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El Caribe, por su inspiración, enaltece la Historia y la Cultura

BIBLIOTECAS, UN "DRAGÓN" DE CULTURA Y HUMANISMO

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Por Luis Machado Ordetx

Algunos agoreros afirman que la sociedad moderna constituye el declive de la palabra escrita o la letra impresa. No dudo que estén sujetos a la preeminencia de los medios de comunicación audiovisuales; de la era digital. Muchos se equivocan, aunque persistan tiempos de privaciones de papel. El imperio que dejó a la humanidad el herrero chino Bi Shueng, hacia el año 1041, sigue en pie.

Claro, ya no son iguales los procedimientos asiáticos de impresión. Tampoco lo son aquellos estados y conocimientos ulteriores que tuvo tal propagación en dominios árabes; europeos. Incluso las inventivas parisinas de Nicolás-Louis Robert, y su máquina de fabricación de papel, quedaron atrás.

Acaso hay un vago legado de asombro ante las alquimias de Gutenberg, cuando creó tipos móviles de metal e imprimió en 1451 los primeros 200 ejemplares de La Biblia conocida por “42 Renglones”. Sin embargo, no caben dudas que desde hace tiempo la emoción  de los libros depende, casi en exclusivo, de los avances tecnológicos y del ingenio del hombre con la electrónica.

A pesar de todos los entuertos que sufre la naturaleza, y también de los estragos acumulados que provocaron y todavía desembocan las civilizaciones  contra los árboles, siguen vigentes los gustos por el libro impreso, y desde esos confines sus conservadores irradian cultura humanística.

En La Edad de Oro, dijo Martí que el padre de Nené Traviesa, «deja siempre abierto el cuarto de los libros», como para que se “archivara” la frescura de la sabiduría. Jorge Luis Borges, el argentino, consideró esos sitios “un paraíso celeste”, y José Lezama Lima, otro cubano, indicó que «toda biblioteca es la morada del dragón invisible

Ese poeta sustentó un esbozo de sus criterios en “Las era imaginarias: la biblioteca como dragón”, un ensayo recogido en 1965 en La Cantidad Hechizada,  justo un año antes que publicara su descomunal novela Paradiso, considerada una pieza clave en la literatura cubana contemporánea.

Félix Guerra, luego de conversaciones prodigiosas con Lezama Lima, recoge en Para leer debajo de un sicomoro (1998), una definición exacta sobre  ese contorno que “escolta” los libros y está abierto a todos:

«en  primer lugar, la biblioteca es un bosque: bosque asiático, teutón, eslavo, noruego o cubano y tropical. Y tal como dijo el poeta, el libro es un árbol, o un sol, que viene auroreando uno por aquí y el otro en el espejo. Porque el sol, a su distancia, envía luz, pero luz que quedaría trunca, trabada, disuelta, si no encuentra la hoja que la convierta en energía primigenia y en oxígeno. Así que el árbol es como el representante de Dios, es decir, homólogo del hombre, si el hombre se decide a ser el representante del sol en la Tierra. La hoja del árbol, si vamos a definirlo por lo hemostático, impide que la sangre escape, la humana, y vaya al río animal como turbión: si lo alimenta en directo o si lo alimenta en indirecto, a través de la bestia vegetariana, el hombre por fin se levanta de la eventual condi¬ción de cuadrúpedo. La hoja del libro homologa esa acción, pero ya en otra intersección secuencialmente posterior. La casuali¬dad no arma trampas de tan poco costo: es lo paralelo y lo tan¬gencial haciendo coro en la causalidad. La hoja verde es una biblioteca vegetal, la hoja industrial es la biblioteca razona¬da. La del árbol es razón primigenia, la del libro es otra arremetida del sol.»

Con ese prisma nacieron las inmensas bibliotecas de la humanidad; no como las ubicadas en el Barroco —de enclaustramiento en conventos—, sino, abiertas al deleite de todos. Manuel Dionisio González en su Memoria Histórica de la Villa de Santa Clara y su Jurisdicción, cuenta que hacia 1853 existían en la ciudad dos imprentas, y tras la existencia del Eco de Villaclara, un periódico, sus moradores daban pasos acelerados para conformar una biblioteca pública.

 Similar idea prendió en 1866 el español Antonio María de Porras, teniente Gobernador de Sagua la Grande. El proyecto fue acogido dos años después por la Sociedad de Instrucción y Recreo “La Tertulia”, en San Juan de los Remedios.

La bibliotecología en Cuba no constituye un acontecimiento reciente. Antonio Bachiller y Morales (1812-1889), es considerado su Padre Fundador. El 7 de junio, día de su nacimiento, sintetiza el punto de partida para el reconocimiento a hombres y mujeres que laboran en ese tipo de institución cultural. De ese humanista, escribió Martí el 24 de enero de 1889 en el Avistador hispano-americano:

«Daban las tres, cuando el trineo del lechero madrugador sujeta en la nieve de la puerta las campanillas; y ya estaba a su mesa, sin que el frío le arredrara, componiendo su "Guía de Nueva York", su carta al Siglo XIX de México, en que cuenta al correr de la mano las cosas yanquis, sus libros de texto para el excelente "Educador Popular", su artículo del día para El Mundo Nuevo, su diario de la revolución, donde con aquella alma franca y sin malignidad ponía cuanto de heroico, contradictorio o feo veía a su alrededor en aquella época confusa».

En 1950, un grupo de profesionales de ese sector, denominó a Bachiller y Morales, el primer bibliógrafo cubano, y  Padre de Nuestra  Bibliografía. Desde 1995, la fecha de su natalicio es acogida para festejar una  afirmación enaltecedora a quienes se desempeñan en similares menesteres públicos o especializados.

Tampoco podría olvidarse las labores de dos impulsores humanistas de la bibliotecología cubana: Arturo R. de Carricarte (1880-1948) y Francisco de Paula Coronado (1920-1946). El primero en su estudio monográfico La cubanidad negativa del Apóstol Martí, publicado en 1934, clamaba ante la nulidad y el desconocimiento de la raíz antiimperialista y revolucionaria del Apóstol cubano a finales de los años treinta del pasado siglo.

En un examen en la Biblioteca Municipal de La Habana (1920-1931), solo 300 personas, de más de 200 mil que visitaron la institución,  se interesaban en leer las obras completas de Martí. En 1927, igual institución de Santa Clara, adscripta al Gobierno Provincial, recibió 17 509 lectores, y tan solo 4 solicitaron parte de la literatura escrita por o sobre el más universal de todos los cubanos. Aquello, según de Carricarte, era una afrenta   al  genuino pensamiento del radical forjador de la continuidad independentista. Ahora a José Martí, desde su pensamiento revolucionario, lo disfrutan millones de lectores.

Coronado, muerto prematuramente, sentía un especial amor por el libro cubano; también percibía un gusto notable por la cultura insular. Su rica y vasta biblioteca personal, con incunables, originales documentos de la Nación, contentivo de piezas capitales de sus padres fundadores,   fue traspasada en 1960 a la Universidad Central “Marta Abreu”de Las Villas. Allí está, como un tesoro de sabiduría.

En un repaso, aunque elemental, en torno a las bibliotecas, sus funciones sociales y culturales, jamás dejaría fuera un magno proyecto organizado a mediados de la década de los años 50 de la pasada centuria por los villareños José Ángel Buesa (1910-1982), Arturo Doreste (1895-1985) y Sergio Enríquez Hernández Rivera (1920-1988), tras la rúbrica del Decreto- Ley No.1818, de 1954.

Desde ese instante quedó abierta la Asociación Nacional de Bibliotecas Ambulantes y Populares (ANBAP), centro impulsor de las instituciones públicas en el país. No importó que contaran solo, casi siempre, con el respaldo financiero personal y el ánimo de muchos amigos del gremio. El proyecto ganó impulso social y cultural, lo cual permitió, al margen de donativos económicos, crear 21  bibliotecas públicas y la circulación en 1955 de la revista Isla, un sello editorial que promovió «acercar los libros al lector y a los lectores entre sí». También promovió la reimpresión de piezas literarias cubanas,  reseñas críticas y el acervo cultural cubano, un camino para fomentar la instrucción popular y el conocimiento.

De esos ingentes esfuerzos por propagar las culturas cubana y universal, brotó un turbión indiscutible. Después de 1959 el pueblo asaltó de manera masiva otras fuentes de saber atesoradas en bibliotecas públicas o especializadas surgidas en la celeste constelación insular. Era, y es, tener siempre abierto, como decía Martí, el cuarto de los libros  al juicio creciente del hombre.

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Fecha: 15/06/2011 00:40.


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