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PERIODISMO

GRITÉMOSLE, MORÉ, !EL MAESTRO!

GRITÉMOSLE, MORÉ, !EL MAESTRO!

Por Luis Machado Ordetx


A distancia contemplo a Ramón Moré, el director del equipo de béisbol de Villa Clara. Jamás hemos cruzado una palabra. En su parquedad y “aparente” mesura, más allá del “Profe” que ahora le endilgan, lo considero un Maestro. Tiene a su haber el donaire de disciplinar, educar y pensar en el atributo martiano que sentencia “conocer es resolver” ante cualquier circunstancia. No existe mayor adversidad que un contrario, sobre todo, cuando se parte del respeto por el otro.


Tal vez la virtud ética la aprendiera el otrora jugador cifuentense cuando decidió de manera temporal dedicarse a enseñar niños, y a laborar como reparador técnico en ligas menores en las cuales “otros” no detienen la vista. 


Mucho habló la prensa cuando tres años atrás tomó las riendas del equipo y hubo una “limpieza” de jugadores y técnicos que apostaron por los bajos rendimientos. Incluso, otros comentaron sobre “serios” problemas de indisciplina deportiva que atentó en la unidad del colectivo. 


Pasó el tiempo y Moré y su actual equipo de dirección continuó vigilante por salir airosos en cada encuentro. El hombre se cultivó en medir a sus rivales, y ahí está “vivo” y coleando en la lucha por el cetro de la pelota cubana.


Cinco refuerzos, llegados a última hora para la postemporada, se encargan de decir a menudo que jamás han visto a un colectivo deportivo tan unido, batallador e incansable. A Moré, tampoco a sus directivos, se le observa reprimir a un jugador porque la estrategia táctico-técnica saliera mal. Conocen que las notas musicales  “suenan” diferentes cuando se emplea la viola o el violín. Ahí reside el respeto entre unos y otros. En el dogout, en el camino al box, en una reclamación, o  en el diálogo con un pelotero, da el consejo, y mantiene la parsimonia. Por dentro lleva el júbilo del que educa y enseña, del que se instruye con  esas galas virtuosas que vienen prendadas de la gloria que “cabe en un grano de maíz”, como sentenció Martí.


Eso es instruir desde la modestia y la sinceridad, y con frenos a cualquier irrespeto. Ayer domingo, Día de los Padres, durante el juego, contemplé cuando la cámara de Televisión captó el instante en que la mano negra de Moré acarició el tobillo del torpedero Manduley tras recibir un pelotazo. Allí estaba depositada la enseñanza, el dolor compartido, la preocupación del mentor ante una lesión mayor, y la ética de un maestro.Esa manera de comportarse, de no exteriorizar inquietud y mostrar un rostro noble y hasta poco carismático, la corroboró Osvaldo Rojas Garay cuando en tres sencillas anécdotas describió al manager Ramón Moré en todas sus cualidades humanas y pedagógicas.


El colega jamás las ha descrito al público, pero en esa manera de recrear los números estadísticos en historias verídicas, refirió cuando recién llegado Moré de destronar a los Elefantes, de Cienfuegos, y aguardar por los rivales entre Matanzas y Sancti Spíritus, le hizo una llamada telefónica al director del Villa Clara para conocer sus preferencias entre uno u otro futuro contrincante.


Con amabilidad Moré contestó: «Osvaldito, dejemos eso para mañana. Hoy he tomado unos traguitos y no quiera responder a tontas y locas». Al otro día ocurrió la conversación pactada.


De igual manera Rojas Garay me comentó cómo un día Moré llegó a su casa. Venía urgido de estadísticas sobre la labor beisbolera de Valentín León, uno de sus compañeros de equipo. Las necesitaba para incorporarlas a su tesis de Licenciatura, y mi colega le correspondió con los datos. Eso no lo olvidaría jamás el preparador beisbolero Ramón Moré, quien al enterarse que mi colega estaba enfermo, lo llamó con prontitud para desearle un rápido restablecimiento físico e insuflarle ánimos espirituales.


Tal actitud asumen los maestros cuando son verdaderos mentores de la vida: guiar a sus pupilos a conquistas mayores y llevar prendido en el corazón el ánimo que una victoria más está próxima. Esa es la máxima que más aprecio en Ramón Moré, y más que Profe, a secas, gritémosle, ¡Maestro! de siempre, en las buenas y en las malas decisiones deportivas. 

VIOLENCIA EN EL BÉSBOL... ¿REGLA O EXCEPCIÓN?

VIOLENCIA EN EL BÉSBOL... ¿REGLA O EXCEPCIÓN?


Por Greta Espinosa Clemente


Que si fue out, que si quieto, que si Iday se sobrepasó…lo cierto es que el  Sandino se transformó en arena de gladiadores este domingo, durante el quinto juego de la semifinal Villa Clara- Cienfuegos.

El hecho, harto penoso, confirma una vez más que lejos de ser una excepción, la violencia en el béisbol cubano se ha convertido en una triste regla, junto a las equivocadas decisiones arbitrales.


Y es que una cosa lleva a la otra, un árbitro falla erróneamente, y sobreviene una ola de improperios verbales y físicos, delante de toda una afición, de la cual, me considero parte.
Este domingo en el Sandino el comportamiento de la selección de béisbol de Cienfuegos, encabezada por su manager Iday Abreu y su coach de tercera Bárbaro Marín, sobrepasó los límites del respeto.


Fue el noveno ining momento clímax del desacato a las normas de la pelota cubana, cuando el juez de tercera base dictaminó injustamente un OUT a Lázaro Rodríguez en el intento de robo de esa posición.


El hecho pasó, el juego acabó, Villa Clara superó cuatro carreras por tres a los elefantes, y aclaro que esta victoria se debió al corrido y bateo de sus jugadores, y no a la controvertida decisión de Osvaldo de Paula.


Percibir sucesos como este en cada serie regular y PLAY OFF  ya deviene costumbre, incluso hay quienes se asombran cuando han pasado algún juego sin ofensas, intento de agresión o falta de respeto entre jugadores, árbitros y hasta aficionados que olvidan que se trata de un juego de pelota, y no de una vulgar riña de barrio.


Me pregunto, ¿por qué tan recurrentes los actos violentos en nuestro béisbol?, dónde queda el accionar de las máximas instancias de este deporte ante tales desatinos, que no son de novedad alguna, por el contrario, existe toda una historia de enfrentamientos ajenos al propio juego de pelota.  


¿Marcada permisividad por parte de la Dirección Nacional de Béisbol?¿Precedentes impunes? ¿O serán ambas las causas del boxeo por cuenta propia que tiene espacio en el beisbol, como diría en días recientes el colega Normando Hernández al presenciar uno de estos hechos lamentables? 

Quizás anteriores faltas, más graves incluso, han incentivado la beligerancia en el terreno, y cito uno de los ejemplos más polémicos,  acontecido en la pasada serie nacional, cuando Víctor Mesa agredió al árbitro Omar Peralta durante un juego entre Matanzas e Isla de la Juventud, y le arrojó, literalmente, arena en el rostro.


Califico de verdadera pasada de manos la sanción hacia Mesa por parte de la Dirección Nacional de Beisbol en esa ocasión, al suspenderlo por solo cinco juegos de aquella campaña y no proferirle un correctivo acorde a la magnitud de tal falta de respeto.

CUBA CONTEMPORÁNEA, EL FIRMAMENTO NACIONALISTA

CUBA CONTEMPORÁNEA, EL FIRMAMENTO NACIONALISTA

Por Luis Machado Ordetx


Enero de 2013 se fue. Al parecer el primer proyecto publicitario nacionalista y antiimperialista de la Isla, Cuba Contemporánea (1913-1927), tiene un tendencioso olvido en su centenario. Dos intelectuales jóvenes del centro del país, uno de Santa Clara, y otro de Cienfuegos, junto a otros habaneros, estuvieron entre los artífices de una revista que marcó una impronta inusual. 


Carlos de Velasco y Pérez (1884-1923), el santaclareño, fue su director-fundador. El cienfueguero José Sixto de Sola Bobadilla  (1888-1916), figuró como redactor-patrocinador. Ambos permanecen ignorados por la historiografía cubana, y la huella de sus postulados periodísticos y de combate, apenas se difunde  en defensa de lo nacional, lo propio y lo cubano.


En el proyecto editorial no estuvieron solos desde que, el primero de enero de 1913 apareció el número inicial de la publicación. En ese trayecto, hasta agosto de 1927, fueron acompañados por jóvenes intelectuales de amplia lucidez patriótica y martiana: Julio Villoldo, Mario Guiral Moreno, Ricardo Sarabasa, Max Henríquez Ureña, y Leopoldo F. de Solá. En 1919 entraron a la redacción  Dulce María Borrero de Luján, Alfonso Hernández Catá, Luis Rodríguez Embil, José Antonio Ramos, Francisco G. del Valle, Bernardo G. Barros, Enrique Gay Calbó, Juan C. Zamora, Ernesto Dihigo. Después de esa fecha llegaron José María Chacón y Calvo, Roig de Leuchsenring y Arturo Montori. 


Otros intelectuales cubanos y latinoamericanos, firmas prominentes, entregaron sus originales a la revista.En 1929, al esbozar aspectos de Cuba Contemporánea y su labor nacionalista, Roig de Leuchesenring precisó que «[…]  venimos notando la falta de una publicación genuinamente cubana, donde pudiesen tratarse con entera libertad, sin trabas de ninguna clase y con la extensión necesaria, nuestros problemas políticos, sociales, administrativos, literarios y cualesquiera otros que por su importancia y trascendencia afecten de manera más o menos directa, la vida y el progreso de nuestra patria».1 


El esbozo de Roig de Leuchesenring  trazó claves que luego fueron retomadas por  José Antonio Portuondo: la publicación se erigió en puente entre la Revista de Cuba, la Revista Cubana y la ulterior proposición vanguardista de la Revista de Avance. Las inspiraciones estuvieron dadas en la exposición de un contexto de fidelidad de la cultura y la expresión nacional recogida por otras ciencias exactas o humanísticas. 


En los 176 números mensuales jamás hubo neutralidad política, sino fustigación a la corrupción gubernamental. Los redactores abrazaron una abierta declaración antiimperialista y antiinjerencista. Un espíritu de resistir y preservar la identidad y los valores culturales, avaló siempre lo cubano frente a presuntas y evidentes imposiciones foráneas al espíritu nacional.


Desde el primer número hubo una fidelidad temática: dedicación al estudio de nuestros problemas administrativos, políticos, morales y sociales. También lo económico, lo religioso, y las letras y las artes, ocuparon las bases  históricas del análisis de la cultura de los pueblos.


En marzo de 1923, al morir Carlos de Velasco en Paris durante su misión diplomática, Ricardo Sarabasa, recordó que «[…] esta Revista […] ha mantenido con dignidad y con honor la bandera de un sano, de un generoso, de un bien entendido nacionalismo, proclamando a la vez, para honra de todos, nuestra cultura, nuestro civismo, y sobre todo lo que hemos tratado de mantener por encima de todo: nuestro amor a Cuba.»2 Cierto, todo fue solicitado desde posiciones reformistas y honestas, propias de un singular nacionalismo liberal con marcadas implicaciones de solidaridad latinoamericana y antiimperialista.


De Velasco dirigió Cuba Contemporánea desde enero de 1913 hasta el cierre de 1920, fecha en que residió como diplomático cubano en Europa. A partir de entonces Mario Guiral Moreno asumió la dirección de la publicación hasta agosto de 1927, último mes que se publicó y circuló de manera ininterrumpida por todos los países latinoamericanos.  


En parte era la respuesta a la frustración del ideario martiano, y también a la prédica que desde la Sociedad de Conferencias dejó el narrador Jesús Castellanos (1879-1912), cuando abordó en “Rodó y su Proteo”, una mirada  crítica a «[…] esta América taciturna y desangrada…»3 Era el fundamento del canon nacionalista y de resistencia cultural, y de debate binario entre tradición y modernidad.


El hecho demarcó un  profundo enfrentamiento a cualquier tentativa anexionista, prueba de la cultura originaria de un pueblo dispuesto a no «[…] pensar en absoluto en soluciones externas a nuestro problema: no queremos más que conservar a toda costa y para siempre, ennobleciéndola y fortaleciéndola, nuestra nacionalidad independiente.»4

Así lo dijo José Sixto de Sola al enjuiciar el “Pesimismo Cubano”, una vía expedita en favor del optimismo por la existencia de un estado político original, propio, antiimperialista. Una palabra tipificó a la inusual y prestigiosa revista: “cubanismo”, como precisó Carlos de Velasco en 1915 al apuntalar el sentimiento nacional surgido en 1868. Igual pronunciamiento dejó José Sixto Sola. Cuando escribió a Rufino Blanco Fombona,  precisó que «[…] tengo mi ideal americano, y dentro de él, mi ideal cubano; en ambos, sobre todo en el cubano, tengo fe absoluta […], porque lo andado me revela de manera inequívoca lo que se andará…»5 Eso preconizó Cuba Contemporánea: fidelidad a la patria y al pensamiento de Martí.


NOTAS:


1- Emilio Roig de Leuchesenring: «Cuba Contemporánea y su Labor Nacionalista», en Revista Social, 14(12):42; 67; 72, La Habana, diciembre de 1929, p. 42.2- Ricardo Sarabasa (1923): «Ofrenda Póstuma a la memoria de Carlos de Velasco», en Revista Cuba Contemporánea, 11(123): 242-243, La Habana. 3- Jesús Castellanos (1914): “Rodó y su Proteo”, en Los Optimistas, Lecturas y Opiniones de Crítica de Arte, Talleres Tipográficos del “Avisador Comercial”, La Habana, p. 213.4- José Sixto Sola: «El Pesimismo Cubano”, en Revista Cuba Contemporánea, 1(4): 293, La Habana, diciembre de 1913. 5- Carlos de Velasco: «José Sixto de Sola», en Revista Cuba Contemporánea, 4(3): 222-223, La Habana, marzo de 1916. 

¡CASCARITA!, LA VOZ QUE SE FUE...

¡CASCARITA!, LA VOZ QUE SE FUE...

Por Luis Machado Ordetx


El mítico Cascarita fue antojadizo para morir el pasado lunes en Santa Clara, su ciudad natal, de idolatría. Lo hizo en idéntico día que el remediano Alejandro García Caturla, otro renovador irreverente de la música cubana.


 Cada uno, a pesar de las distancias, llevó “La Rumba” en la sangre y en el cuerpo. Era el sentido que extendió José Zacarías Tallet,  el autor del texto, al  «Zumba mamá, la rumba y tambó,/ marimba mabomba, mabomba y bombó…», para imprimir el encantamiento por las sonoridades musicales, por lo propio: el son y la idiosincrasia…


Median 72 años de un hecho luctuoso a otro. A García Caturla le tronchó la vida una mano asesina, y a Martín Chávez Espinosa (Cascarita), la demencia senil, o el impasible desgaste físico luego de casi ocho décadas de fecunda existencia.
Por gracia natural confluyeron en otras aristas notables: el sentido popular y humilde de sus actuaciones. El remediano en su rectitud de jurista y de composición sinfónica impecable. El otro, Cascarita, prodigó una voz perfecta a la hora de cantar cualquier género musical, principalmente el son, el bolero y la guaracha.


Al verle hace un tiempo allá por la loma de la calle Virtudes, en pleno Condado, en Santa Clara, alguien me comentó que “ese hombre se debate en una paradoja casi imposible: tiene una pésima dicción, propia de la mezcla étnica entre el negro y el chino, y el goce por lo popular, pero la naturaleza le otorgó una sonoridad prodigiosa. Tal vez sea por la forma en que coloca sus labios donde registre su maestría indoblegable. Ahí está la cadencia vocal y el contagio sensual inmaculado.” Nadie jamás pudo explicar esa diferencia: ser uno y otro en las cercanías artísticas, y en el estruendo de la gente o en el ascenso de los escenarios universales. 


En eso Chávez Espinosa (Santa Clara, 1933-Id., 2012) y García Caturla (Remedios, 1906-Id., 1940) tienen una simetría que se emparienta, incluso, con el desdén contra el sentido comercial o falso del espectro sonoro de la música autóctona de la Isla.


El que va por allí es Cascarita, el del paso lento, la sonrisa y el saludo diáfano   —aunque jamás te haya visto en su vida o apenas recordara un parecido fisonómico—, con la invariable pachanguita. 


El otro, el afrocubanista Caturla, con la huella recta y el aire de marcialidad enfundado en un traje de época y un similar sombrerito de yarey. Uno, el remediano, con amplias posibilidades económicas impuestas por el patrimonio familiar, y luego por el discreto sueldo del magistrado de profesión. El otro, el de Santa Clara, en la lucha infatigable por la subsistencia, y por la bienaventuranza del día, tal como siempre hizo. 


En cambio, ¿qué hacían ambos en ciudades del interior del país, lejos del murmullo cosmopolita de amplias urbes, y…? Imponer un credo ante cualquier atisbo de inferioridad frente a lo extranjero y vacío. La cubanía los distinguía, y ellos la enaltecieron. 


Remedios es Caturla, como Cascarita  entraña Santa Clara y los legionarios “Fakires”, propietarios de una gentileza incesante de originalidad.


La leyenda mítica de Cascarita, aquella que desde principios de los años 50 del pasado siglo se hizo especial  junto a los principales soneros cubanos, prosigue. Quedarán las anécdotas, incluso aquellas que reseñaron los diarios hispanos el viernes 5 de diciembre de 2003, cuando el cantante, de buenas a primeras desapareció. Estaba ingresado en una sala del servicio de urgencias del Hospital “Gregorio Marañón”, y por arte de magia se esfumó de su enclaustramiento. 


El músico deambuló desvariado por las calles de Madrid. Cantó sones y boleros, y paró en una penitenciaría. Quién sabe, incluso, si hasta un trago de ron abrevó en su prodigiosa garganta en auxilio de la voz y de la lucidez cadenciosa.  Pasará el tiempo. Sin embargo, en adelante estará el estruendo de la “Niebla del riachuelo”, el texto de Enrique Cadícamo que tanto “saboreó” el cantante de Santa Clara. Entonces volveremos a mitigar un  perdurable vacío. ¿Por qué?: “Amarado al recuerdo/ te sigo esperando/” con “esa misma voz que dijo adiós”, para siempre. 
  





ESCUDRIÑANDO ARCHIVOS (16)

ESCUDRIÑANDO ARCHIVOS (16)

Por Luis Machado Ordetx

Dubois de la Rosa —médico, cirujano y boticario—, con el transcurso de la primera década de instaurada Santa Clara en 1689, fomentó el despegue de una rutina cultural, muy a contrapelo del ejercicio de su profesión.


Encarnó la estirpe de muchos facultativos de la medicina o la farmacia que       —avecinados en Santa Clara, Remedios, Sagua la Grande, Caibarién, o Cienfuegos—, establecieron una cordialidad por la música, la literatura, el periodismo, la danza, el teatro y las armas en los campos de Cuba Libre.


Similares intercambios existió a partir de la segunda mitad del siglo decimonónico en barberías, peluquerías, bufetes, redacciones y librerías,  describe Miguel Antonio Alcover y Beltrán en la Memoria Histórica de la Villa de Sagua la Grande y su Jurisdicción (1905), y recuerda aquellos ineludibles  puntos «de reuniones para conversaciones y entrevistas, para citas y relaciones, para comentarios políticos e intelectuales» suscitados por el “Areópago”  de la localidad. 


Muchos de los galenos, en sus “delirios” artísticos- literarios y de ansia que desborda la cubanía, apreciaron el azote del gobierno colonial español que los catalogó de “insurgentes”. A otros se les embargó las propiedades. Entre esos aparecen los sagüeros Antonio Cuenca y Perfecto Hernández; también quedaron despojados de sus inmuebles los remedianos José Mujica y Juan Francisco del Río, y los santaclareños Daniel Gutiérrez, Joaquín Planas y los hermanos Antonio y Guillermo Lorda Ortegosa jamás conocieron los destinos de sus fortunas. Algunos, en cambio, recibieron prolongados confinamientos en la isla de Fernando Poo, en Ceuta u otras latitudes.  


El fondo desbordaron una cultura: el ser nacional. Así lo infiere Manuel Dionisio González en la Memoria Histórica de la Villa de Santa Clara y su Jurisdicción (1858), cuando menciona los “hallazgos” artísticos del  capitán Bartolomé Jacinto Dubois de la Rosa. Fue el galeno «más filarmónico» de la comarca, dice. De La Habana peregrinó tierra adentro y se aplatanó entre la  diáspora de remedianos, y formó la primera botica de ungüentos de la localidad. 


La cabalgadura de Dubois de la Rosa siempre tenía unas ocho docenas de cascabeles en los pretales de la montura, y exhibía unos ropones largos  y sueltos, sobre los otros vestidos, «hechos regularmente de holandilla o argaripola, una tela blanca y fina, cosida con elegancia», precisa. La moda por el tiempo prosiguió en otros galenos cuando iban a visitar a sus enfermos residentes en zonas alejadas de las poblaciones.


José Surí —farmacéutico y médico cirujano—, el 23 de septiembre de  1743, fecha de defensa de su título ante el Protomedicato de La Habana, prefirió la composición literaria como única manera de expresar y comunicar los sentimientos más íntimos a los coterráneos de Villaclara. Desde su gabinete particular en San Juan de Dios, número 5, en  Remedios, el Licenciado en Medicina Domingo Lagomasino Álvarez (1844-1919), hacía cirugías sobre los ojos (cataratas, iridectomías y enucleaciones), entonando fragmentos de “Rigoleto” e “Il Trovatore”, famosas óperas de Verdi.


Así ocurrió cuando atendió, junto al doctor José Manuel Núñez (1844-1919), casos de síndrome de croup entre niños de la comunidad. El tratamiento utilizado, dice Carlos A. Martínez-Fortún y Foyo en La Medicina en San Juan de los Remedios y su Jurisdicción (1929), «era muy poco eficaz (emisiones sanguíneas, toques con nitrato de plata, insuflaciones de azufre y percloruro de hierro), y los galenos apelaron a la traqueotomía. Lagomasino Álvarez practicó dicha operación, con una simple cuchilla de bolsillo —por no tener a mano otro instrumento— a un hijo del señor Mendoza, Admor de Floridanos. Años después, el mismo facultativo salvó a su propio hijo, atacado de esa afectación».


Lagomasino Álvarez, ante el asombro de los padres, “entonaba” a los pacientes infantiles algunos trozos de las arias d´imitaziones que relataban, con efectos musicales, los trinos de los pájaros del campo cubano. De ese modo hacía una valoración de la  laringotraqueobronquitis o síndrome de Croup, caracterizado por una tos seca y el estrechamiento de las vías respiratorias. 


Esa enfermedad, afirma el historiador Saturnino Picaza, «asfixió en la más espantosa indigencia a Antonio Lorda Ortegosa», quien desde los campos de Cuba Libre figuró, como soldado y médico, con el rango de Secretario de la Guerra en el Gobierno de Céspedes.
El humor y la ciencia también están presentes en crónicas sociales que desde Vueltas traza el cirujano D.D. Delaney para El Criterio Popular. El 29 de junio de 1886 recaba en “El Corset” —coraza del atuendo femenino que desde hacía años no se utilizaba—, y verifica su utilidad al   «sostener los pechos débiles, reemplazar los ausentes y recoger a los extraviados». El texto provocó risas, y dejó un imperativo en la reflexión  colectiva. 


Periodismo diferente, versátil y de opinión, despliega Facundo Ramos y Ramos (1848-1912), considerado el decano de los médicos y periodistas de esa jurisdicción. El madrileño-remediano interviene a partir de 1878 en casi todas las redacciones de periódicos de tipología costumbrista, satírica, científica, literaria y artística que circularon en esa localidad, y otras vecinas, hasta finales de siglo. Por esa fecha la Octava Villa de Cuba dispone de 15 galenos, 3 farmacias, un dentista y dos comadronas —entre las que sobresale Carmen Meneses, (La Larga), quien atiende a las parturientas con el canturreo de rezos y cantos yoruba.


De Ramos y Ramos, el más singular y poco justipreciado de los galenos-periodistas de Remedios, Agustín Jiménez Castro Palomino (El Hijo de Santa Mónica), detalla el 10 de junio de 1891 en El Criterio Popular que,  «cuando se inspira escala el cielo con su lira: ¡Palabra!» Tres años después, el 12 de agosto, el columnista de rotativo retoma al carismático facultativo: «te deleitan las peteneras y la malagueña al son de la guitarra y de la pandereta; que sacan de quicio las “guarachas” y las “jaranas” que al pie del tiple, del güiro y de la bandurria entonan nuestros guajiros».


En el campo de las artes, los médicos, farmacéuticos, dentistas y comadronas, de un modo u otro, afirmaron un detalle marginal, coloquial, y humano, para confirmar actuaciones de lo popular y lo anecdótico de sus respectivas comunidades culturales. Muchos, tildados de   irreverentes, arraigaron un despunte por las artes y la dispersión espiritual inmersa en escenarios y corrillos públicos o privados. 

SANTA CLARA DESEMPOLVA ARCHIVOS (17)

SANTA CLARA DESEMPOLVA ARCHIVOS (17)

Por Luis Machado Ordetx

Médicos de San Juan de los Remedios propagaron en mayo de 1894 el empleo de la bicicleta para recorrer las comarcas cercanas con el propósito de atender a sus pacientes. Un lustro el ciclismo había nacido en el escenario de la competición deportiva europea, y a los galenos cubanos no les interesó desafiar el maltrecho estado de los caminos vecinales y mucho menos los asaltos a mano armada que, a diario, desataban maleantes circunscritos en esa jurisdicción.

El Sinsonte, publicación remediana, en ediciones de agosto de ese año, incluye un titular que tipifica «El furor de la bicicleta», y resalta, como, además, «se organizan excursiones a todas partes y aún a los pueblos vecinos; los más entusiastas son D. Domingo Lagomasino y D. Manuel Fuentes Pando. En Placetas el Dr. Fusté, Candela, Miguel Palacios y los niños Eugenio Escarzada y José A. Fortún, que recibieron las primeras bicicletas que circularon por las calles de esta población», afirma en 1930 José A. Martínez-Fortún y Foyo en los Anales y Efemérides de San Juan de los Remedios y su Jurisdicción.

La Exposición de Chicago para festejar el cuatricentenario del arribo de Colón a tierras americanas y el encuentro entre dos culturas, propició un auge inusitado en la promoción de la bicicleta, equipo rodante que acortó las distancias entre las poblaciones, así aclara el villaclareño Manuel Serafín Pichardo, uno de los periodistas que acudió a la cita internacional en los Estados Unidos.

También lo sustenta Raimundo Cabrera en sus impresiones de viaje contenidas en las Cartas a Govín (1893), especie de sustanciosas crónicas de costumbres que enriquecen la opinión personal e impresionista con criterios recogidos por la prensa periódica de la época.

Es extraño que Antonio Miguel Alcover y Beltrán en la Memoria Histórica de la Villa de Sagua la Grande y su Jurisdicción (1905) no haga referencia al empleo de la bicicleta en esa localidad, considerada junto a Cárdenas y Caibarién, como una de las mayores animadoras del país en prodigalidad de equipos.

Tampoco en su memorable análisis sobre El periodismo en Sagua. Sus manifestaciones (1901) —avalado como el más amplio estudio cronológico—, hace una mínima mención al vehículo de transporte personal de propulsión humana. ¡Resulta extraño! En los tres territorios de la costa norte la bicicleta se instituye como parte de las culturas espiritual y material de los viajeros.

Martínez-Fortún y Foyo afirma que las primeras bicicletas que aparecieron en Remedios procedían de la fábrica Michaux y fueron importadas desde San Francisco, California. Tenían neumáticos de gomas y la tracción era a partir de la cadena desarrollada en 1889 por John Boyd Dunlop para la denominada “bicicleta de seguridad” de Kemp Starley.

El 27 de marzo de 1894 ocurre en Remedios un suceso: los Licenciados Raymant y Rojas Oria, médicos cirujanos, asisten a la parturienta «Da. Buenviaje Carrillo, vecina de la calle Gloria esquina a Gutiérrez da a luz cuatro niños. El primero fue varón, pesó 3 libras y media y nació a las seis de la mañana; la segunda hembra, de tres libras cuatro onzas; el tercero varón, de 3 y media libras y el cuarto de tres libras.» Los galenos acudieron al lugar montados en sus respectivas bicicletas; lo que se consideró un acontecimiento cotidiano, aclara Martínez-Fortún y Foyo.

San Juan de los Remedios por esa fecha tiene más de 41 mil habitantes, indica el ensayista, y hasta las mujeres se apasionaron con las bicicletas en el empeño de seguir el culturismo que trazó Eugene Sandow en sus estudios prácticos.

Sin embargo, los médicos cirujanos, latinos y renacentistas son quienes mayores promociones hacen a la “máquina”, y lo hacen confiados de las cualidades que deja a la fisiología, la anatomía y la terapéutica del cuerpo humano. También la estética física entraba en la recomendación.

No todos los residentes tenían posibilidades monetarias para adquirir esos equipos que, por lo general, costaban menos de 60 pesos y se comercializaban en quincallas existentes en las ciudades.

Alguien preguntó recientemente el porqué de la discriminación conceptual entre los facultativos. Martínez-Fortún y Foyo lo refrenda en La Medicina en Remedios y su Jurisdicción (1930) al delimitar que los títulos emitidos por el Convento de San Juan de Letrán, en La Habana, y también en universidades extranjeras, principalmente europeas, incluían desde 1726 tres categorías diferentes: Bachiller, Licenciado y Doctor. Aquí surge otra división: los médicos cirujanos atendían todas las enfermedades, mientras los latinos aquellas internas, y los renacentistas las externas, en casos excepcionales y de urgencias lo hacía en heridas ocurridas en los órganos aprisionados en la caja toráxica.

El pergamino de cirujano renacentista era el que más rápido se adquiría, y agrega Martínez-Fortún que exigía menos conocimientos y exámenes prácticos. Por tanto, abundaban más los profesionales en esa disciplina. El Protomedicato de La Habana veló con celo la autenticación de los títulos, incluso legitimó de falso uno expedido a favor de Agustín Vidal España, quien el 23 de agosto de 1830 instaló un consultorio en la urbe de Remedios, territorio que hacia 1890 contó con más de 60 galenos, 12 dentistas y sangradores, así como 10 farmacias dispensariales que atendían predios de Camajuaní, Vueltas, Placetas, Guaracabuya, Yaguajay, Caibarién y Mayajigua.

En 1890 los azotes de la difteria, fiebres tifoidea y amarilla, y también de la viruela, exigieron una amplia movilidad de los médicos remedianos, quienes gozaban de reconocidos prestigios en la provincia de Santa Clara, territorio que con más de 280 mil habitantes, fallecieron ese año cerca de 7 mil 834 enfermos, apunta José A. Martínez-Fortún y Foyo en la Epidemiología (Síntesis Cronológica), publicada en 1952. Las transportaciones, por entonces, las hicieron montados a caballo y en trenes viajeros, y luego de 1894, a zonas cercanas, iban pedaleando en unos medios individuales rodantes que la historia acuñó como bicicleta.

SANTA CLARA DESEMPOLVA ARCHIVOS (16)

SANTA CLARA DESEMPOLVA ARCHIVOS (16)

Por Luis Machado Ordetx


Los fatídicos sucesos de la muerte de Francisco Arencibia, el Alguacil Mayor de Santa Clara, ocurridos el 28 de septiembre de 1843 en la hacienda “Amistad”, en Jicotea, impulsaron a Leonor Mojerón para alertar a las autoridades españolas sobre una “conspiración” de blancos y mulatos que se fraguaba en la región central del país.


La mujer, nombrada Tina, La Bandolera, era propietaria una hacienda en las cercanías de Matanzas, y en las declaraciones deseaba poner a “salvo” a su amante José Joaquín Clavel. Ese catalán, y su partida, asesinaron a Arencibia y a los caminantes Bruno Hernández y Domingo Ordex, dice Manuel Dionisio González en la Memoria Histórica de la Villa de Santa Clara y su Jurisdicción (1858). El suceso constituyó el «mayor escándalo y ultrage de las leyes protectoras de la seguridad pública; un hecho atroz», nunca visto con antelación, explica.


Clavel extorsionaba a hacendados, y en las interrogaciones a Morejón salió a relucir el foco “abolicionista” existente en Santa Clara, San Juan de los Remedios y Trinidad. La declarante  lo atribuyó a planes del cónsul inglés ¿Turnbull?


Jamás mencionó nombres. Clavel nunca reconoció a Plácido entre los “conspiradores”, pero los periplos del poeta levantaron recelos. Fue detenido en Villaclara, a partir de «un anónimo al Sr. Teniente Gobernador, en que se me denunciaba como sospechoso», escribiría a Joaquín de Astray y Caneda en septiembre de 1843, fecha en que permaneció detenido en Trinidad tras el  segundo viaje a tierra adentro, cuando desembarcó el 5 de marzo de ese año en Sagua la Grande, procedente de Matanzas.


Manuel García-Garófalo Mesa en Plácido, poeta y mártir (1936), no menciona a la pareja Clavel-Morejón. Tampoco lo hace Dionisio González en los “presuntos” vínculos con Plácido. La Memoria Histórica de la Vila de Sagua la Grande y su Jurisdicción (1905), de Antonio Miguel Alcover y Beltrán no incluye   referencias al acontecimiento y a  manifestaciones de bandolerismo en los campos. ¡Cosa extraña! En tanto  Daysy Cué Fernández, en Plácido, el conspirador (2007), pasa por alto la contingencia. 


Julio Ángel Carreras en “El bandolerismo en Las Villas (1831-53)”, retoma a Clavel-Morejón a partir de despachos escritos por el Teniente Gobernador Hernández Viciedo, y obtenidos de las confesiones de Justo García, uno de los asaltantes. 
La Comisión Militar dispuso la liberación de Plácido, quien estuvo retenido en Trinidad durante más de 6 meses. El 17 de noviembre de 1843 arribó el poeta a Matanzas. Tres días antes, ocho integrantes de la banda de Clavel fueron fusilados en La Habana, y Morejón quedó destinada a Ceuta, y luego regresó a Guamutas, donde murió a los 56 años de edad.


Carreras advierte que los cuatreros eran juzgados por el   «capitán pedáneo-juez (…),  y cuando las causas lo ameritan pasaba el caso a la Comisión Militar Ejecutiva Permanente (…) No hay imparcialidad, y cuando quieren condenar, buscan e inventan. Dan tormento y desoyen las reclamaciones de los acusados, apalean, suprimen la alimentación y el sueño; prohíben el baño, beber agua o sentarse en el banco. Tratan por medios brutales de conseguir la confesión o la palabra que comprometa».


A finales de mayo de 1879 fue promulgado el Código Penal Español en Cuba, y a partir de entonces el cumplimiento de la  «Ley y la persecución a los vagos correspondía a la guardia civil, cuerpo especial de fuerza armada, cuyo objetivo era atender el orden público y la protección de las personas y de las propiedades dentro y fuera de las poblaciones», indica Carreras. Ese cuerpo se convirtió en el terror de los campesinos. Desplegaron métodos de represión, robos de animales, y maltratos de palabras. Aún así, el bandolerismo tomó auge en La Habana, Matanzas y Santa Clara. 


El periódico autonomista El Criterio Popular, de Remedios, en la edición del 1 de enero de 1886 suscribe: «[…] Los asaltos, el robo, el asesinato y el componte como complemento han venido siendo las delicias de esta tierra. Han campeado por su respeto los ladrones en nuestros campos y hasta en nuestras poblaciones, mientras que los hombres honrados fueron perseguidos o vigilados constantemente».


En Santa Clara delinque Ceferino Ruiz Villavicencio, alias Veguita, quien se desplaza también por San Juan de los Yeras, San Diego del Valle, Quemado de Güines y Cruces. José (Papillo) Torres Pérez, otro maleante, hostigó el poblado de San Antonio de las Vueltas. Fue el bandolero más famoso del centro del país,  y la prensa lo apodó “El Rey de Las Villas”. Las autoridades españolas ofrecieron 530 pesos oro por su “cabeza”. Murió el 18 de febrero de 1892 durante una embocada en zonas de Mayajigua.


De 1890 a 1892, Camilo García de Polavieja se propuso renacer la confianza pública, sobre todo en las provincias de La Habana, Matanzas, Santa Clara y Santiago de Cuba, declaradas en estado de “guerra” contra el bandolerismo. Dos años antes el Capitán General Sabas Marín González las decretó con similar condición. 


José Antonio Martínez-Fortún y Foyo, en los Anales y Efemérides de San Juan de los Remedios y su Jurisdicción (1930), ofrece informaciones de las acciones constantes del bandidaje, y cita nombre de jefes de bandas: Cristo Acuña, muerto en Buenavista en 1888; Serapio Faire deambuló por Placetas; Mirabal por San Andrés y Cien Rosas. Dos años después en Santa Clara es ejecutado Dionisio Guzmán.


Una referencia de Polavieja, en su mandato  (1890-1892), testifica: «164 bandoleros y secuestradores fueron capturados, 43 murieron en escaramuzas y 20 fueron ajusticiados (…), 165 fueron confinados a Isla de Pinos acusados de apoyar a los bandoleros, y destinó 7 mil soldados, tropas de línea, la guardia civil, guerrillas volantes y agentes encubiertos», en el enfrentamiento al pánico rural.


De 1881 hasta 1895 transitaron por Cuba 10 Capitanes Generales. Fue la época de mayor auge del bandolerismo rural, y a pesar de los mecanismos represivos de Luis Prendergart y Gordon (1881-1883), Sabas Marín González (1887-1889) Manuel Salamanca y Negrete (1889-1890),  y García de Polavieva (1890-1892), nada pudieron hacer ante el poder de lo “inevitable”. Por esa fecha el movimiento revolucionario se reorganiza en su puja por la independencia total, mientras el pueblo sostenía sus mitos; héroes que delinquían ante el poder colonial y su aparato de “legalidad” impuesta al país.

SANTA CLARA DESEMPOLVA ARCHIVOS (15)

SANTA CLARA DESEMPOLVA ARCHIVOS (15)

Por Luis Machado Ordetx


Los perros errantes apresuraron a partir de 1711 las obsesiones de vigilancias sanitarias del Real Tribunal del Protomedicato de La Habana, institución que por entonces organizó el ejercicio de la medicina, el funcionamiento de las farmacias y asumió pliegos de medidas epidemiológicas para enfrentar estragos originados por las enfermedades que hostigaron las poblaciones cubanas.


Las Juntas de Sanidad no se crearon hasta un siglo después en Pinar del Río, La Habana, Santa Clara, Puerto Príncipe y Santiago de Cuba. Sin embargo, dos años después de aquella fecha Juan de Ortueta, vecino Regidor y Procurador General de la Villa de San Juan de los Remedios y su Jurisdicción, dispuso que «[…] se limpien y desmonten las calles y todo lo que hace el Pueblo. Y se cerquen los pozos que puedan hacer daño, y los perros que se saben de hacer ruido en el lugar de alguna novedad y los que deambulan por el territorio sean recogidos».


 Es la noticia más antigua que se tiene sobre el animal doméstico que anda descarriado por los caminos de las atribuciones del centro del país.  José A. Martínez-Fortún y Foyo lo asegura en Anales y Efemérides de San Juan de los Remedios y su Jurisdicción (1930), al recoger la ratificación que hicieron  Juan Pérez de Prados y Miguel Hernández, alcaldes ordinarios, quienes sugerían a los habitantes que «[…] no tengan perros y el que lo tuviese que sea bien amarrado de forma que no pase perjuicio y origine enfermedades.» En caso contrario, dijeron, sacrificarían al animal y sancionaban con dos ducados a los propietarios. La providencia  engrosaría los gastos en los que incurren las autoridades de Justicia y el desyerbe de las calles públicas.


En 1720 la Octava Villa de Cuba es azotada por una epidemia de rabia, primera que acontece en la región. Los habitantes hacen rogativas a la Virgen del Buenviaje y se afanan en la “limpieza” del terruño. El 25 de enero de 1828 el Capitán General Francisco Dionisio Vives (1823-1832) rubrica un  Bando de Buen Gobierno, y lo hace circular entre los alcaldes de la Isla.  En los artículos aborda el «[…] barrido de los solares; la no circulación al libre albedrío de chivos, caballos, cerdos, perros y otros animales por las calles y solares yermos…» Por esa fecha en Santa Clara, Sagua la Grande y Cienfuegos se promulga una orden contra los animales errantes: cada vecino debe tener un solo perro en cadena y se “lincharán” los vagabundos.


El Manual de la Isla de Cuba (1852), de José García de Arboleya, informa que «Hay perros de muy finas castas, buenos cazadores y excelentes guardianes que auxilian mucho al labrador en el cuidado de las fincas, y en la captura de negros prófugos. Se conocen las castas de los de presa.» Menciona razas y dice que los «[...] zatos […], siguen siendo […] una  última clase despreciable y abandonada.» Esos eran los que vagaban, y  obligó que a mediados del siglo Remedios figurara entre las primeras plazas del país en exigir la presencia de veterinarios en sus dominios.
La ubicación de esos profesionales no ocurriría hasta comienzos de 1880, cuando el médico cirujano Ramón Reyes, secretario de la Junta Subalterna de Vacunas, asumió la responsabilidad en el rastro, la vigilancia epidemiológica en puertos y en la jurisdicción. 


Los Anales de la Academia de Ciencias Médicas, Físicas y Naturales de La Habana, puntualizan en un texto de 1886, aparecido en su revista Crónica Médico Quirúrgica, que  una «[…] comisión compuesta por los Dres. Diego Tamayo, Francisco I. de Yildósola y Pedro Albarrán, se trasladó a París, en compañía de Joaquín Albarrán, residente allí, con el interés de realizar el estudio del procedimiento profiláctico de la rabia y los adelantos de la bacteriología.»  


Especifica que en Alemania estaba el clínico cubano Dr. Joaquín Lebredo, quien desde Rostoch, el 13 de mayo de 1886, envió una traducción del  estudio del Dr. Ulfelman sobre inoculación preventiva de Pasteur contra la rabia, una enfermedad viral que transmitían los animales (especialmente perros y gatos) al hombre. 


En 1922 Santa Clara está registrada como la ciudad de Cuba con mayores mordidas de perros rabiosos. Eso forzó al Dr. Ramón Lorenzo (investigador de la  anemia, el paludismo, y la impermeabilidad renal y la fiebre tifoidea), a promover el primer Instituto Provincial Antirrábico del país, ubicado en las calles de San Cristóbal entre Villuendas y Juan Bruno Zayas. La instalación funcionó hasta comienzos de la sexta década del pasado siglo. 


La primicia: aplicar la vacuna “Pasteurol” para inmunizar a los perros contra la rabia y  evitar males mayores en los seres humanos. Un 70% de la población total de canes eran callejeros, y excretas y orines pululaban por aceras y arterias viales. 
Las pesquisas de médicos cubanos encontraron otro transmisor de la  enfermedad endémica: las mangostas silvestres, mal llamado hurón, que a mediados del siglo XIX fue introducido de Birmania con el objetivo de combatir a los roedores que flagelaban los cañaverales e ingenios azucareros. Sin embargo, los hábitos de uno y otro animal eran diferentes y casi nunca se encontraban en círculos claros u oscuros, abiertos o cerrados. 


El botánico Álvaro Reynoso, según las Memorias de la Sociedad Patriótica de 1840, se querelló contra el daño indiscriminado a los «majaes nativos, —en especial el llamado Majá de Santa María— […], el mejor de cuantos enemigos puedan oponerse a la multiplicación y existencia de esos roedores.» La mangosta amenazó con liquidar la fauna ornitológica silvestre y doméstica. No creyó en aves y nidos, y atacó al hombre y transmitió la rabia en algunos territorios de una jurisdicción como Sagua la Grande, la cual en 1862 disponía de 125 ingenios. 


A pesar de eso, los animales domésticos, incluyendo la fauna silvestre, eran obsesión para los cubanos de entonces, y a partir de 1880 comenzaron a proliferar sociedades encargadas de salvaguardarlos, según se aprecia en el discurso político del reformismo finisecular en la Isla. El reglamento de la Sociedad Cubana Protectora de Animales y Plantas firmado en 1882, pregonó el desafío a la crueldad, sobre todo las cometidas en corridas de toros, lidias de gallos, en labores de equinos y con los sabuesos.


El gobierno interventor de los Estados Unidos, con el nacimiento del pasado siglo, dictaminó multas monetarias y penas en cárceles a quienes castigaran o atormentaran a cualquier animal, lo dañaran, mutilaran o mataran. Las contravenciones incluían a aquellos que los abandonaban o dejaban morir en lugares representativos. 


Desde entonces el maltrato a los animales, fueran o no mascotas, se contuvo y las intranquilidades por el entorno de las ciudades adquirieron un compromiso ciudadano: reforestación vial, calidad de las aguas,  incontaminación ambiental y vigilancia comunitaria que impidieran  cualquier desafuero individual o colectivo contra el entorno urbanístico.