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HISTORIA Y CULTURA

100 DE BALLAGAS

Por Luis Machado Ordetx El azar de la naturaleza trajo una recordación inmediata, no sólo para Santa Clara, sino, además, para toda Cuba: el poeta, pedagogo y ensayista Emilio Ballagas Cubellas abrazará el año entrante el centenario de su natalicio, fecha propicia, incluso, al mayúsculo tributo para uno de los forjadores imprescindibles de instantes valiosos en la Literatura nacional del pasado siglo. Digo eso, ahora que peregrinos vientos tumbaron el techo de la escuela primaria que lleva el nombre del poeta, en las cercanías de la ciudad —única de su tipo que lo honra de esa manera, gracias a la gestión de Aida Simeón Sousa, discípulas normalista-, porque será la ocasión de retribuirle a Ballagas el aporte que, desde el sentido de la modestia y la dedicación, dejó como otros de su estirpe en Santa Clara, territorio al que llegó en 1933 y lo abandonó en 1948 cuando la salud física menguó las fuerzas espirituales y sociales. Existen testimonios orales y documentales que aseguran a Santa Clara un peldaño de inestimable valía, por encima de la natal tierra agramontina [Camagüey, 11 de noviembre de 1908-La Habana, 11 de septiembre de 1954], y a su vez de la efímera huella en el poblado de Buenaventura, en Holguín, y también a La Habana, para un reconocimiento sin precedentes que resarza la deuda impagable que tenemos los residentes aquí con el autor de Júbilo y Fuga [1931]; tal vez el único libro que escribió sin tener en cuenta a nuestras calles y su gente. De allá acá, la pisada por la ciudad y su devenir cultural, lo persiguió como una constante: Cuaderno de poesía negra, editado en 1934 en la imprenta La Nueva, de Villuendas e Independencia, con grabados en linolium de González Puig y Ravenet Encuerdo, y luego las colaboraciones en la revista Umbrales, de Dámasa Jova y el ánimo literario a los jóvenes escritores Jorge Cardoso, Domínguez Arbelo y… Justo después vinieron otros textos que formaron los poemarios Sabor Eterno, Nuestra Señora del Mar, Décimas por el júbilo martiano en el año del centenario del Apóstol José Martí, así como traducciones, conferencias y el articulismo dedicado a la prensa plana o radial. Nada como Santa Clara para verlo bregar otra vez, no en la sombra, entre el alumnado de la Escuela Normal para Maestros, donde ocupó durante tres lustros la cátedra de profesor de Gramática y Literatura, sitio en el cual avivó, junto a Pepilla Vidaurreta y Revenet Encuerdo,  el proyecto vanguardista y renovador de las pinturas murales concluidas en esa institución docente en diciembre de 1937.                     La trascendencia de Ballagas no puede quedar sólo en el recuerdo, porque, incluso, antes que otros territorios cubanos o extranjeros (Francia, España o Estados Unidos, lugares donde residió por breve tiempo), formen calendarios de disertaciones teóricas, Santa Clara, como ningún otro sitio, tiene aún latiente el privilegio de su estancia artística y vivencial para contarla a la Historia

VILLACLAREÑOS EN MADRID

VILLACLAREÑOS EN MADRID

Por Luis Machado Ordetx 

Recién acabó el concierto madrileño de la gira europea de Chucho Valdés Quintet & Bebo Valdés, y la prensa española no dejó de elogiar las actuaciones espectaculares de dos coterráneos que desde hace tiempo integran el colectivo que acompaña hasta el desvelo a ese negro majestuoso nombrado Jesús, ganador en cuatro ocasiones de Premios Grammy en la categoría de jazz latino.

Obligada referencia hago al bajista Lázaro (Fino) Rivero, y también a Juan Carlos (Peje) Rojas, el «El Hidalgo del drums», oriundos, uno y otro de extremos antinómicos que van desde la serranía de Manicaragua, a las costas de Caibarién, tal como prefiere denominarlos el propio Chucho, quien del elogio pasa a la exigencia artística y musical y queda extasiado ante los solos de improvisación que ejecutan en cada actuación.

El público aplaudió, y de pie en el patio del Conde Duque,  donde ocurrió el recital del jueves, con el propósito de perpetuar las festividades por los veranos de esa Villa —según la tradición anual—, estuvieron acompañados por Bebo Valdés, el inconfundible Patriarca del piano, casi ya nonagenario, padre de Chucho y de María Caridad —acompañante también en la gira—, además de Yaroldis Abreu, hacedor de la congas.

 Hoy estarán en la Granja de Segovia, un auditorio cercano a Madrid, y el domingo irán a Paris, para después volver a predios de Alicante, balneario del levante español y seguir a Zaragoza, hasta arribar a Roma y otras ciudades europeas en una travesía que se inició el pasado 7 de julio  y terminará el 3 de agosto. 

En Conde Duque la presentación del jueves último era por hora y media, pero las descargas de los villaclareños, junto a Abreu y los Valdés, obligó a una persistencia que duplicó ese tiempo, y según criterios de Chucho, el periplo constituye un sonado éxito de la música cubana y en particular del jazz latino en el Viejo Continente; mientras Bebo responde que cuando «le quiten el piano se morirá, porque ese instrumento constituye el aguante de toda su existencia artística y espiritual». 

Los europeos, en la península Ibérica, tanto en teatros, como en calles y plazas de las ciudades donde actúan los «muchachos» de Chucho Valdés, incluido Bebo, tributan aplausos, y muestran respetuosidad ante una música que jamás agota esas riquezas armónicas en que confluyen las huellas africanas y españolas como herencia única en la futuridad.

PERIODISTAS Y DECIMISTAS

RAITING CON FANTASÍAS

RAITING CON FANTASÍAS
Por Luis Machado Ordetx
lmachado@vanguardia.cip.cu

No dudo que sectores de audiencia radial o televisiva encuentren goces, y hasta distracciones, en esquemas humorísticos, en los cuales, de un tiempo a acá, los villaclareños tienden a removerse en una tierra movediza donde imperan signos de mediocridad amparada en conceptos conformistas del discurso comunicativo.

Tales patrones acusan a «La zambomba», dominical de CMHW, y también a la parte que corresponde al «Guateque del Mediodía», de Tele Cubanacán, por citar ejemplos que proponen términos de humor con productos ramplones y rutinarios, desprovistos de eficacia en mensajes y de valías artísticas.

El mal de fondo, al parecer, a veces, viene importado, como una copia mimética que trasciende y tipifica el doble sentido del discurso que pulula en escenarios de recreación nocturna de cualquier parte del país.

¿Dónde reside la audacia creativa que, como tromba, se aprecia en este sentido en los medios de comunicación? En ninguna parte: en la radio, aseguro, se salvan aquellos elegantes momentos que recuerdan a clásicas presentaciones del Conjunto Nacional de Espectáculos —como el reprise de Alejandro García (Virulo) el domingo pasado, y también en otras de Argelio García (Chaflán)—, por mencionar algunos, ya que en lo restante persiste el predominio de lo cursi e insustancial.

La TV villaclareña tiene similar aprecio, como el antológico «ladrido del perro adivino», mostrado el miércoles último como ruptura transicional del guateque campesino, hecho que se generaliza en cada programación de esa naturaleza. ¿Dónde seleccionan a los artistas y cómo hurgan en la variedad y calidad del repertorio vinculado al humor?

Lo cómico, dígase también sus variantes, en ambos medios está muy lejos de erigirse en violación de la armonía y de perpetuar un alto contenido social en la reconstrucción de sucesos imaginados o reales que encuentran en la risa un permanente amparo psicológico y hasta fisiológico para el individuo.

Tal vez los programas aludidos gusten a un tipo de público y las ocurrencias provoquen la carcajada. Puede, incluso, que los raiting de audiencia sean amplios y las cartas enviadas, para agradecer, sean mucho más abultadas. No lo dudo.

«La zambomba» va a la ironía como forma paradójica que viste lo cómico-humorístico, pero queda distante en la meta, al olvidar, igual que Tele Cubanacán, ese sentido legendario asignado por Schlegel —Románticos de Jena—, a ese tipo de hecho artístico: «todo debe ser broma y todo debe ser serio; todo sencillamente franco y todo profundamente fingido», dispuesto a conseguir una actitud crítica hacia lo que se ridiculiza o enjuicia.

Es hora, por tanto, de revisar ciertos moldes humorísticos que, desde escenarios nocturnos-recreativos, se injertan en la radio o la televisión local sin toques de eficacia comunicativa o artística. Necesitamos que se apele más a la originalidad y a la audacia de ese mensaje que incluye parodia, ironía, reflexión y..., pero, por encima de todas las cosas, elaborada con gusto y precisión estética.

BOLEROS DE ORO

Por Luis Machado Ordetx 

Otra vez llega a nuestros predios una edición de Boleros de Oro, género que desde mediados del siglo antepasado demarcó una impronta sustentadora en nuestra nacionalidad, y que desde la escritura hasta su ejecución vocal define un modo y una forma de encarar la música cubana para deleite del oído y la parsimonia escrutadora de la realidad romántica.

 

Desde que Saumell presentó el bolero-mambo «San Pascual Bailón», hasta la antológica «Tristeza», de Pepe Sánchez, a mediados de 1880, y el surgimiento de las modalidades del bolero-ranchero, bolero-mambo, bolero-rock, el bolero-chá y otras extendidas  en esa lista, se afianza la manera de hacer y del ser de nuestras cualidades culturales.

 

Ese constituye uno de los grandes privilegios de los encuentros, primero con carácter internacional —en contactos entre cubanos, españoles y mexicanos— y luego en  proliferación y difusión de valores por todo el país.

 

El cultivo de ese tipo de canción sin paternidad reconocida, el bolero, viste en cada instante una orla de Oro para llenar un espacio, no solo en la promoción, sino, además, en el examen teórico, tal como ahora promete durante el fin de semana la realización de este tipo de programa artístico e investigativo en escenarios villaclareños.

 

Acaso, quién no recuerda piezas de María Griver, Roberto Cantoral, Bobby Collazo («La última noche que pasé contigo»), Orlando de la Rosa («No vale la pena sufrir») Julio Gutiérrez («Inolvidable»), Eusebio Delfín («En el tronco de un arbol»), y otras de Rolando Vergara y Marta Valdés, hasta convertir las listas de autores e intérpretes, incluyendo a artistas locales, en interminables.

 

Ayer por la mañana se efectuó aquí la sesión teórica del iv Festival Boleros de Oro, con la particularidad de enfocar los estudios sistémicos hacia la labor de composición y vocalización desempeñada por figuras de la localidad, y entre el sábado y el domingo, en Santa Clara (Museo de Artes Decorativas, El Mejunje, UNEAC, Casa de la Ciudad, Consejo Popular Pastorita, Tabaquería LV-9, EPA Samuel Feijóo y sala de concierto Marta Abreu, en «La Caridad»), junto a Cifuentes y Placetas, acogerán a vocalistas de primera línea en la raigambre de un género que jamás muere.

 Las actuaciones de Mundito González, Millán Suarnába, Ela Calvo, Rolando Montero (El Muso) y Orestes Macías, entre otros, se unirán a María de los Ángeles Santos, Antonio Guzmán, Ricardo Rojas, Gustavo Felipe Remedios, Ricardo Rojas y Vionaika Martínez, en el deleite auditivo de los asistentes a las instituciones convocadas para un encuentro que nuevamente promete singularidad. 

EL GRITO DE ANIDO

EL GRITO DE ANIDO

Por Luis Machado Ordetx 

 www.vanguardia.co.cu

El silencio, desde el hogar o cuando está deambulando por las calles más vistosas de la ciudad, ampara las elucubraciones  descabelladas de una mirada que se posa en torno a acontecimientos verosímiles o no de esa realidad, la cual tiende a reafirmarse en lo mítico.Alberto Anido Pacheco, el polifacético, en su peregrinación por el  tiempo de la creación artística (teatro, música, pintura, narrativa, crítica cinematográfica y…), aparece situado en esa cuerda y decidió que jamás la abandonaría, aunque el mundo cambiara en una sola fracción de segundo.Nadie negará que sea un conocedor, casi empedernido, de Santa Clara, capital de Villa Clara, sitio que, en la algarabía o el trinar de los alados silvestres,   escudriña en demasía para que nada sorprendente escape de una realidad desperdigada de la concurrencia halagadora del instante.Ahora, la Galería de Arte del Centro Provincial de Patrimonio Cultural acaba de irrumpir en la vereda de una época no extinguida, cuando Albertico hurgaba —y todavía persiste en similares afanes—, tras la búsqueda esforzada de güijes, lechuzas, misterios de «chinas», mujeres, del Burro Perico y …Con la ocasión festeja las cuatro décadas y media de hacedor artístico. Es una Retrospectiva que, desde 1970, perpetúa la traslación y las peripecias amontonadas como fundador del legendario grupo Signos, que dirigiera el más eminente de los folkloristas cubanos: Samuel Feijóo.
La línea gruesa, el detalle preciso aforado con la tinta, así como el motivo que subyuga, y también el arabesco sugerente que se aloja en la captación de una imagen, convierten la pintura de Anido Pacheco en decantación estilística, única y eficaz para la comunicación y la lectura.
En La casa en silencio, al igual que en Los ausentes —unas de las tantas piezas narrativas publicadas—, está la inocencia, la pasión y la soberbia, casi en antinomia, por hallar lo propio, distinguir el encanto de la ciudad y el paso de los coterráneos por la historia.El espejismo contenido en la imaginería popular que asombra el pensamiento, el detalle que encaja  en la psicología individual, y la ampulosidad y la mesura del discurso escrito, oral o pictórico que esgrime Anido, convierten toda su obra en exclusividad de una u otra época.Por eso, cada día, cuando el hombre se detiene a contar de sus historias, en los ojos y los oídos del interlocutor retumba un estremecimiento ante tan insospechadas fabulaciones populares, siempre depositadas dentro de un mítico instante creativo: desde el mutismo hasta el estruendo en que ciñe una acabada perfección.  

PERFIL DE FRANKLÍN

PERFIL DE FRANKLÍN

Por Luis Machado Ordetx 

Dicen que el acero siempre se fortalece a martillazos, y desde joven, en el natal Caibarién, luego en Santa Clara y otras partes del mundo, pensó que por difíciles que entrañaran las misiones, nada escaparía en el propósito de ampliar los conocimientos que sobre el medio radial, tras las aventuras que siguió de la mano de su padre Feliciano Reinoso Ramos, apodado Jack Dempsey, cuando inauguró la era de la locución deportiva en la mítica emisora fundada por Manolín Álvarez Álvarez, allá en 1922 en la Villa Blanca. Franklin, el más pequeño de los varones de Reinoso, a finales de 1957    —con la osadía de la juventud, y con el orgullo de la tradición impuesta por el progenitor en secciones deportivas e informativas—, llegó a la emisora CMHS-Radio Caibarién y se prendió de un bichito que todavía anda letiente.El cúmulo de anécdotas, experiencias y deseos porque los hechos noticiosos, cada vez que vez que los emprende detrás de un micrófono, salgan a la perfección, valieron recientemente los méritos suficientes para la obtención del Premio de Locución en programas informativos durante el Festival Nacional de la Radio Cubana. Allí, con un editorial y un noticiero, preparado por la periodista Dalia Reyes Perera, valieron para conseguir ese galardón, ejemplo de constancia que lo insufla a no detenerse en el andar profesional.  Apegado a su medio, por azar el diálogo fermentó en el patio del local que ahora ocupa, de manera temporal, la CMHW, sitio que, desde hace 34 años, frecuenta con una asiduidad propia del que encuentra el estudio y el micrófono como una prolongación insustituible de la familia. Jamás se le ve en programas de la calle, tal vez sea un miedo escénico que lo limite por temor a la reiteración, al no pronunciar correctamente, a elevar el tono más allá de lo permisible, a carecer del voto de la exhortación. No obstante, admite que lo propio de su hacer reside en la cabina, en un estudio y en programas informativos. Sólo el descanso que lo obliga a alejarse de esos recintos,  le permiten un despego momentáneo de los trajines radiales; aunque afirma, siempre la preocupación y el estudio lo llevan a repasar las programaciones diarias en las que interviene. Franklin Reinoso Rivas, tras procrear también una familia —entre locutores, traductores y periodistas—, es un hombre que, aún los años y la experiencia, se considera un aprendiz de cada ocasión, reacio siempre a la improvisación desde que, después de solicitar la baja, en 1962, de las filas de la Marina de Guerra Revolucionaria,  llega a CMHW para realizar suplencias y cubrir vacaciones de los titulares del micrófono en ristre. ¿Por qué te estableces definitivamente entre el colectivo de la llamada Reina Radial del Centro?  Bueno, jamás pensé abandonar Caibarién, pero después de la desmovilización como miembro de la MGR, ya se auguraba poca vida a Radio Caibarién, y en 1963 matriculé un curso amplio, auspiciado por el ICRT en La Habana, para formar locutores. Allí se impartía desde administración hasta narración dramática, lectura y redacción de noticias, historia y música cubana. El primero de diciembre de ese año arribé a CMHW hasta los días de hoy. Esta es y será siempre mi casa, sitio al que presto una dedicación absoluta desde el instante en que el maestro Nelo  Évora Valdés ofreció la posibilidad de establecerme en faenas laborales dentro del medio. Eso no lo olvidaré jamás. ¿Algunos aseguran que eres un músico frustrado?  Sí, es cierto. Maestros de la talla de Pucho López y Chú Rodríguez se asombran del sentido y el oído musical que tengo para el montaje de voces, la presencia del desafinado y la grabación. Siempre existe un gusto por todas las sonoridades cubanas y la buena música universal sin distinguir patrones entre los encasillados de culta y popular. Tal vez sea un fruto del refugio que hallé en  CMHA —la antigua Onda Musical—; el Estudio 8 (multipista) de W donde hice unas 4 mil grabaciones de solistas y agrupaciones villareñas devenidas en la actualidad como antológicas por la calidad de las facturas terminadas. Hasta algunos discos se hicieron allí. La Fonoteca conserva muchas de aquellas realizaciones, en las que trascienden las audiciones de la Orquesta de Música Moderna, los Festivales del Creador Musical y de algunas agrupaciones y solistas ya desaparecidos.Fueron años difíciles, de controles remotos por todas las regiones de Las Villas; con trabajo agrícola en la mañana y sesiones radiales por la tarde o la noche, en tiempos en los que existía un gusto por todo lo que realizábamos. ¿Acaso ahora no existe ese aguijón espiritual?  Claro, pero determina la especialización de cada cual y también imperan limitaciones objetivas. En esta emisora, mi casa grande, durante un tiempo lo mismo hacía funciones de locutor, que de torrero, grabador, director o coordinador de programas. Vienen a la memoria los instante de Radio Cien Días, la Zafra de los Diez Millones, Música y Juventud, y... Ahora, solo la locución impregna la mayor dedicación. ¿Eso también ocurre en la búsqueda de los ancestros y la idiosincrasia del «cangrejero» de la Villa Blanca? A Caibarién casi no voy, pero recuerdo todos sus encantos de la época de juventud, sus parrandas, y también comidas típicas que en ocasiones en reuniones de amigos en las que interviene Víctor Manuel Menéndez, otro locutor de CMHW, rememoramos con las hechuras de los sabrosos arroz a la Marinera o la Salsa de Perro.  Ahora que mencionas la locución. Volvamos al tema. ¿Cuándo un profesional de la palabra hablada, frente a un micrófono, adquiere madurez? Mira, siempre estoy relacionado con los programas informativos, noticieros estelares y otros espacios en los que cada locutor impone un estilo de acuerdo a las características del medio de prensa. Creo que la enjundia requiere un lustro como mínimo frente a los micrófonos y el tránsito por todas las especialidades que exige ese ejercicio. Nada puede faltar en una profesión que exige autopreparación, documentación y lecturas diarias. ¿Cuáles son esas cualidades que refrendan el conocimiento? En la locución informativa la voz tiene que adquirir un sentido agradable, con excelente dicción y lectura media plana, sin mucha intencionalidad, para que el texto no se convierta en comentario. O sea, sobre todo dicción impecable y entonación semiplana y fluida. ¿Es fácil encontrar locutores jóvenes? No aparecen con frecuencia. Desde la Cátedra de Locución que presido en Villa Clara, uno se percata que en ocasiones la tarea de localización resulta difícil, y nuestra misión es hallarlos y prepararlos para que funjan como relevos.  En el hacer diarista, ¿cuáles son las situaciones difíciles que enfrentas? Aparecen cuando algo no sale correctamente por subjetividades de cualquier tipo en equivocaciones que salen al aire, y al final duelen. Sin embargo, todo pasa por el tamiz del trabajo de mesa, de la autopreparación individual y colectiva previa al momento de transmisión. También ubicaría aquellos instantes que uno sitúa entre los hijos adoptivos y que después de años desaparecen, y hago referencia a Melodías de Siempre, un programa que después de décadas impuso una preferencia y aunque todavía se transmite, desde que dejé de hacerlo no lo percibo igual.     

MARINELLO, OTRA ESPIGA IGNOTA

MARINELLO, OTRA ESPIGA IGNOTA

Este 27 de marzo se cumplen tres décadas del fallecimiento de Juan Marinello Vidaurreta, uno de los principales teóricos cubano y latinoamericano del Arte y la Literatura. 

Por Luis Machado Ordetx

Fotos: Archivo del Autor

Fragmento de un libro en fase de terminación.

                          «La tristeza no embriaga con la crítica:   

             florece como el renuevo que estimula  

           a crecer y no a equivocarse...». [1]                  

            Manuel Navarro Luna 

¡Qué paradójico!..., dirán. El viernes 20 de enero de 1967, desde la Delegación Cubana en la UNESCO, en Paris, Juan Marinello Vidaurreta remitió una carta con demasiada premura a una vivienda en Santa Clara.

 

 No era la primera vez, hay absoluta seguridad, de que empleara el correo ordinario o certificado, en brevísimas letras, para urgencias personales. Decía: «Negro, como en otras ocasiones, donde requeríamos que estuvieras, con tu calor de versos y pueblo, necesito  determinados envíos que puedes hacer…». [2]

 

Pedía con humildad libros para llenarse de placer y sabiduría, sobre todo un ejemplar del Mapa de la Poesía Negra, antología preparada, en 1946, desde esta ciudad por Emilio Ballagas Cubeñas. En otros, tal vez, pudo delegar en la solicitud, pero el escogido de ocasión era el declamador villaclareño Severo Bernal Ruiz, a quien lo unían lazos de profunda amistad, casi cercanos en la camaradería familiar.

 Jamás el destinatario preguntó el por qué, y el otro falleció, hace 30 años, el domingo 27 de marzo de 1977, sin dar respuesta tajante a semejante incógnita, lo que registró al declamador como degustador de una ignota espiga para hallar a Marinello alejado de responsabilidades políticas o sociales y también  de los azotes del tiempo: exponerse íntimo en cualquier lugar, pródigo de cariño, de lealtad fina y decidida, características estas que identificaron a un humanista de pecho depurado.

 MARCAS DEL SENDERO 

«De ese coetáneo tengo avidez de conversar», señaló Bernal Ruiz durante una entrevista realizada en 1988. Allí destacó que Marinello trazó una ruta y un horizonte, de hechura e inteligencia, para generaciones de cubanos dispuestos a ennoblecer a la Patria con a las huellas imperecederas del antiimperialismo y el latinoamericanismo de Martí.

 Fue común, entre algunos de los hombres de su generación, encontrase en puntos fijos, cuando los compromisos lo facilitaban. En Manzanillo, La Habana, Santa Clara, Sagua la Grande, Caibarién,  Narcisa, Yaguajay o..., llegaba con sistematicidad, cámara fotográfica en ristre, junto a su esposa, la pedagoga Pepilla Vidaurreta.

 En otros recintos, también coincidíamos, casi siempre, los fines de semana, y emergía el coloquio ardiente, el recado escrito, el imperioso crédito del diálogo y la palabra. Lejos, envuelto en la agitación política y revolucionaria —en meditación literaria, y ahijando el porvenir—, señaló el declamador que Juan, nacido en 1898 en predios villaclareños del poblado de Jicotea, «sacó sistemáticas fuerzas, no sé de dónde, para sustentar la unidad de creación y encausar los derroteros estilísticos y temáticos de un grupo de intrépidos “aficionados” que a finales de la década de los años 30 se sumaban al quehacer artístico».

 

Revelaba así la vocación del humanista: la maestría pedagógica del mentor, marxista-leninista, americanista y universal, y tenía inspirada palpitación en los retoños. En todo era nítido de carácter. Tal vez porque sacaba ventajas por la profundidad erudita que esgrimía, la edad, la vivencia, así como los conocimientos que sobre el arte  y la literatura acumulaba ya al cobijo de la absorción adoradora de los progenitores predilectos, entre los que aparecía Martí, Lenin, Mella, Villena y... Esa proporción, tamañuda, reposaba en una procreación dialéctico-materialista que transbordaba, adentro, en las entrañas.

 

Las reminiscencias del contacto con Marinello, explicó Bernal Ruiz, «sobrevino en septiembre de 1936, justo a raíz del fusilamiento de García Lorca. Estaba compungido, terriblemente quejumbroso, por lo acontecido».

 

 Por esa fecha, el declamador se adjudicó, entre las muchas amistades, el vínculo con otras tres personalidades literarias que formaron una estela en lo inmenso y transparente: Ballagas Cubeñas, Raúl Ferrer Pérez y Manuel Navarro Luna. A los encuentros, casi siempre, acudía Pepilla Vidaurreta.

 

Jamás en Cuba un hombre, de tanta energía, vitalidad e inventivas, consagró un nutrido  espacio escrito o hablado para sentenciar, aguijar y predicar en favor de una vertiente lírica, narrativa y, en definitiva artística, que calara en la cuenca del alma nacional: en el andar solicitaba ese toque que universalizara y, además, alejara cualquier pronunciación de atisbos folcloristas, superfluos, vacuos...

 

En noviembre de 1938 —retornando a lo pretérito, sustentó Bernal Ruiz—, «en aureola expedita y rodeado de habituales a las veladas del central Narcisa          —donde se afincaba el enclave de Raúl Ferrer Pérez—, el teórico bosquejó (con talante sintético, amargo y molesto), la lectura de ciertos fragmentos implícitos en una carta de José Ángel Buesa, el poeta romántico.

 

Marinello estuvo en desacuerdo con las exposiciones de Buesa, quien venía lados flacos en el verso y el teatro del andaluz.

 

Entonces, repasó el cabello cano con sus manos y dijo que eran  «[...] frondosas alas de un árbol, lozano y erguido, en una mañana luminosa de reposo».[3] Destacó, igualmente, indicó Bernal Ruiz, la profundidad y el calibre imperecedero de una armonía íntima en señeras metáforas, y rememoró otros recursos expresivos, hispánicos, colmados de un parangón especial en toda la obra de Lorca.

 

Expuso: «Conocí al granadino, aquí en Cuba donde le acompañé, en su preferible estancia, cuando ya había despertado, y se exhibía en humildad sincerísima como un inventor nacional y universal, bebiendo de la realidad de pilas sustanciosas -sin que el goce y la petulancia lo embriagaran-, y aportando esencias contenidas en un insospechado globo de duendes, fantasías y protagonistas...».[4]

 

«Por Juan juzgábamos. Todos quedábamos alejados de lo ajeno y extemporáneo. El éxtasis promovido por veraces mensajes —de mesura tangible, de encanto y detalle—, nunca agujereó las arterias de la curiosidad pensativa, y se levantaron en puntos de arranque exclusivos y ecuánimes. El teórico que aleteaba en la mente proverbial de Marinello —me consta—, era inflexible con las investiduras inconclusas, adulteradas e impropias: ponderaba todo atisbo de experimentación, siempre y cuando se aplanara las circulaciones nutrientes de la cultura y las idiosincrasias nacionales», refirió el declamador.

 

«Lo presumí —como otros—, un tamiz, un pulidor, y orfebre capaz de componer discursos y  apreciaciones acertadas. Como tal recibió el merecido respeto y tributo, y durante algunas recitaciones, me censuró. Con acentuación calmosa y comprensiva ausculto el tiempo, y fustigó con energía cuando se percataba de una intervención donde distorsionaba la psicología del mulato o el negro. Sonsacaba: «!Severo, así no compareceremos en ninguna parte, porque los que hacen ese tipo de versos tienen la culpa: confunden folclore y folclorismo, pasión y reivindicación, cultura popular y visión nacional, arranque tradicional o experimentador, con moda, esencia y visión moderna!»

 

Gratos relámpagos amontonó y acaparó Severo Bernal Ruiz en la recordación de Juan. Unos son lejanos, y otros próximos a su desvanecimiento. A los escritores que asumían un compromiso social con el pueblo, persistentemente, les acarreó, en similar proporción,  la estimación mayor, el afecto o el reproche. También, por encima de todo, espetó la veracidad anunciadora e imperecedera de una literatura que acunara en lo autóctono como parangón de la virtud.

 

A Ballagas, Guillén, Navarro Luna, Gómez Kemp, Raúl Ferrer Pérez, Carlos Hernández López, Eusebia Cosme, Martínez Pérez, Agustín Acosta..., siempre les prodigó y estacionó fieras y naturales reliquias del esclarecimiento: todas aguijaron en un reclamo voraz y sincero en la pugna por el rescate de las enjundias que acrecientan la idiosincrasia del cubano, refirió Bernal Ruiz.

 

Treinta años después de la salida de La Zafra, de Agustín Acosta, apareció una carta en la residencia del declamador. El remitente recapacitaba en relación con una diatriba de Marinello publicada en la revista Cuba Contemporánea y la Gaceta de Bellas Artes. Desde la calle Descanso, número 12504, en Matanzas, Acosta, el poeta, replanteaba un discurso sin la presunción angustiosa del que tolera una censura o unos cuantos elogios.

 

El matancero advertía: «Antes y después de mis principales libros, y hablo de Ala, Hermanita y La Zafra, todo lo que guarda el perpetuo silencio de las gavetas o está publicado, transporta el consejo latiente de Marinello. ¿Cómo despegarme de esa savia suya, del alertar y el aguijón, para despuntar un mal paso o una nota fuera de lugar? Vendrán otros críticos, aun con las diferencias de enfoque que tenga, pero ninguno calará tan profundo como él. Adentró la mirada en torno al pesimismo mío, calmó la sed pidiendo poesía (lo había dicho en las “Palabras al Lector” y no me avergüenzo), y la encontró, a pesar de que cuentan que soy un consagrado. Sigo escribiendo nuevos versos. No obstante, continúo apegado a la pupila de su instrucción...»[5]

 

Esa misiva no cayó del aire. Tampoco estaba exenta de intencionalidad: desde las incursiones que realizó Bernal Ruiz, por invitación de Carilda Oliver Labra, a las peñas literarias de la Atenas de Cuba, emergió la descarga epistolar que, incluso, aleccionó puntos de vista y la consideración por la literatura y las concepciones emitidas por el ensayista marxista-leninista.

 

Ningún examinador cubano de su tiempo, incluyendo a extranjeros, meditó como Juan Marinello con la más sublime de las vehemencias en torno a asuntos formales, estilísticos y temáticos de la poesía y la narrativa hispanoamericana. Vislumbró incrustaciones canijas y enmarañadas, y azotó cuanto se desentendía de la imperiosa visión auténtica de las condicionantes sociales del momento.

 Acosta precisó, muy acertadamente, que en las detonantes de Marinello se instalaban la apropiación de la historia, en la búsqueda, el acierto y el hallazgo del criollismo de esencias, y en la inquietud que trascendía los umbrales del país o una época. De ese modo admitió las descargas y corrigió sus tiros líricos.En lo tocante a la poesía negra, Juan Marinello también abarcó a los declamadores: hay que contarlo con justeza. «Fue enérgico con el experimentalismo y la simple novedad. Pedía adentrarnos en el alma nacional sin “jugueteos culteranos o los vericuetos falsos de las palabra”, y fustigó, sí, tras la recitación en privado o en público, para alejar disfraces y pintoresquismos que     —en contundente reclamo—, empequeñecían al cubano. Con la refriega repasé fórmulas para aprehender y desenredar las principalidades de los repertorios y los poetas», aseguró Bernal Ruiz.

                                        EL OJO DEL MARXISTA 

Esa apreciación, en tal sentido, estaba henchida de didáctica estética e ideológica. Marinello era exclusivo, único en su vocación marxista-leninista y de raíz martiana. La cualidad y particularidad de la cubanidad —desperdigada del «divertimento»—, y sus temas,  contenidos y motivos,  lo instaron a dilucidar un arte rebosante de absorbentes humanos.

 

«Actualmente lo aprecio, tal como era: luminosidad meridiana del pensamiento teórico. En este papel amarillento, aparece un subrayado, donde explaya: “Queremos al negro en toda su medida, en la pena de su destierro, en la luz de su música poderosa, en la ternura de su canto ciego, pero también en la justicia de su rebeldía”, hecho que me tocó muy cerca...»[6]

 Cierto día, confesó Bernal Ruiz, durante una efímera coincidencia de respetables amigos, a principio de la década de los 60, aquí en santa Clara, extendió ese documento a Marinello, y espantado percibió la placidez del otro por agenciárselo. Sin embargo, el crítico prefirió que prosiguiera en manos del declamador.Sin duda, Juan fue un definidor, un surtidor de voluntades, que sufragó, con  hondura histórica, correcciones del disparo lírico de la cultura cubana: encarnó particularidad y devoción para el esclarecimiento oportuno, y quienes lo rodearon, siempre vieron el sentido del esplendor del coloquio ameno y el consejo diario que se esparce al viento y se afianza en la tierra.  


[1] Manuel Navarro Luna: Carta al declamador Severo Bernal Ruiz. Fechada en Manzanillo, viernes 18 de febrero de 1949. [Inédita.]

[2] El investigador conserva el original.
[3] Palabras textuales expresadas por el declamador.
[4] Tomado de apuntes almacenados por el testimoniante. El autor cree que ese documento se encuentra dentro de los libros donados a la Universidad Central tras el fallecimiento del declamador en 1989.
[5] Carta de Agustín Acosta, fechada el sábado 12 de enero de 1957. (Inédita.) La alusión a Marinello instituyó, en esencia, un modo de presentación del matancero y un aval crítico: Acosta conocía, por supuesto, la amistad que unió al declamador con el ensayista. 
[6]  Guardado en el archivo del declamador. Desconocido su paradero después de la muerte del artista. Sobre lo apuntado, puede consultarse, además: Juan Marinello, Ibíd., p. 389.