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Con la muerte repentina, en menos de una semana, de Iván Trujillo Durán y Jesús (Chu) Rodríguez, la música sinfónica y popular en Villa Clara está de luto permanente.

Por Luis Machado Ordetx

 

Iván, el Gordo, se llevó el inconfundible y  melodioso sonido de sus aves preferidas. El coqueteo insistente de los dedos con los pistones de la tuba o el bombardino quedó apagado de manera repentina el viernes pasado. Ocurrió  con la muerte el más brusco de los minutos. El corazón se rajó en pedazos. Ahora también se fue Chu Rodríguez, y consigo tenía prendido el sueño último por coronar un jazz-band, al estilo y semejanza de aquella antológica Orquesta de Música Moderna de nuestros predios.

A ambos instrumentistas formados en escuelas de bandas municipales, una en Camajuaní, la de Iván Trujillo Durán, y otra en Placetas, la de Jesús Rodríguez González, la música los condujo por caminos diferentes. Uno derivó hacia el sinfonismo, y otro, el Chu, enrumbó por ritmos más modernos, el arreglo musical, la composición y la dirección sin obviar las lecciones pedagógicas que siempre trasladaron a jóvenes en formación.

La ejecución del mayor de los instrumentos de viento-metal en la Orquesta Sinfónica de Villa Clara, con Iván, el Gordo, sacando sonidos a la vibración de sus labios, allí al lado de los trombones, dejará un vacío muy difícil de reparar en largo tiempo. De los 53 años de vida, por más de tres décadas estuvo dedicado a la consagración musical con una invariable versatilidad. Todo lo condujo a situarse, incluso, por sus solos y reforzamiento a las secciones de cuerdas y viento-madera,  entre los mejores tubistas del país. 

Una nimia conversación con ese músico entrañaba obligadas recurrencias al instrumento, las particularidades signadas dentro del contexto sinfónico,  y lecciones a estudiantes de cursos elementales y medios. Muchos en ejercicios profesionales y ahora consagrados, dentro y fuera del país,  jamás lo olvidarán.

 Ahí está la historia de Manuel López Martínez, de Zulueta, cuando a instancias de Iván, cambió la trompeta por la tuba.  Al observar el pedagogo la forma y fuerza de vibrar los labios del muchacho, en tránsito de un concurso académico, le dijo: «toma otro pasaje, y ahora tu tesitura será conmigo». A otros adolescentes los acogió como hijos y también les inculcó el infatigable amor por la música hasta convertirlos en amigos inseparables de «batería» de viento metal en el universo sinfónico.

Dicharachero y libador de ron, Iván, el Gordo, al igual que Chu Rodríguez, sostuvieron en ocasiones una impresión distintiva dentro de la música villaclareña. El Chu, con mayor reconocimiento público, soñaba despierto por rearmar una agrupación que acompañara a solistas en los habituales festivales de la provincia. Sería ese el mayor de los espectáculos artísticos, como una vuelta a la consagración de los viejos tiempos.

Aquella inyección jazzística que legó la programación de tres conciertos sucesivos para festejar en julio de 2011 el aniversario 43 del nacimiento de la Orquesta de Música Moderna de Las Villas (1967-1994), mantuvo en vilo a Chu Rodríguez. Siempre habló de «¡ahora s!; cuento con animados instrumentistas jóvenes que formarán la nómina de la  agrupación». Todo convergió en quimera.   Víctor (Pucho) López Jorrín, antes de morir en septiembre del siguiente año,  reía de lo lindo en habituales conversaciones, y hasta «oró» por hacer realidad lo que consideraba un sueño imposible para  su amigo. El decurso de muchas  circunstancias trazó zancadillas, dirían otros.

Chu, tozudo y soñador, al igual que Pucho, conocía de la existencia de talentos, salidos de centros de enseñanza, con deseos de «proveer» una orquesta para seguir la línea trazada por el maestro Armando Romeu González cuando decidió, décadas atrás, incluir a Santa Clara como sitio de privilegio para la existencia de una big band de otra  galaxia. Por desgracia todo quedó en utopías y nunca más se repetirían los habituales conciertos de la tarde a un costado de «La Caridad», nuestro vetusto teatro.   

Aquel encuentro memorable, años atrás, para revivir la Orquesta de Música Moderna, estaría rubricado por el estreno de «Grisell afroblues», una pieza que compuso Chu con el beneplácito personal de festejar la ocasión. Por desgracia, maldita casualidad, sucedió la muerte repentina del  maestro Rubén (El Negro) Urribarre Pérez, uno de los artífices de la celebración por el onomástico de la jazz band, y entonces Chu Rodríguez tomó luego el refugio con la familia, la orquestación y los fieles perros hogareños.

A Iván, el Gordo, como a Chu Rodríguez, con la tuba, el bombardino, el saxofón, y tal vez partituras entre las manos, una que otra vez los veremos transitar por las calles de Santa Clara guiando otros sueños que empinan a jóvenes que estremecen con música a nuestra ciudad. Entonces, como ahora, no será el adiós momentáneo, sino la estancia permanente para la evocación.