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PERIODISMO

SANTA CLARA DESEMPOLVA ARCHIVOS (14)

SANTA CLARA DESEMPOLVA ARCHIVOS (14)

Por Luis Machado Ordetx


Alarmado, el botánico matancero Sebastián Alfredo de Morales, el primer biógrafo cubano de Plácido, arribó en julio de 1892 a San Juan de los Remedios. Vino dispuesto a investigar las depredaciones de la flora y la fauna en la cayería del norte de esa jurisdicción, una de las más devastadas en bosques naturales a causa de la expansión azucarera.

Ancló residencia familiar en la vivienda número 38 de la calle San Jacinto, dice José A. Martínez Fortún y Foyo, tras la recopilación de informaciones contenidas en el rotativo El Deber, órgano del Centro de Recreo de Color, dirigido por el folklorista Facundo Ramos. 

El investigador de la Atenas de Cuba cree en las ideas de Plinio Cecilio Segundo, el naturalista romano que se opuso al «sacrilegio de talar los bosques y matar hasta los pájaros». No era la vez que el asunto en los territorios centrales salía a la palestra pública: la enmarañada floresta tropical, a hacha y fuego, acababa con las reservas naturales del país a partir de cortes abundantes de maderas de todo tipo que desde 1770 iban hacia el Arsenal de La Habana, la exportación hacia España, Londres, Liverpool, Bremen, Rótterdam, Havre y Nueva York, ó servían para la construcción de ingenios o viviendas.

En 1839 los agrimensores Idelfonso Vivanco y Teodosio Montalbán advertían que «[…] en cuanto se llega a donde cesa el mangle, es decir la gran faja que separa el mar de la tierra firme, se empieza a ver a uno y otro lado del río campos sembrados de caña y fábricas de ingenio, entre los cuales se ve descollar en casi todos la gran chimenea de la máquina de vapor que es el agente que emplean para moler.» El Sagua la Grande —el más caudaloso de la costa norte—, y el Sagua la Chica,  son los ríos de referencias que extienden las plantaciones cañeras a costa de los bosques.

Félix de Estrada, capitán de navío, medio siglo antes reconoció 20 leguas a barlovento y sotavento en zonas de Remedios, y encontró un desorden en aserríos particulares y el empleo de cedros en los cercados de las fincas. Eso contradecía los intereses de la corona española, requerida de maderas preciosas para restablecer su Armada Real.

Antonio Miguel Alcover y Beltrán en la Memoria de la Villa de Sagua la Grande y su Jurisdicción (1905), dice que en «[…] 1780 fue concedido a un particular el permiso para establecer un corte de madera en la hacienda Jumagua, para lo cual se trajo de la Florida  un grupo de familias que construyeron el núcleo inicial de un poblado.»  Al retomar datos de las Memorias de la real Sociedad Económica, retoma un criterio de Tomás Romay que indica a la «caña de azúcar (…) como verdadera obsesión en nuestro país, porque con sus productos se calma el egoísmo de los hombres (…) Los terrenos de sagua eran de la mayor calidad, con bosques muy poblados de cedros, caobas, ácanas y otras maderas útiles y preciosas...»

Ya desde 1825,  apunta Alcover y Beltrán que el marinero catalán José Virgil, alias Cherepa, «abrió el primer hotel y fonda de Sagua la Grande, y hacía contratas para la exportación de maderas y de sogas, extraídas de sus fábricas San Valentín, Ensenada y Viana.» Antes Francisco Ponce de León y otros negociantes, se establecieron para explotar las maderas.  Hacía una década que una Real Cédula concedía a los particulares cubanos el derecho perpetuo de abatir con entera libertad sus árboles.

El bosque se convirtió, además, en proveedor de las fábricas de azúcar, de suelos vírgenes, y de maderamen para la Armada Real y los vapores y el ferrocarril que inundaría después el Archipiélago cubano, suscribe el esnsayista Reinaldo Funes Monzote en De los Bosques a los cañaverales: Una historia ambiental de Cuba 1492-1926 (2010), un texto histórico de exquisita información documental.

De 1846 a 1871,  precisa Alcover, la jurisdicción de Sagua la Grande tuvo 165 fábricas de azúcar. El aumento significó 104 nuevos ingenios. San Juan de los Remedios llegó en esa fecha a 71. La tala y quema indiscriminada de los bosques, a contrapelo de la naturaleza, se convirtió en sed perpetua de la futura industria nacional. Hacia 1862, ambas jurisdicciones figuraron entre las más abundantes en bosques, y dos décadas después la masa verde se redujo en un 55%: era el síntoma evidente de la depredación.

Alcover en su Bosquejo Crítico Descriptivo de la Villa de Sagua la Grande (1909), afirma que «[…] en sus campos contaron por docenas los ingenios y en sus tierras (…) que produjeron las más hermosas cañas que jamás otra región dio, nada de eso se ve hoy.» Hugo H. Bennett y Roberto V. Allison, refieren en Los suelos de Cuba (1928), que la llanura costera de Cárdenas a Caibarién y los terrenos alomados de Sagua-Caibarién, «[…] tienen rendimientos cañeros poco favorables (…) debido a la impermeabilidad del subsuelo, la salinidad y la rápida invasión de malas hierbas; lo que origina la contaminación de la aguas del río.» ¿Por qué?: la devastación indiscriminada de los bosques a costa de una vandálica especulación.

Desde las calles Gloria y Amargura, en Remedios, sede del bisemanario El Criterio Popular, Francisco Javier Balmaceda, alerta sobre sus Tesoro del Agricultor Cubano (1890), y afirma que «[…] se secan muchas fuentes de agua en lugares donde se efectuaron grandes desmontes, disminuye el caudal de los ríos, hay prolongadas sequías e inundaciones; aparecen plagas y enfermedades, y los frutos son raquíticos y penosos: desventura de habitar en un país donde derramó sus dones la naturaleza y estos fueron despreciados y aniquilados

En 1876 se dictan las ordenanzas de montes para cuba y puerto rico, y se inicia la  administración forestal. Santa Clara establece uno de los tres distritos del país, para impedir los “afanes de lucro” en los bosques. En el censo de 1899, la provincia aparece con unas 124 mil 660 hectáreas de bosques públicos, superada por santiago de cuba. Dos años después, desde La Publicidad, la ciudad de Santa Clara, «pedía a gritos la siembra de árboles en las márgenes del Bélico y el Cubanicay, en el Paseo de la Paz, en los baños del Chamberí, en las lomas del Carmen y el Capiro;  y decían: no hay que olvidar que el árbol contribuye poderosamente en la salubridad pública, y aún influye en los fenómenos atmosféricos, como la lluvia

Una Ley del Poder Ejecutivo de Cuba, firmada en 1909, advertía que no «podía aprovecharse el recurso forestal sin obtener una licencia previa. Esa práctica se violó hasta 1923, cuando se afianzó una mayor vigilancia en los bosques tras la promulgación de un reglamento para el régimen de los montes protectores y las reservas forestales. También se dispuso la obligatoriedad de la repoblación forestal: «[…] todos los dueños y arrendatarios de propiedades atravesadas por ríos, quebradas, riachuelos o manantiales, en cuyas vegas estuvieran distribuidos bosques, tenían que plantar árboles de rápido crecimiento y gran desarrollo en las márgenes.» También se prohibía cortar palmas reales y frutales, y se exigía por cada tala la siembra de tres plantas de idéntica especie.

La advertencia fue ratificada un lustro después por José Isaac del Corral, director de montes y minas, quien clamó por restituir los montes para garantizar las  regularidades del régimen hídrico y de la bondad del clima. En Problemas de la Nueva Cuba (1935), se fundamenta la «[…] diversificación agrícola y de fomento de pequeñas pertenencias de propietarios independientes (…); plantar caña brava, y al planear nuevos bosques cubanos, los trabajadores de los mismos, en todo lo que sea posible, deben establecerse en huertos familiares que estén adyacentes. Según este sistema quizá puedan garantizarse a los ocupantes de estos sitios cien días de trabajo al año en los bosques, dedicados a plantar árboles y a cuidarlos. »

«Estos trabajadores pudieran producir lo necesario para su subsistencia durante los doscientos días restantes. Allí hay posibilidad de poblar estos bosques vedados con animales de caza y vender las licencias de caza y tiro

Hacen una propuesta fabulosa: «[…] Cuba no cobra impuestos alguno a las tierras baldías, lo cual constituye un serio error para un país que se encuentra dominado por enormes latifundios (…) podría ser conveniente crear sin tardanza un impuesto pequeño sobre tierras que no están siendo usadas para producir cosecha alguna.» ¡Qué necesaria sería la implementación de esa medida para acabar con tanta tierra subutilizada! 

De acuerdo a cifras actuales, el país está cubierto por un 25% de bosques, y las cifras tienden a crecer anualmente. Ya no son los tiempos pródigos que describió Manuel Dionisio González en la hacienda de Los Orejanos, en Sabana Larga, con dos fértiles arroyos de aguas saludables y rodeados de luminosos bosques, que se extendían desde el este con dirección al norte hasta el oeste. Tampoco lo reseñado por Alcover y Beltrán en aquel recinto enmarañado de florestas en zonas de Sagua la Grande. Toca ahora seguir reviviendo el monte, y recrearse a partir de las inextinguibles bondades que deja al hombre tras el paso de tiempos contaminados. 










SANTA CLARA DESEMPOLVA ARCHIVOS (13)

SANTA CLARA DESEMPOLVA ARCHIVOS (13)

Por Luis Machado Ordetx


La prensa de San Juan de los Remedios levantó inusitadas polvaredas a principios de la sexta década del siglo XIX. Dimes y diretes entre integristas y liberales dejó las relaciones contractuales de culíes que se incorporaban a las haciendas azucareras. La  rebeldía de los  asiáticos, aunque jamás se apagó, no era observada  como un problema. Los asuntos gravitaron hacia las enfermedades que afectaban a la población.


La fiebre amarilla, la  viruela —causante en 1861 de más de cuatro mil muertes en la región central—, y el cólera o morbo asiático, constituyeron temas recurrentes. También la inversión de capitales de hacendados matanceros, y ciertos estados de “intrusismo” profesional en tratamientos de padecimientos humanos, apresuraron una vieja  polémica fundamentada once años atrás cuando el cura, vicario y juez eclesiástico Eusebio Bejarano, bautizó a “El Cao”, un popular médico chino de Remedios. 


Ahora el periodismo la emprendía contra Pablo Sanz, nombrado “El Cao”. El hombre, vestido con elegancia, apareció de buenas a primera en la localidad y «era solicitado con afán por el vecindario (…),  había curado a muchas personas, teniendo constancia algunos regidores


Afirma José A. Martínez-Fortún y Foyo en Anales y Efemérides de San Juan de los Remedios y su Jurisdicción (1930), que desde El Boletín, el boticario Alejandro del Río, publicó en agosto de 1861 un extenso artículo referido a la homeopatía y los intrusos en el campo de la medicina, curanderos y yerberos. Aludía a  un médico chino, llamado «Pablo Chau-Chau, quien hace furor en el vecindario. A muchos de los enfermos les dice que tienen una ¡jicorea! hambrienta en la garganta


El asiático, en perfecto español, incorporó una réplica en el rotativo. El bisemanario La Razón —órgano alejado de asuntos políticos—, retoma los supuestos teóricos y prácticos de ese “galeno”, y aplaude las propiedades curativas inmersas en la flora y la fauna cubanas.


 El Dr. Cataldo, desde El Boletín, arremete contra las tisanas y jarabes  caseros. También ataca a un «chino tabaquero que se dedica al curanderismo.» José Antonio León Albernas desde esas páginas  aplaude «al médico chino, por demostrar efectividad en sus tratamientos», dice Martínez-Fortún.


Pablo Sanz (“El Cao”) y Chau-Chau ¿serán acaso el quinto y sexto de los médicos botánicos de nuestra historia? Al menos,  hasta ahora, hay cuatro identificados. Todos ejercieron en diferentes ciudades cubanas: Kan Shi Kom, en La Habana. Domingo Morales, en Santiago de Cuba, En Manzanillo estuvo Liborio Wong. En Camagüey Juan de Dios Siam Zaldívar. El más reconocido de todos es Juan Cham-Bom-Biá (Chang Pon Piang), según Emilio Roig de Leuchsenring.


Martínez-Fortún en La Medicina en Remedios y su Jurisdicción (1930), no advierte una estadía de esos galenos. Sin embargo, entre 1850-1862 habla con sistematicidad de Pablo Sanz, “El Cao”, y Chau-Chau. Las posibles respuestas al ¿por qué?, habrá que localizarlas en archivos documentales existentes en la Octava Villa de Cuba.


Otra de las polémicas toca de soslayo el trabajo esclavo y el sometimiento de los chinos; también a la diferenciación entre lo cubano y lo español y al desarrollo ferroviario. La disputa acontece en julio de 1864 entre José León Albernas y el agrimensor Teodosio Montalbán: los “ricos” son tema de debate.
Albernas, desde El Porvenir dice: «…los hombres que felizmente se hallan colocados  por (…)  una propicia fortuna (…) nunca por infinitas razones deben permanecer como mudos e indiferentes testigos ante el interesante espectáculo de un pueblo (…) en medio del camino de su progreso…


El Montalván responde en La Atalaya: «…son muchos los ricos que quieren aparecer como buenos patriotas, desinteresados que se ocupan con empeño del progreso material e intelectual, procurando (…) con las galas de una falsa política; pero llegado a asuntos de interés, entonces se resisten; yo creo sería más fácil el numerar las estrellas en una clara noche, que sacarles una peseta para bien de la humanidad…»


Sazona la polémica la muerte de culíes por causas naturales o  maltratos: eran sepultados en fincas. Cuatro años después los enterramientos ocupan un lugar apartado en  cementerios locales.   Transcurrió una década las disputas tomaron otros aires: desde Remedios El León Español (1873-1882), un diario integrista, elogió el proyecto de “reactivar” la emigración de colonos asiáticos no sujetos a una contrata determinada. Francisco de Abella Ralderis detallaba una vía de servidumbre encubierta.


La edición número 59, del  17 de mayo de 1874, expone: «… Con estos coolíes sino se hace de ellos buenos colonos es porque no se quiere (…); cesen las compañías que se enriquecen especulando con estos infelices y habrá colonos, las faltas de los chinos no son tan grandes


 La propaganda respondió a un “humanitarismo” capitalista en defensa de las Sociedades “Ibáñez y Cia”, “Alianza” y de Julián de Zulueta, principales comerciantes de asiáticos en Cuba. Ese proyecto fracasó. En 1883 el sistema culí terminó. Los chinos comenzaron a acercarse a las ciudades.


¿Ironías de la historia?: el 10 de febrero de 1887 el poblado de Las Coloradas, en San Juan de los Remedios, comenzó a nombrarse Zulueta, según acuerdo del Ayuntamiento, en “honor” a Don Julián, el negrero; el chinero. 


Con el propósito de subsanar ese “error”, y restituirle a la calle habanera el nombre de Agramante —popularmente conocida desde 1874 como “Zulueta”—, el investigador camajuanense Juan Manuel García Espinosa promocionó su estudio Julián Zulueta y Amondo, negrero, traficante de culíes y enemigo de la independencia de Cuba (1985). Hasta el presente la queja histórica no logró sus objetivos.
A partir de la octava década del siglo antepasado surgieron los primeros casinos (centros de Beneficencia, círculo de Artesanos, sociedad de Socorro Mutuo…) en Placetas, Remedios, Caibarién, Sagua la Grande, Camajuaní, Santa Clara y Santo Domingo, considerados  los principales territorio poblados de asiáticos. Desde entonces celebraron con mayor libertad el Año Nuevo, según sus tradiciones, con ceremonias religiosas,  pero sin cohetes; repartían lechón y jan-jeón (sádalo), y colocaban banderitas y luces de colores.


En 1906 Tomás Estrada Palma firmó  la Ley de Inmigración y Colonización que autorizó la entrada de agricultores y trabajadores chinos. La Secretaria de Hacienda es explícita: entre 1902 y 1931 viajaron 12 mil 926 asiáticos. Las oleadas migratorias decrecieron en las décadas siguientes. No obstante, el aporte chino —junto al hispano y el africano, desde las más variadas aristas—, estableció otra impronta dentro de ese “ajiaco” de valores inalterables que ofrece al mundo la nación y la cultura cubanas.  

SANTA CLARA DESEMPOLVA ARCHIVOS (12)

SANTA CLARA DESEMPOLVA ARCHIVOS (12)

Por Luis Machado Ordetx


Emigrados franceses radicados en La Luisiana propagaron desde Matanzas el cultivo de  los primeros cafetales existentes en la llanura central adscripta a la jurisdicción de San Juan de los Remedios.   Las cercanías de Las Placetas fue el sitio escogido por la familia Lavalette para fomentar sus plantaciones a partir de 1813, afirma José Antonio Martínez-Fortún y Foyo al abordar la genealogía de la finca fundada por Isabel Gaudinau y Teresa Belchaise de Lavalette, empeñadas luego en construir el ingenio “Flor del Cayo”, próximo a la fábrica de azúcar “San Andrés”, en ese territorio.


Los Lavalette eran propietarios de los ingenios “Coloso” y “Recreo”, asentados en la Atenas de Cuba, y tenían una hacienda aledaña a Las Placetas, lugar en el cual se instalan de forma permanente a partir de 1861. Allí también primó el trabajo esclavo. El comandante Vicente Lavalette —descendiente del general francés que combatió en Haití a las huestes  de Toussaint Louverture—, dirige las riendas de los cafetales, y en lo adelante lo hará con mayor aplomo en la elaboración de azúcares. Viaja con reiteración en el vapor “Sagua” desde Caibarién a Cárdenas. Trae consigo a experimentados conocedores de ese cultivo que, con anterioridad, radicaban en Sabanazo, Sumidero, Camarioca y Canímar.


En Anales y Efemérides de San Juan de los Remedios y su Jurisdicción (1936), Martínez-Fortún refiere que el cabildo eleva en septiembre de 1843 una instancia al Capitán General Gerónimo Valdés, por conducto del Teniente General de la Real Armada Francisco Javier de Ulloa, quien espera la toma del mando de Leopoldo O´Donnell y Jorris.


La queja dice: «(…) la historia de este pueblo es desgraciada y miserable (…), nunca ha podido aspirar a ponerse en parangón con otros de la Isla cuando tiene elementos para superar a muchos. Los capitales principales son haciendas y potreros de ganados, algunos cacaotales, cafetales y vegas de tabaco, con principios de uno que otro ingenio que se están fomentando…»


No especifica el área exacta de los cafetales. Toda inferencia va hacia  Placetas. Los Lavalette ponen en práctica las prudencias aprendidas en el manejo de ese cultivo. Un resumen estadístico aparecido en 1859 en El Boletín, primer periódico impreso siete años antes en esa  jurisdicción, aclara  que tienen «(…)  51 ingenios o trapiches, 3 cafetales, 356 potreros, 26 haciendas de crianza, 813 sitios de labor, 69 vegas de tabaco y 13 fincas…» Francisco Javier Franch, director del diario, informa de la labor de dos colonos procedentes de Yucatán. Nadie pondría en duda que fueran los Lavalette.


Tengamos en cuenta lo que expone Alejandro García Álvarez al introducir el ensayo Un café para la microhistoria (2008), escrito por María de los Ángeles Meriño Fuentes y Aisnara Perera Díaz: «Al parecer  los huracanes de gran intensidad que azotaron Matanzas y parte de La Habana en 1844 y1846, unido a la rebelión de esclavos que afectó la zona de plantaciones de la llanura matancera, fueron algunos de los factores que aceleraron la salida definitiva de los cafetales de los territorios centrales de la llanura roja Habana-Matanzas, dejando a la caña la ocupación casi total de sus espacios agrícolas.» Tal vez, eso “obligó” a los Lavalette a no desatender su hacienda en Las Placetas.


En el Manual de la Isla de Cuba (1852), José García de Arboleya sustenta que «(…) después del ingenio es el cafetal la finca más notable de los campos de Cuba, excediéndole a veces en amenidad y belleza. Su extensión varía de 4 a 20 caballerías de tierra, las cuales no solo se dedican al cultivo de los cafetos sino al arroz, viandas, frutos y hortalizas que se siembran entre las matas de café
Localizar rastros de explotación cafetalera en las llanuras centrales constituye un acto difícil. No obstante, la historiografía que aborda las jurisdicciones de Sancti Spíritus, Trinidad, Remedios, Villaclara, Sagua la Grande y Cienfuegos, es precisa. Más allá del consumo interno, hubo significativas exportaciones, principalmente hacia los Estados Unidos, un mercado seguro en aquel tiempo.  


La Coffea arábica, plantada en suelos rojos del Wajay o Ubajay en 1748 se propagó  con rapidez por las llanuras de la isla. Nueve lustros después más de 30 mil emigrantes de Saint Dominige se desplazaron al Caribe y  estados sureños de Norteamérica. A Cuba vinieron unos 15 mil.  Las jurisdicciones de San Juan de los Remedios, también Cienfuegos y Sagua la Grande, sufrieron los embates de los recién llegados.


Hacia 1860 el ingenio hace declinar los cafetales, y el cultivo queda arrinconado en zonas menos aptas para los cañaverales: las serranías. El investigador norteamericano  Leland Hamilton Jenks, en Visión Económica de Cuba  (1928), incorpora un análisis de  Antonio Riccardi: 


«De 5 mil 731 caballerías ocupadas por cafetales en 1830, el área de la caficultora se redujo a poco más de 140 mil cordeles en 1902, que era el 1.6% del área total cultivada en el país. En 1912 ya marcaba una ocupación de 6.700 caballerías y en 1952, algo más de 6 mil 800 caballerías con 19.721 fincas y un promedio de producción de cerca de 700 mil quintales. Ocupaba entonces el café el cuarto lugar de las producciones agrícolas del país; y sostenían unos 522 centros de trabajo entre centros de torrefacción, industrialización y empaque (…) En la era republicana, la verdadera recuperación de la caficultora cubana se debe, en gran parte, a la reforma arancelaria de 1927, a grado tal que se suprimieron totalmente las importaciones y poco después se iniciaron las exportaciones, suspendidas desde la época colonial


Antonio Miguel Alcover y Beltrán en Historia de la Villa de Sagua la Grande y su Jurisdicción (1905), atestigua que a partir de 1844 hay exportaciones de unas 519 @ de café por el puerto de Isabela de Sagua. Una década después aclara que disponen de «(…) 79 ingenios, 2 cafetales, 186 potreros, mil 329 sitios de labor, 53 tejares y alfarerías, 5 alambiques y 2 tenerías».  En 1862 la producción de las cerezas/oro disminuyó en 321 arrobas.


La Memoria Histórica de la Villa de Santa Clara y su Jurisdicción (1858), de Manuel Dionisio González, esclarece, casi al imprimirse el libro, que «(…) tienen 71 ingenios, 652 potreros, mil 786 sitios, 305 estancias, 44 vegas de tabaco y 57 colmenares: 88 mil 310@ de azúcar blanca; 5 mil 844 quebrado; 748 mil 807 mascabado; 35 mil 047 cucurucho y raspadura; mil 08 pipas de aguardiente; 5 mil 459 bocoyes de miel de caña; 599 de café, 84 mil 160 de arroz y…» Por vez primera el aromático grano, como fruto de cultivo, aparece referenciado en ese texto.


Una asimetría persiste entre la producción agrícola y el consumo del café. Muchos fueron los sitios para degustar la bebida incorporada al imaginario cultural del cubano. Martínez-Fortún cita con predilección el Café “La Dominca”, de Manuel Rebollar, en la calle Nazareno esquina San Juan de Dios, en Remedios. Fue un centro concurrido a partir de 1864. Ese año queda inaugurado el café-dulcería-restaurante “El Louvre”, y su dueño Francisco López impone a los dependientes una ética: servir con pantalón, y camisa blanca, chaqueta y corbata negra. Igual ocurrirá en El Mascotte, radicado en la céntrica arteria de San José, en la Octava Villa de Cuba.


El proceso de torrefacción, molinado y expendio tuvo importantes establecimientos en la región central. El Magazine de La Lucha (1926), inscribe en Santa Clara, por ejemplo, 21 cafeterías, 16 hoteles con fondas, 19 restaurantes y 30 cantinas. En todas se expende la bebida ambarina. De los tostaderos cita dos: “Abundio Rodríguez”, radicado desde 1906 en la calle Tristá número 33, y “F.E. Romero y Hno. S. en. C”, en la Avenida de Bélgica (actual Eduardo Chibás) y Carretera a Calabazar de Sagua. Molían un 75 % de grano arábico cubano y un 25% de Puerto Rico.


Otra vez la producción y el consumo tienden a lo asimétrico. Retomar nuevamente la historia ancestral de los cafetales como vergeles de las llanuras, constituye un paso firme para romper ese lastre que sujeta la ausencia permanente de la más codiciada bebida de todos los cubanos.

SANTA CLARA DESEMPOLVA ARCHIVOS (11)

SANTA CLARA DESEMPOLVA ARCHIVOS (11)


Por Luis Machado Ordetx

Camajuaní tuvo un floreciente comercio gastronómico en la última década del antepasado siglo. Una cultura culinaria y de servicios emergió gracias a la presencia de los culíes asiáticos en la jurisdicción de San Juan de los Remedios. Ese territorio recibió parte de aquella oleada migratoria surgida en Cuba a partir del 3 de junio de 1847.

Las fondas, quincallerías y restaurantes pulularon en muchos sitios de ese partido. Todo se debió a que Sagua la Grande y Remedios fueron las dos jurisdicciones —de seis que integraron la parte villareña— con más presencia de asiáticos. Solo estuvieron aventajadas por la llanura matancera, considerada un emporio del esplendor azucarero decimonónico. También en la Habana, Pinar del Río, San Julián de Güines, Trinidad y Guanajay hubo grandes concentraciones de chinos.

Los puertos de Isabela de Sagua y Caibarién fueron determinantes. También los enclaves ferroviarios, de norte a sur, y la fertilidad de suelos vírgenes, obligó en 1860 a la presencia de hacendados que, provenientes de Cárdenas, aparecieron en Remedios y convirtieron a los partidos de Guaracabulla y de Camajuaní en asientos productivos de nuevos ingenios.Por allí resurgen los capitales de los Lavallete, Wilson, Smith, Martínez-Fortún, Vergara y Zulueta, quienes representan la avanzada de los 71 ingenios que componen el territorio.

Anales y Efemérides de San Juan de los Remedios y su Jurisdicción (1936), de José A. Martínez-Fortún y Foyo, consigna que «1859 hay más de 682 trabajadores chinos, y tres años después la cifra marca mil 998. A principios de 1872 cuentan con unos 3 mil 989.» Sin embargo, desde  1849 —dos años después de la aparición de los culíes en Cuba—, el hacendado Alejandro Fusté, desde Camajuaní, escribe a la Junta de Fomento para “alertar” el temor de una «desgracia (…), porque, a la voz de uno solo se juntan todos como fieras (…) desde que los visitó un compañero suyo, que dicen ser médico, han desplegado más insubordinación y arrojo.»

Hace referencia a posibles sublevaciones, a conatos, suicidios y hechos de sangre, como los sucedidas en 1865 en los ingenios Proyecto y Reforma, de Remedios, en los cuales existen culíes.

 Félix Erénchun, Oidor de la Real Audiencia Pretorial, en Anales de la Isla de Cuba (1857), introduce un texto de Ignacio G. Olivares que especifica: «los asiáticos están en su derecho, privándose de la vida cuando ha dejado de serles agradable (…), lejos de su país (…), rodeados de personas que no conocen, sometidos a un trabajo más duro y a una disciplina más severa de lo que tal vez creían cuando se contrataron; se encuentran con que su salario por la carestía de la Isla es más reducido de lo que pensaban, y pierden la esperanza de hacer ahorros que les permita volver, concluido su compromiso, al suelo natal

Por eso muestran rebeldías ante los maltratos de negros o blancos mayorales de los ingenios. Incluso, el informe demuestra que de los 13 mil 139 asiáticos existentes, los hechos criminales son inferiores a los que cometen otros estratos sociales de Cuba.

Antonio Miguel Alcover y Beltrán en la Historia de la Villa de Sagua la Grande y su Jurisdicción (1905), aclara que a mediados del siglo XIX, durante el trazado de calles  “alineadas y tierras a cordel”, hay culíes en la zona. En 1857 refiere un hecho que investigadores dan más valor en voz de Esteban Montejo, el personaje de Biografía de un Cimarrón, la novela- testimonio de Miguel Barnet, que a lo apuntado por el historiador:

«[En noviembre de 1876] se levantaba en Sagua, en las esquinas de las calles Céspedes y Caridad, un inmenso edificio de madera, de una altura que bien abarcaría tres pisos, destinado a teatro de Chinos. Fue estrenado por una compañía de artistas chinos compuesta por 94 individuos. Las funciones dieron lugar a una reclamación de hacendados, pues los chinos contratados dejaban las faenas del campo para venir al teatro y esconderse entre los cómicos: se fijaron solamente los días festivos para celebrarlas

La primera audición de teatro chino en Cuba apareció en 1873. Hubo una  escenificación de títeres de madera en una instalación radicada en las calles Zanja y San Nicolás, en La Habana. Dos años después se fundó allí otra denominada Sun Yen —con actores procedentes de California—, y a Sagua la Grande, sin dudas, se incluirá como el tercer asentamiento poblacional en el cual ocurrió un acto escénico protagonizado por asiáticos.

Durante las «Fiestas reales por el nacimiento de Alfonso XII, el 24 y 25 de mayo de 1857, en la lucha por la cucaña (…) se disputaron con ahínco cuatro representantes de las partes del mundo, Europa, Asía, África y América: que fuera un marineo español, un chino, un negro y un muchacho del pueblo, representantes de los 5 partidos pedáneos de la jurisdicción», precisa Alcover y Beltrán. Eso ofrece el pulso de una rápida y sólida presencia asiática en la región.

Al cierre de la Memoria Histórica de la Villa de Santa Clara y su Jurisdicción (1858), Manuel Dionisio González es explicito: en 275 5/8 leguas cuadradas de superficie hay 43 mil 401 habitantes, y afirma la estancia de 13 colonos yucatecos —otro ensayo migratorio para proveer de brazos a la fabricación de azúcares— y 110 asiáticos.

Por esa fecha, los ingenios “La Esperanza”, “Gratitud”, “Amalia” “San Jacinto” y “San Rafael” en Santo Domingo —jurisdicción de Sagua la Grande—, cuentan con dotaciones de culíes, quienes incluso, sostienen relaciones “maritales”  con mulatas o pardas libres, acontecimiento no muy usual hacia 1853, fecha en que el obispo diocesano Fleix y Solans pronuncia un auto pastoral en contra de esa práctica muy extendida después.

Los libros parroquiales recogen la presencia de 12 mujeres asiáticas en el dominicano. El dato lleva a la curiosidad. Los “chineros” violaron siempre la Real Orden de 6 de febrero de 1856. Antonio Chuffat Latour en el Apunte histórico de los chinos en Cuba (1927), dice que entre 1847 y 1866 viajaron 74 mil 591 culíes: solo 32 eran mujeres. ¿Por qué razón? Puede que el gobierno Chino prohibiera las salidas masivas de féminas. Los investigadores concuerdan en objeciones económicas: costaban entre 300 y 400 pesos los contratos, mientras en el caso de los hombres era de 12 o 15, y desempeñaban variadas faenas agrícolas. Con eso, también impedían la procreación masiva y males mayores en la manutención.

Aquel “permiso” con manto de legalidad a Manuel Bernabé  Pereda, también a la Casa Villoldo y Wardropy, así como a la empresa británica Zulueta & Company, encargadas de introducir 10 mil colonos asiáticos, la sexta parte hembras, se tradujo en furia económica. La “mercancía” viajera procedía de Macao, Cantón, Gemi, Impía, Noin, Pekín y Carroña, principalmente. Las primeras “remesas” destinadas a las haciendas cubanas salieron desde Xiamen a bordo del Oquendo y Duke of Argylet. El primero atracó en La Habana el 3 de junio de 1847. El otro una semana después. De 1853 a 1873, fecha que marca el despegue azucarero en San Juan de los Remedios,  ingresaron en Cuba 132 mil 435 chinos. Hay cálculos que precisan 13 por 100 inmigrantes muertos durante la fase de travesía o arribo.

En tierras de los antiguos ingenios La Perla y Chimborazo, fomentados en  1858 por los norteamericanos Enrique y Tomas Fales, surgió otra fábrica de azúcar con mayores volúmenes productivos: Mercedes, del Conde de Romero, finca adquirida en 1872 por Julián de Zulueta y Amondo, el mayor negrero y chinero de Cuba.

 De ese alavés, el ensayistas Eduardo Marrero Cruz tiene una historia fabulosa en Julián de Zulueta y Amondo, promotor del capitalismo en Cuba (2008), un hacendado que se posesionó en la jurisdicción de San Juan de los Remedios cuando ese territorio disponía de 26.4 % de todos los ingenios del país. De la huella, avatares e historia de los chinos en  jurisdicciones del centro cubano, sin dudas, tendrá que hablarse en otra ocasión.

SANTA CLARA DESEMPOLVA ARCHIVOS (10)

SANTA CLARA DESEMPOLVA ARCHIVOS (10)

Por Luis Machado Ordetx

El teléfono, la espectacularidad científica que el italiano Antonio Santi Giuseppe Meucci exploró en octubre de 1877 durante su estancia habanera, tuvo once años después su primera aplicación práctica en el ingenio “San José”, en Placetas. Ese territorio, perteneciente a la jurisdicción de Remedios, al instalar un aparato del tipo “Blake”, fue el “pionero” en el centro de Cuba en establecer comunicaciones a cortas distancias.

El Criterio Popular, de Remedios, dice el 14 de mayo de 1888: «Hemos sabido que el aparato de luz eléctrica que funcionó en las fiestas cívicas de Caibarién, ha sido ensayado con brillante éxito en la pasada semana en el ingenio “San José”, de D. Agustín Goicoechea, a quien pertenece.

«La prueba se ha llevado a cabo por D. Fernando Martínez, antiguo y entendido jefe de telégrafos, auxiliado por el inteligente mecánico de la finca D. Esteban Ayala. Según se nos informa, una vez completado el aparato con algunos útiles que le hacen falta, será instalado en la próxima zafra en el indicado ingenio, que de este modo será el primero que introducirá tan útil y económica reforma (…) para hacer las instalaciones de teléfonos, telégrafos, luz eléctrica y demás invenciones honra de nuestro siglo…»

Los equipos estaban ubicados en el despacho y casa de vivienda del hacendado azucarero, y eran similares a los que existían desde hacía seis años en La Habana. Fueron fabricados por la Tropical American Telephone Company, con posibilidades de notificarse a unos 450 metros, según las disposiciones que dejó a Goicoechea un comerciante enviado por Enrique B. Hamel.

José Antonio Martínez-Fortún y  Foyo en sus Anales y Efemérides de San Juan de los Remedios, advierte que el ingenio “San José”, fundado en 1840, constituía una de las fábricas más prósperas entre las 30 existentes en la localidad.    

En 1889 comienzan a colocarse, dice el historiador, «los teléfonos de la guardia civil de toda la comarca». Pasados cinco años, al lado del hotel “Mascotte” —propiedad de Piedra y Franco—, en la calle San José, en Remedios, ponen un equipo público que brinda servicios a los viajeros y a la población.

También en 1894 Caibarién, Santa Clara, Cienfuegos, Sancti Spíritus, Trinidad y Sagua la Grande gestionan teléfonos  públicos. Ya las dependencias militares de esos territorios en los cuales residían más de 350 mil habitantes —casi un 22% de la población del país—, contaban con equipamientos emplazados.

En Sagua la Grande, un año antes Andrés Casas Arlet —proyectista y constructor—, ideó una red telefónica, apunta Alcover y Beltrán. Eso «(…) implica que allí en donde se encuentra instalada, existe una población importante y comercial…» Sustenta que la Villa del Undoso es  el cuarto territorio  en implantar ese servicio público. Martínez-Fortún difiere, y ubica en ese lugar a Caibarién, según la fecha de noviembre de 1893.

Antes ya tenían esa prestación social, indica, «La Habana, Placetas y Remedios». Después apareció Santa Clara, casi simultáneo con Cienfuegos, muy adelantada en tiempo a Puerto Príncipe, Matanzas y Santiago de Cuba.

Previo a que el teléfono surgiera, el telégrafo era una realidad en el centro cubano. Manuel  Dionisio González en la Memoria Histórica de la Villa de Santa Clara y su Jurisdicción,  advierte que en 1855 se activan «(…) las obras que habían de facilitarnos la comunicación telegráfica con otros pueblos de la Isla, habiéndose escogido la altura donde se eleva la ermita del Carmen para situar la casa que debía servir a la estación, y de la que habrían de partir los alambres conductores hacia la capital, Cienfuegos, Santo Espíritu, Remedios y Sagua la Grande, con quienes íbamos a ponernos en contacto por medio del más admirable descubrimiento de nuestro siglo

El 29 de julio 1856 Antonio Miguel Alcover, redactor de la Hoja Económica del Puerto de Sagua la Grande, envía un mensaje a sus homólogos de La Alborada, en Santa Clara: «Hoy comienza a funcionar el telégrafo. Sagua saluda a su madre Villa clara y la desea toda clase de prosperidades», según notifica González. Un tiempo antes esta jurisdicción quedó enlazada con Cienfuegos.

Siete décadas pasaron, y Santa Clara tuvo un suceso mayor: fue la más significativa central telegráfica del interior del país. El Magazine del periódico La Lucha (1926), aclara que la estación contaba con 67 telégrafos; fue inaugurada en 1918. Durante el último semestre de 1925 «envió 646 mil 430 telegramas, a razón de 107 738 despachos mensuales. Era atendida por 193 empleados, dedicados, además a la vigilancia, reconstrucción y mantenimiento de las líneas, incluidas las  telefónicas y de alumbrado público

Placetas también fue noticia en otros tipos de comunicaciones: la heliográfica, vinculada a Santa Clara en 1895. Otro territorio del centro del país no contó con ese sistema, diseñado después para emplearse en la Trocha de Júcaro a Morón. En la Villa de los Laureles se colocó una planta  intermedia en Loma Mogote, y una estación central en la azotea del  Ayuntamiento, sustenta Martínez-Fortún.

El aparato estaba compuesto por anteojos potentes y espejos que reflejaban la luz solar, luego interrumpida por medio de convencionales signos. En las noches, la claridad común se obtenía con reflectores que producían similares efectos. El heliógrafo tenía fines militares para detectar el movimiento de las tropas independentistas.

¡Ah, el correo postal! Los manuales de Martínez-Fortún, y Alcover y Beltrán dan la respuesta. Primero fue por hombres montados a caballos; en recorridos por caminos y trillos vecinales.

Después surgieron las rutas de vapores de las costas norte y sur, con salidas casi diarias y por destino la capital. También hubo vías internacionales. En 1831 el correo marítimo salía para España los primeros días de cada mes: los 10; 20 y 30 la correspondencia iba al interior del país. También surgieron vapores que cubrían las líneas hasta Nueva York y Europa. Ese año se situó un  cable submarino desde la capital cubana hasta Cayo Hueso; ya existía otro al comienzo de esa década.

En 1856 Cuba instituye el sello postal. Las cartas, telegramas, bultos y mercancías no sufrían graves extravíos. En 1890, afirma Martínez-Fortún, por «cada diez palabras escritas, un telegrama cuesta 10 centavos.» Comienza la modernización de los sistemas públicos de comunicaciones, los cuales tendrán su era de esplendor expansivo con la entrada del siglo siguiente.

A partir de diciembre de 1900, tras la primera ocupación norteamericana, todas las prestaciones públicas quedaron en manos de la Havana Telephone Company. Nueve años después los derechos de explotación de las redes inalámbricas fueron cedidos a la Cuban Telephone Company, subsidiaria de la Internacional Telephone and Telegraph Company, monopolio que organizó una central completamente automática y consolidó el empleo de teléfonos de discado. El proceso inversionista favoreció el dominio económico extranjero sobre los impuestos administrativos de todas las comunicaciones cubanas.



SANTA CLARA DESEMPOLVA ARCHIVOS (9)

SANTA CLARA DESEMPOLVA ARCHIVOS (9)

Por Luis Machado Ordetx

Jícaras de coco “guarnecidas por barillas de plata”, instan al deleite por el chocolate, dice Manuel Dionisio González al paso de 23 años de fundada  en 1689 la villa de Santa Clara. La región central cubana se erigió como la primera que fomentó el cacao, y también degustó las bondades de un fruto elaborado en la rusticidad de familias asentadas en los dominios de Pedro Barba, una zona agrícola en el actual Cabaiguán.

Desde su origen  integró parte de las 87 haciendas que, en dirección al sureste, tuvo la Jurisdicción de San Juan de los Remedios. Estaba  ubicada a diez leguas de distancia de ese caserío.

José A. Martínez-Fortún y Foyo asegura que el ingeniero militar malagüeño Estratón Bausá trazó en 1836 un “Croquis itinerario del camino de rueda desde la Villa de San Juan de los Remedios al Santo Espíritu”, y declaró las distancias entre un punto y otro a «23 leguas provenzales de longitud, y que en épocas de lluvias a veces era impracticable su transitar».

Casi a mitad de ruta se localiza el «Remate de Pedro Barva, (perteneciente a)   M. Eulalia; Bme García, Juan Bta Ximénez, Gertrudis de Armas, Pablo Muxica, Ana Muxica.» Hay referencias exactas que en 1540 aparecen las primeras plantas de cacao en la finca “Mi Cuba”, patrimonio de esa hacienda. Las simientes tardaron en llegar 118 años a Baracoa, avalada como la meca actual del cultivo.

¿Cómo surgieron en Pedro Barba esos sembrados? ¿Quién trajo las semillas? Unos apelan a las oleadas de españoles asentados en esas tierras; otros a los flujos migratorios de franceses. Creo más en quienes apuestan por los colonizadores. Enrolaría en la historia a Vasco Porcallo de Figueroa, quien en 1520 se alistó con Pánfilo de Narváez y fue a México en auxilio de Hernán Cortés para la conquista de Nueva España y Guatemala. Luego, “gordo y de avanzada edad”, estuvo en La Florida con Hernando de Soto, y en 1538 era el principal hacendado de las jurisdicciones de Remedios, Sancti Spíritus y Trinidad.

Tal vez el deslumbramiento que tuvo Cortés por las semillas y efusiones del  cacao que exhibió Moctezuma, alentaran la “avaricia desmedida” del intrépido Porcallo de Figueroa. Es una especulación; no muy errada por las fechas en que regresó y la propagación que tuvo el cultivo en sus dominios patriarcales. Muchos de sus seguidores, al retorno de Centroamérica donde ya se conocía de las delicias de los cacaotales, hacen solicitudes de merced de tierras con el propósito de asumir la agricultura y la ganadería.

Luis López de Oviedo —hermano del alguacil mayor de la Villa de Sancti Spíritus— va al hato de Pedro Barba; Salvador Hernández Portal y Pedro Riveros “pugnan” por la posesión del Mamey, mientras el capitán Diego de Coloma, se adjudica las haciendas "Santa Cruz, Llaguajay y Mallajigua", sustenta Martínez-Fortún.

Nadie duda que ahí esté el “ombligo inicial” de la ruta del cacao. En menos de una década el cultivo se trasladó al Cacahual de Pozas, en Yaguajay; también a Sancti Spíritus, Trinidad y Santa Clara. El Diccionario Biográfico Remediano es explícito: en 1766 Pedro Antonio Pérez de Alexos tenía en su hacienda Buena Vista —delimitada por Weibas, Mamey, Pedro Barba y Guanijibe— unas 160 matas de cacao, y su fruto era propagado en Remedios, Sagua la Grande, Santa Clara y otras partes de Cuba.

Esas áreas de bosques y de prosperidad agrícola fueron territorios de Remedios hasta que establecieron 1678 un deslinde con Sancti Spíritus. No obstante, al primero le quedó la mitad del hato de Pedro Barba. Después, en 1696 se originó otra partición con Santa Clara, y les correspondió Güeiba, Yagüey, Ojo de Agua del Potrico, y los sitios de Meneses, Mayajigua y Alumao, según refrendan los Anales y Efemérides de San Juan de los Remedios y su Jurisdicción.

Abiel Abbot, el reverendo norteamericano, en 1828 durante un recorrido por el occidente de Cuba, menciona a San Juan de los Remedios como  productor de cacao. Incluso, cuatro años después la Junta de Fomento de la Isla de Cuba dictó una Real Orden para propagar cacaotales a todas las regiones. Las semillas serían originales de la Octava Villa o en su defecto aquellas traídas de Costa Firme. El tópico se retomará con mayor fuerza en 1849.

El Censo Estadístico de la Siempre Fiel Isla de Cuba (1829), informa que existen 60 cacaotales o cacahuales: 2 en el Occidente (La Hababa), y 54 en el Centro. A Remedios lo incluyen con 41, y 13 a Sancti Spíritus. En el Oriente solo hay 4 situados en Santiago de Cuba y Baracoa. La fuente precisa cosechas de 23 806 arrobas en dos recolecciones anuales. También registran exportaciones.

Martínez-Fortún incorpora en un artículo de J.M. Pérez —historiador espirituano— que dice: «Al medio día se solía hacer visitas que se avisaban con anticipación y en las que se obsequiaban con chocolate acompañado de rosquitas, pan de huevo y dulce de guayaba, naranja o limón

Al abordar las características de Remedios en “Las costumbres de Cuba en 1800”, particulariza que: «(…) El almuerzo se hacía a las ocho de la mañana, se comía a las doce, se dormía la siesta hasta las tres en que se tomaba un poco de café, por la noche tomaban chocolate, pan y se acostaban muy temprano para levantarse al amanecer. En el campo se levantaban más temprano aún y tomaban un poco de chocolate o café. A las ocho carne de puerco, plátanos fritos, chocolate de maíz (maíz tostado con azúcar y canela). A las doce comían ajiaco y arroz y por la noche chocolate y pan…»

Por esa fecha el viajero John. G. Wurdemann, quien transitó desde el occidente hasta Sagua la Grande, afirmó que «el cacao rinde mucho.» Jacobo de la Pezuela en su Diccionario geográfico, estadístico, histórico de la Isla de Cuba (1863) cita la profusión de cacaotales en Remedios, Güeiba, Yaguajay o Mayajigua. También Francisco Javier Balmaseda da a conocer sus Tesoro del Agricultor Cubano (1884), y en uno de esos textos incorpora un Método para el cultivo del cacao, escrito por D. C. Martínez Ribon, muy divulgado por entonces en la Sociedad La Tertulia de Remedios.

¿Las fábricas cuándo vinieron? Surgieron en la medida que las producciones aumentaron y la bebida se convirtió en hábito. Martínez-Fortún destaca que en 1861 «El Licenciado D. Francisco Jiménez Álvarez y D. Juan Antonio Domínguez se quejan de las molestias que le ocasionan la máquina de fabricar chocolate de Agustín Villa y Hnos, primera de su tipo en la jurisdicción.» Todo tienen que ver, tal vez, con  más de mil 500 aromas que emanan del proceso de elaboración del fruto. Un lustro después  Augusto Fisne solicita «establecer una fábrica de chocolate al vapor en la calle Jesús Nazareno», y al paso de otros dos años la sociedad “Rodríguez y Hnos” instala otra homóloga en la calle Soledad y Gutiérrez.

En 1866 Francisco López inaugura el café-dulcería-restaurante “El Louvre”, y el chocolate  con leche caliente es privilegio de los parroquianos de Remedios. En la Historia de la Villa de Sagua la Grande y su Jurisdicción (1905), Alcover y Beltrán detalla que en 1889 durante la Feria-Exposición por el segundo centenario de la Fundación de Santa Clara, la firma “Urroz y Oyarzún”, fabricantes de chocolate en barra de “La Flor Cubana”, obtienen medalla de oro en ese certamen cultural.

Similar instalación industrial hay en Santa Clara por esa fecha, lo afirma el historiador Florentino Martínez. En la cuarta década del pasado siglo hubo producciones de cacao consignadas a Yaguajay, Quemado de Güines, Encrucijada, Santa Clara y Cienfuegos. La aniquilación del cultivo, aseguran algunos estudiosos, está determinada, entre otras causas: por la explosión de la agricultura cañera, la erosión de los suelos, la tala de los bosques y hasta por los cambios climáticos.

La serranía del oriente cubano tiene ahora la primacía cacaotera. Desde Rincón Naranjo, en el Escambray, persisten pretensiones de reconquistar la cultura de aquellos frutos y semillas que cautivaron a Hernán Cortés en México y fueron introducidos en una hacienda sureste de San Juan de los Remedios, en el centro cubano.


SANTA CLARA DESEMPOLVA ARCHIVOS (8)

SANTA CLARA DESEMPOLVA ARCHIVOS (8)

Por Luis Machado Ordetx

Vega Alta no está enfundada por una cripta de olvido: su historia todavía sustenta la explotación del mayor puente colgante, en longitud y altitud, del ferrocarril cubano. Esto posibilitó en marzo de 1890 que se inauguraran las paralelas que unieron a Encrucijada con Camajuaní, así lo apunta Alcover y Beltrán, y lo refrenda Martínez-Fortún.

El antiguo corral de Bartolomé Rodríguez, regidor alférez real de Santa Clara en 1794, cobró entonces otra dimensión tras el propósito de la sacarocracia de Cienfuegos, Sagua la Grande y Remedios por empalmar de sur a norte a la Isla, y tocar puntos agrícolas del centro del país. Las exportaciones e importaciones, desde los ingenios o los pequeños poblados, irían o vendrían desde sus respectivos puertos.

Casi un siglo antes, en 1696, en los litigios territoriales entre Remedios y Santa Clara —linderos del río Sagua la Chica, en la banda del levante para el primero, y del poniente en el segundo—, Vega Alta, formó parte de las 52 haciendas que integraron la jurisdicción de la Octava Villa de Cuba.

Desde entonces tuvo distinción en la crianza de ganado y el fomento tabacalero y azucarero. La  mayor jerarquía la adquiere a partir de la construcción de la línea férrea, y del sorprendente puente. De acuerdo con el rotativo El Criterio Popular, de Remedios, y lo admite Martínez-Fortún, «constituyó, a partir Camajuaní, un triángulo perfecto en el trasiego de mercancías y viajeros entre Sagua la Grande y Caibarién. Persiste interés en enlazar a Sancti Spíritus por esta vía. Los vapores o el tren harán los otros periplos

En un metro de largo difieren las medidas expuestas por Alcover y Beltrán y las recogidas por Martínez-Fortún. El primero dice que tiene 62 metros de longitud, y el segundo le resta uno. Eso no importa, aun cuando resulta evidente en la actualidad un retoque de pintura para la mejor conservación de ese patrimonio material que sorprende por su majestuosidad al más incólume de los viajeros.

En la Historia de la Villa de Sagua la Grande y su Jurisdicción (1901), Alcover y Beltrán es prolijo en documentación: «Este puente, sistema Prats, americano, ha sido construido en los acreditados talleres de Mr. Verrearen &, de Jager, de Bruselas (Bélgica). Es todo de plancha de acero, batido o dulce, de ½ pulgada de espesor o grueso, con trabazón de angulares remachados, cuyo total de número de remaches no baja de 60 000.

«Las cabrias inclinadas de sus extremos, como las bridas superiores, vulgo soleras, igualmente que sus doce pilares, están ligadas y combinadas sus planchas laterales con celosías o crucetas muy resistentes y remachadas.

«Pesa 155 toneladas —310 000 libras— y su resistencia está calculada para 4 locomotoras de 50 toneladas cada una, o sea el factor de seguridad 4, aproximadamente, algo más del doble peso específico del puente.

«La altura desde el centro del río al carril es de 14 metros; y de este a la cara alta de la brida supera los 10 metros, formando un total de 24 metros de altura por 5,35 de ancho.

«(…) si bien es cierto que existen otros más largos, en otras empresas, lo es también que tienen a intervalos pilares de sillería u otra materia, a semejanza de viaductos que disminuyen la longitud colgante (…) Reúne en su forma, que puede llamarse arquitectónica, una esbeltez y serenidad tales, que impone y hace sobrecoger el ánimo del que lo mira.

«Empezose a armar el 28 de abril de 1890 y se terminó el 20 de mayo del mismo año, bajo la inteligente dirección del ingeniero de la Empresa Sr. D. José D. García, habiéndose empleado, por tanto, 32 días en su terminación

Alguien puede alegar que hay otros puentes con similares características: el existente sobre el río Yabú, cerca del antiguo ingenio “Salvador”, en el ramal que trazó Fermín del Monte en mayo de 1859 para empalmar a Sagua la Grande con Cienfuegos. Sin embargo, es de menores dimensiones.

Dirán, algunos ¿y el soñado por Julio Sagebien?, y que vinculó a Casilda con Placetas, ubicado en el río Agabama, a 46 metros de altura, en las cercanías del poblado de Meyer. Fue concluido el 3 de febrero de 1919. Después del paso del ciclón “Kate” en 1985 está averiado. Cierto, constituyó el más alto, proyectado para el ferrocarril cubano, y obligó a perforación de farallones rocosos, pero no tiene las dimensiones del enclavado en Vega Alta.

La existencia del vial concebido a partir de la concusión del puente sobre el río Sagua la Chica en Vega Alta, entusiasmó a los hacendados de Sancti Spíritus enfrascados en prolongar la línea hasta las márgenes del río Yayabo por medio de un ramal hasta Placetas. Alcover y Beltrán declara que:

 «(…) El proyecto se quedó en proyecto (…) Sagua estuvo siempre llamada por su ventajosa posición geográfica, y por consiguiente por su proximidad al gran mercado norteamericano, a haber sido una plaza importadora de primer orden. Lo primero que debió haberse hecho fue llevar sus paralelas a grandes centros de población, atravesando comarcas ricas (…): Villaclara y Sancti Spíritus, que habrían optado preferentemente por recibir y exportar sus mercancías por Sagua, que ofrecía —como ofrece—, mayores facilidades y ventajas por razones naturales. »

El historiador següero afirmó que 1885 hay 21 ingenios por Camajuaní; otros 70 en Sagua la Grande, y 38 perduran en Remedios. El proceso de centralización y concentración de las producciones agrícolas e industriales, y hasta las secuelas de la guerra de independencia afectan las jurisdicciones. Unos 200 mercantes arrastran azúcar blanco, de cucurucho, mascabado y quebrado, así como miel de purgas, alcoholes y otros renglones básicos en la economía insular o de otros países. De ahí se desprende los abultados cálculos en toneladas que viajan gracias a las líneas férreas y entran o salen por los puertos del norte de la región.

Hace poco alguien preguntó ¿qué tipo de azúcares son esos? El erudito Félix Erénchun en Anales de la Isla de Cuba (1856), lo esclarece: el blanco «ocupa la parte superior de la horma en que se coloca el azúcar para su purificación, purgado o destilado de la miel»; el cucurucho «sale del fondo de la horma, y es el más oscuro»; el mascabado «azúcar no purgado. No es envasado en cajas cuadrilongas, sino en toneles llamados bocoyes»; y  el quebrado «se sitúa en la parte media de la horma entre el blanco y el mascabado

El ilustrado Manuel Moreno Fraginals apunta que la «(…) operación de purga tenía lugar en las hormas —formas en español antiguo—, que eran moldes o vasijas cónicas, de barro cosido, abiertas a ambos lados (…), una vez llenas se mantenían invertidas hasta la solidificación parcial del contenido. La cristalizada quedaba en la parte superior, y la melaza o magma, de mayor peso específico, iba hacia el fondo o furo.» El grano unido era sacado de la horma, sus colores eran diferenciados, y el blanco era el más cotizado, mientras que el  oscuro lo consideraban corriente.

Todas esas producciones, en cantidades jamás contadas y perdidas en los nebulosos peregrinajes de trasiegos de mercancías y viajeros, fueron aguantadas  —y todavía lo son—, por el portentoso puente de hierro de Vega Alta; aquel que en una fría mañana de enero de 1895 deslumbró al violinista Brindis de Salas en su periplo por Remedios, Caibarién y Sagua la Grande.
 


SANTA CLARA DESEMPOLVA ARCHIVOS (7)

SANTA CLARA DESEMPOLVA ARCHIVOS (7)

Por Luis Machado Ordetx

Caibarién constituye la localidad cubana que más periódicos fundó durante la primera mitad del siglo pasado: crearon 104 rotativos, algunos de circulación nacional, con ediciones diarias, bisemanales y trisemanales; otros fenecieron al poco tiempo de su salida a la calle. Eso, de por sí, representa un acontecimiento insólito.

 Ningún otro territorio superó esa cifra, aunque parezca un fenómeno fuera de lo común. Solicitar esas rarezas, sea en instituciones privadas o estatales, encarna un Vía Crucis: no existen o tampoco están disponibles. El poder económico propiciado por su puerto, sus industrias de curtidos de piel, licoreras y de elaboraciones de azúcar, soportaron un despunte inigualable en una intelectualidad ávida por reconstruir los sucesos  del país y del mundo a partir de frescas noticias.

Hoy pocas colecciones, casi siempre incompletas y en mal estado, se conservan en archivos. ¡Es una verdad que nadie negaría! Por suerte tuve la posibilidad, hace décadas, de revisar aquellas atesoradas, allá en la Villa Blanca, por Feliciano Reinoso Ramos, Hilda Cabrera y Quirino H. Hernández. Otros amigos también colaboraron en las búsquedas.

Todavía guardo con celo una copia, escrita a máquina, de la cronología que preparó Reinoso Ramos (Jack Dempsey, pionero de la locución radial  deportiva), la cual incluye solo 12 periódicos del siglo XIX. El Porvenir (1878) fue el primer rotativo de ese período. A partir de entonces, el territorio surgido de un desprendimiento de San Juan de los Remedios y fundado en 1832 por Narciso Justa, se empeñó en hacer circular periódicos  por el país.

La Prensa en Remedios y su Jurisdicción (1929), y el Apéndice Tercero de los Anales y Efemérides de San Juan de los Remedios y su Jurisdicción (1936), preparados por Martínez-Fortún y Foyo, sirvieron a Reinoso Ramos de complemento hasta esa fecha.  A partir del cierre de esos apuntes, se las ingenió para acabar una cronología que culmina en 1980 con la circulación del boletín El Popular, órgano de Gobierno en Caibarién. Tal vez el investigador haya tomado notas aparecidas en El Periodismo en Las Villas (1953), de Alberto Aragonés, un libro menor, pero que en definitiva aporta informaciones.

El hecho compilatorio denota un esfuerzo supremo por hacer trascender los procesos económicos, culturales, sociales y políticos de una comunidad abierta, incluso, a la observancia internacional. Con esos ribetes descuella Archipiélago, una Voz de Tierra Adentro para el Continente (1943-1948), un mensuario artístico-literario dirigido por Quirino H. Hernández, y en cual colaboraron los más importantes escritores cubanos de ese tiempo.

Por desgracia, en Cuba no abundan los estudios panorámicos sobre el periodismo impreso, de circulación masiva. Las causas son múltiples, y salvando cualquier signo de apatía historiográfica o académica, las colecciones decimonónicas, del siglo pasado y hasta del actual, sufren de constantes deterioros por carencias financieras destinadas a la conservación.

Los predios villaclareños, al menos, son privilegiados: ante la ausencia o estado incompleto de recopilaciones, cuentan con dos monografías insuperables. Una preparada por Martínez-Fortún, y la otra, El periodismo en Sagua. Sus Manifestaciones (1901), suscrita por Antonio Miguel Alcover y Beltrán.

Después de los voluminosos Apuntes para la Historia de las Letras y de la Instrucción Pública en la Isla de Cuba (1861), de Bachiller y Morales, el texto de Alcover y Beltrán es el más auténtico de los panoramas elaborados sobre el periodismo nacional.

Sin alejarse de conceptos propios del positivismo, dice el sagüero, autor del ensayo:  «(…) no me separo un ápice, ni de la seriedad que se requiere, ni de la seriedad que se impone, ni de la verdad que, como condición indispensable y primordial, ha menester toda obra histórica.» El hecho es plausible  a partir de la división que hace sobre los rotativos con perfiles políticos, literarios, ilustrados, científicos y de beneficencias, escolar, deportivo, satírico y racista.

Sus apreciaciones son muy contemporáneas; propias de este tiempo, aun cuando en los enfoques tienda hacia el descriptivismo narrativo. En otra ocasión, sin dudas, tendré que volver sobre ese ensayo. No obstante, llama poderosamente la atención que en la primera mitad del siglo pasado —1915 y 1940—, persita una explosión de periódicos; son épocas de entre guerras mundiales. Esa conclusión se colige de las cronologías de Martínez-Fortún, Aragonés Machado y Reinoso Ramos.

No encuentro otra explicación que relacionarlo con el desarrollo azucarero de la región, y por supuesto con los puertos marítimos más trascendentes: Caibarién, Isabela de Sagua, Casilda y Cienfuegos. Similar fenómeno se observó cuando Fernando VII se vio precisado a dictar la Real Cédula del 20 de abril de  1833, autorizando la creación del “Boletín Oficial” en cada «provincia de su reino». Hubo un Renacimiento; un esplendor periodístico.

Violaron, incluso, la anterior censura: El Eco de Villa-Clara (1831-1856); Corbeta Vigilancia (1820), en Trinidad, el Fénix (1834-1934), en Sancti Spíritus. Martínez-Fortún dice que en 1841 existían en Cuba ocho periódicos: «Diario de La Habana, Noticioso y Lucero (La Habana); La Aurora (Matanzas); El Correo (Trinidad), Fénix (Sancti Spíritus), El Eco de Villa-Clara (Santa Clara); La Gaceta (Puerto Príncipe) y El Redactor (Santiago de Cuba). La Habana; Matanzas y Santiago tenía diarios, y los otros, a veces, bi o trisemanarios.» Después surge una avalancha de rotativos con vidas más o menos prolongadas.

El caso particular de la estampida de periódicos en Caibarién, incluso de Sagua la Grande durante el pasado siglo, solo puede tener una disquisición: el soporte económico que dejan los embarques de azúcar crudo, refino y sus derivados. El razonamiento, desde la óptica científica y de análisis historiográfico de la prensa impresa, no está registrado en ninguna parte.

Martínez-Fortún precisa, por ejemplo, que hasta 1936, hubo 78 rotativos en la Villa Blanca. Cuatro años después, el análisis de Reinoso Ramos inscribe allí otros 12. Algunos tuvieron una vida efímera; otros más dilatada. Eso no importa. El dato también lo aporta Aragonés Machado, quien subraya, además, la existencia de unas 275 imprentas con sus respectivos equipamientos técnicos y enemistades de acuerdo a los perfiles políticos de los respectivos órganos.

Triunfos y Programa de la Federación Nacional Obrera Azucarera (1945), con asesoramiento económico de Jacinto Torrás (Juan del Peso), aclara que entre 1928-1936 se produjeron en Cuba 26 millones 382 mil 253 toneladas métricas de azúcar. En ese período molieron 145 ingenios como promedio, y el precio de los crudos se comportó por encima de un peso la libra, con excepción de 1932-33  que fluctúo entre 0.71 y 0.97 centavos.

Las Villas tenía por entonces 53 ingenios en activo, y un 70% exportaba los azúcares y derivados por los puertos de Caibarién e Isabela de Sagua. Había, por supuesto, otras industrias de prestación de servicios y de comercialización internacional de sus producciones, lo que revela una prosperidad económica sin límites y que adquiere repercusión inusual en la vida espiritual de la población de esas localidades.  Por tanto, no es descabellada la afirmación compilatoria que Reinoso Ramos sustenta en torno a un periodismo desmedido en publicaciones y ediciones territoriales de la Villa Blanca y algunas de sus cercanas comarcas villareñas.