir de las declaraciones de Carbonell, estoy dispuesto a bosquejar una historia poco difundida en el intercambio de pormenores y la destilación del aprecio que primó entre ambos.


a partir de las declaraciones de Carbonell, delineó una historia poco difundida en el intercambio de pormenores y la destilación del aprecio que primó entre ambos.Como un torbellino llegaron las preguntas, y el otro apuntó algunas notas: ¿Cuándo se iniciaron sus relaciones afectuosas con Severo Bernal y qué recuerdos tiene de su persona?


— Fue en el año de 1945, estando yo todavía en Santiago de Cuba, y nos presentó, a través de carta primero, y después personalmente, Cuca Monteagudo, una villaclareña que era en aquel tiempo una especie de  maestra de ceremonias, de espectáculos, y también locutora, muy buena locutora, esposa de Mario Montes.

 

«Desde que nos conocimos, Severo y yo hicimos una gran empatía, y él me proporcionó muchos poemas. Yo le agradezco tantas cosas, y llegó a convertirse en una de las mejores personas en mi vida; y además era muy artista, muy buen recitador.«Después que yo debuté, y me hice profesional, iba muy frecuentemente a Santa Clara y me pasaba el día con él, y era uno de los mejores regocijos que podía disfrutar».


Dicen que usted en repetidas oportunidades insistió, al percatarse de las cualidades de Severo como recitador, para que él abandonara  Santa Clara. ¿Es verdad? 

 

 — Sí, muchas veces le aconsejé que viniera para La Habana. También lo hizo Onelio Jorge Cardoso. Aquí, por sus condiciones vocales y artísticas, tenía cabida, cosa que nunca pude conseguir, ni yo, ni tampoco muchos de sus amigos, incluido el poeta este ¿…?, ahora hablando seguido no me viene el nombre a la cabeza.¿Cuál de los poetas amigos: Raúl Ferrer, Enrique Martínez, Agustín Acosta, Gilberto Hernández Santana, José Ángel Buesa, y tal vez queden otros nombres…?


—No, fue Agustín Acosta, quien le escribió varias cartas a principios de los años 50, aunque en realidad todos se lo decían de una manera reiterada e insistente.«Le dije que saliera para La Habana, pero él nunca quiso desatender a su mamá, y a su casa. Era muy provinciano, aunque muy culto, muy preparado. Recitaba muy bonito, y él me nutrió de una gran cantidad de repertorio desde mucho antes que fuera profesional. O sea, desde que lo conocí en 1945. A veces, los poemas eran de recorterías de periódicos, como para hacer un álbum. Otras eran copias de textos de autores conocidos, sacados de libros, y en algunas ocasiones originales.

 

 «Después de eso me fui a Nueva York, y en los dos años que estuve allá, él fue también  a Nueva York, y la pasamos bien por allá. Él era una persona bondadosa, cariñosa, muy familiar, apegado a sus amistades. Por lo tanto, ahí tienes uno de sus grandes valores. Son virtudes, mejor dicho, que aprecio en el ser humano.

 

«Tal es así que lo nombraron Declamador Dilecto de Las Villas. Creo que fue allá por diciembre de 1942. Imagínese, todavía yo no había comenzado a recitar, y ya él, por su calidad, instrucción y cultura, tenía un soberbio reconocimiento. Esa labor hizo hasta los últimos momentos de su vida, porque fue de ciudad en ciudad, por todo Santa Clara, y por Estados Unidos y México. Era un maestro impresor, y jamás quiso deshacerse de su profesión, cosa que alternó con la recitación y ganó aplausos de respeto y admiración.

 

«Yo de Severo tengo el mejor de los conceptos, y puedo decirlo, casi uno de los mejores amigos de siempre. Cuando murió lo sentí muchísimo, por lo que ruego constantemente. Él también me presentó a Enrique Martínez Pérez,  un poeta con quien tenía muy buena amistad, autor de la “Carta Negra”, uno de los primeros poemas, estampas, que yo recité en La Habana cuando debuté aquí.

 

«¡Tengo tantas cosas que contar de Severo! Cuando íbamos al Parque por la noche, al Parque Vidal, en Santa Clara, y se molestaba porque me metía en el círculo donde no debía ir, por el racismo imperante, cosa desaparecida ya, pero que existió en 1948 y…«Me divertía muchísimo con él, porque además, me llevaba a las peleas de gallos…»


¿Cómo…? Usted piensa igual que Lezama Lima, en la sensualidad, el deleite varonil, el dominio del ambiente; el desafío de los gestos; el despertador del gallinero, la cubanía, y el incitador del cromatismo, de la violencia y la evocación que siempre ostenta el gallo. Tal vez, como totalidad, aparezca en el espíritu del gallo la violencia propia del artista que entabla una pelea con su lenguaje.



— ¡Sí!, todo eso junto. ¡Parece mentira! No lo digo a otros, pero me gustan mucho las peleas de gallos. No por la “carnicería animal”, sino por los cromatismos del plumaje, algo así ocurre con la voz humana cuando está educada para el arte. Yo sentía diversión cuando iba con Severo a esos lugares de lidia en que las personas se ponen a vociferar garganta en cuello, como dicen por ahí, legitimando la bravura de los animales en sus porfías. El declamador es eso, y el artista también, un gallo en puro desafío con la técnica y las exigencias que se imponen en la vida y los escenarios.

 

— ¡Volvamos a Severo! Seguramente usted tendrá muchas otras cosas que decir.

 

¡Está bien!... ¿Hablamos del plano humano, cariñoso, personal…? Era una de las personas finas, más buenas, atentas y oportunas que he conocido, y lo recuerdo y lo recordaré mientras viva. Jamás pasó ignorado como declamador, uno de los mejores que he conocido en mi vida, con un estilo particular, asentado en nuestras raíces afrocubanas, y también en la poesía romántica. Sin dudas, era un hombre excepcional, lleno de optimismo, pero con cierta timidez y provincianismo que lo limitó a trascender hacia otros sitios en los que la conquista profesional lo colocaría en el plano en que realmente debía estar.

 

«De Severo Bernal, el amigo villaclareño, lo conservaré mientras viva. Tengo el mejor de los conceptos de la fraternidad y el apego del artista a su tierra, a su gente, sin miramientos ni envidias por lo que otros hacen o no. Él supo empinarse y batallar, tal vez como esos gallos, a los que hice referencia antes, al dominio de la palabra, del gesto, la sonoridad y la invitación a lo que realmente somos todos: artistas, en quienes encuentras siempre a un infinito decidor».

 

Ahí quedó sellado el diálogo con el declamador Luis Mariano Carbonell Puyés, y al oído, atado en la resonancia de las últimas palabras que expresó, trascendió su memoria por reconstruir el pasado que lo incitó a la historia de una amistad. Allí también estaban los vericuetos difíciles de la recitación, la puntualidad valorativa hacia el ser humano y la respiración calculada en ese propósito en que la vida se prende de una consideración artística y la estimación del otro.
                                




FEIJÓO POR DENTRO

FEIJÓO POR DENTRO

Por Luis Machado Ordetx y Laura Rodríguez Fuentes


                              «La mente es como las ruedas de los carros, y como la                                 palabra: se enciende con el ejercicio».1                                                                                                José Martí


Inabarcable. Prolífero. Imprescindible. Ríspido. Tenaz, Innombrable e insobornable. Ecuménico. Son sintéticas definiciones para observar por dentro a un intelectual que trasladó al mundo la insularidad campestre, y miró hacia el interior o el exterior del hombre con la franqueza del que  contempla lo cotidiano en las más nítidas de nuestras historias.


Del campo a la ciudad, y a la inversa, los pasos siempre llevaron a Samuel Feijóo Rodríguez (San Juan de los Yeras, 1914-La Habana, 1992), hasta un rumbo inalterable. El propósito lo acercó al sentido alegórico del Zapapico,  atributo del hombre propenso a “posarse” en el fango, pero siempre erguido, y coherente  ante los contrastes de la vida y los hechos sorprendentes.


Las peripecias del diminuto pajarito, ese animalito recreado en la anónima décima que escuchó por boca del padre durante su breve estancia en La Jorobada, lo marcaron por siempre. Fue su aldabón: ser perceptivo a la naturaleza a partir de una febril y apropiada prontitud. Ahí está la médula del poeta, el narrador, el periodista, el  editor, o corrector de pruebas, el pintor, y hasta del diseñador. También se suman a esas cualidades,  el traductor o el “capturador” de imágenes fotográficas del folklore campesino y urbano en las más antológicas y multifacéticos formas creativas.  


La Universidad Central “Marta Abreu” de Las Villas lo tuvo primero en la revista Islas (1958-1968), y los proyectos culturales que emprendió lo situaron en apariencias como personalidad “controvertida”, actitud muy alejada de la verdadera dimensión cultural que acarició. Signos lo situó en  1969 den otro rango; otra valía perpetua.


Fue entonces cuando arrancó, y consagró un espíritu de continuidad laboriosa: “en la expresión de los pueblos”, rótulo que llevó hasta el último número (35 de  julio-diciembre de 1985) de la publicación que preparó Feijóo en Santa Clara, espacio de precisión en su residencia artística. Aquí pernoctó, como antes durmió al amparo de la luna, la lluvia y la fronda de los árboles en «el afán de buscar, analizar y fijar por escrito la cultura nacional como parte del patrimonio imprescindible del que deben nutrirse, para crecer vigorosas, las nuevas generaciones».2


El artista Ramón Rodríguez Limonte, el “mejor guerrero de su tribu”, como lo bautizó en entusiasmo Feijóo, tiene a cuesta ese anhelo  de perpetuar al amigo de San Juan de los Yeras en su centenario de natalicio, y proseguir en la contemplación de que «Mis vacaciones son de trabajo… Ese es el verdadero triunfo: trabajar, crear, descubrir»,3 como dijo el “Caballero de folklor” en una entrevista que concediera en 1978 a Rosa Elvira Peláez.


Ese representó el ánimo perdurable de Samuel, el Sensible Zapapico, como se autodenominó. Pero… ¿Cómo era realmente el hombre? Rodríguez Limonte mira en la fijeza del tiempo sin detenerse en una reflexión: «era una personalidad muy difícil, primero porque lo atípico, y las contradicciones con la mediocridad y sobre todo por su sinceridad, cosa a la cual no estamos acostumbrados. Decía cosas que parecían ofensa, y no tenían ese rasgo, sino verdades, sin ningún tipo de doble intención o trasfondos irónicos. Fue siempre consecuente con lo que pensaba y decía. Tenía hechos que se correspondían con su pensamiento o palabras, como un cuerpo orgánico bastante inusual entre los seres humanos.


«El día que lo conocí, yo estaba junto a Aldo Menéndez; era cuando Feijóo dirigía Islas, y me dijo “tienes un rostro agradable, noble y una sonrisa limpia, pero vamos a ver, el tiempo dirá”. Era su expresión casi común. Lo comprobé después de 19 años, cuando al dedicarme uno de sus libros, escribió: “a mi hermano Ramón”, y lo afirmo, no era un hombre de la media humana, sino salido del “papel”, y por eso lo tildaron de loco. En cambio representó al ser social consecuente con todos los hechos culturales o espirituales que asumió, llámese sucesos íntimos, sociales, crítica de arte, la poesía, la Historia de Cuba o Universal. Es la coherencia que encuentro en Martí casi similar a Feijóo, por su fidelidad a una idea, o un acontecimiento».


En muchos de sus escritos, en la autobiografía presentada en los 35 libros-monumentos de la revista Signos, el escritor, el artista, el hombre natural, se define. ¿Dónde lo encuentras con mayor claridad?, preguntamos. Rápido Rodríguez Limonte confiesa: «en Carta de otoño (1957), aunque lo elaboró en 1946, un texto-rareza, publicado por única ocasión. Es corto, pero recoge cual manifiesto de la cotidianidad, su más sincera visión del mundo, ese entorno que lo rodeaba y afectaba en aquellos años de madurez. Allí dice: “Hago letras. Son para mí, para mí mismo, delirios, risas, penas hondas (…), para mí mismo, y malamente”.  Resulta curioso que en un libro de tal brevedad, realizara el poeta una disertación minuciosa sobre las relaciones humanas con tamaña exactitud.


«Era este hombre tan humilde, perceptivo y tierno, que en muchos de los pasajes descritos pueden apreciarse sus cualidades abarcadoras. Cuando enmudece, “herido por grandes obras de tristeza”, o cuando se estremece con los sencillos versos de una niña campesina. Se declara insobornable. Pregunta sobre la eternidad, y la define. En pocas líneas deja establecida una jocosa explicación sobre el funeral que deseaba. En las disposiciones finales exige que no escandalizaran alrededor de su cuerpo, ni lo velaran como a otro cualquiera. Ordena a su madre que contratara cantores populares con guitarras, claves y maracas, y que estos interpretaran “el famoso documento filosófico del pueblo”, el cual no era más que una conocida conga. 


«Habla, incluso, de sexo, de amor, de acto de espíritu, no de la primitiva exacerbación de instintos. Le entristecían las decepciones amorosas. Amaba a la mujer, apreciaba su belleza como un ser puro. No le gustaban las mujeres vulgares o artificiosas. Tampoco creía en términos medios. Prefería la sencillez, y se inclinaba y besaba la mano a las que se ganaban su admiración. Nunca actuaba de manera irracional».


                                           LA AMISTAD


Dicen que Samuel era poco amistoso, mientras otros que lo conocieron en vida creen muy diferente. El escultor Rodríguez Limonte es de los que piensa de una manera precisa, porque «Feijóo concibe la amistad como una religión y era consecuente con su palabra. Tenía una fidelidad absoluta hacia los amigos. Era exigente y forjaba su opinión con el paso del tiempo, rasgos de su personalidad que bien pueden leerse entre las líneas de de Carta de otoño y otros textos.  Ahí están sus amigos comunistas, su antiimperialismo militante, su cubanía integral. La critica a la impasibilidad, el conformismo y el olvido del hombre, “en su batalla bruta, en sus hastíos bestiales”, y la manera en la cual realza la imagen del guajiro, mal mirado en aquellos años de rezagos pequeño-burgueses. 


«Tenía un sentido de hombre amoroso, y lo demostró en la conservación de los amigos de la infancia, catalogados como un tesoro. Decía que moría en cada amigo que fallecía. Las tres grandes crisis emocionales de Feijóo fueron por amor, no por problemas económicos, ni siquiera sintió rencor cuando lo expulsaron de la Universidad. No, no se deprimió o lamentó. Sabía que era una consecuencia lógica de su actitud ante la vida cultural y la sociedad. Tuvo tres momentos de desequilibrio emocional: cuando mataron a su hermano Nano, en 1933; cuando muere la novia Eloina, y después que falleció su esposa Isabel. Las andanzas con el tío Tomás por el Escambray lo ayudaron a superar las dos primeras angustias, y la última, la mujer fiel, lo impulsó al trabajo. Fueron, a su vez, etapas sufridas, lindas y de poesía. Desde entonces representó al hombre excepcional, integrador, así lo veo yo. 


«En Feijóo hay una coherencia en todo. Amaba las artes y la virtud humana. El poeta que haga los mejores versos, indicó, si no tiene una actitud cívica y limpia ante la sociedad, no habrá hecho literatura; es decir, no separa nada y contempla la vida integral, en armonía, como un paradigma. En Santa Clara y Cienfuegos hicimos juntos muchas caminatas. Un día quiso mostrarme a algunos de sus amigos; eran gente humilde; tres poetas, muy sencillos: uno Frankestein (Francisco Echazabal); otro Luis Gómez, quien tenía más connotación, y el último Julio Jiménez, un simple albañil, negro, y que decía, a pesar de sus 84 años, ser el más feliz del mundo porque nunca había tenido nada material, porque nunca lo había ambicionado. Los aprecié gracias a Samuel. Cuando murió Julio hay en Signos, una nota hermosa que escribió Feijóo reconociendo los valores intrínsecos a un hombre humilde».


El espíritu del hombre que mira hacia lo rural, lo urbano, la ciudad, y su preferencia por lo campesino, tienen en Feijóo una dimensión diferente. El campo es lo primario, como afirma en pasajes de su Autobiografía del Sensible Zapapico; eso de que mis “ojos se llenaron de montañas, arboledas, arroyos… «¡Si, gracias a su precioso sello original puede resistir todo! Fue como un escudo en su vida. Vivió casi diez años en La Habana, recorrió la ciudad, y la disfrutó a plenitud. Cultivó allí amistades grandes, como el Chino limpiabotas. También en San Juan tuvo grandes amigos hasta los últimos instantes de la vida. 


«La naturaleza lo regocijó, y lo curaba de quebrantos. También se recreó en Santa Clara, donde residió unos meses cuando tenía unos 19 años, y reconoció sus valores. En la biblioteca Martí, sede entonces del Gobierno Provincial, descubrió a Bernard Shaw, José Ingenieros, y a Carlos Marx… esos también fueron sus camaradas de sabidurías y de filosofías, porque les daban fuerzas para oponerse a la fealdad de la vida. Es un signo de agradecimiento, como un lugar o una página que le aportó momentos  grandes, inmensos, para su existencia y crecimiento como ser humano. Así que no era solo San Juan y los campos.«Como punto geográfico es La Jorobada el espacio que más lo marco, el de su preferencia, el de amistad. En el portal de la botica del padre, siendo niño, cuando lo barre en una mañana, descubre la luz blanca que se proyecta con los rayos del sol.


 Allí hace andanzas campestres, y  aprecia las flores silvestres de la campilla, y también va al río, y sube lomas para sentirse libre de ataduras. Es como un “hechizo” de amistad. Queda seducido con el circo, porque era una cosa de maravillas, y a sus artistas los considera entre los más brillantes de un espectáculo cultural. Sintió emoción con una mujer trapecista, bella, y perdió la inocencia cuando la contempló en sus peripecias. Conoció del vuelo del papalote, y aprendió a comer caña, que era un delirio, un vicio, como también lo constituyó el gusto por las frutas. Todo lo inculcó el padre, también el tío Tomás. La predilección por la amistad jamás cambió en toda su vida, y cuando tuvo posibilidades no hizo.  Desde La Jorobada apreció por vez primera al tren; fue a Cienfuegos y se deslumbró con el mar, y aprendió a recorrer el Escambray cienfueguero por la zona de La Siguanea…»    

                                   PERIODISMO Y…


Hablemos de dos cosas puntuales, el periodismo de Samuel, y sus defectos personales. Siempre la poesía trasciende como lo descollante en su obra, y la monumentalidad de Islas o Signos, resplandece al rastrear en lo ignorado, incluso comulgar en idénticas páginas, sin distinciones y con  aprecios entre aquellos intelectuales consagrados y los artistas en ciernes. 


«Mira, en el periodismo, el poeta, el creador inconfundible, está en todo su quehacer intelectual. Todo lo hacía desde una perspectiva poética, porque no “era un armador de palabras”, sino un hombre que rastreaba en la belleza para demostrar una actitud ante la vida. Así se manifestaba. Su Azar de Lecturas (1961) es majestuoso. Aparece la clásica entrevista de preguntas y respuesta, pero el periodista se muestra equidistante. Tiene una “iluminación punzante” en sus reportajes, como en “El hombre de los muertos”, una historia sobre un enterrador del cementerio "Tomás Acea", de Cienfuegos. Está gozoso con todo lo que escribe, y fustiga o enaltece al hombre. Es también la clásica imagen del gran promotor cultural que fue.


«De los defectos, ¿qué decirte?...  A veces era ríspido, pero justificado. Alguien me decía, y eso no se habla mucho. Todo está en su esencia cristiana, muy fuerte, por su formación. Se formó estudiando los Evangelio, la Biblia. Su pieza poética, Beth-el (1949), está entre lo más culminante de su obra. Es la época en que hace sus Jiras guajiras, y también escribe en periódicos de Cienfuegos.  Cuando alguien asumía poses intelectuales, muy estiradas, era como si lo pincharan, y se colocaba en la posición del toro embravecido. Casi siempre terminaba proyectándose agresivamente contra el otro dejando ver claramente cada cosa en su lugar y su posición. Eso no lo veo como un defecto, sino un sentido ecuménico ante la vida. Él tenía el don profético de mejorar al ser humano, de hacerlo crecer en lo positivo, en lo limpio; por eso era enemigo de todos los vicios. 


Creo que fue consecuente para juzgar los hechos de la vida. Es consecuente con esa filosofía, y si se molestaba era por eso. Constituía una convicción muy personal. Bien claro lo establece en “Trabajadores fieles”, donde expone que “mi bolsa de valores siempre anda bien/ ahí tengo la mente llena de pájaros/ ahí tengo el monte lleno de arroyos/ ahí tengo los mares, islas, distancias/ ahí tengo las noche de estrellas misteriosas/ cómo puedo quebrar”, y ese es Feijóo; no otro, un hombre de Cuba y por Cuba».


En el mundo mágico, y de señoríos inabarcables del Sensible Zapapico, por supuesto, quedan otras facetas que abordar, pero más allá de todos sus sueños, fue eso: un hombre-editor-poeta-folklorista, de inmaculado sentido de laboriosidad.


NOTAS


1- José Martí (1975) «Maestros Ambulantes», en Obras Completas, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, tomo 8, p. 287.

2- Miguel Cossío Woodward (1982): «Los 68 años del zarapico Feijóo», en periódico Granma, Letra Viva, 18(94): 4, La Habana, 26 de abril.

3- Rosa Elvira Peláez (1978): «Samuel Feijóo o el Caballero del Folclor», Granma, Culturales, 14 (189): 5, La Habana, 8 de agosto.

LA AVELLANEDA EN VILLA-CLARA DECIMONÓNICA

LA AVELLANEDA EN VILLA-CLARA DECIMONÓNICA

Por Luis Machado Ordetx


Gertrudis Gómez de Avellaneda, Tula, transitó en espíritu por la Villa-Clara decimonónica. Ocurrió a mediados de 1860, cuando la poetisa residió por un tiempo en Cienfuegos, en compañía de su esposo, el coronel Domingo Verdugo, teniente-gobernador de esa jurisdicción del sur. También recorrió las cercanías de la ciudad logocéntrica y mediterránea de Santa Clara en su paso hacia Sagua la Grande, y en su estero abordó un vapor rumbo a Cárdenas.


En el bicentenario del natalicio de la escritora camagüeyana (23 de marzo de 1814-1ro de febrero de 1873), al parecer, nadie repara en el curioso acontecimiento histórico. A José Jacinto Milanés, el matancero, tampoco se le tiene en cuenta en sus dos siglos de existencia, celebración que ocurrirá el próximo 16 de agosto de este año. Un suceso análogo en la Feria Internacional del Libro sufre el calabaceño Onelio Jorge Cardoso, el Cuentero Mayor, ignorado en el centenario de nacimiento. Son ingratitudes, también ¿desconciertos? en quienes, de un modo u otro, percibimos el sentido último de las letras, de la palabra escrita, y de la historia.


¿Por qué afirmo que la Avellaneda, al menos en espiritualidad, estuvo en Santa Clara? Nada más hay que repasar la Historia Física, Económica-Política, Intelectual y Moral de la Isla de Cuba, de Ramón de la Sagra, publicado en 1861 en Paris. Ahí el estadista español cuenta a la poetisa camagüeyana de su paso por la ciudad de Santa Clara entre el 24 de marzo y el 25 de abril de 1860, y de los acontecimientos culturales, sociales, económicos y literarios que caracterizaron a la jurisdicción central cubana.


Quien revise las páginas 144-230 de ese libro impreso por Librería L. Hachette y Ca., se percatará del recuento que hizo De la Sagra a la Avellaneda, y de la apreciación minuciosa del movimiento literario y periodístico surgido al calor de Antonio Lorda o de Miguel Jerónimo Gutiérrez y Eduardo Machado, o incluso, del valor inestimable de la Memoria Histórica de la Villa de Santa Clara y su Jurisdicción (1858), de Manuel Dionisio González, un libro que el viajero manoseó para precisar detalles a la poetisa. El descriptivismo, casi de retratista, de la Historia Física, Económico-Política, Intelectual y Moral de la Isla de Cuba, expuesto por Ramón de la Sagra, detalló precisiones a la Avellaneda para mostrar una ciudad, Santa Clara, con pretensiones ¿letradas?” dentro del contexto decimonónico.


 El texto desprende un ángulo de perplejidades, y afirma: «[…] Villa-Clara, lo decía  yo, fue siempre un vergel, que los ha producido en abundancia y vanidad. En medio de sus zozobras y agitaciones antiguas, lo mismo que en el largo período de monótona paz que los ha sucedido, numerosos vates cantaron sus tiernas pasiones y no pocos jóvenes se elevaron con sus escritos a regiones más altas, tal vez buscando en los dominios de la imaginación, lo que no hallaron en el de la realidad. Recorriendo los periódicos que aquí se han publicado, es como puede formarse una idea aproximada a la verdad de las inspiraciones y de las aspiraciones […] Si V. los recorriese sabría formar con la cosecha que hicieron en los nectarios de esas flores, poco conocidas, un panal sabroso y educado…» (pp. 161-162).


El documento, primero, hace un reconocimiento al periodismo. Constituye una “fuerza intelectual” y de despliegue cultural para cualquier época. En segundo plano, ¿a qué zozobras se refiere? ¿Acaso serán los instantes de tensiones políticas y sociales surgidas indistintamente en las disputas con Cienfuegos, y luego con Sagua la Grande? En lo económico (a pesar del maltrecho estado del patrimonio villaclareño, el ferrocarril —de vías ancha o estrecha—, según  admitió De la Sagra, poseyó un respiro el trasiego de mercancías entre el norte y el sur de su  territorio. Mayores incertidumbres se desprenden al asegurar que la “realidad” negaba un camino a la “imaginación” de los jóvenes escritores.


 El «[…] Capiro, gracioso montecillo, cuyo verde contrasta en medio de la aridez de estos terrenos magnesianos…», es fuente constante de inspiración poética. Citó la existencia de periódicos, unos de larga vida editorial, otros rayanos en lo efímero e inexistente. De las publicaciones preponderó aquella surgida con El Eco de Villa-Clara (1831), y hasta incorporó en voz de una humilde adolescente de campo adentro algún que otro verso de la “Flor de Manicaragua”, pertenecientes a Plácido, Gabriel de la Concepción Valdés. No mencionó el nombre de ese poeta


También incluyó en su nómina de periódicos a La Alborada (1856), y otras dos expresiones públicas fugaces: El Progreso (1858), Los Pensamientos (1858), especie de revista sobre educación, literatura y psicología, y El Guateque (1858), de muy corta duración y dudosa aceptación cultural.


De la Sagra enjuició los poemarios Villa-Clara Romántica, de Emilio Pichardo, y Flores Villaclareñas  —cinco guirnaldas poéticas—, preparados por Fernando Reyes, Salvador A Domínguez, Félix Martínez, Salvador V. Álvarez y Fernando Sánchez. Sustentó que La Pucha Silvestre (1858), era una  «[…] colección de inspiraciones poéticas de Agustín Baldomero Rodríguez, pardo de número natural, que recuerda al desgraciado Plácido, pero que es lástima descuide y casi abandone el bello don que ha recibido del cielo». (p.164).


A la Avellaneda comenta Ramón de la Sagra: 


«[…] Mientras que La Alborada continuaba su curso, y que los literatos aspiraban a dotar a la Villa de Sta Clara, de una publicación menos fugaz que las hojas semanales, se hacía sentir  la necesidad de un papel Diario; y este vacío se propuso llenarlo El Central, periódico, científico, literario, artístico y económico, que ha comenzado a salir a la luz, con muy buenos auspicios, con el presente año.  Ha introducido la gran mejora de publicar despachos telegráficos, que recibe directamente de la capital, y si continúa la senda de La Alborada, tratando con buen criterio de intereses locales, prestará un gran servicio a la civilización de Villa-Clara.


«Al recorrer algunas publicaciones periódicas que dejo citadas, no pueden menos de notarse las tendencias hacia la elevación de ideas, en sus jóvenes redactores […]  Esa tendencia traía consigo el defecto de la inoportunidad de sus discursos, para una sociedad y para un público, que no podía salir de repente del redil de las ideas prácticas, para lanzarse a los espacios, más bien vagos que definidos, de la poesía sentimental o de la filosofía moralizadora. Cuando se leen los artículos a los que aludo, no puede uno menos de conocer que la mente de sus jóvenes autores no vivía en Villa-Clara». (Pp.164-165). 


El testimonio, a pesar del tiempo, es concluyente, afirmó Ramón de la Sagra: «[…] la mente de sus jóvenes  autores no vivía en Villa-Clara». (p.165). Las evidencias: El Central, periódico que aplaudió el gallego De la Sagra, apenas feneció dos años después. José de Jesús Vélis, su director, pasó a residir a Cienfuegos y se integró a la nómina del rotativo El Fomento (1861-1868),  órgano de ideas liberales fundado por Antonio Hurtado del Valle. Muchos de esos jóvenes, en febrero de 1869, fueron a la manigua insurrecta a batallar por Cuba independiente y soberana.


Por tanto, es obvio, lo reconozcan o no los biógrafos, incluso los historiadores, de un modo u otro, Gertrudis Gómez de Avellaneda, Tula, la camagüeyana, respiró el ambiente cultural e intelectual de Santa Clara a partir de hechos circunstanciales relacionados con una visión ¿fantástica y hasta misteriosa? en nuestra historia. 



CAIBARIÉN, EL ESPÍRITU RABIOSO

CAIBARIÉN, EL ESPÍRITU RABIOSO

Por Luis Machado Ordetx  


                             «Mientras, se dejan ver a cualquier hora».                                              Don Luis de Góngora

La frase no me pertenece. Tampoco en exactitud es puntual. Quedó acuñada como “la lucha rabiosa” de todos los cubanos por privilegiar lo  nacional desprovisto de “varitas mágicas” y de excesivas erogaciones monetarias en defensa del entorno patrimonial.

Fue el mensaje de Eusebio Leal Spengler a la ciudad portuaria de Caibarién. Lo tomo tácitamente de lo expuesto el lunes pasado desde la “Tribuna del Historiador”, programa de Habana Radio, con audiciones en muchas partes de Cuba.Un ideal de querencia, expuesto otras ocasiones en el periodismo de Emilio Roig de Leuchsenring, el mentor de Leal, cala en el sentido y el deber de pelear, incluso, por nuestras pertenencias menos insignificantes. 

No existen distingos entre lo tangible, o lo inmaterial. Mucho menos diferenciación del pasado que “respira” y explica el presente a partir del papel antiguo —libros, revistas y periódicos—, y la piedra fundacional que asienta la arquitectura.Allí existe la  representatividad, y el sentido exclusivo del pueblo y su manera de ser o sentir la historia pasada y reciente. No es súplica, y muchos menos como la música, un arte que ni se ve, y tampoco se toca. Simplemente, percibimos y contamos la historia en espíritu ardiente. Tal ocurre con el Parque  Temático de Locomotoras de Vapor, un museo a cielo abierto, radicado en Caibarién. 

En 1999 el ingenio “Marcelo Salado” paró sus operaciones fabriles, y muchos hombres y mujeres pasaron a diferentes sectores privilegiados por el turismo en aquel fomento incipiente que abrazó la cayería norte. Otros se quedaron estáticos en el lugar, pero sin manos cruzadas, dispuestos a la reconstrucción fiel del proceso del azúcar, y añoraron concluir una galería, similar a aquellas ideadas en Ciego de Ávila, Santiago de Cuba y Camagüey.

El Historiador de La Habana se llenó los ojos de la cultura del lugar. También fui de aquellos anónimos visitantes que un año atrás se sumó al aplauso estruendoso. Contemplar algunas de las locomotoras, inglesas o norteamericanas, de principios de 1920 en sus estacionamientos, y apreciar el potente silbato de otras, y el ronroneo de sus equipamientos en perfectos estados técnicos, demostró cuánto puede hacer un hombre por salvaguardar el tiempo y trasladarlo a generaciones futuras.

Ya no se hacen los Festivales del Vapor. Una década tiene el Museo. Localizo la máquina La Centenaria, y con satisfacción los mecánicos-reparadores comentan de su participación en las labores de cimentación del Canal de Panamá, en 1904. Gustavo La Fe Pascual y Roberto León Arteaga, son de los hombres y mujeres que intervienen en devolverles la “vida” a los equipos terrestres, y tienen todos los aplausos en las pericias técnicas e ingenieras de sus maniobras reconstructivas.

Allí hay cultura material, y se respira un aire de espiritualidad.   Eso impresionó a Eusebio Leal, el Historiador, por la voluntad de Tecnoazúcar de Villa Clara empeñada en que el patrimonio no muera. ¿Cuánta inferencia queda en sus palabras?: muchas…

En su habitual programa radial dijo que capitalistas foráneos se acercan a diario para comprar esas reliquias. Las propuestas siempre son idénticas: a cambio financiamos cualquier proyecto de ustedes. Por respuesta una: «a Cuba no se le arrebata el patrimonio material o inmaterial». Nos pertenece… 

La oferta está inferida en todos los cubanos: buscar recursos locales para recuperar los patrimonios arquitectónicos, los tesoros bibliográficos, y que los recursos materiales no se dilapiden y protegen la historia. En un metro de quince sílabas y combinaciones de un verso de seis y otro de nueve en “Soledad del alma” expuso Gertrudis Gómez de Avellaneda: «Huyeron veloces —cual nubes que el viento arrebata, los breves momentos— de dicha que el cielo me dio», y eso sucede en muchos lugares de Villa Clara y también en Cuba.

Ahí está la casa vivienda del antiguo ingenio Santa María, actual Ifraín Alfonso, sitio de depredadores. Otras muchas instalaciones arquitectónicas de Caibarién, lugar de atracción del turismo. También en Sagua la Grande, Placetas, Santa Clara y… De igual modo en las papelerías que guarda la Sala de Fondos Raros y Valiosos de la Biblioteca Martí, indefensa de una consola refrigerada que, apenas, funcionó, mientras en oficinas institucionales prevalece el refrescamiento de los ambientes cerrados para dirimir asuntos de índoles burocráticas. 

El llamado de Leal Spengler, y su elogio a los ferroviarios de Caibarién, está claro: defender con espíritu rabioso lo nuestro aunque, a veces, carezcamos de los más significativos recursos materiales y monetarios al cual obliga la carestía de la vida económica del país.

TERESITA FERNÁNDEZ EN SANTA CLARA, COMO UNA FLOR Y NADA MÁS

TERESITA FERNÁNDEZ EN SANTA CLARA, COMO UNA FLOR Y NADA MÁS

Una familia de artistas: la madre, pianista, pedagoga. El padre, promotor cultural desde los tiempos en que el matrimonio vivió en Majagua, Ciego de Ávila, antes de llegar a Santa Clara a principios de 1930.

Sus hermanos, Chucho y Pancho, locutores, Pepe, locutor y músico, Manolo, pedagogo y pintor, y Teresita, pedagoga y cantautora de rondas infantiles. Todos, formados en una generación que tuvo a José Martí como Hidalgo de la Ética Virtuosa de Cuba. 

La cercanía de pedagogos de la Escuela Normal para Maestros de Santa Clara (Emilio Ballagas, Domingo Ravenet, Ernesto González Puig, Gaspar Jorge García Galló y...) consolidó en la familia un infinito amor y tributo a la patria.

A pesar de la mojigatería de una época, en los años 70 del pasado siglo en el cual Teresita juró no volver a Santa Clara, el embrujo de la estrechas calles de la ciudad, y su perenne sentido mediterráneo la atrajeron nuevamente a un Centro Cultural sin precedentes: El Mejunje; otro encuentro con los sueños infantiles de su primera "inocencia" artística y su plenitud consagradora.


 

Por Alexis Castañeda Pérez de Alejo

(Periodista y escritor cubano)


Teresita Fernández volvió a Santa Clara en 1996, traída por Ramón Silverio para que se presentara en El Mejunje; según ella, había estado  20 años alejada de su ciudad natal.


Silverio cuenta que la vio actuar en el teatro La Caridad a mediados de los setenta, toda vestida de negro, en medio del escenario vacío, solo acompañada de su guitarra y desgarrando canciones de amor; nunca pudo olvidar esta imagen y desde entonces se prometió traerla a Santa Clara. 


Una vez consolidado El Mejunje quiso cumplir la promesa,  se presentó en su casa, allá en un barrio habanero, merodeó durante varias horas, hasta que pudo burlar el cerco que le tendían los coralillos y la celada de su jauría canina, y pudo convencerla para que hiciera el viaje. 


Ya aquí, la cantautora se dedicó ha establecer relaciones con cuanta persona entraba a El Mejunje, siempre en su tono de prédica y con sus canciones. Una de esas noches alucinantes, ya tarde,  sintió una algarabía y forcejeo violento en la puerta de la institución y rápidamente se presentó, tomó su guitarra y comenzó a cantarle a los bulliciosos, estos depusieron sus ánimos y quedaron encantados con su voz.


Otra noche se sentó en la acera y convocó a los cocheros que aparcaban  cerca, formó un grupo que pronto fue creciendo con otros transeúntes, todos envueltos por la magia de sus narraciones y poemas.


Como colofón de su visita Silverio le organizó un encuentro con las antiguas compañeras de la Escuela Normal para Maestros, y entre recuerdos, cantos y ocurrencias finalizó la estancia.


En mayo de 1998, de vuelta otra vez en nuestra ciudad, llegó hasta la Catedral, allí improvisó una versión de El Gatico Vinagrito, que la entonces estudiante de filología Clarisa Martínez—luego profesora de la Universidad Central «Marta Abreu» de Las Villas—tuvo el acierto de anotar, y que luego publiqué en el boletín El Mejunje correspondiente a ese mes: «Dios no quiso que mi gato se perdiera/travieso se perdió por los tejados de mi pueblo (…) y me cuentan, que Vinagrito/ por estar feo y chiquito/encontró muchos dueños/que al atardecer/me cuentan cantando y bailando/que Vinagrito está como si fuera un ángel/volando/volando/ por el cielo». 


En 1999 la encontré en la alturas de Pico Blanco, llevaba allí tres días con varios especialistas del Instituto Cubano del Libro y otros trabajadores del Centro Provincial del Libro y la Literatura, que junto a la ONG canaria Viento Sur, organizaban una biblioteca-ludoteca en la escuelita del lugar, también un taller pintura y modelado, de literatura, teatro y apreciación audiovisual. La presencia de Teresita en el intricado lugar del lomerío escambraico se convirtió en un acontecimiento conmovedor, los vecinos le traína café y tabaco, le pedían canciones; en la despedida no faltaron lágrimas. Esa noche ofreció en El Mejunje un inolvidable concierto que nombró como una de sus más bellas canciones de amor: No puede haber soledad.


Este mismo año, la Editorial Sed de Belleza, y gracias a los empeños del poeta Alpidio Alonso,  publicó su poemario Arco Tenso, con una hermosa y aprobatoria carta de Fina García Marruz y Cintio Vitier a manera de prólogo. En la presentación del texto durante la  XIX Feria del Libro le fue entregado, además, el Zapapico, distinción cultural de más alto rango que otorga la Asamblea del Poder Popular, premio que la popular artista donó de inmediato a El Mejunje, porque «aquella era también su casa y allí podía estar», argumentó.

Cautivada por su ciudad, que le devolvía el embrujo de sus primeras inspiraciones, decidió contar su memorias a la periodista Alicia Elizundia, libro luego ganador del Premio Uneac de Testimonio, del año 2000, bajo el confesional título Soy una maestra que canta. Alicia publicaría años después Amiguitos vamos todos a cantar, texto donde recogió buena parte de sus canciones infantiles.


Teresita Fernández fue parte de una generación santaclareña espléndidamente tocada por la música, que integran nombres igualmente altos como Ela O´Farril, Doris de la Torre, Moraima Secada y Gustavo Rodríguez, todos nacidos entre 1930 y 1932.


Esta ha sido la comunión amorosa de una de las más grandes trovadoras cubanas con su ciudad, que le devolvió con creces sus afectos. 
Tal vez nunca lo supo, pero desde hace ya varios años, todos los Viernes de la Buena Suerte de El Mejunje, terminan, ya entrada la madrugada, con Dame la mano y danzaremos. Emociona ver como cientos de jóvenes entrelazan sus manos y arman la ronda «como una trenza de azahar», prueba de que su prédica martiana, su vocación magisterial, ha impregnado hondo hasta llegar a las generaciones mas recientes. 


Santa Clara tiene pues el compromiso de mantener y trasmitir el legado de modestia, entrega y cubanía de una mujer que vivió absolutamente libre, sin ataduras  y rígidas convenciones sociales, y que ha quedado sembrada en la ciudad, sencilla y amorosamente, «como una flor y nada más».

¡CENTENARIOS? DE ESCRITORES CUBANOS

¡CENTENARIOS? DE ESCRITORES CUBANOS

Por Luis Machado Ordetx

 

En 2014 será el centenario del natalicio de Samuel Feijóo, el Sensible Zarapico, y al parecer ese constituirá el "plato fuerte" de un amplio programa artístico-literario para recordar al polígrafo cubano.

También Onelio Jorge Cardoso, el Cuentero Mayor, arribará al siglo de nacimiento. Nada se "habla" en torno a un reconocimiento que ofrezca la valía trascendente de ese escritor cubano. En el "tapete" quedan más preguntas que respuestas. ¿...?


Una andanada publicitaria aborda desde el pasado año un profuso programa auspiciado por el ministerio de Cultura —en coordinación con instituciones y territorios centrales—, para celebrar el centenario del natalicio de Samuel Feijóo Rodríguez (1914-1992), el “último polígrafo cubano del siglo XX”, muy valorado en la historiografía por sus patrimonios intelectuales.


Aplauso total. El “caminante insomne”, el folklorista singular, nacido en San Juan de los Yeras, todavía hace pensar a investigadores y lectores, y los llena, con su legado artístico, de conocimientos sorprendentes. Ahí en sus libros está cuánto y cómo dijo cada palabra que hilvanó en la recreación de la pródiga naturaleza de los campos cubanos.


 La memoria imperecedera del poeta de Faz y Beth-el —alejada como ser social del gusto de los aplausos individuales y colectivos—,  será robustecida. ¡Eso es necesario! La historia del arte y la literatura nacionales tendrán ocasión de mostrar una huella inigualable para exaltar la prolífica y versátil creación ruralista o urbana de un creador que «llevó la misión cultural en su piel», como sustentó la poetisa Fina García Marruz.


Villa Clara, depositario del vasto rastreo artístico de Feijóo, tendrá un pilar definitorio en el reconocimiento al escritor. Sin embargo,… Al parecer, aquí olvidan otro hecho histórico que tiene vínculos con figuras cimeras del arte y la literatura nacional. En 2014 el Cuentero Mayor, Onelio Jorge Cardoso, arribará a su centenario de natalicio. 


Ninguna palabra relacionada con el suceso. A duras penas escritores radicados en Calabazar de Sagua animan, año tras años,  el recuerdo permanente a Jorge Cardoso (1914-1986), de quien todavía, al igual que Feijóo Rodríguez, hay mucho que exponer a las jóvenes generaciones, y también al mundo.


Un centenario vendrá detrás del otro. Feijóo en marzo 31; Onelio  el 11 de mayo. ¿Cómo es posible tanta indiferencia, aunque sea involuntaria? Tal vez ahora, por la privación previsora, vendrá un ¿corre-corre? que, obligará a variar presumibles ordenamientos que favorezcan al calabaceño Jorge Cardoso. Cierto es que los presupuestos cada día son más recortados, pero la historia y la memoria no debe permitirse omisiones de tal envergadura.  


Roberto Fernández Retamar, en mayo de 1962, durante  una “aparente” polémica con Virgilio Piñera en La Gaceta de Cuba, al abordar aquellos escritores no vinculados directamente a las revistas de Orígenes y Ciclón, recordó que «[…] entre ellos se encuentran quienes son quizás el mejor cuentista de su generación, su mejor dramaturgo, su crítico de más rigor científico y una de las más originales figuras literarias cubanas: aludo a Onelio Jorge Cardoso, Carlos Felipe, José Antonio Portuondo y Samuel Feijóo».1  


Ahí está la mención a dos de nuestros más imprescindibles hombres: Samuel y Onelio. Sin embargo,… Tenemos más conmemoraciones en 2014: el bicentenario del natalicio de Gertrudis Gómez de Avellaneda. ¿Cómo relegar el paso de Tula, en 1860, desde Cienfuegos-Villaclara-Sagua la Grande, rumbo a Cárdenas y las cartas-testimonios que desde aquí Ramón de la Sagra escribió a esa poetisa-narradora-dramaturga y le contó de modo paradójico sobre la efervescencia y la penuria cultural de Santa Clara?


También serán los 110 años del periódico La Publicidad (octubre de 1904-febrero de 1964), un archivo de noticias imprescindible en la memoria cultural de Santa Clara. El año entrante constituirá el aniversario 80 de la publicación de Cuaderno de la Poesía Negra (1934), del camagüeyano Emilio Ballagas, libro aparecido en esta ciudad y de marcada incidencia en la lírica nacional. Hay más: marcará las cinco décadas y media de la muerte del escritor Enrique Martínez Pérez (1899-1959), el más anónimo de los poetas radicado desde la juventud en la antigua capital de Las Villas.

  ¿Acaso, habrá idénticos inadvertencias, como ocurrió con el surgimiento de la revista Cuba Contemporánea (1913-1927), un suceso público sin precedentes, el cual pasó por alto en los anales teóricos del país? Los cienfuegueros, durante la pasada Feria del Libro, fueron los únicos cubanos que recordaron la historia cubana y universal contenida en esas páginas.

La publicación no merecía eso, mecho menos, su hacedor Carlos de Velasco Pérez (1884-1923), quien cumplirá en 2014 los 120 años de nacido en Santa Clara. El 2015 abrirá otros escenarios: el centenario del poeta-maestro Raúl Ferrer Pérez y su relación con Santa Clara, y los cinco siglos de existencia de San Juan de los Remedios, la Octava Villa de Cuba.


¿Cuántos temas sobre el tapete?: Muchos, y todavía hay más tela por donde cortar en un año que anunció ¡¿Centenarios?! y acontecimientos culturales que justamente, de un modo u otro, involucran a nuestra territorialidad del centro de Cuba. 


 NOTA:


1- Roberto Fernández Retamar (1962): Generaciones van, generaciones vienen», en La Gaceta de Cuba, (1):5, mayo, La Habana. 

JUAN MARINELLO, EL OPTIMISTA

JUAN MARINELLO, EL OPTIMISTA

Por Luis Machado Ordetx

 

Aniversario 115 del natalicio de un teórico marxista-leninista cubano, propagador de la estética vanguardista, el arte nuevo, el humanismo y el legado antimperialista y martiano de José Martí.

 

Haz de Luz, así nombró en reiteradas ocasiones el poeta y pedagogo Emilio Ballagas Cubeñas al amigo Juan Marinello Vidaurreta. Los encuentros entre ambos escritores cubanos atestiguan instantes múltiples, de respeto, camaradería y de reconocimiento intelectual. Ambas apreciaciones fueron simultáneas.


Unas veces los primeros encontronazos ocurrieron en La Habana durante los febriles días vanguardistas de las revistas Social o de Avance, y luego fueron más pródigos en Santa Clara. Marinello sacaba tiempo a las urgencias docentes, de conductor comunista y de editor, o periodista, para visitar a María Josefa, Pepilla, la esposa, radicada desde mediados de 1933 en la  dirección de la Escuela Normal para Maestros de Santa Clara.


Esos instantes no están muy esclarecidos por la historiografía local. Cierto fue que Marinello constituyó una pieza clave para dotar de pedagogos con ideas de izquierda al centro docente de la ciudad. Tenía un doble propósito: convertirlos en acompañantes indispensables de Pepilla durante aquellos momentos convulsos posteriores a la caída del gobierno de Gerardo Machado, y que asumieran las aulas dispuestos a propagar las novedades más trascendentes del arte y la cultura nacional o universal, incluso del compromiso social del intelectual.


Con Ballagas llegaron Domingo Ravenet Escuerdo, Ernesto González Puig, y después Gaspar Jorge García Galló. Pepilla Vidaurreta, al marchar un tiempo después hacia La Habana, quedó en la Normal una estela de inconfundibles artistas-pedagogos que siguió pugnando por la renovación creativa, y también por lo nacional. De un modo u otro fueron los fervientes animadores de los majestuosos murales-frescos que en 1937 envolvió a una parte mayoritaria de la vanguardia artística cubana.


En cartas íntimas Ballagas tuvo razón al nombrar, Haz de Luz, en tono amigable, a su fraterno compañero Juan Marinello Vidaurreta (Jicotea, 2 de noviembre 1898-La Habana, 27 de marzo de 1977), y reconocerlo como mentor martiano, activo militante y defensor del marxismo-leninismo. Lo estimó por un temperamento que en nada se avenía con la  pasividad, o el elitismo de algunos escritores de aquel tiempo. Era también la mirada de Marinello una observancia para el futuro.


Al rebuscar en la prensa periódica de Santa Clara, La Publicidad refrendó una afirmación de Marinello, muy a tono con su espíritu, y que denominó “El Optimismo”, como el que sitúa la Patria por encima de todos los deberes. Allí dice que:


   «No se concibe un buen patriota que no sea optimista.   Son dos cualidades que deben ir siempre unidas.   El pesimista puede que ame intensamente a su pueblo; pero es amor     estéril, cuando no una rémora al progreso. El Optimismo es al    patriotismo lo que la fe a la religión […] La idea de Patria implica la del      amor de sus hijos, y para eso es preciso creer en ella, tener     confianza, tener fe, en este caso se llama Optimismo…»1


Santa Clara jamás constituyó en la mentalidad de Marinello una ciudad extraña. Nació en uno de sus poblados de periferia, y aquí cursó los primeros estudios primarios y concluyó el bachillerato en su Instituto de Segunda Enseñanza. También en la ciudad, cuando ya era un reconocido crítico en arte y literatura, dictó importantes conferencias que le valieron el aplauso y la aceptación de sus contemporáneos. 


En 1929 la sección “Villaclareñas”, escrita por el periodista Sergio R. Álvarez Mariño, en La Publicidad,  afirmó que:


 «El doctor Juan Marinello Vidaurreta, catedrático de la Universidad Nacional y su sociable y gentil consorte María Josefa Vidaurreta de Marinello, catedrática nuestra Normal.Desde ayer aquí.Constantes las visitas.Por cierto, que ha logrado el Ateneo una primicia del doctor Marinello, que me apresuro en hacer público, ante el suceso que representa.En el mes de noviembre nos ofrecerá dos conferencias.Una sobre Literatura y otra sobre Martí. Dos grandes sucesos en puertas que motivará acontecimientos sociales y culturales».2


Ambas conferencias, propuestas por Severo García Pérez, Presidente del Ateneo de Santa Clara, fueron dictadas por Marinello en el Instituto de Segunda Enseñanza. Los hechos culturales ocurrieron a las 2:00 pm., del miércoles y jueves 13 y 14 de noviembre, respectivamente. Durante ese instante se abrió al público el Museo de la Biblioteca Martí, primero que tuvo la ciudad.3  


Años después Marinello reiteraría en «Fuentes y Raíces del pensamiento de José Martí», algunos de los fundamentos del aquel momento, al declarar que:


 «Si se me forzase a preciar las vías maestras en que se muestra la más inviolable condición de Martí, miraría hacia su culto a la unidad y a la libertad del hombre […] A través de toda su escritura, tan cuantiosa y varia, enarbola […] lo que llama la identidad fundamental humana […] La acción imperialista hiere en lo más hondo la unidad del hombre…»4


Esta no sería la única visión de acercamiento de Marinello con Santa Clara. Era un apasionado martiano y latinoamericanista que reconoció el valor social del arte y la literatura. Por eso destacó la necesidad histórico-concreta, y el papel activo y consciente del sujeto en la apreciación artística de la realidad circundante. Tal posición, a veces polémica, lo mantuvo en creciente y perseverante inquietud de fidelidad a su tiempo y al hombre. No por gusto Ballagas no denominó Haz de Luz en las Artes y las Letras Cubanas.


NOTAS:


1- Juan Marinello (1929): «El Optimismo», en La Publicidad, 25(11297):1, Santa Clara, jueves 1 de agosto.

 2- Sergio R. Álvarez (1929): «Villaclareñas», La Publicidad, 25(11301):4, Santa Clara, miércoles 7 de agosto.

3- «Museo de la Biblioteca Martí» (1929): en La Publicidad, 25(11372):1, Santa Clara, miércoles 13 de noviembre.

4- Juan Marinello (2005): «Fuentes y Raíces del Pensamiento de José Martí», en Nuestra América, p. 20, Fundación Biblioteca Ayacucho, Venezuela.