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HUMORISTA CUBANO CON UN ADN PECULIAR

HUMORISTA CUBANO CON UN ADN PECULIAR

 

Por Cristyan González Alfonso

 

Una tabla de salvación que te golpea en la cabeza

 

A muchos ofende o molesta la crítica que está implícita en la risa. Otros encuentran en el sentido del humor una de las cualidades más humanas, y de todas ellas la que con más veracidad y desenfado refleja el comportamiento de los hombres. Roland lo ve todo así:

«Hasta lo más trágico puede provocar una carcajada, es el caso del humor negro, que aunque no lo cultivo mucho, si me gusta verlo o leerlo en otros caricaturistas o escritores. Por otra parte hago más costumbrismo, también disfruto haciendo crítica social para que el lector se vea identificado. Lo que hago es reflejar la cotidianidad de la vida con humor, para salvarnos de la tragedia.»

 

De la planta a la plana

 

«Desde niño dibujé. Me encantaban los cómics y en ellos me inspiraba para pintar en los cartuchos de la tienda de mi padre. Pero luego estudié normalmente, hasta que llegué a la universidad, solo resistí los cálculos hasta el tercer año de Ingeniería Mecánica. La única asignatura que pasaba sin problemas era dibujo técnico. Entonces comencé a interpretar planos para un taller en Planta Mecánica. Hasta que un día ayudé a confeccionar el cártel de una actividad, y este le agradó a unos compañeros de Vanguardia que estaban comenzando a crear un suplemento humorístico para el periódico. Entonces fui raptado de los talleres.»

 

¿Artista? ¡Qué va!

 

Así le dijeron a Roland en su casa cuando comentó que iba a trabajar pintado muñequitos para Melaíto.

«De eso hace ya... 40 años, cuando éramos todos muy trigueños y peludos. Todo este tiempo ha significado mucho para mí porque me siento con mi familia, aunque a veces bromeen demasiado y yo no tenga suficiente tabla. Pero en realidad me encanta estar con ellos, somos hermanos que hemos pasado la vida tratando de hacer reír.» 

 

Definirme

 

«El humor no tiene definición. Es como definir el amor. Yo creo que es una actitud y una aptitud ante todo lo que enfrentes. Una persona, sencillamente, se siente humorista, esto va dentro de uno. Hay que ver las cosas con mucho sentido del humor. Dibujarme -porque soy yo en todas mis caricaturas: con bolchevique, regordete y bajito- entraña una liberación. El humor es mi derrotero y, a la vez, una peculiar terapia espiritual

RATIUM STUDIORUM EN LA DANZA

RATIUM STUDIORUM EN LA DANZA

 

Por Luis Machado Ordetx

 

Otra vez los integrantes de la compañía Danza del Alma envuelven las calles céntricas de la ciudad con un ritual que insiste en la caracterización de la gestualidad corporal y su pluralidad de sentidos, como atributos a las cuestionantes más apremiantes que desenvuelve el universo del ser: un acercamiento y profusión de ideas, por medio del músculo y la valoración subjetiva de hechos —en caso particular—, a insistentes interrogantes contextuales estimadas dentro del acabado artístico.

 

Mañana, con la dimensión que congratula a todo el gremio de la Cultura, el Parque Vidal será anfitrión del desfile de las agrupaciones que intervendrán en «Para Bailar en Casa del Trompo», devenido suceso del montaje anual organizado por Danza del Alma desde la interpretación del intentio lectoris desde lo representativo del acontecer coreográfico. Allí estarán estudiantes de la especialidad pertenecientes a las Escuelas Vocacional y Profesional de Arte, así como Sacromonte, Oché, Nuestra América y Hechizo, dispuestos a instalarse en los recintos de la ciudad durante una semana.

 

Será también ocasión de tributar cálidos homenajes por las seis décadas de vida artística del Ballet Nacional de Cuba y de Marta Anido Gómez; una  institución que perpetúa la Historia de la Cultura Cubana, y la otra, personalidad individual que trasportó a los aires danzarios, cuando era una joven, aquellos instantes posteriores a 1938 en que la pedagoga rusa Nina Feodoroff, en Santa Clara, ofreció los primeros conocimientos del baile académico.

 

El domingo, el colofón lo tendrá la exposición «Alma Desnuda», colección fotográfica que Carolina Vilches Monzón, artista del lente, inaugurará en el Centro Provincial de Patrimonio Cultural, en Céspedes número 10, tras concluir sesiones de trabajo con integrantes de la compañía que dirige el coreógrafo Ernesto Alejo Sosa.

 

La muestra está recogida en 22 fotografías en blanco y negro, con prodigalidad en labores de iluminación, gestualidad y sin artificios de manipulación artística y digital, tomadas en actividades preparatorias a la temporada artística.

 

También, según declaraciones de Alejo Sosa, habrá un homenaje al Grupo de Teatro Escambray, por las cuatro décadas de existencia, así como presentaciones del Proyecto Danzario Talares, de la Escuela Profesional de Arte «Samuel Feijóo», además de las individualidades coreográficas de Emodere, galardonadas en el certamen Danzandos, convocado por la ciudad de Matanzas.

 

Sin duda, las pulsaciones del destinatario se hallarán con desenconada virtud el próximo 20 de diciembre, cierre de la temporada; ocasión en que Danza del Alma ofrecerá los estrenos «Tanto para nada» y «Panes y peces», coreografías originales de dos de sus bailarines, junto a piezas tradicionales del repertorio, y otra vez los espectadores, ante la ausencia de un teatro, quedarán en la espera de idéntico escenario abierto en que  el disfrute venga a todos por igual dentro del canon del ratium studiorum por la gestualidad y el arte.    

OFICIO DEL DECIR

OFICIO DEL DECIR

 

Por Cristyan González Alfonso

 

Este primero de diciembre se celebra el día del locutor, para la ocasión Vanguardia se acercó a un hombre que ha dedicado su vida a esta forma especial de comunicar, a propósito de la reciente entrega del Premio «Rolando Rodríguez Frenes», por su casi medio siglo de labor.

 

Para Víctor Manuel Menéndez Fernández la locución tiene un poco de todo. No basta con nacer. Hay ciertas cosas: costumbres, maneras, formas de decir, que sólo se alcanzan con la experiencia. La voz se educa con técnica, esta es la que te permite flexionarla a tu antojo. La voz no se puede comprar, es tremendamente compleja de estudiar y sólo con muchos años detrás del micrófono es posible imprimirle un estilo que te caracterice. 

 

Hasta aquí llega el límite de lo que, para alguien que ha dedicado 48 años a la locución, significa tener buena voz. Otra cosa es tener amor suficiente para trabajar en la radio, cuando le hablas a alguien que no se ve, que no está.

 

    Víctor Manuel, ¿qué se necesita para ser un buen locutor?

 

    Voz, dicción, capacidad para improvisar en disímiles circunstancias, pues no importa cuánto te prepares, siempre habrá una situación nueva o desconocida, lista para atraparte. Y estar siempre alerta, previendo lo que puede suceder, lo que te pueden decir o preguntar, porque lo complicado viene cuando desconoces, por tanto diría que una cualidad imprescindible es tener amplios conocimientos de la mayor cantidad de temas posibles.

 

 

    ¿Cómo comenzó?

 

    Nací en Caibarién. Cantaba en un coro y un amigo se me acercó para ofrecerme un puesto en la emisora de Manolín Álvarez, eso fue en 1962 cuando tenía 17 años. En el 64 pasé el curso del ICR (Instituto Cubano de Radiodifusión), donde se formaron muchos de los grandes locutores cubanos. Estuvimos aprendiendo allí de quienes pudiera llamar mis paradigmas: Antonio Pera, Félix Sánchez, Ángel Hernández, Manolo Ortega. Luego regresé para Santa Clara, pues Radio Caibarién quedó desmantelada. Fue entonces cuando comenzó mi tarea ininterrumpida en lo que hoy es CMHW.

 

 

    ¿Qué programas lo han marcado más durante su carrera profesional?

 

    He trabajado en muchos, por tanto tiempo, que los veo casi como parte de mí. Estuve 11 años haciendo «Disco Azúcar», más de 20 en «Caravana Musical», fundé «Entérese». Una de las partes de mi trabajo que más he admirado y por la que siento una atracción diferente, ha sido las trasmisiones en vivo, ya sea desde el control remoto, animando los actos políticos del Primero de Mayo, o junto a Machín de la Peña en las celebraciones de fiestas populares: en las parrandas de Remedios y en los carnavales de Camajuaní, por ejemplo.

 

 

Víctor Manuel Menéndez se encuentra entre los muchos que abogan por la creación de una escuela nacional de radio, para consolidar la profesionalidad de los jóvenes que hoy se acercan a la locución. A ellos les trasmite un mensaje claro: las nuevas generaciones tienen mucho que aprender, las aptitudes son importantes, pues siempre habrá que partir de las condiciones naturales. Pero pocas cosas hay que no puedan alcanzarse con la práctica cotidiana, con una verdadera pasión por la voz transparente y sentida.  

 

 

CARACOL; CON DISTINTO COLLAR

CARACOL; CON DISTINTO COLLAR

 

UNor Adrián Quintero Marrero (Documentalista y crítico especializado).

 

El nombre de Sancta Mareare identifica a una especie de caracolillo exclusivo de la cayería villaclareña, y hace un tiempo los artistas de filial de cine, radio y televisión de la UNEAC en la provincia, se propusieron marcar diferencias al bautizar con ese nombre a un concurso que nació como alternativa al «Caracol» organizado en Ciudad de la Habana.

 

La iniciativa no constituye una necesidad provinciana de reconocimiento. En todo caso pudiera pensarse que se trata de un contestatario modo de crecernos ante una capital que se abroga el derecho de trazar pautas en lo que a la realización de los medios se refiere.

 

Pese a los tradicionales esfuerzos del estado cubano por dotar al arte de un alcance comunitario, resulta difícil evitar que la capital del país extienda su mirada más acá del túnel. No es mi propósito cuestionar la pericia o las intenciones del jurado, pero resulta evidente la apatía que le profesan a las obras de artistas no capitalinos.

 

En el caso de la radio; un medio que afortunadamente no precisa de tantos recursos para propiciar la buena culminación de un proyecto, pueden citarse ejemplos de obras, tanto musicales como informativas o dramatizadas que en los festivales nacionales ideados por el ICRT superan con creces y de manera reiterada a cualquier realización «Made in Habana».

 

De tal manera el Caracol de Villa Clara, el “Sancta Mareare” nuestro, es un espacio de confrontación atractiva para creadores de todo el país, sin excluir a los de la capital, y hasta la televisión provincial y municipal, cada vez más presente en el espectro de señales, también tiene su foro en estos encuentros. Pero no piense el lector que el chovinismo desmedido de quienes tradicionalmente carecen de reconocimiento, pulula en los debates.

 

La necesidad de hacer mejor un arte y de contar con los recursos humanos y técnicos necesarios, constituye una constante; incluso, la audacia de los trabajos suele ser motivo de enriquecedoras discusiones, como sucedió esta vez con el programa para jóvenes “Andando”, de TV Yayabo, que abordó las relaciones sexuales entre tres personas, un fenómeno cada vez menos extraño en Cuba.

 

El Caracol de aquí distingue a creadores de larga trayectoria en la radio con el premio «Rolando Rodríguez Frenes»; tributo a alguien que sin haber figurado nunca en la nómina de artistas de la CMHW, fue el gran benefactor territorial; un directivo que abandonó la oficina para echar su suerte al lado del micrófono. Esta vez fueron tres los homenajeados, todos de la W: Ana Menéndez,  asesora de la programación dramatizada; el destacado narrador y comentarista deportivo Héctor Alomá y el locutor Víctor Manuel Menéndez.

 

También los jóvenes reciben un galardón. En un justificado interés de la UNEAC por ganar protagonismo entre quienes ya marcan pautas en la creación radial, desde hace tres años se entrega el «Manolín Álvarez Álvarez», que evoca a uno de los pioneros de la radiodifusión en Cuba, hijo ilustre de Caibarién.

 

Y no porque este comentarista se haya ido a casa —al igual que el sagüero Alexei Ruiz Díaz— con un premio «Manolín», se siente comprometido a elogiar el “Sancta Mareare”. Es oportuno sugerir a la filial de cine, radio y televisión que valore la posible nominación de artistas no residentes en Villa Clara para futuras candidaturas de estos reconocimientos. Ello acrecentará el carácter inclusivo de una cita genuinamente nacional. Pudiera tenerse en cuenta la obra de quienes frecuentemente han sido premiados en el propio evento.

 

A pesar de los retos que también a la cultura imponen los huracanes, de las distancias y los lógicos escollos, una vez más hubo “Sancta Mareare” en Caibarién. Es endémico el Caracol de Villa Clara, pero deberá perdurar como parte de una diversidad aclamada por los artista de la radio, el cine, y la televisión que necesitamos encontrarnos.  Valdrá la pena que este Caracol con diferente collar convoque también en 2009.

LA DESACRALIZACIÓN RELIGIOSA: ¿UN PECADO O UNA ACCIÓN CULTURALl?

LA DESACRALIZACIÓN RELIGIOSA: ¿UN PECADO O UNA ACCIÓN CULTURALl?

Por Arístides I. Gómez Pimentel y Gilberto Rivero Muñiz.

No cabe dudas que dentro de la cultura, el tema de la religión, siempre ha
sido, un aspecto atrayente y al mismo tiempo un elemento complejo para su
tratamiento.


La Cultura y la Religión  como forma de la conciencia social están a un
mismo nivel desde el punto de vista filosófico, de allí, que resulte
complejo sepáralas; ambos son producto del actor fundamental: el ser
humano.


 Corresponde a nosotros,  promotores culturales, funcionarios de la
cultura e investigadores, conocer cuál es el tratamiento que se  debe
brindar al tema religioso para el desempeño de la actividad cultural en
cualquiera de sus manifestaciones.


Para todos está claro que la cultura está asociada a las artes y al
patrimonio, al modo de vida, las creencias, las tradiciones y los sistemas
de valores.

Desde el punto de vista ético, la cultura es la posibilidad de acceso a un
determinado saber, que cumple la función de contribuir a perfeccionar un
gusto estético en las personas y proporcionar un bienestar espiritual, que
se traduce en calidad de la vida de los seres humanos y la asunción de una
actitud consecuente ante ésta.
Al respecto Confucio expuso: “la cultura no es más que el desarrollo
armónico de la  moral”

El hecho que ambas: la cultura y la religión, sean producto de la creación
del hombre, no quiere decir que le  demos igual tratamiento. Desde hace
muchos años existe una política estatal para el tratamiento de estas
cuestiones, donde el Estado laico y sus instituciones no se inmiscuyen en
los asuntos de las iglesias y éstas tampoco lo hacen en relación con el
Estado.

Los bailes, los cantos, la artesanía, la cocina, el vestir, entre otros,
son, por un lado, formas de expresión de lo religioso, y  a la vez, la
manifestación de lo cultural. Saber discernir cómo actuar ante esta
dicotomía, es precisamente la función del promotor de la cultura y de sus
instituciones. La esencia radica en la “desacralización del hecho
folklórico”.
Aun cuando se han dado ejemplos de tratamientos incorrectos al respecto;
los más comunes han sido aquellos relacionados con las religiones de raíz
africana, el espiritismo, entre otras. Pongamos algunos de ellos.

¿Por qué convocar a un toque a Shangó, u Obbatalá…, por ejemplo, en una
institución cultural?
¿Por qué invitar al público a asistir a una institución cultural vestidos
del color de la deidad en determinadas fechas o momentos?
¿Por qué confundir una exposición de la artesanía ritual con una burda
traspolación de un altar religioso, donde está ausente la necesaria
desacralización religiosa?

Recordemos que las instituciones culturales son, ante todo, instituciones
laicas, como nuestra política; por lo que, sustituir códigos universales
que expresen lo cultural, por otros que  induzcan a la interpretación
religiosa constituye un error. Emplear palabras religiosas como “toque”,
“bembé”, y otras de igual significación en lugar de actividad folklórica,
audición, visualización u otras es incorrecto.


Los creyentes o religiosos que asistan a  nuestras instituciones
culturales , lo pueden hacer vestidos del color que deseen, aún cuando el
escogido sea el de la deidad de su devoción; pero esto lo hará siempre por
su decisión personal, y no porque se lo induzcamos por la institución.
Efectuar un toque a Changó, a Elegguá o a Oshun, el 4 de diciembre, 16 de
agosto o el 8 de septiembre específicamente, en una institución cultural,
se puede considerar una falta de respeto a los santeros y practicantes de
esta religión y a los creyentes de otras denominaciones religiosas.


Estas acciones pueden hacer que el practicante de la religión afrocubana
“Santería” se sienta ultrajado u ofendido, y que  otras denominaciones
religiosas se sientan además, discriminadas, al no tener, por lo general,
la posibilidad y el espacio que se le da a las primeras. Esto casi siempre
ocurre como consecuencia de nuestro desconocimiento de la religión como
fenómeno social y de la política del estado para estos asuntos.


Por otro lado es interesante el hecho, que cuando el religioso acude a las
instituciones culturales  con el fin de solicitar estos espacios para
desarrollar sus ritos, ceremonias u otras actividades; entonces apelamos a
la respuesta concebida; de que nuestras instituciones son laicas.

La Iglesia de San Francisco, la Basílica Menor, la San Felipe de Neri, la
iglesia Dolores de Santiago de Cuba son instituciones rescatadas
arquitectónicamente como parte de la política de restauración y
conservación  del patrimonio, y convertidas en  salas de concierto por sus
excelentes condiciones acústicas. Son instituciones culturales que
conservan sus nombres y fisonomía religiosa.


Lo anterior no nos debe llevar a querer convertir las iglesias del
territorio en sitios en los cuales, desde nuestra posición de promotores
culturales, organicemos conciertos, audiciones, etc.
Los amantes de este género no deben sentirse obligados a asistir a un
templo para su disfrute estético.


Estos son algunos ejemplos del tratamiento que se le dispensa al tema
religioso en nuestras instituciones culturales; sin embargo este fenómeno
no es solo privativo del sector de la cultura. Se viene manifestando
también en los sectores de la educación, la ciencia e investigación.

Es menester señalar que la dirección de cultura en nuestro territorio, y
en particular el  Centro de Superación para la Cultura en Villa
Clara,”Angel R González Borrel viene dando pasos en aras de solucionar
este problema.
Se ha organizado y desarrollado cursos de postgrado que partiendo del
conocimiento del fenómeno religioso y su especificidad en el caso de Cuba,
 permite a los promotores y especialistas culturales contar con los
elementos necesarios para discernir adecuadamente acerca de los pasos a
seguir en el tratamiento de nuestras raíces religiosas y culturales.

Es evidente la necesidad de la correcta comprensión y conocimiento de la
religión y de la cultura como fenómenos independientes aunque con puntos
de contacto. Esto se hace más complejo al analizar este fenómeno desde el
prisma de la realidad cubana donde se funden y tributan elementos de
muchas culturas y religiones en la conformación del crisol de la Cultura
Cubana.


UNA TÍA ENTRE HUMORISTAS

UNA TÍA ENTRE HUMORISTAS

 

Por Yandrey Lay Fabregat

 

Esa misma mañana se había arreglado el pelo. Una colega sugirió que era el mejor momento para entrevistarla. Agradecí el consejo. Todos sabemos que a Celia Farfán González hay que saber darle la vuelta.

 

—¿Por qué dedicarse al diseño gráfico?

 

—Yo estudié Artes Plásticas. Douglas Nelson, director de Melaíto en aquellos primeros años, buscaba gente para trabajar con ellos. Un día en el parque me contactó. Aquí estoy desde entonces.

 

—Me han dicho que una vez te incomodaste con Pedro Méndez por una caricatura que hizo ¿Eres una persona con mal carácter?

 

     ¡No que va! A Pedro se le fue la mano aquella vez.

 

—Dicen que en la caricatura usted se veía «muy bien». ¿Te consideras una mujer bonita?

 

—Bonita no soy. A mí me da gracia porque la gente dice: «Quedé mal en esa foto, me veo mal con esta ropa». Uno siempre queda como es. Claro, me gusta arreglarme y por eso me veo bien.

Celia opina que un caricaturista debe saber mirar las cosas. Dijo también que Pedro tenía un tremendo sentido del humor, que a Martirena le encanta su trabajo y describió a Linares como un talento puro. Por último, elogió en Roland el sentido del ahorro y la sensatez.

 

—¿Cuáles han sido sus mejores tiempos en el periódico?

 

—Los que me quedan por vivir, y por supuesto, los primeros años de Melaíto. Éramos jóvenes. Andábamos juntos para todos lados.

 

—Viviste la época del diseño manual. Ahora has tenido que volcarte en el manejo de la tecnología ¿Cómo fue ese tránsito?

 

—A mano el trabajo era muy lento. Por eso uno tenía que montarlo todo en la cabeza antes mover un solo dedo. Aprendí de puntajes, de títulos. Eso me ayudó a enfrentarme con la computadora.

 

—Sé que te gusta bailar, las fiestas…

 

—También pasear, oír música, pasar tiempo con mi familia.

«Ah, y dedico parte de mi tiempo libre al tejido, porque, al igual que en diseño, hay que trabajar con figuras y organizarlas para lograr una imagen armoniosa».

 

—¿Qué te mantiene con tan buen ánimo siempre?

 

—Amar… No seas mal pensado, chico. Amar el trabajo, la vida y muchas cosas más.

 

—Seguro ha pasado por malos momentos en este trabajo…

 

—El peor de ellos fue a principios de los noventa, cuando empezó el Período Especial. Melaíto salió de circulación. Entonces pasé a trabajar en Vanguardia que también había reducido su frecuencia y tirada

 

—¿Qué va a quedar de Melaíto?

Melaíto ha puesto en alto el humor del cubano y sus dificultades cotidianas. Ha hecho reír a la gente en las buenas, también en las malas. Y como los cubanos somos así de alegres, aunque el mundo se esté acabando, creo que siempre habrá Melaíto.

 

Sé que le dicen «Celia, la tía». Le comento que no sé si es porque lleva 40 años en el Melaíto o porque tiene demasiados sobrinos.

Son 39, me dice...

 

¿Sobrinos?

No, no, que sólo llevo 39 años en colectivo.

CARBONELL, UN INFINITO DECIDOR

CARBONELL, UN INFINITO DECIDOR

 

Por Luis Machado Ordetx

 

Entrevista con Luis Mariano Carbonell Puyés, el Acuarelista de la Poesía Antillana, quien habla sobre la ciudad de Santa Clara, su amigo, el declamador Severo Bernal Ruiz, y la manera de asumir la actuación en escenarios cubanos y extranjeros. [Inédita].

 

 

                                                     «Ven, léeme un poema,

                                                       una balada simple y cordial que calme la intranquila

                                                       sensación y disipe los febriles pensamientos del día[1]

                                                                              W. Lonfellow

                                                                                         

Colocar en la raya a un periodista es fácil: frecuentemente surge ese tipo de procedencias sin  establecimientos de jerarquías. Nadie escapa al buche amargo en una profesión que, a veces, los rapapolvos constituyen la hora exacta del mediodía. Similar actitud, no por petulancia,  tiene el «Acuarelista de la Poesía Antillana», el santiaguero Luis Mariano Carbonell Puyés, cuando evade a entrevistadores, diletantes y las cámaras fotográficas o de televisión en instantes en que aparecen colocadas fuera de estudios de filmación, en la calle o cuanto recinto familiar lo acoja.

 

Esa es su manera de ser, y requiere respeto; aunque afirma que tal talante de indiferencia obedece al poco gusto por las confesiones, sean o no nimias; distinción personal que lo achaca a una rotunda timidez acompañada desde la infancia.

 

Por meses lo asedié; no lo niego, la vía telefónica, con decenas de llamadas al número 8306113, resultó la más afectiva. Hubo momentos de retrocesos, otros de esquivas, y siempre una expectación por tenerlo delante para una respuesta sosegada y diáfana sobre un tema particular: el vínculo con el declamador Severo de la Caridad Bernal Ruiz; y también con Santa Clara, ciudad del interior del país a la que visitó en múltiples ocasiones y en la cual estuvo abierto al tropiezo con amistades o presentaciones en espectáculos artísticos.

 

En uno de los intercambios, despojado de preocupaciones pedagógicas, tratamientos médicos, actuaciones y descanso hogareño, sabe Dios por qué, ofreció el contacto personal para el sábado 9 de junio de 2007, en horario puntual de la media mañana, en su vivienda de la calle 8, número 307, entre 13 y 15, del capitalino reparto Vedado, sitio donde reside desde que se estableció en La Habana a finales de la década de los años 40  del pasado siglo.

 

Días antes cerró el compromiso y adujo el quebrantamiento de la salud: la entrevista quedó en el aire, colgada de un alfiletero; pero proseguí con el interés de tomarle confesiones. Insistí, mencioné lugares conocidos de Santa Clara; los teatros en que antes intervino en la ciudad, y recordé  nombres de personas que lo atarían en la memoria. Vino otra vez la historia de Bernal Ruiz, su amigo por más de cuatro décadas, y el pacto de silencio quedó roto.

 

Era demasiado no tener en cuenta a aquel artista, y también la vida compartida en recados, cartas, citas telefónicas y búsqueda de repertorios comunes. Al final la  perseverancia periodística se impuso, y a pesar de los 280 kilómetros de distancia que separaban al declarante, todo resultó un momento provechoso.

 

El sábado 24 de julio, dos días antes de su onomástico, Carbonell, del mayor declamador cubano vivo, accedió a la entrevista. Gracias a los artilugios de una vieja grabadora estática y el auxilio del teléfono, dada la imposibilidad de una imprevista estadía en Ciudad de La Habana, la cinta magnetofónica registró su voz, y la esencia de un pedazo de tarde singular en la cual los ademanes y gestos marcaron la inflexión de sus pronunciamientos amparados siempre por una  perfecta dicción; el modo rápido de hablar y pronunciar y las cadencias de las palabras; todo fluyó como si la música viniera de adentro en una perfecta armonía expresiva.

 

Antes, sólo en una ocasión tuve a Carbonell delante, frente a frente, tras la intervención artística en el teatro «La Caridad», de Santa Clara; instante en que el declamador  Bernal Ruiz lo presentó. Después leí referencias que desde Caracas hizo Sergio Pérez Pérez, y por supuesto, lo disfruto cuando participa en programas televisivos, en los cuales la audiencia y los cubanos lo reconocen como una Catedral en el arte de componer la oralidad de un poema, de una estampa popular, como denomina la síntesis de la poesía negra, afrocubana, mulata o antillana.

 

Era fácil, obviando las contingencias de alejamiento de un extremo a otro, percibir la proyección, la gesticulación, y hasta la memorización de la respiración y la entonación de la voz de Carbonell, quien desinteresado se colocó a la espera de las preguntas y al aliento del espíritu; sobre todo, porque iba a desengranar historias referidas a un amigo que por un tiempo largo, desde la soledad de una provincia del centro del país, compartió escenarios, intercambió puntos de vista del arte de la declamación y apuntaló los repertorios mutuos con textos que, en reiteradas fechas, cedieron con carácter especial algunos creadores  para divulgarlos por teatros y auditorios.

 

Domingo tras domingo, antes de agosto de 1989, fecha en que falleció Bernal Ruiz, noche por noche      —solo interrumpidas por compromisos personales, presentaciones artísticas en Cuba o el extranjero—, desde la vivienda del jurista José A. Barrero del Valle —en Céspedes número 53, entre Maceo y Unión, en Santa Clara—, se escogía un momento de la visita para el diálogo telefónico entre los declamadores amigos: el santiaguero Carbonell Puyés y el villaclareño Bernal Ruiz.

 

Al residente en Santa Clara no le preocupaba caminar calles y calles; desoladas, a veces, y desafiar la lluvia o el frío para la puntualidad telefónica. Así lo testimonió Barrero del Valle, y también lo supe por conversaciones con Bernal Ruiz; acontecimientos que en este caso posibilitaron el enfrentamiento, a pesar de cualquier impedimenta, con el artista radicado en La Habana y dispuesto a delinear una historia poco difundida en el intercambio de pormenores y la destilación del aprecio que primó entre ambos.

 

Como un torbellino llegaron las preguntas, y el otro apuntó algunas notas: ¿Cuándo se iniciaron sus relaciones afectuosas con Severo Bernal y qué recuerdos tiene de su persona?

    Fue en el año de 1945, estando yo todavía en Santiago de Cuba, y nos presentó, a través de carta primero, y después personalmente, Cuca Monteagudo, una villaclareña que era en aquel tiempo una especie de  maestra de ceremonias, de espectáculos, y también locutora, muy buena locutora, esposa de Mario Montes.

 

«Desde que nos conocimos, Severo y yo hicimos una gran empatía, y él me proporcionó muchos poemas; yo le agradezco tantas cosas, y llegó a convertirse en una de las mejores personas en mi vida; y además era muy artista, muy buen recitador.

 

«Después que yo debuté, y me hice profesional, iba muy frecuentemente a Santa Clara y me pasaba el día con él, y era uno de los mejores regocijos que podía disfrutar.»

 

Dicen que usted en repetidas oportunidades insistió, al percatarse de las cualidades de Severo como recitador, para que abandonara a Santa Clara. ¿Es verdad? 

 

    Sí, muchas veces le aconsejé que viniera para La Habana; por aquí, por sus condiciones vocales y artísticas, tenía cabida, cosa que nunca pude conseguir, ni yo, ni tampoco muchos de sus amigos, como Onelio Jorge Cardoso, y el poeta este… ahora hablando seguido no me viene el nombre a la cabeza.

 

¿Cuál de los poetas amigos: Raúl Ferrer, Enrique Martínez, Agustín Acosta, Gilberto Hernández Santana, José Ángel Buesa, y tal vez queden otros nombres…?

—No, fue Agustín Acosta, quien le escribió varias cartas a principios de los años 50, aunque en realidad todos se lo decían de una manera reiterada e insistente.

 

«Le dije que saliera para La Habana, pero él nunca quiso desatender a su mamá, y a su casa. Era muy provinciano, aunque muy culto, muy preparado; recitaba muy bonito, y él me nutrió de una gran cantidad de repertorio desde mucho antes que fuera profesional; o sea, desde que lo conocí en 1945. A veces, los poemas eran de recorterías de periódicos, como para hacer un álbum, otras eran copias de textos de autores conocidos, sacados de libros, y en algunas ocasiones originales.

 

«Después de eso yo me fui a Nueva York, y en los dos años que estuve allá; él fue también  a Nueva York, y la pasamos bien por allá. Él era una persona bondadosa, cariñosa, muy familiar, apegado a sus amistades y a la familia. Por lo tanto, ahí tienes uno de sus grandes valores; virtudes, mejor dicho, del ser humano.

 

«Tal es así que lo nombraron Hijo Dilecto de Las Villas;[2]  por su calidad, instrucción y cultura, y por la labor que hizo hasta los últimos momentos de su vida, porque fue de ciudad en ciudad, por todo Santa Clara, y por medio de su trabajo de impresor, del cual nunca quiso deshacerse; recitando, y ganando aplausos de respeto y admiración.

 

«Yo de Severo tengo el mejor de los conceptos, y puedo decirlo, casi uno de los mejores amigos de siempre. Cuando murió lo sentí muchísimo, por lo que ruego constantemente. Él también me presentó a Enrique Martínez Pérez; con quien tenía muy buena amistad, autor de la “Carta Negra”, uno de los primeros poemas, estampas, que yo recité en La Habana cuando debuté aquí.

 

«Tengo tantas cosas que contar de Severo; cuando íbamos al Parque por la noche, al Parque Vidal, en Santa Clara, y se molestaba porque me metía en el círculo donde no debía ir, por el racismo imperante, cosa desaparecida ya, pero que existió en 1948 y

 

«Me divertía muchísimo con él, porque además, me llevaba a las peleas de gallos»

 

¿Cómo…? Usted piensa igual que Lezama Lima, en la sensualidad, el deleite varonil, el dominio del ambiente; el desafío de los gestos; el despertador del gallinero, la cubanía, y el incitador del cromatismo, de la violencia y la evocación que siempre ostenta el gallo. Tal vez, como totalidad, aparezca en el espíritu del gallo la violencia propia del artista que entabla una pelea con su lenguaje.

    ¡Sí!, todo eso junto. Parece mentira; pero me gustan mucho las peleas de gallos, y sentía diversión cuando iba con Severo a esos lugares de lidia en que las personas se ponen a vociferar garganta en cuello, como dicen por ahí, legitimando la bravura de los animales en sus porfías. El declamador es eso, y el artista también, un gallo en puro desafío con la técnica y las exigencias que se imponen en la vida y los escenarios.

 

    Volvamos a Severo; porque, seguramente tendrá muchas otras cosas que decir.

 

      Está bien. En el plano humano, cariñoso, personal; era una de las personas finas, más buenas, atentas y oportunas que he conocido, y lo recuerdo y lo recordaré mientras viva. Jamás pasó ignorado como declamador, uno de los mejores que he conocido en mi vida, con un estilo particular, asentado en nuestras raíces afrocubanas, y también en la poesía romántica. Sin dudas, era un hombre excepcional, lleno de optimismo, pero con cierta timidez y provincianismo que lo limitó a trascender hacia otros sitios en los que la conquista profesional lo colocaría en el plano en que realmente debía estar.

 

 

«De Severo Bernal, el amigo villaclareño, conservaré mientras viva; mientras viva, el mejor de los conceptos de la fraternidad y el apego del artista a su tierra, a su gente, sin miramientos ni envidias por lo que otros hacen o no; pues supo empinarse y batallar, tal vez como esos gallos, a los que hice referencia antes, al dominio de la palabra, del gesto, la sonoridad y la invitación a lo que realmente somos todos: artistas, en quienes encuentras siempre a un infinito decidor».

 

Ahí quedó sellado el diálogo con el declamado Luis Mariano Carbonell Puyés, y al oído, atado en la resonancia de las últimas palabras que expresó, sorprendió el recuerdo de esa memoria para reconstruir el pasado que lo incitó a la historia de una amistad; los vericuetos difíciles de la recitación, la puntualidad valorativa hacia el ser humano y la respiración calculada en ese propósito en que la vida se prende de una consideración artística y la estimación del otro.

 

 

                                                              

 

 

 



[1] W. Lonfellow: «The day is done», traducción de Emilio Ballagas, 1945.

[2] El Gobierno Provincial de Las Villas, en sesión del  viernes 18 de diciembre de 1942, entregó a Severo Bernal Ruiz la Distinción de Recitador Dilecto, y la Cámara del Municipio de Santa Clara lo declaró Hijo Distinguido de la Ciudad en su reunión correspondiente al sábado 21 de abril de 1945.

!AGUSTÍN ACOSTA, EL POETA!

!AGUSTÍN ACOSTA, EL POETA!

 

Por Luis Machado Ordetx

Testimonio que ofreció en 1989 el declamador villaclareño Severo Bernal Ruiz. [Inédito hasta el momento].

 

                                             «Bebe el agua de tu propia cisterna,

                                                             los raudales de tu propio pozo.»  

                                                                                                      Pr 5.15


La parquedad de conversaciones con aquellas personas que apenas conocía,  siempre suscitaron la agonía de un misterio en  la apariencia exterior del declamador villaclareño Severo de la Caridad Bernal Ruiz; de ahí que algunos lo conceptuaran de huraño y sombrío, sujeto a  la fijeza del refugio excepcional del silencio.

 

El empuje mayor de esa actitud se atribuye al peso latiente de los años, a la muerte de coetáneos, y también al persistente olvido institucional que primó durante los instantes en que la vejez demanda comprensión. En las calles, caminaba con paso cortado, lento, como apretujado, para no percibirse entre extraños; algo muy distante sucedía cuando visitaba recintos de amigos y se localizaba, previo aviso, en  Ciclón, número 161, apartamento B interior, entre Candelaria y San Cristóbal, en Santa Clara, territorio de recalada sistemática de copiosas correspondencias.

 

Allí concurrí varias veces, ávido en propiciar el diálogo sobre tópicos diversos y también hacer añicos cierta apreciación fútil, de equivocaciones, ante la supuesta sobriedad de la franqueza que inspiraba el declamador. Al hallarlo, estaba inmerso en la rutina de los días, entre el humo del cigarro bronco -el comercial «Popular»-, el sorbo de café y los recuerdos de antaño, como quien se aferra al aislamiento perpetuo de la estancia sobre la tierra; y una contentura suprema comenzó a descorrer las puertas que velaban el muestreo de la papelería; pues reabría la nostalgia del pasado, la herrumbre del tiempo y las peripecias del latiente recuerdo.

 

 Primero, resultó parco, lo confieso, y también en extremo cortés; de hablar casi en monosílabos, sin proponer heridas a la mudez y tampoco susceptibilidades al interlocutor: era el nacimiento del segundo lustro de la octava década del pasado siglo, y por cuatro años seguidos, en las tardes, prepararía historias y exhibiría documentaciones sobre la cultura villareña.

 

Las anécdotas de la escena artística vinieron a montones, en remolinos que despolvaron y ofrecieron lustre a la piedra, y enseguida surgieron otras referencias relacionadas con las huellas notorias del Club Umbrales, Audiciones Umbrales y la Hora Hontanar; además de aquellas programaciones radiales en CMHW, CMHI, CMHX, CMBZ-Radio Salas, el  Circuito Nacional Cubano, la CMQ y Cadena Oriental de Radio. Raudo, con entusiasta voz, precisó detalles de los tránsitos por La Habana, Matanzas, Manzanillo, Ciudad de México, Nueva York y...

 

De los amigos de aquí o de allá, después del conocimiento mutuo y la aspiración por saber al dedillo y dilucidar  los acontecimientos históricos y culturales que llevaron a Santa Clara a ubicarse entre las principales plazas artístico-literarias del país, conversó hasta el cansancio. Eran sesiones de trabajo, aparentemente diarias, en las cuales, de un modo u otro, facilitó siempre puntuales  entrevistas.

En lo invariable, flotó el nombre el poeta matancero Agustín Acosta, y acosado por la duda; al amparo del respeto, insté al declamador a desperdigarse de dimes y diretes, en aras de acceder a respuestas precisas vinculadas con el autor de La zafra -Poema de Combate-[1], y entonces sobrevino un comentario de francotiradores, donde, tanto uno, como el otro, dio su parecer y punzó el esclarecimiento.

-    ¿Son extrañas las circunstancias en que contactó a Acosta?


-    Está equivocado. ¡Quién dice eso también yerra! Claro, solo que la historia del poeta por mucho tiempo fue silenciada, y amigos de adentro y de afuera del país, por medio de la correspondencia, confirmamos el atrevimiento, casi osadía,  de mencionarlo y escribirle. Durante su bonanza económica y de creación de textos, tuvimos excelentes relaciones fraternales, y luego en su ocaso artístico, porque también existió, coincidimos en puntos de vista y conversaciones.



«A mediados de la década de los años 50, recuerdo cuando Arturo Doreste, poeta y miembro de la Academia Cubana de la Lengua,  lo presentó en Santiago de las Vegas, territorio al que arribé invitado por el Grupo Selección, que dirigía Gabriel Gravier. Allí estaba  Acosta con Consuelo Díaz Carrasco, su segunda esposa. Hablamos de los escritos de Navarro Luna, del reciente fallecimiento de Ballagas, del verso erótico de Gustavo Galo Herrero, de la experimentación lírica de Gilberto Hernández Santana, y del neorromanticismo de José Ángel Buesa.

«Abordamos las particularidades de la declamación, el compromiso del artista y los más innumerables acontecimientos nacionales, entre otros tópicos. Con sinceridad, los temas políticos no interesaban, solo la cultura cubana y universal constituyó el centro de todas las gravitaciones de esos diálogos, y entusiasmado, elogió el montaje que hice al declamar "Los Versos Esclavos", contenidos en La Zafra. Aquello lo llevó a ensanchar más la amistad, y confluyó que al recitar un texto, el hombre recrea una historia y la hace partícipe, como propia y original idea salida de un poeta, en conspiración o  en comunión con el lector o el oyente.»


-    ¿Entonces, porqué re (huye) conversar a plenitud sobre el poeta


- ¡No, no esquivo nada! Sencillamente que persisten acontecimientos que no deseo abordar, pero te diré todo lo que conozco sobre Agustín. No mentiré en nada por una cuestión ética; y  que conste, el que dude, ese constituirá su problema.

«El lunes 21 de marzo de 1955 recibí una carta, entre tantas que venían de otras partes de Cuba o el mundo, fechada en la calle Descanso, número 12504 - reparto Marazul, en un recodo de la Playa, en Matanzas-, y traía la firma de Agustín. Desbordaba, como una ubre, tremenda honestidad artística, integridad intelectual, solidaridad y lealtad sin límites.

«Ahí despunta el amigo en toda su expresividad: "Quiero decirle que su arte fue para mi una revelación. No hay, no puede haber mejor intérprete que usted de los poemas de Ballagas[2] y aún de otros poemas. Usted puede tener la seguridad de que sedujo al auditorio. Énfasis, gestos, ademanes, todo era perfecto. Lo que no me explico es el temor de usted en darse a conocer en otro medio. Yo le aseguro que si usted hace una prueba en La Habana, el triunfo no se hace esperar. Y si usted, ya en posesión de lo que es necesario, sigue rumbo a los países de la América Central, logrará, a más de la gloria, un largo bienestar.


«Y más adelante continúa: "Comprendo su desazón, su desencanto; pero todo depende de la propia voluntad de usted. Hágase oír donde sepan oír. No arraigue demasiado en su pueblo. Los pueblos natales pueden ser ingratos, y es preciso sacudirlos con relámpagos de audacia y de talento. Lo último usted lo tiene. La audacia, fabríquela. Hoy en una sala, mañana en otra; hoy ante cuatro gatos, mañana frente a una multitud, usted debe cerrar los ojos y lanzarse. Ya quisieran muchos que hoy medran con arte igual al suyo, ser la décima parte de lo que es usted. Esto se lo digo porque lo siento; si así no fuese, callaría. [...] Le ruego que no me diga maestro. Nadie es maestro. Cada cual lleva en sí su propio magisterio; de lo demás se encarga Dios [...]".


«En esencia, así comenzó un sistemático intercambio epistolar y de encuentros en la Atenas de Cuba, lugar al que concurrían coetáneos y escritores con similares pareceres: Doreste con ese mar de composición de versos; José Ángel Buesa, impoluto romántico; Raúl Ferrer latiendo en poesía; Onelio Jorge Cardoso con mil anécdotas rurales; Néstor Ulloa Rodríguez, pletórico de humildad guajira; Carilda Oliver Labra radiante en belleza y sinceridad, y tal vez otros que ahora no apreso en el recuerdo.


«Esas palabras miden la valía del hombre, y también la fraternidad; de ahí que jamás estuviera  ausente de Agustín Acosta en los momentos más difíciles de su existencia.»

El hombre, me mira de reojo, se alisa el escaso y ensortijado  cabello cano de su cabeza, y  prende otro cigarro tras un sorbo de café, cuando casi a boca de jarro, lo conmino a hablar, para deshacer los agravios: ¿Cuáles y por qué encierra como momentos difíciles en la vida del autor de Ala[3] y otros textos?

 

-    Primero ofrecería, responde, un versículo contenido en Proverbios 4.26: "Que tus ojos miren lo recto y que tus párpados se abran a lo que tienes delante." Eso encierra una prédica: la dimensión exacta de los amigos reside en el afecto, y en esa estatura ilímite de correspondencias que jamás quedan truncas, sin tropiezos, como afianzadas por la familiaridad.

 

«En los instantes más lóbregos, al finalizar 1969, Agustín Acosta escribe y agradece como los niños; tal vez fuera porque llevaba adentro el mundo infantil y lo cobijara sin parangón en sus esencias. Por esa época, yo aquí en Santa Clara, prácticamente no actuaba en escenarios públicos, y una que otra vez llegué  a Matanzas a visitarlo.

 

«Todo el país estaba volcado en los preparativos de la zafra de los 10 Millones y hasta el transporte urbano se puso difícil para hacer viajes fuera de la localidad. Arreglé un período de vacaciones en Artes Gráficas, de Las Villas, donde laboraba, y allá a la Atenas de Cuba fui con el propósito de encontrarme con los amigos.


«Con la despedida, luego llovían las cartas y  otros reclamos de Agustín, quien comenta los versos y las estructuras poéticas, propias del clasicismo, contenidas en una Canción repetida, texto que en 1968 editan al amigo Arturo Doreste, uno de los líricos cubanos más olvidados de todos los tiempos.


«El miércoles 17 de septiembre de 1969 remite un ejemplar del  cuaderno de Las Islas Desoladas,[4] a la par que gratifica los envíos de "una cinta de máquina que le agradezco mucho [...] al mismo tiempo me entera usted de la enfermedad que aqueja a nuestro querido amigo, el gran poeta Arturo Doreste. Me consterna la noticia, porque quiero a Arturo como a un hermano, y hago voto por la recuperación de su salud. [...] Su silencio me extrañaba, porque acostumbrábamos escribirnos con mucha frecuencia."»


-   ¿Pero, usted responde por las cartas cursadas?, insisto, y el comentario se vuelve raudo tras tomar un nuevo sobre amarillento alojado en la mesa de la sala de la casa, sitio escogido para mostrar los recuerdos de viajes y diversas papelerías. Tal parece que siente mayor predilección en contar historias a partir de las documentaciones que atesora. Entonces, observo al hombre y lo dejo con la lectura y las palabras que lo enaltecen.

 

-   Sí, que mejor manera de exponer la historia de Agustín, viejo ya y también encanecido. Creo que por medio de sus respuestas uno aquilata al hombre en su adultez. De sus libros cualquiera conoce, y también de sus críticas y hasta de chismografías, pero no de las interioridades de composición de textos, y tampoco de sus carencias materiales o espirituales.



«El viernes 5 de diciembre de 1969 dice: "Recibí su carta y su precioso obsequio. Por ambas cosas le doy las gracias. En estos tiempos de caña y caña, el suyo es un regalo de tenerse en cuenta [...] Perdóneme que sea breve, pero la vista no me permite seguir escribiendo". A mediados del siguiente mes, el lunes 19 de enero de 1970, gentil agradece: "Muchas gracias por el precioso calendario. Estábamos siguiendo el curso de los días por las fechas de los periódicos, y muchas veces nos equivocábamos. En usted, al parecer, hay algún don adivinatorio. No le escribo más porque aún tengo los ojos enfermos y los nuevos cristales no me han llegado".


«Cierta indigencia material, en lo elemental, fueron minando la espiritualidad de Agustín, pero, aún las nulidades, el manantial poético se percibía inalterable, y el oficio del escribiente no se detenía. Realmente no me explico el porqué todo se menguó de una manera tan vertiginosa. Ya era un anciano, lúcido, muy lúcido, dispuesto a no quebrantarse.


 «Casi al finalizar noviembre de 1970, el miércoles 25,  dice orgulloso: "[...] El día  12, cumplí 84 años, pero un lumbago leve y tortuoso me constriñó la cintura. Por lo demás, bien, con los naturales altibajos de estar... Muchas gracias por su envío, que casi fue providencial. Esta ciudad -ex Atenas-, es una calamidad en ciertas reservas..."


«El lunes 21 de diciembre de 1970 recibo una escueta carta, si porque en sus últimos tiempos en Cuba escribía poco, como para saber solamente un poco de los amigos y tenerlos pendientes de la evolución de su salud, y además, del afecto y la camaradería fraterna. Expone: "Solo unas líneas para saludarlo en estas Pascuas y agradecerle su carta y obsequio". Luego hubo unos meses en que, conmigo,  apenas cursó otra correspondencia. Era como un silencio de rajatabla. Siempre insistí en relacionarle con unas letras, y lo hice, pero jamás obtenía respuestas. Algo similar ocurrió a Sergio Pérez Pérez, que desde Caracas, sentía preocupación por los destinos y la salud quebrantada de Agustín.


«Sin embargo, el viernes 8 de octubre de 1971 viene una contestación de agradecimiento que descongela el silencio, como si los párpados se abrieran a lo que tienes delante, como sustenta Pr 4.26.


« Ahí comenta el poeta: "Muchas gracias por su facturita siempre bienvenida. En realidad ya iba boqueando mi stock. En esta Atenas de Cuba no hay efectos de escritorio. Algunos amigos generosos como usted hay pocos, y ellos siempre envían algo. Mi gratitud les sigue siempre a esos amigos, ¿cómo subsistir sin emborronar de vez en cuando un papel? Doreste está bien. Acaba de pasarme a máquina (ya no puedo hacerlo por la vista defectuosa), mi libro de versos.[5] Lo he invitado a pasarse conmigo un fin de semana, pero el transporte no lo ha permitido hasta ahora. Le reitero mi gratitud, aunque mi salud no es del todo ejemplar (cumpliré d.m. 85 años, el día 12 de Noviembre), voy tirando el timoncito y cuidando de no caerme cuando lo coja de fly. Debe saber usted que yo fui left field en mis lejanas mocedades. Como anda usted apurado en su trabajo, suspendo el match."


«En la carta hay una fineza de fidelidad, hasta un dejo humorístico al hurgar en la memoria, el reencuentro de lo que pasó y el cambio del tiempo. Tal manifiesto lo retoma Sergio Pérez Pérez, desde Caracas, cuando el sábado 20 de noviembre de 1971,  testimonia: "Agustín Acosta me hizo unas letras, y cuenta que está bien, y produce pocos versos, casi ninguno". Aquello provocó cierta alegría ante la diferencia de puntos de vista, y una duda quedó como preocupación latiente.


«Días más tarde llega desde Matanzas unas letras, tal vez las últimas que atesore mi papelería, y entonces saqué alegrías. A pesar de la edad, el poeta estaba lúcido, con una caligrafía que apenas mostraba el más ligero temblor de la mano.


«Ahí expresa el sábado 8 de enero de 1972:"Muchas gracias por su obsequio de 366 días del año 1972. Sobre mi mesa está, para recordarme siempre lo presente: la fecha en que vivo. La nota que acompañaba al almanaque era para Doreste, al cual se la envié. Él, seguramente, me mandará la que usted escribió para mí". Esto último hizo pensar que estaba yo desvariado, como perdido en el tiempo, trastocando papeles de unos y de otros. Sin embargo, Agustín confirmó la certeza de la equivocación; y al instante para él y Arturo, de manera reiterativa, fue una disculpa simultánea que, entre risas y choteos, ambos agradecieron por la más incomprensible de todos los resbalones  cometidos en mucho tiempo.[6]

«Esa, creo sin caer en yerros, constituyó la última correspondencia que recibí de Agustín desde su entrañable Matanzas. Antes, en mayo de ese año, en su vivienda, ambos estrechamos las manos en un encuentro entre poesía y declamación. También hubo recordaciones de amigos, y comentó sus historias infantiles frente a la estación ferroviaria de Sabanilla del Encomendador; de la juventud de telegrafista; y del patio con frutales en Jagüey Grande, así como de las travesuras en los estudios primarios y también en los universitarios.


«El lunes 31 de enero de 1972, desde Caracas, otra vez Sergio toma las riendas de la pluma, y cuenta en una menuda tarjeta postal: "[...] A. Acosta me hizo una letras, señal que está bien de salud."»  


Severo Bernal respira profundo, por los recuerdos que hago sacar de su memoria, y tal vez lo perciba quejoso en la inhalación por los estragos acumulados por los cigarros; sin embargo está animoso y sentado en el cómodo sillón ubicado en la sala de la casa. De la mesa de centro que languidece en un colorido negro, el declamador toma otro sobre de papel amarillento. Antes de abrirlo y revelar el contenido, casi inquisitivo pregunto: ¿De qué hablaron en aquella última ocasión frente a frente?

 

-    Ya le dije, de los amigos: Sergio Pérez Pérez, en Caracas; Arturo Doreste, en Santiago de las Vegas; Raúl Ferrer y José Felipe Carneado, por La Habana; Gilberto Hernández Santana, resabioso en sus traducciones, y también de poesía y declamación. Allí tuve que recitar fragmentos de "Nocturno y Elegía", de Ballagas, también «Nocturno Campesino", de Enrique Martínez Pérez, y lo sorprendí con una lectura de "Regreso"; "El Estado del Alma" y "Ovejas Bajo la Luna", pertenecientes a Las Islas Desoladas, el libro que me envió y dedicó años atrás con idéntico celo en que todos  los padres se  enaltecen con las travesuras de  los hijos.


«No sé por qué razón, lo encontré tristón, como apesadumbrado. No obstante, irradiaba animosidad,  y en un minúsculo papel  escribió una frase firmada por Saint Angel, quien ratifica: "El hombre, es una botella de agua de río, flotando en un gran río", acontecimiento  que atrajo mi atención por la rareza del tópico. Entonces sonreí con un latigazo de preocupaciones, hasta que, al regreso a Santa Clara, hallé una carta de Sergio Pérez Pérez, y entre otros asuntos, comenté mi encuentro con Agustín.


«Pasaron otros meses de franco  silencio, y solo sabía de Agustín por medio de algunos amigos; cuando Arturo Doreste, desde Santiago de las Vegas, remite el original de una misiva que le impuso Sergio en Caracas. Tamaña sorpresa me asaltó en la lectura de su contenido.»

El hombre sonríe, entre burlón y pletórico de socarronería, y al instante, impaciente, pregunto, ¿Por qué?

 

-    El  jueves 14 de diciembre de 1972 está fechada la carta  destinada a Doreste. El  viernes 26  de enero recibo respuesta de Arturo, y la copia de la correspondencia tramitada desde Caracas indica: "[...] Un montón de cartas espera mi contestación. Tomo la primera, respondo y ahí quedan las demás, aumentadas por las que los corazones amigos me hacen.


-    Severo me obliga -grata obligación- con su incansable remesa de libros Apenas acabo de recibir Las Leyendas Cubanas, de A. de la Iglesia y aún no he terminado Las Aventuras, venturas y desventuras de un mambí, de Roa, cuando ya me anuncia dos tomos de la Guerra del 68. Y como leer -actitud pasiva- es más fácil que escribir, -actividad que requiere un esfuerzo, por mínimo que sea-, mi indolencia taína se decide por dedicarle todo momento libre al incomparable goce de la lectura. En carta que recibí ayer del joven Bernal viene un delicioso párrafo dedicado a su desvelo. ¡Qué te cuento! Y al terminar, hablándome de ti, menciona de paso la mejoría que había tenido Agustín Acosta. Le trasladaba yo esa noticia anoche al Dr. G. Alonso Pujol en su despacho -él es viejo amigo de Agustín-, mientras veíamos un noticiero de televisión, cuando apareció en la pantalla la imagen del poeta descendiendo de un avión en Miami para caer en brazos de su hija adoptiva, según el comentarista. A Don Guillermo, a Hortensia -su esposa- y a mí nos impresionó la coincidencia."



«Hasta ahí la carta de Sergio, y de veras sentí desolación. Nunca más tuve otro contacto directo, por medio de cartas u otros recados de amigos, con Agustín. Aquello fue terrible, y pensar que los fraternos poetas, viejos como el matancero, tomaban el destino de la separación geográfica, sostuvo siempre una zozobra en la concordia que profesábamos muchos coetáneos de nuestra generación. Luego vendría otra carta de Sergio desde Caracas: jueves 14 de enero de 1974, y en uno de sus párrafos expone "Recibirás un ensayo de don Guillermo Alonso Pujol sobre Agustín Acosta. Bellas páginas. Le rogué un ejemplar para ti y otro para Doreste".[7]


«El sábado 13 de diciembre de 1975, otra vez Sergio Pérez Pérez responde, y en párrafo aparte comenta que visitó en Miami a Agustín Acosta, quien me envía, en sobre adjunto, tres poemas, de los últimos escritos, para que los conserve: "La orilla opuesta"; "En tus calladas horas..." y "«El último camino", los cuales muestran señales del toque modernista y nostálgico que lo caracterizó por décadas; y los que, tal vez se ubiquen entre los mejores escritos en las horas finales que vivió el bardo matancero.[8]


«También el jueves 28 de octubre de 1976 se suscribe desde Caracas: "[...] Ya ves, yo ignoraba que Marcelo Salas había muerto. En Miami reprodujo versos de Arturo. Raro que Agustín A. no me lo dijera, o Pastor del Río..."


-    ¿Usted conocía con anterioridad de la partida de Agustín hacia los Estados Unidos?


- ¡No, como voy a saber eso! Con el tiempo, cuando, al instante de llegar a allá, me enteré que, por lo avanzado de la edad, la soledad y el desarraigo, supuse y comprendí que, de un modo u otro, sería inminente su fallecimiento.

«Aquel encuentro de casi un día completo, el tercer domingo de mayo de 1971, cuando lo visité en su casa de la calle Descanso, en la Atenas de Cuba, y lo aprecié con la sonrisa cariñosa de siempre y unos espejuelos de pasta oscura, me llevaron a especular que, ahí se establecía el punto exacto en que un hombre se dispone a recorrer el desierto  y lleva consigo el avituallamiento con el agua necesaria que ofreció el  amigo. Era la despedida, y constituyó el aciago instante de la sed, como el que espera por un infortunio en el que se guarece  un  desamparo: la amistad».


Ahí, un desgarro azotó a mi interlocutor, el declamador villaclareño Severo Bernal Ruiz, quien, acostumbrado a sesiones de trabajo que se distendían a más de dos horas de conversación sin que mediaran preguntas y respuestas dirigidas; enmudeció de inmediato por unos minutos; tragó en seco y respiró profundo, como desando que a sus pulmones no faltara esa gota de oxígeno vital para sostener todos los recuerdos.

 

Con voz ligeramente entrecortada, casi en sollozo, atinó a exclamar con toda sinceridad: «¡Agustín, tremendo amigo poeta!», frase que lo perpetuó en palabras y el muestreo de originales cartas y versos que intercambió por años con otros inconfundibles escritores. Esa tarde de agosto de 1989, una década después del fallecimiento del literato matancero, decidimos de mutuo acuerdo suspender todo tipo de testimonio y comentar antes de mi partida un tópico baladí que refería la proximidad de otro encuentro de diálogos y conversaciones.  








[1] Agustín Acosta (1926): La zafra -Poema de Combate-, con ornamentación de José M. Acosta, Editorial Minerva, La Habana. En la primera hoja escribió: «Indiscutible amigo y maestro del verso afrocubano y antillano», de A. Acosta, Matanzas, jueves 3 de febrero de 1955.

[2] Recital-Homenaje a Emilio Ballagas Cubeñas, realizado en  Matanzas, jueves 3 de marzo de 1955, en ocasión del Día del Poeta, fecha que acogió la Atenas de Cuba en reconocimiento al natalicio de Bonifacio Byrne. 

[3] Agustín Acosta (1915): Ala,  Poesías, Imprenta Jesús Montero,  La Habana.

[4] Agustín Acosta (1943): Las Islas desoladas, Imprenta F. Verdugo, Lamparilla 112 entre Cuba y San Ignacio, La Habana.

[5] Referencia al libro Lejanía, luego publicado en Miami en 2002.

[6] El miércoles 5 de enero de 1972, en un papel timbrado de la Empresa Consolidada de Artes Gráficas -unidad administrativa 274-14-00, de Santa Clara-, el declamador villaclareño remitió un Memorandum para Arturo Doreste, en Santiago de las Vegas: «Arturo de mis afectos caros: Reciprocando su afectuoso saludo de año nuevo, déjeme acercarle este modesto Almanaquito para que vea decursar los emulativos días del 72. Ojalá que sean de paz y tranquilidad para usted y los suyos.

Dígale a Nena que gracias por su telegrama de saludo. Le revierto los buenos deseos para ella, usted e Isaura. No me tire a mierda el Memorandito. Cosas de la premura en que ando gritando S.O.S....S.O.S.... Un abrazo fuerte. Severo».

A continuación, en esa hoja, y con letra cursiva Agustín Acosta escribió: «Querido Arturo; En mi sobre con un almanaque, nuestro amigo Severo Bernal incluyó, equivocadamente, este papel que te envío con un abrazado, Agustín».

[7] Un ejemplar de ese libro estuvo en la biblioteca personal del declamador villaclareño. Su paradero es desconocido.

[8] El autor cuenta con fotocopias de esos versos.