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RÁFAGAS DE CAPIRO

BIBLE OF HELL: «LA BIBLIA PERDIDA», INCITACIONES (III)

BIBLE OF HELL: «LA BIBLIA PERDIDA», INCITACIONES (III)

Una polémica que abre otras aristas en torno a la investigación y la ficción histórica contenida en «La Biblia Perdida», del poeta, narrador, editor y crítico literario Ernesto Peña, autor de ese texto inédito aún, y merecedor en 2009 del Premio Alejo Carpentier. Tomado íntegramente de http://verbiclara.nireblog.com/


El señor Juan Antonio Hernández, embajador de Venezuela ante el Estado de Qatar, me ha enviado un mensaje, que aparece al final, donde acusa de plagio al escritor villaclareño Ernesto Peña, uno de los más destacados jóvenes literatos de la provincia de Villa Clara y que obtuvo recientemente el Premio Alejo Carpentier 2010, en novela, otorgado por la Fundación que lleva el nombre del ilustre intelectual cubano y la Editorial Letras Cubanas, con su obra “Una biblia perdida”. Vea además la entrevista que le hicieron José Ernesto Nováez Guerrero y Jenny Pérez, estudiantes de Periodismo: Ernesto Peña: "Me importa el público que me lee".


Respuesta de Juan Antonio Hernández a la carta de Ernesto Peña


«Señor Peña,

Obviamente usted ha leído con descuido mi denuncia. Lo he señalado por cometer plagio en sus declaraciones. Ahora, en su respuesta, usted me dice que hay pasajes enteros de la novela inspirados en mi trabajo. La cosa, entonces, es más grave de lo que previamente imaginaba.


Me parece, usted dirá, que la forma de solucionar todo esto es que reconozca las fuentes historiográficas con una nota que acompañe la publicación de su novela.

En dicha nota pudiera colocarse algo como: “Diversos pasajes de esta novela se basan en lo escrito por Juan Antonio Hernández sobre el libro de pinturas de José Antonio Aponte”. Me parece, además, que una aclaratoria sobre esa fuente debería aparecer, lo más pronto posible, en La Jiribilla y en los otros medios en los que dio sus declaraciones.


Señor Peña, por supuesto que mi problema es que no me haya mencionado en sus declaraciones. ¿Le parece poca cosa? Cuando uno escribe un libro y lo firma con su nombre, obviamente busca reconocimiento público por su trabajo. Me parece insólito que usted, que envió su texto a un concurso literario, da entrevistas, etc. me reclame que yo busque reconocimiento por lo que he escrito.

Por supuesto que tengo enormes deudas en mi texto sobre Aponte. Como cualquiera puede comprobarlo, a través de internet, las reconozco, una y otra vez.


De todas esas deudas las más importantes, desde todo punto de vista, son las que tengo con Franco y con Palmié. Mi verdadero debate teórico es con este último. De hecho no valoro mi trabajo sino como una defensa, quizá no muy buena pero defensa al fin, de la obra de José Luciano Franco. Dicha obra, como usted seguramente sabe, ha sido fuertemente atacada, con argumentos esteticistas, por Palmié. Por otro lado, aprecio mucho el libro de Matt Childs pero en éste no se dice nada del “libro de pinturas”.

Su tema es el contexto general de lo que él caracteriza como la “rebelión de 1812”.

A Jorge Pávez, mencionado por usted, no le debo nada. La investigación que él estaba haciendo, como lo sabe el propio Pávez, me era

absolutamente desconocida cuando terminé mi libro. Esto puedo comprobarlo, fácilmente, con copias de varios correos electrónicos que él me dirigió, hace unos cinco años.

Por último, la aproximación de Sibylle Fischer al “libro de pinturas” no me merece ningún respeto, como probablemente ya lo habrá advertido usted en mi libro. Inventa cosas y oculta otras, algo lamentable como ya lo he demostrado, ampliamente, en mi trabajo.

Por último, nunca lo he insultado a usted. Yo sí, obviamente, me sentí insultado cuando un amigo me mandó, por email, sus entrevistas y pude leerlas.


Reitero que todo esto pudo haberse evitado con un mínimo de cortesía de su parte, reconociendo, en su momento, el origen de esas ideas.


Más allá de todo lo anterior, ojala sea la suya una excelente novela.

Aponte se lo merece, luego del bodrio de Calcagno. De hecho me gustaría leerla. En estos días voy a sacar un ensayito, en la prensa cultural de Venezuela, sobre Aponte y el Barón de Vastey. Prometo, si se dan las condiciones, dedicárselo a “Argos”.

El apretón de manos se lo daré, no hay problema. Pero, para poder dar ese paso, le exhorto a que inicie usted la rectificación necesaria, tanto en La jiribilla como en la nota añadida a la edición de su libro. »

Juan Antonio Hernández

BIBLE OF HELL: «LA BIBLIA PERDIDA», INCITACIONES (II)

BIBLE OF HELL: «LA BIBLIA PERDIDA», INCITACIONES (II)

«La Biblia Perdida», según el escritor villaclareño Ernesto Peña, otros brotes de la polémica con el ensayista y diplomático venezolano Juan Antonio Hernández. Una polémica que abre otras aristas en torno a la investigación y la ficción histórica contenida en «La Biblia Perdida», del poeta, narrador, editor y crítico literario Ernesto Peña, autor de ese  texto inédito aún, y merecedor en 2009 del Premio Alejo Carpentier. Tomado íntegramente de http://verbiclara.nireblog.com/

Luego de que Ernesto Peña, premio Alejo Carpentier en narrativa 2010 por su novela Una Biblia perdida (aún sin publicar), hiciera pública su respuesta a Juan Antonio Hernández —quien lo acusaba de plagio—, a la que llamó Eliminemos un malentendido (a quienes prefieren el diálogo). El señor embajador Hernández me ha enviado otra respuesta —que parece al final—, y por supuesto, Ernesto también le contesta:

Seguimos siguiendo (a quienes prefieren la bibliografía)

Texto de Ernesto Peña


«No voy a dejarme dominar por la ira, como tal vez desean algunos. Voy a responder, paso a paso (como me sugieren amigos de buena fe), la carta del señor embajador Juan Antonio Hernández.

Excusando los innecesarios insultos que me lanza, pasaré a analizar los contenidos que este señor asegura que yo le robé.

1.  Ante todo diré que la descripción del desaparecido Libro de Pinturas de José Antonio Aponte aparece como apéndice del clásico La conspiración de Aponte, del maestro José Luciano Franco. Y más. Una trascripción actualizada de dicho libro se encuentra en Anales de Desclasificación / Vol. 1: La derrota del área cultural n° 2 / 2006. Trascripción y edición de Jorge Pavez O. La Habana, marzo 2004 / Valparaíso, agosto 2005.


Pavez anota al pie lo siguiente:

«Expediente sobre declarar. José Antonio Aponte el sentido de las pinturas que se hayan en el L. Que se le aprehendió en su casa. Conspiración de José Antonio Aponte, 24 de marzo de 1812», en Archivo Nacional de Cuba. Fondo Asuntos Políticos. Legajo 12. Número 17. Esta trascripción ha sido realizada basándose en la versión publicada por José Luciano Franco (La conspiración de Aponte, La Habana: Consejo Nacional de Cultura, Col. Publicaciones del Archivo Nacional, n° LVIII, 1963, pp. 60–101), revisada y corregida con arreglo al manuscrito original. Además, esta versión incorpora declaraciones que forman parte del mismo Legajo 12, n°17, y que no fueron publicadas por J. L. Franco en op.cit., ni en su reedición aumentada de 1977: Las conspiraciones de 1810 y 1812, La Habana: Ciencias Sociales. Nuestra trascripción se hizo con criterios paleográficos, salvo en el caso de las múltiples abreviaciones, que han sido desplegadas para una mayor agilidad en la lectura. [Trascripción y edición de Jorge Pavez O. La Habana, marzo 2004 / Valparaíso, agosto 2005]”.

De modo que le pregunto al señor Hernández. ¿Es usted el único que pudo darse cuenta que el Libro descrito y explicado por el propio Aponte durante los interrogatorios empezaba en el Génesis y en lugar de continuar con la historia del pueblo hebreo continuaba con la del pueblo etíope y escenas del Batallón de Morenos Leales de La Habana? ¿Le robé yo lo que aparece en un documento de archivo? Yo no niego que consulté su tesis, pero reitero aun con temor a ser enfático y aburrido: ¿Le robé yo lo que aparece en un documento del archivo nacional de Cuba? ¿No es evidente que Aponte quiso hacer una suerte de Kebra Nagast afrocubano?

2. Nada del movimiento rastafari aparece en mi novela, como es obvio porque se trata de un fenómeno posterior a la época que describo. Tampoco el barón de Vastey fue desarrollado como personaje. Solo introduzco al espía Argos, supuesto agente del barón que contacta con Aponte. Y esto es lo único “original” que reconozco haber desarrollado a partir de las sugerencias de su texto, señor Hernández.

En cuanto a las leyendas de los reyes etíopes que usted menciona, todas aparecen en el Kebra Nagast o Libro de la Gloria de los Reyes de Etiopía, un texto de 1225 d.c. Cómo el Arca de la Alianza llegó a Etiopía está relatado en dicho libro en los capítulos 19-94. ¿Acaso ha saqueado usted, o plagiado descaradamente al Kebra Nagast, o simplemente realizó una de las tantas consultas bibliográficas que los historiadores y escritores de novelas históricas hacemos para mejor desarrollo de nuestra labor?

3. Referente a las Vírgenes negras que aparecen en santuarios de los tres continentes, usted y Pavez me dieron la pista, pero la mayor información la obtuve (tal vez igual que usted) del texto El enigma de las vírgenes negras  de Jacques Huynen. Plaza & Janes SA Editores, Barcelona, 1977.

Lamento una vez más, señor Hernández, su virulento ataque. Lamento haber tenido que leer en más de una ocasión su inconsistente regaño.
Estimado embajador, le reitero mis respetos y le deseo muchos éxitos en su vida personal y profesional. Sin dudas soy deudor (que no plagiario) de su obra y lo reconozco públicamente. En cuanto se publique por la editorial Letras Cubanas, le envío la novela.

Con gratitud,

Ernesto. »

BIBLE OF HELL: «LA BIBLIA PERDIDA», INCITACIONES

BIBLE OF HELL: «LA BIBLIA PERDIDA», INCITACIONES

Una polémica que abre otras aristas en torno a la investigación y la ficción histórica contenida en «La Biblia Perdida», del poeta, narrador, editor y crítico literario Ernesto Peña, autor de ese texto inédito aún, y merecedor en 2009 del Premio Alejo Carpentier. Tomado íntegramente de http://verbiclara.nireblog.com/

Por José Ernesto Nováez Guerrero y Jenny Pérez (estudiantes de periodismo en la UCLV)

El escritor villaclareño Ernesto Peña obtuvo recientemente el prestigioso Premio Alejo Carpentier 2010, en novela, otorgado por la Fundación que lleva el nombre del ilustre intelectual cubano y la editorial Letras Cubanas, con su obra “Una biblia perdida”.Peña es uno de los más destacados jóvenes literatos de la provincia, quien reafirma su talento con este notorio galardón.


—Háblame de “Una biblia perdida”

—Es una novela histórica cuya trama se desarrolla en la Cuba de los años 1763 a 1812. Narra, fundamentalmente, la vida de José Antonio Aponte, uno de los mártires de nuestras luchas de emancipación, organizador de la organizador de la conspiración que lleva su apellido. Siempre hubo varios aspectos sobre esta figura que me llamaron la atención. Era un negro libre, nacido de negros libres.

«Pertenecía a la milicia de morenos de La Habana, con el grado de cabo primero. Tenía un libro de pinturas, al que hago referencia en la novela, que era una especie de biblia, cuyas obras se relacionaban unas con otras, como los vía crucis de las iglesias. En los interrogatorios que le hacen a Aponte cuando lo capturan, se ve obligado a describir el libro y reconoce que su mayor influencia desde el punto de vista ideológico proviene de lo africano, específicamente del imperio etíope. Parte de la relación bíblica de Salomón con la Reina de Saba y su descendiente, Menelik I, la dinastía salomónica de los etíopes. Traté también de rescatar un poco esa historia que no aparece en la biblia tradicional.»

—¿Cómo surge la idea del libro?

—De manera casual. Siempre me han gustado mucho las novelas de espionaje. Busqué en la historia de Cuba algo semejante a lo que uno encuentra en las novelas de John Le Carré, por ejemplo. Me topé con esta conspiración que siempre me pareció un período poco estudiado o, al menos, poco referido en la literatura.

«En el libro La conspiración de Aponte, de José Luciano Franco, conozco los personajes fundamentales involucrados en esta y percibo su verdadero alcance. Como mi interés era recrear las relaciones interpersonales basadas en la simulación, en el encubrimiento, esta conspiración vino muy a propósito para ese objetivo. Este tipo de relaciones genera un dramatismo muy interesante para cualquier novela, además de todas las cosas que le dan cierta textura novedosa, como la influencia etíope.»


—Para la realización de esta novela debiste emprender un gran trabajo investigativo, ¿cuánto tiempo te llevó la elaboración del texto?

—La escribí en un año aproximadamente. La investigación sí llevó más tiempo. Tuve la suerte de que el escritor de nuestra provincia, Yamil Díaz, me facilitó buena parte de la información, y me ahorró muchas horas de búsqueda. Encontré bastante bibliografía en internet, sobre todo porque en estos momentos se está digitalizando el Archivo de Indias, en España, lo que me dio acceso a muchos datos importantes, como las cartas de Salvador de Muro y Salazar, Marqués de Someruelos, Capitán General de la isla en esa época. También consulté el libro Los apellidos ilustres, de María del Carmen Barcia, entre otros.

—¿Hasta qué punto fue un reto enfrentarte a la figura de José Antonio Aponte?

—Sobre Aponte hay poca información. De los interrogatorios que le fueron realizados se conservan unos pocos; no existe ningún retrato suyo. Su libro de pinturas desapareció, solo poseemos la descripción hecha por él en los interrogatorios. Todo esto convierte en un desafío reconstruir esa figura. De hecho, su infancia, su relación con sus padres, con sus abuelos, todo es ficticio. Incluso, la conspiración, en gran parte, es inventada, por el secreto que rodea a esta serie de actividades.

—¿Qué compromiso representa para ti este premio?

—Nunca he escrito pensando en un premio. Lo hago buscando el placer estético, sobre todo. Busco que ese placer que yo siento al recrear los personajes, al verlos interactuar entre sí, se pueda comunicar a quien me lee. Siempre me ha importado más tener un público lector que un premio. Considero mi mayor compromiso seguir trabajando para las personas que quieran leerme.

BIBLE OF HELL O «LA BIBLIA PERDIDA»

BIBLE OF HELL O «LA BIBLIA PERDIDA»



Una polémica que abre otras aristas en torno a la investigación y la ficción histórica contenida en «La Biblia Perdida», del poeta, narrador, editor y crítico literario Ernesto Peña, autor de ese  texto inédito aún, y merecedor en 2009 del Premio Alejo Carpentier.

Tomado íntegramente de http://verbiclara.nireblog.com/


El señor Juan Antonio Hernández, embajador de Venezuela ante el Estado de Qatar, me ha enviado un mensaje, que aparece al final, donde acusa de plagio al escritor villaclareño Ernesto Peña, uno de los más destacados jóvenes literatos de la provincia de Villa Clara y que obtuvo recientemente el Premio Alejo Carpentier 2010, en novela, otorgado por la Fundación que lleva el nombre del ilustre intelectual cubano y la Editorial Letras Cubanas, con su obra “Una biblia perdida”. Vea además la entrevista que le hicieron José Ernesto Nováez Guerrero y Jenny Pérez, estudiantes de Periodismo: Ernesto Peña: "Me importa el público que me lee".

La respuesta de Ernesto no se ha hecho esperar y la publico con mucho gusto:


Un amigo me enseñó que es lúcido conceder segundas oportunidades a los desconocidos. Pero como el señor Juan Antonio Hernández no es un desconocido para mí, aprovecharé esta lamentable ocasión para enviarle un abrazo de amigo, y de paso, halarle las orejas. Digo que no es desconocido porque, aunque no le he tratado personalmente, su excelente obra Hacia una historia de lo imposible: la revolución haitiana y el “libro de pinturas” de José Antonio Aponte, inspiró algunos diálogos de mi novela y alumbró varias cuestiones relativas a la creación de personajes (como el memorioso Argos, ficticio espía del barón de Vastey).

Para usted, señor Hernández, mi gratitud y cariño. Gratitud que debo también a los historiadores cubanos, los doctores María del Carmen Barcia, Gloria García, Félix Julio Alfonso y al poeta e investigador Yamil Díaz; a los ibéricos, Sigfrido Vázquez Cienfuegos, Juan Bosco Amores Carredano, Felipe Abad León, etc. cuyos artículos e investigaciones también resultaron muy útiles en la configuración del ambiente de mi novela y la psicología social de la época en que se mueven mis personajes.

Después del tributo merecido, señor Hernández, quisiera pasar a la parte fea de su carta. Ante todo, es importante recordarle que soy escritor de ficción (o pretendo serlo) y no investigador e historiador del arte, como usted. Usted me acusa de plagio, olvidando que yo me apoyé en su investigación pero HICE una novela, no emití juicios de índole científica. Trabajé con escenas particulares (creadas por mi imaginación) donde inventé situaciones dramáticas, no llegué a conclusiones o resultados de examen. La ficción literaria —y esto lo sabe usted muy bien— tienen un fin diverso de la investigación histórica. Porque si usted me acusa de plagio por usar elementos de su investigación, entonces debemos acusar de plagiarios a todos los escritores de novelas históricas que realizan consultas de diversas fuentes para hacer verosímil la época que recrean.

Usted habla de “la apropiación indebida que hace de mi trabajo intelectual el señor Peña”, sin haber leído mi novela y basándose exclusivamente en entrevistas que concedí. Reitero: ¿He publicado yo una tesis doctoral y robado sus ideas, o hice una novela donde predomina la ficción y en la que aparecen sus ideas de manera indirecta? Y una vez más, ¿es razonable comparar una novela y un libro de historia?

Quienes me conocen saben que nunca he quitado crédito a quien lo merece. Dígame en qué parte de las entrevistas concedidas a La Jiribilla y a Vanguardia afirmo que todo lo que expongo fue el fruto de una tesis mía o algo semejante. Que fui yo el descubridor de esos contenidos que usted desarrolló y defendió con éxito? Por temor a equivocarme, releo en La Jiribilla y me cito: “la mayor parte de la información que compilé…”. Compilé, señor Hernández. Es decir, las fuentes (su tesis doctoral, entre otras) existían previamente. ¿Acaso no consultó usted también a Palmié y a José Luciano Franco, al igual que yo? ¿No se apoyó en el excelente trabajo de trascripción hecho por Jorge Pavez? ¿Quién parte de la nada hoy día?

En otra parte digo:

“En la novela, juego con la posibilidad de que el influjo más significativo sobre Aponte partiera del barón De Vastey, erudito pensador de la corte de Henri Christophe”.

Lo anterior, lo sugirió usted en su libro y yo lo ficcioné inventando un enlace entre Aponte y el barón: el espía Argos.

Tal vez mi error, lo que ha creado el malentendido, es no haber mencionado su nombre. ¿Se trata de eso, señor José Antonio Hernández? ¿No dije que lo “curioso” de mi novela histórica, en cuanto a ideología, se lo debía a su obra? ¿Por esa omisión en una entrevista merezco sus insultos? ¿Por esa causa pretende usted aplastarme con su evidente erudición? Porque si yo debo contestarle (como si fuera un escolar) una pregunta de carácter histórico, a usted que es especialista en el tema, entonces yo tendría derecho a preguntarle: ¿Qué sabe usted de la infancia y la adolescencia de Aponte, que yo INVENTÉ en mi novela? ¿Qué sabe del carácter del pulpero Chacón y de las reflexiones del marqués de Someruelos? ¿Cuánto conoce usted la psicología del interrogador José María Nerey, uno de los protagonistas de mi obra?

Yo como escritor aprendo rápido (y quizás debido a ello se me escapen pormenores históricos) porque mi propósito no es el conocimiento científico sino la creación de situaciones dramáticas.

En cambio, usted me acusa de plagiario, saqueador y descarado. Es penoso que un embajador y un intelectual de su calidad se exprese públicamente en tales términos sin haber solicitado explicaciones, o al menos un pequeño encuentro privado con el blanco de sus agravios.
Esto que lamentablemente hago público (porque usted no me concedió otra alternativa), pudiera habérselo comunicado mediante un mensaje privado. Pero usted quiso de antemano que la bola de nieve echara a rodar. Espero que en beneficio de ambos. Pero en caso inverso, sepa que yo no le guardo rencor. Todo lo contrario, anhelo que mis palabras disuelvan este malentendido y si algún día tengo el placer de encontrarle personalmente, no me niegue usted un estrechón de manos.
Con afecto, Ernesto.

PD: Le digo de antemano que no continuaré esta plática sin sentido.
Santa Clara, marzo de 2010.


Mensaje de Juan Antonio Hernández:

ACUSO DE PLAGIO AL SEÑOR ERNESTO PEÑA, GANADOR DEL PREMIO “ALEJO CARPENTIER” POR LA NOVELA “UNA BIBLIA PERDIDA”.

Me he apartado, brevemente, de mis obligaciones como embajador de Venezuela ante el Estado de Qatar, para escribir esta carta. La indignación de diversos amigos, conocedores de mi trabajo académico sobre la figura histórica de José Antonio Aponte, hizo que llamaran mi atención sobre ciertas declaraciones formuladas por el señor Ernesto Peña a propósito de una novela suya, “Biblia perdida”, la cual obtuvo, recientemente, el Premio “Alejo Carpentier”. Respondo, por tanto, con esta nota, a esa inquietud de amigos muy queridos, manifestada a través de correos electrónicos y llamadas telefónicas. Casi todos ellos pertenecen al ámbito académico y de la cultura en general.

En lo que sigue voy a sustanciar, con diversos ejemplos, la apropiación indebida que hace de mi trabajo intelectual el señor Peña. No lo hago con el propósito de exponerlo a la vergüenza pública o de exigirle compensación alguna por derechos de autor. Lo hago por amor a la verdad, un tipo de amor que alguien dedicado a escribir novelas históricas debería comprender.

Mi trabajo sobre la revolución haitiana y el “libro de pinturas” de José Antonio Aponte se encuentra disponible, desde el 2005, en internet. Dicha publicación electrónica es parte de las políticas de la Universidad de Pittsburgh en torno a la divulgación de las tesis doctorales producidas en esa casa de estudios. Dicha versión puede consultarse en:

http://etd.library.pitt.edu/ETD/available/etd-04172006-152726/unrestricted/VersionFinal1.pdf

Dos miembros de mi jurado de tesis, John Beverley y Gerald Martin, ampliamente conocidos en Cuba y América Latina, fueron testigos del arduo trabajo que culminó en ese texto con el que obtuve mi Ph.D en el 2005. Tengo conmigo, incluso, diversos correos electrónicos que atestiguan que, al menos, desde el 2000, he estado trabajando en torno a la llamada “conspiración de Aponte”. Por si no bastase lo anterior mi ex colega y amiga, Susan Buck Morss, seguramente recuerda las conversaciones que tuvimos sobre el “libro de pinturas” cuando fui profesor en la Universidad de Cornell, entre el 2005 y el 2007.

 Desde el 2006 parte de mi tesis doctoral forma parte del prólogo de una reedición de “Las conspiraciones de 1810 y 1812” de José Luciano Franco, la cual está por aparecer en la prestigiosa Biblioteca Ayacucho de Venezuela. Por último, en el 2008, el Premio Casa de las Américas me honró con una mención especial, en la categoría de ensayo histórico social, con “Hacia una historia de lo imposible: la revolución haitiana y el libro de pinturas de José Antonio Aponte”.

Dicho lo anterior pasemos a las declaraciones, verdaderamente insólitas, del señor Peña.

Lo declarado por este señor puede leerse, hasta donde conozco, en tres lugares en internet. La magnífica página “La Jiribilla” y en dos blogs, “AloCubano” y “VerbiClara”. Veamos lo que dice al principio de una de las entrevistas, publicada por “La Jiribilla”, en su edición del 11 al 21 de febrero de este 2010:

“José Antonio Aponte concibió su Libro de pinturas como una suerte de Biblia. Empezaba con imágenes ilustrativas de los versículos del Génesis, la creación del mundo y el hombre, al igual que el Antiguo Testamento. Pero más adelante, en vez de relatar las experiencias del pueblo hebreo, Aponte pinta algunas vicisitudes y personajes del imperio etíope y del llamado Batallón de Morenos Leales de La Habana. O sea, hace una versión de la historia sagrada y militar de la raza negra en África y en Cuba. O al menos intentó hacerla. Él fue ejecutado en 1812 y su Libro de pinturas desapareció”.

http://lajiribilla-habana.cuba.cu/2010/n458_02/458_61.html (énfasis nuestro).

Diversas secciones de mi tesis doctoral están dedicadas a describir la presencia del Génesis y de elementos del Antiguo Testamento en el libro de pinturas de Aponte. Cualquiera que revise la página 183 o la 192, para tan sólo citar dos entre decenas de ejemplos, encontrará, palabras más, palabras menos, exactamente lo que Peña dice que es fruto de su investigación histórica. Con respecto a la presencia de lo que llamo, a falta de un mejor término, el “etiopecentrismo” del libro de pinturas de Aponte y las representaciones del batallón de Morenos Leales de La Habana, sólo voy a citar, por ahora, el encabezado de una de las secciones de mi trabajo:

“3.3 EL PRESTE JUAN ETÍOPE. REPRESENTACIÓN DE LA DEFENSA DE LA HABANA EN 1762. HOMENAJE DE CARLOS III A LOS MILICIANOS NEGROS. UN ROSTRO “DEMASIADO TRIGUEÑO”DE FELIPE V. UN CARDENAL Y UN BIBLIOTECARIO NEGROS ACOMPAÑAN AL PAPA. ELEMENTOS ETÍOPES DEL “LIBRO DE PINTURAS”

El anterior subtítulo de mi tesis encabeza los contenidos que van desde la página 181 hasta la 208. Invito a los que me leen a que se paseen por esas páginas siguiendo el link de la Universidad de Pittsburgh que ya he referido. Si alguno de ustedes tuviera la paciencia para hacerlo y emprender el respectivo contraste con lo que dice Peña, a lo largo de su curiosa entrevista, advertiría, de inmediato, el saqueo que hace este señor de mi trabajo.

Más adelante, en sus declaraciones a “La Jiribilla”, prosigue Peña:
“La mayor parte de la información que compilé sobre Etiopía o Abisinia no la usé en la novela. Los discursos y libros sobre Egipto y Abisinia dejaron mayor huella en las colonias francesas e inglesas —al menos en la época en que transcurre mi relato—, y crearon lo que con el tiempo se convirtió en el movimiento rastafari.

En la novela juego con la posibilidad de que el influjo más significativo sobre Aponte partiera del barón De Vastey, erudito pensador de la corte de Henri Christophe. De Vastey se afanó en refutar los argumentos que justificaban la inferioridad de la raza negra. Asimismo, intento resaltar dos aspectos de la ideología del barón: El pueblo etíope, y por extensión todos los descendientes de africanos, tuvieron un pasado glorioso, representado en el Kebra Nagast (o Libro de la Gloria de los reyes).

Los etíopes son una rama del pueblo elegido, pues Menilek I era hijo de Salomón, según se cuenta, y llevó el Arca o Tabernáculo de la Alianza desde Jerusalén hasta Etiopía, tras lo cual convirtió a su nación a la fe judía, muchos años antes del nacimiento de Jesús. A estos dos elementos añadí las conjeturas sobre el origen y significación de las vírgenes negras (como la Virgen de Regla) diseminadas en diversos santuarios europeos y africanos”.

Invito al lector de esta carta a retornar a la cita anterior cada vez que se encuentre con fragmentos de mi trabajo en lo que sigue. En todo caso y para enfatizar el descaro de lo dicho por Peña, en el pasaje arriba citado, voy a recoger, en extenso, algunos fragmentos publicados en mi tesis del 2005. El primero relacionado con el tema del lugar del libro de pinturas de Aponte dentro de una genealogía del movimiento rastafari:

“Ciertas evidencias hacen posible pensar el libro de Aponte como integrado a un vasto proceso de resistencia cultural el cual conducirá, después de muy diversos avatares, a la muy posterior conformación de la gran corriente Pan-africanista de Marcus Garvey e, incluso más tarde, a la creación del movimiento Rastafari a escasas millas de Cuba. Esto, por supuesto, nos remite a un sistema afrocaribeño de resistencia político- cultural cuyas ideas e imágenes- propias de un “abolicionismo desde abajo”- circulaban, durante la época de Aponte, a través de los diversos puertos de la región” (pág. 247).

El segundo fragmento recoge mi planteamiento sobre la importancia de hacer un estudio comparado entre la figura de Aponte y la del Barón de Vastey. En mi tesis propongo esta comparación para cuestionar la analogía que establece Stephan Palmié (uno de los estudiosos más serios del libro de pinturas) entre Aponte y William Blake:

“Particularmente atractivas resultan las afinidades, trazadas por Palmié, entre la “Bible of Hell” de Blake y lo que sabemos del “libro de pinturas” de Aponte. Pero las pinturas del libro de Aponte pudieran tener una conexión mucho más inmediata, desde el punto de vista de la proximidad geográfica. Estoy pensando no sólo en las escenas de la mitología griega, pintadas por Francisco Velásquez, en el palacio del Rey Christophe, en las que los personajes eran representados como negros. Además de este dato - altamente significativo para nuestra comprensión del clima cultural propiciado por el reinado de Henri- está la obra del más importante de los intelectuales de Christophe: Barón de Vastey “(pág. 221).

Cualquiera puede encontrar, en las páginas de mi tesis, unas 19 referencias explícitas al Barón de Vastey. Reproduciré, abajo, otras dos:

“Dos temas dominan la obra de De Vastey: la defensa de la revolución haitiana y la apología de África (y de los descendientes de africanos) dentro del contexto de la historia universal. Coetáneo de Aponte, De Vastey fue un formidable polemista cuyas ideas merecen ser comparadas con lo que conocemos del afrocubano. Consideremos, rápidamente, las observaciones que, dentro de su polémica con Mazères (un apologista de la esclavitud) hace en relación con la representaciones visuales de tipo religioso en el Haití de Christophe: “Nuestros pintores haitianos representan a Dios y a los ángeles como negros, mientras representan a los demonios como blancos” (Vastey, 1818, 26). ¿No se trata, acaso, de representaciones cuyo desafío al orden simbólico de la esclavitud y el racismo pudo haber llegado a los ojos u oídos de Aponte a través de los canales de comunicación que Julius Scott denominó como ‘the common wind’?” (pág.221).

O esta otra, absolutamente pertinente para compararla con lo declarado por el señor Peña:

“Citando el Génesis (a favor del monogenismo), Esopo y Virgilio, Abisinia y Egipto, la destrucción de la Biblioteca de Alejandría, las crónicas del Inca Garcilaso de La Vega, los aztecas, Cartago, Tebas, Memphis y Babilonia, Sócrates y Séneca, junto con imágenes de “Lost Paradise” de Milton, De Vastey sostiene que el lugar del origen del hombre es africano y que África ha sido el punto de partida de todas las civilizaciones. Paralelamente –y utilizando un argumento similar al del Walter Rodney, siglo y medio antes- el Barón De Vastey plantea que el tráfico esclavista ha “subdesarrollado” a África. Cierto tipo de historicismo, fundado en el relato del auge y caída de los imperios, de las guerras y conquistas de la antigüedad, es usado por Vastey como arma antirracista, mostrando que, durante la época de las grandes civilizaciones africanas del pasado, los europeos se encontraban en un estado de abyecta “barbarie”. Dicho historicismo antirracista –en este caso ligado a la ideología del Estado de Christophe- adquiere gran potencialidad política, dentro del contexto de finales del XVIII y principios del XIX” (pág.222).

A la luz de lo anterior, me permito una pregunta al autor de “Biblia perdida”: ¿En qué lugar, señor Peña, de la obra del Barón de Vastey, se encuentra la referencia al Kebra Nagast? ¿En Le Système Colonial Dévoilé de 1814 o en Cri de la conscience, de 1815? ¿En Essai sur les causes de la révolution et des guerres civiles d’Hayti, de 1819 o en Le cri de la patrie, de 1807? ¿O acaso será en Réflexions politiques, de 1817 o en Réflexions sur une lettre de Mazères, de 1816? Conozco, perfectamente, la respuesta a esta pregunta, dado que, desde hace bastante tiempo, estoy trabajando, con Luis Duno Gottberg, en una traducción de las obras completas del Barón de Vastey al español.

Pero quisiera brindar a Peña la oportunidad de deslumbrarnos con el erudito conocimiento que debe tener de la obra de este intelectual de la corte de Christophe, se trata de un conocimiento indispensable para poder vincularlo con Aponte: ¿en cuál de estos textos, señor Peña?
Quisiera enfatizar que hay, al menos, ocho menciones distintas en mi trabajo a la Reina de Saba y unas 30, aproximadamente a Etiopía o Abisinia. Unas ocho a Menilek I y unas 10 referencias a la Virgen de Regla, relacionándola con los imaginarios de las vírgenes negras y el “etiopecentrismo” de Aponte. Otros ejemplos que resaltan la apropiación indebida de Peña:

“…al final de la descripción de la pintura 14 aparece Menilek (“Miguelet” es, sin duda, un error del escribano) el mítico fundador de la “dinastía salomónica” etíope. Se trata de una referencia fundamental que expresa, además, la cuestión de la antigüedad y continuidad del Estado etíope y su relación con la cultura judeo-cristiana: Menilek, de acuerdo con una leyenda que persiste hasta hoy, habría traído consigo, desde Israel, el Arca de la alianza para resguardarla en Etiopía. Esto aparece, claramente, al final del último pasaje que hemos citado de las declaraciones de Aponte” (pág. 189).

O esta otra referencia a los emperadores etíopes:

“Recordemos, ante la cita anterior, la apropiación hecha, por la llamada “dinastía salomónica”, del legendario encuentro entre la reina de Saba y el rey Salomón, padres, de acuerdo con la leyenda, de Menilek. Este último, como hemos visto, sería el iniciador, siguiendo con el relato fundacional etíope, de una monarquía que persistiría, a lo largo de los siglos, hasta llegar a Haile Selassie. El puente, cruzado por la reina de Saba, formado “...con maderos qe. havían de servir a la redención...”, es un elemento que sirve para enfatizar la continuidad (y, por tanto, la legitimidad) entre la tradición salomónica y la cristiana a partir del nacimiento del primer “Preste Juan”, Menilek” (pág. 199).

Para finalizar, también quisiera resaltar el robo descarado, por parte de Peña, de lo que sostengo en mi tesis sobre la Virgen de Regla. Cito tan sólo un ejemplo:

“…ya hemos destacado la vinculación, establecida por Aponte, entre la imagen del Preste y la de la Virgen de Regla. Ambos aparecen asociados por intermedio de una misma representación de la “Justicia” que aparece acompañando, en dos momentos distintos del libro, a ambas imágenes. Se trata de una compleja constelación en la cual el descendiente etíope de Salomón y una virgen negra, (celebrada por Aponte a través de un conocido pasaje del Cantar de los cantares) parecieran formar parte de un ordenamiento teológico-político africano tan legítimo, por lo menos, como el de las monarquías europeas”(pág. 250).

Las otras declaraciones de Peña, tanto en “AloCubano” como en “VerbiClara”, no hacen sino reiterar, con ligeras variantes lo que ya hemos visto. Acaso, me permito especular, tales declaraciones no fueron otra cosa que un torpe intento por resaltar la “originalidad” de su novela. ¿No era mucho más sencillo y honesto hacer lo que practica la vasta mayoría de los que escriben novelas históricas y reconocer la investigación en la que se basa “Biblia perdida”? Salvando todas las distancias del caso, alguien como Vargas Llosa no tuvo problema alguno en reconocer el trabajo de Norman Cohn como parte de la preparación para “La guerra del fin del mundo”. García Márquez hizo lo mismo con la obra de diversos historiadores que le sirvieron de sustento a “El general en su laberinto” y pare usted de contar.

Todo lo que he documentado, en esta larga carta, da vergüenza ajena. Sin embargo, por una cuestión de principios, he dirigido esta carta no solamente a usted, Ernesto Peña, sino también a diversas figuras intelectuales y del mundo de la cultura para que lo ocurrido pueda ser objeto del más amplio debate público. A usted no le reclamo tan sólo que haga un mínimo reconocimiento de mi trabajo investigativo. Me parece, además que, dándole la cara a los diversos destinatarios de esta comunicación (John Beverley, Gerald Martin, Fernández Retamar, el Presidente de Biblioteca Ayacucho, la gente de la UNEAC y muchos otros), usted debería aclarar toda esta situación tan deplorable, particularmente a la luz de la hermosa tradición, de lealtad y amor, que une a la República Bolivariana de Venezuela con Cuba.

Juan Antonio Hernández
Doha, febrero del 2010


BALLAGAS ENTRE DOS AGUAS

BALLAGAS ENTRE DOS AGUAS

Por Luis Machado Ordetx


Fragmento de un capítulo de «Ballagas en sombra», Premio Fundación de la Ciudad de Santa Clara, 2009, en el género de ensayo. Cartas a Severo Bernal Ruiz testimonian aspectos relacionados con la impronta de Emilio Ballagas Cubeñas [Camagüey, 1908-La Habana, 1954], considerado un relevante escritor cubano del pasado siglo.



 «[…] el instinto de la muerte y el sentido de culpa llega a ser aparente…» 

   H. Marcuse

Desde el más extraño de los territorios cubanos o extranjeros, en disímiles momentos, surgió una extensa, aclaratoria y sugerente mensajería, dirigida a Santa Clara por amigos, admiradores o conocidos de Severo Bernal Ruiz; y escritos contenían en reclamos por acentuar una referencia, tal vez sencilla, sobre la obra poética y literaria de Ballagas; así los comentarios al margen de lo sensato e informal tienden a ilustrar argumentos, como archivos de noticias.

Esas valoraciones convidan a una explicación despojada de cualquier otra duda o confusión, y deslindan aspectos relacionados con el contexto espiritual, individual y creativo en que se desenvolvió el poeta camagüeyano.

El viernes 21 de junio de 1946 Gilberto Hernández Santana, antes de viajar a México, territorio en el que pretende organizar la revista y el Grupo Uliysses, escribe desde La Habana,1 y precisa: «[…] Ayer anduve con Emilio. Prometió darme unas cartas para allá. Gozamos muchísimo. Él piensa ir el día 27 a Villaclara y luego se va para los EE.UU. ¿Qué te paíce  (1)

De la aparente sugerencia hay un traslado a la literatura, el recuerdo y la promoción cultural; así se distingue en otra carta que remite Carilda Oliver Labra; es viernes 4 de febrero de 1955, y desde Matanzas solicita apoyo para la realización de las tertulias que programará el Ateneo Cultural y otras instituciones de esa ciudad dispuesta a honrar a Ballagas, quien recién acaba de fallecer.

En mayo de 2007, Oliver Labra era más enfática al recordar al poeta: «Sobre Emilio Ballagas, ya que lo preguntas, siempre hay mucho que hablar […] Era un hombre sin envidia, sin rémoras de ningún tipo; amaba mucho la poesía, era un credo que tenía, y su poesía ha dejado una estela. Yo recuerdo que Dulce María Loynaz, a quien no conocía entonces, pero conocí después, tenía un especial sentimiento, una admiración. Me decía de los nuevos, entonces, él era nuevo respecto a ella, por supuesto, me decía ella que de los nuevos, era el más estimable, el más sincero, un verdadero poeta, quien no tenía influencias; que esto y que lo otro […] el último que me habló mucho de Ballagas fue Mario Benedetti, fecha en que tuve el gusto de que viniera a mi casa y también el placer de presentarlo en el Teatro Sauto, en la Atenas de Cuba, durante la visita que hizo a Matanzas y el recital que ofreció allí. O sea, que Ballagas disfrutaba del favor y de la preferencia de muchos grandes poetas. No puedo decir nada de su vida, ni de su obra en sí, y es una fatalidad; porque, puedo decir con la humildad que ofrece mi testimonio, que ese poeta es uno de los más grandes de Cuba.»

Otro documento inédito: Dulce María Loynaz cursó una carta a Bernal Ruiz en la que responde a los afirmativos criterios que vertió Ballagas en reciprocidad a la calidad de Juegos de Agua; la poetisa no tardó en acusar recibo tras el regreso de la finca Nuestra Señora de las Mercedes, en las cercanías de La Habana. La remitente indica: «Entonando la voz de Ballagas», martes 23 de octubre de septiembre de 1956:

«Mi memoria es mala y como realmente recibo más correspondencia de la que puedo atender, como merecen los que me hacen la merced de escribirme, me sucede a veces que no recuerdo si determinada carta fue atendida por mí en su oportunidad.

«En la duda prefiero hacerlo ahora, pues es mejor repetir la gratitud que callarla; y a UD. le estoy agradecida por la atención que ha tenido enviándome ese juicio privado de nuestro Emilio Ballagas, que como bien dice, tiene aún más interés por haber sido formulado, no al imperativo de las circunstancias, sino espontáneamente en carta a un amigo que yo no habría de leer, gracias de nuevo por su gentileza; estrecha su mano y guardaré su carta […]»

Más decantadas son las respuestas de Sergio Pérez Pérez, residente en Caracas. El lunes 15 de febrero de 1971, detalla reflexiones de La poesía de Emilio Ballagas, de Rosa Pallas (1973). Ese texto, de apenas en 60 páginas, provocó refutaciones de Antolín González del Valle, en testimonio que desde Carolina del Norte, en Estados Unidos, “desmiente” los puntos de vista tocados por la investigadora en validaciones teóricas asesoradas por el también cubano José Olivio Jiménez.

Dice Pallas:

 «[…] el 25 de septiembre de 1935 lo detiene la policía y lo acusa de comunista por haber recibido un cablegrama de Máximo Gorki. Al preguntarle el fiscal si es comunista, Ballagas responde con voz temerosa; —No, señor; me dedico a la poesía […] El poeta empieza a tener miedo. Su vida se ve encerrada en un círculo sórdido. Su poesía empieza a recoger acentos amargos […]» (Pallas, 1973: 44).

No hay constancia documental, al menos ahí, del cablegrama de Gorki, y mucho menos de la comparecencia ante los Tribunales por contactos profesionales o públicos con comunistas. En la búsqueda de los principales periódicos villareños que circularon por entonces, y en los expedientes de Urgencia, toda referencia es nula. Eso da a entender, como conclusión, que ¿el cablegrama y la detención constituyen subjetividades aportadas por las fuentes consultadas por la autora? Cierto es que: La sección «De la Hora de Ahora» (Carteles, 1935), publica una fotografía de Ballagas, tomada por Funcasta, al estilo closep-up, que explica en pie de grabado: «DETENIDO: Emilio Ballagas, uno de nuestros poetas más notables, que fue detenido la semana pasada bajo la acusación de haber recibido un cablegrama del genial novelista Máximo Gorki.»

Por esa época, después de la toma de posesión de la Cátedra de Literatura Española y Gramática en la Escuela Normal para Maestros, Ballagas aprecia ver si no cabe mejor valora al país tras la abrupta caída de Machado. Son tiempos en que el pedagogo interviene en los conflictos que ocurren en el plantel donde ejerce como docente, y donde estudiantes del Ala Izquierda exigen la presencia de un profesorado honesto. Es un corto período que, por su juventud y ningún vínculo con la política corrupta, el escritor es nombrado director interino; eso dura poco tiempo: algunos estudiosos creen que asumió la dirección del plantel; así afirma, por ejemplo, Daer Pozo Ramírez en una breve cronología adicionada a Memorias de Blancolvido —publicado por ediciones Holguín en 2004—; cosa no cierta, pues tal nombramiento de la Secretaría de Educación y Cultura jamás fue aprobado, y después de unas semanas en el cargo, el poeta retomó sus clases de Gramática y Literatura Española.

Blanca Colina Paz, y también Antonio Florit García, corroboran que, el viernes 12 de marzo de 1937 durante la reunión constitutiva del Partido Unión Revolucionaria en Las Villas, efectuada en el Teatro Martí, en Santa Clara, Ballagas figuró entre los dirigentes electos para ese encuentro; pero el miércoles 25 de agosto de 1937, ocasión de designarse por votación directa el comité provincial del Bloque Revolucionario Popular —integrado por los Partidos Asociación Unión Revolucionaria y Organización Auténtica—, no se insertó en las boletas el nombre del camagüeyano. Las causales son desconocidas. A partir de esa fecha Ballagas viajó a Francia.

De similar modo, González del Valle no duda de los afectos de Ballagas y otros intelectuales cubanos hacia Juan Ramón Jiménez, y mucho menos que el español acogiera al camagüeyano en las reiteradas visitas; sin embargo, en conclusión no desatinada, tras revisar correspondencias redactadas a máquina o en cursiva por el autor de “Elegía sin nombre”, el pedagogo villaclareño detecta la improvisación en las firmas. Nadie duda del tono burlesco, casi irónico, con que Ballagas transfirió en reiterados momentos los envíos de documentos dirigidos a los amigos; tal vez eso pierda un poco la observancia de críticos: cambia identidades del remitente, deforma o altera caligrafías en trazados del tipo «Palmer»; mientras otras logran perfección y acabado de escrituras.

Acota González del Valle, y es una especulación que permite seguir rebuscando, que la epístola de Juan Ramón Jiménez jamás existió, y en el peor de los casos fue redactada por Ballagas, cosa última muy probable.

Nadie pone en tela de juicio que en toda carta persiste un sistema de signos; especie de código lingüístico, hecho que atribuye la existencia de otro documento de ese tipo facilitado por Bernal Ruiz; aquí la trascendencia va hacia aspectos no divulgados de la inusual polémica Ballagas-Buesa; todavía no esclarecida del todo por los investigadores de uno y otro autor. Todo tiene relación con el “Poema del renunciamiento”, el más reconocido de y por José Ángel Buesa [Cruces, Las Villas, 1910-República Dominicana, 1982], en el espacio de “penetración en la metáfora” de cómoda lectura en sus significados y significantes. Desde el momento en que apareció por primera vez ese texto recogido en Babel (1936), y luego en la versión definitiva de Oasis (1943), tras ligeros cambios que incluye el escritor en el discurso y la puntuación incorporadas a los versos referidos a un amor secreto, persiste cierto cotilleo inconcluso en parte de la crítica y en los aplausos de los lectores o los oyentes de la recitación.

Todo guarda vínculo con el poema “Mon âme a son secret…”, soneto que está en Mes hueres perdures (1833), del romántico Arvers, de quien Ballagas hace un recordatorio, en el Diario de La Marina, justo en el año del centenario del natalicio de ese poeta, y aprovecha el instante para presentar una traducción al castellano a partir del texto original, y mostrar de ese modo una intencionalidad tendente al plagio.

Los críticos advierten que las semejanzas entre los dos poemas no son del todo insignificantes, y por tanto alejadas de desestimación: resulta que Buesa, quien siempre mostró serias preocupaciones por la impugnación —nada desacertada— de Ballagas en Año Bisiesto (1981), persiste en mencionar el ardid “malintencionado” del camagüeyano deseoso de apuntarse popularidad entre sus lectores al comentar la obra literaria de Arvers y significar particularidades de su antológico y perfectivo soneto.

El misterio nadie lo sabe; los dos involucrados fallecieron: Ballagas fue categórico en el Diario de La Marina, y Buesa, desde el silencio, siguió replicante y reiterativo hasta un año antes de morir; así lo refiere en su Autobiografía. La prensa villaclareña recogió en sus páginas el surgimiento de la disputa teórica entre Buesa y Ballagas en un período previo a la celebración del centenario de Arvers ((1806-1950), y luego las referencias se apagaron de inmediato; todo ocurrió cuando el primero de los contendientes formuló en 1936 sus apreciaciones conceptuales en “Decadencia de la poesía: responso al vanguardismo” y “Renacimiento de la poesía”, conferencias impartidas en las sesiones del Club Umbrales; y el segundo ripostó de manera oral hasta que, después en 1943, esgrimió los fundamentos de “Castillo Interior de Poesía”, asidero de los posteriores cauces estéticos. Por tanto, es de inferir que, desde los tiempos de estancia en Santa Clara, eran creadores que transitaron por sendas opuestas en la literatura, y también en la amistad.

Tendría que apuntar, tal como sustentan algunos coetáneos, un destierro de toda ínfula “malintencionada” de Ballagas, propenso, sobre todo, a escaparse de los dimes y diretes propios de la polémica. Su personalidad, incluso, no era propicia al enfrentamiento de la palabra oral o escrita ¿Qué interés lo impulsaría a gozar de una efímera popularidad como crítico sancionador?: ninguno; ¿Qué ganaría con eso?: nada. Sin embargo, queda claro, Buesa no cejó en justificar la calidad del poema; su originalidad, y decía que estaba alejado de todo signo comparativo y de resonancias plagiadoras; como el que desea esgrimir un escudo protector ante posibles detractores.

El jueves 28 de enero de 1971 Buesa escribe a Hernández López, y es categórico desde su punto de vista:

«[…] En cuanto a Ballagas, y a su renombre internacional —que lo tuvo— fue por su adherencia a la moda de la poesía negra, poesía que fue liquidada entre nosotros por completo, pero no así en otros países […] Te repito que, al menos que yo sepa, Ballagas nunca publicó lo de Rega Molina,20 sino lo de Arvers. Lo mismo pudo haber aludido a docenas de poemas y sonetos, a escoger, en los que se desenvuelve el mismo tema, tanto de poetas hispanoamericanos y españoles, como de otros idiomas.

Pero sucede que los temas poéticos no pertenecen a nadie, y menos si son de amor. La cuestión es el enfoque, el tratamiento poético […] Por suerte, aunque el Poema del Renunciamiento, ya no es el más popular de los míos, sino El Poema de la Culpa, (9) que, por otra parte, es el mejor en muchísimos aspectos. Y hasta ahora —hasta ahora—, nadie ha salido a disputarme su paternidad. Lo que sí ha sucedido con frecuencia, (10)verificar esta coma es que lo firmen otras personas, dándolo por suyo. O que lo impriman en disco, atribuyéndoselo a quién sabe quién. «Pero nada de eso me quita el sueño, como podrás comprender […]»6

Los comentarios y suposiciones huelgan en medio de esa singular diatriba y de las bifurcaciones zigzagueantes en las que se movió el escritor camagüeyano en el curso de su creación literaria, periodística y pedagógica, incluida, además, la existencial y de reposo hogareño y eterno. Otras cartas de amigos, y hasta de enemigos de Ballagas, dirigidas y conservadas durante años en el archivo de Bernal Ruiz, tienen una obligada referencia al autor de Sabor eterno (1936-1939), el primero de los más grandes libros polémicos en los que se inserta un poeta tentado por los quebrantos espirituales y sociales; sin embargo, tienden a la intrascendencia aun cuando resaltan los logros estéticos que consagró a la perpetuidad.

A pesar de todo lo que pueda decirse, incluso añadirse en interpretaciones teóricas de todo tipo, en testimonios y documentaciones, quizás Ballagas esté sentado, como una perpetua sombra, en algún cruce de caminos estelares en espera de otra epístola de un amigo jamás ingrato.

    NOTAS

1 Carta mecanografiada, enviada a Bernal Ruiz desde Marianao, en La Habana, el viernes 21 de junio de 1946.
2 En agosto de 1946 Ballagas embarcó hacia los Estados Unidos, pero antes estuvo en Santa Clara para ultimar detalles del viaje, así como la permanencia del declamador en el apartamento que tenía rentado en esta ciudad.
3 Declaraciones de Carilda Oliver Labra sobre la personalidad y la obra de Emilio Ballagas Cubeñas ofrecidas, a solicitud del investigador, el viernes 11 de mayo de 2007, (inéditas).
4 Testimonios de la Doctora en Pedagogía Blanca Colina Paz, y del profesor de Historia Antonio Florit García, residentes en Santa Clara, y graduados en la Escuela Normal; cursos 1946 y 1953, respectivamente (Archivo del autor, martes 11 de junio de 2008).
5 EMILIO BALLAGAS (1950): «Del traducir y enajenar», en Diario de La Marina, La Habana, 8(279): 4, viernes 24 de noviembre; EMILIO BALLAGAS (1951): «Del trocar y el contrastar III», en Diario de La Marina,  La Habana, 119(35): 4, sábado, 10 de febrero.
6 Conservado el original en el Archivo del declamador Bernal Ruiz a partir de la donación del Scrap Book que dejó en 1975 Hernández López. El autor dispone de fotocopia con la firma contrastada de José Ángel Buesa.







POESÍA DE DUALIDADES

POESÍA DE DUALIDADES

Palabras de presentación del poemario Concluso para sentencia, de Iliana Aguila Castillo; Museo de Artes Decorativas, 19na Feria Internacional del Libro, Santa Clara viernes 26 de Febrero de 2009

Por Luis Machado Ordetx


El poema resume una invitación, un viaje, un retorno a la tierra natal, como presagió Octavio Paz, y esa recurrencia, es soplo de afinidad, de percepción exaltada en los versos contenidos en Concluso para sentencia, un libro que, por su estructura y totalidad latiente, brinda una acumulación testimonial que transita desde la figurada imaginación hasta el instante que se recrea o capta el desenvolvimiento del hombre inserto en un fragmento de la realidad.

Tal vez los Seres de Luces que custodian a Iliana Aguila Castillo, la autora del poemario, dejaron una impronta desde aquella iniciación en que decidió gestar y amontonar historias dotadas de segmentos insustituibles de la realidad histórica que describe a partir de la confesión y la intimidad.

Brotó entonces un dictado, una oración, presagiada por el conjuro de la mañana, por el murmullo de la gente, el hallazgo de lo extraño y el latido de las tonalidades que ciñen sus sensaciones. De ese modo, y no de otro, la poetisa concibe el trazado como experiencia documentológica de supuestos delitos o infatigables querencias en medio de una fe particular que acecha al hombre durante un segundo de revelación espiritual.    
  
Ahí plasmó la pasión por “Las Evidencias”; los “Presuntos Culpables”, y “Las Pruebas” finales exhibidas en torno a aquellos hechos devenidos en reflexión y argumento ceñidos al contraste y la historia testimonial que recuenta desde la óptica de la poesía.

Una mirada al instante que escapó; también ese que está por venir y aquel que humildemente imagina por transcurrir, sustentan un destello, una declaración insustituible. En la apertura del poemario, expone que las mujeres “están bendecidas por el agua”, y al final del texto, rebusca en la avidez inalterable de la existencia humana y su derecho a imaginar y procurar la esperanza sin límites de fronteras y tiempos.

Con sencillez expresiva, sin dejar de regodearse en el contoneo de los símbolos, los 40 poemas que integran Concluso para sentencia ofrecen un detenimiento contrastante que va desde el recreo al nada nostálgico universo familiar, el entorno citadino de una “Ciudad que regala a sus hijos/ lo que le ha sido negado”, hasta adentrarse en los desafíos que entraña el aplatanamiento del emigrante en otras tierras sin que por eso abjure de la liturgia intrínseca por lo propio.

Hay una posibilidad, y se logra, de reconstruir escenarios despojados de la invención de un gesto falso. También descubre en lo observado la imagen precisa que denota un símbolo que destierra el doblez de la palabra, y con esa particularidad, el poemario tiende a edificar un apego a la  servidumbre de la memoria mágica que se enfrenta a la soledad del hombre. En la búsqueda por los valores que la sustentan, resurge el sustento y la comprensión de cuántas diferenciaciones y similitudes persisten en unos u otros semejantes.

Esa unidad de contrarios, del pasado que también es futuro, gravita en persistencia cuestionadora por el recuerdo, y en signo de querencia latiente, resucita un desahogo: “Alas tengo, / puedo volar sobre el olor a tierra/ cuando cae la llovizna”, como el anunciante que luego del tropiezo retoña en otra vida.

 Tal vez,  en palabras precisas, como gusta decir a la poetisa en ámbitos de opuestos: “Esta rueca que he llevado conmigo desde otrora/ siendo vana me ha creado cicatrices”, y luego recalca en otros versos que “Esta muchacha seduce con su apariencia a la luna”. Hay un legado de inconfundibles apetitos hacia lo real y también a lo soñado, fundamento en que “He guardado mi cuaderno/ para sacar a la luz los pasos que se me perdieron/ y comenzar otra vez con un arma diferente”.

La poesía es creación, es equivalencia; acto de trasladar  sensaciones, y de involucrar la palabra con el ser que escribe; de ahí las revelaciones que logra Iliana Aguila Castillo sin que impere el menor recato  por esconder las más o menos experiencias conmovedoras dibujadas en una “Oportunidad para obsequiar un ramillete de malvas”, y en instantes en que “el diablo se acariciaba su glande,/ [mientras] la noche y la niebla eran sus cómplices”.

Otros libros tiene la escritora en preparación; son versos negando a otros en cualidades, recursos expresivos y presunciones temáticas. Un revoloteo incesante cabalga en un fragmento, aunque sea diminuto, de la dialogante realidad en que se desenvuelve; por eso, ella desea en permanencia apresar un entorno  dispuesto “a sacar los demonios de tu cuerpo.”

Concluso para sentencia, primer poemario que entrega al lector, ostenta la ironía erguida; y la reflexión recuenta la memoria. Esas dos cualidades  subyacen en la reconstrucción de los escenarios que inundan los perímetros familiares, y las distancias geográficas y el apego filial se estrechan. Justo en el centro de su óptica lírica descansa una realidad latiente y nuestra que, al breve paso de la lectura, anda despojada de un andamiaje plano y horizontal para alentarnos al disfrute y la comunión de sus sinceras palabras.

LABRADOR RUIZ, PERIODISTA

LABRADOR RUIZ, PERIODISTA

Por Luis Machado Ordetx
 

Los fundamentos teóricos que asientan la técnica periodística de Enrique Labrador Ruiz [Sagua la Grande, 1902-Miami, 1991], al igual que la practicada por colegas cubanos de la primera mitad del siglo pasado, está por redescubrir, principalmente, porque sus textos se desperdigaron por las más variadas publicaciones, en lo esencial habaneras.
 
Variadas, como un volcán, son las recurrentes desviaciones que acontecieron en la estética de esos escritores hacia otros géneros literarios, entre los que destaca la narrativa y la ensayística.
 
Todavía recuerdo el elogio que, recién fallecido Labrador Ruiz, hizo Humberto Arenal para las páginas de La Gaceta de Cuba,[1] al rastrear en los valores innegables y las aportaciones de su periodismo y narrativa en la Historia de la Literatura Cubana e Hispanoamericana.
 
Otros estudios aparecieron después, tanto en la isla como en el extranjero, con una mención obligada sobre las cualidades de la obra del sagüero. Sin embargo, nada en lo absoluto se relacionó con el desempeño del periodismo, principalmente ese que tiene un fundamento literario por tipología genérica: la crónica, el reportaje y la entrevista de personalidad, sitios en los que hay una búsqueda y explicación de los hechos, la realidad y los valores humanos que los circundan.
 
Ahora acaba de publicarse un libro de Labrador Ruiz con el rubro de «periodismo», y obedece a una selección, prólogo y notas al pie de página, preparado por Reberca Murga y Lorenzo Lunar: Un hombre de vasos capitares, perteneciente a la editorial Capiro, Villa Clara, Cuba, 2005.
 
El texto tiene 63 páginas, y abunda en otras 20 con caricaturas que durante las décadas del 30 al 50 hicieron en La Habana, y también en otros sitios cubanos, los artistas Conrado W. Massaguer, Wall, Carmelo González, Arce y Valladares, así como Juan David.
 
El libro se perfila más hacia la recreación ambiental de lo historiográfico que dio origen a la existencia de una respuesta o un acontecimiento periodístico puntual, que, por así decirlo, al análisis teórico de un modo específico y una forma de reconstruir la realidad nacional y sus hombres.
 
A partir de la segunda mitad del pasado siglo Labrador Ruiz se vinculó al periodismo desde el diario El Sol, en Cienfuegos, y luego marchó a La Habana, donde escribió para diversas publicaciones (El Mundo, Bohemia, Social, Mundial, Chic, Información, Diario de la Marina y...), al tiempo que figuró, desde la capital, como corresponsal de otros redacciones cubanas.
 
En 1938 el diario La Publicidad, de Santa Clara, incertó una nota con el titular: «Nuestro nuevo colaborador: Enrique Labrador Ruiz»,[2] quien después envió algunos materiales que, por hecho y por derecho, determinó  «especiales» para ese medio de prensa.
 
Aunque todos los herramentales del periodismo están contendidos en su abundante narrartiva, a la que ascendió en un principio «[...] de algún modo no solo en el fondo, sino en la forma», tal como sustentó en una nota introductoria en su novela Cresival (1936), los experimientos con la palabra, la mirada cinematográfica, las entradas elocuentes y el calado por lo humano y la realidad, jamás quedaron detendidos.
 
El libro preparado por Murga y Lunar nada explica —aun cuando está referido al periodismo—, sobre la concepción teórica que animó siempre a Labrador Ruiz   —novelista y ensayista, además—, para jamás abandonar las redacciones de los diarios, y por supuesto a no contentarse como un perfecto profesional de «gabinete», porque como hombre se su tiempo estuvo dispuesto a «olfatear y laborar en caliente» en un gusto por la inmediatez de la comunicación y los ambientes de la cubanidad cosmopolita.
 
Dicen los autores en la introducción: «Queremos hacer un retrato, reconstruir una imagen...», p.7. ¿Acaso lo logran? Ahí nunca  abordan los mecanismos entre periodismo y la literatura, y tampoco brota el análisis de contenido de la información, y su relación con la fuente documental llamada prensa impresa. Mucho menos está la referencia teórica dedicada a tipologías genéricas, el estilo y la visión original y aguda de la realidad objetiva de su época.
 
Julio del Río Reynaga —y concuerda con otros especialistas—, incica que en periodismo «[..] la indagación histórica, la documentación, la lectura, el conocimiento de la época y sus momentos [...], son fundamentales [para que el autor se proponga] un desentrañamiento de la realidad...»,[3] y eso precisamente no contiene el libro Un hombre de vasos capilares, preparado por Murga y Lunar.
 
La selección planteada, y sobre todo el apuntalamiento teórico y científico en torno al periodismo que hizo Labrador Ruiz, de hecho, resulta deficiente en un primer acercamiento, incluso sus libros capitales de esa temática, y que reúnen textos antológicos [Papel de fumar —Cenizas Conversación—, 1950, El pan de los muertos, 1958 y Cartas a la Carte, 1991 y...], no son mencionados.
 En el muestrario se apela a «algunos» comentarios, artículos, crónicas y hasta reportajes, poco conocidos —¿serán los mejores o tenemos que acatarlos como tales por la época en que se publicaron, su distanciamiento y el desconocimiento del periodismo de Labrador Ruiz?—, para ofrecer «[...] El mejor testimoniante, la historia...», p.7, relacionada con el hacer profesional y el diarismo de este autor.
¿Cuántos excelentes reportajes, crónicas y entrevistas, ejemplares, sí, estarán diseminados por publicaciones cubanas de las décadas de los años 20 al 50 del pasado siglo?
 
Incontables. Esa prosa literaria publida y maestra, valió a Labrador Ruiz, que en 1951 el Colegio Nacional de Periodistas le confiriera el Premio Juan Gualberto Gómez, y pasara, de hecho y por derecho, a engrosar las filas de los mejores profesionales del país.
 
Agudeza, cubanismo y visión original y humana de un hacer artístico sobraron para otros merecimientos, principalmente por el sentido profesional en que acometió su misión de periodista.
 
Hacedores literatrios como Chejov, Poe, Martí, Horacio Quiroga, Hemingway, Bosch, García Márquez y.., también periodistas formados en las redacciones de diarios, sustentan que el cuento, como género, se caracteriza por fuerza, claridad, condensación, tensión y novedad. Esos son valores que ofrece Labrador Ruiz para reconstruir la realidad y los circunstancias de sus hombres.
 
No obstante, Murga y Lunar jamás puntualizan en este tipo de acontecer. Entonces, ¿qué ven estos autores dentro del periodismo de Labrador Ruiz? Nada, en teoría, y mucho menos restructuración y contraste histórico y profesional de un tiempo en que, lo competitivo y el enjuiciamiento de la realidad, marcó una pauta del hacer profesional más allá de la pureza informativa que penetra en lo opinativo.
 
Creo que el libro sobre el periodismo de Labrador Ruiz, el cubano, está todavía por hacerse en una búsqueda que de cabida a lo antológico y el pormenor teórico.
 

________________________________________
[1] Humberto Arenal: «Labrador Ruiz en mi memoria», en La Gaceta de Cuba, La Habana, pp. 32-35, marzo-abril de 1992 [2] La Publicidad «Nuestro nuevo colaborador: Enrique Labrador Ruiz», Santa Clara, Las Villas, xxxv (12012):1;octubre 8 de 1938.[3] Cfr. Juan Gargurevich (1989): Género periodísticos, La Habana, p. 83, Editorial Pablo de la Torriente Brau.

LEZAMA LIMA A LA VISTA

LEZAMA LIMA A LA VISTA

Por Arístides Vega Chapú

          Aunque a estas alturas del nuevo siglo parezca exagerado o insólito, en los años ochenta aún existían demasiadas dudas en cuanto al valor, aportado a la cultura y en específico a la literatura cubana,  del grupo Orígenes.


          “Poetas oscuros”, decían los improvisados asesores literarios de entonces, mientras en las aulas de la Universidad Central de Las Villas se nombraba el grupo con cierto recato, especificando siempre que se trataba de poetas con una fidelísima militancia religiosa y evadida de la realidad por su pertenencia a la clase pequeño burguesa.


         Contra tanto prejuicio comenzó mi generación a adentrarse en ese gran misterio de la poética origenista, a disfrutar de su cuidadosos textos en que el sonido de la palabra adquiría sitio privilegiado, a conocer y disfrutar de la grandeza de una obra que desde entonces sabíamos fundamental.


          Descubrir las obras del padre Gaztelu, la de Virgilio, Eliseo, Cintio y Fina, la de Gastón Baquero y sobre todo la de  José Lezama Lima, nos pareció la mejor adquisición que, intelectualmente, podíamos hacer.


          Desde entonces sus obras, algunas más que otras, algunos con mayor o menor presencia, han sido leídas y estudiadas, disfrutadas y asumidas como lecciones imprescindibles para escribir la poesía, al menos desde donde decidimos escribir la nuestra.


          Sin dudas Lezama Lima (La Habana 1910-1976) que dentro de todo el grupo Orígenes ha logrado la presencia más considerable en el difícil mundo editorial internacional, es el más sólido pensador de la poesía de nuestro idioma.


          Eso no lo supieron sus contemporáneos, o fingieron –sabe Dios por cuántas causas– no saberlo.


Lo cierto es que a pesar de la  imponente obra lezamiana, hoy reconocida por estudiosos y críticos, universidades de cualquier punto geográfico, lectores de latitudes muy diferentes, Lezama no consiguió con su muerte ninguna reverencia especial más allá de  unas líneas escuetas de pésame en el periódico Gramma.


          Tampoco había conseguido esa reverencia en vida. Se sabe que poco hicieron por él las instituciones supuestamente encargadas de apoyar, estimular, salvar la cultura, que se generaba entonces.


          Sobre todo si comparamos las escasas o nulas posibilidades que estas instituciones le brindaron a Lezama para que su obra fuera conocida en ese otro mundo que existe más allá de nuestras costas y que sí se le brindó a  otros autores,  entonces privilegiados por un poder que decidía la suerte de todos.


          Como tantas otras “joyas” que “descubren” y “muestran luego con pose de descubridores”, el             Lezama que hoy conocemos fue un redescubrimiento desde otros puntos –lejanos o no– a la geografía de su archipiélago, donde editoriales y críticos reconocidos  comenzaron a valorar una obra que fue haciéndose imponente y colosal a la medida en que era desempolvada, es decir comercializada universalmente.


          Sin dudas, Lezama lidiaba con un grupo generacional cuya poesía y obra en general tenía todos los atributos posibles para trascender. Pero algo, que a mi manera de ver, hizo intelectualmente poderoso a este grupo, es que no esperó por nadie, para que desde lo emocional, lo filológico, lo académico, fuera interpretada y valorada su  obra literaria. Ellos mismos se autoestudiaron, quizás como manera de autodefenderse de una hostilidad que tuvo sus altas y bajas, pero que nunca cedió.


          Algo que definitivamente los caracterizó como grupo fue esa vocación de entender y hacer entender la poesía y con ello su propia poética; Fina García Marruz, quizás la menos escuchada hasta que en los últimos tiempos toda su obra, ese impresionante conjunto de reflexiones teóricas, humanas y éticas sobre probados argumentos y un legítimo academicismo la han ido ubicando en su justo lugar. Eliseo Diego, en este sentido quizás el más parco, Cintio Vitier, el más profuso y dedicado tanto a la teoría como a la crítica poética desde su ya antológico Lo cubano en la poesía.


          Pero ninguno a la escala en que Lezama situó y compartió su experiencia con la poesía, su dominio a la palabra y con ello de la poesía como prueba de la verdad de su pensamiento a través de una responsabilidad frente a su lengua, que en su dicción poemática se patentiza.


          El reconocimiento de sus fuentes a través de una universalización del conocimiento en que la cultura adquiere una jerarquía suprema le permitió abrir las puertas del entendimiento a ese entretejido profundo y complejo del imaginativo con que se sustenta su poesía.


          En Lezama tanto el dolor como la alegría, la angustia, el esplendor de un paisaje, el simple paso –elegante o torpe– de un animal, adquieren revelaciones supremas de lo que para él es la historia y verdad de una nación.


          Cosmo que dibuja con meticulosidad quizás por esa necesidad de testimoniar cuanto le sucede o ocurre a su alrededor, o sueña, o necesita ocurra, como verdad única que reverencia y asume –desde el conocimiento– para hacernos parte de esos mundos tan complicados en que habita.


          Lo incorporativo es el sedimento  principal de la visión crítica que sostiene la poética lezamiana y que tiene sus más evidentes concreciones  en las eras imaginarias y en la búsqueda de lo que él consideraba el origen de todo: la cultura, ese sostén de toda historia posible, pasado y futuro de cualquier nación.


          Pero para él esa nación no fue cualquier geografía. Para Lezama, Patria era un concepto cercano a ese país de sonoridades tan especiales que constantemente aparecía en su poética. O que más bien fue siempre la geografía sobre la que deslizó sus historias.


         También Lezama, a estas alturas, en que su obra ha conquistado a todos, o a casi todos, se convirtió en esa Patria que no solo reverenciamos, sino que estamos dispuestos a defender como deber sagrado.