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CUBANÍA TOTAL

REMEDIOS, TEATRO VILLENA Y AIRES DE CICLÓN

REMEDIOS, TEATRO VILLENA Y AIRES DE CICLÓN

Por Luis Machado Ordetx

Algunos amigos de San Juan de los Remedios, todavía con discretos servicios eléctricos, entonan plegarias por las ventoleras que ensañó el huracán Irma en la estructura del vetusto teatro Villena, de allí, lugar de historias y encuentros constantes de artistas cubanos y universales.

Tal parece que aquella remodelación del coliseo, previa al medio milenio del nacimiento de la Octava Villa de Cuba, en 2015, no soportó los embates de los vientos. Así mostró sus evidencias.

Otros dicen que fue deficiente y apresurado el acondicionamiento. Sea una causa u otra, los vientos adquirieron categorías inusitadas en la región. Nada sé de arquitectura e ingeniería civil, aunque conozco que desde un tiempo atrás allí existía un reacomodo estructural interior por fallas perceptibles desde entonces.

Ahora las planchas de zinc, con tornillos de media pulgada cogidos a maderámenes deteriorados por el comején, se elevaron de sus respectivas distribuciones. Nada de las acciones constructivas actuales tocó esas partes, lo cual infiere que las grietas  pertenecen al pasado.

Los sucesos actuales recuerdan aquellas tretas del negro Francisco, uno de los demonios escapados del infierno en la Villa remediana,  y que  según su mitología  salía a realizar travesuras a los moradores.

Natalia Raola Ramos, la historiadora, en cierta momento recordó el acontecimiento cuando el lunes 24 de junio de 1985 una tormenta local severa arrancó la tachadura de lo que antes fue el teatro Miguel Brú, n antes Madrid y después Villena, radicado en las calles General Carrillo esquina a Calixto García, en Remedios.

Celebraban entonces en aniversario 471 de la Villa fundada, y hasta semioculta, por Vasco Porcallo de Figueroa, hombre que fomentó un universo geográfico español y aborigen amplio por la región central cubana.

El coliseo, tal como lo conocemos en la actualidad, fue inaugurado en la mañana 8 de diciembre de 1923, y desde entonces sus distribuciones interiores se transformaron en determinadas épocas y preservaron las cualidades acústicas de embocadura, escenario y entrepisos, distintivos inherentes a una excelente instalación.

Ahora la parrilla, la reventazón de las cerraduras y columnas estructurales del fondo, y hasta las ventanas, se desprendieron con la fuerza de los vientos. La embocadura, y hasta el viejo piano que acariciaron manos ilustres de la música cubana, se destruyó.

Un día, no sé cuál, con esa parsimonia y amor que compete a los remedianos por su Villa de historias, la Octava de Cuba como la bautizó contra viento y marea Eusebio Leal Spengler en aquella memorable disertación del 24 de junio de 2015, volverá a renacer con un teatro de acontecimientos que marcan cultura e identidad en la región central cubana.

Trabajo y constancia quedan por delante, pero otra vez, con seguridad, estaremos en el lunetario sentados todos, y disfrutaremos del arte que otros propagan a los confines del conocimiento y la humanidad.

 

 

REMEDIOS, GUARDIANA DE LOS VIENTOS

REMEDIOS, GUARDIANA DE LOS VIENTOS

San Juan de los Remedios, la ciudad guardiana del mar del norte de Cuba, se sostuvo como un farallón ante ese demonio que los nativos llamaron huracán. 

Por Mauricio Escuela (Escritor y periodista cubano).

Las crónicas más antiguas se pierden en los meandros de los siglos, San Juan de los Remedios, la ciudad guardiana del mar del norte de Cuba, se sostuvo como un farallón ante ese demonio que los nativos llamaron huracán. Primero fue la villa incipiente, supersticiosa, bravía, que no temió ni a piratas ni a naciones enemigas, ese grupo de españoles, indios, portugueses, judíos y criollos que ya sentían como suyos el pasto de los potreros, el salitre de la bahía de Buenavista, el tono colorado de las tierras; aquel amor era más fuerte que el viento, que las inundaciones, que el miedo.

De aquellas historias nos quedan retazos, la sobrevida de que hubo tormentas y naufragios, pérdidas inmensas, hechos que devinieron en leyendas. Como dicen todos, desde la fundación en 1515 hasta hoy es mucho lo que llovió en Remedios. El ciclón más fuerte de que se tiene memoria en esta región data del 26 de octubre de 1837, por entonces no había forma de predecir esos fenómenos. Tampoco aquella noche que se cernió sobre la ciudad de repente pudo apagar la alegría de las parrandas ni, como se dice en cubano, la jodedera, pues cuentan que un señor de apellido Castellanos cumplió la promesa de que su muerte conmovería al mundo.

Muchas décimas jocosas se hicieron sobre el deceso del longevo señor en medio de aquel gran ciclón conocido como San Evaristo.

Ahora Remedios sigue siendo mística, las bocacalles oscuras y fortificadas soportaron el azote del más reciente huracán, pero está en la población el espíritu de permanecer, de construir entre todos la más reluciente villa. La gente que ha perdido sus casas y bienes se preocupa por el nombramiento de las parrandas como Patrimonio de la Humanidad, va a las naves de trabajo de los barrios San Salvador y El Carmen y casi se olvidan que no hay fluido eléctrico, que la villa quedó incomunicada. Casi se olvidan de ellos mismos, así es el remediano, ese ser que mira con preocupación los daños a su querida Iglesia Mayor, una joya de la arquitectura colonial, con sus altares enchapados en oro. Es la capacidad heredada de luchar contra lo desconocido, contra fuerzas mayores, es la guardiana del mar del norte de Cuba que sabe sobre sus espaldas el peso de la tradición y la historia de tantos siglos.

Una ciudad que fue rectora de la prensa en la región, de ilustres familias, no tiene hoy un periódico donde plasmar los más recientes hechos. Deberá acudir a la memoria de los muchachos que juegan en estas prolongadas noches de apagón, a ese grupo que hace de la desgracia una chanza y transforman un pedazo de poste caído en una broma. Remedios estuvo conmocionada, estrujaron sus clavijas antiguas, sus paredes de tierra y piedras, sus seres misteriosos, saltaron de los ríos las supersticiones y las madres de aguas siempre dispuestas al milagro. Ahora la ciudad reposa, el descanso incluye al destruido teatro Rubén Martínez Villena, antiguo Madrid, donde se oyeran los arpegios de Alejandro García Caturla, o la Suite de las Parrandas de Agustín Jiménez Crespo. Ese silencio se cierne sobre el Teatro Guiñol del maestro Fidel Galván Ramírez, institución insignia, que tanta alegría nos regaló, cuyas obras llegaron a riberas tan distantes como los escenarios de Broadway.

Aun así, el remediano rechaza la lástima, se despoja de ella como de algo ajeno, se acuerda de los grandes hombres y emprende la recuperación. Los vientos de solidaridad y esperanza prevalecen sobre el huracanado rugido que recorrió las calles enrevesadas. Otra vez Remedios la Bella llenará el aire de campanadas, de piezas musicales compuestas por Caturla, de copos de pólvora de sus parrandas. La guardiana del mar del norte se levanta.

Tomado de http://www.granma.cu/cuba/2017-09-14/remedios-guardiana-de-los-vientos-14-09-2017-23-09-33

 


LAURELES, IRMA Y CAIBARIÉN

LAURELES, IRMA Y CAIBARIÉN

Por Luis Machado Ordetx

Doblegados y otra vez erguidos en símbolo de victoria, aquilato en  imagen visual a los laureles del interior y la periferia del parque La Libertad, en Caibarién. Transcurren las horas y todo queda guardado en la memoria fotográfica.

Es la idéntica estirpe que forma al pueblo cubano en  resistencia indoblegable frente a las violentas rachas de vientos de Irma, el huracán.

En el refugio improvisado en la emisora CMHS, según las posibilidades, una reproducción, y otra más, captó el hostil ambiente desde los portales. La lluvia, persistente y pulverizada, tenía sabor a salitre. Estábamos a unos 200 metros de la costa, desprovistos de alimentos y la mañana de sábado presagió, como ocurrió, que no tendría destellos de luminosidad.

La planta radial, entre informaciones que llegan y otras que van diseminadas por el éter y las redes sociales, marcan una impronta cuando nadie pega un ojo en Cuba. En muchas partes del mundo se mantienen atentos a los destinos de otra  Villa Blanca que, como su homóloga de Gibara, permaneció a merced de la fuerza bruta de naturaleza.

Descomunal aquellos arranques enfurecidos hacia el noroeste del país. También gigantesco todo el espíritu de recuperación que resurge ahora. Nadie cesa.

Aunque es historia pasada, a las siete de la mañana, todo era incierto. La antena que evaluó la velocidad de los vientos colapsó. Eso ocurre cuando el soplo en furia rebasa los 180 kilómetros por hora. Entonces no existió comunicación con el personal cubano que custodia los hoteles de la cayería, y se desconocían noticias de la suerte del pedraplén. Ya cuantificaban, en número preliminares, derrumbes parciales y totales en viviendas e instalaciones fabriles.

Lo más notorio: no hay pérdidas  de vidas humanas, y todos los habitantes están a excelente resguardos en locales habilitados con anterioridad. La policlínica Pablo Agüero Guedes acogió a los hostipalizados, atendidos por personal especializado de Salud Pública. El pueblo, por una vía u otra, estuvo, y estará atento a las informaciones que difunde la emisora local.

Es la razón que anima al personal técnico de una planta radial con experiencia en contingencia. No importa que todos lleven, en permanencia   total, unas 72 horas frente al micrófono, el teléfono y las conexiones de Internet. Tampoco que el agua potable y alimentos ligeros sean mínimos. Lo trascendente es difundir mensajes de aliento y propagar la verdad de los hechos, por dura que sea la realidad que  acoge en ese instante.

Los corresponsales vilaclareños (Vanguardia, ACN y CMHW), también recibimos la solidaridad humana y profesional de los colegas de allá. Hasta los escasos alimentos e infusiones, buscadas con anterioridad, compartieron en un aluvión de afectos.  Muy pocos periodistas extranjeros –acaso dos agencias-, están desde la noche anterior en el escenario, tierra adentro, del perímetro cangrejero. Hay conocimiento que una avanzada de estos equipos optó por permanecer alojados en San Juan de los Remedios. No obstante, nosotros y otros preferimos radicarnos allí, en el sitio de la inmediatez noticiosa.

Las horas, los minutos y los segundos, son de tensiones imborrables. Es las siete de la mañana y no se vislumbra claridad. Todo el ambiente exterior es difuso. Estruendos cercanos por aquí, mientras otros se aprecian más lejanos.

En la antesala del parque vuelan los protectores de las farolas, y también bancos metálicos y cercas perimetrales que resguardan la aledaña Colonia Española, el cine Cervantes y el hotel Comercio, antiguas edificaciones en reconstrucción. El cielorraso de la segunda planta de la emisora se desploma.

Nadie pierde la quietud. Anuncian que las rachas sostenidas son de 250 kms/h, y vientos del norte-noroeste rebasan los 160. El mar penetra en tierra por las calles 10 (Padre Varela) y 14 (Jiménez) y domina por momentos el Malecón. La serenidad anima a todos.

Una palma real del parque infantil cayó en nuestras inmediaciones, y otras desprenden las pencas de guano, mientras tanto los laureles, flexibles y firmes, apenas desgranan algunas hojas. Creo, escribí entonces en alguna parte, que el sentido indoblegable, ante tanta adversidad, tienen similar estirpe a la de nuestro pueblo. Ojalá siempre tengamos al laurel como un atributo de confianza en la historia. Es la razón por la cual está ensamblado a distintivos patrios.

Aparece un recalmón inseguro y no captamos un alma humana por las calles aledañas. Conocemos que unas 7 814 personas permanecen en refugios. El llamado a la disciplina y orientaciones de la población es reiterativo. Ya entonces eran notorios los daños en cubiertas de viviendas y penetraciones del mar. Salen las primeras imágenes fotográficas hacia el exterior en desafío a los fuertes vientos y las lluvias pertinaces que invaden a Caibarién y territorios aledaños.

Todavía en emergencia y con Irma rumbo a la costa de Isabela de Sagua, se pronostica que en la tarde del sábado, con olas marinas de con olas de 7-9 metros, aumente la fuerza del  viento en toda Villa Clara. Inundaciones severas y dinámicas.

Los vientos han arrancado algunos árboles del parque Libertad, y la cerca perimetral de la antigua Colonia Española, bien anclada antes, fue destruida. Aquí algunas fotos del amanecer. En la historia, apuntan algunos, es la cuarta ocasión que un huracán aparece en Cuba con categoría 5 en la escala Saffir-Simpson, y primero del siglo que entró por la parte este del país.

Ahora, con las anécdotas, los sustos y hasta el humor latiente en todos los cubanos, renace otra historia: la del avance a ritmos acelerados para restañar, como un laurel que prodiga confianza, las pérdidas materiales que dejó el nombre de una intrusa mujer con tutela irreconocible de toda potencia bruta de la naturaleza.

ROMAÑACH, EL PINTOR

ROMAÑACH, EL PINTOR

Por Luis Machado Ordetx

 

Misteriosa opacidad tiene el busto del ilustre pintor. Despliega  la mirada perdida hacia el litoral de Sierra Morena, su pueblo natal. En el recuerdo, incluso, tal vez tenga atadas las imaginables marinas que, en suerte de recreo, inundó de detalles, corrección y veracidad académica en las vueltas constantes y favoritas por Conuco, Fragoso y Cobos, los cayos de Caibarién.

Clotildo Rodríguez Mesa, otro artista olvidado y su discípulo, dijo en cierta ocasión que el maestro era un hombre inmenso en vocación artesanal. También lo corroboró el paisajista Manolo Guillermo de la Caridad Fernández García, quien siempre habló de Romañach, el maestro, hasta el delirio. Voy rumbo a historias perdidas.

En las frondas de framboyanes, inexistentes antes, aparece el monumento a uno de los insustituibles virtuosos de la  pintura cubana. Está en una cuchilla visible en la carretera que conduce a Sagua la Grande y entronca con una calle desprovista de asfalto hacia el barrio del Río, en Sierra Morena. Ahí, en una pendiente, afirman que radica la cuna primaria de la familia antes del traslado por territorios cubanos, y el peregrinar del artista por el extranjero hasta el posterior regreso definitivo al ambiente insular.

Los lugareños desconocen la génesis del emplazamiento. Tampoco de dónde salió la iniciativa, y quiénes la emprendieron, así como los  pormenores efectuados en la localidad para rememorar  el centenario del natalicio de Leopoldo Romañach Guillén, el maestro-paisajista. El domingo 7 de octubre de 1962, fecha de esa celebración, ocurrió el suceso. Pregunto y nadie sabe de explicaciones certeras.

Fernández García, años después con el acostumbrado ceceo castizo, narró fragmentos de los hechos. No bastaron los datos que dejó truncos por su repentina muerte. Dijo por entonces en su conversación que anteriormente hizo algunos grabados en madera en los cuales recreó la fisonomía del virtuoso cubano.

Algunas de sus creaciones, cincelados en madera, Fernández García las divulgó en la prensa periódica villareña. Advirtió que, a mediados del siglo pasado existió una pequeña pieza escultórica de Romañach, original del  camagüeyano Esteban Betancourt Díaz de Rada. Sin embargo, careció de carácter público.

Era necesario enaltecer al «propulsor más eficaz de nuestra evolución artística», según reconoció Jorge Mañach, el sagüero. Nada mejor que un busto, sencillo, modelado a partir de arenisca y apropiado, con una tonalidad del gris para impregnarle luz y sombra en contraste. Los materiales darían dureza y resistencia a la posible erosión del monolito.  

La edición de Vanguardia, perteneciente al sábado 13 de octubre de 1962, indicó en página interior: «Un valor surgido en las entrañas mismas de nuestro pueblo, donde el movimiento cultural encontrará muchos Romañach», y aborda aspectos del descubrimiento de la escultura situada encima de un pedestal. Estoy en camino al contrapunteo de fuentes informativas, imprescindible en el hallazgo de la verdad.

El acto inaugural ocurrió justo en el día del centenario. Fue organizado por los Consejos de Cultura en Las Villas y los municipios de Corralillo y Sagua la Grande, según iniciativa de la Escuela-Taller de Artes Plásticas Fidelio Ponce de León, situada en la última localidad, refrenda el periódico.

Fernández García era el director de esa institución docente. En la apertura lo acompañaron dirigentes políticos de la provincia y los pedagogos José Ramón (Pepito) Núñez Iglesias y Francisco (Marcet) Rodríguez Marcet, y un nutrido grupo de estudiantes. También asistieron Rosa María Romañach, prima del pintor, y el doctor José H. Guardiola Albert, antiguo alumno de la Academia Nacional de Bellas Artes San Alejandro, en La Habana.

La nómina, entre otros invitados, la completaron Boabdil Ross Rodríguez, Apolinario Chávez y Dolores González, artistas-profesores de la Escuela de Artes Plásticas Leopoldo Romañach, en Santa Clara.

Pasó el tiempo y el escampado escenario que antes exhibió la escultura en toda exuberancia, se llenó de gentío y hasta de cierta desatención institucional. En octubre se plasmarán los 55 años de aquella ocurrencia histórica, y el 10 de septiembre será el aniversario 66 de la muerte del ídolo artístico de Sierra Morena. Todavía queda un tiempo para el retoque del monumento y de reposición de las cadenas que tuvo la plataforma en sus inicios. De ser así, ojalá no las hurten inescrupulosas manos.

Quedan algunas dudas. Rodríguez Marcet, desde Cienfuegos, apunta hacia la autoría de la escultura. Fernández García, antes de fallecer, precisó que fue una obra colectiva, y la edición de Vanguardia, medio siglo atrás, testificó en un pie fotográfico lo subrayado por el entonces director de la Escuela-Taller de Artes Plásticas de Sagua la Grande. No existe otra alternativa que sujetarse a esto último.

Tal vez Marcet figuró en la inspiración y el retoque concluyente. Sin embargo, la escultura tuvo en los estudiantes a los insustituibles artífices. Así lo creo, y por fortuna el espíritu de Romañach, con el paso del tiempo, perdura  en Sierra Morena, su tronco natal.

 

 

CIFUENTES, EL MODESTO POBLADO CUBANO

CIFUENTES, EL MODESTO POBLADO CUBANO

Por Luis Machado Ordetx

Un poblado de entrecruces de caminos en los puntos cardinales, Cifuentes, arribará al bicentenario fundacional en octubre próximo. Todavía no escucho las fanfarrias y anda carente de aspavientos. No todos los días se llega a ese tipo de existencia en predios centrales del país.

La ocasión es única para la localidad. Modesto Cifuentes en su actuación.  Desconozco el por qué del mutismo. Al menos escribo unas letras simbólicas y de alertas. A diferencia de otros territorios, hay en la superficie que ahora domina (San Diego del Valle y Mata), marcas de referentes en la historia y la cultura cubanas. No importa que, de próspero asiento de ingenios azucareros  durante siglos, partiera a la nulidad. Ahora exhibe un ánimo  con otros señoríos.

Un cambio de entorno rural y urbano, en simbiosis,  se volcó hacia el contexto agropecuario que abrió otros pasos a los lugareños. Todo marcha en contratiempo. Las chimeneas de los ingenios se apagaron al unísono. Cierto conjuro apareció en esa ruta de Santa Clara-Sagua la Grande, un punto, casi equidistante, de camino real con ambas ciudades.

De una y de otra siempre hubo un brebaje que tomó en lo particular. La antigua coexistencia de Cifuentes comenzó con las mercedes de tierra entregadas por los cabildos de San Juan de los Remedios y del Espíritu Santo (Sancti Spíritus), juridiscciones entonces.

A partir de 1582 arrancan las haciendas comuneras en San Lorenzo de Mata, San Diego y Amaro, en lo fundamental. El alférez Antonio Díaz, quien dio cobijo en su hato a las familias que fundaron Santa Clara, adquirió posesiones agropecuarias por allá. Idéntico hizo Luis Pérez de Morales, el verdugo de la población remediana que renegó su traslado tierra adentro. Con su esposa, Juana Márquez (la Moza), el capitán geófago creó Santa Cruz de Maguaraya, su finca.

Los intereses económicos, principalmente ganaderos, incitan la expansión geográfica en tierras de fértiles cualidades. En una rústica iglesia, bajo el azote de una fina llovizna, en misa religiosa, se congregaron los vecinos en márgenes del arroyo La Magdalena. El miércoles 22 de octubre de 1817 oficializaron la organización del caserío. Es la fecha que toman para conmemorar la fundación.

Así evoca el erudito Francisco González del Valle. En el repaso está Manuel José Dobal García, párroco que en septiembre de 1889 hizo magisterio eclesiástico en Cifuentes, en la actual iglesia, antes de ejercer curato de ingreso en Nuestra Señora de los Dolores (Santo Domingo), y figurar en la nómina del clero separatista cubano contra la dominación española.

El nacimiento del poblado en las fronteras del Camino Real trajo el trasiego  mercancías y caminantes. También surgieron las primeras edificaciones que, de un lado a otro, marcan las diferencias estilísticas y las épocas de construcción.

El poeta Gabriel de la Concepción Valdés (Plácido), al menos transitó en tres ocasiones diferentes por allí luego que en marzo de 1843 hizo su «malhadado viaje a Sagua» en el periplo a Villaclara. Es extraño que el bardo no dedicara un verso a las perfecciones aledañas que admiró en las márgenes de los ríos Maguaraya, Sitio Grande o Yabú, así como del paso por Berracos, Serrano y Tumbadero, algunos de los lugares de traslación.

Uno de los puntos más emblemáticos está en la periferia. Es la estación ferroviaria, amplia y vistosa, que desde noviembre de 1858 se enlazó con Sagua la Grande. Dos años después sería el punto de unión con Cienfuegos, y más tarde hacia el este para tocar Camajuaní, Remedios y Caibarién. Es una ruta por la cual  pasaron los más increíbles escritores, intelectuales y artistas que llegaron a Sagua la Grande. El estadista español Ramón de la Sagra dejó acotación de la belleza del paisaje en nota a Gertrudis Gómez de Avellaneda. La poetisa  también transitó por allí en agosto de 1860. De igual manera lo hicieron Claudio Brindis de Salas, Ignacio Cervantes, Federico García Lorca, Fernando de los Ríos y Gabriel García Maroto, por mencionar a notables intelectuales.

Cifuentes, denominado el Oasis Villaclareño, alberga cultura e historia. De Patria también se empina la localidad. Desde la cuna natal del poeta-mambí Ramón Roa Garí, así como del periplo inicial del galeno-general Juan Bruno Zayas, hasta la disputa interminable con Sagua la Grande por la paternidad de Emilio Núñez Rodríguez, el General de las tres Guerras de Independencia.

La persuasión viene dada por el nacimiento del incondicional mambí en el antiguo ingenio San Francisco, en Amaro, cabecera de partido judicial entonces que asumió la territorialidad del actual Cifuentes. Tal vez sea porque Amaro, el sitio de marras, perteneció a Santo Domingo, punto apropiado después por Sagua la Grande.

El polémico tópico aguanta más de una controversia. No obstante, el General mambí es idolatrado en Cifuentes. En su parque central, la Plaza de La Libertad, una de las pocas existentes, el curioso encuentra el busto en mármol de Carrara que el italiano Luigi Pietrasanta esculpió, y las palmas reales que recrean la antesala de la iglesia católica.

También quedan huellas de las fortalezas militares españolas que circunvalaron  el poblado, y del testamento en Piedad, legado por Francisco de Paula y Machado sobre el bando de reconcentración que impuso Valeriano Weyler entre 1896 y 1895 para sofocar a las huestes independentistas cubanas.

Otras historias, algunas ya perdidas y las más cercanas, tiene Cifuentes que expresar con atrevimientos inusitados. Necesita soltar las amarras y festejar el bicentenario fundacional en campo florido.

 

SANTA CLARA, LOS HOTELES Y EL ESPACIO PÚBLICO

SANTA CLARA, LOS HOTELES Y EL ESPACIO PÚBLICO

Por Luis Machado Ordetx

 

¡Alto!, ¡Alto!, ¡Alto!... Gritan algunos transeúntes que observan cómo el espacio público del tejido urbano de Santa Clara se constreñirá en cualquier momento. Así lo anuncia la apertura de un vistoso hotel en las inmediaciones del Parque Vidal, Monumento Nacional.

Al menos ya existen amenazas porque con la reapertura del Hotel Central (1929), los inversionistas situaron cercas de “quita y pon”, tipo informales, con plantas ornamentales. De dejarlas permanentes, y cualquiera pensaría que así ocurrirá, se cortaría el paseo por los portales de edificaciones contiguas.

Lamentable error en nombre del turismo en caso de mantenerlo cuando lleguen los primeros visitantes. También entraría en negación con lo estipulado por la Carta de Cracovia de 2000. Ese documento está  suscrito por la UNESCO para la conservación y restauración del patrimonio construido, principalmente en la «atención total a todos los períodos históricos» precedentes.

Todo edificio expresa su historia. Notables son los ubicados en el centro de la ciudad. En los portalones hacia el oeste, por décadas hubo comunicación y continuidad. El recorrido del paseante lo truncaron únicamente en la parte  asignada a la antesala del antiguo Liceo de Villaclara. La rancia aristocracia, con permisos aprobados, efectuaba allí  sus fiestas esporádicas. De eso hace muchos, muchos años.

Desde que se eliminaron las barreras racistas y exclusivistas en la plaza concéntrica y aledaña, el Parque Vidal, los portales permanecieron abiertos. Conferirle un sentido contrario sería segregación, pero de índole monetaria, y entraría en contradicción con la historia.

No obstante, los moradores de la localidad tienen muy fresco aquella “extraña” clausura de las calles que desembocan en la plaza principal de la ciudad. Eso sucedió en diciembre de 1996 en nombre del Plan Director de la Ciudad, y se invocó como la protección a la arquitectura radicada en el lugar, así como a beneficios económicos —ahorros de combustibles—, sociales y culturales. Nada resolvió.

Hicieron, incluso, hasta un estudio de la cantidad de vehículos que transitaban por esas calles. Creo, según cifras de entonces, eran más de 2 400 por hora. Calcule usted en un día, un mes o un año. En tanto las edificaciones siguieron sus paulatinos deterioros, y la contaminación ambiental continuó. En 2010, otra vez el Parque volvió a su normalidad con excepción de los parqueos laterales, aprobados para unos, y de violación en otros.

Válido el recordatorio por lo que llegará con el Central, y luego con el Florida. Bienvenidas las inversiones. Sin embargo, no olvidemos que en la antigua Casa Pérez, convertida después en hotel Camino del Príncipe, en Remedios, cerraron el portal, transformado en “patrimonio” del inmueble. Ahora, con alguna reiteración, se aprecia similar conducta en el Park View, en Santa Clara, donde sitúan sillas y mesas, y expenden refrigerios ligeros. El transito queda limitado.

El hombre tiene ojos para ver la verdad, y la siente no por una vez. Con eso basta. En el centro del país ocurre “algo” muy diferente a otras provincias cubanas. Estatales o privados se adueñan o parcelan el espacio común y propio, y ninguna institución toma cartas en el asunto. Las aceras, inherentes al transeúnte, tienen un socorrido lugar para habituales colas. Es lo inherente, convertido ya en habitual.

Son lugares que antes y después deben preservar el sentido y carácter de identidad de las ciudades del interior en su justo reconocimiento urbano, cultural y patrimonial. Eso no tiene discusiones.

Hay que corregir los impulsos, con regulación y normativas no al estilo de la pérdida que llegó en favor del Hotel América, instalación que se agenció el sitial de Honor de obreros, profesionales y campesinos destacados de la provincia, después Parque del Humor, Chaflán, nombre artístico del comediante Argelio García Rodríguez.

Eusebio Leal Spengler, meses atrás al abordar particularidades de los procesos republicanos remarcó en una frase: «Nosotros podemos explicar la historia; lo que no podemos hacer es borrarla».

Sin cultura el turismo jamás será un todo aunque constituya la locomotora de la economía en un contexto que tiende a propagar el espacio público de uso privado. Esos terrenos, aunque generen ganancias para el país, no son expresión de una correcta apropiación social y colectiva cuando se cercena el punto urbano.

Reconocer el carácter de identidad, implica respetar y conservar la memoria pasada y presente de los habitantes que conforman un conglomerado humano dispuesto a moverse de un lugar a otro sin obstáculos. Santa Clara, como Remedios, Caibarién o Sagua la Grande, por desgracia, no tiene muchas plazas o sitios de libre curso en  edificaciones contiguas. Desunirlos ahora sería empobrecer el entorno urbanístico y su aspecto social.

Otro tópico análogo es la historia. Observé que una vivienda —remozada después su fachada—,  convertida en hostal de Santa Clara, se le retiró la tarja que rememora pasajes de identidad cultural. Espero que no eliminen las dos placas existentes en lo que será el “Florida”, la ecléctica edificación surgida en 1924 y ampliada tres lustros después. Hago referencia a una que recrea el paso por allí de los Moncadistas, y la que sitúa a la Farmacia La Salud, como punto de reunión de conspiradores que en 1869 tomaron el camino de la manigua villareña.

Tendremos que contener los excesos en contraste de la ronda infantil “El patio de mi casa”: «Agáchate/ y vuélvete a agachar/ que los agachaditos/ no saben bailar». A excelente entendedor, pocas palabras. Con reiteración algunos especialistas colocan la N al final cuando “bautizan” al hotel Cosmopolita (1918), de Camajuaní, en proyecto de recuperación después que en 1987 fue deshabilitado.

No, el verdadero nombre jamás llevó la undécima consonante de nuestro idioma. De igual modo, en Santa Clara jamás existió un centro de alojamiento que titularan Telégrafo, solo existentes en Sagua la Grande y Cienfuegos.

Recordar ahora al filósofo español José Ortega y Gasset es vital: el espacio público, en esencia, marca la historia de una ciudad: la nuestra.

 

 

LINARES NO TIENE BARRERAS

LINARES NO TIENE BARRERAS

Por Luis Machado Ordetx

 

Félix Adalberto Linares Díaz, humorista gráfico, y también ilustrador, no requiere mucha presentación en predios cubanos. Tampoco en muchas partes del mundo su rigor artístico y firma pasan desapercibidos. La reconocida valía atestigua originalidad, talento y rigor. Su mayor gusto, y también percepción de los lectores, estriba en encontrar piezas hechas a la perfección.

Ese creador jamás merecerá un silencio. Tal apagón de opiniones es inadmisible, como ahora ocurre en medios de prensa que ignoran, y opta, al parecer, por “ceguera”, del estruendo de una exposición singular. La muestra del caricaturista de Melaíto “ancló” en Manicaragua, primer territorio que la exhibe después que en 2015 muchas de esas piezas debutaran en la Bienal Internacional del Humor  en San Antonio de los Baños.

En un lugar y otro el público disfrutó de facturas únicas. Eso es Linares, irrepetible en sus trazos e ideas. No todos los días un espectador localiza un acabado de exquisita dimensión, como el apreciado en la Galería de Arte Hurón Azul.

Allá está “Lino sin muchas palabras”, un referente de polisemia  temática. La pluralidad va desde tópicos de humor político, erótico, general y social, hasta el complemento del dibujo y la línea en todas sus dimensiones.

Con unas cuatro décadas de universo artístico Linares asume un calibre preciso al reconstruir la realidad y buscar un punto que encaje en la historia actual, y también alcance cuestionamientos en las miradas que observan los valores concluidos.

Dijo Martí, al hablar de Víctor Hugo, que  traducir “es transcribir de un idioma a otro”, pero el calibre artístico que se muestra resulta muy difícil trasladarlo en palabras y definiciones. Parco al hablar, incluso a exteriorizar ideas, siempre la obra de Linares hay que medirla como un todo de perfección que lo vincula al concepto plástico, la perspectiva, y el mensaje final.

Tal perspectiva hace que Linares carezca de barreras en su discurso, y que no reclame de palabras al mostrar un arte de perfección humorística en el cual cada caricatura por separado tiene una historia y un detalle sin que sea necesario encasillarlo en una particularidad erótica o social.

De llegar a otras regiones, cubanas o foráneas, un muestrario de tal calibre, aseguro que Linares, con la humildad que lo caracteriza, fuera mucho más famoso de lo que actualmente es en el ámbito nacional. Sin embargo, con su sencillez prefiere seguir cabalgando sobre las calles o ingeniando ideas que lo catapultan como un maestro desprovisto de barreras e idiomas para hacer siempre reír y poner a meditar a todos por igual.

 

 

LA GUITARRA, EL CONCIERTO Y CAIBARÍEN

LA GUITARRA, EL CONCIERTO Y CAIBARÍEN

Días atrás, en Caibarién, sostuve un afectuoso encuentro con el maestro Flores Chaviano Jiménez, quien desde Madrid viajó a su terruño natal y aguarda por el reconocimiento que próximamente recibirá en la Universidad Internacional de la Florida. De la amena conversación, aquí están los apuntes rescatados de la memoria.

Por Luis Machado Ordetx

Flores Chaviano Jiménez, el concertista de Caibarién, no conversó de su instrumento inseparable y de privilegio, la guitarra. El diálogo derivó hacia otros temas artísticos. También abordó, por supuesto, el universo de la música, la familia y el reencuentro con el terruño natal con olor al salitre que expande el puerto norteño de la Isla añorada.

Fue la primera ocasión que lo tuve cerca. Hombre espontáneo y facundo, constantemente abierto a la conversación, confesó sin protocolos sobre algunas predilecciones. Abarcó también fragmentos de un pasado de  adolescencia que jamás olvidará.

Es un recuerdo en apariencias perdido, afirmó. Todo subyace en la  atracción  por el retoque de negativos de películas y la fotografía en las más variadas dimensiones. Ahí están aquellas imágenes añejas que lo trasladó al infinito sentido de la medida que brota cuando pulsa las cuerdas de su guitarra.

A contrapelo de la brisa marina que entró caliente a la sala de la vivienda y del tropiezo inusual, allá en Caibarién, el concertista Chaviano Jiménez hizo mención a los actos creativos que aprendió en el terruño natal. Argumentó, incluso, de los pocos momentos en los que habló del instante fotográfico. Sin saber por qué, también se acercó en principio al alicantino Vicente Gelabert Santonja y su tránsito por escenarios cubanos.

De ese alumno predilecto de Francisco Tárrega, el forjador de una metódica y una inconfundible escuela, tiene historias que lo emocionan. Unas semanas lleva Flores, quien prefiere el tuteo llano, en el poblado costero donde aprendió los acordes iniciales de la guitarra. Al parecer no puede desprenderse de Gelabert, tal vez en su paso por Caibarién, y por la impresión que dejó aquella fotografía que observó en la infancia.

En enero viajó Chaviano Jiménez a La Habana. Todavía permanece entre nosotros. Atrás quedó el fallido reconocimiento público que recibiría junto al concertista Eduardo Martín Pérez por las respectivas proyecciones en el contexto de la guitarrística, la composición y la docencia. Ambos festejan  años cerrados de existencia. Flores las siete décadas, y su colega las seis con el grueso de historias colgadas de los escenarios, los aplausos y las horas de aprendizaje constante. 

En 1971 Flores concluyó sus estudios del segundo grupo de instrumentistas forjados por la Escuela Cubana de Guitarra. Con Efraín Amador integró esa promoción.  De allá a acá pasó el tiempo cuajado en diferentes círculos internacionales. Dos años antes de esa fecha Carlos Molina abrió la senda de egresados a partir de las lecciones que impartía Isaac Nicola, el mentor. Luego las enseñanzas en simultáneo continuaron con Roberto Valera, Alfredo Díaz Nieto, José Ardévol, Alirio Díaz y Sergio Fernández Barroso, entre otros inspiradores.

La tradición todavía persiste en la pedagogía nacional. También subyacen  desde un principio las sesiones teóricas-prácticas prodigadas por Leo Brouwer, Carlos Fariñas y Jesús Ortega, educadores en esencia de otras hornadas de seguidores.

El tiempo transcurre y Chaviano Jiménez jamás arrincona una emoción. Todos persisten en la evocación de cuando comenzó en octubre de 1964 los estudios especializados y la prolongada estancia en predios habaneros.

                       Villa de los Cangrejos, según García Caturla

Flores, antes de abandonar Cuba en lo inmediato, a la cual considera “Isla de las melodías por sus herencias hispanas y africanas”, piensa en localizar por “curiosidad” aquellos arreglos orquestales, de música de vanguardia, hechos desde San Juan de los Remedios por el insuperable Alejandro García Carturla.

La indagación es mayor cuando se conoce que la mayoría de los montajes presentados a partir de diciembre de 1932 por la Orquesta de Conciertos de Caibarién se concibieron con obras de Manuel de Falla (“La vida breve”), de César Cui (“Oriental”), o “L´aprés midi d´un faune”, de Claudio Debussy, así como otras de Gershwin, Maurice Ravel  y Stravinsky. Eran los proyectos de Alejo Carpentier al animar una música de dimensión cubana y ribetes universales.

Sin llegar a lo infructuoso las búsquedas hasta el momento no tienen los frutos deseados. La papelería en instituciones culturales anda perdida, o al menos bastante escondida. Por el “¿hallazgo?” hay una predilección.

El concertista cubano asentado en Madrid considera dos baluartes trascendentes de nuestra música renovadora, de vanguardia: Amadeo Roldán y García Caturla. La composición, y la divulgación de piezas sinfónicas de los clásicos y los contemporáneos, a partir de la primera mitad del siglo anterior, mostraron otros alientos y raíces inabarcables.

                                          Otro reconocimiento

A principios de marzo Flores irá a los Estados Unidos. Allí recibirá el tributo que prepara la Universidad Internacional de la Florida. Así lo manifestó en una fecunda conversación de apenas treinta minutos. Todos bastaron para el intercambio de puntos de vista y de emociones.

Alegó que en Miami no tomará entre sus manos, como en otras veces, la añorada guitarra, o la batuta de director orquestal. Serán los continuadores de la tradición los que ofrezcan el concierto-homenaje. Habrá un repaso a las principales composiciones que escribió para conjuntos de instrumentos, coros y guitarra, precisó. Seguro, muy seguro, en el repertorio aparecerá “La Ciudad II”, pieza para clarinete solo, una entre tantas de predilección.

Recientemente Flores culminó su vida laboral activa como pedagogo en tierras ibéricas. Ahora piensa en proseguir su misión de instrumentista y difusor de la usanza trovadoresca cubana. Con un relativo descanso se topará con diferentes partes del mundo, y escribirá historias para encantar las sonoridades de su guitarra.

                                Gelabert, el mítico bohemio

En una ocasión, argumentó Flores, cuando era adolescente y aprendiz de los consejos de guitarra de Pedro Julio del Valle, “llegué al estudio fotográfico de los hermanos Martínez Otero, uno de los más distinguidos del país. En la vidriera exponían una fotografía de un músico español asentado en Cuba. Dijeron algunos curiosos del concurrido centro de Caibarién que el instrumentista genial era de apellido Gelabert, alumno eminente de Tárraga”. Aquella historia quedó prendida en la memoria del compositor e instrumentista, todavía en ciernes.

Al rememorar a Vicente Gelabert le expuse a Chaviano Jiménez que ese artista arribó a Cuba en 1905. Después abrió el camino para la aparición de otros consagrados instrumentistas ibéricos en nuestro archipiélago. Mencioné los casos de Pascual Roch y José Villalta. Ninguno fue más trashumante que ese concertista que apreció en una diminuta fotografía y murió en 1942 en el modesto hotel de Amaranto Alfaro, en Quemado de Güines, en la costa norte del país.

Un tiempo atrás Bohemia exhibió el panteón de granito grisáceo con una lápida de mármol blanco, erigido en forma vertical. El sitio perpetúa la última morada del enigmático músico. Entonces, delante, tenía una escultura en forma de guitarra. Al visitarlo, hace años en ese afán por escudriñar en historias ocultas de asombrosos muertos, no mostraba la hidalga simulación del instrumento. Los sepultureros contaron que muy pocas personas concurren a la necrópolis a rendirle tributo al inmortal español. Sin embargo, allí estaba para ofrendarle una sencilla flor. 

Apunté a Flores que el paso de Gelabert por nuestro país comenzó accidentalmente por Santiago de Cuba, lugar en el cual fue preciso desembarcar en su viaje desde la península ibérica. Residió, incluso, en Holguín, Cienfuegos y Quemado de Güines. En limitadas ocasiones acogió  a alumnos. Al recibirlos, casi siempre, lo hizo a cambio de sostenerse en alimentos o pago mínimos que luego gastaba en el consumo de licores.

También dio conciertos en Antilla, Guaro y Guantánamo, territorios donde  efectuó sus primeras presentaciones. Tal vez esas historias nadie las recuerde y las reseñas queden “guardadas” en las páginas amarillentas de algún periódico provinciano. Similares actuaciones hizo en Santa Clara y Sagua la Grande, escenarios propios para difundir piezas de Chopin, Beethoven, Bach, Albéniz y Tárrega, su maestro.

De Gelabert, quien estuvo también en Caibarién, hay miles de anécdotas, aseguró Chaviano Jiménez, y precisó que  antes de radicarse en Madrid, cada vez que recorría escenarios cubanos, siempre del público un curioso recordaba el paso del reconocido virtuoso ibérico por el más insospechado de nuestros pueblos.

                                 Vuelta a la fotografía

Por incongruencias burocráticas la estancia efímera de Flores, el concertista, transcurre desapercibida para las instituciones culturales del país. No importa. Ahí están los familiares y amigos que tienden un puente de afectuosidad y reconocimiento íntimo a quien consideran uno de los virtuosos más valiosos de la guitarra contemporánea.

La irreverencia de organismos estatales para prodigar encuentros entre músicos, y hasta del diálogo teórico, en los cuales gustoso intervendría Chaviano Jiménez, tal vez provenga del desconocimiento “vaporoso” de su  representatividad en la guitarra contemporánea. Con eso palpo cierta insensibilidad educativa e intelectual.

En una lectura reciente al inexacto Diccionario de la Música villaclareña (Giselda Hernández Ramírez, Capiro, 2004), dejó al guitarrista y compositor de Caibarién enclaustrado en 1974. Al parecer, toda profesionalidad de  Flores, y su recorrido por el mundo murió con esa fecha. Por fortuna, el Enciclopédico de la Música en Cuba (Radamés Giró, Letras Cubanas, 2009), es  más categórico y puntual. No obstante, casi una década antes de la publicación del texto notificó inconclusa la proyección artística de Chaviano Jiménez.

Fueron esas las razones del por qué bolígrafo, papel u otros artilugios tecnológicos no imperaron en el diálogo espontáneo que sostuve días atrás. Allí fluyeron raudos otros recuerdos, y también se conversó de música y compositores. Resaltaron aquellos destellos de infancia que lo llevaron al estudio de Waldo Urbay, en su poblado natal. Entonces aprendió la  restauración manual de negativos recién salidos del proceso de revelado. Era el momento previo a la impresión definitiva en papel de aquellas instantáneas  que marcarían relámpagos insustituibles de la historia.

Atrás quedaron en la despedida el recordatorio para la búsqueda afanosa de los arreglos que introdujo García Caturla en la música vanguardista interpretada por la Orquesta de Conciertos de Caibarién. También la mención de cuánto representó Gelabert en los cubanos. El colofón fue el afectuoso saludo de un hombre que descubrirá otros caminos en el decurso de su fructífera existencia  de compositor e instrumentista de estatura universal.