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El Caribe, por su inspiración, enaltece la Historia y la Cultura

¡LA PATRIA!, PRIMERO

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Por Luis Machado Ordetx

 

Antes que el sagüero Jorge Mañach apuntara aspectos del carácter y la personalidad del cubano en su Indagación al choteo (1925),  los nacionalistas caribeños fueron definitorios al observarlos desde una triple influencia: la educación, el medio social y el contacto con otras civilizaciones.

 

 

En Cuba Contemporánea (1913-1927), se inscriben la indisciplina, el choteo y la burla, con propensión constante a la broma y la explotación del lado ridículo de las cosas, así como la informalidad, el sensualismo, la novelería, el pesimismo (como predisposición frente a la esperanza o el optimismo), la frivolidad y la docilidad, o carnerismo, para soportar un sometimiento.

 

 

Ninguno de esas particularidades del carácter del cubano, incluidos su hospitalidad, sinceridad o nobleza, están ausentes en la actualidad dentro de las actuaciones del cubano contemporáneo. Una vista a las realidades y sus conductas se distingue a partir de una valoración formulada por diferentes teóricos nacionales que observan nuestra realidad desde óticas diversas.

 

 

                       «…para vivir y morir, si toca el momento, la Isla»

                                                           Los niños se despiden

                                                Pablo Armando Fernández

 

 

En el diario acontecer la cultura cubana se multiplica. No en el instante específico, sino siempre, en todos los desafíos que la acorralen. Martí habló sobre el himno nacional y «se alzó el decoro dormido en el pecho de los hombres»  a pesar del riesgo de prender la patria, amenazada constantemente de momentos difíciles.

 

 

Ahí está la trascendencia del 20 de octubre, cuando en 1868 Pedro (Perucho) Figueredo, allá en Bayamo, aportó su indómita marcha a la determinación de lucha del pueblo, y el himno se convirtió en canto de rebeldía de voces multiplicadas por la historia. Desde entonces vibró el empuje de los padres fundadores de la nación, prevenidos en  abonar valores e identidad imperecedera. No importa que nuestra época proponga transformaciones para el sostenimiento del país, de la cultura y la historia independentista y de progreso social. Lo importante es la marcha, siempre continua.

 

 

El cubano conoce a la perfección, y su cultura lo acendra, cómo prepararse para cada asalto, debate o tiempo. Ese constituye el sentido de la Isla: percibir el horizonte y circunstancia de cada época y su tiempo. El camino de la unidad, y el respeto a la diversidad se abren paso, sin la existencia de silencios, de disimulos o actos callados en el no decir la verdad. Es el fogonazo del país, y la patria clama, al diálogo sostenido, invariable, o justo, aunque, a veces, los caminos sean tortuosos y llenos de incomprensiones.

 

 

Todos vivimos inmersos, y más ahora, en una frecuente e intensa pugna de valores. Fernando Martínez Heredia, en El corrimiento del rojo (2001), dijo que en estos tiempos, los nuestros, resultará  «necesario derrotar las creencias acerca de las relaciones y representaciones  capitalistas como algo dado, de origen externo, que resulta inevitable aceptar». A partir de las transformaciones que asume el modelo económico, como alternativa viable contra el capitalismo y sus signos, no podremos retroceder, y la mirada del teórico resulta válida.

 

 

La ruta por recorrer, sin dudas, recalca  más al país en un proyecto integrador y participativo sin despilfarrar el bienestar de todos y con todos, como aconsejó Martí. Tendremos que actuar no solo contra el individualismo y los estereotipos foráneos, sino, además, frente  a la banalidad, la “novelería”, la mediocridad material y espiritual, o el deterioro de los valores humanos y…

 

 

Jamás podrá aceptarse que las reglas del juego en la cultura sean impuestas por el capitalismo y su homogenización predominante en los consumos espirituales. Desde la perspectiva de la cultura, más allá de los peligros que entraña el presente, o futuro, se defiende a Cuba. Es la continuidad del legado de los fundadores de la nación, y también del vivir socialista, o participativo. Lo nacional existe en nuestros símbolos, en el imaginario social y colectivo, y está ahí, junto a todos.

 

 

En la actualidad, dijo Martínez Heredia, el tejido social cubano se complejiza y «diversifica cada vez más y con celeridad; la diversidad social se despliega, frente al ideal de homogeneidad que reinó durante décadas; y esas formas de organización social tienen nuevos efectos y mayor incidencia en la totalidad social». Tiene razón, y laboramos para superar los posibles tropiezos dentro de nuestra capacidad y cultura de resistencia, vistas con otros ojos: desde la perspectiva de dimensión propia y sin retrocesos, o imposiciones exteriores.

 

 

Un siglo atrás, Mario Guiral Moreno, desde la modesta configuración del ferviente nacionalista, precisó  en algunos “Aspectos censurables del carácter del cubano”, no vistos en aquellos tiempos como  «dechado, en fin, de todas las virtudes», y compaginó determinados defectos que en la actualidad tienden a la reiteración.

 

 

El articulista de Cuba Contemporánea alertó en la indisciplina, junto al frecuente choteo, considerados definitorios de una actuación requerida de rectificación inmediata.

 

 

La disposición de tomar en «broma todos los actos de su vida, aun los más serios» para explotar el lado ridículo de los acontecimientos, «ora escogiéndolos como temas para sainetes del género bufo, ora sacando de ellos asunto para canciones y dichos populares», necesitaban desterrarse a partir de la educación cívica, los modales familiares, el comportamiento ciudadano y el respeto al otro, como símbolo de la pluralidad.

 

 

Incluso, declaró que el más simple de los mortales se «cree autorizado para emplear en todo momento la chanza, la burla; y el más encopetado de los jefes de cualquier empresa se halla expuesto a que, tras un confianzudo tuteo, el último de sus subalternos le dé el día menos pensado, en son de broma, un suave golpecito familiar en el hombro o en la mejilla». Lo denomino incultura, o improcedencia de una ética alejada del tono civilizado y la responsabilidad y el civismo nacional.

 

 

No erró el curioso cuando también afirmó, como particularidad reclamante, que junto a la indisciplina, o el choteo, preexistía la informalidad en los deberes, derechos y ofrecimientos sociales, o deberes institucionales. Ejemplos sobran… Desde el deterioro de la cultura ciudadana, de normas de convivencia, hasta el irrespeto de los espacios públicos.

 

 

Evelio Rodríguez Lendián, otro jurista relacionado con el cuerpo de redacción de la publicación nacionalista de principios del pasado siglo, al analizar el pensamiento de José Antonio Saco, el abolicionista enfrentado a las tentativas de anexión, afirmó que  a «la patria se le sirve de varios modos: el guerrero la sirve con su espada; el poeta con su lira, el escritor con su pluma, el hombre de ciencia con sus descubrimientos geniales, el artista con las creaciones de su rica fantasía…»   ¿Qué es?..., pues cultura, acatamiento a una compatibilidad nacional, o comunidad de bienes, y patria como primer blasón independiente y antimperialista, como forjó Martí en los ideales supremos de los deberes del cubano.

 

 

Es, tal como en una ocasión dijo Manuel Calviño, intercambio, diálogo entre subjetividades dispuestas a la producción cultural en un país que forma parte de la existencia de todos y con todos, sin imperios ni exclusiones. Nadie es cubano por accidente, alertó. Lo que se es, admitió el pedagogo, enaltece un servicio público, porque crea valores y conciencias en el hombre que recibe emociones y se armoniza con sus semejantes.

 

 

Son ideales, más allá de equivocaciones, como los encara la Revolución con carácter irrenunciable, de mejoramiento humano, y demuestran que el cubano siempre estará dispuesto a vivir de otro modo: el mejor de los posibles en una sociedad en constante perfeccionamiento.

 

 

No obstante, como advirtió Martínez Heredia, en las últimas décadas la cultura del capitalismo ensancha una «combinación de gran madurez para integrar o neutralizar retos pasados, un control cualitativamente superior de la producción y el consumo culturales y un verdadero programa de dominación cultural». Admite, la «eficacia de los callejones sin salida» para consolidar la manipulación del potencial de rebeldía de los pueblos.

 

 

Hay que enfrentar, sustentó, un enfrentamiento a todo vestigio de cultura enemiga  que aparece disfrazada como «un «progreso, un acomodo a nuevas circunstancias». Por tanto, junto a la nación, nuestra cultura, hay que salvar al país desde la perspectiva de la diferenciación y de la diversidad social, y en la defensa del orgullo histórico del ser cubano, sin que existan espacios vacíos, de legitimación de deberes y derechos, en el ámbito nacional.

 

 

 Será la vía para conducir la búsqueda del bienestar y la felicidad de todos. Por tanto: la Patria, ¡primero!..., con una cultura nacional sin concesiones o acatamientos, como soñó Martí.

 

 

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