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Por Luis Machado Ordetx

 

Un redescubrimiento del rostro y la expresión humana en los espacios urbanos tiende a la emoción descriptiva. La imagen siempre deja una  historia que involucra al espectador. Con ese propósito salió Kenny Ocampo Casares a recorrer escenarios cubanos para convertir su percepción artística y profesional en depurada síntesis. 

La selección que ahora exhibe la Galería Gelabert, de la Uneac en Caibarién, se nombra «Callejeras», en vínculo con afinidades relacionadas con la documentación social, sin llegar a lo masivo. Es la expresión fotográfica del  comportamiento  del individuo en escenarios  públicos.  De un modo u otro, después de una apretada curaduría y montaje,  los protagonistas captados irradian meditación y optimismo. Nadie sabe qué esconde un rostro en primer plano inmerso en el reposo, y tampoco aquella generalidad que se explaya en la acción productiva o cultural.

Es el propósito que durante largo tiempo asume los derroteros de la denominada Street photography, o sencillamente Fotografía de calle, motivo de los desvelos que llevaron a Ocampo Casares a transitar por su terruño de Caibarién, Remedios, Santa Clara, La Habana y Camagüey. Nada de estudio de escenas y protagonistas. Todo «recayó en lo espontáneo sin poses establecidas»,  afirmó el artista del lente durante un diálogo que sostuve días atrás.

Las imágenes, 19 en total, aparecen en blanco y negro, las menos, y en color, sin manipulaciones tecnológicas. El acierto caracteriza el empeño de un profesional con una década de hacer creativo. Las piezas apresan la sociedad, y también sus costumbres, en superposición de lo callejero y lo documental. Constituye un todo de exploración y búsqueda de lo representativo provisto del contraste de luz y sombra, y de rejuego con el contrapunto.

Las imágenes en formato de 30 por 45 centímetros contienen una minuciosa observación de la realidad. Todo desencadena en relatoría objetiva y verosímil, un estilo de trabajo que carena en registro lingüístico y polisémico del discurso. 

De ahí la riqueza de retratos, o street portrait, en primer plano,  elaborados a  Daniel Esmirio, el celoso cuidador de perros callejeros, o el comerciante-vendutero, captados en  Caibarién, y también de Charles, el carismático  voceador de periódicos en Santa Clara. Son rostros en plano próximos  que sujetan historias de extraños o desconocidos personajes empeñados en desandar  por las urbes cubanas. En ninguna de las imágenes asoma la toma posada: de aquí un acierto que afirma lo espontáneo que se proyecta a lo perdurable.   

La primera exposición personal de Ocampo Casares, con dimensión única en su terruño, aun cuando está inmersa como Fotografía Callejera, título último que retoma, apresa otros rasgos diferenciadores a la mirada de profesionales dispuestos a sustentar una historia en papel impreso.  

Todo está relacionado con los valores documentales en los fragmentos de la ciudad. Las representaciones, incluso aquellas que marcan el rumbo de la velocidad del tiempo a partir del empleo de la bicicleta como medio de transportación, ofrecen actualidad y dimensión informativa y estética, sin que nada se proyecte hacia lo efímero. Tampoco falta el carácter objetivo y de manejo de luz y perspectiva para legar carácter periodístico al material impreso que, en secuencia, narra una historia: la de nuestros días.

Es una lástima que la Galería Gelabert, en Caibarién, solo disponga de convocatoria de público en períodos de inauguración de una exposición. La muestra de Ocampo Casares, exhibida ahora, por las lecturas de los mensajes y la transmisión del discurso, reconoce un acontecimiento poco usual que, con el rumbo de «callejero», se detiene en valías integradas a una  mirada urgida de recorrer otros ámbitos.